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            Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su Ascensión al cielo, Jesús se encaminó decididamente (puso rostro firme) hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él. Ellos se pusieron en camino y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque iba a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?» Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se marcharon a otro pueblo. Mientras iban marchando por el camino, alguien le dijo a Jesús: «¡Te seguiré adonde vayas!» Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.» Y dijo a otro: «Sígueme.» El respondió: «Permíteme que primero vaya a enterrar a mi padre.» Pero Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ponte en marcha, anuncia el Reino de Dios.» Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero primero permíteme ir a despedirme de los míos.» Jesús le respondió: «Uno que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios» (Lc 9, 51-62).

Contemplación

            Retomamos el tiempo ordinario y el dibujo de Fano representa bien el año como un camino en subida y en espiral (no solo lineal o en círculo, como se suele representar el tiempo). 

            Me llamó la atención que retomáramos el tiempo ordinario con este evangelio de la última subida del Señor a Jerusalén. Es que el evangelio de Lucas que seguimos en el ciclo C, organiza todo lo que vive el Señor, desde el llamamiento a los Doce – a los que inmediatamente hace el primer anuncio de la pasión (Lc 9,22) – hasta la entrada en la ciudad Santa (Lc 19, 28), desde la perspectiva de la ida del Señor a la Pasión o “La subida a Jerusalén” (Lc 9 -19, 28). El Señor le “puso rostro” a la pasión, como se dice. 

            Entre las apps que ayudan a organizar el trabajo, hay una que recomienda dar “prioridad 1” a la tarea más importante, y para ello nos invita a ponerle un título que resulta entre simpático y repulsivo: “tragarse el sapo”. Poner primero la tarea más difícil y empeñativa y concentrarse en ella, ayuda a que el resto se ordene por su propio peso. 

            Pues bien, Lucas muestra este modo que tiene Jesús de priorizar la Cruz en su misión. Tenía que “tragarse el sapo” y se encaminó decididamente a realizarlo.

            A mí esta actitud decidida del Señor me ayuda a discernir que la Cruz no es lo importante en sí, sino que es lo que hay que “pasar” para que lo importante vaya adelante. 

            No hay que confundirse en esto. Hay cosas, situaciones, problemas, trabajos, defectos…, pecados incluso, que son un nudo, un cuello de botella, una decisión ineludible a tomar. Hay problemas de los que alguien se tiene que hacer cargo para que todo lo demás pueda proceder para bien. Son esas “cruces” que no se pueden “resolver”, sino que hay que abrazar, cargar y atravesar; y cuanto antes lo hagamos, mejor para todo lo demás. 

            Esta actitud es todo lo contrario del masoquismo que tiñe de tristeza la manera sana de enfrentar el problema principal y termina logrando que esa cruz no abrazada entristezca toda la vida. El masoquismo de la cruz mal entendida es lo que, como no se soporta que esté en todo, hace que se intente eliminar la cruz de la vida, ya sea pasando de largo ante las cruces, que quedan tiradas allí, al borde del camino, ya sea anestesiándose para no sentirla cuando no se la puede evitar. Estas actitudes evitativas son todo lo contrario del cargar la cruz principal, de abrazarla, llevarla y morir en ella, con la esperanza puesta sólo en Dios que resucita a los muertos. Esta actitud es tanto para la cruz de cada día como para la definitiva.

            Contemplamos en el evangelio de hoy el efecto positivo que tiene la actitud decidida y generosa del Señor. Es un efecto sobre su juicio, sobre su discernimiento acerca de varias cosas distractivas que le plantean los que lo siguen. 

            Haberse decidido a ir a Jerusalén, donde sabe que lo espera la pasión a la que tiene que atravesar, sí o sí, hace, en primer lugar, que el Señor no pierda tiempo peleando contra los samaritanos que no lo quieren recibir. Los discípulos le preguntan si quiere fulminarlos haciendo bajar fuego del cielo. El Señor los reta y sigue su camino, se va a otro pueblo, se va donde lo reciban bien. Esta es la primera lección de la Cruz bien asumida, el signo de que uno se “ha tragado el sapo” principal y no les hace asco a los sapitos. La lección es no perderse en contradicciones secundarias; no andar hurgando para buscar problemas -que siempre se encuentran-; no perder tiempo discutiendo y peleando con cualquiera que se nos cruza por el camino… Estos son los frutos buenos de haberse decidido a cargar la propia cruz. 

            Las otras tres situaciones que discierne el Señor tienen que ver con los distintos modos que tienen estos hombres de esquivar la cruz, retardando la decisión de enfrentarla o poniéndole condiciones. 

