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Jesús el hijo de José, Pan del Cielo

Niño bendiciendo el pan

Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho:
‘Yo soy el pan que ha bajado del cielo’.
Y decían: ‘¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José?
Nosotros conocemos a su padre y a su madre.
¿Cómo puede decir ahora: Yo he bajado del cielo?’

Jesús tomó la palabra y les dijo:
‘No murmuren entre ustedes.
Nadie puede venir a mí a no ser que mi Padre que me envió lo atraiga a mí;
Y yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito: Todos serán instruidos por Dios.
Todo el que oye al Padre y aprende su enseñanza, viene a mí.
No (quiero decir) que al Padre lo haya visto alguien:
Solo el que viene de parte de Dios: ese es el que ha visto al Padre.
Se los digo de verdad: el que cree, tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la Vida.
Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron.
Pero éste es el pan que desciende del cielo,
para que aquél que lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo que descendió del cielo.
El que coma de este pan vivirá eternamente,
Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo’ (Jn 6, 41-51).

Contemplación

La mención de San José en medio del evangelio del Pan de vida me encanta.
Es verdad que se trata sólo de una mención indirecta, que no está dicha con cariño sino con menosprecio y que más que alabar a José quiere rebajar a Jesús. Pero en el evangelio las cosas no son lo que parecen y las maledicencias pueden terminar siendo bienaventuranzas.
Los judíos murmuran, critican las palabras de Jesús sobre el Pan del Cielo argumentando entre ellos para confirmarse que tienen razón:
“¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José?
Nosotros conocemos a su padre y a su madre.
¿Cómo puede decir ahora: Yo he bajado del cielo?”.

La respuesta de Jesús parece no tener en cuenta que utilizaron el nombre y el oficio de su padre para quitarle veracidad a sus palabras.
Sin embargo, podemos releer las palabras del hijo de José poniendo a San José en el centro de la escena.
¿Por qué?
Antes que nada, por gusto; por cariño a San José.
Son tan pocas sus apariciones que cuando sale a la luz, (que siempre suele ser como al costadito, en un rol secundario), cuando se lo menciona, digo, hay que aprovechar para sacarle el jugo. Teológicamente seguimos la lógica de la Encarnación de Juan que revela cómo “a los que creen en la Palabra hecha Carne –hecha Pan-, Dios les da la gracia de ser sus hijos. Y en esto de ser discípulos del Reino, si la primera es María, el segundo, sin dudas, es San José. Juan XXIII que sentía así puso por eso a San José en el Canon, después de la Virgen y antes que todos los demás santos.

La grandeza de José a los ojos de Jesús es indudable. Baste solo una referencia, que tiene que ver con el Pan de vida del que trata el evangelio de hoy: el origen del gesto de partir el pan en nuestra Eucaristía lo conocemos todos. La cena judía, sobre todo la pascual, comenzaba con un pequeño rito: el padre de familia partía el pan para repartirlo a todos, mientras pronunciaba una oración de bendición a Dios. Este gesto expresaba la gratitud hacia Dios y a la vez el sentido familiar de solidaridad en el mismo pan. Así que la imagen que tenía Jesús de cómo se partía el pan le venía de José. Cada día, desde pequeño, le vio partir el pan bendiciendo al Padre. Cada día recibió Jesús en sus manitos de niño el pan partido por José. Horneado por María, bendecido, partido y repartido por José. Al elegir el gesto de partir el pan como modo de estar presente entre nosotros, el Señor nos incluye en sus sentimientos de familia.

Imaginemos entonces los sentimientos de Jesús cuando, mientras está hablando de sí mismo como Pan del cielo, le hacen un desprecio a su padre cuya imagen tiene tan unida al gesto del partir el pan.

