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“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el Viñador.

Todo sarmiento que en mí no porta fruto, lo corta,

y a todo el que da fruto, lo limpia, para que porte frutos más copiosos.

Ustedes están ya limpios gracias a la Palabra que les he anunciado.

Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.

Lo mismo que el sarmiento no puede cargar fruto por sí mismo,

si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése porta mucho fruto;

porque separados de mí no pueden hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;

luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

Contemplación

         La imagen de Jesús como “la vid verdadera” es una imagen que me suena tan familiar como la de “el buen pastor”, aunque está menos desarrollada. Al poner atención hoy en la imagen del agricultor (ge-orgós, “el que trabaja la tierra” – Jorge –), caí en la cuenta de lo poco “trabajada” que tengo esta imagen. Es paradójico, porque se trata precisamente de la imagen del Padre como un trabajador al que el tipo de tierra que cultiva -la viña- le da el nombre: Viñador.

La imagen es grande y humilde a la vez. Yo diría que lo que pasa es que me he quedado con la imagen de “el Padre del cielo”. Y esta otra “del Padre que trabaja la tierra” ha quedado más oculta. En este caso, Jesús se compara a sí mismo con la Vid, pero en otra parábola se comparará con el viñador que intercede ante el dueño de la viña para que no corte una higuera que no está dando fruto (Lc 13, 7). Es decir, podemos ver la unión entre el Padre y el Hijo bajo estas imágenes relacionadas con los que trabajan las plantas, uno que Poda y el otro que Intercede.

Me preguntaba por qué no resuena más profundamente en mis contemplaciones del Evangelio esta imagen de nuestro Padre como “el que trabaja la tierra”. Lo que Juan nos dice es que “el Padre es el que custodia y cultiva la unidad entre Jesús y los hombres “. Eso quiere decir que poda los sarmientos de la vid. Creo que no quiere decir, como se suele entender, que “corta personas” y las mande al fuego del infierno como sarmientos secos y estériles y cosecha para el cielo racimos de santos. Aquí la alegorización se va para el lado de la escatología que es verdadera pero no nos toca a nosotros. Si tenemos en cuenta que el Padre no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos y que Jesús va a buscar la oveja perdida, comparar las ramas secas con personas no me parece que deba acaparar todo el sentido de la parábola. Como pasa también con la del trigo y la cizaña. Es verdad que en la explicación el Señor dice que “la cizaña son los hijos del maligno”. Pero me parece que identificar muy rápido esta tarea final que solo hará Dios y dividir desde ya la historia en buenos y malos no es a lo que apunta el Señor con sus parábolas.

El Padre que trabaja la tierra, este Padre agricultor y viñador, apasionado por su viña, que despedrega el terreno, planta cada cepa, edifica una torre y un lagar, este viñador enamorado de su viña que invita a sus hijos a trabajar en ella y en tiempos de cosecha sale a buscar cosecheros a todas horas y les paga bien, este Paisano que poda las cepas con sus manos, no está preocupado por mandar ramas secas al fuego sino por que crezcan abundantes y bien ordenados todos sus racimos. La Vid es un solo  organismo, y todo lo que fructifica en Ella forma una unidad viviente, un solo cuerpo, en el que lo que se poda es, justamente, las partes que se han secado. Pero son aspectos, partes, no personas. Imagínense! Si estamos hablando de un Padre que se conmueve cuando se muere un pajarito! Como vamos a andar sacudiendo a otros con que el Padre los mandará al infierno. Si Jesús usa estas imágenes es para que cada uno se las aplique a sí mismo y esté atento y no para que haga sociología y vaya eligiendo desde ahora a los que irán para allá abajo.

Este problema de “alegorizar todo” (en este caso los sarmientos secos) ha sido detectado como algo que afecta a las parábolas y les quita su jugo y su vitalidad esencial. Pero así como la tendencia a alegorizar cada palabra puede terminar por desplazar el acento al destino final de las ramas secas, también está la tendencia a quitar todo valor a la alegoría y pensar que el Señor compara demasiado rápido al Padre con el Viñador y a sí mismo con la Vid. Por eso es que a la de la Vid no se le suele llamar parábola sino alegoría cosa que en mi mentalidad de uno que no es biblista suena a algo menor.

