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Posts Tagged ‘tentación’

            Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su Ascensión al cielo, Jesús se encaminó decididamente (puso rostro firme) hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él. Ellos se pusieron en camino y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque iba a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?» Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se marcharon a otro pueblo. Mientras iban marchando por el camino, alguien le dijo a Jesús: «¡Te seguiré adonde vayas!» Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.» Y dijo a otro: «Sígueme.» El respondió: «Permíteme que primero vaya a enterrar a mi padre.» Pero Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ponte en marcha, anuncia el Reino de Dios.» Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero primero permíteme ir a despedirme de los míos.» Jesús le respondió: «Uno que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios» (Lc 9, 51-62).

Contemplación

            Retomamos el tiempo ordinario y el dibujo de Fano representa bien el año como un camino en subida y en espiral (no solo lineal o en círculo, como se suele representar el tiempo). 

            Me llamó la atención que retomáramos el tiempo ordinario con este evangelio de la última subida del Señor a Jerusalén. Es que el evangelio de Lucas que seguimos en el ciclo C, organiza todo lo que vive el Señor, desde el llamamiento a los Doce – a los que inmediatamente hace el primer anuncio de la pasión (Lc 9,22) – hasta la entrada en la ciudad Santa (Lc 19, 28), desde la perspectiva de la ida del Señor a la Pasión o “La subida a Jerusalén” (Lc 9 -19, 28). El Señor le “puso rostro” a la pasión, como se dice. 

            Entre las apps que ayudan a organizar el trabajo, hay una que recomienda dar “prioridad 1” a la tarea más importante, y para ello nos invita a ponerle un título que resulta entre simpático y repulsivo: “tragarse el sapo”. Poner primero la tarea más difícil y empeñativa y concentrarse en ella, ayuda a que el resto se ordene por su propio peso. 

            Pues bien, Lucas muestra este modo que tiene Jesús de priorizar la Cruz en su misión. Tenía que “tragarse el sapo” y se encaminó decididamente a realizarlo.

            A mí esta actitud decidida del Señor me ayuda a discernir que la Cruz no es lo importante en sí, sino que es lo que hay que “pasar” para que lo importante vaya adelante. 

            No hay que confundirse en esto. Hay cosas, situaciones, problemas, trabajos, defectos…, pecados incluso, que son un nudo, un cuello de botella, una decisión ineludible a tomar. Hay problemas de los que alguien se tiene que hacer cargo para que todo lo demás pueda proceder para bien. Son esas “cruces” que no se pueden “resolver”, sino que hay que abrazar, cargar y atravesar; y cuanto antes lo hagamos, mejor para todo lo demás. 

            Esta actitud es todo lo contrario del masoquismo que tiñe de tristeza la manera sana de enfrentar el problema principal y termina logrando que esa cruz no abrazada entristezca toda la vida. El masoquismo de la cruz mal entendida es lo que, como no se soporta que esté en todo, hace que se intente eliminar la cruz de la vida, ya sea pasando de largo ante las cruces, que quedan tiradas allí, al borde del camino, ya sea anestesiándose para no sentirla cuando no se la puede evitar. Estas actitudes evitativas son todo lo contrario del cargar la cruz principal, de abrazarla, llevarla y morir en ella, con la esperanza puesta sólo en Dios que resucita a los muertos. Esta actitud es tanto para la cruz de cada día como para la definitiva.

            Contemplamos en el evangelio de hoy el efecto positivo que tiene la actitud decidida y generosa del Señor. Es un efecto sobre su juicio, sobre su discernimiento acerca de varias cosas distractivas que le plantean los que lo siguen. 

            Haberse decidido a ir a Jerusalén, donde sabe que lo espera la pasión a la que tiene que atravesar, sí o sí, hace, en primer lugar, que el Señor no pierda tiempo peleando contra los samaritanos que no lo quieren recibir. Los discípulos le preguntan si quiere fulminarlos haciendo bajar fuego del cielo. El Señor los reta y sigue su camino, se va a otro pueblo, se va donde lo reciban bien. Esta es la primera lección de la Cruz bien asumida, el signo de que uno se “ha tragado el sapo” principal y no les hace asco a los sapitos. La lección es no perderse en contradicciones secundarias; no andar hurgando para buscar problemas -que siempre se encuentran-; no perder tiempo discutiendo y peleando con cualquiera que se nos cruza por el camino… Estos son los frutos buenos de haberse decidido a cargar la propia cruz. 

            Las otras tres situaciones que discierne el Señor tienen que ver con los distintos modos que tienen estos hombres de esquivar la cruz, retardando la decisión de enfrentarla o poniéndole condiciones. 

            El primero, es uno que parece muy determinado y desprendido con su frase: “te seguiré adonde vayas”. Pero en ese “adonde” se esconde un reclamo: decime bien a dónde vas. Hoy podríamos calificar esta tentación como la que se esconde en el “paradigma tecnocrático”, del que habla el Papa. Es un modo de pensar que viene de la técnica y que contagia nuestra manera de pensar, de sentir y de aplicar el plan de Dios. Para seguir a alguien le exigimos que planifique y explique todo, pero con el plan de Dios las cosas no funcionan así. El Espíritu sopla donde quiere y no sabemos de donde viene ni a dónde va. El Señor lo único que sí tiene claro es la Cruz, y que, si pasa por ella, el Padre lo resucitará. Todo lo demás no es “planificable” ni “previsible”. No hay “proyecto” donde descansar la cabeza.

            El segundo, es uno a quien el Señor llama en persona. No sucedo así con los otros dos, que son ellos los que piden seguirlo y lo hacen desde su idea de Jesús y poniendo condiciones. A este, al que se le había muerto el padre, o lo estaba cuidando en su última etapa, el Señor lo llama a que lo siga al instante. Se nota entonces que los tiempos no coinciden. El tiempo del Señor ya tiene fecha de vencimiento. No volverá a pasar de nuevo por ese pueblo. El tiempo del otro está en un momento importante para su familia. Él está está haciendo una obra buena al cumplir con el mandamiento de honrar a su padre. Por eso, su pedido de esperar un poco es comprensible y razonable. Sin embargo, el Señor se muestra intransigente:  “Deja que los muertos entierren a sus muertos, le dice. En el diálogo se nota un juego de palabras: déjame, dice el hombre; deja tú, replica el Señor. Con los otros dos, las respuestas del Señor son respuestas de principio, los hace corregir sus ideas y expectativas proponiéndoles parábolas que los hagan reflexionar la de la zorra que tiene su madriguera y la del que está arando y mira para atrás. Con éste, en cambio, la interpelación es personal. 

            Debemos estar atentos a discernir bien entre cosas que son ideas nuestras, buenas en sí, pero nuestras, y los llamados directos del Señor. En esto no hay regla general y cuando el Señor llama directamente cada uno debe responder también directamente, no con excusas generales, ni siquiera de “mandamientos” y misiones dadas anteriormente. 

Un ejemplo de estos llamados directos es el que el Señor hizo a santa Margarita María de Alacoque y a san Claudio de La Colombiere para que anunciaran la “buena noticia” de la devoción al Corazón de Jesús. Buena noticia que no excluyen ninunga otra sino que las incluye a todas. 

