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Posts Tagged ‘sinceridad’

            (Después de escuchar la parábola de la invitación a las bodas) Se retiraron los fariseos para consensuar cómo podrían “agarrar a Jesús en alguna de sus afirmaciones”.

Le enviaron a varios de sus discípulos con unos herodianos para decirle:

– Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas fielmente el camino de Dios, que contigo no va el respeto humano, porque no te fijas en la categoría de las personas. Dinos, pues, a nosotros, (a la luz de la Ley) ¿qué te parece? ¿Es lícito dar el tributo al César o no?

Pero Jesús, conociendo su mala intención, les dijo:

– ¿Por qué me tienden una trampa, hipócritas?

Muéstrenme la moneda del tributo.

Ellos le presentaron un denario.

Y Él les preguntó:

– ¿De quién es esta imagen y esta inscripción (“Emperador Tiberio, hijo adorable del dios adorable”)?

Le respondieron:

– Del César.

Jesús les dijo:

– Devuelvan al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Sorprendidos al oír aquello, lo dejaron allí y se mandaron a mudar (Mt 22, 15-22).

 

Contemplación

Uso expresiones nuestras para traducir: Consensuaron –los fariseos- cómo podían agarrar a Jesús en alguna de sus afirmaciones.

Jesús le llama a esto “tenderle una trampa”. Y los categorizó tan rotundamente, llamándolos “hipócritas”, que la palabra hipócritas quedó para siempre asociada a “fariseos”.

Los fariseos, a diferencia de otros grupos de la época, eran personas de consenso. Habían logrado que la gente común aceptara sus interpretaciones. Los otros grupos, en cambio, eran más radicalizados: los saduceos eran pragmáticos del poder, los zelotes eran ideológicamente antiimperialistas y los esenios vivían en su mundo puro de dinámica espiritual. En cambio, los fariseos estaban en la calle, por decirlo así. Seguían a Jesús cuerpo a cuerpo y discutían con él en medio del pueblo.

Al decirles hipócritas, es verdad que Jesús les pegó donde más les dolía, pero, por otra parte, la invectiva era un reclamo (y por tanto una esperanza) de conversión, dicha en la cara. Lo que quiero decir es que había otros grupos, como el de los saduceos, que se cuidaban muy bien de mostrarse y que eran peores aún. De hecho, fueron ellos los que terminaron de consolidar la condena a muerte del Señor.

También es justo decir que un cierto agradecimiento se lo debemos a estos fariseos. En el sentido de que eran los que lograban sacar las mejores respuestas de Jesús.

Recordemos algunas que se hicieron clásicas:

el que esté sin pecado que tire la primera piedra,

lo que mancha al hombre sale de adentro de su corazón, no viene de afuera,

la ley del sábado es para el hombre y no el hombre para la ley,

si ustedes tienen un burro y se les cae en un pozo, aunque sea sábado y esté prohibido, lo sacan,

en sábado, es lícito hacer el bien o el mal? (cuando curó al de la mano paralizada),

el publicano salió justificado del templo (porque se acusó a sí mismo),

la de hoy: “devolver al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Jesús no le tiene miedo a sus planteos. Los aprovecha para reafirmar su mensaje evangélico. Lo que les reprocha es que no pregunten para aprender sino para justificarse a sí mismos.

Y aquí me quiero detener, tomando pie en el rechazo frontal de Jesús ante los discursos hipócritas, para ver de compartir algo que sea incuestionablemente sincero: nuestro deber de honrar hoy, apenas reconocido su cuerpo por sus familiares, a Santiago Maldonado, que estuvo desaparecido durante 80 días.

Lo primero es mirar su rostro, que apareció por todos lados y seguirá apareciendo en nuestro país de desaparecidos. Mirarlo a través de los ojos de su mamá, Stella Maris, con lo que dijo de su hijo en una entrevista, un tiempo atrás:

«Él nunca tuvo militancia política. Porque descree de la política. Él tiene compromiso social. Se hace amigo de todo el mundo y apoya las causas que le parecen justas. Por eso estaba en el corte. Porque estaba con sus amigos, los chicos mapuches».

Lo segundo es caer en la cuenta de que el reconocimiento de su cuerpo también requirió de los ojos de sus familiares. Su hermano afirmó: “Pudimos ver el cuerpo. Reconocimos los tatuajes de Santiago. Estamos convencidos de que es Santiago”.

Las palabras de la mamá y del hermano son palabras en las que primero está la persona: su compromiso, sus amigos, su elección de con quiénes y dónde estar, su cuerpo, sus tatuajes.

Después viene todo lo demás, que también se centra en la persona: cómo murió, por qué, en qué medida son responsables de su muerte otras personas e instituciones, quién ayudó a saber la verdad y quién la usa para otros fines.

