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La paz es cosa de la Trinidad o “¿qué pasa que no se aclaran las cosas?”

Le pregunta Judas (no el Iscariote): Señor ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?
Respondió Jesús y le dijo:
«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará;
y a él vendremos y en él haremos morada.
En cambio el que no me ama no es fiel a mis palabras.
La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
Yo les he dicho estas cosas mientras permanezco con ustedes;
Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre,
Él a Ustedes les enseñará todas las cosas
y les recordará a ustedes todas las cosas que les dije a ustedes.
Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo.
¡No se inquiete su corazón ni se acobarde!
Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”.
Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre,
porque el Padre es mayor que yo.
Les he dicho esto antes que suceda,
para que cuando se cumpla, ustedes crean»
Ya no hablaré muchas cosas con ustedes porque viene el príncipe del mundo. A mí no me hace nada, pero es necesario que el mundo conozca que amo al Padre y que hago las cosas tal como el Padre me las mandó. Levantémonos, vámonos de aquí.
(Jn 14, 22-31).

Contemplación
“Señor ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo? “
Manifestarte (enfanizein) es “volverte claro”, visible, comprensible, creíble.
La pregunta es de Judas Tadeo.
Se ve que le impresionó la palabra que usó Jesús: “El que me ama será amado de mi Padre y Yo también lo amaré y me le “manifestaré”.

Para el pueblo fiel, que conserva la memoria de los santos, Judas Tadeo es el patrono de las cosas imposibles, y es muy querido. Para la tradición puede haber sido primo hermano de Jesús (hijo de un hermano de San José, cosa que nos lo vuelve muy cercano en el afecto). El autor de la Epístola de Judas, la última de la Epístolas católicas, se identifica por su estilo con el Apóstol que le hace esta pregunta a Jesús. En su carta se dirige a “los que han sido llamados amados de Dios Padre”. Toma la respuesta tan linda de Jesús que dice que “si alguno me ama, mi Padre lo amará”.
Bueno, esto para ponerle rostro a uno de los discípulos queridos de Jesús, rostro que el tiempo ha borrado pero cuyos rasgos se pueden dibujar de nuevo en la fe común. A Judas le quedó esta semilla del evangelio, la de ser uno de los que amaban a Jesús y fueron amados por el Padre. Nada menos!

Jesús, si le preguntan, responde. Y esta última pregunta de uno de sus discípulos encierra el tema “global” de “cómo se comunican las cosas de Dios”. Martini comenta estas preguntas de los discípulos diciendo que son preguntas que surgen de “malentendidos”. Malentendidos que se suscitan en el corazón de los discípulos y que Jesús aclara con amor hasta donde puede y, tomando pie precisamente en la dificultad de hacerse comprender a fondo, revela que será el Espíritu Santo el que aclarará todas las cosas.
En toda relación interpersonal y comunitaria es muy importante “aclarar los malos entendidos”. Es el trabajo del diálogo generoso y natural entre las personas que conviven y trabajan juntas. Ahora, de última, como nos enseña Jesús, los malos entendidos no los aclara ni Él viviendo entre nosotros. Hace falta la Trinidad íntegra habitando en el corazón de las personas que conviven para que se de esa Paz del Espíritu en la que todo se vuelve claro y no quedan malentendidos.

Al primo de Jesús le preocupaba esto de que “… y qué pasa con el resto del mundo”.
Para mucha gente es motivo de tentación sentir “cómo es que algo tan esencial nos llega recién ahora”. Es el famoso “cómo yo no me enteré antes! O también: “si esto es tan verdadero, cómo es que no les llegó a todos”.
Jesús toma pie en el buen deseo que suscita la pregunta en el corazón de Judas Tadeo y le responde algo hermoso. Lo desarrollaré en orden inverso para que ayude a releer las palabras tal como las dijo Jesús, que son de las más amorosas de todo el Evangelio.

Por qué no se aclaran las cosas, es pues, la pregunta.
¿Qué es lo último que Jesús le responde?
Jesús dice que “ya no hablará muchas más cosas”. Llega la hora en la que se acaban las palabras y tiene que pasar a la acción. El testimonio de su amor al Padre lo tendrá que dar padeciendo la Cruz.
Es que las cosas no se aclaran sólo con palabras. Hace falta dar testimonio con la propia vida. Si Jesús que es el Logos, La Palabra, dice que ya no puede aclarar más, no podemos pretender nosotros un acuerdo y un consenso que brote de nuestras razones y argumentos. Lo que aclara todo malentendido es demostrar con nuestra vida que amamos al Padre y que hacemos las cosas tal como Él las dice, que buscamos “hacer su voluntad y no la nuestra”.

