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 “Sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos…”

            Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un recipiente y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. “Llega a Simón Pedro; éste le dice: « Señor, ¿tú lavarme a mí los pies? » Jesús le respondió: « Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde. » Le dice Pedro: « No me lavarás los pies jamás. » Jesús le respondió: « Si no te lavo, no tienes parte conmigo. » Le dice Simón Pedro: « Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza. » Jesús le dice: « El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos. » Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: « No están limpios todos. » Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: « ¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman “el Maestro” y “el Señor”, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes. « En verdad, en verdad les digo: no es más el servidor que su Señor, ni el enviado más que el que le envía. « Sabiendo esto, serán dichosos si lo cumplen (Jn 13, 1 ss.).

Contemplación

         En estos días, entre tantos testimonios conmovedores de la gente hubo dos que deseo compartir y que tienen que ver con la frase de Jesús: “Les digo de verdad que el servidor no es más que su Señor”. El Señor, lo que dice, lo dice en serio, pero aquí lo dijo después de dar ejemplo con un acto inusitado, para que se nos grabara para siempre: Él vino a servir; está como el que sirve.

El primer testimonio es de una persona común que me hizo caer la ficha de lo esencial que es el servicio mostrándome en una frase la otra cara de la moneda. 

No sos más propietario de nada

El lunes 30 de marzo murió por coronavirus Marco Mennini, ciudadano de Piombino, frente al mar Tirreno, de 57 años, que iba a ser abuelo pronto. Su amigo Alessandro, que es periodista, compartió lo último que Marco escribió en su Facebook desde el hospital de Livorno: “Hubiera querido poner #notengomiedo debajo de esta foto. Un poco como cuando pensás que no te toca a vos, que no te puede tocar a vos. Y por qué no? Qué cazz…, mirá todos los que estamos acá. Después, la alarma te pone los pies sobre la tierra. De golpe todo se vuelve del color azul hielo de esas personas que hasta ayer solo habías visto en las películas. De un momento a otro no sos más propietario de nada (…)”.

Me conmovió: “no sos más propietario de nada”.

Es la otra cara de una verdad: que si hay algo que podemos siempre y todo lo que queramos es “ser servidores”.

Jesús todo lo hizo para servirnos

El otro testimonio fue del Papa el Domingo de Ramos. En la prédica le puso énfasis al hecho de que Jesús todo lo que hizo fue por servicio a nosotros. No solo lavar los pies, sino también “experimentar las situaciones más dolorosas para quien ama, como la traición y el abandono”. Vivir esto fue un servicio que nos quiso hacer. 

El servicio de cargar en sí mismo y de poner en la cruz nuestras traiciones, para que no nos desanimemos. Al mirarlo en la Cruz podemos decir: “mi infidelidad está ahí (en tu Cruz), Tú la cargaste, Jesús. Me abres tus brazos, me sirves con amor… Por eso sigo adelante!” Lo mismo con el abandono. El Papa hizo notar que el Señor fue abandonado por todos, pero siempre había tenido al Padre. Y quiso experimentar también este extraño abandono. Por nosotros, para servirnos. “Para que cuando nos sintamos entre la espada y la pared, cuando nos encontremos en un callejón sin salida, sin luz y sin escapatorias, cuando parezca que ni siquiera Dios responde, recordemos que no estamos solos”.

Punto por punto el Papa declinó todos los actos y gestos de Jesús en términos de “servicio”. No puso el acento en el dolor que sufrió, sino en que ese dolor sufrido por el Señor fue para que nos sirva en nuestros dolores y aprendamos a sufrir también sirviendo a los demás. 

“Y, ante Dios que nos sirve hasta dar la vida, pidamos la gracia de vivir para servir. Procuremos contactar al que sufre, al que está solo y necesitado. No pensemos tanto en lo que nos falta, sino en el bien que podemos hacer”. 

Y a los jóvenes les dijo: “Queridos amigos: Miren a los verdaderos héroes que salen a la luz en estos días. No son los que tienen fama, dinero y éxito, sino son los que se dan a sí mismos para servir a los demás.(…) La vida es un don que se recibe entregándose y la alegría más grande es decir sí al amor, sin condiciones ni “peros”. Como lo hizo Jesús por nosotros”.

