Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘servir’

Dueño de Casa.jpg
Y saliendo de allí, atravesaban sin detenerse la Galilea. Jesús no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba a sus discípulos y les decía: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y, tres días después de muerto, resucitará. Pero los discípulos no comprendían tales palabras y tenían miedo de preguntarle. Llegaron a Cafarnaúm y, una vez en casa, les preguntó: ¿Qué discutían por el camino? Ellos callaban porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: ‘Si alguno quiere ser el primero, tiene que ser el último de todos y el servidor (diakono) de todos’. Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: ‘Quien reciba a uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado’ (Mc 9, 30-37). Contemplación Toda la escena se concentra en la Palabra “recibir”. Jesús despliega una verdadera liturgia de gestos para hacernos entender lo que nos quiere enseñar. La suya es una Escuela de afectos, no de conceptos abstractos. Escuela en la que el Maestro nos enseña qué sentimientos tiene el que creó nuestros corazones. Recibir a un niño, recibir el Reino, recibirlo como la tierra buena recibe con gozo la semilla de la Palabra,  recibir a los discípulos que Jesús nos envía, recibir su paz. Recibirlo a Él y en Él al Padre que lo envió a nuestra vida. Recibir al Espíritu Santo, que los Dos nos envían cada día, cuando discernimos algo que quieren, algo que les agrada que llevemos a cabo. (El Papa dijo a los jesuitas de Irlanda que así como Jesús está en la Eucaristía, cuando hacemos un discernimiento, el Espíritu Santo está allí, presente, actuando). Recibir al Niño Jesús como lo recibió el anciano Simeón,  tomándolo en sus brazos lleno de la alegría, bendiciendo a Dios que le había cumplido sus promesas. Recibir… Recibir es una de las palabras preferidas de Jesús. Hace juego con “tomen” -tomen y reciban- que es suPalabra Eucarística, la que usa para dársenos como Pan, para darnos su Cuerpo y su Sangre. Recibir no es recibir así nomás. Recibir es recibir evangélicamente: Es abrir la puerta y dar al huésped una cálida bienvenida. Es mostrarse favorable, receptivo, acogedor, hospitalario. Es recibir como el Padre Misericordioso a su hijo pródigo: Es abrazar al que regresa mal, darle una acogida entrañable, llena de cariño y alegría. Una acogida paternal. A Jesús le gustaba ser recibido así por sus amigos, cuando iba a casa de Lázaro, de Marta y de María. Así lo recibió Mateo, el publicano, en su casa. Y Zaqueo. Y el pueblo de la Samaritana, donde se quedó unos días. Recibir es no rehusar el contacto, no rechazar, no dejar al otro afuera ni tenerlo a distancia. Recibir es tomar consigo, hacerse cargo, como San José, cada vez que el evangelio nos dice que tomó al Niño y a su Madre, para ponerse en camino. En síntesis: recibir es la actitud afectiva que da un sentido personal al servicio. Cuando el Señor dice que el que quiera ser el más grande sea el último y se haga el servidor de todos no está hablando en términos funcionalistas. Ese ir al último lugar y ponerse a servir no es como el de un mozo contratado, que se mantiene en su rol, atento y distante a la vez. Es el servicio que brinda el amigo que te recibe haciendo el asado y atiende el fuego y la carne de manera tal que se puede compartir un vaso de buen vino y conversar amigablemente, todo al mismo tiempo. El servicio del que habla el Señor, incluso el servicio humilde de lavar los pies, tiene que ver con este espíritu del que invita a un asado. Cuando el Señor usa la imagen de que Él está como el que sirve, la imagen no es la de un empleado, sino la del Dueño de casa que sienta a la mesa a sus amigos y los sirve mientras conversan. Esta mezcla tan especial de servicio y amistad, de diálogo en medio de un trabajo que no es “trabajo para ganarse el pan” sino trabajo de compartir el pan, es la expresión más alta del amor de Amistad. El Papa Francisco lo expresa cuando hace ver que: “Una tarea movida por la ansiedad, el orgullo, la necesidad de aparecer y de dominar, ciertamente no será santificadora”. Y agrega que: “Nos hace falta un espíritu de santidad que impregne tanto la soledad como el servicio, tanto la intimidad como la tarea evangelizadora, de manera que cada instante sea expresión de amor entregado bajo la mirada del Señor” (GE 29-31). Para enseñar esto, el Señor “se sentó” como un Maestro de escuela y solemnizó la lección: “llamando a los Doce”, acercó a uno de los niños de la casa, lo puso en medio de ellos y abrazándolo les dijo: Quien recibaa uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado. Así como antes los había llamado para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, ahora los llama al servicio. Pero a un tipo especial de servicio: el que realiza uno que invita a sus amigos a un asado, no al servicio que hace un empleado o un