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Posts Tagged ‘Teresita’

Volvieron los apóstoles a juntarse con Jesús

Y le reportaron (ap angeilan) todas las cosas que habían hecho y enseñado.

El les dice:

‘Vengan ustedes solos aparte a un lugar desierto

y descansen un poquito (anapausasthe)’.

Porque eran tantos los que iban y venían

que no encontraban un momento ni para comer.

Y se fueron en la barca a un lugar desierto entre ellos solos.

Pero muchos los vieron que se iban y los reconocieron.

Entonces, a pie y de todas las aldeas, concurrieron allá

Y llegaron antes que ellos.

Al desembarcar, Jesús vió una gran muchedumbre,

Y se compadeció entrañablemente (splangisestai) de ellos,

Porque andaban como ovejas que no tienen pastor

Y se puso a enseñarles largamente y con calma (Mc 6, 30-34).

 

Contemplación

Este evangelio de Marcos tiene varias “palabras-pan”, palabras que son en sí mismas, cada una, un evangelio, una buena noticia, porque comulgando con ellas se saborea el evangelio entero. Las escribo de manera que suenen en un griego familiar, que está en el origen de nuestra lengua castellana:

Juntarse con Jesús (sin-agogein). contarle a Jesús lo que uno a hecho, darle un reporte (ap angelio).

Cuando hablamos de Evangelio (eu-angelio), en el sentido de anunciar a otros la “buena noticia” de Jesús, que nos revela la Misericordia del Padre y las Bienventuranzas, debemos saber que el anuncio incluye el reporte: la palabra que sembramos la debemos reportar a Jesús para que, conversando con Él nos mejore el modo de comunicarla, nos haga mejores evangelizadores.

Hacer una pausa con Jesús (anapausasthe), ir a descansar con Él.

Compadecerse-simpatizar entrañablemente junto con Jesús (splangisestai).

Reconocer a Jesús (epegnosan) que es la gracia del discernimiento que tiene el pueblo fiel.

Ponerse a enseñar a la gente de Jesús (didaskein).

Podemos concentrar todas estas palabras en torno a “evangelio”.

Todos sabemos lo que quiere decir Evangelio. No digo “técnicamente”, en el sentido del anuncio del kerygma y de los cuatro evangelios canónicos, sino como pueblo fiel, como gente común que cuando se dice “evangelio” entiende que hay algo bueno de Jesús para cada uno en especial y para todos. Sabemos que se trata de una Palabra buena, alegre, que ilumina, que aconseja bien, que se puede anunciar a otros. Una parábola de Jesús es algo que todo el mundo -toda la gente de buena voluntad- recibe bien. Aunque por ahí no acepte las interpretaciones de la Iglesia, la parábola es patrimonio común de la humanidad; más que los monumentos y los paisajes naturales. La parábola del Buen Samaritano es un tesoro de la humanidad!

Pues bien, este “evangelio” tiene dos polos, por decir así: no solo se trata de anunciarlo a la gente -lo cual requiere la gracia de discernir, con la ayuda del Espíritu, para saber decir la palabra justa en el momento justo- sino que también se trata de “reportarle” (ap-angelion) a Jesús todo lo que hicimos y dijimos al llevar el evangelio a los demás. De esto hay que charlar con el Señor.

A este “reporte” se refiere el Papa en Gaudete et exsultate cuando habla de hacer un examen de conciencia. El dice así: “Por tanto, pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero «examen de conciencia»” (GE 169).

Nosotros solemos entender “examen de conciencia” solo en sentido moral individual: qué hice mal, en qué estuve tentado, en qué pequé. Pero se trata de algo mucho más interesante, que no excluye lo moral y las fallas por cierto, pero las mete en una perspectiva de santida misional. Recordemos que el Papa cuando habla de santidad tiene un pasaje muy consolador sobre este punto de “los defectos”. Dice:

“Para reconocer cuál es esa palabra que el Señor quiere decir a través de un santo, no conviene entretenerse en los detalles, porque allí también puede haber errores y caídas. No todo lo que dice un santo es plenamente fiel al Evangelio, no todo lo que hace es auténtico o perfecto. Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona” (GE 22).

