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Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo:

– «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.»

Ellos le preguntaron:

– «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?».

Jesús respondió:

– «Tengan cuidado, no se dejen seducir, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: “Soy yo”, y también: “El tiempo está cerca.”

No los sigan.

Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se atemoricen;

es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin.»

Después les dijo:

«Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Asienten bien en sus corazones esto: que no tienen que ensayar de antemano el modo de defenderse y justificar las cosas, porque yo les daré una lengua y una sabiduría a la cual no podrán resistir ni contradecir ninguno de sus adversarios. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias, a su aguante (hypomoné) salvarán sus vidas» (Lc 21, 5-19).

Contemplación

Entramos en la última semana del Jubileo de la misericordia.

El evangelio es apocalíptico y nos concentramos, más que en las imágenes de destrucción, en algunas palabras esenciales que salen de los labios del Señor. Dejamos que resuenen en nuestro corazón alguna de sus frases:

“no se dejen seducir”,

todo sucede “para que puedan dar testimonio de mí”,

“grábenselo bien en el corazón”,

“Yo les daré una lengua y una sabiduría irresistibles”,

“gracias a su aguante salvarán la vida”.

La última, que traducimos como “el aguante”, es la famosa hypomoné que siempre usa el Papa Francisco.

Significa fortaleza, paciencia…, en el sentido de perseverar hasta el final.

Es el aguante de no bajar los brazos, de no cambiar, de no flaquear.

Por eso la traducimos por esa expresión tan concreta nuestra: “aguante”.

El aguante tiene que ver con la “resiliencia”, con esa capacidad que tienen algunos seres de mejorar en la adversidad, de transformar lo negativo en fortaleza.

Pero el aguante cristiano tiene un algo más.

No es el de apretar los dientes.

No es el de aguantar “cualquier cosa” como ambiguamente aparece en la canción de Calle 13,

No es un aguante meramente físico o psicológico, un instinto de supervivencia.

Es algo distinto: tiene que ver con el corazón –con lo más noble-

Es un aguante que nos reviste enteramente con el manto de Jesús.

Más que apretar los dientes es alzar la mirada al cielo desde el corazón.

Eso que Jesús nos enseña cuando dice: grábense bien esto, “asiéntenlo en sus corazones –esa es la frase-: no tendrán que aguantar pensando cómo defenderse sino que Yo les daré una lengua y una sabiduría que no podrán resistir ni contradecir sus adversarios”.

El aguante cristiano es un aguante de puro corazón.

Es un saberse defendido por Jesús, en comunión con Él.

Es esperarlo todo sólo de Él.

Es referirlo todo a Él.

Puede ayudarnos ver algunos ejemplos de cómo es el aguante de Jesús. Ejemplos que “evangelizan” una virtud bien humana, mejorando lo mejor que tiene y discerniendo algunas cosas que no son tan buenas.

En el juicio, vemos cómo el Señor, que se ha dejado atar como un ladrón y llevar preso, cuando un sirviente lo abofetea, lo frena en seco, por así decirlo, haciéndole reflexionar: “Si hablé mal, da testimonio de lo que dije mal, pero si hablé bien ¿por qué me pegas?” (Jn 18, 23).

En toda la pasión, el Señor muestra su señorío en pequeños detalles que hacen ver que su entrega es libre, que no aguanta cualquier cosa sin hacerlo notar. Esa lengua y sabiduría irresistible que nos promete, se hace patente a lo largo de toda su pasión.

Diríamos que el Señor realiza un trabajo indescriptible de remitir todo lo que le pasa a su Corazón, sin dejar que nada se salga del cauce de su gran amor.

En la Eucaristía y en el lavatorio encauza lo que sucederá resignificándolo: se trata de su entrega, para ser Él en persona nuestro alimento y para quedarse en medio de nosotros “como el que sirve”, como el que lava nuestras faltas.

En el huerto, bajará en la oración hasta la intención más profunda de su corazón, sintiendo con angustia su deseo de no sufrir la cruz y ofreciéndose libremente –de todo corazón- para que se haga la voluntad del Padre y no la suya.

En el juicio dará testimonio de que es el Hijo del Dios Altísimo, de que es Rey y de que es la Verdad. Y nada más. Del resto hará silencio.