¿Por qué es tan difícil aclarar las cosas?
Lo penúltimo que Jesús dice es que “Viene el príncipe de este mundo…”. Las cosas son tan difíciles de aclarar porque este mundo está bajo el poder del padre de la mentira, del divisor –diablo-, del acusador. Diariamente vemos cómo nada se aclara y todo se confunde. En vez de escandalizarnos debemos recordar que Jesús ya nos lo dijo. Y creer en Él, y en su camino para “aclarar las cosas”. Ni el mismo Jesús puede hacer frente a los “argumentos mentirosos” con “argumentos verdaderos”. Dios mismo para convencer, necesita “dar testimonio”. Con su Palabra no alcanza. Menuda lección ¿no?

¿Y entonces?
Jesús concluye con que “nos tenemos que alegrar de que El se vaya al Padre, porque: “el Padre es mayor que Yo”.
Para aclarar las cosas tampoco basta el testimonio de dar la vida. La vida de Jesús podría haber quedado en un escándalo y ser causa de una desilusión y de una tristeza como la de los discípulos de Emaús, cuando intentan explicar “las cosas que han pasado entre nosotros”.
Para aclarar las cosas hace falta el testimonio del Padre. Jesús va a su Padre para que Él lo glorifique. Para que el Padre certifique que Jesús hizo todo bien, según su voluntad. Eso es “glorificar”: volver manifiesto y claro –no “así nomás” sino de manera luminosa y esplendente- toda la vida de Jesús.
Por tanto, para aclarar las cosas hay que ir a buscar a otro: en el caso de Jesús, a su Padre amado. Y nos tenemos que alegrar de esta “necesidad” tan humana de un hijo de tener que ir a buscar a su papá.
La imagen de un hijo con su padre da paz. Pensarlo a Jesús en el Corazón del Padre nos pacifica. De allí fue enviado a nosotros, así lo conocimos. Y vuelve a su lugar de origen. Como le manda anunciar a María Magdalena: “Ve y diles: ‘vuelvo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’” (Jn 20, 17).

Aquí es donde, para aclarar las cosas, Jesús revela los frutos de su unión con el Padre. Es en ese momento cuando les promete el Espíritu y –ahí mismo- les da la Paz.
Para aclarar las cosas, para que Jesús se nos vuelva manifiesto, primero tiene que darnos su Paz. Una paz que Él mismo tiene al estar unido con el Padre. No es una paz cualquiera. En el Huerto Jesús no tenía paz. Estaba ansioso y angustiado hasta la muerte. Se puso en paz cuando se decidió a entregarse a lo que el Padre quería.
En la cruz Jesús no estaba en paz, tenía sed, preguntaba, sentía el abandono… Hasta que se puso en las manos del Padre. Por eso, esta paz que Jesús les da y les deja a sus amigos es una paz que brota de su corazón de hijo, unido al Padre, y por la que tendrá que luchar al día siguiente en la pasión. Es una paz padecida, la que nos regala Jesús. Y por eso es tan linda y tan verdadera. Porque podemos “pasar en paz todos los pasos angustiosos que él pasó por nosotros”, podemos pasar las angustias con El, en paz, poniendo cada inquietud nuestra en una de Jesús, para dejar que Él nos la pacifique.
El mundo no puede “ver claramente” a Jesús porque no tiene su paz. Porque el príncipe de la mentira lo desasosiega constantemente con nuevas guerras y armisticios provisorios.
El opuesto al príncipe de este mundo –al mal espíritu, como dice san Ignacio- es el buen espíritu, el Espíritu Paráclito. Él a Ustedes, dice Jesús. Qué frase tan breve y tan hermosa: “Él a Ustedes”. El Espíritu que mi Padre les envía en mi Nombre. En el Nombre bendito de Jesús –que es nuestro nombre, nombre de hermano nuestro, del primo de Judas Tadeo, sobrino de San José y de María-. En Nombre de ese Jesús que las pasó todas para darnos su paz, para que no se inquiete ni se acobarde por nada nuestro corazón, el Padre nos envía su Espíritu, el Espíritu de ambos espirado.
Y la Paz es, desde ahora, don de la Trinidad.
Que Jesús se nos vuelva claro, es cosa de la Trinidad.

Y lo más lindo de todo, lo primero que le responde a Judas Tadeo (que era lo que venía diciendo cuando Judas lo interrumpió), es que la Trinidad se viene a vivir a casa. Jesús se va al Padre pero para venir con el Padre al corazón de los que lo amamos. Desde allí, desde lo hondo de nuestro corazón donde habitan y moran, el Padre y Jesús nos comunican su Espíritu aclarador: Él nos enseña a nosotros todas las cosas que dijo Jesús y nos las recuerda en el momento oportuno, a medida que las necesitamos para aclarar los “malentendidos”.