Como vemos, lo importante es “transmitir fielmente el evangelio”, con o sin defectos: con toda nuestra vida. Dios usa también los defectos de los que quieren llevar su Evangelio a los hombres. Esto es consolador. No podría ser de otra manera ya que se trata de anunciar la Misericordia y esta se ve mejor si en la persona misma que la anuncia se ve que ejerce su primera acción!

Por tanto, en el examen de conciencia que propone el Papa, el “reporte” que le hacemos a Jesús de nuestras cosas, no será en primer lugar el reporte de nuestros pecados y defectos sino el reporte de lo que hizo su Palabra en los demás y en nosotros. Le contaremos la alegría que nos dió visitar a tal enfermo, servir a tal pobre, enseñar a rezar a tal niño, haber escuchado y aconsejado bien a un amigo… No solo lo que hicimos sino especialmente las gracias que experimentamos al “anunciar su evangelio” con gestos y palabras. Y ahí sí, le contaremos las tentaciones que sentimos para no predicar el evangelio: los miedos, los desánimos, el espíritu de derrotismo… Contándole al Señor lo que expermentamos practicando el evangelio podremos discernir con la ayuda del Espíritu, cómo hacerlo mejor. Y en vistas de esa misión revisaremos nuestro carisma. Es decir: quiénes somos por gracia.

En ese marco amplio y sanante de la alegría del evangelio, ahí sí, podremos incluir, como un punto más, quiénes somos “por sicología”, digamos así. (Martini distingue estas dos conciencias: la conciencia de lo que somos por gracia y la conciencia sicológica). Nuestros defectos y pecados son una dificultad más, junto con todas las externas, que el Señor tiene que purificar, como hizo al lavar los pies de los discípulos. Si lo contemplamos así, veremos que les lava los pies porque les lava “el instrumento para salir a misionar”. No les lava las manos ni la cabeza (aunque también les pegaba una buena lavada de cabeza de vez en cuando). Les lava los pies para que puedan salir a caminar de nuevo y se vean “hermosos los pies de los que anuncian la buena noticia”, como dice Isaías.

Así, esta palabra “reportar” (apangelio) ligada a “buena noticia” (evangelio), es un punto de conversión para nuestro modo de “pensarnos a nosotros mismos”. Nos cuesta hacer examen de conciencia porque tenemos muy metida una mirada autorreferencial: cómo soy, qué hice, qué siento, cómo hago para pasarla bien, de qué me culpo… Yo, yo, yo.

El Señor nos invita a “descansar un rato con Él”, no tanto del trabajo sino de nuestro yo invasivo. Nos invita a hacer una pausa y contarle tranquilamente -al igual que Él enseñaba a la gente largamente y sin apuro- lo que el evangelio hizo en los otros y en nosotros al predicarlo y ponerlo en acción. Este es un examen de conciencia evangélico y apostólico.

El contenido objetivo serán las bienaventuranzas -el estilo de Jesús- y las obras de misericordia corporales y espirituales.

El contenido subjetivo serán los sentimientos y pensamientos de alegría o tristeza en torno a estas bienaventuranzas y obras de misericordia. Sentí ánimo o desánimo al ir a servir a los pobres. Sentí fuerza o debilidad para predicar un valor evangélico. Me pacificó el Espíritu o me puso ansioso el mal espíritu al ver que había dificultades…

Este tipo de examen de conciencia es lo que el Papa llama “discernimiento”: “El discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor, para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones”. Y agrega que “Es un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor”. Instrumento de lucha sobre todo para dos cosas: “reconocer los tiempos de Dios y de su gracia” y “no desperdiciar las inspiraciones del Señor” que siempre son “una invitación a crecer” y a madurar en el amor, que “no hay que dejar pasar”.

La última cosa a tener en cuenta al “reportar” estas cosas evangélicas a Jesús es que:

Muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante, porque la magnanimidad se muestra en lo simple y en lo cotidiano. Se trata de no tener límites para lo grande, para lo mejor y más bello, pero al mismo tiempo concentrados en lo pequeño, en la entrega de hoy”. En la tumba de san Ignacio de Loyola se encuentra este sabio epitafio: «Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo divinum est» (Es divino no asustarse por las cosas grandes y a la vez estar atento a lo más pequeño)” (GE 169). Que también se puede traducir, referido a Dios mismo: “Es propio de Dios no tener límites para su inmensa grandeza y al mismo tiempo poder ‘dejarse contener enteramente’ dentro de un espacio mínimo“, como el de un rato nuestro de oración.