            El primero, es uno que parece muy determinado y desprendido con su frase: “te seguiré adonde vayas”. Pero en ese “adonde” se esconde un reclamo: decime bien a dónde vas. Hoy podríamos calificar esta tentación como la que se esconde en el “paradigma tecnocrático”, del que habla el Papa. Es un modo de pensar que viene de la técnica y que contagia nuestra manera de pensar, de sentir y de aplicar el plan de Dios. Para seguir a alguien le exigimos que planifique y explique todo, pero con el plan de Dios las cosas no funcionan así. El Espíritu sopla donde quiere y no sabemos de donde viene ni a dónde va. El Señor lo único que sí tiene claro es la Cruz, y que, si pasa por ella, el Padre lo resucitará. Todo lo demás no es “planificable” ni “previsible”. No hay “proyecto” donde descansar la cabeza.

            El segundo, es uno a quien el Señor llama en persona. No sucedo así con los otros dos, que son ellos los que piden seguirlo y lo hacen desde su idea de Jesús y poniendo condiciones. A este, al que se le había muerto el padre, o lo estaba cuidando en su última etapa, el Señor lo llama a que lo siga al instante. Se nota entonces que los tiempos no coinciden. El tiempo del Señor ya tiene fecha de vencimiento. No volverá a pasar de nuevo por ese pueblo. El tiempo del otro está en un momento importante para su familia. Él está está haciendo una obra buena al cumplir con el mandamiento de honrar a su padre. Por eso, su pedido de esperar un poco es comprensible y razonable. Sin embargo, el Señor se muestra intransigente:  “Deja que los muertos entierren a sus muertos, le dice. En el diálogo se nota un juego de palabras: déjame, dice el hombre; deja tú, replica el Señor. Con los otros dos, las respuestas del Señor son respuestas de principio, los hace corregir sus ideas y expectativas proponiéndoles parábolas que los hagan reflexionar la de la zorra que tiene su madriguera y la del que está arando y mira para atrás. Con éste, en cambio, la interpelación es personal. 

            Debemos estar atentos a discernir bien entre cosas que son ideas nuestras, buenas en sí, pero nuestras, y los llamados directos del Señor. En esto no hay regla general y cuando el Señor llama directamente cada uno debe responder también directamente, no con excusas generales, ni siquiera de “mandamientos” y misiones dadas anteriormente. 

Un ejemplo de estos llamados directos es el que el Señor hizo a santa Margarita María de Alacoque y a san Claudio de La Colombiere para que anunciaran la “buena noticia” de la devoción al Corazón de Jesús. Buena noticia que no excluyen ninunga otra sino que las incluye a todas. 

Se trató de un llamado que el Señor preparó y llevó adelante insistiendo y haciendo superar mil dificultades a sus dos amigos. En el modo de dirigirse a Santa Margarita María, que solía expresarle esas dificultades que provienen de mirar las propias fuerzas, se percibe  el mismo tono que usa el Señor para con esta persona que nos presenta el evangelio.  Cuenta la santa: «No quería la Bondad Divina que yo recibiese consolación alguna sin costarme muchas humillaciones. La comunicación (que tenía con el padre La Colombiere) me las atrajo en gran número, y aun el mismo padre tuvo mucho que sufrir por mi causa, porque se hablaba de que yo quería engañarle con mis ilusiones e inducirle a error como había pasado con otros confesores. Ninguna pena le causaba esto al padre y no dejó de prestarme continuos socorros en el poco tiempo que permaneció en este pueblo, y siempre. Mil veces me he admirado de que no me abandonase también como los demás… Un día que vino a decir Misa en nuestra iglesia, le hizo Nuestro Señor, y a mí también, grandísimos favores. Al aproximarme a recibir la Sagrada Comunión, Jesús me mostró Su Sagrado Corazón como un Horno ardiente, y otros dos corazones que iban a unirse y abismarse en él, diciéndome: «Así es como une para siempre Mi Puro Amor estos tres corazones.» Y después me dio a conocer que esta unión era exclusivamente para la gloria de Su Sagrado Corazón, cuyos tesoros quería descubriese yo al Padre, para que él los diera a conocer y publicara todo su precio y utilidad. Con este objeto quería que fuésemos, como hermano y hermana, igualmente participantes en los bienes espirituales; y representándole yo acerca de esta misión mi pobreza y la desigualdad que había entre un hombre de tan elevada virtud y mérito y una pobre miserable pecadora como yo me dijo: «Las riquezas infinitas de mi Corazón suplirán e igualarán todo: háblale sin temor.» (Autobiografía, 43).

La santa le presenta al Señor la dificultad que siente al mirar su pobreza y la desigualdad que se nota si se compara con La Colombiere, pero el Señor le responde insistiendo que “le hable sin temor”, que le cuente todo como a un padre espiritual y que confíe en que el Corazón del Señor “suple e iguala todo” con sus riquezas. 