El servicio entre dos deseos: el del Dueño y el del cliente

Lo admirable en Francisco es que esto que dice, es algo que practica en todo. Desde que lo conozco, siempre lo he visto concentrado en los servicios concretos que le tocan. Es una persona que lo que hace lo hace sirviendo. Y se nota esa doble tensión propia del mozo, que está atento a las órdenes del dueño del restorán y a los deseos del cliente. En medio de estas dos atenciones se da el buen servicio. Servir, metafóricamente, es dedicarse uno mismo enteramente a cumplir el deseo de otro. El servicio bueno es el que tiene en cuenta lo que manda el Señor y lo que quiere el que es servido. Por eso, rezar es parte del buen servicio, tanto como “inculturarse” o “hacerse todo a todos”, amoldarse al bien lo que el otro puede recibir. 

Servir viene a ser como el verbo auxiliar que define a todos los demás. Por eso San Ignacio nos recuerda que nuestro principio y fundamento es: que somos creados “para” servir. Incluso la adoración y la alabanza son servicio. Por algo el rezo del Breviario se llama “oficio divino” (officium indica trabajo, deber y también servicio) y la misa es el “servicio sacerdotal”.

La tentación de sobreactuar

Una de las tentaciones contra el servicio que experimentamos los cristianos “con algún cargo” en la Iglesia (no hago distinciones entre cargos cardenalicios o de secretaría parroquial, porque el clericalismo nos salpica a todos y se le pega a cada uno según “se la crea”) es el de la “sobreactuación”. 

La tentación de “sobreactuar” la debemos tener bien discernida, porque no parece tan mala como el egoísmo pero aleja y enfría mucho a muchos. La sobreactuación es un signo inequívoco de “clericalismo”.

Es muy humano esto de “hacerse ver”, de querer “protagonizar”, de “exagerar un poco”. Sin embargo, en las cosas que son de por sí buenas, hermosas y verdaderas, funciona esa regla que dice: “menos es más”. 

Dejando de lado la sobreactuación litúrgica que es un poco obvia, si nos centramos en la predicación, podemos ver que hemos “sobreactuado” al presentar algunos valores y condenar cierto tipo de pecados, dejando de lado lo esencial, que es la misericordia o la falta de ella.

Este tiempo en el que la pandemia pone entre paréntesis casi todo, y nos abre una brecha para repensar lo esencial: el servicio, sin sobreactuaciones.

Como dice el Papa “El drama que estamos atravesando nos obliga a tomar en serio lo que cuenta, a no perdernos en cosas insignificantes, a redescubrir que la vida no sirve, si no se sirve”. 

Diego Fares sj

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Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: «Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar “mi maestro” por la gente.

En cuanto a ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino un Padre, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco “doctores”, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado» (Mt 23, 1-12).

 

Contemplación

Las filacterias… Me inquietó un poco lo de “las filacterias” porque no sabía lo que eran y no quería ponerme a buscar. Pero no me las pude sacar de la cabeza así que… comenzamos por las filacterias y los flecos.

Resulta conmovedor saber que la hemorroisa, cuando tocó el borde del manto del Señor, tocó uno de estos flecos. Los flecos azules (color difícil de lograr para teñir la lana) se tejían en cada uno de los cuatro bordes del manto blanco o talit, con el que los judíos se cubren la cabeza para rezar en intimidad con Dios. Cada borla o fleco representaba una letra del nombre de Yahveh y los nudos, los mandamientos. Los muchos nudos indicaban todos los preceptos.

Las filacterias eran pequeñas cajitas de cuero en las que se guardaban pasajes de la Escritura. Se ataban con lazos, en la cabeza o en los brazos, como señal de que uno amaba la Palabra y la llevaba incorporada a su vestimenta.

Eran (y son) costumbres, como las nuestras, de llevar el rosario en el cuello o una pulsera con iconos de santos… El Señor critica que el uso sea para hacerse ver y no por devoción interior o, como lo usaba él, para que una persona humilde y tímida como la mujer que sufría esta enfermedad de las hemorragias pudiera tocarlo sin ser notada (eso pensaba ella) y recibir una gracia de sanación.

