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La paz y el amor

Juan Evangelista

Durante la Cena, Jesús dijo a sus discípulos:
«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes.
Permanezcan en mi amor.
Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor,
como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he dicho esto para que la alegría que yo tengo esté en ustedes y el gozo que ustedes tienen se plenifique.
Este es mi mandamiento:
Ámense mutuamente, como yo los he amado.
Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por los amigos.
Ustedes son mis amigos si hicieren lo que yo les mando.
Ya no les digo siervos, porque el siervo ignora qué es lo que hace su señor; yo los he llamado amigos, porque todas las cosas que oí junto a mi Padre se las he dado a conocer.
No me eligieron ustedes a mí, sino que Yo los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y lleven fruto, y ese fruto permanezca, para que todo lo que pidan al Padre en mi Nombre se los dé.
Esto les mando, que se amen los unos a los otros» (Jn 15, 9-17).

Contemplación

Al evangelio de hoy hace bien leerlo y contemplarlo saboreando la Eucaristía. Mientras uno comulga espiritualmente, recordando su última comunión en la Misa, y siente la paz de tener esos instantes el Cuerpo de Cristo en la boca, puede escuchar las palabras del Señor en la Cena: su mandamiento del amor.
“Permanezcan en mi amor”.
Ese es su único mandamiento.
Puede ayudarnos entrar en la contemplación de esta “Ley de Jesús” rezando el Salmo 19:

La ley del Señor es perfecta,
consolación del alma,
el mandamiento del Señor es verdadero,
sabiduría del que es sencillo.
Los preceptos del Señor son rectos,
gozo del corazón;
claro el mandamiento de Jesús,
luz de los ojos.

El temor de Dios es puro,
por siempre estable;
verdad, los juicios del Señor,
justos todos ellos,
apetecibles más que el oro,
más que el oro más fino;
sus palabras más dulces que la miel,
más que el jugo de panales.
Por eso tu servidor se empapa en ellos,
gran ganancia es guardarlos.

¡Sean gratas las palabras de mi boca,
y el susurro de mi corazón,
sin tregua ante ti, Jesús,
roca mía, mi redentor.

Jesús nos manda, pues, que nos aguantemos en su amor. Que no le aflojemos a lo que implica “mantenerse y permanecer” en su amor.

Centramos nuestros ojos en este permanecer.
Hemos sido “injertados” en la Vid Sana y Santificante que es el Cuerpo de Jesucristo, corre por nosotros su Sangre que nos perdona y nos da Vida…, se trata pues de “permanecer” en esta comunión.
La narración prolija y repetitiva del mandamiento del Amor es, en el Evangelio de Juan, el equivalente de la institución de la Eucaristía. El Señor expresa de tal manera sus Palabras que es como si dijera “Tomen y coman, esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes”. Aquí dice: “Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por mis amigos. Y ustedes son mis amigos si… permanecen en comunión conmigo, si se aman mutuamente como Yo los he amado”.
Todo en el Señor es comunión: palabras y gestos. Son modos de darse y de comulgar con sus amigos.

Juan pescó esto tan hondamente que el mandamiento del amor se convirtió en el centro de su Evangelio y sus Cartas. Cuenta San Jerónimo que “Cuando San Juan era ya muy anciano y estaba tan debilitado que no podía predicar al pueblo, se hacía llevar en una silla a las asambleas de los fieles de Éfeso y siempre les decía estas mismas palabras: “Hijitos míos, ámense mutuamente”. Alguna vez le preguntaron por qué repetía tanto la misma frase, y Juan respondió: “Porque ése es el mandamiento del Señor y si lo cumplen ya habrán hecho bastante”.

La insistencia de Jesús, percibida por su discípulo más amigo, tiene que despertar nuestra curiosidad. Si insisten tanto debe ser por que ven en nosotros una tendencia a decir “ya lo sé”. Ya sé que el amor es lo importante. Lo difícil es ponerlo en práctica. Amar a todos, especialmente a algunos, es lo que resulta a veces tan difícil.

Si uno se identifica un poco con este razonamiento puede ayudar tomar conciencia de que aquí ya hicimos dos reducciones. La primera, redujimos el amor a su cara operativa. La segunda, lo extendimos rápidamente como un deber para cumplir continuamente con “todos”.

Martini dice que este mandamiento es, en primer lugar, intracomunitario, intraeclesial”. En la Cena, el Señor está hablando a sus amigos. El amor en el que hay que permanecer es, en primer lugar, el de los amigos en el Señor. Y es un amor que se debe recibir cotidianamente, como el Pan de la Eucaristía y el perdón de las deudas, antes de volverse operativo hacia fuera. Es un amor que parte en cada uno de su círculo más íntimo de amigos en el Señor, para luego ir extendiéndose, más por atracción (como le sucede a los primeros cristianos) que por proselitismo:
“Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno. Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar” (Hc 2, 44-47).
Permanecer comunitariamente en el amor que nos regala el Señor ─ a los que comulgamos juntos un mismo Pan ─, es la primera “Misión”, el primer mandamiento, la primera Obra apostólica en servicio de los pobres y de los que no conocen a Jesús. Expresado negativamente podríamos decir: el que no está dispuesto a permanecer en el amor (no en una simple coexistencia distante, de no agresión, sino en el amor que acepta, corrige y perdona setenta veces siete) no puede realizar bien otras “misiones”. Hay que estar dispuesto a volver una y otra vez a este amor para poder luego realizar las demás obras buenas que emprendemos por el Señor.