Ponemos el acento en lo personal del diálogo. Está bien que la santa (y el del evangelio) digan todo lo que sienten y que, luego, escuchen lo que el Señor personalmente les responde. Cuando hay una apelación personal no hay que hacerse el tonto y responder como si fueran cosas generales!

            El tercer ejemplo es el del que dice que sí pero posterga la cosa. No mucho, porque solo será despedirse de los suyos, pero posterga. Procrastinar se le llama a esto y es una tentación muy actual, dada la cantidad de posibilidades que nos ofrece la técnica para hacerlo. Dice el diccionario que significa “posponer o aplazar tareas, deberes y responsabilidades por otras actividades que nos resultan más gratificantes pero que son irrelevantes. Procrastinar es una forma de evadir, usando otras actividades como refugio para no enfrentar una responsabilidad, una acción o una decisión que debemos tomar”.

El Señor le responde con un ejemplo de su vida y de su actividad misma: «Uno que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios». El reino siempre es “para adelante”. El pasado queda en manos del Señor y no puede servir de excusa para no ir para adelante. 

            Si miramos bien, estas actitudes evangélicas tienen su analogía en las cosas de la vida, en el trabajo y en la gestión -no perder tiempo, mirar para adelante, centrarse en la tarea principal-, pero son, ante todo, actitudes que suponen poner todo el corazón. Cuando uno pone todo el corazón, sale solo ir a abrazar la dificultad principal, acudir a curar la herida más grande, ir cuanto antes a la misión, no posponer ni un segundo las cosas buenas que hay que dar y realizar.

El Señor, al mostrarnos su corazón, no solo como imagen pintada, sino haciéndonos sentir por qué late y se apasiona, actúa así con nosotros: no descansa hasta encontrarnos si nos hemos perdido; no antepone otras cosas si se trata de pasar un momento con nosotros, no mira nuestro pasado sino lo que podemos hacer junto a Él de ahora en adelante.

Diego Fares sj

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Después que Judas salió, Jesús dijo: 

«Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado

y Dios ha sido glorificado en él. 

Si Dios ha sido glorificado en él, 

también lo glorificará en sí mismo, 

y lo hará muy pronto. 

Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.

Les doy un mandamiento nuevo: 

ámense los unos a los otros. 

Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. 

En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos

en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 31-35).

 

Contemplación

Amense, nos dice Jesús. Así como Yo los he amado. Eso hará que la gente crea que ustedes son mis discípulos. Es decir: gente que aprende de Mí, gente que va ha hacer las cosas como Yo le diga (como en Caná).

No les van a creer porque ustedes muestren que han estudiado bien mis palabras y que sus interpretaciones son ortodoxas, dogmáticas, infalibles, fieles a la tradición. Los consideraran una secta o una religión más: gente que vive según unos valores y los defiende de manera tal que no deja entrar sino a los que piensan como ellos. La gente, también la ovejas mías que viven en los rebaños de otras culturas y religiones, intuye que Yo vine por algo más grande. Por eso sólo les creerán si se aman entre ustedes. Si se aman hasta el punto de crear comunidades abiertas y miseriocordiosas, capaces de incluir a todos, como dice Francisco.

El amor que nos manda poner en práctica Jesús más que un mandamiento es un don. Si escuchamos bien el mandato de amarnos entre nosotros tiene una condición: con el amor con que Yo los he amado. Ese “los he amado” apunta al Evangelio: allí se encuentran los gestos de Amor de Jesús. Desde los más pequeñitos, como cuando bendecía a los niños, hasta el más grande, el de su muerte en la Cruz.

Nos preguntamos: este amor ¿sólo está en el Evangelio? Tenemos que leer, llenarnos de sus hermosas imágenes y luego ¿con qué fuerza lo aplicamos? ¿Con las nuestras?

Justamente no. Todo lo contrario. Humanamente, cuando uno ha sido amado ese amor sigue activo en uno. En los besitos que una mamá da a los piecitos de su bebé está vivo el mismo amor con que su mamá la besó a ella. En la hospitalidad de uno para con sus amigos está vivo el amor de su abuelo que uno heredó a través de la hospitalidad de su padre…

Pero yo no siento, dirá alguno, esa fuerza del Amor con que Jesús me amó. Apenas decirlo y ya uno se da cuenta de que no es verdad. Al menos a veces la ha sentido. O la siente todo el tiempo cuando ama, pero el problema está en que siente más fuerte la fuerza contraria, la del amor egoista, la del amor con que uno se ama a sí mismo.

Hay algún modo para amar con el Amor con que me ha amado Jesús?

La fórmula en pasado perfecto lo salva al Amor, porque puedo volver a ese Amor tal como está en su fuente, en el Evangelio. Yo he amado con ese Amor, pero luego, por mis costumbres y hábitos, lo “reduje” al mío, digamos así. Amo con el amor de Jesús pero diluído, mochado, puesto en pausa, dejado de lado directamente, cada vez que me muevo por mis intereses egoístas.