La hemorroisa es la imagen contraria de los fariseos: su deseo grande y su fe era tocar a Jesús tan levemente que Él ni se diera cuenta de que la curaba.

Qué linda imagen de la fe! De una fe que incide en la vida con tanta más fuerza cuanto menos se hace ver.

Este es el punto de la enseñanza de hoy: el que quiera ser grande que se haga servidor de los otros. La autoridad y el poder como servicio.

Pero esta frase no como un slogan que se convierte en un deber.

El servicio es la manera real de incidir en la vida común. Todos los seres creados, las plantas, los animales, las estrellas, los planetas…, cada creatura, incide en la vida común del universo cumpliendo su misión al servicio de los demás. Jesús nos saca del ensueño de la vanidad y del poder y nos abre los ojos para que cada uno encuentre su carisma personal y único, su puesto de servicio, ese donde puede dar lo mejor de sí a los demás, para bien de su familia, de su pueblo y de la humanidad.

Encontrar el propio lugar de servicio es encontrar la propia identidad, saber quién es uno y para qué ha sido creado en este mundo, encontrar lo que uno puede dar a los demás. A este lugar somos “llamados”, nos atrae a él una “vocación a la alegría del amor” (Documento para el Sínodo de los Jóvenes). De un amor por el que uno se siente amado y elegido y con el que puede dar fruto.

Por eso es que no hay que “agrandar las filacterias”, no hay que meter muchas palabras de Dios en la cajita que llevamos en la cabeza y en los brazos, no hay que pensar muchas palabras ni querer hacerlo todo.

Se trata de llevar la filacteria con la palabra justa, con la que dice nuestro nombre y nuestro carisma. Los otros llevarán cada uno la suya y será lindo dialogar sin tener más que “nuestra palabra” y necesitar que digan la suya los demás.

Esta palabra única en la filacteria (cajita) de la cabeza, se hará dos en los brazos y en las manos (los fariseos llevaban las filacterias en la mano). En una mano será la que dice: “Amarás a Dios, Diego Javier…”; en la otra mano será la que dice: “Amarás a tu prójimo…” (y tendrá espacio en blanco para que pongan sus nombres todos los prójimos a los que me querré acercar).

La cajita de la cabeza tendrá una palabra secreta.

No será un verbo en imperativo. Los mandamientos los escribe la cabeza en las manos.

Será más bien un adjetivo de esos que dan la clave en una parábola.

Algo así como “misericordioso”, que califica cómo es el Padre; o “bueno y hermoso” que califica cómo es Jesús Pastor; o paráclito, que revela cómo está siempre a nuestro lado el Espíritu como buen amigo.

 

Al mismo tiempo que desea Jesús que cada uno descubra y ponga su palabra carismática en la cajita-filacteria, desea también que, al achicarla, saquemos tantas palabras inútiles, que tenemos fijadas en la cabeza y que agitan febrilmente nuestras manos. Esas palabras fijas son “poder” y “vanidad” (el papa dice “mundanidad espiritual, que quiere decir “buscar la propia gloria y no la de Jesús).

Estas palabras, poder y mundanidad espiritual, se fijan en la mente y se convierten en slogans, a veces inconscientes.

El Señor las desenmascara.

Detrás de la compulsión a opinar de todo, a hablar y hablar sin mirar lo que uno en realidad hace, está la palabra “falso”. “Dicen pero no hacen: son unos falsos”.

Detrás de la pretensión de que otros cumplan la ley mientras que uno no mueve un dedo está la palabra “vivo”. Los que cargan con pesadas cargas a los demás, son unos unos vivos.

Detrás del hacer todo para que los vean está la palabra “careta”. Son unos caretas.

Detrás del buscar siempre el primer puesto, está la palabra “trepador”. Son unos trepadores.

Detrás del hacerse llamar maestro y de buscar ser saludados está la palabra “creído”. Los que viven de títulos y para los titulares se la creen.

Los conceptos son claros, pero en nuestro mundo la cosa no es tan simple como en los tiempos de Jesús. En ese entonces no existían “los medios”. El que se la creía, tenía que salir a la plaza con sus filacterias y exponerse al contacto directo con la gente. Hoy es más difícil ver en vivo y en directo a un poderoso o a un famoso. No suelen salir a la plaza ni darle la mano a la gente uno por uno. No se arriesgan a que cualquiera les diga cualquier cosa o les saque un cartel para la foto. Los vemos “mediados”. Y por medios que ellos han aprendido a manipular. Por tanto, hace falta discernimiento.

