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Bautizados en la Trinidad

“Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea,
al monte que Jesús les había indicado.
Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron.
Jesús se acercó a ellos y les habló así:
‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado.
Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos’” (Mt 28, 16-20).

Contemplación

Bautizar, dice el diccionario bíblico, es sumergir, empapar, mojar…
Lo sabemos. Pero me sorprendió ver citado también a Platón que usa el término en el Eutidemo para expresar que uno “está abrumado con interrogantes” (Eutidemo 277 d); sumergido en sus pensamientos, decimos nosotros.

Este uso me hizo caer en la cuenta de que nacer y vivir y pensar… siempre es “ser bautizados”: como seres humanos siempre andamos “sumergidos” en algún medio.
Y entonces, el Bautismo cristiano se me reveló con una lucecita nueva.
Al bautizarnos, la Iglesia nos sumerge en el Amor de Dios
y ese bautismo nos “desahoga” de todos los otros bautismos,
nos despeja de todas las otras “inmersiones” en las que andamos sumidos:
nos absuelve las culpas,
nos despierta del encantamiento del mundo de las imágenes y de las noticias,
nos saca de la miopía de los criterios mundanos.

La contemplación de hoy va, entonces, para ese lado:
a ver si puedo ayudar a quitar algunos prejuicios que nos tapan lo más lindo del Bautismo.
Un prejuicio es que el Bautismo se nos impone.
Actualmente hay todo un movimiento de “apóstatas” ─ así se llaman ellos mismos ─ que piden que se los borre de los libros de la Iglesia. No quieren ser parte. Están enojados con que se los haya bautizado. No les gusta que se los haya “metido en una institución como la Iglesia”.

Tienen derecho a que se los borre de los libros, pero hay que decir que ningún bautizado ha sido “metido en una institución”.
El Bautismo es en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
El Bautismo es haber sido “sumergidos en una triple mirada”; en la mirada de Tres que nos miran como a hijos.
Uno no puede borrarse de que los que lo quieren lo miren con amor.
El Bautismo es haber sido sumergidos en una conversación de Tres que charlan sobre nuestra salvación.
Uno no puede evitar que los que lo quieren hablen de uno con amor.

Hemos sido bautizados, amorosa y conscientemente, por los que nos dieron la vida en la misma Fuente en la que vinimos inconscientemente a la vida.

El prejuicio de la supuesta imposición no tiene en cuenta el hecho de que no somos “autónomos”, no podemos excluirnos de nuestras relaciones: siempre estamos en relación con un medio. Dios está por dentro y también por fuera: “En el vivimos, nos movemos y existimos” como dice Pablo a los cultos atenienses (Hc 17, 28).

¿Por qué ser bautizados en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo no es una imposición sino una liberación?
Porque si no somos bautizados en ese “ambito de Amor que perdona y da vida” quedamos “sumergidos” en nuestros propios pecados y límites que llevan a la muerte.
Los seres humanos somos “sumergibles”.
Nuestra vida se gesta en el seno materno y generando líquido amniótico.
Nos despertamos a la conciencia luego de años sumergidos en el cálido ambiente familiar.
Desarrollamos nuestra vida inmersos en la sociedad…
Para ver, necesitamos estar en el ámbito de la luz.

Todo esto lo tenemos claro. Y sin embargo, para pensar y elegir, muchos creen que no necesitan “estar en un medio”.
Creen que son totalmente autónomos, que sus pensamientos y elecciones surgen de una fuente propia y exclusiva.
Y de no ver esta simple realidad viene el estar “sumergidos” en el propio yo como si este fuera algo cerrado, culpable de todas las culpas y merecedor de todos los méritos, de manera exclusiva.

Aquí viene, entonces, la gracia genial del Bautismo.
Para hacernos hijos, para hacernos nacer y crecer a la vida de la Gracia, Jesús ve que necesitamos ser sumergidos en ese “líquido amniótico” del Agua del Bautismo, que nos permite movernos cómodamente en el seno Interpersonal de la Trinidad.
El Espíritu es el que crea este ámbito favorable para la Vida plena en el que somos sumergidos y bautizados.
La Iglesia es ese ámbito materno sin cuya mediación el Dios vivo nos quemaría o se nos volvería inasible.