Para terminar con algo sabroso una narración de Teresita acerca del día de sus votos:

Por fin, llegó el hermoso día de mis bodas. Fue un día sin nubes. Pero la víspera, se levantó en mi alma la mayor tormenta que había conocido en toda mi vida… Nunca hasta entonces me había venido al pensamiento una sola duda acerca de mi vocación. Pero tenía que pasar por esa prueba. Por la noche, al hacer el Viacrucis después de Maitines, se me metió en la cabeza que mi vocación era un sueño, una quimera… La vida del Carmelo me parecía muy hermosa, pero el demonio me insuflaba la convicción de que no estaba hecha para mí, de que engañaba a los superiores empeñándome en seguir un camino al que no estaba llamada…Mis tinieblas eran tan oscuras, que no veía ni entendía más que una cosa: ¡que no tenía vocación…!

¿Cómo describir la angustia de mi alma…? Me parecía (pensamiento absurdo, que demuestra a las claras que esa tentación venía del demonio) que si comunicaba mis temores a la maestra de novicias, ésta no me dejaría pronunciar los votos. Sin embargo, prefería cumplir la voluntad de Dios, volviendo al mundo, a quedarme en el Carmelo haciendo la mía.

Hice, pues, salir del coro a la maestra de novicias, y, llena de confusión, le expuse el estado de mi alma…

Gracias a Dios, ella vio más claro que yo y me tranquilizó por completo. Por lo demás, el acto de humildad que había hecho acababa de poner en fuga al demonio, que quizás pensaba que no me iba a atrever a confesar aquella tentación. En cuanto acabé de hablar, desaparecieron todas las dudas.

Sin embargo, para completar mi acto de humildad, quise confiarle también mi extraña tentación a nuestra Madre, que se contentó con echarse a reír.

En la mañana del 8 de septiembre, me sentí inundada por un río de paz. Y en medio de esa paz, «que supera todo sentimiento», emití los santos votos…

Mi unión con Jesús no se consumó entre rayos y relámpagos -es decir, entre gracias extraordinarias, sino al soplo de una ligera brisa parecida a la que oyó en la montaña nuestro Padre san Elías…

¡Cuántas gracias pedí aquel día…! Me sentía verdaderamente reina, así que me aproveché de mi título para liberar a los cautivos y alcanzar favores del Rey para sus súbditos ingratos. En una palabra, quería liberar a todas las almas del purgatorio y convertir a los pecadores… Pedí mucho por mi Madre, por mis hermanas queridas…, por toda la familia, pero sobre todo por mi papaíto, tan probado y tan santo… Me ofrecí a Jesús para que se hiciese en mí con toda perfección su voluntad, sin que las criaturas fuesen nunca obstáculo para ello…

Pasó por fin ese hermoso día, como pasan los más tristes, pues hasta los días más radiantes tienen un mañana. Y deposité sin tristeza mi corona a los pies de la Santísima Virgen. Estaba segura de que el tiempo no me quitaría mi felicidad… ¡Qué fiesta tan hermosa la de la Natividad de María para convertirme en esposa de Jesús! Era la Virgencita recién nacida quien presentaba su florecita al Niño Jesús… Todo fue pequeño, excepto las gracias y la paz que recibí y excepto la alegría serena que sentí por la noche al ver titilar las estrellas en el firmamento mientras pensaba que pronto el cielo se abriría ante mis ojos extasiados y podría unirme a mi Esposo en una alegría eterna…”.

Diego Fares sj

 

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dos moneditasOlvidada de sí, notada por Jesús

Jesús enseñaba a la multitud:
«Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad.»
Jesús habiéndose sentado frente a la sala del tesoro del Templo, contemplaba atentamente el modo como la gente iba echando monedas de cobre en la alcancía. Muchos ricos echaban mucho. Y llegando una viuda pobre echó dos moneditas de cobre.
Ahí llamó Jesús a sus discípulos y les dijo:
─ «En verdad les digo esta viuda pobre echó más que todos los que echan en la alcancía, porque todos los demás echaron de sus sobrantes, pero ella, de su indigencia echó cuanto tenía, todo el sustento de su vida» (Mc 12, 38-44).