Para amar con el amor con que Jesús me ha amado pueden ayudar tres cosas simples:

Una, volver a gustarlo reviviendo en la contemplación alguna escena de amor del Evangelio. Lo importante es esto: leer un pasaje o quedarme en un detalle, pero yendo a buscar sólo el amor que puso allí Jesús. Porque eso es lo que busco ver bien, contemplar en toda la riqueza de sus recursos, en toda la profundidad de  su entrega, en toda la  altura de su estima, en todos los más pequeños detalles de su ternura.

La segunda es reflexionando y agradeciendo, porque ese amor que Jesús puso allí ha tenido mucho que ver conmigo.

La tercera es elegir poner en práctica algún aspecto, el que tenga más a mano en  este momento, respondiendo con el gesto de amor que mi prójimo más inmediato me pida.

Estas tres actitudes de la oración, cuando me lleven a la practica, mientras esté haciendo ese gesto de amor “con el amor de Jesús” tal como lo vi, agradecí y elegí en la oración, tendrá una respuesta por parte del Señor. El responde inmediátamente a los que aman a sus pequeñitos: nos hará sentir un “a mí me lo hiciste, es a mí que me lo estás haciendo”.

Esta respuesta de Jesús es un amor presente. Yo diría que al hacer algún gesto con ese amor suyo, nosotros “entramos en el tiempo y en el espacio del evangelio”, entramos en el ámbito de su Reino, donde todo amor es presente.

Aquí, recordando una contemplación del 2010, me parece bueno listar diez señales de que Jesús responde confirmando la presencia real y motivante de su Amor en nuestro amor.

  1. Distingo claramente que sigo siendo un pecador, pero estoy amando a otro con el Amor de Jesús. El sentimiento es de alivio y paz, porque este amor le quita fuerza a la culpay me permite pedir perdón serenamente de mis pecados.

El amor de Jesús lava las culpas.

  1. La segunda señal viene de los otros. De repente alguien en la familia o entre los amigos nos hace notar que estamos un poco monotemáticos: hablamos mucho de la obra en que trabajamos. Se nota que la queremos.

El amor de Jesús hace hablar oportuna e inoportunamente.

  1. La tercera señal tiene que ver con un modo nuevo de (no) sentir el tiempo: pasa cuando uno se quedó trabajando en tanta paz y no se dio cuenta de que se pasó la hora.

El amor de Jesús trae una paz que no es como la que da el mundo

  1. La cuarta señal es una experiencia del yugo: lo que antes era difícil ahora se hizo fácil lo pesado se volvió liviano.

El amor de Jesús es un yugo suave y llevadero

  1. La cuarta señal es un sentimiento de gustoque da hacer bien el bien. Se nota por ejemplo en que uno empiece a llegar más temprano y se vaya más tarde…

El amor de Jesús nos hace gustar el bien.

  1. La sexta señal de que Jesús responde cuando amamos con su amor es un volvernos como cuando eramos niños: uno experimenta que puede trabajar como quien juega. De hecho se ríe mucho y se divierte con los compañeros.

El amor de Jesús nos hace como niños.

  1. La séptima señal es que se nos despierta algún tipo de creatividad: uno siente que le viene una cierta caradurez para hacer cosas nuevas, distintas de “lo que siempre se hizo así”.

El amor de Jesús hace hacer cosas siempre más grandes.

  1. La octava señal tiene que ver con fidelidad: uno agarra el bien y no lo suelta. Da testimonio en las malas y hasta se alegra con las persecuciones.

El amor de Jesús crea lazos de fidelidad.

  1. La novena señal es la alegría interior: un brillito en los ojos en medio de las tareas más humildes y escondidas.

El amor de Jesús nos da una alegría que nadie nos puede quitar.

  1. La décima señal es una transfiguración de la realidad, un solcito interior que ilumina la belleza en las almas mas pobres y hace que uno sienta que recibe calidez al mismo tiempo que la da.

El amor de Jesús glorifica lo que toca.

 Estas “respuestas de Jesús”, esto hay que decirlo, son muy respetuosas de nuestra libertad. Uno puede hacer de cuenta como que no las sintió y el Señor no insiste. Deja constancia que estuvo y cada tanto regresa y nos hace sentir su amor. Pero Él espera que como los de Emaús, respondamos a esa “calidez que sentimos en el corazón” con un gesto de hospitalidad de corazón: Quédate con nosotros, que atardece.

Una cosa linda de estas “respuestas” de Jesús a los gestos que hacemos con su amor es que puede responder con la uno o con la diez. Hay gente humildísima que vive con el brillito en los ojos del noveno paso toda la vida y hay gente que siempre está en el primer paso, de necesitar sentir de nuevo el alivio de su culpa. Santa Teresita dice que cuando se daba cuenta de su fragilidad decía: otra vez estoy en el primer escalón. Pero lo decía sin enojo ni desilusión para consigo misma. Le alegraba poder ofrecer siempre de nuevo su imperfección.

