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Posts Tagged ‘violencia’

            En aquel tiempo, Jesús dijo:

«Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen.

Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás

y nadie las arrebataráde mis manos.

Mi Padre, que me las ha dado, es mayor que todos

y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre.

El Padre y yo somos uno»(Jn 10, 27-30).

Contemplación

            Estoy escribiendo sobre la fraternidad y me vino esta imagen de Jesús como Cordero en el sentido de “uno más del rebaño”. El Señor nos salva hermanándose. 

Si algo tienen los corderitos es ser hermanos, como todos lo somos en ese tiempo de la infancia en que los hermanitos jugamos juntos y nos dejamos apacentar. 

La fraternidad estáen el centro del Documento de Abu Dhabi. Francisco contaba que les llevó a él y al Gran Imán de Al-Azhar,Ahmad Al-Tayyeb, más de un año redactarlo y corregirlo. (Hago un paréntesis sobre mi falta de cultura para con los nombres de otras culturas -árabes, africanas, del asia…-. Cuando se juntan en una frase varisa palabras como estas ya no distingo de quién hablan ni de dónde es. “Al Azhar” significa “florida” o “la más esplendida”-por la hija preferida del profeta, Fátima-. Para entendernos: esta Mesquita Al AzharUniversidad Al Azhar, es como “El vaticano musulman”. Ahmad Al-Tayyeb no es el Papa, porque los musulmanes no tienen una autoridad máxima, pero de de este espléndido lugar en El Cairo, Al Azhar (mezquita y universidad), surgen las interpretaciones doctrinales más leídas y respetadas por los sunitas, que son entre el 80 y el 90% de los musulmanes. 

El documento comienza diciendo: 

“La fe lleva al creyente a ver en el otro a un hermano que debe sostener y amar. Por la fe en Dios, que ha creado el universo, las criaturas y todos los seres humanos —iguales por su misericordia—, el creyente estállamado a expresar esta fraternidad humana, protegiendo la creación y todo el universo y ayudando a todas las personas, especialmente las más necesitadas y pobres”.

            Aquí quería llegar: Jesús es quien mejor expresala fraternidad humana y divina. Siendo Dios se quizo hacer hermano, con todo lo que esto significa. Su revelación de cómo es el Padre no la hizo con definiciones abstractas, sino existencialmente, hermanándose con todos nosotros. 

Es importante entender esto que se da a un nivel muy inmediato, a nivel de piel y de sangre, no conceptualmente. Cuando uno escucha las parábolas de Jesús quizás lo más importante y lo “no dicho”, es que las cuenta hermanándose. Son parábolas que al leerlas, además de la enseñanza específica que tiene cada una -la del sembrador, la del hijo pródigo, esta de las ovejas…-, uno se siente más hermano con el Señor. 

Se trata de una aproximación indirecta que hace Jesús, que lleva eso tan admirable que es que no lo sientan distante ni siquiera los que más atacan a la Iglesia. Es más, como que muchos se sienten alentados por algo que está en la misma imagen de Jesús a criticarnos a los cristianos cuando no somos fieles a este Jesús-hermano. Cosa que debemos agradecer, porque habrá críticas que hieren, pero si nos ayudan a no perdernos la hermandad con el Señor, bienvenidas sean.

            La parábola del Buen Pastor y de las ovejas que escuchan su voz, se puede leer como la parábola de la hermandad. Sin querer explicar conceptualmente todo, sino más bien oliendo esta verdad que surge de un Jesús con olor a oveja, como dice el Papa. El pastor cuida y conduce con autoridad el rebaño pero hermanándose, cargando en hombros a la oveja perdida, curando a las enfermas, llamando a cada una por su nombre, protegiéndolas, como un hermano mayor, para que nadie se las arrebate de su mano, como dice Jesús aquí.

            Si dejamos que esta palabra “arrebatar” nos conmueva -arrebatar es pegar un zarpazo y esta es la resonancia de la palabra griega “harpazein”-, vemos que Jesús la usa dos veces, para expresar cómo nos cuida Él y cómo nos cuida el Padre. Es esta la imagen que utiliza para afirmar que Él y el Padre son Uno! 

            La unidad de Dios no se define, se muestra en su modo unitario de protegernos para que nada ni nadie nos arrebate de sus manos. El Padre y Jesús son uno en este abrazo al corderito, en esta protección que brindan a las ovejas. Son Uno en esa actitud primitiva de abrazar y proteger a la criatura indefensa. 

            Esta es una imagen primordial de Dios que nosotros no debemos dejar que nada ni nadie nos la arrebate. Sé que mi Dios es Alguien que no deja que me arrebaten de sus manos.