Algunas reflexiones, por si ayudan. Son reflexiones que me hago para mí mismo, sin intención de “dar clase” ya que el Señor nos dice que no hace falta que seamos maestros ni doctores porque cada uno del pueblo de Dios tiene su Maestro interior, el Espíritu Santo.

A mí me parece que los “falsos” de hoy no son los que “dicen pero no hacen”. No es tan directa la cosa. Hoy la falsedad trabaja con estadísticas científicas. Se estudia lo que piensa la gente y se elabora una especie de “Indice de Incoherencia Tolerable” para el común de la sociedad (INDIT), y con eso se crean slogans que a la gente le gusta o le cae bien escuchar, dando por supuesto que nadie pretenderá exigir “que se realice todo lo que se dice”.  Así la falsedad entra en un terreno común, aceptado por todos…

Ahora bien, cada uno tiene que discernir por sí mismo, con la ayuda del Espíritu, cómo está este índice de incoherencia en su vida personal. Para ello, uno tiene que dejarse conducir humildemente y exponerse a las exigencias de esta escuela del Espíritu.

Por eso no daré yo mi opinión ni acerca de quiénes confeccionan el INDIT

(quiénes son los jefes de campaña y los voceros),

ni de qué criterios utilizan para medir el grado de incoherencia tolerado

(y amado) por la mayoría de la sociedad (o por cada partido),

ni acerca de quiénes son los mejores divulgadores

(qué programas periodísticos crean opinión usando los datos científicos del INDIT).

Sí denuncio que este índice de incoherencia tolerable no es algo privado, que cada uno se las arregla con su conciencia y que no influye en los demás. Es algo “medido científicamente” y utilizado para el mal común.

Nosotros no llevamos cajitas atadas en la frente con nuestras palabras preferidas, pero se nos leen como si fueran un cartel luminoso. Se puede adivinar lo que pensamos midiendo el rating de los programas de TV, las palabras que buscamos en internet, lo que opinamos en las encuestas… Cruzando multitud de datos se establece un “índice de incoherencia tolerable para la sociedad”- y cada uno lo ve reflejado, con satisfacción, cada vez que alguien se mueve en el límite aceptado y, como quien no quiere la cosa, da un pasito más.

Hace poco veía un programa de TV en el que el animador –maestro de retórica- se movía como pez en el agua en esa frontera entre lo tolerable y lo no tolerable, mezclando malas palabras con verdades científicas y tejiendo silogismos falaces de manera tal que yo mismo sentía cierto gusto morboso en escucharlo. Uno puede seguir una noticia a lo largo de varios meses y ver cómo se van “instalando” frases para que uno “saque sus conclusiones”. No hace falta que alguien mienta directamente.

Ahora bien, esta retórica sofística, esta ciencia de manipular el “índice de incoherencia tolerable común”, ya la desenmascaró Sócrates 400 años antes de Cristo. Según Gorgias, el mejor orador debe ser un artista perfecto, cumpliendo su objetivo cuando consiga hacer creer a toda persona que le oiga lo que desee, cuando le haga creer que es fuerte lo débil y viceversa, que quema lo frío y congela lo caliente…

Sin embargo, actualmente, esta ciencia transversal, que influye –agregando lo suyo propio- en todos los demás temas: judiciales, políticos, religiosos, culturales…, adquiere cada vez más poder.

El punto es que esta ciencia trabaja con lo que nosotros pensamos y sentimos! No es que nos “metan cosas”. El problema es más hondo que el que haya alguien que se aproveche y nos engañe. El problema es que pensamos incoherentemente porque vivimos incoherentemente y esto se mide.

Cambiar ese índice de incoherencias, es algo que cada uno debe hacer personalmente.