Se trató de un llamado que el Señor preparó y llevó adelante insistiendo y haciendo superar mil dificultades a sus dos amigos. En el modo de dirigirse a Santa Margarita María, que solía expresarle esas dificultades que provienen de mirar las propias fuerzas, se percibe  el mismo tono que usa el Señor para con esta persona que nos presenta el evangelio.  Cuenta la santa: «No quería la Bondad Divina que yo recibiese consolación alguna sin costarme muchas humillaciones. La comunicación (que tenía con el padre La Colombiere) me las atrajo en gran número, y aun el mismo padre tuvo mucho que sufrir por mi causa, porque se hablaba de que yo quería engañarle con mis ilusiones e inducirle a error como había pasado con otros confesores. Ninguna pena le causaba esto al padre y no dejó de prestarme continuos socorros en el poco tiempo que permaneció en este pueblo, y siempre. Mil veces me he admirado de que no me abandonase también como los demás… Un día que vino a decir Misa en nuestra iglesia, le hizo Nuestro Señor, y a mí también, grandísimos favores. Al aproximarme a recibir la Sagrada Comunión, Jesús me mostró Su Sagrado Corazón como un Horno ardiente, y otros dos corazones que iban a unirse y abismarse en él, diciéndome: «Así es como une para siempre Mi Puro Amor estos tres corazones.» Y después me dio a conocer que esta unión era exclusivamente para la gloria de Su Sagrado Corazón, cuyos tesoros quería descubriese yo al Padre, para que él los diera a conocer y publicara todo su precio y utilidad. Con este objeto quería que fuésemos, como hermano y hermana, igualmente participantes en los bienes espirituales; y representándole yo acerca de esta misión mi pobreza y la desigualdad que había entre un hombre de tan elevada virtud y mérito y una pobre miserable pecadora como yo me dijo: «Las riquezas infinitas de mi Corazón suplirán e igualarán todo: háblale sin temor.» (Autobiografía, 43).

La santa le presenta al Señor la dificultad que siente al mirar su pobreza y la desigualdad que se nota si se compara con La Colombiere, pero el Señor le responde insistiendo que “le hable sin temor”, que le cuente todo como a un padre espiritual y que confíe en que el Corazón del Señor “suple e iguala todo” con sus riquezas. 

Ponemos el acento en lo personal del diálogo. Está bien que la santa (y el del evangelio) digan todo lo que sienten y que, luego, escuchen lo que el Señor personalmente les responde. Cuando hay una apelación personal no hay que hacerse el tonto y responder como si fueran cosas generales!

            El tercer ejemplo es el del que dice que sí pero posterga la cosa. No mucho, porque solo será despedirse de los suyos, pero posterga. Procrastinar se le llama a esto y es una tentación muy actual, dada la cantidad de posibilidades que nos ofrece la técnica para hacerlo. Dice el diccionario que significa “posponer o aplazar tareas, deberes y responsabilidades por otras actividades que nos resultan más gratificantes pero que son irrelevantes. Procrastinar es una forma de evadir, usando otras actividades como refugio para no enfrentar una responsabilidad, una acción o una decisión que debemos tomar”.

El Señor le responde con un ejemplo de su vida y de su actividad misma: «Uno que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios». El reino siempre es “para adelante”. El pasado queda en manos del Señor y no puede servir de excusa para no ir para adelante. 

            Si miramos bien, estas actitudes evangélicas tienen su analogía en las cosas de la vida, en el trabajo y en la gestión -no perder tiempo, mirar para adelante, centrarse en la tarea principal-, pero son, ante todo, actitudes que suponen poner todo el corazón. Cuando uno pone todo el corazón, sale solo ir a abrazar la dificultad principal, acudir a curar la herida más grande, ir cuanto antes a la misión, no posponer ni un segundo las cosas buenas que hay que dar y realizar.

El Señor, al mostrarnos su corazón, no solo como imagen pintada, sino haciéndonos sentir por qué late y se apasiona, actúa así con nosotros: no descansa hasta encontrarnos si nos hemos perdido; no antepone otras cosas si se trata de pasar un momento con nosotros, no mira nuestro pasado sino lo que podemos hacer junto a Él de ahora en adelante.

Diego Fares sj

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Tentación.jpeg

Jesús lleno del Espíritu Santo volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto, adonde estuvo cuarenta días, y era tentado por el diablo. En todos esos días no comió nada, y acabados ellos sintió hambre.

Le dijo entonces el diablo: –Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.

Jesús le respondió: –Está escrito: No sólo de pan vivirá el hombre.

Y lo elevó a un lugar alto y le mostró en un instante de tiempo todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: – A ti te daré el poder de esta totalidad (de reinos) y la gloria de ellos, porque a mí me lo han dado y se lo doy a quien quiero. Si tú te postras en adoración ante mí, será tuyo todo.

Jesús respondió: – Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él servirás dándole culto.

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en el pináculo del templo y le dijo: –Si eres Hijo de Dios, tírate abajo desde aquí; porque está escrito: ‘Dará órdenes a sus ángeles para que te guarden’; y también: ‘te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna’.

Jesús respondiéndole le dijo: –Está escrito: No tentarás al Señor tu Dios.

Y habiendo llevado hasta lo último todo género de tentación, el diablo se retiró de él hasta otro tiempo oportuno (Lc 4, 1-13).

Contemplación

La tentación del mal espíritu siempre tiene una trampa, alguna falacia o “verdad falsa”. Y el Señor nos enseña a discernirla, es decir a rechazarla, a no caer en ella.

Jesús habla con la Escritura, este es un primer detalle. Nos enseña a responder al mal espíritu no con palabras nuestras, sino con la doctrina, con la Palabra de Dios. Porque el diablo es astuto para enredarnos con las palabras cuando entramos en diálgo con él, es experto en confundir: en mentir, acusar, seducir y dividir. Lo vemos en el proceso de las tentaciones al Señor, vemos cómo aprende y en la última, en la que lo quiere seducir para se tire de la altura del Templo, usa la misma Escritura, el pasaje que dice que Dios “dará órdenes a sus ángeles para que te guarden”, y la refuerza con otro pasje que dice: “te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna”. Pero vayamos por orden.

En la primera tentación, nos fijamos no tanto en los objetos -la piedra y el pan- sino en que el demonio le quiere “hacer decir algo” a Jesús: “dile a esta piedra que se convierta en pan”. El maligno -que no ve nuestro interior pero sí lo deduce por la cara que tenemos y los gestos que hacemos- ha visto que Jesús tiene hambre, que está débil y demacrado por tantos días de ayuno. Se le acerca como dando por supuesto que sabe lo que siente, aunque no lo sepa en realidad, y se le mete en la fuente de las palabras, allí donde la necesidad o el deseo nos hacen “decir cosas”. Si nos fijamos, el Centurión le dirá luego la misma frase al Señor: “Dí una palabra y mi servidor se sanará” (Lc 7,7). Pero la dice con otra intención, humildemente, como nosotros antes de comulgar: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero dí una sola palabra y mi alma quedará sana”.

El Señor no dice lo que el mal espíritu le sugiere, no le habla a la piedra, sino que le responde a él, y  elige una palabra más amplia de la Escritura, una que enmarca mejor su deseo de alimento. Es verdad lo que el maligno da por supuesto, que Jesús tiene hambre. Es verdad también que su Palabra tiene poder para transformar la realidad, pero el Señor elige una frase que dice: “No solo de pan vivirá el hombre” -y que continúa afirmando- “sino de toda Palabra que sale de la boca del Señor”. La Palabra es alimento, no solo es instrumento para lograr lo que queremos.