Contemplación
Jesús se sienta a contemplar a la gente “cómo da limosna”.
No mira simplemente, contempla con atención. Se fija en el modo como la gente echa las monedas de cobre en los tambores que hacen de alcancía. Las monedas pesan y hacen ruido. Los que echan mucho, vacían sus bolsitas de golpe y hacen que se note un poco. Cuando llega la viuda pobre echa sus dos moneditas de una manera especial. ¿Habrá tenido algún gesto distinto? ¿Las habrá echado sin hacerse notar? Creo que echó primero una y luego la otra, porque Jesús las distinguió perfectamente.

Cuando uno contempla a la gente que pasa por San Cayetano o en San Expedito se ven muchas cosas. Gestos intensos, íntimos, personales… Cada persona se comporta de manera especial cuando hace sus visitas a los santos y les expresa su devoción, pone sus peticiones, agradece, deja una ofrenda. Uno ve de afuera y aún así es mucho el cariño y la fe que se perciben.
Imaginemos lo que vería Jesús, si leía los corazones aún de lejos, si pescaba en un gesto de la cara los pensamientos íntimos de los corazones, lo que habrá visto en la viuda pobre cuando con cariño echó sus dos moneditas en la alcancía. Jesús vio todo su corazón, escuchó el tintineo nítido de cada una de las dos moneditas. Se ve que la viuda las echó de a una. No vació una bolsita ni echó un puñado. Primero una y luego la otra. Y tintineó cada una en el corazón de Jesús.

Siempre llama la atención que Jesús no hable de premio.
No hay ningún “tu fe te ha salvado”,
no hay ningún “qué quieres que haga por ti, mujer”.
No hay ninguna exposición pública que ayude a sanar un pecado (Mujer, ¿nadie te ha condenado?) o a terminar de perfeccionar la fe (¿Quién me ha tocado?) como con la hemorroisa, que le sacó una fuerza sanadora y Jesús la hizo confesar en público la fe de su gesto de tocarle el manto.
Nada de eso. La viuda pobre ni se entera de que el Señor la pone como ejemplo.
Jesús la deja perderse entre la multitud, con su dignidad inmensa y anónima a los ojos de la gente y resplandeciente de gloria a los ojos del Padre que ve en lo secreto, y de Jesús su Hijo encarnado, perdido también igual que ella, como uno más, entre la gente que entraba y salía del Templo.

No hay premio porque, como nos damos cuenta todos, el premio es el gusto de poder darlo todo, el sabor hermoso de poder donarse a sí misma dando todo lo que tenía ese día para vivir.

El premio de la viuda pobre es “estético” en el sentido de “agrado por el brillo de algo que se hace gratuitamente para Gloria de Dios”; el premio es cómo se le unifica íntegro el corazón bajo la mirada de Jesús en el momento en que suelta –una después de la otra- sus dos moneditas, y queda su vida toda –ese su día- en las manos del Padre. Ella sale del Templo sin nada, cantando quizás como cantaría un día Teresita:
“Vivir de amor
es darse sin medida,
sin reclamar salario aquí en la tierra.
Yo me doy sin cuento
segura de que en el amor el cálculo no entra.

Lo he dado todo,
al corazón divino que rebosa ternura.
Nada me queda ya, corro ligera.
Ya mi única riqueza es y por siempre será,
vivir de amor.

Vivir de amor “oh que locura extraña” me dice el mundo;
cese ya tu canto: no pierdas tus perfumes, no derroches tu vida,
aprende a utilizarlos con ganancia.

Jesús, amarte es pérdida fecunda.
Tuyos son mis perfumes para siempre”.