¿Qué siente el Señor, que está dando su enseñanza mayor, la del Pan de Vida, cuando le meten a su padre José en la conversación con el fin de desautorizar su Palabra? En otro pasaje sus adversarios acentuarán la ironía al utilizar la expresión: “el hijo del carpintero”. ¿Qué siente Jesús cuando ve que utilizan la condición de artesano de su padre para desautorizar su “pretensión” de dar vida?
Se trata de esos argumentos que se usan para ningunear al otro, a los que estamos tan acostumbrados en nuestro tiempo. Lo primero que uno siente es que el Señor no tendría que haberlo dejado pasar. Jesús no está reivindicando para sí un título que podría ser mérito exclusivo suyo, más allá de la condición de su familia. Al presentarse como Pan de vida la imagen de su madre que le amasó el pan de cada día y de su padre que lo partió dando gracias al Padre del Cielo, están integradas al contenido de lo que quiere revelar. San José y la Virgen María son parte integral de Jesús como Pan de Vida. El es el Pan del Cielo que el Padre nos da, pero no “caído del cielo” como el maná, Jesús no es el pan en serie de la panadería sino el pan que fue “creciendo (levando) en sabiduría y gracia, durante largos años en el hogar de San José.

Si es así, la respuesta que da Jesús a continuación, puede leerse desde la perspectiva de un hijo que honra a su padre. Lo quieren sacar del juego despreciando a su familia y él mete en el juego a su familia y realza su participación en su misión.

Escuchemos con intención las palabras del hijo de José:

“No murmuren entre ustedes”, les reprocha.
El Señor recoge el guante. Juzga que están criticando mal. Es decir: que están utilizando argumentos para herir, no para mejorar la comprensión de las cosas. Esto es lo que nos dio pie a sentir que a Jesús le afectó que mencionaran a sus padres.
Luego agrega un largo párrafo que pareciera que no tiene mucho que ver, pero que podemos leer en el mismo espíritu con que leemos las respuestas de Jesús cuando le mencionan a su Madre. Cuando le dicen que su Madre y sus hermanos lo buscan, el Señor responde que “su Madre y sus hermanos son sus discípulos, los que escuchan la Palabra y la ponen en práctica”. La Iglesia siempre ha interpretado este pasaje, no como un menosprecio a María sino como una manera de honrar a su Madre, que fue la primera discípula, la que mejor escuchó la Palabra y aceptó activamente que se hiciera realidad en ella.
En esta misma línea podemos leer lo que Jesús dice a continuación como una manera de resaltar la fe de buen discípulo de su padre San José.
Leemos el pasaje teniendo en el corazón –paralelamente- la Anunciación a José, cuando el evangelio nos narra cómo:
“el ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo:
no temas recibir en tu casa a María, tu mujer”; y luego continúa mostrando la docilidad de José a la Palabra:
“Despertado José del sueño
hizo como le mandó el angel del Señor” (Mt 1, 20 ss.).

Escuchemos lo que dice Jesús contra los que murmuran menospreciando su condición de hijo de José:
“Nadie puede venir a mí
a no ser que mi Padre que me envió
lo atraiga a mí; y Yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito: Todos serán instruidos por Dios
(Isaías 54, 13: “Todos tus hijos serán discípulos de Yahvéh
y será grande la dicha de tus hijos”).
Todo el que oye al Padre
y aprende su enseñanza,
viene a Mí.
No (quiero decir) que al Padre lo haya visto alguien:
Solo el que viene de parte de Dios:
ese es el que ha visto al Padre. Se los digo de verdad:
el que cree, tiene vida eterna”.
Si aplicamos a San José las palabras de Jesús entonces está diciendo:
José es mi padre terrenal no originándome,
sino dejando libre paso a la Paternidad de mi único Padre,
él, mi padre adoptivo.

José es mi padre terrenal siendo “no protagonista”,
aceptándome en la fe luego de haberme ya encarnado,
él, la sombra del Padre.

José es mi padre terrenal viniendo a mí,
siendo atraído a mí, que ya había sido concebido en el seno de mi Madre,
él, el hombre nacido del Espíritu, que sin saber de dónde viene ni a donde va se deja guiar por él (Jn 3, 8).
José es mi padre terrenal tomándome bajo su custodia,
él, el Custodio del Redentor.

José es mi padre terrenal porque es
“el que oye al Padre y aprende su enseñanza”,
él, el “discípulo de Yahvéh”.

José, mi padre terrenal, al igual que mi Madre,
son esos “discípulos” que profetizó Isaías en el libro de la Consolación,
en los cuatro cantos del Siervo de Yavéh.
Y por eso los reivindico reconociéndome como hijo de estos dos discípulos
a quienes mi Padre “ha abierto el oído” y los ha instruido
para que me reciban y, creyendo en Mí, tengan vida eterna.