Sin embargo, insisto en que la imagen del Padre Agricultor es una imagen potente si uno mira su accionar. El Señor que en otros pasajes nos ha revelado que su Padre trabaja, que siempre está trabajando, no se anda con vueltas a la hora de compararlo con un simple campesino para que la parábola vaya directamente a revelar “cuál es su trabajo específico”.

En qué trabaja el Padre? Solo “creando”, como solemos pensar? Aquí nos hace ver que también trabaja “podando”. Lo decimos de nuevo: el Padre, que es el Terrateniente, el que plantó la viña y el que la alquila (y le va mal con unos que no le quieren pagar los frutos), el que contrata e invita a todos a trabajar en ella, es aquí el Podador. Es el que con su poda, ordena la planta para que de mas fruto y lo dé de modo armónico.

Se trata de una tarea muy precisa y que se hace a mano. Hace unos días me decía un amigo que tiene unas hectáreas de viña en Bríndisi, que las máquinas cosechadoras son hoy en día increíbles. Sin dañarlos logran cosechar todos los racimos de manera rápida y eficaz. Pero la poda, hay que hacerla a mano. Hay que saber elegir dónde están las yemas mejores, las más cercanas al tronco de la cepa, para que reciban la savia con más fuerza; hay que cuidar los sarmientos que se van para arriba o que se mezclan con los de la parra vecina y ordenar cada una de las dos ramas que se dejan para que carguen igual cantidad de racimos. Estas y muchas otras cosas más son las que realiza el viñador.

Es decir, aquí, el Señor nos regala una imagen poco desarrollada de un Padre trabajador, que con sus manos expertas y sus tijeras va podando… aspectos de su mismo Hijo y de los que estamos adheridos a Él. El trabajo es cuidar la unidad de su Hijo con los hombres. Von Balthasar dice que esta unidad es el acontecimiento central del mundo y de la historia. Si estamos adheridos a Cristo, si “permanecemos en Él, por la fe y por nuestras obras de misericordia concretas que nos tienen unidos a los más pobres, colaboramos a la historia de la salvación. Si no, desparramamos, como dice Jesús en otra parte.

El Padre mismo se ocupa de cuidarnos en esta misión, de hacer que la Vida que proviene de su Hijo, brote con fuerza y crezca ordenada en la vid de modo que los otros puedan cosechar los frutos.

Esto es como decir que el Padre mismo se ocupa de que al salir a la misión a la que nos manda Jesús, nuestra relación con Él sea solida, limpia, bien ordenada.

Esto nos da un punto concreto donde focalizar la mirada cuando rezamos el Padre nuestro. Un punto que no es en lo indefinido del Cielo, a donde solemos apuntar cuando rezamos y que hace que nos quedemos en babia como los discípulos cuando se quedaron mirando al Cielo después que la nube tapó al Señor en la Ascensión. Nada de eso, a nuestro Padre agricultor hay que verlo con las manos en la maraña de hojas y ramas entremezcladas de nuestra vida, podando y limpiando, en orden a la misión. Misión que consiste en dar frutos pero no de cualquier manera o como si uno llevara productos a supermercados extranjeros. El Padre cuida que demos frutos unidos a Jesús.

Una imagen panorámica de la tierra lo primero que nos dice es que la viña está “desordenada”. Que hay lugares donde hay exceso de racimos (y una maraña de ramas secas que tuvieron vida en un tiempo y que hoy son esas basílicas-museos que abundan en Europa, por ejemplo) y en otros la vid no se ha extendido lo suficiente.

Cuando el Papa nos habla de una Iglesia en salida, está hablando de una Iglesia que se deja guiar, ordenar y podar por las Manos del Padre, que la orienta a dar fruto en toda la tierra de manera bien distribuida y cosechable. Es la Iglesia misionera en todos sus miembros y no solo en algunos.