            Sin embargo, la imagen del mundo es la de un mundo que ha sido arrebatado a los zarpazos de las manos de Dios. Vivimos en un mundo que yace herido y lastimado, lejos de Dios. En un mundo que se ha perdido el rebaño y la casa paterna a la que pertenece y que se ha reconstruido en el exilio como ha podido, lejos de este calor familiar. Expulsado del paraíso, vivimos en un mundo que anda en situación de calle, sin hogar. 

            Que nadie nos puede arrebatar de sus manos no significa que no lo hayan hecho, significa que el Señor nos sigue “sintiendo” en sus manos y -sabiéndonos arrebatados- nos sale a buscar. Nos está buscando, eso significa que no nos pueden arrebatar. No es que no suceda, y muy a menudo, sino que Él no se resigna. Como las madres que siguen buscando a sus hijos desaparecidos. Y no es que los busquen solo en lugares lejanos, en fosas comunes o en bancos de ADN, sino que los buscan cada día en el interior de su corazón: ellas mantienen el calor del recuerdo con un amor que es más real que todo lo de afuera y que no dejan que se los arrebate ni siquiera el olvido. 

            Viene bien cementar aquí esta verdad fundamental con la palabra de Nuevo Testamento: “[Nada ni nadie…] será capaz de separarnos del amor que Dios nos expresa en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 39).

            A veces uno expresa cosas profundas en forma de un cuestionamiento: “existe Dios?” o “Dónde está Dios?” (cuando alguien sufre injusticia, por ejemplo). Son preguntas que uno lanza contra el muro de las ideas comunes dentro de las cuales vivimos comunmente, muros que se resquebrajan y caen y nos dejan a la intemperie, sin defensa.      Aquí puede ayudar este muro último, esta última línea de defensa: Dios es Aquel – o aquellos, Jesús y el Padre- de cuyas manos nadie me puede arrebatar. Por más que tironeen, la fuerza con que esas manos tienen aferrado amorosamente mi corazón, son más poderosas. No me pueden arrancar de ellas. 

            La de estar en manos de quien nos sostiene y no nos deja caer, de quien nos lleva consigo y no deja que otro nos arrebate, es una imagen básica, como decíamos. 

La imagen de las manos que nos reciben al nacer; 

las manos de nuestro padre o de nuesta madre cuando nos llevan por la calle, en medio de la gente, sin soltarnos; 

la imagen del que nos sostiene la mano en el lecho de la enfermedad y, aunque no pueda evitar que nos arrebate la muerte nuestro cuerpo, nos hace sentir que no nos suelta el alma, que como personas, seguimos unidos a sus manos más allá de lo que pueda pasar. 

            En la imagen física de aferrar a otro de la mano, se esconde una realidad más profunda: existir es estar de la mano. Es poder tender la mano y saber que otro la agarrará. Nos agarraron al nacer y no nos sueltan al morir. En el medio, se nos tienden y tendemos muchas manos. 

            Allí se sitúa Jesús y esa es su verdadera imagen, la que expresa su ser Uno con el Padre. 

Jesús es todas las manos que tendió en la vida, y que por eso se le llagaron y por eso no quiso curarse esas heridas. 

Jesús es también uno que se confía en nuestras manos. La Eucaristía no es solo “alimento”, sino alimento que se toma con las manos. Por eso lo reconocieron al partir el Pan, por su modo de tenerlo entre sus manos para ponerlo en las nuestras. Son los gestos básicos que hacemos al comulgar -extender las manos para que el sacerdote nos ponga en su hueco a Jesús. Así como insistimos en que se convierte en Pan para poder ser nuestro alimento, también podemos decir que se convierte en pan para que podamos tenerlo en nuestras manos (y por un momento experimentar lo que significa tenerlo y “que nadie nos lo vaya a arrebatar”, para ser Uno con Él y con el Padre).

            Comulgar supone este momento previo, de recibir y tomar en las manos y hacer nuestro al Señor, que no se nos caiga, que nadie nos lo robe. Esto es más que “comerlo”. Poder hacer este gesto de cuidado para con nuestro Creador y Señor, es una delicadeza suya para con nosotros, es un gesto de hermano, como cuando la madre le deja al hermanito mayor que tome en brazos al recién nacido. Cuidando que no se le caiga pero confiando en que no lo dejará caer. 

            En el hermano que cuida a su hermano se completa amorosamente el círculo virtuoso de la familia y el amor alcanza el número perfecto de sujetos, perfecto en el sentido que se abre a todos los demás. En el hermanito que abraza a su hermanito rodeado del abrazo de sus papás, la familia siembra el sentido social, la fraternidad que se multiplica y que va integrando a todos.