Así, en esta línea, cada uno puede ir sintiendo y gustando la paternidad de San José, tal como la realza Jesús. Lo que Dios hace en María no lo hace en ella sola, sino integrando a José. Suele deslumbrarnos el polo luminoso de la llena de gracia, su respuesta hecha canto en el Magnificat, su participación en Caná, el estar junto a su Hijo al pie de la Cruz, su tomar a Juan ( a nosotros) por hijo y ser adoptada por él  (por nosotros) como Madre. Todas y cada una de estas dimensiones de las maravillas que el Todopoderoso hace en la vida de María pueden ser contempladas en unión con su Esposo San José.
La anunciación a María en la conciencia despierta de la fe tiene su otro polo en la anunciación a José en la lucidez del sueño. El fruto en ambos es el mismo: la encarnación de Jesús aceptada y adoptada en la fe. María deja que la Palabra se haga carne en ella, José hace lo que el Padre le dice y toma consigo al Niño y a su Madre.
La visitación tiene a María por protagonista, llevando la alegría del Niño que hace saltar de gozo a los que lo reciben con fe. La huida a Egipto tiene como protagonista defensivo a José, que custodia al Niño defendiéndolo de los que odian la fe.
El Magnificat es explosión de júbilo cantado por María a viva voz. El silencio de José es un silencio de Magnificat cantado interiormente. La misma alabanza, con dos maneras de expresarlo. ¿No le sienta acaso el Magnificat a San José?
No imaginamos su oración interior desbordada de gozo por que el Señor ha mirado con bondad su pequeñez y ha hecho grandes cosas con él?
En Caná, María sintetiza su espiritualidad en esas dos frases: a su Hijo: “No tienen vino” y a los servidores: “Hagan todo lo que él les diga”. José fue envuelto por esta Autoridad de la palabra y vivió toda su vida en la Obediencia de la fe: hizo como el ángel del Señor le dijo.

María da pie a esta integración de José a todo lo que ella vive en el pasaje de Jesús perdido y hallado en el Templo, cuando habla en nombre de ambos y le reprocha cariñosamente al Niño Jesús: “Hijo, por qué nos has hecho esto. Tu padre y yo con angustia te buscábamos” (Lc 2, 48).
Podemos sacar de aquí el criterio exegético (la búsqueda interpretativa) de María para con lo que Jesús hace y dice: ella expresa que buscan a Jesús de a dos: es un criterio esponsal, familiar, eclesial.
María puede revelarnos: recibí a Jesús pensando en José (cómo puede ser esto si no conozco varón);
di a luz a Jesús ayudada por José,
lo presentamos en el Templo juntos (“…cuando sus padres entraban en el Templo, Simeón…”);
lo custodiamos juntos con José
y creció en sabiduría y gracia sujeto a nosotros…
Y así, como en la mesa familiar, que los incluía a los tres, cada cosa de Jesús puede situarse teológicamente en esta espacio de amor generado entre José y María. Especialmente la Eucaristía: Pan bajado del cielo y compartido cotidianamente en el hogar de José y de María.
Profundizar en esta espiritualidad que integra a Jesús en esa polaridad vital de amor y fe que se alimenta mutuamente en el corazón de José y María, ayuda a acercar más la encarnación a nuestra vida. José representa todo el trabajo humano, vivido con la dignidad del silencio y del trabajo que un simple servidor realiza con alegría, para que Jesús sea protagonista de la Redención y María resplandezca a su lado, en el primer lugar para bien de todos.

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Diego Fares sj

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Sagrada Familia 2

El Hospedero a quien nos confió el Buen Samaritano

Hermanos, nadie puede decir: ‘Jesús es el Señor’,
si no está impulsado por el Espíritu Santo…
En cada uno el Espíritu se manifiesta para el bien común”
(1 Cor 12, 3 ss.)

Al atardecer del Domingo los discípulos estaban con las puertas cerradas
por miedo a los judíos; vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:
‘La paz esté con ustedes’.
Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.
Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: ‘La paz esté con ustedes.
Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes’.
Al decir esto sopló sobre ellos y añadió: ‘Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen
y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’ (Jn 20, 19-23).