Lo que quiero decir es que no se trata de una simple alegoría sino de una parábola dramática. Sólo que no se trata aquí de una imagen tomada de la vida cotidiana para ilustrar las cosas del cielo, sino de una rápida subida al cielo, conectando la imagen del Viñador con el Padre, para bajar ahí nomás a las cosas de la tierra – a la poda – y mostrarnos en qué consisten esas “cosas del Padre” en las que Jesús trabaja codo a codo con Él.

Jesús nos unió consigo para siempre. Unió su destino al nuestro, al pasar por la pasión y la muerte en Cruz; se quedó con la marca de las llagas como signo de que su unión con nosotros es bien carnal, sin alegoría alguna. Nos alimenta con su mismo Cuerpo y Sangre y nos restaura con el sacramento de la reconciliación cada vez que nos apartamos de él. Nos dio su Espíritu que nos hace “alegrarnos y exultar de gozo” en esta unión con Jesús resucitado. Pero el Padre se reserva para trabajar con sus propias manos el que toda esta gracia “se ordene” para bien de todos sus hijos.

En concreto, esto se discierne ahí donde hay que meter tijera, en la poda, en el corazón de los conflictos, donde hay que podar sin asco (no arrancar cizaña de un trigal sino podar una rama seca en una vid) y elegir el mejor lugar para que crezca el racimo y de buen fruto. Ahí, en las decisiones que hacen a la “circulación” de la vida de la Iglesia de modo que alcance a todos, especialmente a los más alejados y necesitados, ahí está el Padre, el Antiburócrata!, el que le corta la carrera a todos los trepadores, que usan sus “zarcillos” para trepar ellos solos y no para adherirse a la Vid de modo que se extienda.

Y el discernimiento es entre un modo de obrar “paternal” y un modo de obrar “no paternal”. Hay un solo modo de ser padre y mil modos de no serlo. Y esto no se puede explicar con palabras. Todo hijo “sabe” (aunque a veces patalee y tarde en darse cuenta) lo que es una  decisión amorosa por parte de su padre. Las actitudes no paternales para podar conflictos las conocemos. Van desde las excusas técnicas de los que hacen recortes en los sueldos y subas de tarifas hasta aquellos para los que despenalización significa desresponsabilización, porque solo conciben la actitud legislativa de un Padre bajo la forma de “si no te castigo, hacé lo que quieras y arreglate”.

La paternidad – que es también maternidad – es el criterio de discernimiento para saber “de qué lado está Dios”. En el Concilio un obispo africano decía que para ellos no era importante “definir” a Dios sino saber “de qué lado está”. Pues bien, en las podas de la historia, el Padre está del lado de lo que une vitalmente a sus hijos con su Hijo. Si poda algo es porque está seco, no poda nada vivo porque le moleste: su Gloria es que el hombre viva. Todos los hombres, todo el hombre, sin mirar su condición, situación o grado de desarrollo.

Si nos conmueve mirar a Jesús apasionado (envuelto por los golpes de la pasión), más puede conmovernos imaginar a nuestro Padre con la rodilla en tierra, metido entre sus cepas, podando sarmientos y eligiendo racimos.

Pedimos al Santo Espíritu que nos haga sentir en nuestras manos, cuando nos arremangamos y las metemos en la masa y nos embarramos, las manos paternales de nuestro Padre, que trabaja en la tierra como en el cielo. Trabaja para que venga su reino y nos poda para que el reino llegue a todos y no lo enterremos en nuestros territorios privados y en nuestros salones de invierno, esta es su voluntad. Trabaja para que tengamos pan y nos poda  no tanto los pecados (esos los perdona) sino nuestras “tendencias”, especialmente las que impiden que el fruto llegue a los otros y no tanto los que nos molestan a nuestro perfeccionismo vanidoso. Trabaja para que no caigamos en la tentación, no solo de la carne sino en la tentación del espíritu Maligno, que nos divide entre nosotros y quiere dividirnos (por algo es “diablo”) del Amor de Jesús.