Podemos sacar provecho para discernir entre palabras y Palabras. Hay un lenguaje que está al servicio de los deseos ocultos del que habla (de nosotros mismos y de los demás) y otro lenguaje que es distinto, es una Palabra alimento, una Palabra que se nos regala para sentir y gustar, como dice Ignacio, en Ella el amor y la Persona misma de quien nos habla. Una Palabra que es Pan de vida, que es Lámpara para nuestros pasos, Palabra viva, que calma la sed y alimenta el alma.

Hoy en día, el enemigo de la gente, nos distrae haciendo parecer que nos tienta con cosas, con objetos de consumo, con imágenes placenteras, con riquezas y vanidades…, pero esto es lo de afuera. En el fondo nos tienta en “lo que decimos”, tienta la Palabra en nuestra boca. Nos hace decir cosas siguiendo nuestros impulsos más primarios, lo que se nos ocurre, lo primero que nos viene. Las redes sociales están llenas de estas palabras fruto de impulsos y sabemos que, como dice el proverbio chino: “cuando estás airado, mejor no escribas cartas (y menos mandes un twett)”. Contra esta tentación de “decir” cosas, como si diciéndolas la realidad cambiara, el Señor nos enseña la mansedumbre de callar y de alimentar nuestra alma con la Palabra verdadera en nuestra oración de cada día. No solo de decir cualquier cosa vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.

En la segunda tentación, el diablo apunta no a las palabras sino a los gestos. Todo el despliegue de mostrarle en un instante de tiempo todos los reinos de este mundo en su esplendor y gloria -imaginemos los desfiles militares y los fuegos artificiales de fin de año de las grandes ciudades que le habrá mostrado como en un video clipo de dos minutos- apunta a un pequeño gesto: hacer que el Señor se arrodille, que se postre en adoración ante él.

El demonio, como dijimos, no tiene acceso a nuestro interior, por eso actúa sobre lo externo: nos quiere hacer decir cosas, nos quiere hacer hacer cosas. Aquí lo que pretende es que Jesús hinque una rodilla en tierra, que haga una genuflexión.

A veces basta un gesto y no hace falta arrodillarse. Una agachada a veces es cerrar la boca, asentir bajando la cabeza, dejar pasar una frase, agarrar un sobre, levantar la mano para votar (o abstenerse), dar un click. Uno sabe cuando “le hicieron hacer algo y lo hizo”. Arrodillarse es arrodillar el alma, someter la voluntad, consentir. Y uno sabe cuando consintió, cuando no se dejó comprar. Hoy hay muchas maneras de hacer socialmente aceptable estas agachadas ante el poder. Muchas veces con la excusa de tener poder para hacer el bien. Y aquí es donde está la tentación. El gesto lo dice todo: agacharse para tener poder. Detrás siempre está Satanás. Que es mal pagador. En el momento paga, pero después te lo cobra todo, y con intereses.

El Señor nos enseña que hay gestos que solo se hacen ante Dios nuestro Señor: “Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él servirás dándole culto”. No importa si nadie lo ve. El gesto de agacharse -de asentir-  implica reconocimiento personal e incide profundamente en nuestro ser. Es un gesto que nos totaliza y nos agarra enteros y nos pone en manos de otra voluntad. Por eso es tan grave, aunque no se vea. Esta tentación es de otro orden que la de convertir las piedras en pan. Seguir nuestros deseos es un amor egoísta, pero amor al fin. Es un amor que busca el propio bien de manera instintiva y superficial Pero como es deseo de un bien, cuando el pecador se encuentra con su Bien verdadero, lo sigue fácilmente, como lo seguían los pecadores y las pecadoras a Jesús. En cambio esto de “arrodillarse ante el demonio para tener poder” es otra cosa. Es vender la dignidad, es someterse a la voluntad de otro que hará con ella lo que quiera y habrá contado con nuestro asentimiento total. No se puede dar el propio voto para que otro decida lo que él quiera. Si lo decide, que lo haga, pero no con mi voto.

Para sacar provecho de esta enseñanza del Señor, encarnándola en nuestra situación actual, diría que además de la tentación obvia de “vender el alma al diablo por lograr poder”, hay una tentación más sutil todavía que es la de “no arrodillarse ante Dios para adorar ni ante el próimo para servir”. El demonio también nos tienta de no arrodillarnos explícitamente ante el Señor, nos tienta de no adorar. Adorar es tan básico y vital al espíritu como el aire al cuerpo. Y no adorar enferma el alma, crea un vacío existencial, un malestar y una angustia que debería ser fácil de diagnosticar. Tantas veces nos haría bien que alguien nos dijera, por qué no vas y te postrás un rato, con la frente en el suelo, y adorás a tu creador diciendo que no sos nada, que sos tierra, que no sabés nada ni podés nada ni poseés nada y que agradecés y reconocés que Él es todo, sabe todo y puede todo y te ponés en sus manos porque sos su hijo, su creatura y Él es tu Padre y tu creador. La adoración cura esa enfermedad del espíritu, ese el vacío existencial que nadie sino Dios puede llenar.

En la tercera tentación, como decíamos, nos fijamos en cómo el demonio aprendió (él aprende a ser más sutil y nosotros también podemos aprender de sus tentaciones si usamos las reglas de discernimiento y nos confrontamos con nuestro padre o nuestra madre espiritual (o director/a o compañera/o). El mal espíritu aprende y usa la misma Escritura (y doble) para tentar al Señor.

No hay que menospreciar esta tentación “bajo especie de bien” que usa palabras de la Biblia y la tradición. Si el Señor, que es el mismísimo Verbo en Persona, padeció esta tentación no podemos pretender que a nosotros no nos pasará.

Tiene algo de “ingenuamente maligno” esta tentación. Todas tienen algo burdo, pero esta más. Tentar a Jesús con el hambre, es muy humano y quizás poco sutil. Tentarlo con el poder y pedirle que se arrodille ante el demonio, pareciera algo totalmente desubicado. Y esto de retorcerle las palabras de la Escritura para realizar un acto inconsciente de arrojo por pura vanidad, también tiene algo que no encaja. Sin embargo, el Señor también experimentó este género de tentación y nos enseña a vencerla.

Una lección que podemos sacar es que, vista desde afuera o en otro, la tentación es reconocible y siempre tiene algo de patético, pero en el momento en que la sufre uno, la cosa cambia, y muchas veces parece irresistible en el contexto en que se da. Por eso es bueno tenerlas discernidas y tipificadas tal como el evangelio nos narra que las enfrentó el Señor. Para que cuando se nos presenten a nosotros podamos oler de entrada de cual se trata. Si es que el demonio nos está queriendo “hacer decir” algo, o está queriendo que “hagamos algún gesto” que signifique someter nuestra dignidad… O si, en las mismas palabras de la Escritura que alguien dice, se esconde alguna intención dañada.

Una cosa me llamó la atención hoy al rezar con esta tentación: el lugar a donde el diablo lleva al Señor para decirle estas lindas frases de la Escritura: el techo del Templo. Me hacía pensar que quizás no hay que fijarse tanto en la sugestión de tirarse al vacío, como si fuera una mera tentación de espectacularidad.

Aunque no lo parezca, esta tentación es la más dañina de todas, porque usa mal la Palabra De Dios. Fijémonos que el demonio que no logró hacer arrodillar el Señor, ahora lo sube a lo alto del Templo. Y allí usa la palabra de Dios esperando, quizás, que el Señor entre a dialogar con Él. Pero Jesús no dialoga con el mal espíritu, sino que le responde lacónicamente: “No tentarás al Señor tu Dios”, y lo obliga a retirarse.