Cada uno debe trabajar, día a día, por “tolerar menos incoherencia en su propia vida”. No es cuestión de agrandar las filacterias, sino de encontrar nuestra palabra justa, esa que el Señor nos regala para incidir de verdad en la vida de nuestros hermanos mediante el servicio humilde.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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Bolsas del Cielo

Jesús dijo a sus discípulos:
«No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre se ha complacido en darles a ustedes el Reino. Vendan sus bienes y denlos como limosna. Trabajen haciendo bolsas que no envejezcan y tesoros que no se agoten, en el cielo, donde no se aproxima ningún ladrón ni la polilla puede corroer. Tengan en cuenta que allí donde uno tiene su tesoro, allí está también su corazón.
Estén preparados, ceñido el vestido y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta.
¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!
Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa.
Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada.»
Pedro preguntó entonces:
«Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?»
El Señor le dijo:
«¿Cuál es el encargado de las cosas de la casa (oikonomos) digno de confianza y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo pondrá por sobre todos sus bienes.
Pero si este servidor piensa en su corazón: “Se demorará la llegada de mi señor”, y se dedica a maltratar a los más chicos y a las servidoras más pequeñas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles.
El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo.
Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más» (Lc 12, 32-48).

Contemplación
Al comenzar a escribir “hagan bolsas que no envejezcan” se me vino la imagen de las “bolsas del cielo”. Quizás fue que pasaba el camión de Manliba recogiendo las bolsas de basura y se me ocurrió pensar en los ángeles tesoreros, que pasan por las calles de las ciudades juntando bolsas con tesoros para el cielo. ¿Cómo serán las bolsas del cielo? No de plástico que contamina ni tampoco biodegradables. Pienso que si los tesoros del Reino son alegría, paz, amabilidad, justicia, misericordia y amor, discreción espiritual, fortaleza y paciencia, las bolsas deben tener forma de corazones.
Nuestro corazón comienza a latir en otra persona y si en algún “lugar” tiene esperanzas de seguir latiendo, eso que llamamos el cielo no será sino donde late Otro corazón.
En el Reino que el Padre se ha complacido en regalarnos, las bolsas con tesoros de caridad tienen figura y consistencia de corazón. Son bolsas especiales, porque el contenido es entre líquido y gaseoso:
la alegría es como un hilito de Agua de vertiente;
la paz es como una brisa suave que todo lo envuelve;
el amor hace que el corazón se vuelva líquido, como decía el Cura de Ars, en el sentido de que no se va endureciendo sino volviendo más tierno…
Es que las cosas del Espíritu son difíciles de guardar si no es en lugares como el cielo, donde el agua se guarda en nubes y el viento sopla libre. No se pueden guardar cosas pesadas, diríamos. Nuestro corazón es lo más parecido al cielo. Algunas veces nos asustamos de que sea tan voluble, tan hipersensible, que cambie tanto de estados de ánimo… Es que es “bolsa” que se adecua a su contenido. Cambia de forma y de ritmo de acuerdo a lo que le damos, a los objetos que le tiramos dentro.
El dinero lo petrifica y hace que sus latidos se vuelvan calculados y mezquinos;
la ira lo chamusca o lo carboniza con el mismo fuego con que quiere destruir a su enemigo;
la pasión lo vuelve esclavo de aquello que quiere poseer;
el miedo lo inunda por dentro con lo que teme que le pueda sobrevenir;
la vanidad le cambia las ventanas por espejos y lo infla y desinfla como un globo.
“Tengan en cuenta que allí donde uno tiene su tesoro, allí está también su corazón”.
Es terrible arrojar embolsar cosas malas porque el corazón es una bolsa espiritual que toma la forma de lo que se le mete adentro, se vuelve semejante a lo que contiene.