El Señor nos dice que si dejamos que el Padre meta mano así en nuestras fibras más hondas, si nos dejamos “expropiar” para “pertenecerle a Él” podemos pedir lo que queramos que nos los concederá. No es poca cosa esta promesa para un corazón misionero que siente cuánto hay que pedir para los demás!

Diego Fares sj.

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El Bautismo de Jesús o “La uva está hecha de vino”

Estando el pueblo expectante
todos se preguntaban en su corazón acerca de Juan,
si no sería el Mesías -el Cristo-,
respondió Juan diciendo a todos:
«Yo los bautizo a ustedes en agua;
pero viene el que es más fuerte que yo,
al cual yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias;
Él los bautizará en Espíritu Santo y en fuego.»
Y aconteció que,
cuando el pueblo se hacía bautizar,
habiendo sido bautizado también Jesús,
y estando en oración,
se abrió el cielo
y el Espíritu Santo descendió
en figura corporal, a manera de paloma,
sobre Él.
Y una voz vino del cielo:
«Tú eres el Hijo mío, el predilecto,
en Ti me he complacido» (Lc 3, 15-16. 21-22).

Contemplación

En estas contemplaciones, con la ayuda del Señor, seguimos a Ignacio, que en las “Adiciones para mejor hacer los ejercicios y para mejor hallar lo que se desea” recomienda lo siguiente:
“En el punto en el cual hallare lo que quiero, allí me reposaré, sin tener ansia de pasar adelante, hasta que me satisfaga” (EE 76).
Por eso el trabajo contemplativo consiste en ir regulando y manteniendo una tensión: la que se da entre el buscar y hallar esa Palabra que es para mí (vs no concretar) y el contener el ansia de pasar adelante (vs dispersión).
En cada contemplación que hacemos hay alguna Palabra en la que todo se reposa. Una vez encontrada, lo demás es andamiaje “desmontable”, que puede servir o no para otra vez.
Y la invitación al que lee estas contemplaciones es a que haga él mismo este doble trabajo. Tenés que buscar “tu Palabra” y reposarte en ella hasta que te satisfaga, conteniendo el ansia de pasar adelante. Esto se puede hacer leyendo todo y luego releyendo para quedarse donde el Espíritu le hace sentir un poco más de gusto o bien deteniéndose simplemente en una frase y dejando lo demás.

Una intuición de von Balthasar en la contemplación del Bautismo del Señor ayuda a profundizar esto del trabajo contemplativo. Juan dice al Señor: “Soy yo el que tengo que ser bautizado por vos”; Jesús le responde: “Dejá que se hagan así las cosas ahora”. “El Antiguo Testamento busca hacer la justicia, el Nuevo “deja que acontezca” (esta es su acción primaria).
Como dice María: “fiat, hágase”.
Como nos enseña Jesús en el Padrenuestro:
“Padre, venga tu reino;
hágase tu voluntad,
danos, perdonanos, no nos dejes, libranos…”.

La contemplación cristiana es pues don y tarea de dejar que “se haga el don”: “hágase en mí según tu Palabra”.

Si uno mira bien, en el Bautismo Jesús no solo obedece a Juan (la ley, lo humano, lo histórico que viene de la cultura de su pueblo) sino también al Espíritu. Es una paradoja que Jesús “obedezca al Espíritu”.
¿Cómo es que “obedece” al Espíritu si el Espíritu “procede del Padre y de Él”?

Es que Jesús comienza a manifestar que un mismo Espíritu de Amor reina entre los deseos del Padre y los suyos, y este mismo Espíritu no solo viene de lo Alto “sobre” Él sino que brota desde lo más íntimo de su corazón humano, de su carne.
Se da en Jesús esa doble tensión que guarda el secreto de la ética cristiana: la tensión entre el Espíritu que está “sobre” Él y “en” Él.
En el Bautismo se une el cielo y la tierra, lo más alto de la voluntad del Padre y lo más íntimo del corazón humano.
Y en ambas realidades Jesús deja que actúe un mismo Espíritu, el Espíritu del Amor.
El Espíritu está “sobre” Él, porque así lo requiere la misión, que viene siempre de lo Alto (el hombre no puede automisionarse).
El Espíritu está “en” Él, porque Jesús hace lo que le agrada al Padre desde lo más íntimo de su corazón y no como obligado por una ley impuesta desde afuera; Jesús conoce y ama los secretos deseos del corazón del Padre.