La tentación, más que tirarse es quedarse charlando de teología con el demonio en el techo del Templo.

El Templo es para adorar a Dios adentro, en medio de la asamblea, presidida por los ministros, en comunión con la Iglesia. No para subirse al techo y desde allí querer dar cátedra, como hace el demonio.

Para sacar provecho, diría simplemente que se trata de una tentación intraeclesial, no se da ni en el desierto ni en el monte, sino en el Templo.

Es además una tentación de elite, no trata de panes ni de poder sino de teología: es acerca de la interpretación de la doctrina.

Opongo solamente dos imágenes. Una, la de los falsos pastores que hablan como si estuvieran por encima de todo -sobre el techo del Templo, más aún: en el pináculo-; la otra, la de los verdaderos pastores, los que hablan dentro del templo, en medio de la asamblea sinodal, junto con todo el pueblo de Dios.

Esta tentación es de los pastores. Pero el pueblo de Dios debe saber discernir.

Diego Fares sj

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En aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.
Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:
«Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».
El los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas:
«¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Pero nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para saquear sus bienes si primero no lo ata; entonces podrá saquear la casa.
En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».
Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
La gente que tenía sentada alrededor le dice:
«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
Él les pregunta:
«Quiénes son mi madre y mis hermanos?».
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mc 3, 20-35).

Contemplación

Este evangelio de Marcos aparece pocas veces en la liturgia dominical ya que el tiempo ordinario suele comenzar por el domingo 11, 12 o 13. De hecho, nunca me ha tocado hacer esta contemplación (desde el 2001 en que comencé a enviar las contemplacciones a algunos amigos que participaban en el Taller de Ejercicios de Regina).

Es un evangelio importante para retomar el ciclo litúrgico ordinario, luego de la Pascua y las fiestas grandes -Pentecostés, Trinidad, Corpus y Sagrado Corazón-. Importante porque comienza directamente, como hace San Ignacio, planteando la lucha entre Jesús y Satanás.

Acerca de esta lucha, decía nuestro Maestro, el Padre Miguel Ángel Fiorito, allá por el año 1956, en un artículo que tituló “La opción personal de San Ignacio: Cristo o Satanás” y que marcó el comienzo de su misión de formar a los jesuitas argentinos (dos años después, en 1958, entraría Bergoglio al Noviciado):  “Yo por mi parte confieso que hace tiempo vengo pensando en la espiritualidad ignaciana. Por lo menos, desde que hice mis primeros Ejercicios espirituales en serio sintiendo en mí un vaivén de espíritus contrarios, que poco a poco se iban personalizandoen dos términos de una opción personal” entre el Buen espíritu y el mal espíritu, entre Jesús y el Maligno, del cual pedimos al Padre que nos libre, cada vez que rezamos el Padrenuestro.

Marcos presenta a Jesús en tres lugares:

* primero en torno al lagode Galilea. El lago es el lugar de la predicación y de la misericordia. En torno al lago el Señor ha curado a tantos enfermos (el primer milagro fue curar a un endemoniado, ya que para Marcos es esencial la lucha del Señor contra el Maligno y contra todo tipo de mal);

* luego la Montaña, donde llama e instituye a los doce para que “estuvieran con Él y para enviarlos a predicar”. La montaña es lugar de contemplación y de trato íntimo con el Señor en la oración-;

* y por fin la casa, el lugar de las elecciones y los problemas de la vida cotidiana.

Curiosamente, la lucha contra el Maligno se infiltra en la vida familiar. No se da sólo “en la calle”. Los “teólogos” del tiempo -los escribas- hacen campaña contra Jesús haciendo correr la voz -de modo que le llegue a sus parientes- de que Jesús está “sacado”. “Tranquilícenlo porque está fuera de sí”, “háganlo entrar en razón ustedes que son sus familiares”… Ese es el mensaje…

Al mismo tiempo, lanzan públicamente -en medio del pueblo de Dios- la acusación terrible de que está endemoniado. “Expulsa a los demonios con el poder del Jefe de los demonios!”

Esta acusación, violenta en una sociedad teocrática, revela de entrada lo que ya han concebido en su corazón: demonizar a Jesús es instalar la idea de que hay que matarlo, exterminarlo, no queda otra.

Reconocen su autoridad para expulsar demonios porque no pueden negar los hechos, pero tergiversan totalmente su significado. Tres años después, cuando muevan la cabeza frente al Señor crucificado, recordarán que ya lo habían dicho: uno que no puede salvarse a sí mismo es uno que todo lo que hacía lo hacía con el poder de Belzebú. Esa es su “teología”: la de un Dios que si no se salva a sí mismo, no es Dios”.

Cuando hablamos del Maligno, de Satanás, del Demonio o Diablo, tenemos que esta atentos a una “operación mediática” que el Padre de la Mentira, como también lo llama Jesús, realiza en cada época. La operación consiste en promover una imagen desactualizada de sí mismo, de modo que uno le pierda el miedo y eso lo lleve “a bajar la guardia, a descuidarnos y quedar expuestos” a sus engaños (EG 161), como bien nos advierte el Papa Francisco.

El mal es algo muy real en nuestra vida: la inseguridad, el que te puedan robar y matar, los bombardeos y los atentados terroristas que se cobran vidas inocentes, los millones de personas -tantos niños- que sufren hambre, que tiene que huir de su tierra. Y también el mal que se mete entre los que nos queremos: las peleas en familia, la infidelidad entre los que se prometieron amor…

Tanto mal no es algo “natural”. La naturaleza no odia ni miente. El mal que más nos destruye es el que tiene detrás una intención personal de hacer daño.  Esa intención sufre dos tentaciones: una la de que nadie se haga cargo. La otra, la de hacernos cargo nosotros o hacer cargo a otra persona de la totalidad del mal. Es verdad que somos “cómplices”. Pero no hay persona humana individual que sea culpable de todo el mal.

Aquí es donde podemos dejar la cuestión “entre paréntesis” o escuchar a Jesús que nos dice que hay un Maligno, uno que instiga y cosecha todo mal.

Al escuchar esto, tenemos que estar atentos a que no nos juegue en contra “la imagen desactualizada” de la que hablaba. Porque si pensamos a este autor del odio y la mentira con cuernos y fuego y describimos su accionar con posesiones diabólicas y gente que se retuerce y habla idiomas extraños, entonces nuestra mente lo pondrá “entre paréntesis”, se negará a creer que detrás de los males concretos esté alguien así.

El Papa interviene en este punto y expone las cosas de esta manera: “El Maligno no tiene necesidad de poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras reducimos las defensas (y nos negamos a ponerle nombre personal y a enfrentarlo como la persona que es y lo dejamos en el “anonimato”) él aprovecha para destruir nuestra vida, la de nuestras familias y la de nuestras comunidades, porque “como león rugiente ronda buscando a quien devorar” ” (1 Pe 5, 8)”.

En el capítulo V de su Exhortación apostólica Alégrense y exultenFrancisco nos da una clave muy útil y concreta para desenmascarar al Demonio y hacernos ver su rostro real, actualizado! Dice el Papa: “La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida” (GE 159).

Nos detenemos en la conexión entre “tentaciones del diablo” y “anuncio del Evangelio”.

Las tentaciones del Maligno van directamente contra la Alegría del Evangelio, contra el anuncio de las Bienaventuranzas, que son el corazón latiente del Evangelio y contra Mateo 25, que nos da el criterio para discernir si somos o no dignos del cielo y lo pone en las obras de misericordia -tuve hambre y me diste de comer…-.