            Volvemos a Jesús Pastor-Cordero. En el abrazo del Señor a los más pequeñitos, a la oveja que nadie le puede arrebatar, en ese abrazo que aquí hemos contemplado como abrazo de hermano mayor, (que se da en el sobre-abrazo del Padre que nos incluye a todos en su Hijo) queda consagrada la fraternidad humana, como gesto fundante de la vida social y política y económica. 

            Toda política que no abraza así, como hermano mayor, al más vulnerable, no es política, no es bien común, sino anti-política. El signo de este abrazo es no dejar que “nadie” arrebate al más fragil. Que ningún mercado financiero pegue zarpazos que dejen a la intemperie a los más pobes… La imagen defensiva es clave para detectar políticos verdaderos de mercenarios. 

            En este último tiempo, en muchas partes de Italia, se suceden los ataques a familias gitanas (aquí les dicen “rom”). El argumento es que reciben casas en algún barrio o edificio de las periferias en menos tiempo del que debe esperar un italiano. La lucha por leyes más justas se traduce en violencia contra personas concretas, contra familias con niños. El Papa recibió a 500 miembros de la comunidad rom. La reflexión que hizo es que el problema no es solo social o político o de raza sino el problema de la distancia entre la mente y el corazón. Un problema de distancia. Precisamente eso es lo que el Señor sana “abrazando y estrechando contra su corazón a la ovejita y no dejando que se la arrebaten”. Es la distancia entre mente y corazón la que se sana con la hermandad. 

La hermandad encuentra la distancia justa con el hermano. No es algo que se pueda fijar desde afuera, con normas precisas. Los hermanos “sienten” cuando hay algo que los separa. Entre hermanos siempre se llena esa distancia que hace que una idea separe los corazones.

Diego Fares sj

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Campamento de Dabaad.jpg 

Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba:

«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?»

Jesús le preguntó a su vez:

«¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»

El le respondió:

«Amarás al Señor, Dios tuyo, de todo corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.»

«Has respondido exactamente, le dijo Jesús; actúa así y vivirás.»

Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: «¿Y quién es prójimo mío?»

Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió:

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, se sintió movido por la misericordia. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a una hospedería y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño de la hospedería, diciéndole:

“Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver.”

¿Quién de estos tres te parece que se volvió cercano al que cayó en manos de los ladrones?»

«El que puso en obras la misericordia que sintió por él», le respondió el doctor.

Y Jesús le dijo:

«Ve, y pon en práctica obras similares» (Lucas 10, 25-37).

Contemplación

            El “Qué debo hacer” lo sabe el Antiguo Testamento, el Nuevo y también todo hombre de buena voluntad de cualquier religión o creencia que tenga. Por eso Jesús felicita al Doctor de la ley por la respuesta, aunque le agrega algo que da un sabor de sana ironía a la felicitación. Le dice: “actúa así y vivirás”. Es decir: al Señor le interesa la vida más que las definiciones. El es uno que se fija en las acciones y en los gestos concretos de los hombres, esos gestos en los que se ve que el Amor a Dios y al prójimo se encarnaó de veras. Por eso la segunda pregunta -quién es mi prójimo-, el Señor no la responde con nuevas fórmulas abstractas sino narrando una parábola.

A esta parábola (y a las demás), cuando le ponemos un solo título, las mandamos de vuelta al ámbito de la abstracción: Esa ya la conozco, nos decimos: es la parábola del buen samaritano.

Pero las parábolas son como la vida: un camino que hay que recorrer entero y de vuelta cada vez : “Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó…”. En las buenas parábolas, cada frase puede ser el título.

La que responde a la pregunta “quién es mi prójimo”, podemos titularla, por ejemplo: “La parábola del hombre que cayó en manos de unos ladrones que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto”. Podríamos contemplar cómo ese hombre medio muerto del evangelio son hoy 700 millones de personas (el 9,2% de la población mundial) que viven bajo el umbral de la pobreza (no logran limosnear  2 dólares por día).

Otro título puede ser: “La parábola de los ladrones que despojaron a un hombre de todo, lo hirieron y se fueron”. Podemos contemplar en ella a ese hombre que se nos acerca para robar y matar. Caer en la cuenta cómo hoy en día los ladrones ni siquiera tienen que robar personalmente: el sistema permite que haya 62 personas que sean dueñas de tanto dinero como la mitad de la población mundial.