Así, el trabajo contemplativo es un trabajo de “Bautismo y Confirmación”, de sumergirse en la Palabra y de salir confirmado y misionado por ella.

Contemplar es dejar que Jesús nos sumerja en al Agua viva de su Palabra y que nos encienda en el Fervor apostólico que es Fuego que enciende otros fuegos, como decía Hurtado.

Contemplar es leer el Evangelio en el mismo Espíritu con que fue escrito, que es el mismo Espíritu con que Jesús lo vivió.

Para unificar estas cosas es que Jesús se bautizó, siendo que “no tenía necesidad” en cuanto que no tenía pecado de qué purificarse. Lo que el Señor quiso hacer fue “manifestar” que el mismo Espíritu que descendía del cielo sobre él era el Espíritu que lo impulsaba desde dentro a sumergirse en el agua de los seres humanos comunes y pecadores.
El Padre confirma su predilección sobre “este” Jesús: Hijo suyo único e hijo del hombre.
Y el Espíritu unifica el Amor entre el Padre y el Hijo bajo la forma de la igualdad (el Padre y yo somos uno, dirá Jesús) y bajo la forma de la obediencia (el Padre es más grande que yo, dirá también Jesús).

A partir de allí, todos los que somos bautizados en Cristo,
sumergidos en este Amor de un único Espíritu Santo que viene de lo Alto y brota de lo profundo,
que procede del Padre y que aletea en la historia de Israel y de los hombres,
que nos atrae irresistiblemente a Jesús y nos envía, con fuerza también irresistible, a bautizar a todos los pueblos,
todos los que somos bautizados
en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
experimentamos esta salvación:
se unifica en nosotros lo más espiritual y lo más carnal.
Los deseos del Espíritu y los deseos de la Carne encuentran su paz en Jesús.
Sólo Él es capaz de unificar estos deseos, siempre en lucha.
Los otros intentos de unificar espíritu y carne terminan en pecado: en espiritualismos desencarnados o en carnaduras endiosadas.

Ahora bien, esta unificación no es automática.
Es una plenitud que se nos regala el día del Bautismo y en la Confirmación y que luego, como hizo también Jesús, tenemos que desarrollar y cuidar para que crezca y se haga fuerte en un proceso que nos lleva la vida entera.
Pero no se trata de “inventar algo que quizás se de” sino de desplegar en toda su amplitud una realidad que está latente y plena.
Quizás la mejor imagen sea esa que Galeano escribe en su Libro de los Abrazos:

“Un hombre de las viñas habló, en agonía, al oído de Marcela. Antes de morir le reveló su secreto: —La uva —le susurró— está hecha de vino”.

La uva está hecha de vino y nosotros de las palabras que nos habitan, reflexiona el poeta.
Estamos hechos de La Palabra. Llenos de Jesús. Y contemplando la Palabra que se nos anuncia desde afuera, se desencadena el proceso que va transformando en vino nuevo la palabra que llevamos dentro.

La Palabra se hizo carne quiere decir que tomó un ritmo distinto al de las puras palabras.
Me imagino que la Palabra Pura en la vida Trinitaria es una sola: Amor.
Amor del Padre que “engendra” al Hijo,
Amor del Hijo que recibe y entrega todo al Padre,
Amor de ambos, que es Espíritu Santo.

También imagino que las palabra humanas se multiplican en multitud de lenguajes, muchas veces contrapuestos, que nos llevan de la mudez al palabrerío.