Otras “tentaciones” y “acciones del Maligno”, no son hoy algo que él se tome el trabajo de realizar personalmente. Decía un periodista que en la Italia actual, alguno podía estar tentado a pensar que la mafia ya no existe dado que han disminuido tanto los asesinatos personales. Aunque esto sea un dato estadístico no significa que haya desaparecido la mafia. Lo que sucede es que hoy la droga le da tanto dinero que no necesitan matar gente. La pueden comprar! Esta imagen puede ayudarnos a no ser ingenuos pensando que el Demonio no “actúa personalmente” tentándonos. Lo que sucede es que su campo de acción contra Jesucristo (no olvidemos que el Demonio se muestra “como persona” en relación a la Persona de Jesús. Nosotros no le interesamos realmente sino en cuanto “somos de Jesús”) no es hoy el terreno de los vicios tradicionales, por decirlo de alguna manera. En ese terreno ya nos ha “comprado” y nos tentamos solos. En cambio sí se concentra en atacar “el anuncio del Evangelio” y a los que lo anuncian con alegría y dando testimonio con su vida.

En el pasaje de hoy vemos cómo la táctica de los secuaces del Maligno consiste en desacreditar a Jesús, publica y familiarmente, de modo tal que su Evangelio salvador, el que nos pone en contacto filial con el Padre de las Misericordias, pierda poder salvador al entrar en conflicto con estas dudas que siembran en la gente.

La mejor imagen del Maligno para nuestra actualidad es una aparentemente inofensiva: la que el Señor pone al comienzo de la parábola del Sembrador, cuando habla de una parte de la semilla que “cayó a lo largo del camino (y) vinieron las aves y se la comieron”. El Señor explica así la parábola: “Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos” (Mc 4, 4-15). No por nada la parábola del Sembrador viene inmediatamente después de la parábola de Satanás que leemos en el evangelio de hoy.

La imagen parece inofensiva, porque pinta a Satanás como esas “aves del cielo” que se comen las semillitas que caen de la bolsa del Sembrador mientras va de camino. Sin embargo, este “robo” de las semillas antes de que tengan tiempo de ser ni siquiera sembradas, es la acción personal más destructiva y decidida del Demonio en el mundo actual. Nos roba la Palabra antes de que nos demos cuenta de que era una Palabra del Señor para nosotros. Este es el nombre y el rostro que le tenemos que poner a Satanás, al Maligno, al Mentiroso, en la actualidad: es el rostro de uno que está detrás de todo aquel o aquello que nos roba la Palabra de Jesús. La roba o la ensucia o la tergiversa o la reduce o desacredita al que nos la predica… Si algo se tira contra la humildad, la lindura, la transparencia y la ternura de toda Palabra de Jesús, es Alguien que tiene nombre propio: el Maligno.

Me impresiona que en la explicación el Señor habla de “la Palabra sembrada en ellos”. Es decir: la Palabra tiene fuerza como para crecer en cualquier terreno, también en el camino. Si en otros terrenos hay que protegerla contra las piedras y los yuyos, aquí hay que protegerla directamente del Maligno.

Puede ser una imagen de estar atentos a una acción personal que el Maligno desempeña en la vida pública, en los medios, allí donde hoy se juega casi la totalidad de nuestra vida que casi no tiene “terrenos protegidos” donde pueda crecer en paz una semilla, sino que todo es hoy “camino”.

Qué nos dicen estas dos parábolas de Jesús, que anteceden a la del Sembrador y vienen a ser “las primeras parábolas del evangelio de Marcos” (esto lo digo sin ninguna autoridad “exegética”, tomando pie solamente a que Marcos dice que Jesús: “llamándolos junto a sí (a estos escribas o “comentadores”) les decía en parábolas…”).

Son dos parábolas muy difíciles de comprender si no les pescamos el punto justo. A mí me ayuda pensarlas al modo de San Ignacio que, cuando habla del mal espíritu, lo hace humildemente, sin pontificar ni hacer definiciones dogmáticas sino describiendo un modo de actuar que “comúnmente” tiene el enemigo de nuestra naturaleza humana.

Si pensamos así estas parábolas, lo que Jesús les responde a los escribas es que sería muy raro que el demonio actuara así, haciendo un bien para lograr un mal. No es lo que acostumbra: el demonio si te da un placer para que hagas el mal también te escupe el placer y te lo arruina, tarde o temprano. No es bueno ni siquiera con los otros demonios! mucho menos con sus cómplices humanos.    El demonio es autodestructivo y malo hasta consigo mismo, cuánto más con los demás!

Jesús les dice que si el demonio sigue la lógica que ellos proponen, entonces está perdido. Si usa su poder contra sí mismo y el Jefe se la agarra contras los demonios menores, entonces es que ha llegado su fin.

La lógica de los escribas es aparentemente sutil y entradora: ellos tratan de hacer pensar a la gente que Jesús sigue el camino de los estafadores, que te regalan algo para robarte o la lógica del enemigo que te salva de un peligro menor para hacerte un mal mayor. Es la táctica más usada por el demonio que, cuando nos propone un placer agranda el beneficio y desestima el peligro que conlleva. Esta lógica no funciona para los casos de las personas concretas que el Señor ayuda. Para aquel que es liberado de un demonio o curado de una enfermedad concreta que lo atormenta, el bien que le hace Jesús es tan real y concreto que es blasfemo decirle que el Señor lo cura con la intención de hacerle luego un mal mayor! Este discurso de los escribas no va destinado a la persona curada (que como el ciego del evangelio de Juan, defenderá a Jesús contra todos los que opinan diciendo “lo que yo se es que era ciego y ahora veo”). Es un discurso que va “al público en general”, tratando de dañar a otros y usando, ellos sí, al que Jesús sanó, para hacer un mal y sembrar la duda en los demás.

El Señor propone otra lógica más simple: si hay personas que realmente son libradas del mal y curadas, es señal de que “vino uno más fuerte” que el demonio.

Así de claro y simple.

Y luego contra ataca con la condena más fuerte de todo el Evangelio: decir que el bien concreto es “un medio para hacer un mal” es un pecado contra el Espíritu Santo, un pecado que no tiene perdón porque es como un ataque terrorista que destruye y se autodestruye. Si alguien me ataca en mi capacidad de reconocer el bien y el mal, ese es mi peor enemigo. Y a ese padre de la Mentira, a ese que ha destruido en sí mismo su capacidad de reconocer el bien y por eso se ha convertido en El Maligno, le digo: En Nombre de Jesucristo, aléjate de mí -de nosotros-. Y al Padre le ruego -le rogamos- líbranos del Maligno, que nos quiere robar la Palabra y pretende hacernos sentir separados  del Amor de Cristo

Diego Fares sj

 

 

 

 

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Jesús, para mostrarles que es necesario orar siempre sin desanimarse

les proponía una parábola diciendo:

«Había un juez en cierta ciudad que no temía a Dios ni le importaba lo que los hombres pudieran decir de él.

Había también en aquella misma ciudad una viuda que recurría a él siempre de nuevo, diciéndole:

“Hazme justicia frente a mi adversario.”

Y el Juez se negó durante mucho tiempo. Hasta que dijo para sí:

“Es verdad que yo no temo a Dios ni me importan los hombres, sin embargo, porque esta viuda me molesta, le haré justicia, para que no venga continuamente a fastidiarme” (no vaya a ser que termine por desprestigiarme con sus enredos)».