Y el Señor… ¿qué tipo de tesoros nos propone para embolsar en el corazón, de manera tal que sus ángeles puedan pasar a buscarlos cada noche para irlo guardando cuidadosamente en nuestra cuenta del Cielo, esa que está abierta a nuestro nombre y en la que podemos depositar a toda hora?
Dos tesoros nos propone Jesús. Dos tesoros que se pueden atesorar y hacen feliz al corazón que los guarda adentro suyo.
Podríamos nombrarlos con dos palabras y decir: son los tesoros de la oración y del servicio. Pero cada uno tiene ya sus preconceptos y puede ser que alguno tienda a colocar la oración y el servicio en la columna del debe más que en la del haber.
Fijémonos cómo lo expresa el Señor. “¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!”
La oración es un tesoro porque hace que el corazón esté velando, despierto y tenga en esperanza la alegría que le dará la llegada de su Señor, el Tesoro verdadero.
La oración es tesoro porque hace que el corazón tome la forma del Tesoro que recibirá y lo adelanta.
Es decir: no se trata de cualquier oración. La oración tesoro es esa que hacía Teresita, que le dejaba la mente descansada, porque metía una o dos palabritas del evangelio nomás, y el corazón dilatado.
La oración Tesoro dilata la bolsa del corazón con la esperanza de un Jesús glorioso que regresa de la Fiesta de Bodas.
Cuando vayás a rezar, acordate de que hay una oración Tesoro. No solo se trata de hablar de cosas, de pedir y de comprender…
Hay una oración Tesoro que dilata tu corazón con el Soplo del Espíritu
y lo pone en marcha a toda vela, apostólicamente,
que hace arder tu corazón con el fuego de la caridad
que enciende otros fuegos
y lo refresca con el Agua viva de la fe que salta hasta la vida eterna.
Esta oración es la que le agrada al Padre, la que se reza en espíritu y en verdad, la que transfigura nuestro corazón volviéndolo adorador y servicial. Esta oración es la que el Padre ve y premia en lo secreto, haciendo una Alianza en la que queda escrito lo que hablamos, depositado a nuestro nombre y el Suyo.

El otro tesoro es el del servicio y Jesús se lo aclara a Pedro con la Parábola del encargado fiel: “¿Cuál es el encargado de las cosas de la casa digno de confianza y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo pondrá por sobre todos sus bienes”.
Después, Jesús revela lo que “piensa en su corazón” el encargado que maltrata a sus compañeros. Piensa: “total mi Señor tardará en llegar”.
Aquí se ve, por contraposición, lo que guarda en su corazón el encargado fiel: “Mi Señor vendrá pronto, espero poder tener todo hecho como si estuviera él en persona.
Por lo dicho antes, vemos que este Señor es uno que es capaz de premiar a los suyos sirviéndolos en persona: “Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos”.
Hay por tanto un “servicio Tesoro”, que no es “gasto” sino “premio”: el privilegio de poder servir como sirve Jesús y a los que Jesús sirve.
Servir a los más pequeños es un don, como servir a los propios hijos y seres queridos.
Nuestro padre San Ignacio tuvo la gracia de comunicarnos en sus Ejercicios esta doble bienaventuranza que nos muestra cómo hay una oración y un servicio que son tesoros y que hacen que nuestro corazón adquiera la forma feliz del Tesoro que recibe y practica.
La síntesis de Ignacio está en esos dos ejes de sus EE que son el Principio y Fundamento y la Meditación del Rey Eternal que nos llama. Estas meditaciones transmiten la dinámica del Reino tal como la expresa Jesús en el Evangelio de hoy.
La oración Tesoro brota de la conciencia de que “El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor”. Por tanto, en cualquier momento puedo “depositar de corazón en el Cielo un tesorito de Alabanza y Adoración”.
El servicio Tesoro nace de un servicio que se sabe respuesta a un llamamiento. En la meditación del Reino, Ignacio nos muestra a un Jesús Rey eterno, que viene a llamar a todos los hombres y a darle a cada uno de los que se sienten contentos de trabajar con Él un puesto de servicio en su Reino.
Si uno está en el trabajo que le encomendó el Señor, en su misión, todo lo que hace reditúa en Tesoro en el Cielo. En cambio, “el que no junta conmigo, desparrama.”. El que se mete donde no lo llaman, más que atesorar, desparrama.
Feliz, pues, el que encuentrasu horario de oración Tesoro y su puesto de servicio Tesoro: se le transfigurará el corazón y se le convertirá en “bolsa del cielo”. Como decía el Cura de Ars: “Hijos míos, su corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración nunca nos deja sin dulzura…, en la oración se funden las penas como la nieve ante el sol. Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite que ni se percibe su duración. Miren, cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas durante las cuales oraba al buen Dios, y, créanme que el tiempo se me hacía corto.
Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. Cuánto amo a estas almas generosas. San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él del mismo modo que hablamos entre nosotros.”
Diego Fares sj

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