Entre estos dos extremos la Palabra única de Dios toma nuestra carne (antes de comenzar a hablar con nuestras palabras se toma su tiempo) y va aprendiendo a hablar como aprenden los niños, gracias al lenguaje amoroso, sereno y paciente de María y de José. Lenguaje de largo aliento, en el que todas las palabras humanas van siendo pronunciadas por Jesús, una a una, de manera tal que se van centrando en su contenido verdadero y tejiendo entre sí todo un lenguaje lleno de sentido: el evangelio.
Jesús va viviendo auténticamente su vida humana y pronunciando las palabras justas en cada situación, de manera tal que las palabras se purifican en sus labios, se sanan y se plenifican al pasar por su corazón y se llenan de vida y de sentido al ser puestas en obras de misericordia por sus manos.

Así, el proceso de Bautizar que desencadena el Señor es un proceso complementario con el suyo:
Él, Palabra pura, al tomar carne, entra en el ritmo lento de ir aprendiendo y pronunciando las palabras una a una, haciéndose entender por cada uno en cada situación concreta y única.
Nosotros, que estamos llenos de palabras a medias, que no logran expresar todo lo que siente nuestra carne espiritual, al sumergirnos en Cristo vamos aprendiendo a hablar un lenguaje desconocido, a cantar un cántico nuevo, como dice el Salmo. Así se purifican nuestras palabras mal dichas y se vuelven plenas las mejores. En Cristo, Palabra encarnada, podemos expresarnos a nosotros mismos, podemos expresar los anhelos más íntimos de nuestro corazón, que tanto sufre al no encontrar las palabras adecuadas.
Nuestra carne se hace Palabra en Jesús, porque así como la uva está hecha de vino, nuestra carne, al ser bautizada, está rehecha de Jesús.

Diego Fares sj

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La paz de la viña

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“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el Viñador.
Todo sarmiento que en mí no porta fruto, lo corta,
y a todo el que da fruto, lo poda, para que lleve frutos más copiosos.

Ustedes están ya limpios gracias a la Palabra que les he anunciado.
Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.
Lo mismo que el sarmiento no puede llevar fruto de sí mismo,
si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

Yo soy la vid; ustedes los sarmientos.
El que permanece en mí y yo en él, ése lleva mucho fruto;
porque separados de mí no pueden hacer nada.
Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;
luego los recogen, los echan al fuego y arden.
Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes,
pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

Contemplación
La humanidad es una vid. No somos seres aislados. La humanidad es una viña plantada para dar uvas dulces que por la pandemia del virus del pecado comenzó a dar uvas agrias por todos lados. Pero somos una vid y siempre está la posibilidad del injerto que salva, el injerto en la cepa noble y santa que es Jesús: Yo soy la Vid, ustedes los sarmientos. El que el Padre injerta en mí y luego permanece en mí de corazón y Yo en él, lleva mucho fruto.
La vid tiene esta posibilidad maravillosa del injerto. Les comparto algo que leí y puede ayudar:
“En Europa, hasta fines del siglo XIX, en sus pequeños terruños -que de paso muestran el misterio del vino, ya que, gracias a los diversos injertos, con la misma cepa y el mismo clima bastan un centenar de metros para producir vinos de distinta calidad- los viticultores plantaban año a año los retoños de sus vides. Fue entonces cuando, tal vez por razones experimentales, se introdujeron algunas plantas de vid americana. Con la vitis americana llegó lo que la ciencia llama Philoxera Vastàtrix, Filoxera devastadora. Eran pulgones de uno a tres centímetros de largo, que se alimentaban de la raíz de las cepas europeas. Ningún plaguicida pudo dar cuenta de ellos. Se prendió fuego a viñedos enteros y se inundaron aquellos que estaban cerca del mar. La plaga era incontenible. La solución que mantuvo en angustiosa espera a los viticultores fue injertar las vides europeas sobre las raíces americanas que la filoxera desdeñaba. Todos los viñedos europeos están plantados sobre viñas patrón americano”.

Esta plasticidad misteriosa de la vid, en que la parte sana puede curar al todo, es una hermosa imagen de lo que es la raza humana. Por eso es tan linda la imagen del Padre Viñador y de Jesús, la Vid Santísima y Vivificante.