Perdonará de corazón las vilezas con que lo despojan de sus vestidos y lo crucifican, poniendo su mirada en que “no saben lo que hacen”.

Encomendará a su Madre a Juan y al discípulo a su Madre, en un gesto único que muestra cómo su aguante lo hace vivir su pasión sin que el dolor le haga salirse de sus afectos, sino todo lo contrario. Es como que el Señor se vuelve más tierno cuando está sufriendo más. Por otro lado es eso tan humano de apelar a la madre en los momentos de muerte, el concentrarse del corazón en los afectos de niño que, ante la impiedad, acude a la piedad maternal.

El aguante de Jesús, en última instancia, es ponerse en las Manos del Padre: “En tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Encomendar es un acto del corazón.

Al culminar el Jubileo de la Misericordia pedimos al Espíritu Santo que nos fortalezca el corazón con el don del aguante, ese aguante propio del Corazón de Jesús.

Que nos aguantemos con paciencia a nosotros mismos, dejándonos perdonar y poner en camino una y otra vez por nuestro Buen Pastor, sin descargar nuestra impaciencia con los demás.

Que nos aguantemos con ternura y buen humor como familia, soportando pacientemente las molestias de nuestros seres queridos y aceptando que nos soporten a nosotros como ellos pueden, sin reclamar mal.

Que nos aguantemos con respeto y sin golpes bajos como pueblo, aceptando que la diversidad es una riqueza para el bien común que nos incluye a todos, para que nuestras impaciencias no redunden en más sufrimiento de los más pobres que siempre son el pato de la boda, como dice el Papa.

Pedimos al Espíritu la gracia de aguantarnos humildemente como Iglesia, sintiendo que hemos sido invitados a la Fiesta sin mérito alguno de nuestra parte y no podemos actuar como si fuéramos los dueños de la que es nuestra Madre y Señora.

Pedimos la gracia del aguante en la fe, en la esperanza y en la caridad.

Pedimos la gracia del aguante con ternura, con largo aliento y con sentido del humor, que es la virtud humana más cercana a la caridad, como dice Francisco.

Diego Fares sj

 

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Campamento de Dabaad.jpg 

Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba:

«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?»

Jesús le preguntó a su vez:

«¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»

El le respondió:

«Amarás al Señor, Dios tuyo, de todo corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.»

«Has respondido exactamente, le dijo Jesús; actúa así y vivirás.»

Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: «¿Y quién es prójimo mío?»

Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió:

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, se sintió movido por la misericordia. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a una hospedería y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño de la hospedería, diciéndole:

“Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver.”

¿Quién de estos tres te parece que se volvió cercano al que cayó en manos de los ladrones?»

«El que puso en obras la misericordia que sintió por él», le respondió el doctor.

Y Jesús le dijo:

«Ve, y pon en práctica obras similares» (Lucas 10, 25-37).

Contemplación

            El “Qué debo hacer” lo sabe el Antiguo Testamento, el Nuevo y también todo hombre de buena voluntad de cualquier religión o creencia que tenga. Por eso Jesús felicita al Doctor de la ley por la respuesta, aunque le agrega algo que da un sabor de sana ironía a la felicitación. Le dice: “actúa así y vivirás”. Es decir: al Señor le interesa la vida más que las definiciones. El es uno que se fija en las acciones y en los gestos concretos de los hombres, esos gestos en los que se ve que el Amor a Dios y al prójimo se encarnaó de veras. Por eso la segunda pregunta -quién es mi prójimo-, el Señor no la responde con nuevas fórmulas abstractas sino narrando una parábola.

A esta parábola (y a las demás), cuando le ponemos un solo título, las mandamos de vuelta al ámbito de la abstracción: Esa ya la conozco, nos decimos: es la parábola del buen samaritano.

Pero las parábolas son como la vida: un camino que hay que recorrer entero y de vuelta cada vez : “Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó…”. En las buenas parábolas, cada frase puede ser el título.