También puede llamarse: “La parábola del que casualmente bajaba por el mismo camino: lo vio y siguió de largo”. Podemos contemplar así la globalización de la indiferencia, que hoy tiene algo distinto a la época de Jesús, ya que no es más “casualmente” que uno se encuentra a los asaltados. Nadie puede caminar por ningún lado ni encender la tv sin que aparezca alguien tirado al costado del camino.

Contemplar la vida con los ojos de la parábola es un ejercicio de poner el título que la hace real y conmovedora para mí. Sea porque me dejo tocar el corazón por la humanidad descartada, sea que me indigno ante la iniquidad del sistema, sea porque me confieso de las veces que pasé de largo… o porque me dispongo a salir al día con el corazón samaritano.

….

Algo ha cambiado en nuestra época. Creo que hoy no preguntaríamos a Jesús quién es mi prójimo (aunque igual nos viene bien que nos lo narre, porque a veces el rostro del prójimo se nos esconde detrás de estadísticas y de imágenes virtuales que no nos conmueven). Más bien le preguntaríamos: ¿Qué hace Dios para salvarnos?

Jesús responde en el Evangelio con parábolas, no con definiciones. Están, por un lado, las parábolas clásicas que nos cuentan cómo es Dios.

Está la que nos cuenta que Dios es como un padre que nos ama con todo el corazón como a sus hijos pródigos…

Está la parábola que nos cuenta que Dios es como un Padre de familias que ama con todas sus fuerzas a su Viña y que por eso sale hasta la última hora a contratar trabajadores que le ayuden con su cosecha…

Pero está también esta, la del Buen Samaritano, en la que Dios no aparece.

Y esta es su genialidad.

Es la señal de que Dios nos ama con toda su mente. Por eso se le ocurrió esto tan inteligente de que lo descubramos nosotros como Dios-Samaritano, al contarnos la historia de un buen samaritano cualquiera.

La parábola del buen samaritano nos ayuda a descubrir no sólo al prójimo humano sino también a un Dios-prójimo, a Jesús.

Para esto tenemos que considerar el detalle de que no aparezca en la parábola como una señal de su delicadeza.

Aparecen, eso sí, las cosas que él hizo por nosotros:

Él es ese que nos vio de lejos, como a la oveja perdida.

Él es el que se compadeció de nosotros, viendo que andábamos como ovejas sin pastor. Él nos vendó las heridas y curó con su aceite nuestras enfermedades.

Él nos cargó como una cruz sobre sus espaldas y se hizo cargo de nuestra convalecencia. Él pagó todo y prometió volver para pagar lo que faltara…

También podemos verlo escondido en las cosas que el hombre padeció, en lo que 700 millones de hermanos padecen cada día…

Él es el que está enfermo, el que tiene hambre, el refugiado que huye, el que necesita consejo y consuelo porque está triste y desorientado.

Jesús responde quién es Dios en acción, y lo hace igualándose con nosotros, tanto en lo que hacemos por los demás como en lo que padecemos.

La parábola de los que cayeron en manos de unos ladrones que los despojaron de todo, los hirieron y se fueron, dejándolos medio muerto

Charlando con mis amigos en situación de refugiados del Centro de San Saba, lo que más me impacta es que al comienzo parecen solos y luego de un tiempo, largo, en que se crea una relación de más confianza, aparece la familia. Aparece el rostro de un pequeñín en la pantalla del celular; aparece una historia de familia que quedó en su patria y a la que ellos buscan ayudar desde acá. Los heridos al costado del camino no son solo los 15,4 millones de refugiados de las estadísticas. Detrás de cada una de esas personas hay una red familiar rota que queda en medio de pueblos devastados por la guerra. El herido al costado del camino son hoy pueblos enteros, millones de familias. La mayoría son personas jóvenes (los más viejos no llegan a huir), llenas de capacidad de trabajar y de formar familia, que viven con poca esperanza –dejando correr el tiempo, decía uno- en lugares de tránsito. Desde lugares acogedores que albergan a algunas decenas de personas hasta esos campamentos como el de Dadaab en Kenia, en el que las carpas que cobijan a más de 400.000 personas, se pierden de vista en las fotos que sacan desde el aire.

Nos conmueve esta imagen de pueblos enteros que han sido asaltados, apaleados y que están tirados al borde del camino. Y si queremos “ver” a Dios, no hay otra imagen mejor y más verdadera que la de un Jesús que se conmueve en las entrañas al ver a estos pueblos, al ver el rostro de cada niño, de cada mamá, de cada papá, de cada abuela y abuelo tan lastimados y abandonados y con tantos sufrimientos.