A Jesús todo lo que se le injerta, si está enfermo, lo sana, y si es bueno, lo potencia y lo mejora en lo suyo propio.
…..

No se si es fácil transmitir esta maravilla de lo que es la vid al que no ha nacido ni se ha criado entre parras y uvas. Puede ayudar si le gusta le vino bueno y se maravilla de todas las variedades. Por mi parte, confieso que aunque crecí a la sombra de las parras del patio pequeño de mi casa y del patio inmenso de la casa de la Sette (así se dice abuela en libanés), cuyas parras daban todos los tipos de las uvas de mesa más ricas ─ la moscatel rosada y grande, las blancas de ollejo duro y ovaladas y las redonditas, la negra casi azul, la chiquita sin semilla… ─ recién comencé a fijarme en la vid en Buenos Aires, rezando por el Patio de la parra de Regina.
Sin embargo, el interés más científico prende mejor cuando se lo injerta en un interés existencial, ese que uno trae de la infancia. Cuando uno ve y experimenta el contraste de lo que es la tierra en Mendoza con viña y sin viña, puro desierto pedregoso y gris a un lado y al metro siguiente, viña frondosa y fértil, no puede menos de presentir que la vid tiene algo maravilloso. Lo expresa bien un artículo que dice que la Vid se da,
“En general, en tierras pobres. Y en algunos casos, como las argentinas de Mendoza -cuyo promedio de lluvia es equivalente al del Sahara- desérticas. La vid hace el milagro de convertir ese suelo hostil en maravillosas superficies verdes. Aprovecha cada gotita de humedad, pero para que esto ocurra, y dé los resultados esperados, se necesita la incesante labor del viñatero. Hasta tal punto es esencial el trabajo del hombre que Frieländer señala que los límites de expansión del Imperio Romano pueden ir marcándose en un mapa de acuerdo al avance del cultivo de la vid en Europa”.

Propiedades maravillosas de la vid, necesidad de incesante labor del viñatero. Es la combinación de la que habla Jesús en su Alegoría de la Vid. Es como si antes de la Pasión el Señor profundizara las parábolas de la Semilla. En las primeras parábolas hay un tiempo intermedio, entre la siembra y la cosecha, en el que no se puede hacer mucho. Si la tierra es buena o no y si alguien sembró cizaña, se ve con el tiempo. El grano de mostaza pequeñito muestra sus virtudes luego de muchos años. En las parábolas de la viña, en cambio, es donde se muestra más lo humano y lo divino unidos en un trabajo común. Jesús nos presenta a su Padre como un Viñador, un Padre de familia que ama su viña y que sale a buscar obreros para la cosecha, un Padre que quiere que sus hijos trabajen codo a codo a su lado y que mete mano en las parras, podando y limpiando, guiando el crecimiento de sus plantas día a día.
La imagen que da de sí el mismo Jesús es una imagen que nos integra estrechísimamente. La Vid es una, en todo el mundo y en todas sus variedades, y Él es la vid entera santa y sana y de frutos selectos.
Estar injertados en Él es participar de todo y poderlo todo (“todo lo que pidan se les dará”).
Estar desintegrados fuera de él es igual a no ser nada, (“sin mí no pueden hacer nada”).
El entra como parte individual en este mundo pero con la virtud escondida que llegará “a ser todo en todos”.
Tiene esa fuerza de una Vid poderosa de “recapitular todas las cosas en sí como cabeza”.
….
Despúes de Jesús no somos ya seres aislado.
En Jesús pasamos a ser Viña-Iglesia, en ese entrecruzamiento lindo que tienen las viñas en las que no se sabe de qué tronco viene la rama que da el racimo más grande ya que todo es entrelazamiento común, fruto de la cepa y de cada injerto, del suelo, del agua y del sol, del trabajo del viñador y luego de los que elaboran el vino.

Sentirse así, Viña común trabajada por las manos del Padre, da paz en medio de un mundo que nos quiere consumidores aislados y números sin rostro de estadística funcionales al poder, es un gozo que se siente en la raíz, allí donde uno experimenta su identidad como pertenencia. “Somos suyos, a Él pertenecemos”.