La que responde a la pregunta “quién es mi prójimo”, podemos titularla, por ejemplo: “La parábola del hombre que cayó en manos de unos ladrones que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto”. Podríamos contemplar cómo ese hombre medio muerto del evangelio son hoy 700 millones de personas (el 9,2% de la población mundial) que viven bajo el umbral de la pobreza (no logran limosnear  2 dólares por día).

Otro título puede ser: “La parábola de los ladrones que despojaron a un hombre de todo, lo hirieron y se fueron”. Podemos contemplar en ella a ese hombre que se nos acerca para robar y matar. Caer en la cuenta cómo hoy en día los ladrones ni siquiera tienen que robar personalmente: el sistema permite que haya 62 personas que sean dueñas de tanto dinero como la mitad de la población mundial.

También puede llamarse: “La parábola del que casualmente bajaba por el mismo camino: lo vio y siguió de largo”. Podemos contemplar así la globalización de la indiferencia, que hoy tiene algo distinto a la época de Jesús, ya que no es más “casualmente” que uno se encuentra a los asaltados. Nadie puede caminar por ningún lado ni encender la tv sin que aparezca alguien tirado al costado del camino.

Contemplar la vida con los ojos de la parábola es un ejercicio de poner el título que la hace real y conmovedora para mí. Sea porque me dejo tocar el corazón por la humanidad descartada, sea que me indigno ante la iniquidad del sistema, sea porque me confieso de las veces que pasé de largo… o porque me dispongo a salir al día con el corazón samaritano.

….

Algo ha cambiado en nuestra época. Creo que hoy no preguntaríamos a Jesús quién es mi prójimo (aunque igual nos viene bien que nos lo narre, porque a veces el rostro del prójimo se nos esconde detrás de estadísticas y de imágenes virtuales que no nos conmueven). Más bien le preguntaríamos: ¿Qué hace Dios para salvarnos?

Jesús responde en el Evangelio con parábolas, no con definiciones. Están, por un lado, las parábolas clásicas que nos cuentan cómo es Dios.

Está la que nos cuenta que Dios es como un padre que nos ama con todo el corazón como a sus hijos pródigos…

Está la parábola que nos cuenta que Dios es como un Padre de familias que ama con todas sus fuerzas a su Viña y que por eso sale hasta la última hora a contratar trabajadores que le ayuden con su cosecha…

Pero está también esta, la del Buen Samaritano, en la que Dios no aparece.

Y esta es su genialidad.

Es la señal de que Dios nos ama con toda su mente. Por eso se le ocurrió esto tan inteligente de que lo descubramos nosotros como Dios-Samaritano, al contarnos la historia de un buen samaritano cualquiera.

La parábola del buen samaritano nos ayuda a descubrir no sólo al prójimo humano sino también a un Dios-prójimo, a Jesús.

Para esto tenemos que considerar el detalle de que no aparezca en la parábola como una señal de su delicadeza.

Aparecen, eso sí, las cosas que él hizo por nosotros:

Él es ese que nos vio de lejos, como a la oveja perdida.

Él es el que se compadeció de nosotros, viendo que andábamos como ovejas sin pastor. Él nos vendó las heridas y curó con su aceite nuestras enfermedades.

Él nos cargó como una cruz sobre sus espaldas y se hizo cargo de nuestra convalecencia. Él pagó todo y prometió volver para pagar lo que faltara…

También podemos verlo escondido en las cosas que el hombre padeció, en lo que 700 millones de hermanos padecen cada día…

Él es el que está enfermo, el que tiene hambre, el refugiado que huye, el que necesita consejo y consuelo porque está triste y desorientado.

Jesús responde quién es Dios en acción, y lo hace igualándose con nosotros, tanto en lo que hacemos por los demás como en lo que padecemos.