La parábola de los ladrones que despojaron a un hombre de todo, lo hirieron y se fueron

Los datos económicos muestran que detrás de los prójimos apaleados por las guerras están los ladrones. La violencia no se expande en guerras interminables sino donde hay dinero que robar. Apenas uno se informa un poco, lo primero que sale es la complejidad  de las guerras en las que están envueltos los países de origen de los refugiados. Siria y los dos Sudan, por ejemplo, tienen el mayor número de refugiados. Este año han llegado a 5 millones los refugiados sirios. La paz parece imposible de lograr. Detrás del gobierno está Rusia, detrás de los rebeldes moderados (¡!) está EE.UU. Y para castigo de ellos, aparece el ISIS, que está en contra de todos. La imagen complicada se simplifica cuando un ve que Siria es rica en petróleo, gas natural y otros minerales estratégicos. Lo mismo pasa con Sud Sudan: con una mayoría católica se separó del Sudan del norte, que tiene mayoría musulmana, pero solo para caer en una nueva guerra civil entre sus tribus principales. Curiosamente, el país más pobre del mundo en este momento, es un país rico en petróleo.

Hay que contemplar bien la lógica de la violencia y de la guerra, que deja apaleados a los humildes. Detrás de la lógica de la violencia actúa la lógica del dinero, que es la avaricia. En cambio, detrás de la lógica del cuidado, de la ternura y del respeto, actúa la lógica del desprendimiento y del don.

Aquí sí sirve un silogismo a nivel muy personal: mis agresiones se activan por avaricia (de dinero, de poder o de fama), son funcionales a los dueños del dinero, del poder y de la fama y dejan sin atención a algún pobre que necesita mis energías para ayudarlo.

La parábola de los que casualmente bajaban por el mismo camino: lo vieron y siguieron de largo

En la parábola, los que pasan de largo son un sacerdote (clero alto) y un levita (clero bajo). Hoy nuestra sociedad está más diversificada. Pero lo de alto y bajo sigue en todos los niveles. El sacerdote y el levita podrían ser hoy un Funcionario de alto rango y otro de menor jerarquía, sea de una Empresa o del ámbito estatal o eclesial. Las jerarquíade hoy no son solo religiosas, aunque la actitud de los que pertenecen a ellas en algún grado de la escala jerárquica, sea la de servir con una entrega religiosa que los vuelve indiferentes a las personas más necesitadas. Lo que la parábola nos viene a decir es que la única religión es ayudar a los pobres.

No se pueden tener “actitudes religiosas” en actividades profanas. Choca que un banco reine un “silencio religioso”. Es la prueba de que el dinero es un dios.

No puede ser que a los militares o a los políticos se les tenga “obediencia debida”, como si fueran dioses.

No puede ser que se sacrifique gente por el bien de la Empresa, como si fuera una diosa.

En el único ámbito donde puede y debe reinar una actitud religiosa es en el cuidado de los más pobres.

Solo allí se debe hacer “liturgia”. La liturgia de un hospital de campaña, que cura heridos sintiendo que son sagrados.

La liturgia de un hogar que sirve el desayuno y el almuerzo a los que están en situación de calle como si celebrara una misa.

La liturgia de una casa de la bondad que atiende a los enfermos, con el cariño y la dedicación con que se da el sacramento de la unción a los enfermos.

Lo religioso no es mirar a un Dios abstracto que saldría como el sol por el este geográfico, sino “mirar a Cristo en el prójimo pobre”.

Sólo sobre esa revelación –tuve hambre y me diste de comer- se debe hacer Teología, para reflexionar sobre la esencia divina de un Dios encarnado que se hace pobre concreto.

Solo sobre esos deberes –los de las obras de misericordia-, que son lo único de lo que se nos pedirá cuenta, se debe hacer Moral, y lo más detallada posible, estableciendo cuantas proteínas y cuanto tiempo de sonrisas y juegos necesita un bebé para desarrollarse bien y cómo se traduce eso en el sueldo de los papás.

Sólo sobre esa misericordia se debe hacer Derecho Canónico, para establecer los mil cánones que valoren con toda precisión los gestos con los que se hace cargo de un herido un buen samaritano y los cánones que condenen con toda precisión los modos que tienen para pasar de largo los funcionarios de alto y bajo rango que hacen de sus ocupaciones una religión.

La respuesta de la parábola es clara. Jesús responde quién es mi prójimo:

el Dios prójimo que se nos acercó y tuvo compasión de nosotros,

el prójimo Dios herido al que nos tenemos que acercar

y el prójimo buen samaritano y hospedero en el que nos podemos convertir.

La parábola del Buen Samaritano nos invita a simplificar: a Dios lo encontraremos a mitad del camino que salimos a recorrer para ayudar a los necesitados.

 

Diego Fares sj

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