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso,
que llenó toda la casa en la que se encontraban.Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que, repartiéndose, se aposentaron sobre cada uno de ellos; todos quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (Hc 2, 1 ss.).

Contemplación

En la liturgia de las horas de Pentecostés hay un hermoso pasaje de San Ireneo sobre el Envío del Espíritu Santo, en el que lo compara con el Hospedero a quien el Buen Samaritano le confió al hombre herido que estaba tirado al borde del camino. Dice así:
“Y ya que tenemos a quien nos acusa, tengamos también un Abogado, pues que el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones, del cual se compadeció y vendo sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con interés”.

Me llamó la atención la comparación y buscando en griego el nombre del “hospedero” a ver si se aplicaba al Espíritu, descubrí con alegría que se dice “pandojei” =el que recibe bien (dejomai) a todos (pan). “Dejomai” significa “recibir”, tomar con la mano, y se usa para acoger a un huésped y para recibir hospitalidad, también para tomar y recibir una enseñanza… De ahí que San Ireneo compare al Espíritu con el Hospedero.
El Espíritu es el Dulce Huésped del alma y cuando un alma lo hospeda, se convierte Él en Hospedero.
Él es el hospedero que sana nuestras heridas, el Espíritu que el Señor sopló sobre los discípulos “para el perdón de los pecados”.
Él es el que nos recibe y nos acoge como buen Abogado y Paráclito y se pone a nuestro lado para defendernos y consolarnos de quien, con sus insidias, nos acusa y nos zahiere, del mal espíritu que intenta desolarnos y para impedir ese suave y constante “permanecer en el amor” que nos manda el Maestro.
El Espíritu huésped-hospedero es quien nos enseña a recibir las enseñanzas de Jesús en tierra buena, de modo tal que la semilla de fruto abundante.

Esta misteriosa cualidad de hospedar y ser hospedado es lo más propio de la relación entre Jesús y el Padre, relación de amor en la cual el Señor nos quiere incluir para que incluyamos.
“El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado” (Mc 9, 37).

El milagro de la comunidad

Guardini expresa muy bien el fruto de este recibirse y hospedarse mutuamente en el amor y el perdón: la comunidad. ¡El milagro de la comunidad! como decía Hurtado. Milagro más grande que los milagros de las obras exteriores, porque es el Espíritu de alegría de la comunidad el que fructifica en obras de amor.
El Espíritu posibilita ese anhelo que no podemos realizar de ser nosotros mismos y de formar comunidad plenamente con otros. El Padre y el Hijo sí que pueden estar plenamente el uno en el otro sin perderse como personas, ser plenamente uno siendo dos. Esto es el Amor entre ellos y ese Amos es el Espíritu que se Donan mutuamente y que nos envían a nosotros como Don. Por eso, en el Espíritu podemos recibirnos todos: podemos incluir a todos los hombres, podemos hospedar al mismo Dios que viene a habitar en nuestro interior.

Odres nuevos para recibir a Jesús

El Espíritu, al ser bien recibido, crea en nosotros eso que llamamos “gracia”, Él mismo es la Gracia increada y al dársenos a cada uno en nuestra medida, nos transforma en “odres nuevos”. Permite que tengamos un lugar en nosotros mismos (por decirlo de alguna manera) donde podemos recibir bien a Jesús. Recibirlo, digo,de manera definitiva: sin roturas ni parches. El Espíritu nos hace recipientes aptos para la Buena Nueva. Sin el espíritu no nos sería posible recibir a Jesús. Lo vemos en las apariciones del Señor resucitado: el efecto que produce en sus discípulos es tal que no terminan de creer. Cada vez que el Señor se les presenta, les cuesta reconocerlo. Luego de un camino juntos, lo reconocen y eso los llena de alegría. Una alegría que permanece cuando se va, pero que al poco tiempo decrece y las vacilaciones y las dudas vuelven a ganar lugar.
Sin el Espíritu tendríamos idas y venidas, nuestra fe sería vacilante.
Es un milagro la fe: ¡que uno crea y crea para siempre!.
La fe de los sencillos es el milagro mayor.
En otras cosas de la vida uno avanza y retrocede, cree y descree.
Esto también sucede con la fe (o mejor con la práctica de la fe), pero en su cara más superficial. En el fondo más hondo, el que cree sabe que una vez que creyó, cree para siempre. El temor mismo a perder la fe y lo que sufrimos cuando la sentimos “poca”, no son sino confirmaciones de cuánto la sentimos indeleble.