La parábola de los que cayeron en manos de unos ladrones que los despojaron de todo, los hirieron y se fueron, dejándolos medio muerto

Charlando con mis amigos en situación de refugiados del Centro de San Saba, lo que más me impacta es que al comienzo parecen solos y luego de un tiempo, largo, en que se crea una relación de más confianza, aparece la familia. Aparece el rostro de un pequeñín en la pantalla del celular; aparece una historia de familia que quedó en su patria y a la que ellos buscan ayudar desde acá. Los heridos al costado del camino no son solo los 15,4 millones de refugiados de las estadísticas. Detrás de cada una de esas personas hay una red familiar rota que queda en medio de pueblos devastados por la guerra. El herido al costado del camino son hoy pueblos enteros, millones de familias. La mayoría son personas jóvenes (los más viejos no llegan a huir), llenas de capacidad de trabajar y de formar familia, que viven con poca esperanza –dejando correr el tiempo, decía uno- en lugares de tránsito. Desde lugares acogedores que albergan a algunas decenas de personas hasta esos campamentos como el de Dadaab en Kenia, en el que las carpas que cobijan a más de 400.000 personas, se pierden de vista en las fotos que sacan desde el aire.

Nos conmueve esta imagen de pueblos enteros que han sido asaltados, apaleados y que están tirados al borde del camino. Y si queremos “ver” a Dios, no hay otra imagen mejor y más verdadera que la de un Jesús que se conmueve en las entrañas al ver a estos pueblos, al ver el rostro de cada niño, de cada mamá, de cada papá, de cada abuela y abuelo tan lastimados y abandonados y con tantos sufrimientos.

La parábola de los ladrones que despojaron a un hombre de todo, lo hirieron y se fueron

Los datos económicos muestran que detrás de los prójimos apaleados por las guerras están los ladrones. La violencia no se expande en guerras interminables sino donde hay dinero que robar. Apenas uno se informa un poco, lo primero que sale es la complejidad  de las guerras en las que están envueltos los países de origen de los refugiados. Siria y los dos Sudan, por ejemplo, tienen el mayor número de refugiados. Este año han llegado a 5 millones los refugiados sirios. La paz parece imposible de lograr. Detrás del gobierno está Rusia, detrás de los rebeldes moderados (¡!) está EE.UU. Y para castigo de ellos, aparece el ISIS, que está en contra de todos. La imagen complicada se simplifica cuando un ve que Siria es rica en petróleo, gas natural y otros minerales estratégicos. Lo mismo pasa con Sud Sudan: con una mayoría católica se separó del Sudan del norte, que tiene mayoría musulmana, pero solo para caer en una nueva guerra civil entre sus tribus principales. Curiosamente, el país más pobre del mundo en este momento, es un país rico en petróleo.

Hay que contemplar bien la lógica de la violencia y de la guerra, que deja apaleados a los humildes. Detrás de la lógica de la violencia actúa la lógica del dinero, que es la avaricia. En cambio, detrás de la lógica del cuidado, de la ternura y del respeto, actúa la lógica del desprendimiento y del don.

Aquí sí sirve un silogismo a nivel muy personal: mis agresiones se activan por avaricia (de dinero, de poder o de fama), son funcionales a los dueños del dinero, del poder y de la fama y dejan sin atención a algún pobre que necesita mis energías para ayudarlo.

La parábola de los que casualmente bajaban por el mismo camino: lo vieron y siguieron de largo

En la parábola, los que pasan de largo son un sacerdote (clero alto) y un levita (clero bajo). Hoy nuestra sociedad está más diversificada. Pero lo de alto y bajo sigue en todos los niveles. El sacerdote y el levita podrían ser hoy un Funcionario de alto rango y otro de menor jerarquía, sea de una Empresa o del ámbito estatal o eclesial. Las jerarquíade hoy no son solo religiosas, aunque la actitud de los que pertenecen a ellas en algún grado de la escala jerárquica, sea la de servir con una entrega religiosa que los vuelve indiferentes a las personas más necesitadas. Lo que la parábola nos viene a decir es que la única religión es ayudar a los pobres.

No se pueden tener “actitudes religiosas” en actividades profanas. Choca que un banco reine un “silencio religioso”. Es la prueba de que el dinero es un dios.

No puede ser que a los militares o a los políticos se les tenga “obediencia debida”, como si fueran dioses.

No puede ser que se sacrifique gente por el bien de la Empresa, como si fuera una diosa.

En el único ámbito donde puede y debe reinar una actitud religiosa es en el cuidado de los más pobres.

Solo allí se debe hacer “liturgia”. La liturgia de un hospital de campaña, que cura heridos sintiendo que son sagrados.