funcionario. Tampoco se trata de un  servicio con distinción de clases sociales: de esos que consideran que servir desde un sillón te hace más que el que sirve caminando. De hecho la palabra diácono significa “levantar polvo por salir corriendo a servir”. Pensaba que cuando la misa dejó de ser un asado en el que se juntaban las familias a compartir y a conversar -y la Palabra de Dios era motivo de charla apasionada entre amigos), el cristianismo empezó a perder algo muy suyo. Los que estudian la relación entre la arquitectura y la religión, afirman que los grandes templos que los emperadores romanos dieron o construyeron para la Iglesia, la fueron domesticando. Esos grandes espacios hicieron que el Dueño de casa entrara en procesión y se sentara en lo alto de la cátedra. Eso hizo que en vez de los abuelos y los chicos, se sentaran a su lado “los de la corte”. No voy contra los templos en cuanto productos culturales, lo que digo es que cuando lo que la costumbre crea te diluye el espíritu, hay que sacudir el polvo de los pies e inventar otras estructuras. El papa lo dice en Evangelii gaudium: “Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador; igualmente las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin « fidelidad de la Iglesia a la propia vocación », cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo” (EG 26). Y por eso propone: “Una impostergable renovación eclesial: Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la auto preservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad” (GE 27). Si la imagen final de Jesús es, en esta tierra, la del que lava los pies, y en el cielo, la del que sirve el asado, la imagen del Papa, del Obispo y del cura no puede ser la del Rey, el Príncipe y el patrón de estancia. Si el Señor enseñaba confrontando su Palabra con la vida cotidiana de la gente -enseñaba en el camino, subido a la barca, en la montaña y entrando en la casa de la gente y en la sinagoga del pueblo- la imagen del que se dedica al Evangelio no puede ser la de uno que abstrae (separa) la Palabra de la vida para conservarla en su pureza conceptual. La Palabra se hizo Carne (y volvemos a la imagen del asado) y no se contamina por que uno “charle con todos”, con los que piensan igual y con los que piensan totalmente distinto. Por supuesto que “una palabra trae la otra” y cuando uno charla, por ahí se pierde “precisión dogmática”, como pasa cuando el Papa charla con los periodistas y nunca falta un buey corneta que salga titulando “miren lo que dijo el Papa!” y alguno se escandalice. Le pasaba a Jesús cuando tenía que salir al frente a explicar que por qué sus discípulos no se lavaban las manos o cómo es que había ido a comer a la casa de Zaqueo o se había dejado tocar los pies por la prostituta del pueblo. La historia sigue siendo la misma. Jesús, con su enseñar por el camino, dando testimonio de que Él venía a servir y no a ser servido, y con su enseñar sentado en casa, mostrando que la cuestión es servir no como empleado sino como Dueño de casa y mejor amigo- poniendo en el centro a los más pequeños, dividió, queriendo o sin querer, a la humanidad en dos grandes movimientos. Los del movimiento de “Discutidores sobre quien es el más grande” y los del movimiento “Alegres servidores de los más pobres y pequeños”. Si en la Iglesia hemos terminado “no viendo” que algunos cubrían a los abusadores, a los que, en vez de poner en el centro de atención a los más pequeños para servirlos -recibiendo en su persona a Jesús y al mismo Padre del Cielo-, los apartaban de la comunidad para abusar de su inocencia, es que en algún punto de estos dos mil años de cristianismo, cambió totalmente de dirección nuestro movimiento. El elitismo de los Discutidores acerca de quién es el más grande se apoderó de nuestras estructuras físicas y mentales y terminó arrastrando todo hacia el abismo al que lleva tomar la dirección contraria a la que lleva Señor. Como pueblo de Dios debemos agarrar para el otro lado, para el de los Alegres servidores de los más pobres y pequeños. No importa si para ese lado en vez de Templos hay hospederías. No importa si no podemos llevar muchos libros y por ahí se nos pierden algunas definiciones. La cuestión es que no se nos pierdan las palabras esenciales, como “recibir dando la bienvenida al Padre y a Jesús en la persona de los más pobres”. Lo importante es que no perdamos los ritos esenciales, como el de ir al último puesto y ponernos a servir, como hace todo aquel que invita a sus amigos a un asado. Diego Fares sj

Read Full Post »

“Aquel día, el primero de la semana, Cleofás y yo volvíamos a nuestro pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablábamos sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversabamos y discutíamos, el mismo Jesús se nos acercó y siguió caminando con nosotros. Pero nuestros ojos estaban retenidos, de modo que no podíamos reconocerlo.