Y el Señor dijo:

«Oyeron lo que dijo este juez injusto?

Y Dios, ¿no se apresurará en auxilio de sus elegidos, Él que los escucha pacientemente, cuando día y noche claman a él? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia.

Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18, 1-8)

 

Contemplación

La parábola es sobre el Padre.

Sobre el Padre Presente y Atento, lleno de cariño para socorrernos y rápido para actuar.

En segundo lugar, se habla sobre la insistencia en la oración. Pero en primer lugar para Jesús está revelar esta imagen de su Padre y Padre nuestro.

Porque detrás del desánimo en la oración puede estar la imagen de un padre ausente. Y el mal espíritu que la fogonea con razonamientos falaces…

  • Tu padre no te escucha. ¿Para qué le rezás…?
  • ¡Claro que los escucha! Es vuestro Padre, ¿cómo no los va a escuchar?

Aquí, al igual que en la parábola del hijo pródigo, lo que Jesús quiere es revelarnos cómo está de atento y cuán presente está el Corazón de nuestro Padre Misericordioso. No cae un pajarito, dice en otro lado Jesús, sin que mi Padre “esté”, sin que lo sienta caer sobre la hierba y lo reciba en sus Manos Buenas.

El Señor hace contra enfáticamente a esa insidia del demonio que nos induce a pensar que, porque a veces tarda o no nos da lo que pedimos, nuestro Padre no nos escucha.

Y el Señor va con fuerza contra esta tentación poniendo el ejemplo del juez inicuo, que es realmente detestable. Como diciendo, si hasta uno así escucha y sabe, cómo no va a saber tu Padre.

Un juez a quien no le importa la justicia es la peor peste que puede tener una sociedad. El juez inicuo es peor que el rico insensible. Y el hecho de que se vea en la obligación de hacer justicia a la viuda sólo por cuidar su imagen, lo vuelve más falso todavía. Los que están en otros cargos públicos de la sociedad pueden cometer faltas, pero un juez que introduce la mentira en la justicia misma, corrompe de raíz toda la vida social. Pues bien, hasta un personaje como este –dice Jesús- es capaz de escuchar. ¡Cómo no nos va a escuchar nuestro Padre!

No solo nos escucha, sino que Jesús da testimonio de que nos escucha con todo su corazón. Eso quiere decir que escucha con paciencia y con magnanimidad.

Y además, se apresura en venir a nuestro auxilio.

Más aún: nos hace justicia en un abrir y cerrar de ojos.

Algo así sólo pasa en una familia. Cuando una madre, apenas siente que su hijito pequeño grita, corre a ver qué le pasó y si se ha caído o ha quedado encerrado, inmediatamente lo socorre y consuela su llanto.

Así obra nuestro Padre, dice Jesús.

Uno duda. Pero convengamos que las dudas no son espontáneas ni naturales.

¿Acaso un hijo pequeño duda intelectualmente de su madre o de su padre?

No. La vida no se estructura desde la duda y la sospecha. La vida confía y cree en el amor.

Somos creados para alabar y adorar… y para no dudar.

La duda viene después. Es tentación. Fue un enemigo el que sembró la cizaña de la duda en mi corazón.

El niño cree en el amor. Por eso llora desconsoladamente e insiste hasta que es escuchado. Es más, a veces los chicos pequeñitos, cuando se caen o golpean, antes de llorar buscan con la mirada a su mamá y, cuando la ven, recién ahí sueltan el llanto.

Por eso uno tiene que examinar qué ideas falaces se le metieron en la cabeza y cómo sin espíritu crítico las dejó crecer y permitió que le fueran instilando estas sospechas y dudas.

Jesús, en cambio, apunta a nuestro instinto filial para disolver toda imagen falsa de un Dios sordo, que no escucha, a quien no le importa…

Él es la prueba viviente de que el Padre sí nos escucha. Y da la vida para testimoniarlo.

“Te doy gracias Padre. Yo sé que Tú siempre me escuchas” (Jn 11, 42).

Reconocemos en el Dios de la parábola al Padre misericordioso que corre a abrazar al hijo pródigo que regresa. Ese estar atento y verlo venir desde lejos, es lo que Jesús describe aquí como un “apresurarse a socorrer a sus elegidos”.

Y el abrazo del Padre misericordioso al hijo pródigo es equivalente a este “hacer justicia en un abrir y cerrar de ojos”. El Padre lo arregló a su hijo con ese abrazo.

Así, esta imagen entrañable es la que Jesús quiere que nos grabemos en el corazón. Para que cuando vayamos a rezar y a pedir algo que necesitamos mucho, no perdamos ánimo si es que nos parece que Dios tarda una eternidad en venir a ayudarnos.

Jesús promueve esta fe y esta confianza imperturbable en el Padre. Como si nos dijera: ¡Tomen en serio a Dios! El hace milagros y su misericordia con los suyos es la cosa más cierta que hay. El escucha siempre la oración de sus elegidos.

Ahora bien, así como es una tentación grosera consentir al pensamiento del mentiroso y del acusador que nos tienta diciéndonos que Dios no nos escucha, también es una tentación –más sutil quizás- intentar explicarlo con frases hechas y cayendo en lugares comunes.

Esta tentación hace que, con el tiempo, uno termine por desilusionarse peor que cuando se queja con enojo. Es mejor quejarse amargamente como Jesús, diciendo: “Padre, por qué me has abandonado”, que tapar la queja con razonamientos del tipo: “Si no te da lo que querés ahora es porque no te conviene o te lo dará después…”. Estas frases hechas, que a veces usamos para contrarrestar la queja de alguno que sufre o para contentarnos a nosotros mismos, son una tentación.

Jesús no dice: Dios te escucha, pero dentro de su plan racional, lo que vos le pedís te lo dará a su debido tiempo. Jesús dice que el Padre se apresura a socorrernos y que nos hace justicia en un abrir y cerrar de ojos. La imagen es la de un padre que corre a socorrer a su hijito, no la de un funcionario que te hace hacer la cola y te muestra a todos los demás que también están pidiendo lo mismo. El consuelo es personal, más allá de “la cosa” que pedimos. Los papás explican por qué actúan de una manera y charlan con sus hijos…

Entonces, para reflexionar y meditar y para corregir nuestras imágenes falsas –racionalistas y sentimentalistas- de Dios, es mejor tomar en serio las palabras que usa Jesús.

Si quiero ver la acción de mi Padre tengo que tratar de ver –con los ojos de la fe- dónde “se apresura” a socorrerme.

Y también tengo que entrenar mi mirada para captar su justicia, porque, así como se hace en un abrir y cerrar de ojos, así también si se pasa el momento, hay que volver a estar atentos. La justicia, como es virtud relacional, está en constante cambio. Basta una nada para desequilibrar la balanza…

Me gusta mucho esta imagen de un Dios velocísimo –más que Flash-, de un Dios que obra en “abrires y cerrarses de ojos”. Podríamos decir que la de hoy es la Parábola del Padre que hace justicia: nos socorre en la cercanía de Jesús a toda velocidad.

Así como está instalado que Dios obra en la pequeñez, tenemos que instalar también que Dios obra “rápido”.

La imagen clásica es que Dios obra a laaargo plazo,

que sus cosas son “eternas”,

que su obra se ve luego que pasan generaciones y generaciones…

Esto es verdad, pero es solo un polo de la verdad.