Por eso los otros sacramentos son como un “zambullirse” de nuevo, líbremente, en las Aguas del Bautismo.
Al confesarnos, nos sumergimos en el Agua del perdón que nos lava las culpas.
Al comulgar, nos sumergimos en la Carne y la Sangre del Señor que nos unifican con los demás, y nos permiten sumergirnos luego en toda realidad.

El mandato del Señor “hagan discípulos a todos los hombres, bautizándolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” es un encargo de ida y vuelta. Tiene la otra parte, la de “guardar sus mandamientos”.
Somos bautizados y tenemos que mantenernos bautizados: sumergiéndonos cada día, a cada instante, en su Amor.

Puede ayudar hacernos algunas preguntas a este respecto:
¿En qué me sumerjo, yo, cristiano que he sido sumergido en “la fuente de la Santidad, en el Amor de nuestro Padre, en el Amor de Jesús, nuestro Hermano, en el Amor del Espíritu de ambos?

¿En qué pensamientos me sumerjo?
¿Qué sentimientos dejo que me inunden?

¿Cómo es que no me zambullo de cabeza a cada rato en el Amor de nuestro Dios, yo que he recibido su Espíritu, que lo tengo a mi disposición como una Fuente interior de Agua Viva en la que me puedo meter para lavarme y empaparme de evangelio y de gracia?

Como dice el Salmo 43:
“¿Por qué tendré que andar triste,
hostigado por mi enemigo?
¿Por qué desfalleces, alma mía?
¿Por qué te inquietas?”
Y el Salmo 42:
“Como la cierva sedienta
busca las fuentes de agua,
así suspira mi alma
por ti mi Dios.
Mi alma tiene sed de Dios,
del Dios viviente”.

El Bautismo no es una imposición.
El Bautismo responde a la sed del hombre y a la necesidad de tener un ambiente adecuado para moverse.

Somos seres bautizables.
Bautizables porque bautizados: vivimos sumergiéndonos en el trabajo, dejándonos inundar por sentimientos, absortos en nuestros pensamientos, metidos en discusiones y conversaciones…

Siempre estamos sumergidos obedeciendo a algún mandamiento humano.
Por eso Jesús, al mandar que nos sumerjamos sólo en su Amor, nos libera. ¡Permanezcan ─ bautizados ─ en mi Amor!
En todas las situaciones y en todo momento: un solo Bautismo, un único mandamiento.

Bendito sea el Bautismo que nos sumerge en las Personas del único Dios y nos “desahoga” del estar sumergidos en nosotros mismos.

Benditas sean las enseñanzas de Jesús: bautizarnos en ellas nos libera de estar “abrumados por interrogantes” que no tienen respuesta.

Ojalá que nos llenemos de alegría de haber sido bautizados en el Amor de la Trinidad.
Qué triste si no. Qué tristeza darse cuenta de todos los bautismos que uno tiene encima si no hay uno Definitivo.
¡Qué triste si todo fueran piletas y no existiera el mar!

Ser bautizados es ser invitados a entrar en el Diálogo Familiar en que consiste la Vida trinitaria. Jesús nos lo abrió en el evangelio de la Transfiguración, cuando le permitió a Pedro escuchar y sumarse en la conversación celestial.

Ser bautizados es lo mismo que comulgar.
El Señor se bautizó en nuestra vida, entró en nuestra carne, en nuestra historia, en nuestros moldes culturales, y desde adentro nos invita a ser bautizados en Él, que revitaliza lo humano desde adentro.
En él todas las cosas están bautizadas, bendecidas, evangelizadas.

Ser bautizados es lo mismo que contemplar el evangelio: fuente de agua viva que invita a sumergirse en él. Todos los diálogos del evangelio son capaces de recibir al que se sumerge en ellos y provocar el efecto benéfico de su agua viva y purificadora. El evangelio es abierto, no es palabra hermética, cerrada, que aleja. Toda persona y toda cultura puede bautizarse y salir renovada de este empapamiento.

Ser bautizados es, como dice Grün: “dejar que Jesús impregne nuestra vida diaria”. “Dejarnos impregnar por la misericordia y la dulzura de Jesús nos libra de dejarnos absorber por la amargura”.
Que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo nos reaviven esta gracia bautismal para vivir en ellos, en su Reino, que no está aquí o allá sino en “medio de nosotros”.

Diego Fares sj

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