Diego Fares sj

 

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El ABC de Dios

Jesús se fue al monte de los Olivos. Por la mañana temprano volvió al templo y toda la gente se reunió en torno a él. Jesús se sentó y les enseñaba. En esto, los maestros de la ley y los fariseos se presentaron con una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La pusieron en medio de todos y preguntaron a Jesús:
– Maestro, esta mujer ha sido sorprendida cometiendo adulterio. En la ley de Moisés se manda que tales mujeres sean apedreadas. ¿Tú qué dices?
Esto lo decían tentándolo, para tener de qué acusarlo. Pero Jesús inclinándose hacia el suelo escribía con el dedo en la tierra. Y como ellos persistían con la pregunta, se levantó y les dijo:
– El que esté sin pecado de ustedes, que sea el primero en tirarle a ella una piedra.
E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Al oír esto uno por uno empezaron a retirarse, comenzando por los más viejos, y permaneció sólo, con la mujer allí en medio, parada. Levantando la cabeza Jesús le dijo:
– Mujer ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?
Ella dijo:
– Ninguno, Señor.
Dijo entonces Jesús:
– Yo tampoco te condeno.
Anda y de ahora en adelante ya no peques más (Jn 8, 1-11).

Contemplación

“Mujer ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?”
Con su sola presencia en medio de la situación, con el peso de su silencio, de su inclinarse y ponerse a escribir con el dedo en el suelo (¿qué habrá escrito el Señor?, se preguntan siempre los exegetas), Jesús logra que se despeje la escena hasta quedar como único referente de la mujer.

No lo consigue de una, le cuesta tiempo. Se nota la tensión en el ambiente: cómo van soltando las piedras y comienzan a irse, los más viejos primero (ya que son los más zorros y se dan cuenta enseguida cuando han perdido y es mejor que se vayan rápido)…, a regañadientes los demás, como queriendo volver a discutir, disgustados de que los hayan dejado sin palabras luego de haberse ilusionado con que tenían el caso perfecto para entrampar a Jesús.

De eso se trata también en el mundo de hoy, plagado de discusiones y condenas. Uno a veces se pregunta ¿cuál es el tema? ¿Qué es lo esencial, en medio de tanto palabrería?
Pienso que de lo que se trata es de descubrir a Jesús arrodillado en el suelo, cercano a las víctimas, poniéndose junto a ellas en medio de los que gritan y condenan.
Hay que estar atentos. Porque si uno no se fija bien, puede ser arrastrado por la multitud, que primero sorprende a otros y los expone a la opinión pública y luego se retira ofuscada a buscar nuevas presas.

“¿Y qué dice la Iglesia?” pregunta siempre alguno. Pero los que no tienen interés verdadero en escuchar pasan rápido a otros temas. Por eso no hay que distraerse (como dice Benjamín en El secreto de sus ojos cuando confiesa que durante veinte años “se distrajo” y vuelve al caso del crimen que quedó aparentemente irresuelto). Si uno no se va y permanece en la escena, sin piedras en las manos, puede escuchar las preguntas de Jesús a la mujer que solloza en silencio: “Mujer ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?”

¡Las preguntas de Jesús! Son de las cosas más hermosas del Evangelio. Con sus preguntas el Señor limpia el panorama, devuelve la vista, hace tomar conciencia de las cosas. Sus preguntas son sanadoras de parálisis añejas -¿Querés sanarte?-, desatan entripados que nos hacen caminar tristes -¿Y de qué discuten que tienen esa cara de tristeza por el camino?-, hacen nacer esperanzas nuevas para seguirlo por el camino -¿Qué querés que haga por vos?-, aclaran deseos de discipulado -¿Qué buscan?-, liberan de injurias -¿Nadie te ha condenado?-.

Por eso el “Tú qué dices” de los escribas y Fariseos es la pregunta humana clave (aunque ellos la digan con mala intención).

Se trata de preguntarle lo más posible a Jesús “¿Y Vos qué decís?”.

¿Qué haría Jesús en mi lugar?, como se preguntaba Hurtado.

La oración es darle a Jesús un tiempo para que responda a nuestras preguntas.

Hay que saber que Él está en el centro de la escena. El mundo lo pone en el centro. Si uno afina el oído siempre está latente la pregunta “Y Jesús ¿qué dice de esto?”. A veces la pregunta está ninguneada, como diciendo “ya se lo que dice la Iglesia y no convence a nadie”. Pero la pregunta está. Surge siempre.