El nos preguntó: «¿Qué conversación es esa que tienen entre ustedes mientras van caminando?» Nosotros nos detuvimos, con el semblante triste, y Cleofás le respondió: «íTú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!» «¿Qué cosa?», nos preguntó él. Nosotros le respondimos: «Lo que pasó con Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»

El nos dijo: «¡Qué necios son y qué tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No ven que era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, nos interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegamos cerca de nuestro pueblo, hizo ademán de seguir adelante. Pero nosotros le insistimos: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»

El entró y se quedó con nosotros. Y estando sentado a la mesa con nosotros, tomó el pan, lo bendijo y después de partirlo nos lo daba.

Entonces se nos abrieron los ojos y lo reconocimos, pero él había desaparecido de nuestra vista. Y nos decíamos con Cleofás: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y abría para nosotros la interpretación de las Escrituras?»

En ese mismo momento, nos pusimos en camino y regresamos a Jerusalén.

Allí encontramos reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos nos dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»

Nosotros, por nuestra parte, contamos lo que nos había pasado en el camino y cómo lo habíamos reconocido al partir el pan” (Lucas 24, 13-35).

Contemplación

Se habrán dado cuenta de que el Evangelio, aunque sólo pone el nombre de Cleofás, nos considera como si fuéramos uno solo. Lucas siempre dice “los discípulos”. Y hace ver cómo  el Señor nos pregunta, nos reta, nos explica, nos parte el pan y nos ilumina los ojos a los dos al mismo tiempo: a nosotros. Y nosotros, aunque aquella tarde haya hablado sólo Cleofás y ahora sólo yo, siempre decimos “nosotros”.

No es un detalle menor. Si a alguno le interesan las estadísticas del Reino, les cuento que Lucas es quien más utiliza la palabra “nosotros”. 21 veces en su evangelio -3 en Emaús- y  57 veces en los hechos (78 veces sobre unas 300 que se utiliza en el Nuevo Testamento).

En Lucas todo es “nosotros”.

Él fue, quizás, el que mejor se dio cuenta de esta manera de proceder del Espíritu a impulsos del Cual comenzó a formarse nuestra pequeña comunidad.  En nuestro encuentro con el Señor Resucitado, Lucas adelanta lo que luego se convirtió en algo común. En los Hechos de los Apóstoles tanto las acciones como el lenguaje de los discípulos tienen siempre la forma del nosotros. Tan es así que en un momento llegamos a decir: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros…” (Hc 15, 28)-. ¡El Espíritu Santo y nosotros! ¿Qué les parece?

Bueno, este extenso preámbulo es para decirles que si alguno de ustedes toma lo de que no se mencione mi nombre y el hecho de que siempre hablemos de “nosotros”, como una invitación a ponerse en mi lugar para ser parte del nosotros, es bienvenido.

Desde que invitamos al Señor sin saberlo, la hospitalidad se convirtió para nosotros en fuente de esperanza. Esperanza de volver a verlo de nuevo en toda su Gloria, como lo vimos en ese instante antes de que desapareciera, cuando nos partió el Pan. De hecho, no sé si sabían, el nombre de mi compañero lo expresa: Cleofas es ‘el que ve la gloria’. Mientras tanto, para nosotros cualquier “extracomunitario”, cualquier peregrino, cualquier persona que se nos ponga al lado, que se meta en nuestro evangelio y nos acompañe un trecho de camino es el mismo Jesús en persona…. Y en nuestra casa, el pan alcanza para todos.

Así que si quieren “meterse en la escena” –como dice San Ignacio en los Ejercicios Espirituales- no hay problema.