Sentir que los golpes y los cortes de la vida no son hachazos violentos dados al azar por pandemias de gripe porcina o dengue o por quienes odian a todos cegados por el paco, sino podas en las manos buenas del Padre, que precisamente nos limpia allí donde damos fruto para que demos más, sentir los golpes como podas, digo, hace vivir de otra manera las cruces y los sinsabores de tantas injusticias de este mundo. “Nada de lo bueno se pierde”. “El Señor escribe derecho con parras torcidas”. “No tengan miedo. El que permanece en mí, da mucho fruto”.

Una cara del miedo y de la angustia provienen de nuestra resistencia a “dar fruto” allí donde la savia del Espíritu quiere. Es un resistir a la gracia porque poda y no confiar en que estamos en las manos del Padre. El jugarse por el Evangelio siempre toma la forma de una elección en la que experimentamos que “dar fruto es sufrir una poda”. Dar fruto es abandonar una posición cómoda y arriesgarnos a quedar en una posición evangélica de indefensión o de riesgo creativo en el que el fruto depende no de nosotros sino de Jesús. A medida en que nos vamos animando a estas mini-elecciones y experimentamos el gusto de esta “poda fructuosa”, vamos “permaneciendo más en Cristo” voluntariamente y no forzados. Experimentamos que “donde damos fruto hay paz y fluye la vida”, que “dar frutos libera, porque el amor quita el temor”. El don de sí es este dar frutos, esa es la gloria del Padre y de esos frutos brota la paz.  

Sentirse “sarmiento”, sentir que uno puede reinjertarse en un instante en la Vid que es Cristo, desde la más pequeña parte libre y sana que uno siempre conserva, y desde allí ser totalmente sanado y poder comenzar a dar los mejores frutos, los que Dios siempre soñó para uno y uno soñó en Él (casi sin atreverse, pero soñó), es una esperanza tan fuerte que no puede no llevar al sacramento de la reconciliación con un deseo y un gozo como los del Hijo pródigo. Basta injertarse en El, para serlo Todo, para entrar en comunión con todo lo de Dios y lo de los hermanos. Los santos nos alientan, nos tienden la mano, a integrarnos con ellos en esta comunión de la viña que viene de lejos y se extiende por todo el mundo terreno y celestial.

Injertarse en él. Esa es la palabra fuerte de hoy. “Enkentrizai” como dice Pablo en Romanos: “Si la raíz es santa también las ramas” (11, 16-24). Dejar que el Padre nos injerte y nos enraíce en la Raíz santa que es Jesús. El Padre nos enraíza amorosa y líbremente, haciéndonos sentir atraídos por la Palabra de su Hijo (Este es mi Hijo amado, escúchenlo!) para que luego su Hijo nos haga sentir lo lindo que es permanecer adheridos a él por la Fe y la Amistad que dialoga y comparte la vida. Fuera de esa raíz nada da fruto: “« Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial será arrancada de raíz” (Mt 15, 13).

Permanecer en Cristo. Tratando no hace mucho de “ayudar” a un sarmientito tierno que había brotado bajo y andaba por el piso, a que se agarrara del alambre para ir para arriba, presté atención a cómo las ramas de la parra dan una hoja de un lado y del otro un zarcillo que se enrosca con fuerza de lo que encuentra y le abre paso a la fuerza vital de la planta para que gane en extensión. Los racimos brotan cada tanto en medio de este trío vital de raíz, hojas y zarcillo.
Al ver al otro día al zarcillo fuertemente enroscado en el alambre–un rulito simpático y funcional- me pareció una linda imagen de nuestro esfuerzo por permanecer en Jesús: como humildes zarcillos que se adhieren enrollándose bien allí donde encuentran buen apoyo.
Todo lo demás lo hace la fuerza vital de la Vid. Pero ese adherirse con todo al amor de Jesús y al amor al prójimo ─ dando tres vueltitas de bondad ─, para no soltarme, viene de mí y “el Señor lo necesita”.

Manos eucaristíaDiego Fares sj

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