Pero para escuchar la respuesta del Maestro hay que quedarse en la escena.
El Señor no sigue el ritmo vertiginoso de los condenadores. El Señor vive al ritmo de la misericordia y necesita tiempo para que, con delicadeza, el corazón del que está lastimado se recomponga.

La primera dilatación del tiempo la establece Jesús con su cercanía con la mujer. El Señor se pasa un rato callado, sin responder inmediatamente a la acusación y ese silencio lo acerca a ella, que va notando una presencia distinta.
La mujer está avergonzada, tiene la mirada baja. Se ha hecho silencio y ella se queda atenta esperando la respuesta de Jesús que se hace desear. Podemos sentir con ella cómo se acalla primero el murmullo de sus acusadores y luego, al ver que Jesús no responde nada, comenzamos a escuchar como alzan de nuevo la voz, cómo instan a Jesús a que responda: “persistían con la pregunta”.

El Señor vuelve a dilatar el tiempo remitiéndolos a su propia conciencia. Se pone de pie y les dice: “El que esté sin pecado que le tire la primera piedra”. E inclinándose de nuevo sigue escribiendo. Se juega entero Jesús. ¿Podría haber sucedido que alguno tirara anónimamente la primera piedra y contagiara a la masa, como hacen algunos activistas cuando quieren suscitar la violencia? Creo que sí y el hecho de que no haya sucedido muestra que en realidad no era condenar a la mujer lo que les interesaba. Jesús sabe que lo que quieren es condenarlo a Él. Que no les interesa la mujer. Juan hace notar la intensidad de los silencios del Señor, cómo pesa las cosas y elige las palabras que dice. Es que el duelo con los acusadores es un duelo a muerte. De hecho, salen vencidos esta vez (Jesús logra salvar a la mujer a la que eligen como víctima para atacarlo a Él) pero aprenden. En el juicio antes de la Pasión todo será a los empujones y no dejarán que el Señor los confunda con su veracidad. Le tirarán las piedras cruzadas, lograrán que la piedra la tire Pilato, usándolo de idiota útil.
Todo esto está en juego y por eso el Señor se toma su tiempo. En cada acusación, en cada condena, está Él en juego. Por eso el Señor deja en la Iglesia la regla del perdón. La condena es una dirección que si se toma, lleva luego a tener que seguir condenando toda la vida para no ser condenado. Este mecanismo es el que pone al descubierto el Señor al decirles lo de la primera piedra. Los más viejos, que son más zorros, se dan cuenta en seguida que han perdido esta batalla y se retiran primero. No se quedan a pedir perdón ni se convierten. Se van a planear nuevas estrategias de condena.

Nosotros no nos vamos. Permanecemos en la escena y escuchamos lo que piensa el Señor de una situación así.
Una vez más el Señor dilata el tiempo de su respuesta. Antes de decir lo que él piensa le hace la doble pregunta a la mujer.
“¿Dónde están?” es la primera pregunta.
Con ella logra que la mujer alce los ojos y mire a su alrededor.
La escena está limpia, despejada.
No quedan acusadores, no quedan espectadores. No se escuchan las voces airadas, ni los dardos de las acusaciones.
La voz de Jesús crea espacio para que ella mire, para que ella piense, para que ella sienta… “Si Cristo está por nosotros ¿quién estará contra nosotros? Si El nos perdona ¿quién nos condenará?”.

Luego la otra pregunta “¿Ninguno te ha condenado a muerte?”
“Ninguno, Señor” –responde, ahora sí, ella.
Es la única frase que pronuncia la mujer. Dos palabras nada más, pero que en el contexto lo dicen todo.
“Ninguno” es una constatación de la situación: no queda nadie, nadie puede condenarla, nada ni nadie.
“Señor”, es una confesión de fe.
Podría no haber respondido nada y haber salido corriendo, como un ladrón acorralado que apenas ve la ocasión se escapa sin más.
Si sólo hubiera dicho “ninguno”, se habría puesto al lado de Jesús, como de igual a igual y agradecerle que la hubiera salvado de los otros.
Al decir “ninguno, Señor”, reconoce que falta que Jesús pronuncie sentencia. Se pone en sus manos, reconoce que es el Señor el que no permite que nadie juzgue pero para juzgar Él (si se lo pedimos, si nos quedamos). No queda nadie pero queda Jesús y ella lo reconoce como Señor y se queda esperando su juicio.
Por eso, la frase de Jesús “Yo tampoco te condeno” tiene un sobreentendido especial. El Señor le ha dado tiempo con sus preguntas y ella ha captado que Jesús quiere hacer algo más, no solo salvarla de sus pesadillas interiores y de sus perseguidores externos. En su respuesta estuvo un “Yo te acepto a Vos como Señor y Juez” y en la frase de Jesús está el perdón pleno: “Yo, a quien Vos aceptás como Juez, tampoco te condeno”.
La delicadeza del diálogo es infinita.
Ese diálogo tiene que establecerse en toda confesión.
Hay que permitirle al Señor que se tome su tiempo para perdonarnos, librándonos primero de todos nuestros acusadores (externos e interiores) hasta que nos quedemos solos frente a él y le pidamos que sea Él quien nos diga algo sobre nuestros pecados. El Yo tampoco te condeno es la frase más liberadora que existe y que sólo Jesús puede pronunciar.