Cada uno tiene su modo de entrar y de interactuar con nosotros. Hay un icono que nos representa como un discipulo y una discípula y les sirve para contemplar a las consagradas y a los consagrados. Hay otro icono en el que se nos representa como una familia, incluso con un bebé. Otros como esos discípulos que el Señor enviaba “de dos en dos”.

Como digo, es bienvenida toda persona que se sienta identificada con nosotros. Así que pasamos a usar el nosotros y esperamos que se sientan incluidos.

Nosotros, de lo que queríamos dar testimonio es simplemente de este “vivir y obrar en común” que nos regaló el Señor.

Él ya nos había enviado en misión juntándonos de a dos y ese hecho marcó nuestra amistad en el Señor para siempre. Tanto que no nos fuimos cada uno por su lado, como suele suceder en las huidas. Nos fuimos juntos. Y El nos vino a buscar también a los dos.

Hay algo muy propio de Jesús en esto de tratarnos a los seres humanos “de a dos” (quizás es porque El es “el dos” del Padre y todo lo hacen juntos, en un mismo Espíritu).

Su entrada en nuestra historia comienza ya con dos parejas: María y José y sus parientes más ancianos, Zacarías e Isabel. El llamamiento a los apóstoles comenzó con los hermanos: Simón y Andrés y Santiago y Juan. También los envíos: siempre fueron de a dos. Y la hospitalidad de Marta y María. Y la amistad de Pedro y Juan.

Esta manera de ver a la gente de a dos, de pensar las misiones de a dos, es propio del Señor. Y se trata de un dos que rápidamente vemos convertirse en tres. Cuando Jesús hablaba de pedir de a dos, lo expresaba así: “Les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 19-20). Es así. Es un dos abierto, un juntarse de a dos para formar familia, comunidad, equipo.

Pues bien, ese era nuestro problema. El nos pescó justo hablando de la comunidad. Era de eso de lo que veníamos conversando entristecidos… Si leen entre líneas lo que dice Cleofás, nuestro problema era la comunidad: ¿cómo podía ser que “nuestros” sumos sacerdotes y “nuestros” jefes lo hubieran condenado? ¿Y nuestro grupo? ¡Qué doloroso era ver ya despuntar las semillas de la disolución! ¿Qué otro cosa podía significar que algunas de las mujeres que andaban con nosotros, al no ver el cuerpo del Señor, hubieran comenzado a tener visiones de ángeles y que algunos de los nuestros les creyeran y otros no…? Acostumbrados a andar unánimes en torno a Él, vimos cómo se comenzaba a gestar la desunión y no queriendo ser cómplices, como suele suceder, nos abrimos. Y al final terminamos aumentando la división con nuestra huida.

Sí, el problema del que hablábamos con Cleofás era precisamente el de la comunidad. ¡Qué misterio, ¿no?! Cómo es que queriendo formarla la desgarramos. Nuestro reclamo era de fondo y estaba dirigido a Él. Nosotros habíamos esperado en Él y ahora no lo veíamos. Y sin Él no hay comunidad posible, eso estaba claro para nosotros y creo que vale también para ustedes.

Sin Él, no más de a dos, porque no hay grupo que aguante.

Sin Él, el recuerdo piadoso de las gestas vividas en común no es más que nostalgia sin futuro.

Sin Él, la mística de la comunidad se convierte muy pronto en política -como les pasó a nuestros saduceos- o termina siendo puro ritualismo y burocracia -una comunidad de sepulcros blanqueados-, como les pasó a nuestros fariseos…

Nosotros no intuíamos qué le pasaría a nuestra comunidad,  y no queríamos quedarnos a averiguarlo. Por eso nos fuimos. La teníamos tan clara, veíamos con tanta lucidez el problema de la comunidad, que nuestros ojos se fueron velando de una tristeza tal que se volvieron incapaces de reconocer al Maestro cuando se nos puso al lado por el camino.

Era un simple caminante, sin nada especial, si es que no es algo especial esa naturalidad con que se nos acercó y nos hizo hablar…

Eso fue lo más hondo que descubrimos luego, al recordar el ardor que nos encendió el corazón como una brasita nueva: justo en el punto del camino en el que la desilusión de la comunidad se volvía una lucidez, justo allí, donde nuestros ojos creían ver más claro lo que es la vida, se nos acercó Él, como a dos ciegos. Jesús, El que todo lo ilumina. Y antes de darnos la luz, nos encendió el fervor. Nos hizo comprender que para “ver su gloria” hacían falta esos tres días de pasión, en los que el amor es pura entrega.