También Teresita pasa del amor a la belleza, del darse entera, a los perfumes. El premio del amor es un aroma, que al expandirse expande el alma, llena la casa como el perfume de Nardo de María cuando rompe el frasco para ungir a Jesús.
El premio del amor es sólo amor. El amor como don es desprendimiento, trabajo, cruz muchas veces.
El amor como premio es gusto, perfume, alegría y belleza.
Y ambas cosas se dan al mismo tiempo –cruz y gloria-, no sucesivamente.
Por eso el Señor contrapone el ejemplo del don de la viuda pobre al vedettismo de los fariseos, porque el problema es cuando a uno le comienza a gustar más hacerse ver que amar. Señal de que se ha desplazado el eje esencial de la vida: al pasar de ser actores a ser espectadores nos perdemos lo mejor de la vida.
La viuda pobre es protagonista absoluta de esta escena contemplada sólo por el ojo atentísimo de Jesús gracias al cual quedó filmada y estampada en el evangelio de Marcos. Lo ha dado todo y no mira si la miran. Ya había entrado olvidada de sí al Templo, concentrada en lo que quería dar y en darlo bien –una monedita y luego la otra-, en darlo con intención de dar y con buen deseo. Y sigue luego su camino, invisible a todos porque invisible para sí. Sigue adelante –corre ligera- con la mirada puesta en que tiene que seguir trabajando para ganar su sustento del día, alegre de tener que comenzar de cero.

Me la imagino como tantas mujeres de nuestro pueblo que limpian por hora… Estuvo limpiando, ganó unos pesitos, fue a la Iglesia, los dio todos y sale corriendo a la otra casa para tener su platita para el día.
Teresita tenía estas cosas desde pequeña. Cuenta que “como premio ( a una buena nota), papá me regaló una preciosa monedita de veinte céntimos
que eché en un bote destinado a recibir casi todos los jueves una nueva
moneda, siempre del mismo valor… (De este bote sacaba yo dinero en
determinadas fiestas solemnes, cuando quería dar de mi bolsillo una
limosna para la colecta de la Propagación de la Fe u otras obras
parecidas)”.

Me queda retintineando lo de que dio las dos moneditas una a una, no las soltó las dos juntas. Se ve que venía dándolas vuelta en la mano, como cuando uno repasa las monedas con los dedos y las separa subiendo una con el pulgar contra el índice y dejando la otra entre los otros tres dedos y la palma… Las repasaba porque eran las únicas que tenía. Cuando uno tiene muchas monedas no se fija tanto. Y al llegar su turno echó primero una y luego la otra. Y ya está.
Quizás habrá pensado en quedarse una…
Pero cuando se tiene tan poco es mejor darlo todo
¿Qué iba a hacer con una sola? De todos modos tenía que volver a trabajar para poder comprarse algo para comer. La cuestión es que echó las dos, lo dio todo.
Se me ocurre esto de que volvía a trabajar para desdramatizar. No es que lo dio todo y se murió de hambre.
Trabajó una hora, cobró, fue al Templo, dio de limosna lo que tenía y se volvió a trabajar. Sacrificó el almuerzo, diríamos.
Después de imaginar esto me fijo bien en las monedas del tiempo de Jesús y veo que el salario por el día de trabajo era un denario (parábola de los contratados último que reciben cada uno un denario igual que los primeros). Los dos leptones de la viuda son la 128ª parte de un denario. Para uno que cobra quince pesos la hora (como los que hacen changas con el flete al lado del Hogar), las dos moneditas de la viuda serían como dos pesos: el decir, el cafecito y la factura de la media mañana… En vez de tomarse el café, los dio de limosna y se volvió a trabajar.
Este fue el gesto. Bien preciso. Sin romanticismos. Sacrificó la media mañana. El cafecito entre un trabajo y el otro.
Y Jesús lo pone como cierre y punto conclusivo supremo de todos sus discursos y acciones (como ejemplo del mandamiento del amor que acaba de promulgar) antes de entrar en la Pasión.

El puro don de sí por agradar sólo a Dios sin esperar premio ni fijarse siquiera en ello, es el punto más alto de la enseñanza de Jesús, la bienaventuranza de la viuda pobre: “feliz el que, olvidado de sí, lo da todo cada día por puro amor”.