La liturgia de un hogar que sirve el desayuno y el almuerzo a los que están en situación de calle como si celebrara una misa.

La liturgia de una casa de la bondad que atiende a los enfermos, con el cariño y la dedicación con que se da el sacramento de la unción a los enfermos.

Lo religioso no es mirar a un Dios abstracto que saldría como el sol por el este geográfico, sino “mirar a Cristo en el prójimo pobre”.

Sólo sobre esa revelación –tuve hambre y me diste de comer- se debe hacer Teología, para reflexionar sobre la esencia divina de un Dios encarnado que se hace pobre concreto.

Solo sobre esos deberes –los de las obras de misericordia-, que son lo único de lo que se nos pedirá cuenta, se debe hacer Moral, y lo más detallada posible, estableciendo cuantas proteínas y cuanto tiempo de sonrisas y juegos necesita un bebé para desarrollarse bien y cómo se traduce eso en el sueldo de los papás.

Sólo sobre esa misericordia se debe hacer Derecho Canónico, para establecer los mil cánones que valoren con toda precisión los gestos con los que se hace cargo de un herido un buen samaritano y los cánones que condenen con toda precisión los modos que tienen para pasar de largo los funcionarios de alto y bajo rango que hacen de sus ocupaciones una religión.

La respuesta de la parábola es clara. Jesús responde quién es mi prójimo:

el Dios prójimo que se nos acercó y tuvo compasión de nosotros,

el prójimo Dios herido al que nos tenemos que acercar

y el prójimo buen samaritano y hospedero en el que nos podemos convertir.

La parábola del Buen Samaritano nos invita a simplificar: a Dios lo encontraremos a mitad del camino que salimos a recorrer para ayudar a los necesitados.

 

Diego Fares sj

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Los aforismos viscerales de Francisco

berni

“Berni es el Dostoievski argentino, un experto en humanidad, que sabe plasmar esa humanidad. Tienen que ver los ojos de los chicos que pinta Berni. Son ojos tristes sufridos”

(Papa Francisco)

 

 

Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas.

Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie.

Al salir de la barca, Jesús vio toda esa gente

y se le enterneció con ellos el corazón

y se puso a curar a sus enfermos.

Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron:

‘Este es un lugar desierto y ya se hace tarde, despide a la gente para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos’.

Pero Jesús les dijo:

‘No necesitan ir, denles ustedes de comer’.

Ellos le respondieron:

‘Aquí no tenemos nada más que cinco panes y dos pescados’.

‘Traiganmelos aquí’, les dijo.

Y después de ordenar a la gente que se sentara sobre el pasto,

tomó los cinco panes y los dos pescados,

y levantando los ojos al cielo,

pronunció la bendición, partió los panes,

los dio a sus discípulos y ellos los distribuyeron entre la multitud.

Todos comieron hasta saciarse

y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas.

Los que comieron fueron unos cinco mil hombres,

sin contar las mujeres y los niños” (Mt 14, 13-21).

 

Contemplación

 

Dice un autor: “El evangelio de Mateo es un drama sobre la venida del Reino de los cielos: luego de exponer el  Misterio del reino en parábolas, Mateo presenta ahora las Primicias del reino y nos va dando un esbozo de la vida de la Iglesia, que comienza con la primera multiplicación de los panes”.

Me gustó esto de que “la vida de la iglesia comienza con la primera multiplicación de los panes”. Aunque en realidad, si somos justos, podemos decir que la vida de la Iglesia comienza con ese “enternecimiento visceral del corazón de Jesús” al ver a la gente como “fragmentada, como ovejas sin pastor”. Contarles sus parábolas del reino, curar a los enfermos y compartir con ellos su pan, son expresiones de esa ternura que siente Jesús y que lo lleva a hacer de la multitud anónima un pueblo fiel, una comunidad: la Iglesia.

El griego “Splagnizomai” es muy gráfico, significa “entrañas”. Más aún, “splagna” son todas las partes internas del animal –corazón, higado, riñones, chinchulines…, hablando en criollo,  las achuras- que, cuando se sacrificaba un animal, se apartaban para el asadito de los que hacían el sacrificio.