Nosotros con la gracia oscura de su cercanía lo intuímos, y por eso, aún ciegos de tanta lucidez, dialogamos con Él y hasta nos animamos a hospedarlo en casa.

Antes de verlo lo escuchamos,

antes de reconocerlo lo hospedamos,

antes de entenderlo saboreamos el pan que nos partió.

Esta manera de entrar de nuevo en nuestra vida, este estilo suyo de establecer la comunión sin exigencias ni pruebas, sólo apelando al diálogo, a la hospitalidad y a la fe, nos marcó el camino de regreso a la comunidad.

A una comunidad en la que queríamos integrarnos tratando a los demás del modo como Él nos había tratado a nosotros.

Nos habíamos desilusionado de la comunidad por mirar muy críticamente a los que eran más grandes que nosotros y por despreciar muy escépticamente a las que eran más pequeñas que nosotros.

El hecho de que el Señor nos hubiera ido a buscar personalmente, a pesar de nuestra necedad y taradez de corazón, nos conmovió.

Por eso volvimos humildemente a la comunidad: dispuestos a escuchar cómo se le había aparecido a Simón Pedro y deseosos de valorar a nuestras hermanas como pares en pequeñez, equiparando el trato preferencial que nos había dado el Señor al igual que a  ellas.

Nos habíamos alejado de la comunidad enceguecidos por nuestras propias ideas, encerrados en la lucidez falsa de nuestros criterios y de nuestra manera de ver las cosas…

El hecho de que el Señor nos escuchara pacientemente antes de hablar, de que nos acompañara por el camino sin dejarnos ir solos, el hecho de que esperara nuestra invitación y luego la aceptara y nos partiera el pan… todo esto hecho con tanta paciencia y cariño, nos hizo arder el corazón.

Volvimos a la comunidad dispuestos a caminar con los demás, sin apurar el paso de nadie, siendo capaces de ir dos cuadras de más con el que nos pedía que lo acompañáramos una, abiertos a escuchar, deseosos de compartir primero antes de discutir…

En definitiva: volvimos corriendo a la comunidad.

Nos quedó claro que le hicimos hacer un trabajo extra al Señor.

Es verdad que los hijos pródigos sacamos lo mejor del corazón de Dios, su Divina Misericordia. Pero habiendo tantos pródigos y pequeñitos que se pierden en el mundo, la vuelta a lo común de la comunidad debe ser rápida, para poder salir todos juntos a buscar a otros que lo necesitan más.

Les confesamos que nuestra manera de estar en la comunidad, a partir de allí, fue un puro estar disponibles: para lo que quisieran mandarnos los más grandes y para la ayuda que necesitaran las más pequeñas.

No nos enganchamos nunca más en ninguna en ninguna interna (las internas son lujos que se dan los ricos y los poderosos).

No nos enroscamos más en ningún discurso desesperanzador (los discursos desesperanzados son para los que les gusta escucharse a sí mismos).

Pasamos a ser parte de esa infinita multitu de pequeñitos del pueblo fiel, los que todo lo creen, los que todo lo esperan, los que todo lo soportan.

Algunos nos ven ingenuos.

Pero nosotros sonreímos interiormente porque sabemos lo que es estar de vuelta del camino que se aparta de la comunidad.

Y nos gusta, considerarnos “de segunda”;

Nos encanta poder ser, dentro de la Comunidad grande, parte de “los que están de vuelta”:

de los perdidos que fueron encontrados,

de los pecadores que fueron perdonados,

de los escépticos que pasaron a ser fieles,

de los que que querían ser primeros y ahora quieren ser últimos,

de los que daban órdenes y ahora desean obedecer.

Esperamos que se entienda bien esto de “estar de vuelta”: no nos hizo de los que creen que se las saben todas, sino de los que sólo desean servir.