En el Hogar de San José venimos haciendo unas reuniones “trinitarias” con grandes frutos desde hace unas semanas. Nos juntamos de a tres, un colaborador, la coordinadora y el director, y conversamos de nuestro trabajo en común. Nos juntamos en Nombre de Jesús y ponemos en medio a nuestros hermanos a quienes queremos servir. Y es notable cómo –así, de a tres- se aclaran los malentendidos! Se ve que del buen espíritu de estas reuniones me nació esta reflexión sobre la paz. Paz trinitaria, paz padecida por Jesús, paz confiada que nos dejó para que la cuidemos.
Le pedimos a la Virgencita de Lujan que guarda en su corazón la paz de la Trinidad para su pueblo argentino que cada uno de los peregrinos que hoy la visiten se lleve esa paz que tanto necesita nuestra sociedad desasosegada. La Paz que sólo Jesús puede dar.

Diego Fares sj

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Bautizados en la Trinidad

“Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea,
al monte que Jesús les había indicado.
Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron.
Jesús se acercó a ellos y les habló así:
‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado.
Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos’” (Mt 28, 16-20).

Contemplación

Bautizar, dice el diccionario bíblico, es sumergir, empapar, mojar…
Lo sabemos. Pero me sorprendió ver citado también a Platón que usa el término en el Eutidemo para expresar que uno “está abrumado con interrogantes” (Eutidemo 277 d); sumergido en sus pensamientos, decimos nosotros.

Este uso me hizo caer en la cuenta de que nacer y vivir y pensar… siempre es “ser bautizados”: como seres humanos siempre andamos “sumergidos” en algún medio.
Y entonces, el Bautismo cristiano se me reveló con una lucecita nueva.
Al bautizarnos, la Iglesia nos sumerge en el Amor de Dios
y ese bautismo nos “desahoga” de todos los otros bautismos,
nos despeja de todas las otras “inmersiones” en las que andamos sumidos:
nos absuelve las culpas,
nos despierta del encantamiento del mundo de las imágenes y de las noticias,
nos saca de la miopía de los criterios mundanos.

La contemplación de hoy va, entonces, para ese lado:
a ver si puedo ayudar a quitar algunos prejuicios que nos tapan lo más lindo del Bautismo.
Un prejuicio es que el Bautismo se nos impone.
Actualmente hay todo un movimiento de “apóstatas” ─ así se llaman ellos mismos ─ que piden que se los borre de los libros de la Iglesia. No quieren ser parte. Están enojados con que se los haya bautizado. No les gusta que se los haya “metido en una institución como la Iglesia”.

Tienen derecho a que se los borre de los libros, pero hay que decir que ningún bautizado ha sido “metido en una institución”.
El Bautismo es en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
El Bautismo es haber sido “sumergidos en una triple mirada”; en la mirada de Tres que nos miran como a hijos.
Uno no puede borrarse de que los que lo quieren lo miren con amor.
El Bautismo es haber sido sumergidos en una conversación de Tres que charlan sobre nuestra salvación.
Uno no puede evitar que los que lo quieren hablen de uno con amor.

Hemos sido bautizados, amorosa y conscientemente, por los que nos dieron la vida en la misma Fuente en la que vinimos inconscientemente a la vida.

El prejuicio de la supuesta imposición no tiene en cuenta el hecho de que no somos “autónomos”, no podemos excluirnos de nuestras relaciones: siempre estamos en relación con un medio. Dios está por dentro y también por fuera: “En el vivimos, nos movemos y existimos” como dice Pablo a los cultos atenienses (Hc 17, 28).

¿Por qué ser bautizados en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo no es una imposición sino una liberación?
Porque si no somos bautizados en ese “ambito de Amor que perdona y da vida” quedamos “sumergidos” en nuestros propios pecados y límites que llevan a la muerte.
Los seres humanos somos “sumergibles”.
Nuestra vida se gesta en el seno materno y generando líquido amniótico.
Nos despertamos a la conciencia luego de años sumergidos en el cálido ambiente familiar.
Desarrollamos nuestra vida inmersos en la sociedad…
Para ver, necesitamos estar en el ámbito de la luz.

Todo esto lo tenemos claro. Y sin embargo, para pensar y elegir, muchos creen que no necesitan “estar en un medio”.
Creen que son totalmente autónomos, que sus pensamientos y elecciones surgen de una fuente propia y exclusiva.
Y de no ver esta simple realidad viene el estar “sumergidos” en el propio yo como si este fuera algo cerrado, culpable de todas las culpas y merecedor de todos los méritos, de manera exclusiva.