Porque el otro polo es que este Dios que espera miles de años, de repente comienza a obrar…

Y Jesús se encarna en lo que dura el Sí de la Virgen.

Y cuando se viene el parto, los agarra donde los agarra y tuvo que nacer en el pesebrito de Belén.

Y lo mismo pasó cuando salió a predicar.

Estuvo el Señor largos años en la tranquilidad de la vida de Nazaret, pero cuando comenzó su vida pública todo se volvió vertiginoso.

Todo fue ya, ahora, sólo esta vez.

El Señor pasó haciendo el bien y al que se le pasó se le pasó para siempre

y los que, como Bartimeo y Zaqueo y Juan y Pedro y el leproso agradecido y el paralítico y la hemorroisa y la Magdalena y el sordo y la de la espalda encorvada y el chico de los cinco pancitos…, lo pescaron al vuelo, el Señor los curó y los bendijo en “un abrir y cerrar de ojos”.

El Dios rápido que nos revela Jesús es su Padre.

Por eso, es en la cercanía de la carne de Jesús que el tiempo se vuelve veloz y que las cosas buenas suceden rapidísimo y a cada momento.

Lejos de Jesús, pareciera que Dios se vuelve más lento, como indicándonos que no nos alejemos de la fuerza de gravedad benévola con que nos atrae el peso del amor de Jesús.

Así, nuestra fe debe estar atenta a cómo hace justicia Dios en Jesús, en un abrir y cerrar de ojos.

¿En qué podríamos ver que Dios hace justicia hoy a sus elegidos?

Como la justicia del Padre se realiza en la cercanía de Jesús,

es algo que cada uno solo lo puede ver en su propia vida.

No nos es dado verlo siempre “en general”.

Yo puedo dar testimonio de que el Señor ha sido justo siempre conmigo.

Y no solo justo, sino muy paciente y bondadoso con mis defectos

y generoso en extremo con las gracias y dones que una y otra vez me ha dado y vuelto a dar cada vez que malogré una oportunidad.

Y que si no ha hecho más conmigo no es solo por mis pecados sino por su gran sabiduría, para no sacarme antes de tiempo del horno y que le saliera medio crudo o mal levado o inmaduro.

Si miro mi vida no puedo sino ver cómo, cada vez que incliné mal la balanza, el Señor compensó mis desequilibrios; y cada vez que empecé a desbarrancar, él se me puso al lado y me fue subiendo, con su tranco firme y sereno, como decía Brochero que había que sacar a la gente díscola que se desbarrancaba, sin darles coces y empujándolos suavemente con el anca, como su mula. Así ha obrado el Señor conmigo.

El discernimiento espiritual, como dice el Papa Francisco, es cosa del momento. Cuando uno discierne, elige el bien que el Señor le ofrece y rechaza el mal que le presenta el mal espíritu, en un abrir y cerrar de ojos, encuentra socorro, consuelo y se le hace justicia. Pero estos abrires y cerrares de ojos de la justicia de Dios sólo se pueden experimentar en la propia experiencia personal.

Brochero utiliza una palabra linda para esto del abrir y cerrar de ojos. Decía en 1905: “He podido pispear que viviré siempre, siempre en el corazón de la zona occidental, puesto que la vida de los muertos está en el recuerdo de los vivos”. El santo cura, con sus ojos ciegos casi al remate, nos enseña a pispear con picardía y fe en las cosas de nuestro padre Dios.

Mañana, si Dios quiere, en un abrir y cerrar de ojos, el Papa Francisco lo declarará santo y su vida y obras quedarán transfiguradas ante nuestros ojos, en la fe.

Diego Fares sj

 

 

 

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La fe de José: creer en Jesús en medio de la vida ordinaria

Y Jesús comenzó a decirles:
– Hoy se ha cumplido esta Escritura en los oídos de ustedes.
Todos daban testimonio en su favor y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios y comentaban:
– Pero ¿acaso no es éste el hijo de José?
Él les dijo:
– Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio: «Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria».
Sin embargo añadió:
– De verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su patria. De verdad les digo que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta, en la región de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel al tiempo de Eliseo el profeta, y ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.
Y se llenaron de ira todos en la sinagoga al oír estas cosas. Y levantándose, lo arrojaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo. Pero El, abriéndose paso por en medio de ellos, seguía su camino” (Lc 4, 21-30).

Contemplación
Como en la contemplación del Pan de Vida del año pasado (Domingo 19 B), la mención a San José es para mi una invitación a contemplar la Figura de nuestro Patrono y Protector. Son contadas las veces que San José aparece en el evangelio y, así como no hay que forzarlo a salir del silencio y del ocultamiento amoroso propios de su misión, tampoco hay que dejarlo pasar desapercibido cuando aparece. De contemplarlo en silencio podemos sacar mucho provecho para nuestra relación de fe con Jesús.

Meditando en la frase “Pero ¿acaso no es éste el hijo de José?”, me llama la atención que las mismas palabras tengan sentidos distintos en Juan y en Lucas. Las respuestas de Jesús nos revelan cómo Él entendió intenciones diversas en cada ocasión.
En el evangelio de San Juan, los Fariseos ‘ningunean’ al Señor cuando les revela que Él es “el Pan bajado del Cielo”. Con ironía se dicen entre sí: “Pero ¿acaso este no es el Hijo de José?. ¿Cómo es eso de que ha bajado del Cielo?”. Notábamos cómo Jesús no dejó pasar la frase. No sólo por un cariño natural a su padre adoptivo sino para que aprovechemos en la fe, uniendo la imagen de San José a la de la Eucaristía, Pan del Cielo.
Contemplamos nuevamente cómo para Jesús la imagen del pan está unida a ese pan cotidiano que San José, como padre de familia hebrea, bendecía y partía con amor en la mesa familiar. Jesús no es Pan “caído de un Cielo extramundano”, es Pan que viene de un Cielo que es la Intimidad Amorosa del Padre con el Hijo. Y esta Intimidad –este Reino de los Cielos – brota desde adentro del corazón humano de Jesús. A ese corazón María le brindó su carne purísima y San José un hogar. Ese hogar, en el que José partía el pan, fue durante muchos años el espacio terreno del Cielo, de la intimidad de Dios. Como dice el Card. Suenens en su hermosa “Carta a San José”: “Que misterio el hogar de Nazaret, esta degustación anticipada del cielo sobre la tierra”.

En el evangelio de hoy la frase es la misma –¿acaso no es éste el hijo de José?-, pero la tentación de los paisanos de Jesús no es la de menospreciarlo por ser hijo de José sino la de exigirle trato especial por ser de los suyos. Lo deducimos de la respuesta del Señor. Les dice: “Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio: ‘Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria’”.
Jesús pesca que lo consideran uno del pueblo y que el reproche va por el lado de los celos. ¿Por qué hacés milagros en otro lado? Tanto tiempo con nosotros sin darte a conocer y ahora resulta que volvés lleno de fama…
En el caso de los Fariseos la tentación de murmurar con ironía proviene de corazones totalmente cerrado de antemano. Entre los paisanos de Jesús la tentación tiene otra raíz. Primero quedaron encantados con Jesús, “todos estaban admirados por las palabras de gracia que salían de sus labios”.
Es notable cómo el mal espíritu puede mete su púa venenosa en el corazón mismo de una gracia y hacer que termine mal algo que comenzó bien!
La imagen de José fue utilizada para escandalizar!
Si es el hijo de José, tiene que hacer milagros aquí.