Esta compasión y enternecimiento se traduce también como “gran afecto” (y aquí entra Ignacio, con sus Ejercicios para afectarnos bien a Jesús y desafectarnos de todo lo que nos impide ser sus compañeros).

En el lenguaje coloquial siempre se han utilizado estas “achuras” para expresar que los sentimientos humanos más verdaderos, en el sentido de más básicos, repercuten no sólo en la mente y en el corazón sino que “hay cosas que nos revientan el hígado”, hay “gente que es del riñón de alguien importante” y hay situaciones terribles que “nos revuelven las tripas” o nos hacen sentir “una compasión entrañable”.

En Jesús, no sólo su corazón es digno de veneración sino todo en él. El evangelio suele ser bien explícito, como cuando Jesús cura al mudo con su saliva o le mete el dedo en las orejas al sordo. Y si no nos basta, qué más explícito que decir que nos salvó “derramando su sangre como un corderito degollado” y que “su cuerpo es verdadera comida”.

Por eso, este sentimiento ante las multitudes, en el que el Señor pone en juego todas sus pasiones más básicas es, creo yo, algo que anda necesitando nuestra época.

No bastan la mente y el corazón “limpios” para contemplar a “toda esa gente” que sufre en los bombardeos de Gaza, en los aeropuertos donde debían llegar los aviones que fueron derribados o sufrieron un desperfecto, toda esa gente que se amontona en las barcazas que llegan a Lampedusa, toda esa gente que sufre el virus de Ebola en Guinea, Sierra Leona y Liberia. Si uno pone en Google “fotografiando la condición humana”, verá fotos que apelan a una mirada como la de Jesús: llena de compasión entrañable. Ninguna otra mirada puede bastar para “ver” realmente lo que sufre la gente.

No sé si me explico. Lo que quiero decir es que Jesús no sólo es necesario para adorar al Padre sino que se ha vuelto imprescindible para “mirar a la humanidad”.

Ni siquiera digo para comenzar a ayudar, a hacer algo, sino simplemente para mirar. Sin Jesús “no hay mirada” que vea lo que le pasa a la gente.

Si se animan miren los rostros de ese sitio que puse y díganme quién puede responder al grito del inmigrante de la foto 8 o a los gestos de los refugiados de la foto 7. Sin Jesús, cada uno sólo puede ver “sus muertos”, “sus heridos” y a veces ni siquiera, porque si mira al lado puede que pierda su porción de ayuda humanitaria o su lugar en el tren de los niños de México. Sin Jesús nos vamos volviendo miopes y sólo nos vemos a nosotros mismos.

Cuando digo “la mirada compasiva de Jesús” estoy diciendo dos cosas: que necesitamos no solo los ojos y el corazón humano de Dios sino también sus entrañas, su hígado y sus riñones, para que nos indignemos como se indigna Él y no como nos indignamos nosotros, que desencadenamos más violencia. Necesitamos las entrañas de Jesús, su amor visceral, pero con vísceras que convierten todo su ser en alimento pacificador y no en rabia. Necesitamos toda la sangre derramada del Señor, derramada para el perdón de los pecados y no para la venganza furiosa y destructiva.

Hay un aspecto del Cuerpo de Cristo que es bueno para los tiempos de paz y de armonía en la humanidad. En esos tiempos el Cuerpo del Señor se convierte en hermosos templos, en música y en alabanzas, en ceremonias que expresan lo mejor de la comunidad reunida como para una fiesta de bodas. Todo eso es lo hermoso del cuerpo de Cristo y hace que la Iglesia se vista como una Novia con sus joyas y que disfrutemos del Banquete con vino de calidad como en Caná.

Pero hay otro aspecto del Cuerpo de Jesús que nos habla de Cruz y no de Fiesta, de sangre y no de vino, de pan comido multitudinariamente a la intemperie y no de cena íntima entre amigos.

Lo que quiero expresar es que hay una Liturgia que se da en las periferias existenciales, como dice Francisco, y ahí hay que revestirse no con albas y casullas de fiesta sino con delantales de cocina y de quirófano y hay que rezar para purificar no sólo el corazón sino más bien los riñones y el hígado y las entrañas. Porque eso es lo que necesitamos de Jesús, para indignarnos bien, para enojarnos bien, para conmovernos bien. Estos órganos expresan lo más humano nuestro y lo menos “universal”, por eso necesitan ser “evangelizados”, para que nuestra indignación sea la de Jesús y no la que nos hace mostrar la hilacha y excedernos en algunos puntos más sensibles para cada uno dejando pasar otros sensibles para los demás.