Las pausas del Espíritu

Por estas cosas, al promediar nuestra contemplación sobre el Espíritu Santo, es bueno hacer una doble pausa (las pausas en el Espíritu son la fuente de una continua paz interior). Una primera pausa, como la de quien entra en una Iglesia: dejando afuera el movimiento de la calle, doblamos la rodilla y centramos nuestra mirada en la lucecita del sagrario para adorar a Jesús. Es la pausa para entrar en la presencia de Dios que nos serena y pacifica. Hecho esto, es bueno detenerse nuevamente un instante más, ralentar la adoración al Padre o a Jesús e hincar de nuevo la rodilla para mirar no ya al Dios Otro sino al Dios que se hace un Espíritu con nosotros. Nos hace bien dar gracias expresamente al que fue Motor de nuestro deseo de entrar en la iglesia, al Espíritu que nos hace reconocer que “Jesús es el Señor”, al Espíritu que nos impulsa a exclamar de corazón ¡Abba, Padre!

Es que el Espíritu es protagonista de la oración y de las acciones de la Iglesia, no su objeto. Pablo lo expresa muy bien: “Hermanos, nadie puede decir: ‘Jesús es el Señor’, si no está impulsado por el Espíritu Santo…” Nadie podría ponerse a rezar con el evangelio si el Espíritu no le hubiera dado ya el deseo de rezar y el gusto que lleva a comprender lo que se lee. Por eso, es siempre lindo y noble el gesto de agradecer al Espíritu al comienzo, en el medio o al final de cualquier cosa que hagamos en el nombre de Jesús y para la Mayor Gloria del Padre. Sin el impulso del Espíritu no podríamos iniciar ni terminar nada en lo que a las cosas de Dios respecta. “Él lo ordena todo para el bien común”, como dice Pablo.

San José Hospedero

Terminamos buscando una imagen que nos ayude a enfocar nuestra relación con el Espíritu, porque esta doble pausa y reflexión requiere trabajo y de alguna manera pareciera que va como a contrapelo del movimiento del Espíritu, que siempre llena y hace salir, produce éxodos y misiones, lleva a contemplar a Jesús, a adorar al Padre y a salir al encuentro de nuestros hermanos necesitados de evangelio y de justicia amorosa…
Con la conciencia de que al Espíritu le agrada que lo reconozcamos, es bueno hacerlo a su estilo:
Reconocerlo con gestos, no con palabras.
Reconocerlo dejándonos conducir y amaestrar por él, no haciéndolo objeto de estudio.

La imagen más linda que me viene al corazón es la de San José.
San José es el hombre del Espíritu.
Su silencio se parece mucho al del Espíritu, que no habla nada suyo porque hace hablar a Jesús, la Palabra.
San José es el que “recibe” y toma consigo al Niño a su Madre, y cuidándolos a ellos, ellos le cuidan su paz a él.
Su no tener una palabra propia que haya quedado en el Evangelio es una elocuente forma de decir que pasaron por su corazón todas las palabras de Jesús. A Él si le habló y mucho, seguramente. Pero así como María habla poco (y como Madre hace suyas las palabras del Padre: “hagan todo lo que el Hijo les diga”), San José, como el Espíritu, sólo muestra a su Hijo en brazos y con su amor invita a que lo recibamos nosotros también y lo cuidemos con el mismo amor.
El silencio de José crea el ámbito de hogar y hospedería para que la Palabra crezca en estatura, gracia y sabiduría, sanando heridas y dando frutos del ciento por uno y del doble de los denarios recibidos.
Los gestos de Hospedero fiel y previsor de San José, a quien el Señor puso al frente de su familia, traducen la acción del Espíritu en acciones de la vida diaria, convirtiendo nuestras Obras en Reino de Dios.

Sagrada Familia zefirelli 1

Diego Fares sj

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