Resulta evidente que el Señor provoca a los que se tentaron con esta frase, porque les adivina lo que están pensando y agudiza la confrontación: “ningún profeta es aceptado en su patria”, les dice. Y para peor pone dos ejemplos de milagros hechos a extranjeros.
Digo provoca, pero no como provocamos nosotros. El Señor provoca amorosamente, con la esperanza de suscitar la fe en el corazón que está bajo la influencia de la tentación, que lo ciega manipulando sus pasiones. Lástima que no tengamos la grabación del diálogo, porque el tono de voz y la mirada de Jesús agregarían muchísimo a las frases escritas.
Podemos imaginar, sin embargo, que el Señor no les habló de manera hiriente. Aunque les haya soltado una serie de verdades duras de tragar. Tenemos muchos ejemplos de respuestas duras del Señor –a su Madre, a la Sirofenicia…- que en corazones buenos producen el efecto maravilloso de un notable aumento de fe y no de un rechazo.
Las mismas palabras a unos los hacen entregarse por entero a Jesús, con un acto de fe radical y a otros, en cambio, les endurecen más el corazón y los llevan a obstinarse en el alejamiento de la bondad de Dios. Qué misterio!
Y es la carne del Señor, su humanidad el ser “el hijo de José”, la piedra angular de la fe, que es también piedra de escándalo.

Recuerdo que cuando estaba por entrar en el Noviciado tuve que completar un trámite para la excepción del servicio militar y, en la cola que hacíamos en el Regimiento, me arrepentí y fui a decirle al padre Pangrazzi, que era mi director espiritual, que iba a esperar un poco. Que pensaba que era mejor hacer un año de colimba y luego decidir si entraba en la Compañía. El me escuchó y con bastante ironía me dijo: “Qué le vamos a hacer. Ya veo que nunca te vas a decidir”. Fue como un puñal que me hizo salir lo más hondo del corazón, y ahí nomás volví al Regimiento, completé el trámite (quedé demorado unas horas porque en esa época los que trabajábamos en el Barrio San Martín, en Mendoza, éramos sospechosos) y… aquí estamos. Siempre recuerdo esa palabra fuerte que me ayudó a jugarme.

Los paisanos de Jesús podrían haber tomado bien sus palabras. Le podrían haber dicho:
“Señor, auméntanos la fe”.
“Perdón por no haberte reconocido antes”.
“La verdad es que siempre notamos algo especial en Vos, en María, tu Madre y en José… Es que la humildad de ustedes guardaba muy bien el secreto… Pero ahora reconocemos que Vos sos el Mesías, el Hijo del Dios bendito”.

Jesús arrancaba estas confesiones de fe de los corazones que lo habían estado esperando, de los corazones buenos y humildes, que no le ponían peros ni condiciones a la revelación de Dios. Los ejemplos de la Viuda de Sarepta y de Naamán el Sirio son muy lindos. El general Sirio se deja sacar de su enojo con el profeta por las palabras sensatas de una criada y cumple con la condición “fácil” de bañarse siete veces en el Jordán, aunque sienta que los ríos de su patria son mucho mejores. Es que quería curarse de verdad. Y la pobre viuda no pone reparos en prepararle una tortita de pan a Elías con el poco de harina y de aceite que le quedaba. Dios le hace el milagro de que no se le agote nunca más la tinaja de harina ni la orza de aceite y, además, Elías le resucitará a su hijo, cuando poco después de haberlo hospedado, caiga enfermo y muera.

¿Y cómo entra San José en este pasaje tan lleno de imágenes?

Si vamos a lo esencial, lo que Jesús les dice a sus paisanos es que él no es un hacedor de milagros mágicos sino Alguien que obra allí donde encuentra fe. Les reclama la fe.
Pero ¿Qué tipo de fe?
Una fe como la de su padre. La humildad de la fe de José es más grande que la de Naamán el Sirio y que la de la viuda de Sarepta, porque José hace todo lo que el Angel de Dios le dice sin chistar ni protestar nunca, sin poner objeciones ni mostrar decaimientos de ánimo. Pero quizás lo más provechoso para nosotros de la fe de José sea lo de vivirla en la vida ordinaria.
Santa Teresita, refiriéndose a su devoción a San José, decía:
“Lo que más me edifica cuando medito el secreto de la Sagrada Familia es la idea de su vida del todo ordinaria. La Santísima Virgen y San José sabían ciertamente que Jesús era Dios y, sin embargo, muchos misterios les estaban ocultos y, como nosotros, vivían de fe. ¿No le ha extrañado esta afirmación del texto sagrado: “ellos no comprendieron lo que les decía?”. Y aquella otra, no menos misteriosa: “Sus padres estaban maravillados de lo que se decía de Él” ¿No es de creer que aprenderían algo? Porque esta admiración arguye alguna sorpresa”.
Vemos que la no comprensión y la admiración, a María y a José los llevaron a sumergirse más hondamente en el misterio de la fe. Por eso Jesús replica tan fuerte a sus paisanos. Usan a su padre para rechazar la fe en Él siendo que precisamente en José está la clave para tratar a Jesús, para creer en Él sin que nos haga ningún favor especial por ser de su familia. La fe lleva a más fe y a más amor, no a hechos milagrosos externos. La fe lleva a cuidar a los otros, no a lograr favores especiales para uno mismo.
No se trata de una tentación menor. Lo de “cúrate a ti mismo” se repetirá en la Pasión, cuando le digan: “Si eres el Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y baja de la Cruz”. San José y María son un ejemplo extendido en el tiempo de una fe que va madurando el amor al prójimo, renunciando cotidianamente a los propios intereses. La vida enteramente ordinaria de José y María conviviendo con Jesús es escuela de fe.
Una fe que los lleva a salir de sí constantemente para sumergirse más y más en Jesús. No miran lo que Jesús podría hacer por ellos sino lo que ellos pueden hacer por Jesús. Y en eso encuentran mayor felicidad.
Una fe que los hace adaptarse a los ritmos de Jesús, que de golpe se les escapa y luego vive largos años sujeto a ellos.
Una fe que los hace salir de sus expectativas para esperar los tiempos de Dios.
A veces habrán querido apurar a Jesús y otras les habrá parecido que no pasaba nada… El silencio simple y rotundo de Nazareth es la respuesta de José y María, de la fe de José y María, cuyo fruto es luego su relación con Jesús maduro. ¡Dejaron que Jesús creciera en el interior de su hogar y de sus corazones!

Por eso Jesús los provoca a sus paisanos. En la frase que usó alguno que estaba tentado se encuentra la clave para una gracia.
Este es el hijo de José.
Felices nosotros que hemos convivido con él sin saberlo.
Podemos ahora dejar que nos explique todo lo que aprovechó de nuestra vida ordinaria para ir madurando y llegar a revelarse plenamente como Hijo de Dios.
Felices de nosotros que estuvimos cerca suyo.
Cuántos beneficios nos hizo en pequeños detalles, sin que nos diéramos cuenta!
Somos el más privilegiado de los pueblos.
Dios ha querido habitar entre nosotros y compartir nuestra vida.
Nuestra vida sencilla es valiosa a los ojos del Señor…
Jesús les reclama una fe que, si miran bien, es cercana a ellos, ya que han convivido con María y con José.
Que nuestro Patrono y Protector nos conceda la gracia de su fe silenciosa que le ensanchó el corazón con el gozo de vivir con Jesús y María una vida común.
Diego Fares sj

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