Aquí viene, entonces, la gracia genial del Bautismo.
Para hacernos hijos, para hacernos nacer y crecer a la vida de la Gracia, Jesús ve que necesitamos ser sumergidos en ese “líquido amniótico” del Agua del Bautismo, que nos permite movernos cómodamente en el seno Interpersonal de la Trinidad.
El Espíritu es el que crea este ámbito favorable para la Vida plena en el que somos sumergidos y bautizados.
La Iglesia es ese ámbito materno sin cuya mediación el Dios vivo nos quemaría o se nos volvería inasible.

Por eso los otros sacramentos son como un “zambullirse” de nuevo, líbremente, en las Aguas del Bautismo.
Al confesarnos, nos sumergimos en el Agua del perdón que nos lava las culpas.
Al comulgar, nos sumergimos en la Carne y la Sangre del Señor que nos unifican con los demás, y nos permiten sumergirnos luego en toda realidad.

El mandato del Señor “hagan discípulos a todos los hombres, bautizándolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” es un encargo de ida y vuelta. Tiene la otra parte, la de “guardar sus mandamientos”.
Somos bautizados y tenemos que mantenernos bautizados: sumergiéndonos cada día, a cada instante, en su Amor.

Puede ayudar hacernos algunas preguntas a este respecto:
¿En qué me sumerjo, yo, cristiano que he sido sumergido en “la fuente de la Santidad, en el Amor de nuestro Padre, en el Amor de Jesús, nuestro Hermano, en el Amor del Espíritu de ambos?

¿En qué pensamientos me sumerjo?
¿Qué sentimientos dejo que me inunden?

¿Cómo es que no me zambullo de cabeza a cada rato en el Amor de nuestro Dios, yo que he recibido su Espíritu, que lo tengo a mi disposición como una Fuente interior de Agua Viva en la que me puedo meter para lavarme y empaparme de evangelio y de gracia?

Como dice el Salmo 43:
“¿Por qué tendré que andar triste,
hostigado por mi enemigo?
¿Por qué desfalleces, alma mía?
¿Por qué te inquietas?”
Y el Salmo 42:
“Como la cierva sedienta
busca las fuentes de agua,
así suspira mi alma
por ti mi Dios.
Mi alma tiene sed de Dios,
del Dios viviente”.

El Bautismo no es una imposición.
El Bautismo responde a la sed del hombre y a la necesidad de tener un ambiente adecuado para moverse.

Somos seres bautizables.
Bautizables porque bautizados: vivimos sumergiéndonos en el trabajo, dejándonos inundar por sentimientos, absortos en nuestros pensamientos, metidos en discusiones y conversaciones…

Siempre estamos sumergidos obedeciendo a algún mandamiento humano.
Por eso Jesús, al mandar que nos sumerjamos sólo en su Amor, nos libera. ¡Permanezcan ─ bautizados ─ en mi Amor!
En todas las situaciones y en todo momento: un solo Bautismo, un único mandamiento.

Bendito sea el Bautismo que nos sumerge en las Personas del único Dios y nos “desahoga” del estar sumergidos en nosotros mismos.

Benditas sean las enseñanzas de Jesús: bautizarnos en ellas nos libera de estar “abrumados por interrogantes” que no tienen respuesta.

Ojalá que nos llenemos de alegría de haber sido bautizados en el Amor de la Trinidad.
Qué triste si no. Qué tristeza darse cuenta de todos los bautismos que uno tiene encima si no hay uno Definitivo.
¡Qué triste si todo fueran piletas y no existiera el mar!

Ser bautizados es ser invitados a entrar en el Diálogo Familiar en que consiste la Vida trinitaria. Jesús nos lo abrió en el evangelio de la Transfiguración, cuando le permitió a Pedro escuchar y sumarse en la conversación celestial.

Ser bautizados es lo mismo que comulgar.
El Señor se bautizó en nuestra vida, entró en nuestra carne, en nuestra historia, en nuestros moldes culturales, y desde adentro nos invita a ser bautizados en Él, que revitaliza lo humano desde adentro.
En él todas las cosas están bautizadas, bendecidas, evangelizadas.

Ser bautizados es lo mismo que contemplar el evangelio: fuente de agua viva que invita a sumergirse en él. Todos los diálogos del evangelio son capaces de recibir al que se sumerge en ellos y provocar el efecto benéfico de su agua viva y purificadora. El evangelio es abierto, no es palabra hermética, cerrada, que aleja. Toda persona y toda cultura puede bautizarse y salir renovada de este empapamiento.

Ser bautizados es, como dice Grün: “dejar que Jesús impregne nuestra vida diaria”. “Dejarnos impregnar por la misericordia y la dulzura de Jesús nos libra de dejarnos absorber por la amargura”.
Que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo nos reaviven esta gracia bautismal para vivir en ellos, en su Reino, que no está aquí o allá sino en “medio de nosotros”.

Diego Fares sj

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