Si le sacamos un poco más el jugo a la metáfora del asado diríamos que si el desafío es salir a evangelizar las “achuras” de la humanidad, en la Iglesia no podemos perder tiempo discutiendo si el bife de lomo lo queremos cocido o a punto. La gente necesita a Jesús para que le cure a sus enfermos y le perdone sus pecados. Pero para que cure las enfermedades y los pecados graves, no para que haga tratamientos estéticos o mitigue escrúpulos.

Necesitamos que nos cure ese odio que envenena nuestros riñones y lleva a arrojar bombas sobre civiles inocentes, necesitamos que nos haga un transplante de entrañas a ese sistema financiero que no las tiene, literalmente, y que amontona la plata en bolsas virtuales cuando debería ir destinada a un pancito para los que tienen hambre y a un remedio para los que están enfermos, necesitamos que cure la corrupción que desvía dineros públicos y se traduce en vida de mala calidad para la gente.

La imagen de Francisco, del mundo como un hospital de campaña, la tenemos que incorporar de modo tal que se traduzca en comportamientos cristianos no sólo concretos sino “viscerales”,  que él mismo nos explicita cada día.

Entre las prioridades yo pondría, en primer lugar, una que es “evangelizadora” y que formularía así:

“Anunciar el evangelio de manera que todos entiendan (y se alegren con la alegría del evangelio)”. A este entendimiento pleno apuntan su testimonio y sus gestos, junto con sus palabras.

A nivel mundial, lo visceral de la paz es “rezar sin discutir” y “convenir en que es insoportable la guerra”.

Rezaremos con los dos (Shimon Perez y Mahmud Abbas). Rezar sin llevar a cabo discusiones de ningún tipo es importante, ayuda. Después, cada uno vuelve a su casa. Habrá un rabino, un musulmán y yo”.

Construir la paz es trabajoso pero vivir en guerra es insoportable”.

 

A nivel político-económico, lo visceral es incluir a todos. Todos sin excepción, sin sobrantes.

En relaciones con los ortodoxos, lo visceral está en hacer la unidad en la calle, caminando juntos”. “Con Bartolomé hemos hablado de la unidad que se construye caminando; no podremos construir la unidad en un congreso de teología.

 

En relación con la misericordia todo lo que nos dice Francisco es visceral: “Dios no se cansa nunca de perdonar”. “Dejémonos envolver por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos”.

 

En el asunto del abuso de menores fue contundente: es como una misa negra. “Un sacerdote que hace esto traiciona el cuerpo del Señor porque este sacerdote debe llevar a este niño o a esta niña, a la santidad; los niños confían en ellos y en vez de llevarlos a la santidad, abusan de ellos. Es gravísimo. Es como una misa negra: tú tienes que llevarlo a la santidad y lo llevas a un problema que le va a durar toda su vida”.

 

En lo de los divorciados vueltos a casar, lo visceral está en profundizar, en no banalizar el problema: “No me ha gustado que muchas personas, incluso dentro de la Iglesia, hayan dicho: el Sínodo será para dar la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar; como si todo se redujese a una casuística: ¿Se podrá o no dar la comunión?… Sabemos que la familia hoy está en crisis, es una crisis mundial, los jóvenes no quieren casarse, o conviven, el matrimonio está en crisis y también la familia”.

 

Y así con todo…

Son los “aforismos viscerales de Francisco”, palabras que hieren con amor el corazón. Las palabras de Francisco son verdaderamente panes –los cinco pancitos- que alimentan, que crean cercanía entre todos y nos dan aire de familia. Son palabras que nos hacen Iglesia, pueblo de Dios, lugar donde cada uno puede sentirse incluido “visceralmente” y no sólo más o mejos o de manera puramente formal. Y esa es la respuesta a las inmensas necesidades y deseos de la humanidad hoy.

Diego Fares sj

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