La última dilatación del tiempo la propone el Señor con la siguiente frase: “De ahora en adelante no peques más”. Con esta frase hermosa le abre un tiempo nuevo, sin el peso de culpas pasadas y sin discusiones presentes. El Señor la invita a mirar para adelante. Un adelante que pasa por Él, por sus ojos, por su mano que la ayuda a incorporarse. Un adelante en el que está Jesús, que va a ser condenado en vez de ella, por ella.
Poder vivir para adelante, sin culpas pasadas ni acusaciones presentes es una manera de vivir el tiempo que sólo Jesús nos puede dar.
En la escena de la pecadora perdonada, las inclinaciones del Señor, sus preguntas y respuestas, nos hacen sentir los pasos de este tiempo, sus pausas, su ritmo, su intensidad y espesura.
Sólo un detalle más: que el Señor se arrodille y escriba sobre la tierra (la ley se escribió sobre tablas de piedras) indica que lo que aquí sucede es el ABC de Dios, lo básico de lo básico: la “no acusación a los otros” y el “pedir y recibir el perdón de Él”, que lo concede con misericordia y esperanza infinitas, es la base de la Nueva Alianza.


Diego Fares sj

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Jesús orando

Sólo el Padre

    (Después de salir del templo, fueron al monte de los Olivos y habiendo llegado, Jesús, se sentó mirando a lo lejos, hacia el templo. Pedro especialmente, pero también Santiago, Juan y Andrés, le preguntaban: Dinos ¿cuándo será el fin, y cuál la señal de que todas estas cosas están por cumplirse?)Y Jesús comenzó a decirles….:
    -En aquellos días, después de la tribulación
    (en que los discípulos serán perseguidos
    y aborrecidos por todos a causa del nombre de Jesús)
    el sol se entenebrecerá
    y la luna no dará su esplendor,
    las estrellas irán cayendo del cielo
    y las fuerzas que están en los cielos se conmoverán.

    Entonces verán al Hijo del Hombre
    viniendo sobre las nubes, con gran poder y gloria.
    El enviará a los ángeles y congregará a sus elegidos desde los cuatro vientos
    desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.

    Aprendan esta parábola, tomada de la higuera:
    cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas,
    ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano.
    Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas,
    dense cuenta que está cerca, a la puerta (el reino de Dios).
    Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto.

    El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
    En cuanto a ese día y a la hora,
    nadie las conoce,
    ni los ángeles del cielo
    ni el Hijo, nadie
    sino el Padre.
    (Mc 13, 24-32)

    Contemplación
    El Padre. Sólo el Padre.
    Es la última palabra de este evangelio.
    Esa “Palabra de Jesús que no pasará”.

    Jesús grabó en el corazón de la humanidad la Palabra Padre.

    Y quizás lo más lindo de este evangelio con imágenes apocalípticas es que Jesús nos diga lo más pancho que Él no lo sabe todo, que hay cosas que son sólo del Padre.
    El Señor les revela muchas cosas a sus amigos pero la más hondo que les revela es cómo Él tiene su corazón metido en el del Padre. Jesús vive su vida humana centrado y abandonado en el Padre, pendiente de su voz, dejando que lo inunde su Misericordia, disponible para hacer lo que el Padre le mande…

    Jesús les revela a sus amigos cuatro cosas: que el universo terminará, que él volverá, que podemos leer bien las señales de los tiempos y que el Padre es más grande que todo.
    última verdad es la más profunda y la más cercana.
    Afirmar que la hora, el tiempo, sólo lo conduce el Padre, es como ponerlo al alcance de la mano.
    Porque no sabemos lo que pasará dentro de un minuto. No solo dentro de un día, una semana o un año.
    No sabemos qué será de nosotros en el próximo instante,
    no sabemos qué nos espera en el próximo renglón…

    Mostrando este límite Jesús se revela como Señor de la Historia porque nos enseña a sumergirnos íntegramente con todo el corazón, con toda el alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas, en el Padre nuestro.

    Amar a Dios con todo el corazón y en todas las cosas
    es como dilatar un poco el tiempo.
    en vez de volcar nuestro deseo inmediatamente en lo que proyectamos,
    hacer una pausa y nombrarlo a Él
    –Padre nuestro, santificado sea tu Nombre-,
    hace que pasemos primero por el Corazón del Padre
    antes de ir a las cosas.
    Como Él es el Padre de todos y está en todas las cosas,
    bendecir su Nombre y detenernos en el deseo
    de que venga su Reino y se haga su Voluntad,
    no nos quita tiempo
    sino que lo dilata.
    Al nombrar al Padre y ponerlo antes que nada y por encima de todo
    las demás cosas no se posponen sino que se centran.