El sincero amor por la persona de Santiago que tienen sus familiares se nota en cómo manejan los tiempos: la familia siempre está, siempre estuvo. Se hizo patente en las diez horas que estuvieron cuidando el cadáver. También en la espera para reconocerlo delante de todos los peritos, en la espera ahora hasta que se haga una autopsia más detallada y se realice una investigación judicial que esclarezca todas las circunstancias del caso.

Es muy diferente el manejo del tiempo de los que están en cambio interesados en no quedar mal ellos o en aprovechar el hecho para desacreditar a un adversario o sacar provecho electoral.     Las mil versiones que circulan y se multiplican en todo momento, las “hipótesis”, como se les llama ahora (cada hecho tiene entre cinco y ocho hipótesis),  terminan por hacer “desaparecer” al muerto mismo.

Por eso, frente a los que quieren hacernos vivir en un país de desaparecidos, yo elijo vivir –mirar, escuchar, dar la mano, dialogar- con personas que dan la cara. Elijo mirar la cara de Santiago Maldonado. Elijo escuchar lo que dice de él su mamá. Leo y releo el comunicado de su familia, que firma “Por Santiago, por nosotros”. Me siento autorizado a entrar allí porque ese “por nosotros” me invita fraternalmente. Santiago es uno de nuestros muertos. Y debemos honrarlo: por él y por nosotros.

En el ámbito grande de ese nosotros, las palabras de la mamá me recuerdan que hay una edad en la que todos hemos sido de todo menos hipócritas. La juventud de cada pueblo se renueva en esto de estar en los cortes o en las manifestaciones porque estamos con nuestros amigos, apoyando las causas que nos parecen justas.

En el abrazo grande de ese nosotros, las palabras del hermano que confiesa que preferiría estar solo, haciendo el duelo y llorando a su hermano y no desmintiendo versiones, me resultan sanadoras. Le creo que preferiría eso. Y me ayuda a distinguir, ya que todos damos “versiones”, a los que las hacen con gusto –tanto que hasta viven de inventar versiones de cualquier cosa- de los que no pueden evitarlo, pero preferirían otra cosa.

Todo es hipotético en este mundo y de cada hipótesis podemos hacer una interna. Todo es hipotético menos la muerte de nuestros muertos.

Honrar a los que dieron su vida es lo que nos constituye como pueblo. Uno, cuando piensa en su propia muerte, si una cosa tiene clara, es que quiere “dar la vida por los que ama”. Y si en algunos casos este buen deseo no se ve claro y queda sólo para Dios, en otros casos se puede ver a través de los ojos de una madre, por ejemplo, que ve que su hijo murió por estar en los cortes con sus amigos, apoyando una causa que le parecía justa.

Estando en el extranjero, una cosa que duele y mucho es ver que nuestra patria está unida a una palabra y que esa palabra es “desaparecidos”. Yo digo, en defensa nuestra, que no es porque sólo entre nosotros desaparezca gente, porque gente desaparece en todos los países. Yo digo que es porque nosotros no nos queremos acostumbrar a que desaparezca gente. Quizás la aparición de Santiago Maldonado pueda marcar un punto de inflexión en esa mentalidad nefasta que hace pensar que si desaparece alguna gente al país le irá mejor.

La aparición del cuerpo de Santiago Maldonado hace pensar que al menos este recurso de “hacer desaparecer gente” ya no funciona. Los que lo usaron hasta hoy, tendrán que inventar otra cosa. Seguramente la inventarán y no será menos perversa, pero al menos esto –que cada familia pueda enterrar a sus muertos- será algo que no se le robe a nadie.

Que nuestros muertos no desaparezcan, no solo físicamente, sino que no desaparezcan de nuestra memoria pública porque no vamos a olvidar a los que dieron su vida para que nosotros tengamos la nuestra, es un fundamento para nuestra vida como pueblo.

Mi hermano me contaba hace un tiempo cómo le había impresionado en Inglaterra y en otros países de Europa, la cantidad de monumentos – a veces simples lápidas- con los nombres de sus muertos. Sin mucho énfasis en otras cosas, se imponía por sí mismo el mensaje de que había que detenerse un momento a honrar a los que habían dado la vida por la patria común.

Si este no es el primer discurso, todo lo demás que se diga resulta una hipocresía.

Si una nación no tiene muertos comunes a quienes honrar, no tiene nada de qué hablar.

Y si un pueblo se deja llevar por los discursos de los que matan, hacen desaparecer o usan a los muertos para “desaparecer” ellos como autores de la violencia, el robo y la mentira, es que todavía no acepta el dolor compartido que implica ser un pueblo.

Por eso es bueno que hoy nos detengamos a honrar a Santiago Maldonado.

Por él, por nosotros.

 

 

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