Permanecer en el amor de Jesús es la Palabra que debemos sentir y gustar internamente como comulgando con ella en toda situación. Así como cuando comulgamos permanecemos un ratito saboreando el Pan, así debemos saborear el mandamiento del amor de modo tal que experimentemos verdaderamente cómo al sujetarnos a ese único mandamiento, nos liberamos de los “otros mandamientos”.

El mandamiento de permanecer en el amor de Jesús nos libera de los mandamientos de la culpa y del resentimiento, que nos vienen del pasado. La culpa dice: “tenés que obedecerme, sentirte mal o si no discutirme. Discutamos de nuevo aquel asunto, a ver si sos culpable o no. Examinemos de nuevo para ver si la culpa la tuvo el otro…”
El mandamiento del amor, en cambio nos dice simplemente, “lo único que tenés que obedecer es “permanecé en mi amor”. Si examinar tu pecado o lo que otro te hizo, te lleva a adherirte más a Jesús, examinalo ahora. Si te hace sentir apartado del amor de Jesús, dejalo por ahora. Y buscá ayuda y consejo de quien te quiere bien.
El imperativo de la culpa se indigna e insiste con sentimientos de apremio y ansiedad: “Cómo ‘dejalo por ahora’. ¿Tenés miedo a la verdad?”
El mandamiento del amor responde a la ansiedad con tono de mansa paz: “la verdad sin caridad no es verdad ahora”. La misma frase será verdad plena cuando la pueda sentir y expresar en el ámbito de la caridad y del amor del Señor. Para eso es necesario que se pacifiquen las pasiones, que se sanen las heridas, que se distingan el trigo y la cizaña. Se puede esperar a que se aclare toda la verdad permaneciendo en el Amor de Jesús. Y si algo inquieta nuestra conciencia se puede permanecer en la paz del amor recordando que “El Padre es más grande que nuestra conciencia”. Y así, la culpa, el desasosiego y la desesperanza dejan paso a la serenidad y a la esperanza confiada en la Misericordia del Señor, en la que se nos manda permanecer.

El mandamiento de permanecer en el amor de Jesús nos libra también de los imperativos eticistas y funcionalistas que nos llevan a poner tensión y separación en la comunidad. Los conflictos comunitarios no son “el problema” (de la misma manera que no es “el problema” experimentar sentimientos de culpa, ansiedad y desilusión). Los sentimientos interiores y los choques y diferencias interpersonales son hechos, situaciones, cosas que pasan. Se los puede vivir y conducir “permaneciendo en el amor” o “aflojando en el amor y separándose del amor”.
Como dice Santo Tomás:
“La amistad no comporta concordancia en opiniones, sino en los bienes útiles para la vida, sobre todo en los más importantes, ya que disentir en cosas pequeñas es como si no se disintiera. Esto explica el hecho de que, sin perder la caridad, puedan disentir algunos en sus opiniones. Esto, por otra parte, no es tampoco obstáculo para la paz, ya que las opiniones pertenecen al plano del entendimiento, que precede al apetito, en el cual la paz establece la unión. (La paz es deseo y elección del corazón!) Del mismo modo, habiendo concordia en los bienes más importantes, no sufre menoscabo la caridad por el disentimiento en cosas pequeñas. Esa disensión procede de la diversidad de opiniones, ya que, mientras uno considera que la materia que provoca la disensión es parte del bien en que concuerdan, cree el otro que no. Según eso, la discusión en cosas pequeñas y en opiniones se opone, ciertamente, a la paz perfecta que supone la verdad plenamente conocida y satisfecho todo deseo; pero no se opone a la paz imperfecta, que es el lote en esta vida” ((Suma Teológica II-II 29 4).

Ante el conflicto dolorosísimo con el hijo que le pide su parte de la herencia y se va, el Padre misericordioso “permanece en el amor” esperando el regreso de su hijo y preparando en su corazón una fiesta.
El hermano mayor, en cambio, cultiva el rencor y enfría con razonamientos de venganza el amor fraterno que tenía y ese resentimiento se extiende hasta separarlo de su mismo Padre, que tiene que salir a atraerlo de nuevo.

Ante el problema de los roles, los discípulos discuten y pelean a ver quién es el que manda, quién es el mayor… y el espíritu de competencia y de comparaciones los hace apartarse del amor. Jesús, para invitarlos de nuevo a permanecer en su amor, llama a un niño pequeño y lo pone en medio y les hace fijar la mirada en los que necesitan del amor de todos y sacar la mirada del amor propio.
Así, mantener en el corazón y en los labios este mandamiento y repetirlo muchas veces sintiendo la suave autoridad de nuestro Dueño, nos libera de los imperativos sicológicos y sociales a los que obedecemos tantas veces sin pensarlo y que no nos dan vida ni nos satisfacen.

Mucha paz tienen los que aman el mandamiento del Señor. Una paz que pacifica los deberes de la razón con la amistad del Señor vivida (como Juan) de corazón.

Diego Fares sj

Juan Evangelista

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