En la vida de Teresita este punto es central. Cuenta ella:
“Como era la más pequeña, no estaba acostumbrada a arreglármelas yo sola. Celina arreglaba la habitación donde dormíamos las dos juntas, y yo no hacía ni la menor labor de la casa. Después de la entrada de María en el Carmelo, a veces, por agradar a Dios, intentaba hacer la cama, o bien, cuando Celina no estaba, le metía por la noche sus macetas de flores. Como he dicho, hacía esas cosas únicamente por Dios, y por tanto no tenía por qué esperar el agradecimiento de las criaturas. Pero sucedía todo lo contrario: si Celina tenía la desgracia de no parecer feliz y sorprendida por mis pequeños servicios, yo no estaba contenta y se lo hacía saber con mis lágrimas…
Debido a mi extremada sensibilidad, era verdaderamente insoportable. Si, por ejemplo, sucedía que hacía sufrir involuntariamente un poquito a un ser querido, en vez de sobreponerme y no llorar, lloraba como una Magdalena, lo cual aumentaba mi falta en lugar de atenuarla, y cuando comenzaba a consolarme de lo sucedido, lloraba por haber llorado. Todos los razonamientos eran inútiles, y no lograba corregirme de tan feo defecto. No sé cómo podía ilusionarme con la idea de entrar en el Carmelo estando todavía, como estaba, en los pañales de la infancia…
Era necesario que Dios hiciera un pequeño milagro para hacerme crecer en un momento, y ese milagro lo hizo el día inolvidable de Navidad. En esa noche luminosa que esclarece las delicias de la Santísima Trinidad, Jesús, el dulce niñito recién nacido, cambió la noche de mi alma en torrentes de luz… En esta noche, en la que él se hizo débil y doliente por mi amor, me hizo a mí fuerte y valerosa; me revistió de sus armas, y desde aquella noche bendita ya no conocí la derrota en ningún combate, sino que, al contrario, fui de victoria en victoria y comencé, por así decirlo, «una carrera de gigante ». Se secó la fuente de mis lágrimas…
Fue el 25 de diciembre de 1886 cuando recibí la gracia de salir de la niñez; en una palabra, la gracia de mi total conversión. Volvíamos de la Misa de Gallo, en la que yo había tenido la dicha de recibir al Dios fuerte y poderoso. Cuando llegábamos a los Buissonnets, me encantaba ir a la chimenea a buscar mis zapatos. Esta antigua costumbre nos había proporcionado tantas alegrías durante la infancia, que Celina quería seguir tratándome como a una niña, por ser yo la pequeña de la familia… Papá gozaba al ver mi alborozo y al escuchar mis gritos de júbilo a medida que iba sacando las sorpresas de mis zapatos encantados, y la alegría de mi querido rey aumentaba mucho más mi propia felicidad. Pero Jesús, que quería hacerme ver que ya era hora de que me liberase de los defectos de la niñez, me quitó también sus inocentes alegrías: permitió que papá, que venía cansado de la Misa del Gallo, sintiese fastidio a la vista de mis zapatos en la chimenea y dijese estas palabras que me traspasaron el corazón: «¡Bueno, menos mal que éste es el último año…!» Yo estaba subiendo las escaleras, para ir a quitarme el sombrero. Celina, que conocía mi sensibilidad y veía brillar las lágrimas en mis ojos, sintió también ganas de llorar, pues me quería mucho y se hacía cargo de mi pena. «¡No bajes, Teresa! -me dijo-, sufrirías demasiado al mirar así de golpe dentro de los zapatos». Pero Teresa ya no era la misma, ¡Jesús había cambiado su corazón! Reprimiendo las lágrimas, bajé rápidamente la escalera, y conteniendo los latidos del corazón, cogí los zapatos y, poniéndolos delante de papá, fui sacando alegremente todos los regalos, con el aire feliz de una reina. Papá reía, recobrado ya su buen humor, y Celina creía estar soñando … Felizmente, era un hermosa realidad: ¡Teresita había vuelto a encontrar la fortaleza de ánimo que había perdido a los cuatro años y medio, y la conservaría ya para siempre…! Aquella noche de luz comenzó el tercer período de mi vida, el más hermoso de todos, el más lleno de gracias del cielo… La obra que yo no había podido realizar en diez años Jesús la consumó en un instante, conformándose con mi buena voluntad, que nunca me había faltado. Yo podía decirle, igual que los apóstoles: «Señor, me he pasado la noche bregando, y no he cogido nada». Y más misericordioso todavía conmigo que con los apóstoles, Jesús mismo cogió la red, la echó y la sacó repleta de peces… Hizo de mí un pescador de almas, y sentí un gran deseo de trabajar por la conversión de los pecadores, deseo que no había sentido antes con tanta intensidad… Sentí, en una palabra, que entraba en mi corazón la caridad, sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz…!

Diego Fares sj

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