    La confidencia de , de que ni siquiera Él controla su tiempo, pone freno a nuestro universo desenfrenado que corre de aquí para allá, de deseo en deseo y de proyecto en proyecto.
    Adorar al Padre en Espíritu y en verdad se convierte entonces en la actividad fundamental de nuestra vida.
    Con cada suspiro podemos invocarlo:
    Padre nuestro, que estás en los cielos,
    Santificado sea tu Nombre…
    Entonces nuestro tiempo se serena:
    no brota ya –preocupado y angustioso- desde nuestros múltiples anhelos,
    sino que brota de la Fuente de la Santidad,
    brota de la Providencia de nuestro Padre
    que ha preparado todas las cosas para el bien de los que lo amamos.

    Nombrar al Padre es la verdadera conversión.
    Es frenar nuestra carrera ciega en pos de deseos vanos (ya que no sabemos si los podremos llevar a cabo) y partir desde el Padre.
    La conversión es el camino de vuelta del hijo pródigo:
    “Volveré junto a mi Padre”.
    El que corrió y se dispersó siguiendo sus deseos vanos regresa al abrazo del Padre que lo espera con el banquete de su misericordia preparado.

    Decir “Padre nuestro” es como decir “Tiempo nuestro” o “Vida Nuestra”.
    Es lo mismo que decir “danos el pan nuestro de cada día” o “hágase ahora mismo tu voluntad así en la tierra como en el cielo”, o “líbranos del mal” (ahora, de este mal, y no nos dejes caer en esta tentación”).
    Con sólo afirmar que hay algo –el día y la hora” (que es la manera concreta que tiene un judío de decir “el tiempo”)- que sólo el Padre conoce, Jesús detiene el tiempo y lo centra en su quicio: la Voluntad del Padre siempre más grande que todo lo que podamos pensar.
    Es como cuando a una persona le dicen que no tiene más tiempo (como Kazantzaki que se sentía morir y ansiaba terminar su “Carta al Greco” y decía: “«Tengo ganas de bajar a la esquina, extender la mano y mendigar, a los que pasan- ‘Por favor, dadme un cuarto de hora’.»). Cuando no queda tiempo se frenan de golpe todas las ansias y nuestra mirada se alza al cielo y el corazón se centra en el amor: todos nuestros recuerdos y proyectos se ordenan como por arte de magia de lo más amado a lo que se ama menos, y uno sabe lo que tiene que hacer y lo que tiene que dejar.

    Decirnos que sólo el Padre conoce el tiempo es equivalente a decirnos que “se nos acabó el tiempo”, en el sentido de que no lo poseemos y, entonces, debemos … ¿preguntar…?
    Sí, si no somos dueños de un instante de nuestra vida debemos preguntar al Padre “Qué quieres Señor de mi. Muéstrame tu voluntad”.

    Pero antes de preguntar debemos abrir el corazón al don del tiempo y agradecerlo.

    Porque aún para preguntar necesitamos tiempo y por eso la actitud primera es de receptividad humilde y confiada: “Hágase en mí según tu Palabra”.

    Como dice hermosamente Isaías:
    “Señor, tú eres nuestro Padre,
    nosotros somos la arcilla y tú el alfarero,
    somos todos obra de tus manos (Is 64, 7).

    Antes de preguntar, entonces, agradecemos el don del tiempo que nos modela como arcilla en las manos del alfarero. Y luego de agradecer, ponemos en las manos del Padre nuestro futuro, con esa oración tan profundamente filial de Carlos de Foucauld:
    Padre, me pongo en tus manos.
    Haz de mí lo que quieras.
    Sea lo que fuere,
    por ello te doy las gracias.
    Estoy dispuesto a todo.
    Lo acepto todo,
    con tal de que se cumpla Tu voluntad en mí
    y en todas tus criaturas.
    No deseo nada más, Padre.
    Te encomiendo mi alma,
    te la entrego con todo el amor de que soy capaz,
    porque te amo y necesito darme,
    ponerme en tus manos sin medida,
    con infinita confianza,
    porque tu eres mi Padre.

    Ignacio resume la adoración al Padre y la entrega del propio tiempo con su:
    “Tomad Señor y recibid toda mi libertad…”. Con su libertad Ignacio entrega su deseo, con su deseo su tiempo y con su tiempo todo lo demás: –“mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Vos me lo diste, a Vos Señor lo torno. Todo es vuestro. Disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esta me basta”.

    Diego Fares sj

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