Diego Fares sj

 

Read Full Post »

cana

La viveza cristiana

Andaban en el camino, subiendo a Jerusalén.
Jesús se les adelantaba y ellos se asombraban. Le seguían pero tenían miedo.
Y tomando consigo de nuevo a los Doce … (les anunció por tercera vez la pasión).
……………….
Se le acercan entonces Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen:
─ Maestro, queremos que lo que te vamos a pedir lo hagas con nosotros.
El les dijo:
─ ¿Y qué quieren que haga Yo con ustedes?
Ellos le dijeron:
─ Concédenos que nos sentemos, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Gloria.
Jesús les dijo:
─ No saben lo que están pidiendo. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que Yo voy a ser bautizado?
─ Podemos ─ le respondieron ellos.
Pero Jesús dijo:
─ El cáliz que yo bebo, ustedes lo beberán y con el bautismo con que voy a ser bautizado, serán bautizados también ustedes, pero hacer que alguien se siente a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quienes está preparado.
Los otros diez, como escucharon esto, comenzaron a indignarse con Santiago y Juan.
Jesús, llamándolos junto a sí les dice:
─ Ustedes saben que los que figuran o pasan como jefes de las naciones
los tratan despóticamente como si fueran sus dueños absolutos y los grandes (de las naciones) las oprimen, abusando de su poder y autoridad contra ellos. No es así entre ustedes:
Sino que el que quiera convertirse en el más grande entre ustedes,
será su servidor (diakono)
y el que quiera ser el primero entre ustedes,
será esclavo (doulos) de todos.
Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido
sino para dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 35-45).

Contemplación
“Jesús se les adelantaba” (proagon).
Marcos utiliza de nuevo este verbo al final de su evangelio y lo pone en boca de los ángeles de la Resurrección que les dicen a las mujeres: “Vayan, digan a sus discípulos, y a Pedro: ‘Él va delante de ustedes a Galilea; allí lo verán’, como les dijo” (Mc 16, 7). Así, “adelantarse” queda como algo propio de Jesús.
El Señor se adelanta para subir primero a Jerusalen; se adelanta a padecer por nosotros.
El Señor se adelanta para llegar primero a Galilea, al lugar del primer amor; se adelanta a consolar a los suyos.
El Señor se adelanta en el camino del servicio. Nos primerea no para sacar ventaja y ganar los mejores puestos, como querían Santiago y Juan, sino para que nadie le quite el último lugar, el puesto del servicio.
Ante la actitud de sus dos amigos, que ventajean a los otros y le piden sentarse uno a su derecha y el otro a su izquierda en el Reino, para indignación de los otros diez (que se ve que deseaban lo mismo pero no se avivaron antes), Jesús responde con este otro adelantamiento: adelantarse a dar, adelantarse para poder ayudar, adelantarse para evitar que los otros sufran, adelantarse para preparar la fiesta, adelantarse para consolar.
Esta es la viveza cristiana, tan contraria a la viveza criolla.
La viveza de los “campeonatos de cariño” que iluminaron de felicidad la infancia de Martín Descalzo:
“En nuestra casa jugábamos un permanente campeonato de cariño, en el que ganábamos todos al pasarnos la vida obsesionados por cómo haríamos felices a los demás.
Había ocasiones en las que este campeonato subía a primera división. Sobre todo cuando faltaba Engracia, la chica -la criada, decíamos entonces- que vivía con nosotros desde siempre. En casa las tareas diarias eran de todos, pero lo eran más especialmente en el mes de vacaciones de Engracia. Entonces estallaba la competición de mis hermanas, que luchaban como descosidas para ver quién trabajaba más (he dicho más, no crea, señor linotipista, que es un error). Si bajaba Angelines a hacer la compra, Crucita aprovechaba su ausencia para hacer todas las camas. Luego había que oír las quejas de Angelines porque le había quitado lo que era obligación suya. Y, para vengarse, aprovechaba la ausencia de Crucita para limpiar ella todos los dorados.
Era gracioso verlas a las dos agarradas a la escoba, pegándose porque las dos querían barrer. «Hijas -decía mi madre-, lo único por lo que siento la ausencia de Engracia son estos jaleos. Callaos, me volveréis loca.» Pero yo sé que a mi madre le gustaba tener que enfadarse por eso.
Pero lo mejor era lo del fregoteo nocturno. Si alguna vez se prolongaba la conversación después de la cena, mi madre decía: «Ahora dejamos los cacharros en el fregadero y ya se fregará mañana.» Todas estaban de acuerdo y nos acostábamos. Pero, a los veinte minutos, cuando las tres pensaban que las otras dos estaban ya dormidas, se levantaban todas sigilosamente, mi madre y mis hermanas, y, en camisón y de puntillas, como si fueran a cometer un delito, se dirigían a la cocina para fregar los platos. ¡Y allí coincidían las tres, sorprendidas y felices! 0 se sentían muy avergonzadas las dos que comprobaban que otra se les había adelantado.”

Cuando el Señor adoctrina a los discípulos acerca del servicio y les dice: “el que quiera hacerse grande entre ustedes será su servidor, creo que la traducción correcta debe explicitar “se adelantará a ser su servidor”. Porque para servir hay que adelantarse. Si no, se llega tarde y sucede que otro ya tomó el puesto o que la necesidad dejó de estar al alcance de nuestra mano. Así como el grado de humildad de una persona se ve en cómo reacciona ante alguna humillación concreta, así la servicialidad se ve en la capacidad de adelantarse. Cuando uno quiere servir de verdad, se adelanta. Y si uno se adelanta, siempre encuentra en qué servir.
Pero para experimentar la alegría del servicio hay que interpretar bien a fondo lo que dice el Señor. Muchas veces se malinterpreta esta enseñanza sobre el servicio tomándola sólo como mandato moral. Más que de un mandamiento se trata de una bienaventuranza: “si hacen esto serán dichosos”, como les dice Jesús a los discípulos luego de haberles lavado los pies.
Es que el bien mueve de distintas maneras.
“Tenés que ayudar, movete, mirá que otro ya se levantó…”. Como mandamiento, el bien empuja desde la conciencia del deber. Esto es importante a la hora de marcar límites y de consensuar una ética de mínimos (tan de moda en nuestros tiempos).
“¡Qué lindo sería poder dar una mano en tal lado…! Como bienaventuranza el bien mueve atrayendo con su promesa de dicha. Es mejor pedagogía, ya que no empuja (cosa que siempre suscita resistencia) sino que atrae y ensancha así el deseo desde una plenitud, haciendo que nuestro corazón se purifique en la gratuidad.

Estas dos tendencias del bien miran al futuro, al servicio como algo que debo hacer o que sería lindo poder hacer. Pero hay otro aspecto del bien que es más fuerte todavía y que brota en el momento presente. Es la alegría inmensa que da sentir que en este momento el Señor está sirviendo y que me invita a participar en su servicio. Es como esa alegría que da caer justo en medio de una fiesta en la que nuestros amigos están sirviendo y que uno sienta que sintoniza en el acto y se suma a dar una mano que viene justo. “Qué bueno que viniste, caiste justo para dar una mano”. El Señor ya se nos ha adelantado y está entre nosotros siempre como “el que nos ama primero”: “Yo estoy entre ustedes como el que sirve”. Y tiene la delicadeza de permitir que nos sumemos a su empresa, de invitarnos a servir con Él.
Así como la imagen de la misericordia es la de un Pastor que sale a buscar a la ovejita perdida antes que está desee ser encontrada, así también la imagen de la Caridad del Señor es la del que se adelanta a nuestras dificultades y nos enseña y nos ayuda antes de que se lo pidamos. Esto es propio de la amistad, el adelantarse a los amigos sabiendo lo que necesitan y lo que les agrada.
Y si uno se fija bien, es lo más propio del amor de madre, que no sabe vivir de otra manera que “adelantándose” a lo que su familia necesita. Es algo que está tan delante de nuestros ojos que muchas veces no nos damos cuenta. Las madres “adelantan”. De niños lo gozamos sin darnos cuenta, dando por supuesto que nuestra madre tendrá todo listo para cuando tengamos hambre o necesitemos algo. En la adolescencia nos quejamos, porque nuestro tiempo se vuelve más centrado en nosotros mismos y vivimos como exigencia el hecho de que nuestra madre “adelante” y prevea “que nos podemos resfriar” si no nos abrigamos…
Así es el amor de Dios: adelanta, como el amor de nuestra madre, como el de nuestra Señora, que le hace adelantar su hora al Hijo en Caná, cuando se da cuenta antes que nadie de que estaba por faltar el vino.
Así son las cosas en el Reino de Jesús. Cuando el Señor dice que su Reino está cerca no lo dice en sentido espacial sino temporal. El Reino está un poquito adelantado, a veces unos segundos nomás. Y si uno se aviva y se adelanta a servir, se encuentra no solo con Jesús sino con una inmensa multitud de gente alegre, plena y radiante, que vive y trabaja en este reino, que acontece unos segundos adelante de la vida corriente.
Diego Fares sj

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: