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Posts Tagged ‘San José’

 

Por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.

Apenas surgió del agua, vio rasgarse los cielos

y al Espíritu descendiendo hacia Él en forma de paloma.

Y una voz vino de los cielos:

‘Tu eres mi Hijo amado, en ti me complazco“.

Y ahí nomás el Espíritu lo sacó al desierto.

Y estuvo en el desierto cuarenta días siendo tentado por Satanás;

y estaba entre los animales, y los ángeles lo servían.

Después que Juan fue entregado, vino Jesús a Galilea

predicando el Evangelio de Dios, y decía:

“Se ha cumplido el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios.

Conviértanse y crean en el Evangelio”  (Mc 1, 12-15).

 

Contemplación

Al elegir la palabra que el Padre le dirige a su Hijo recién bautizado – “En Ti me complazco”- me vino la imagen de San José.

Encontré muchas estampitas de San José con el Niño, aunque ninguna lo expresa tal cual cómo me lo imagino, tantas veces complacido en Jesús: sonriente, contemplando a su hijo recién nacido; embobado, viendo jugar a su hijo niño; orgulloso, viendo a su hijo ayudarlo en medio del trabajo, hecho todo un joven. Cuánto debió complacerse San José durante su vida viendo crecer a Jesús en estatura, en sabiduría y en gracia, delante de Dios y de la gente!

Es linda esta imagen en que José mira al Niño que trabaja concentrado, con sus manitos tiernas que se irán haciendo ásperas en contacto con la madera, pasando la escofina.

Y pensaba que es actitud de padre esta de complacerse en los hijos. En cada hijo, cada uno con sus cosas. Con su habilidad particular y con su límite.

Cada hijo es distinto y los padres saben encontrar de qué complacerse en cada uno.

Se trata de una complacencia realista: que sabe ver algo -lo mejor- de cada hijo. Cosas que los mismos hijos a veces no vemos, quizás porque nos comparamos con otro hermano, pero que vamos descubriendo con el tiempo… La mirada incondicional de nuestros padre no es la única mirada desde la que uno se mira en la vida, pero es la del más amor auténtico. No porque no tenga fallas sino porque el amor de nuestros padres es capaz de ir superando sus propios límites, prejuicios y expectativas. Es verdad que los padres se proyectan en sus hijos y que a  veces se complacen de más en alguna virtud más llamativa o se lamentan demasiado al ver algo distinto, algo que no comprenden. Pero con todos los límites, la búsqueda siempre renovada de complacerse en lo más auténtico de los hijos, en lo que los hace ser, crecer y luchar por seguir su propio camino, es lo propio de los padres. Se expresa a veces en forma positiva, de aliento y de alabanza. Pero también en forma negativa, de disgusto y hasta de reproche amargo.

Es que también ellos, los padres, se tienen que ir “haciendo padres” en este diálogo.

Hacerse padre es ser capaz de ir modificando la propia complacencia, para que no sea “autocomplacencia” sino un verdadero “alegrarse en el otro”.

Es una lucha esto de complacerse en el otro, una lucha entre los propios sueños y la realidad de los hijos. Un padre, en el secreto de su corazón, nunca renuncia a sus sueños sobre sus hijos. Y tampoco renuncia nunca a aceptar a sus hijos tal como son.

…….

Estas cosas salieron pensando en San José. Porque cuando uno lee que el Padre “se complace en su Hijo amado”, piensa en una complacencia perfecta con el Hijo perfecto. Y cuando miramos a Jesús en su relación con el Padre, también es perfecta la imagen: la del Hijo que hace todo lo que le agrada al Padre, que cumple su voluntad y no la propia.

Pero mirando la paternidad de José salen otras cosas. Menos perfectas, diría, aunque no menos llenas de gozo.

Digo esto porque el ejercicio de la cuaresma puede ir por el lado fundamental de aprender a “complacernos en Jesús”. Y como la complacencia del Padre de los Cielos puede resultar demasiado perfecta, mirar atentamente la complacencia de San José puede resultarnos algo más cercano y posible de practicar.

Pensaba que nos puede hacer bien la complacencia de San José en cuanto padre adoptivo que complementa la complacencia de María, Madre de Dios. En el sentido de no ser “posesivos” con Jesús, como si sólo fuera hijo único de la madre Iglesia jerárquica romana. Los evangelios dan testimonio de cómo nuestra Señora tuvo que recorrer un exigente camino de discipulado en el que San José le habrá ayudado a moderar sus ansiedades maternas aceptando que su Hijo tenía que estar en las cosas del Padre, que son las de todos los pueblos.

El amor de José por Jesús, como rezamos en el “mes de San José”, es un amor en el que, de entrada, se da la lucha entre lo que le quiere dar a su hijo y lo que la realidad le permite. San José se tendrá que complacer en su hijito nacido en un pesebre.

Pero antes de esto, su paternidad ya comenzó con un despojo total: el de aprender a alegrarse (lo aprendió de la alegría de María) con un hijo que no era suyo.

San José nos enseña a complacernos en Jesús como se complace un padre adoptivo. Y esto ya es el Molde para aprender cómo debemos complacernos los hombres en Jesús. Él es el Hijo del hombre, es uno de nosotros, parte de la humanidad. Pero no es nuestro. Lo tenemos que adoptar. No viene de la carne ni de la sangre, ni de ninguna cultura.

Toda cultura debe adoptar a Jesús! Lo cual significa que no es más nuestro que de los otros. No es más de los cristianos que de los judíos, ni más de Europa que de Latinoamérica ni de lo que será el Jesús de los chinos.

Ir aprendiendo a complacernos como sabe complacerse un padre adoptivo, que es más padre que nadie porque no se complace en verse a sí mismo en su hijo sino que se complace en que ese hijo sea él mismo y se enorgullece de poder darle un padre.

Hay una igualdad en la adopción -porque el hijo adoptivo también tiene que adoptar a sus padres- que es puerta abierta al misterio del amor de Dios.

San José nos enseña a complacernos en Jesús como se complace un padre pobre en su hijo. El segundo despojo de San José fue, como decíamos, el del pesebre. No le pudo dar lo mejor que tenía a su hijito.

Los padres se complacen en comprar la cuna, la ropita, los juguetes… Y me viene la imagen de toda la liturgia que la Iglesia, como buena madre, ha ido “comprando” para alabar a Jesús. Es algo muy bueno y muy de familia. Pero hoy más que nunca se nota que el apego a estas cosas tiene mucho de autocomplacencia. Aquí en Europa las Iglesias de paredes pintadas, como yo les llamo, se parecen a esos cuartos de los niños que quedan igual a como estaban una vez que los hijos ya se fueron.

San José nos enseña a complacernos con un Jesús en pañalitos, un Jesús cuya riqueza son los brazos de sus padres, sus besos y caricias… Por supuesto que enseguida nomás comenzaron a caer los pastorcitos trayendo sus regalos y luego los reyes. Cada cultura adorna a Jesús con sus cosas y sus costumbres. Pero tenemos que aprender a complacernos en Jesús puro Jesús. Con todas sus cosas y también despojado de todas ellas.

San José es maestro en conjugar la pena de la circuncisión con la alegría del Nombre de Jesús, las incomodidades y peligros del destierro con la felicidad de la casita propia en Nazaret, la aflicción profunda de perder a su hijo con la consolación suavísima al encontrarlo en el Templo…

Nuestro pueblo fiel, en su religiosidad popular, sabe mucho de esto. Se complace en vestir y adornar al Señor, a su Madre y a los santos, con sus flores, sus exvotos, sus vestidos y coronas …, con todo lo mejor que tiene. Si uno se fija bien, la gente adorna más las imágenes que el templo. Al menos en nuestros barrios del gran Buenos Aires, los templos se quedan más bien humildes, pero las imágenes salen a la procesión vestida la Virgen como una reina y llenas de flores las andas del Señor. Siempre recuerdo cuando nos robaron la Cruz del Señor de los Milagros de Mailín unos días antes de la Fiesta: aunque pusimos otra y la fiesta se hizo, la orfandad se sintió muy fuerte.

En la mística popular le complacencia puesta en las imágenes gloriosas del Señor, de la Virgen y los santos, ricamente adornados en medio de un contexto de sobriedad y más bien de pobreza en lo demás es, como decía, una puerta abierta -la puerta estrecha- a esta espiritualidad de “complacerse en Jesús gloriosamente pobre y humilde”.

Nos quedamos con estas dos imágenes: la de San José que se complace en Jesús como un padre adoptivo se complace en su hijo y la de San José que se complace en Jesús puro Jesús, como se complace un padre pobre en su hijo, sin adornos o con todos los adornos, ya que siempre se centra en su persona misma.

Pedimos al Espíritu la gracia de la cuaresma, que es gracia bautismal: gracia de “bautizarnos” y sumergirnos en la complacencia en Jesús”.

Complacencia perfecta, como la del Padre.

Complacencia perfecta-imperfecta como la de San José.

Al ejercitarnos en complacernos en Jesús, nuestro hijo adoptivo, nuestro hijo despojado y adornado, podemos sentir y gustar cómo es que se complace el Padre en nosotros.

También nosotros no somos más que hijos adoptivos. También nosotros somos hijos pobres de toda pobreza a los que nuestro Padre no nos puede dar todo lo que quisiera por las circunstancias duras de la vida. Nuestro Padre se complace en nosotros así como estamos y somos, más allá de lo que nos puede dar!

Complacernos en Jesús será nuestro Ejercicio de cuaresma.

Le sumo algunas complacencias evangélicas para adornar el sentimiento.

Complacernos quiere decir que nos caiga bien todo lo que Jesús hace, siguiendo lo que aconseja nuestra Señora en Caná. Porque para poder hacer todo lo que nos diga, primero nos tiene que caer bien Él, y así luego, nos caerá bien lo que nos manda hacer. Pablo dice que al Padre le agradó hacer habitar en Jesús toda plenitud y que fuera Él el que reconciliara a todas las cosas en sí, pacificándolas con la sangre de su Cruz (Col 1, 19-20).

Complacernos es sentirnos orgullosos de Jesús -y de sus amigos y de su iglesia y de su pueblo-: aprobar lo que son y lo que dicen y hacen y cómo lo hacen. Pablo dice que a Dios le ha agradado salvarnos por la locura de la predicación (1 Cor 1, 21).

Complacernos es sentirnos contentos con Jesús y que nos agrade todo Él y todo lo suyo: sus sacramentos, su evangelio, sus parábolas, sus mandatos y consejos, su estilo, sus opciones por los pobres, su gusto por estar con los pequeños… Lucas le dice a los pequeños, al pequeño rebaño del pueblo fiel de Dios: “no teman, porque el Padre se ha complacido en darles el Reino a ustedes” (Lc 12, 32).

Complacernos en Jesús es complacernos en lo que le complace a Él, y esto es: que conozcamos al Padre! Un Padre a quien no le agradan los sacrificios sino la misericordia (Hb 10, 6), que se complace en sus pequeñitos, a quien no le gusta que ninguno se pierda, que viste a los lirios del campo y le da de comer a los pajaritos (ninguna cae sin que Él “esté”), que está siempre esperando a los pródigos y haciendo fiestas a las que quiere que todos vayamos y se enorgullece cuando colaboramos en la cosecha de su viña.

Cómo no complacernos en gente como ellos!

Diego Fares sj

 

 

 

 

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José y María subieron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, un hombre que vivía esperando la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él. Conducido por el Espíritu Santo, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón tomó al niño en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste para todos los pueblos: Este es la luz que viene para iluminar a las naciones paganas y la gloria de tu pueblo Israel.»  Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño hará que se revelen los pensamientos de fondo de muchos corazones. A ti una espada te traspasará el alma.»  Había también allí una profetisa llamada Ana, que era viuda y tenía ochenta y cuatro años. Vivía en el Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Llegando a aquella misma hora se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él (Lc 2, 22-40).

Contemplación

Suele pasar, cuando nace un niño en la familia, que la alegría de las abuelas es más expansiva que la de los papás. Los jóvenes padres vienen de pasar las angustias y los dolores del parto. Su alegría es honda, pero el agotamiento los hace hablar menos. Eso sí, gozan mirando cómo los abuelos toman en brazos al recién nacido y lo llenan de sonrisas y palabras de cariño y lo muestran y hablan hasta por los codos.

Algo así es lo que Lucas quiere decir cuando cuenta que: “Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él”. Los ancianos Simeón y Ana tomaban al Niño en brazos, lo alzaban en alto alabando a Dios, se lo mostraban a todos y llenos de alegría, profetizaban lo que sería de él. Felices, daban testimonio de que su vida ahora estaba plena y que se habían cumplido todas sus esperanzas. Ellos gozaban ya de las cosas que Jesús haría en el futuro. La esperanza les había ensanchado de tal manera el corazón que les permitía abrazar en la fe a todos los pueblos y ver claramente cómo ese Niño iluminaría a todos los hombres y provocaría un discernimiento en cada corazón: sería necesario optar. O por él o en su contra. Nadie podría permanecer neutral o indiferente ante el testimonio que Jesús daría.

De toda la efusividad que respira el texto de Lucas, me detengo a contemplar la alegría que desata el Niño Jesús.

El la genera y la concentra.

Es una alegría que tiene necesidad de abuelos que la expliciten y se la cuenten a todos. Incluso a sus mismos padres que, admirados, absorben cada palabra  y van aprendiendo a conocer al Jesús que les cuentan los demás.

Esta dinámica, de aprender a alegrarse viendo lo propio con los ojos ajenos, comenzó para José y María la Nochebuena, con la llegada de los pastores, que contaban llenos de entusiasmo las cosas que el ángel les había anunciado y miraban y remiraban al Niño acostado en el pesebre: ese era el signo, esa era la señal. Siguió con la llegada de los reyes magos…, y ahora con los ancianos Ana y Simeón.

Para María había comenzado antes, con el saludo de su prima Isabel, en la que Juan Bautista había saltado de alegría en su seno. Toda su vida sería así: un alegrarse con lo que la gente sencilla le contaba que había hecho su Hijo. A los que hablaban mal, no les prestaría oídos, no dejaría que la adrenalina del mal, que sube del hígado y conmueve el corazón, se le subiera a la cabeza, le afectara su inmaculada fe. No faltarían, por supuesto, los momentos oscuros y amargos. Como le profetizó Simeón, una espada le abriría el alma y le partiría en dos el corazón. Pero eso formaba parte también de la alegría, ya que la alegría que generaba y genera su Hijo no es una media alegría, no es solo la cara soleada de la vida, siempre amenazada por la cara sombría de la oscuridad. La alegría que trae su Hijo al mundo es esa que nada ni nadie nos podrá quitar. Es una alegría entera: por todo lo que pasa: por las buenas y las malas, por la salud y la enfermedad, por la vida, larga o breve.

La de Jesús no es una alegría por algo bueno. No es por algo sino por Él. Alegría por Alguien que vino para quedarse, que vino a acompañar, todos los días, hasta el fin del mundo, a nuestra humanidad. Alegrarse de tanto gozo y gloria de Jesús Resucitado, dice Ignacio en los Ejercicios. Y es un alegrarse por el Resucitado que recién nace, por el Resucitado niño presentado en el Templo y por el Resucitado preadolescente que allí se perdió; por el Resucitado hombre que llama a seguirlo, por el Resucitado que nos atrae, alzado en alto en una Cruz y por el Resucitado que nos sale al encuentro diciendo que son felices -como Simeón y Ana- si creemos sin ver.

De la alegría de la Sagrada Familia, esa alegría íntima de José y María con el Niño en brazos, que mientras suben al Templo, se va irradiando como un solcito que ilumina y hace arder a los corazones de gente como Simeón y Ana y, a través de ellos se extiende a todos los demás, pasamos a meditar acerca de la alegría en nuestra familia, en medio del mundo actual.

Es la “Amoris laetitia”, de la que habla el Papa Francisco: la alegría del amor en la familia que es júbilo para toda la Iglesia.

Antes de seguir, ponemos una tarea: releer Amoris Laetitia puede ser una linda “tarea para las vacaciones”.

Para ayudar a releerla la situamos en el marco amplio de los últimos 50 años, en los que la preocupación pastoral de la Iglesia por llegar a las familias, ha sido una constante.

El Concilio Vaticano II, en la Gaudium et Spes al tratar “los problemas actuales más urgentes que afectan profundamente al género humano” comienza hablando de la familia.

La perspectiva era realzar “La dignidad del matrimonio y la familia”, frente a un mundo que había comenzado a cuestionar su valor absoluto, proponiendo otras formas de relación.

En el 68 Pablo VI saca la Encíclica sobre “Humanae vitae”. Allí el Papa miraba a la familia desde la perspectiva de “El gravísimo deber de transmitir la vida humana”.

Se enfrentaba el problema del control de la natalidad, instrumentalizado por los estados. La posibilidad de “controlar” la fecundidad fue objeto de discusión biológica, médica, política… y por supuesto, religiosa.

De alguna manera el ámbito íntimo de la familia -la conciencia del esposo y de la esposa, su diálogo personal -diálogo que tiene sus tiempos, que se hace día a día, en medio de la vida y del trabajo, del cuidado de los hijos y de la marcha de la casa, y que se retoma en tiempos fuertes-, su maduración única y distinta en cada caso…, todo ese mundo familiar, se vio sometido a ideas y productos nuevos que les llegaron y les siguen llegando bajo la forma de una avalancha de cuestiones discutidas.

Discuten sobre la familia los biólogos, los médicos, los políticos, los sociólogos, los curas… Y todo a través de los medios  de comunicación y de los movimientos sociales.

En el ojo del huracán, las familias tienen que decidir a mil por hora si se juntan, se casan, se divorcian o se juntan de nuevo; si tienen un hijo o dos o más, si engendran con fecundación asistida, congelan óvulos, adoptan un vientre o abortan un hijo con malformaciones genéticas; si usan tal o cual píldora, preservativo o método llamado natural… y todo esto sin hablar de que ya desde adolescentes se les plantea qué género quieren elegir y si serán hetero, homo, o transexuales.

En medio de esta agitación en la que cada familia viene viviendo, el Papa Francisco, realizó “uno de los hechos más significativos de su pontificado” – al decir de muchos analistas-: convocó a una Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos para tratar “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización” (5-19 octubre de 2014).

Una convocación de este carácter (un pequeño Concilio, podemos decir), que tiene solo dos antecedentes, se hace cuando un asunto hace al bien de la Iglesia universal y requiere “una resolución rápida”.

Luego vino un segundo Sínodo sobre la familia. Fue ordinario y con los aportes  del extraordinario, trató el tema de la familia desde la perspectiva de su misterio y vocación.

Al finalizar, el Papa escribió su Exhortación apostólica “Amoris Laetitia”.

El tema de la “alegría del amor” lo había mencionado San Juan Pablo II en Familiaris consortio (1980) al hablar de la “irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza” mediante las cuales las familias son testigos del amor de Cristo, de las virtudes del reino que están presentes y son reales en esta vida y de la vida bienaventurada (FC 52).

Qué nos quiere decir el Espíritu con todo esto? Yo lo expreso así: con Amoris Laetitia estamos en presencia de un regalo del Espíritu a las familias.

Es un regalo bien envueltito que cada familia debe ver cómo lo desenvuelve y se lo goza.

Es un regalo que comenzó a prepararse hace 50 años y que se vio envuelto -empaquetado- en todo tipo de peleas, discusiones, recomendaciones severas, teorizaciones abstractas de todo tipo…

Un regalo que el Papa Francisco tuvo el coraje de poner sobre la mesa en medio de dos sínodos de Obispos y, luego de escucharlos atentamente y ver cómo revivían en los diálogos todas las discusiones de estos 50 años, tuvo el coraje redoblado de desempaquetar todo, sacando lo que no era esencial y devolvernos el regalo de lo que el Espíritu viene queriendo decir a las familias desde hace 50 años.

Y qué es lo que nos quiere decir el Espíritu?

Ante todo y simplemente: “una buena noticia”.

Que “La alegría del amor que se vive en cada familia es también el júbilo de la Iglesia”. Que a pesar de todas las crisis, “el deseo de familia sigue vivo, en especial entre los jóvenes, y que esto motiva a la Iglesia” (AL 1).

Contra todas las pálidas -bajo forma de que no vale la pena la familia o de que es algo tan puro que es imposible de alcanzar y por tanto se vive siempre bajo la sombra de la culpa- Francisco nos regala esa buena noticia.

La tarea es animarse a “leer una buena noticia”: de punta a punta, palabra por palabra y capítulo por capítulo.

No todo el mundo es capaz de soportar noticias tan buenas que le toquen en su intimidad más íntima: en su casa, en su mesa y en su lecho conyugal.

Pero ese es el desafío: Francisco nos habla largo y tendido de la alegría del amor que experimentamos en familia y se dedica corajudamente a defender esta alegría contra toda mala onda, a alentarla en sus más mínimos pasos y en sus decisiones más valientes. Le pone palabras de reconocimiento a todo lo que es positivo y palabras de infinito respeto, ternura y misericordia, a todo lo que es dolor, herida, angustia y pecado.

Esto quiero decir con lo de que Amoris Laetitia es un regalo: que la perspectiva desde la que habla el Papa es la de la alegría. No la alegría en abstracto, no la alegría destilada de los puros, no la alegría en dosis del mundo. Es la alegría de la familia, de todas las familias reales, las no perfectas, las que luchan por su amor y tratan de sacar adelante a sus hijos y se hacen cargo de los viejos. El Papa empieza, sigue y termina por esta alegría. No la empieza con el dedo en alto del deber ni con el dedo señalador de la acusación. No se mete a hurgar en las llagas, sino que las venda con el bálsamo de la misericordia. No se extiende en las razones para temer, que vuelven rígidas las posturas, sino que se alarga en las razones para la esperanza y el amor. Francisco mira todo “a la luz del ministerio pastoral: almas que salvar y que reconstruir”, como escribía en su diario Juan XXIII, poco antes de la apertura del Concilio.

Amoris Laetitia es un regalo esencial porque, al cambiar de lugar algunos acentos, brinda elementos de discernimiento para que cada persona descubra esa alegría duradera que experimenta cuando “hace familia”, la distinga de todo lo que no puede hacerse familiar y se anime a dar un pasito que concrete esta vocación universal a la alegría del amor.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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La generación de Jesucristo fue así:

Estando comprometida su Madre María con José,

antes de que estuviesen juntos,

se encontró con que había concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió repudiarla en secreto.

Mientras tenía estas cosas en el ánimo,

el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

‘José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa,

porque lo que ha sido engendrado en ella es del Espíritu Santo.

Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús,

porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.’

Todo esto sucedió para que se cumpliera

lo que el Señor había anunciado por el Profeta:

‘La Virgen concebirá y dará a luz un hijo

a quien pondrán el nombre de Emmanuel,

que traducido significa: «Dios con nosotros.»’

Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado

y recibió consigo a su mujer (Mt 1, 18-24).

 

Contemplación

El título que San Ignacio da a sus Reglas de discernimiento es “Reglas para en alguna manera sentir y conocer las varias mociones que en el alma se causa, las buenas para recibir y las malas para lanzar” (EE 313).

En el pasaje del evangelio de hoy, vemos cómo San José sintió y conoció que se causaban en su alma pensamientos muy distintos y contradictorios entre sí.

Por un lado, sus pensamientos humanos, fruto de una deliberación bien pensada, en la que no encontraba otra salida racional para no ser injusto ni con María ni consigo mismo, que repudiarla en secreto. No quería exponerla públicamente ni podía hacerse cargo por su cuenta de un bebé que no era suyo.

Esos eran “sus pensamientos propios” y aunque el evangelio no lo dice, seguramente se le habrán cruzado otros sentimientos y pensamientos del mal espíritu antes de llegar a este decisión libre y deliberada.

Por otro lado, San José tiene ese sueño en el que se le aparece el ángel bueno y le da una interpretación totalmente distinta e impensada de lo que ha sucedido.

Y Mateo nos dice que, “al despertar, San José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y recibió consigo a su mujer”.

No nos cuenta qué pensó ni si elaboró una oración. Simplemente se decidió por el buen espíritu y pasó directamente a la acción.

San José recibió no sólo el buen pensamiento, sino que se levantó y fue derechito a buscar a María y con todo amor se la llevó a su casa.

Los otros razonamientos, sentimientos y resolución anterior los “lanzó” fuera de sí, sin ninguna duda ni vuelta atrás.

 

Se suele decir que San José es el hombre del silencio y que no se conserva ninguna palabra suya en el Evangelio.

Sin embargo, Mateo nos permite entrar en su mundo interior, en el que su resolución y buen juicio humano, su capacidad de escuchar a Dios en sueños y sus acciones buenas, no solo nos hablan sino que nos abren el espacio de un diálogo interior rico y elocuente.

Su silencio es como el silencio de esos padres que abren la oreja y el corazón a sus hijos y los dejan hablar y contar todo lo que necesitan y con pequeños gestos y miradas los invitan a hablar y a hablar más hasta que desahogan todo su corazón. Son esos silencios llenos de sí, de aprobación, de aliento, de “yo te comprendo” “entiendo todo” “contame”, más elocuentes que cualquier discurso. Silencios dialogantes. Así es el silencio de San José: un silencio en el que cabían todos los diálogos entre Jesús y María en el hogar de Nazaret.

Es que el alma de San José habita en las fuentes de la Palabra.

Veamos, si no, su misión.

El Ángel le dice que como padre, será él el que le ponga el Nombre a Jesús: “le pondrás el nombre de Jesús”.

Esta misión nos recuerda a Adán, cuando Dios le trajo delante a todos los animales para que les pusiera nombre y Adán le puso un nombre a cada uno (Gn 2, 19-20).     Ponerle el Nombre a Jesús es habérselo puesto a toda la nueva creación: todo, de ahora en mas, llevará el logo “Jesús”.

Una vez que José, delante del sacerdote que lo circuncidaba, pronunció el Nombre de Jesús, qué otra cosa le quedaba para decir. Ya antes lo había comenzado a pronunciar en voz baja, mientras lo tenía en brazos y se lo daba a María: Jesús, Jesucito.       Imagino que San José tendría en sus labios este “Jesús” para todo. Jesús, Jesucito, Jesús tomá, Jesús vení, Jesús escuchá, Jesús vamos a rezar, Jesús ayudame, Jesús traéme el martillo, Jesús andá decile a tu mamá, Jesús vamos que te llevo a la sinagoga, Jesús, ahora bendecimos el pan, Jesús vamos a dormir, Jesús, despertate, que tenemos que salir rápido porque hay gente mala que nos quiere hacer mal, Jesús esperame aquí y cuidá a tu madre, Jesús no te nos pierdas de nuevo, que tu madre se angustia mucho…, Jesús, Jesús, Jesús.

Cómo dicen algunos que San José no hablaba si se la debió pasar cantando y saboreando el Nombre bendito de su Hijo. Y no solo por gusto de padre, como todo papá que saborea el nombre que le puso a su hijo, sino además, como misión dada por el Señor.

El Magníficat de San José tiene una sola palabra.

Las demás, como un rebaño de ovejitas en torno a su buen pastor, acudirían al escuchar “Jesús” y le andarían siempre cerca.

Y las palabras lobo, huirían de su corazón y desaparecerían de su mente, con solo pronunciar Jesús.

El discernimiento fatigoso que José tuvo que hacer por sí solo, antes de escuchar de labios del Ángel el Nombre que lo discierne todo, el Nombre que revela los pensamientos que cada hombre tiene en su corazón, como le diría Simeón a María, ese discernimiento, una vez escuchado el Nombre de Jesús que tendría que ponerle a su hijo, se volvió parte de su mismo corazón.

Al poner a Jesús su Nombre, San José no solo se convirtió en padre de Jesús, sino que Jesús se le encarnó en su corazón y tomó posesión de él haciéndolo uno con el Suyo.

De ahí en más, San José discernirá lo que tiene que hacer sin necesidad de andar dando vueltas y sopesando pros y contras.

Le bastará con decir Jesús y los pensamientos buenos se le arremolinarán como ovejitas y los pensamientos malos huirán como lobos espantados por el cayado del pastor.

San José, diciendo Jesús, sabrá lo que tiene que hacer: si huir a Egipto o si regresar a Nazaret.

Y se consolidará esta experiencia cuando Jesús se les pierda en el templo y se pasen tres días buscándolo. Sin Jesús, el mundo se les habrá caído y al recuperarlo, maduro –ya ocupado en las cosas de su Padre-, lo habrán sentido ya no solo como hijo querido sino como Salvador, que no otra cosa significa el Nombre de Jesús.

 

No tengo mucho más para decir sino solo esto: que San José es patrono del discernimiento.

Y que si uno quiere “discernir” como dice el Papa Francisco, no tiene que iniciarse en ningún tipo de procedimiento complicado. Basta con que comience a invocar a San José y le pida que lo acompañe en este camino, recordándole como buen Padre de invocar el Nombre bendito de su Hijo, de decir Jesús a cada rato y todo lo que pueda, para ir sintiendo y conociendo las mociones que se causan en su alma, las buenas para recibir y las malas para lanzar.

Con San José se volverá claro lo que hay que “tomar consigo” y lo que “no hay que repudiar”; uno sabrá cuándo hay que “huir a Egipto” escapando de los Herodes y cuándo hay que volver a Nazaret; uno sabrá buscar y hallar a Jesús cuando se le pierda, regresando a las cosas del Padre…

San José hablaba poco en el sentido de que no hablaba por hablar. Habló poco porque decidió y pasó a la acción. Lo cual equivale a “pronunciar” interiormente las palabras esenciales, los “sí” que lo llevan a hacerlo todo como el Señor le dice.

En esa frase de Mateo: “Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado”, está interiormente dicha la frase de María: “Yo soy la Servidora del Señor, hágase en mí según tu Palabra”.

En el “hágase” que pronuncia constantemente la Iglesia, abriéndose a la Acción del Espíritu, San José es el que “hace” –e invita ha hacer- todas esas pequeñas tareas y servicios necesarias para cuidar y custodiar lo que misteriosamente lleva a cabo el Señor.

San José discierne los momentos, diría Francisco, actúa en lo cotidiano, cuidando al Niño y a su Madre.

Y porque está siempre pronunciando la Palabra más grande –Jesús- es que no necesita pronunciar otros discursos, sino sólo las palabras más pequeñas y simples, que casi ni se pronuncian, pero se ve que están dichas, cuando alguien como él las pone en acción.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

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 padre con niño (1)

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó,

uno de sus discípulos le dijo:

«Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos.»

El les dijo entonces:

«Cuando oren, digan:

Padre

¡Que sea santificado Tu Nombre!

¡Que Venga Tu Reino!

El pan nuestro, el necesario para la existencia, dánoslo cotidianamente,

Y perdónanos nuestros pecados,

Porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe;

Y no nos metas en la prueba.

Jesús agregó:

«Supongamos que algunos de ustedes tiene un amigo

y recurre a él a medianoche, para decirle:

“Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle,” y desde adentro él le responde:

“No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos.”

Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.

También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 1-13).

Contemplación

La primera moción, al leer la oración de petición en que Abraham busca cambiarle el corazón a Dios, haciendo que se compadezca por los diez justos de Sodoma, me hizo sentir que la oración que se adentra en el corazón de Dios es para cambiar el mío, no el de Él.

El de Él en el sentido de cómo lo siento yo, cómo me comporto de acuerdo a lo que imagino que Él pensará y querrá. Eso puede cambiar en mi oración: cambiar lo que yo siento de Dios.

Por eso la oración es charlar como con los amigos: buscando el sentimiento más auténtico para compartirlo como un pan.

Los amigos se alimentan de sentimientos auténticos, de lo que le pasa al otro: lo que más le gusta, lo que está soñando, lo que siente que no es leal, las dificultades, el amor… Todo lo auténtico alimenta la amistad.

Y con el Señor, la dificultad es que hay mucho espacio libre en medio. El responde, sí, pero no como un amigo inoportuno que viene de noche a pedir algo y nos obliga a cambiar nuestros sentimientos.

Del sentimiento de ir recluyéndonos en la intimidad propia del sueño el amigo inoportuno nos interpela a salir de nosotros mismos y a atenderlo a él.

Esa insistencia, es una manera de presencia del otro, que nos cambia.

Con los amigos no es difícil salir de nosotros mismos para abrirles la puerta. Porque la amistad enseguida transfigura la relación y del fastidio propio se pasa a la alegría compartida.

Pero con Dios es distinto. Aunque ahora que lo pienso, fue a Jesús al que se le ocurrió este ejemplo del amigo inoportuno. Es que Jesús es así. Si uno lee bien el evangelio es más cercano de lo que parece. Nos adivina todo lo humano. Es más: lo profundiza. Nos hace descubrir cosas nuestras –bien humanas- que no conocíamos que existieran en el hombre. Y nos lo encamina. Encamina hacia Dios precisamente eso que a nosotros nos parecía que nos aleja. Con el pecado es claro: es el receptáculo para Dios mismo, cuyo nombre es Misericordia. Pero también aquí, ese respeto humano que nos aleja, para no molestar, Jesús nos hace ver que es lo más importante: molestarlo a Dios.

Por estas cosas, que se le notarían al rezar, será que al verlo, a ese discípulo, bendito discípulo que se animó a importunar a Jesús que estaba rezando con el Padre, nada menos, se le ocurrió hacerle esta petición!: enséñanos a rezar.

El pensamiento de un amigo es así: si veo que estás en otra cosa, igual te insisto porque sé que eso te hará ver que lo que me pasa es auténtico –si este me llama a esta hora, dirás, es por algo-, y apenas veas esto sé, que como sos mi amigo, me ayudarás con alegría. Esta es la confianza de la amistad.

Esto que yo siento cada vez que tengo que pedirle algo a un amigo que se que está ocupado –o que se está recluyendo en la intimidad del sueño, como el de la parábola- me lleva a ver que Jesús dice la parábola pensando en el discípulo que lo “importunó”. O sea, el amigo inoportuno fue el que le pidió que nos enseñara a rezar. Capaz que Jesús vio que alguno le daba un codazo, como diciendo cómo se te ocurre pedir una cosa así en este momento…

La verdad es que no se si es tan así como me lo imagino, porque el evangelio dice que le preguntó “cuando terminó de rezar”. O sea que no le cortó la oración para pedirle que les enseñara a rezar (lo pidió para todos, pero fue él el que sintió la necesidad). Pero capaz que le pidió medio con un exabrupto ya que me imagino que si el Señor estaba rezando con el Padre sería algo así como cuando uno comulga y se queda un rato en silencio. No es que cortó con el celular y pasa a atenderte a vos. O capaz que Jesús le leyó el corazón y vio que había dudado si hacerle la petición o no, porque se ve que no era Pedro ni ninguno de los más importantes, de los que siempre hablaban, sino solo “uno de sus discípulos”, como dice Lucas, y entonces Jesús lo anima contando esta parábola. Le hace sentir que estuvo bien y que eso tiene que ser la oración: importunarlo a Dios. (Si no, para qué rezar? Para pedirle lo que ya sabe? O lo que es lógico que siga su curso normalmente? Jesús viene a decir que a Dios le gustan más las oraciones molestas!).

Sin embargo, este respeto humano que por ahí sentimos con Jesús, y que seguramente sentimos más con ese Señor Misterioso y un Poco Lejano, a quien Jesús nos dice que lo llamemos Padre, es el que Jesús aprovecha para enseñarnos a rezar.

No hay que tener respeto humano con Dios en la oración. Eso nos enseñó.

Llámalo Padre. Ahí está todo. Esta palabra es mágica. Te abre la puerta de su corazón.

Pero entrá en tu corazón antes de pronunciarla con los labios y decila auténticamente. Es decir sintiéndola.

Con sencillez, porque es una palabra muy sencilla y de lo más común, pero sintiéndola. Siempre que digo esto de que padre es una palabra común, me viene al corazón la voz del niño… Iba caminando por Once, en Buenos Aires, entre los negocios de ropa, de sábanas, de calzado, de artículos para el hogar…, y siento entre las voces de la gente, una voz de niño que dice “abba… y no se si “mirá esto” o “vamos ahora a comprar aquello…” No recuerdo lo que siguió porque yo solo escuché “abba”. Me quedé conmovido y para que no se notara que me daba vuelta aminoré el paso y dejé que se me adelantaran. Les ví un momento el rostro, cuando me pasaban, y luego de espaldas, los dos de negro y con saco, el papá, joven, con su sombrero y las trenzas, y el niño de unos ocho o diez años, de la mano, también de negro y con kipá y trenzas castaño claro, que alzaba un poco el rostro, con lentes, y seguía hablando con su abba, delante de mí, en medio de la gente. Sentí que tenía ganas de decirle: enseñame a rezar. Con lágrimas en los ojos, lo dije en voz baja. No a él, a ese niño, ni a su abba. Pero también a ellos. Porque me imaginaba a Jesús de niño, de la mano de José, por el Once en Nazaret. Cosas que sólo pasan en Buenos Aires.

….

Retomo luego de un rato. Cuando llegué al corazón de la contemplación, con el recuerdo lindo del niño y su abba, me puse a buscar la foto. Encontré esta que está linda. El niño va agarrado a su abba y ambos miran cada uno para su lado. Pero en cualquier momento él niño se da vuelta y le dice “abba” tal cosa… Por eso me gustó.

El Abba –el Padrenuestro- con sus palabras sencillas es un poco así.

Uno puede ir con Dios mirando cada uno para su lado, pero en cualquier momento puede darse vuelta –el que lo sienta primero- y decir “abba” tal cosa –santificado sea tu nombre o comprame el pan o perdona lo que hice o librame de este mal…- o él puede decirnos “hijo” tal cosa –quiero que vengas a trabajar a mi viña, o todo lo mío es tuyo, o escúchalo a tu Hermano (a Jesús)-.

Pensaba que la parábola del amigo inoportuno viene tan pero tan bien para rezar! Lo de inoportuno es una de esas palabras impertinentes que resalta la amistad diciendo todo lo contrario. Porque en el amor a un hijo, por ejemplo, la inoportunidad no existe. Si un hijo llama de noche y en el celular suena el ringtone especial, un papá no piensa qué molesto sino “qué le habrá pasado”, “qué necesita”, “qué bueno que llame porque seguro que le pasó algo y gracias a que llama lo puedo ayudar”… Un papá piensa sin pensarlo todas esas cosas y otras por el estilo. Si el que llama a medianoche es un amigo, como el que describe Jesús, el sentimiento no es tan inmediatísimo como con un hijo, pero tarda pocos segundos en sintonizarse con la necesidad del otro. Quizás cuánto tarde sea un medidor de la amistad, si es que ese aparato existe. En todo caso, si la amistad se mide es para cultivarla mejor y no para reprochar nada.

Pero poniendo las cosas en el marco de la enseñanza que el discípulo pidió y que el Señor le dio con esta parábola, podemos concluir que nuestra capacidad de insistencia es lo que indica el grado de familiaridad que tenemos con nuestro Abba y Amigo y allí está el punto para crecer en la oración.

Que esto lo sabemos –que somos hijos- es una verdad. Se constata en las malas, porque ahí acudimos a Dios sin vergüenza y le decimos “Dios mío”, por qué me abandonás o no permitas que esto pase. El líbranos del mal es una oración que traemos de fábrica, digamos. Pero otras, más cotidianas, como la del pan y la del perdón, las tenemos que trabajar mejor. Y la de santificar su Nombre –bendecirlo y cariñosearlo gratuitamente- es algo que tiene que salir de un corazón que se trabaja a sí mismo y cultiva los sentimientos más nobles. Lo mismo la de venga tu reino. Esa es una oración que la tenemos que hacer en la acción, mientras nos arremangamos para poner manos a la obra.

Como yo escribo rezando (o rezo escribiendo) la seguiría…, pero dejo aquí la contemplación para enviarla, sonriendo porque con la diferencia horaria les llegará a muchos a “medianoche”. Pero al fin y al cabo la oración es suponer que uno tiene un amigo a quien puede recurrir a medianoche.

Diego Fares sj

 

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Tomar consigo

Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan,
y los llevó aparte a un monte elevado.
Allí se transfiguró en presencia de ellos:
su rostro resplandecía como el sol
y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bien estamos aquí!
Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas,
una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra
y se oyó una voz que decía desde la nube:
«Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.»
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra,
llenos de temor.
Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo:
«Levántense, no tengan miedo.»
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó:
«No hablen a nadie de esta visión,
hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» (Mt 17, 1-9).

Contemplación
Tomar consigo. “Tomó en su compañía”, dice Ignacio en los Ejercicios.
Hoy la Transfiguración coincide con la fiesta de San José, de quien podemos pensar que Jesús aprendió lo que significa “tomar consigo” a alguien. San José ha quedado grabado en el imaginario de nuestro corazón como el que “tiene consigo al Niño Jesús en brazos”. Este abrazo de Padre (que Jesús expresa tan emotivamente en la parábola del hijo pródigo) es lo que Jesús vive en “el seno del Padre” y lo que vivió en su infancia en Nazareth, cada vez que José lo alzaba en brazos y lo tomaba consigo. De su padre aprendió Jesús lo que significa “hacerse cargo de la gente”, tomar consigo a sus amigos y hacerles participar de su transfiguración y de su pasión.

Si la perfección de la fe de Abraham fue respuesta a un “dejá” –“sal de tu tierra y deja tu casa paterna”-, la perfección de la fe de San José es respuesta a un “tomar consigo”: “Pensando él en esto, un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas tomar contigo y recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20).
San José pensaba que tenía que “dejar a María” y lo que Dios le pide ahora, en esta nueva etapa de la fe, es que “la tome consigo y tome consigo a Jesús”.

Esta será la manera de obrar de Jesús, la de tomar consigo. Así lo hace en la transfiguración con sus compañeros Simón Pedro, Santiago y Juan: los tomó consigo, se hizo acompañar por ellos. Así también hará en la pasión: los tomará consigo y los llevará a rezar con él en el Huerto.

Con Jesús la fe ya no consiste en dejar sino en tomar. “Tomen y coman, esto es mi Cuerpo”. Este es el estilo de Jesús resucitado: “Les dijo Jesús: — Vengan y coman. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Vos, quién sos?”, porque sabían que era el Señor. Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio (Jn 21, 12).
La fe consiste en recibir y tomar con nosotros al Espíritu Santo que se nos envía: “Entonces sopló sobre ellos y les dijo: reciban el Espíritu Santo (Jn 20, 20).
La fe consiste en recibir a Jesús, sabiendo que “el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió (Jn 13, 20).

San José es el primero en esta “obra de la fe” que le agrada al Padre.
Pareciera que es “lo único que hace”: tomar consigo, una y otra vez, al Niño y a su Madre.
María “toma consigo” a Jesús de una manera única, como sólo se da en la concepción (con-captar): “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús”. Lo que ella “recibe” y “acepta” físicamente en la Encarnación es lo que hace y hacemos todos en la fe: “concebir” a Jesús que entra en nuestra intimidad por la Palabra recibida en la fe y “recibir” y “tomar con nosotros” a Jesús que viene a nosotros en los pobres , en la Eucaristía y en cada “consolación” del Espíritu Santo. San Ignacio dice que las consolaciones hay que “recibirlas” y las tentaciones “lanzarlas”.

Es muy clara, entonces, la dinámica de Jesús. En el cristianismo lo primero no es “dejar” sino “agarrar”: tomar y recibir.
En el AT también, si se dejaba algo era para recibir algo mayor, pero en promesa. Como le promete Dios a Abraham cuando deja todo por él: “Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre y será una bendición para los demás”.
Con Jesús la promesa se hace realidad en el acto.
Al tomar José consigo a María y a Jesús lo tiene todo y por eso no agarra nada más.

Esto lo experimenta el que pone manos a la obra en alguna tarea de servicio que implica “tomar consigo” a los demás. De afuera, otros ven lo que uno deja. Pero la persona experimenta lo que “toma”, lo que recibe de más al tomar consigo el servicio.

De allí viene esa experiencia de gozo que uno no sabe explicar muy bien por qué. Los voluntarios dicen: después de trabajar sirviendo a los necesitados salgo lleno, salgo contento. A veces me cuesta ir (dejar lo que tengo entre manos) pero después cuando estoy allí me olvido de todo y salgo mejor que antes. Es la llenura que da el recibir a Cristo en la persona de los que servimos. Por eso la frase para los voluntarios es la del Angel a José: “No temas tomar contigo” a los que vas a servir en la Iglesia, porque lo que hay en ellos es del Espíritu Santo. Está Jesús en ellos, al servirlos a ellos recibís a Jesús.

Esta es la palabra que San José nos comunica en su silencio perfecto: con sueños y acciones. San José es el que abre esos dos espacios en los que la Palabra se gesta, crece y es fecunda: el sueño y la acción. San José no habla porque su Palabra es Jesús entero: La Palabra. No habla porque está lleno de La Palabra, lleno de escuchar y contemplar –embobado como un padre con su hijo- a Jesús, las transfiguraciones cotidianas de su Jesucito. No habla porque está ocupado en “hacer lo que esa palabra le dice interiormente”. El silencio de José es como el silencio del Padre, que lo único que repite es: “Esté es mi hijo amado, el predilecto. Escúchenlo”.

San José sueña esos sueños tormentosos en los que el deseo y la angustia luchan hasta que son pacificados por la Palabra de Dios cuando brota de lo más íntimo de nuestro interior, allí donde somos “creados” por el Padre. Ese sueño en el que nuestro espíritu se libera de todo límite racional y fluye en la libertad imaginativa del que duerme, es ámbito propicio para que el Padre hable una palabra plena, esas palabras que aclaran todo y que uno siente plenamente propias y a la vez de Dios.

“Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”.
El otro ámbito de la Palabra es la acción pura y concreta. San José no se sienta a cavilar si lo que soñó es sólo un sueño. Se despertó y puso en práctica la Palabra que le había sido revelada. No pone peros ni le da vueltas a lo recibido sino que lo ejecuta obedientemente. Allí está la perfección de la fe: poner en práctica la palabra oída: obedecer (“ob-audire”).
La reflexión no se excluye, pero viene después.
San José nos enseña esta “matriz” cohesionada y fecunda de la fe: total disponibilidad para oír y recibir (sueño) y total fidelidad y prontitud para llevar a la práctica (acción). La reflexión viene luego, para sacar fruto y aprender.
La belleza del sueño y lo trabajoso del bien están primero que la verdad.
El que se anima y lo hace lo goza.
El que pone en medio, entre lo soñado y lo actuado, las idas y vueltas de la razón, pierde tiempo y muchas veces pierde el momento oportuno.

Le pedimos a San José estas sus gracias: la de soñar las cosas de Dios: soñar que el Angel nos dice, tomá contigo a María y a Jesús, tomalos con vos y no los sueltes, agarralos bien contra tu pecho y tu corazón. No importas cómo estés: soñá que los tomás contigo. Soñá que te toman ellos de la mano. Tomá con vos a Jesús en la Eucaristía. Tomalo de la mano en algún pobre que te pida. Alzá en brazos a los bebés de tu familia y tomalos contra tu corazón, tal como ves en la imagen de San José con el Niño. No tengas miedo: tomalos. Abrazá a algún anciano, bendecí en la frente a un enfermo, poné la mano en el hombro de los jóvenes… No temas.
Y también le pedimos la otra gracia suya, la de “hacer”, hacer lo que Dios nos hizo soñar, levantarnos y salir rapidito a comenzar a hacer, poner manos a la obra, no pensar, hacer. Después que hagamos un rato lo que soñamos que se nos mandaba, sí, parar un momento y pensar. Veremos que el pensamiento corre libre, agradecido, que no necesitamos pensar mucho si hacemos o no sino más bien “cómo”. El “cómo hacerlo mejor” orientará nuestro pensamiento puesto en acción. Tomá con vos a Jesús y sentirás cómo el Padre te toma en brazos a vos: “al que me ama, el Padre lo amará y vendremos a él y habitaremos con él”.
Diego Fares sj

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La fe de José: creer en Jesús en medio de la vida ordinaria

Y Jesús comenzó a decirles:
– Hoy se ha cumplido esta Escritura en los oídos de ustedes.
Todos daban testimonio en su favor y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios y comentaban:
– Pero ¿acaso no es éste el hijo de José?
Él les dijo:
– Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio: «Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria».
Sin embargo añadió:
– De verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su patria. De verdad les digo que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta, en la región de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel al tiempo de Eliseo el profeta, y ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.
Y se llenaron de ira todos en la sinagoga al oír estas cosas. Y levantándose, lo arrojaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo. Pero El, abriéndose paso por en medio de ellos, seguía su camino” (Lc 4, 21-30).

Contemplación
Como en la contemplación del Pan de Vida del año pasado (Domingo 19 B), la mención a San José es para mi una invitación a contemplar la Figura de nuestro Patrono y Protector. Son contadas las veces que San José aparece en el evangelio y, así como no hay que forzarlo a salir del silencio y del ocultamiento amoroso propios de su misión, tampoco hay que dejarlo pasar desapercibido cuando aparece. De contemplarlo en silencio podemos sacar mucho provecho para nuestra relación de fe con Jesús.

Meditando en la frase “Pero ¿acaso no es éste el hijo de José?”, me llama la atención que las mismas palabras tengan sentidos distintos en Juan y en Lucas. Las respuestas de Jesús nos revelan cómo Él entendió intenciones diversas en cada ocasión.
En el evangelio de San Juan, los Fariseos ‘ningunean’ al Señor cuando les revela que Él es “el Pan bajado del Cielo”. Con ironía se dicen entre sí: “Pero ¿acaso este no es el Hijo de José?. ¿Cómo es eso de que ha bajado del Cielo?”. Notábamos cómo Jesús no dejó pasar la frase. No sólo por un cariño natural a su padre adoptivo sino para que aprovechemos en la fe, uniendo la imagen de San José a la de la Eucaristía, Pan del Cielo.
Contemplamos nuevamente cómo para Jesús la imagen del pan está unida a ese pan cotidiano que San José, como padre de familia hebrea, bendecía y partía con amor en la mesa familiar. Jesús no es Pan “caído de un Cielo extramundano”, es Pan que viene de un Cielo que es la Intimidad Amorosa del Padre con el Hijo. Y esta Intimidad –este Reino de los Cielos – brota desde adentro del corazón humano de Jesús. A ese corazón María le brindó su carne purísima y San José un hogar. Ese hogar, en el que José partía el pan, fue durante muchos años el espacio terreno del Cielo, de la intimidad de Dios. Como dice el Card. Suenens en su hermosa “Carta a San José”: “Que misterio el hogar de Nazaret, esta degustación anticipada del cielo sobre la tierra”.

En el evangelio de hoy la frase es la misma –¿acaso no es éste el hijo de José?-, pero la tentación de los paisanos de Jesús no es la de menospreciarlo por ser hijo de José sino la de exigirle trato especial por ser de los suyos. Lo deducimos de la respuesta del Señor. Les dice: “Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio: ‘Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria’”.
Jesús pesca que lo consideran uno del pueblo y que el reproche va por el lado de los celos. ¿Por qué hacés milagros en otro lado? Tanto tiempo con nosotros sin darte a conocer y ahora resulta que volvés lleno de fama…
En el caso de los Fariseos la tentación de murmurar con ironía proviene de corazones totalmente cerrado de antemano. Entre los paisanos de Jesús la tentación tiene otra raíz. Primero quedaron encantados con Jesús, “todos estaban admirados por las palabras de gracia que salían de sus labios”.
Es notable cómo el mal espíritu puede mete su púa venenosa en el corazón mismo de una gracia y hacer que termine mal algo que comenzó bien!
La imagen de José fue utilizada para escandalizar!
Si es el hijo de José, tiene que hacer milagros aquí.

Resulta evidente que el Señor provoca a los que se tentaron con esta frase, porque les adivina lo que están pensando y agudiza la confrontación: “ningún profeta es aceptado en su patria”, les dice. Y para peor pone dos ejemplos de milagros hechos a extranjeros.
Digo provoca, pero no como provocamos nosotros. El Señor provoca amorosamente, con la esperanza de suscitar la fe en el corazón que está bajo la influencia de la tentación, que lo ciega manipulando sus pasiones. Lástima que no tengamos la grabación del diálogo, porque el tono de voz y la mirada de Jesús agregarían muchísimo a las frases escritas.
Podemos imaginar, sin embargo, que el Señor no les habló de manera hiriente. Aunque les haya soltado una serie de verdades duras de tragar. Tenemos muchos ejemplos de respuestas duras del Señor –a su Madre, a la Sirofenicia…- que en corazones buenos producen el efecto maravilloso de un notable aumento de fe y no de un rechazo.
Las mismas palabras a unos los hacen entregarse por entero a Jesús, con un acto de fe radical y a otros, en cambio, les endurecen más el corazón y los llevan a obstinarse en el alejamiento de la bondad de Dios. Qué misterio!
Y es la carne del Señor, su humanidad el ser “el hijo de José”, la piedra angular de la fe, que es también piedra de escándalo.

Recuerdo que cuando estaba por entrar en el Noviciado tuve que completar un trámite para la excepción del servicio militar y, en la cola que hacíamos en el Regimiento, me arrepentí y fui a decirle al padre Pangrazzi, que era mi director espiritual, que iba a esperar un poco. Que pensaba que era mejor hacer un año de colimba y luego decidir si entraba en la Compañía. El me escuchó y con bastante ironía me dijo: “Qué le vamos a hacer. Ya veo que nunca te vas a decidir”. Fue como un puñal que me hizo salir lo más hondo del corazón, y ahí nomás volví al Regimiento, completé el trámite (quedé demorado unas horas porque en esa época los que trabajábamos en el Barrio San Martín, en Mendoza, éramos sospechosos) y… aquí estamos. Siempre recuerdo esa palabra fuerte que me ayudó a jugarme.

Los paisanos de Jesús podrían haber tomado bien sus palabras. Le podrían haber dicho:
“Señor, auméntanos la fe”.
“Perdón por no haberte reconocido antes”.
“La verdad es que siempre notamos algo especial en Vos, en María, tu Madre y en José… Es que la humildad de ustedes guardaba muy bien el secreto… Pero ahora reconocemos que Vos sos el Mesías, el Hijo del Dios bendito”.

Jesús arrancaba estas confesiones de fe de los corazones que lo habían estado esperando, de los corazones buenos y humildes, que no le ponían peros ni condiciones a la revelación de Dios. Los ejemplos de la Viuda de Sarepta y de Naamán el Sirio son muy lindos. El general Sirio se deja sacar de su enojo con el profeta por las palabras sensatas de una criada y cumple con la condición “fácil” de bañarse siete veces en el Jordán, aunque sienta que los ríos de su patria son mucho mejores. Es que quería curarse de verdad. Y la pobre viuda no pone reparos en prepararle una tortita de pan a Elías con el poco de harina y de aceite que le quedaba. Dios le hace el milagro de que no se le agote nunca más la tinaja de harina ni la orza de aceite y, además, Elías le resucitará a su hijo, cuando poco después de haberlo hospedado, caiga enfermo y muera.

¿Y cómo entra San José en este pasaje tan lleno de imágenes?

Si vamos a lo esencial, lo que Jesús les dice a sus paisanos es que él no es un hacedor de milagros mágicos sino Alguien que obra allí donde encuentra fe. Les reclama la fe.
Pero ¿Qué tipo de fe?
Una fe como la de su padre. La humildad de la fe de José es más grande que la de Naamán el Sirio y que la de la viuda de Sarepta, porque José hace todo lo que el Angel de Dios le dice sin chistar ni protestar nunca, sin poner objeciones ni mostrar decaimientos de ánimo. Pero quizás lo más provechoso para nosotros de la fe de José sea lo de vivirla en la vida ordinaria.
Santa Teresita, refiriéndose a su devoción a San José, decía:
“Lo que más me edifica cuando medito el secreto de la Sagrada Familia es la idea de su vida del todo ordinaria. La Santísima Virgen y San José sabían ciertamente que Jesús era Dios y, sin embargo, muchos misterios les estaban ocultos y, como nosotros, vivían de fe. ¿No le ha extrañado esta afirmación del texto sagrado: “ellos no comprendieron lo que les decía?”. Y aquella otra, no menos misteriosa: “Sus padres estaban maravillados de lo que se decía de Él” ¿No es de creer que aprenderían algo? Porque esta admiración arguye alguna sorpresa”.
Vemos que la no comprensión y la admiración, a María y a José los llevaron a sumergirse más hondamente en el misterio de la fe. Por eso Jesús replica tan fuerte a sus paisanos. Usan a su padre para rechazar la fe en Él siendo que precisamente en José está la clave para tratar a Jesús, para creer en Él sin que nos haga ningún favor especial por ser de su familia. La fe lleva a más fe y a más amor, no a hechos milagrosos externos. La fe lleva a cuidar a los otros, no a lograr favores especiales para uno mismo.
No se trata de una tentación menor. Lo de “cúrate a ti mismo” se repetirá en la Pasión, cuando le digan: “Si eres el Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y baja de la Cruz”. San José y María son un ejemplo extendido en el tiempo de una fe que va madurando el amor al prójimo, renunciando cotidianamente a los propios intereses. La vida enteramente ordinaria de José y María conviviendo con Jesús es escuela de fe.
Una fe que los lleva a salir de sí constantemente para sumergirse más y más en Jesús. No miran lo que Jesús podría hacer por ellos sino lo que ellos pueden hacer por Jesús. Y en eso encuentran mayor felicidad.
Una fe que los hace adaptarse a los ritmos de Jesús, que de golpe se les escapa y luego vive largos años sujeto a ellos.
Una fe que los hace salir de sus expectativas para esperar los tiempos de Dios.
A veces habrán querido apurar a Jesús y otras les habrá parecido que no pasaba nada… El silencio simple y rotundo de Nazareth es la respuesta de José y María, de la fe de José y María, cuyo fruto es luego su relación con Jesús maduro. ¡Dejaron que Jesús creciera en el interior de su hogar y de sus corazones!

Por eso Jesús los provoca a sus paisanos. En la frase que usó alguno que estaba tentado se encuentra la clave para una gracia.
Este es el hijo de José.
Felices nosotros que hemos convivido con él sin saberlo.
Podemos ahora dejar que nos explique todo lo que aprovechó de nuestra vida ordinaria para ir madurando y llegar a revelarse plenamente como Hijo de Dios.
Felices de nosotros que estuvimos cerca suyo.
Cuántos beneficios nos hizo en pequeños detalles, sin que nos diéramos cuenta!
Somos el más privilegiado de los pueblos.
Dios ha querido habitar entre nosotros y compartir nuestra vida.
Nuestra vida sencilla es valiosa a los ojos del Señor…
Jesús les reclama una fe que, si miran bien, es cercana a ellos, ya que han convivido con María y con José.
Que nuestro Patrono y Protector nos conceda la gracia de su fe silenciosa que le ensanchó el corazón con el gozo de vivir con Jesús y María una vida común.
Diego Fares sj

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Ejercicios sencillos para “apesebrar el corazón” en Nochebuena

Misa de Nochebuena

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,
ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.
Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.
Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David,
salió de Nazaret, ciudad de Galilea,
y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,
para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Y aconteció que estando ellos allí, se le cumplieron a ella los días del parto; y dio a luz a su Hijo primogénito, y lo envolvió en pañales
y lo acostó en un pesebre,
porque no había lugar para ellos en la hospedería (Lucas 2, 1-14).

Contemplación

La contemplación del Pesebre es como la contemplación de la Cruz. Hace bien repetirla; porque, si al mirar de paso, tal vez los pesebres parecen siempre lo mismo, al inclinarnos para mirar de cerca el Niño del pesebre nos ilumina los ojos con la fe de la infancia y nos sacia el hambre de ternura que inquieta nuestro corazón.
Es que el pesebre – la patena para la Eucaristía- está siempre en el centro de nuestra oración de Navidad. Y hace bien “rumiarlo”, que para enseñarnos a rumiar están allí el buey y el burrito dando calor al Niño; y hace bien volver sobre las mismas cosas, esas que “María, su Madre, guardaba rumiándolas en su corazón”. Contemplar al Niñito Jesús en el Pesebre de Belén – la Casa del Pan- hace que nos llenemos de ganas de apesebrar el corazón para recibirlo.

Recordamos algunos ejercicios sencillos para “dejarnos apesebrar el corazón”

Para apesebrar el corazón tenemos que aceptarlo tal como es
El pesebre es como es: rústico, práctico, no decorativo, útil para usar, sin pretensión de notoriedad ni de protagonismo… humilde. El pesebre sabe que es Jesús el que lo hace importante.
Y que fueron María y José los que lo eligieron para poner allí al Niño Jesús.
Si María lo recostó en el pesebre fue por que vio en él algo familiar, algo simple y seguro, como su corazón. Si no no hubiera puesto allí a su Hijo.
¿Qué vio en vos María, pesebrito de Belén, para confiarte a Jesús recién nacido?
El Pesebre es como nuestro corazón, el lugar humilde y pecador que Dios ama para venir a salvar.
Y si Jesús lo acepta, si María y José le confían al Niño, nosotros también podemos aceptar nuestro corazón y el de los demás –la realidad toda, tal como es- como lugar para que venga a nacer Jesús. Hogar de tránsito, es verdad, pero Hogar al fin, gracias al cariño y los sacrificios de María y de José y de todos los pastores que ayudaron a hacer más cálido el pesebre de Belén.
Al poner al Niño en el pesebre, María y José nos transmiten un mensaje claro y consolador: el Señor quiere comenzar a salvarnos en centro mismo de nuestra realidad-pesebre, con todas sus precariedades y crudezas.
Basta pues ser lo que somos, mantenernos pesebre – o mejor, dejarnos apesebrar el corazón- para que María nos ponga al Niño y nos lo confíe.

¿Y cómo se hace este ejercicio de “apesebrar el corazón?

El corazón se apesebra dejando que San José nos lo afirme
Nuestro corazón es vacilante. Se agita por todo, todo lo teme y todo lo desea. Para que María ponga al Niño en nuestro corazón, tiene que estar firme, sin temblequeos, en paz.

Imagino a José que ajusta las tablas con dos o tres golpes de sus manos carpinteras y afirma el pesebre en el suelo, para que no esté tembleque.
El pesebre son cuatro tablas o troncos, bien calzados pero ajustables. Cada tanto requiere unos golpes que encajen bien los encastres y también requiere que se busque su posición en el suelo, para salvar desniveles.
Así pasa con nuestro corazón. Si en algo se asemeja a un pesebre es en que en él resuena todo lo humano y todo lo divino. Nuestro corazón es el lugar misterioso donde encajan nuestra carne –con sus pasiones- y nuestro espíritu –con sus consolaciones y desolaciones. Y los encastres se desvencijan y necesitan ajuste, para que el corazón no ande tembleque y con una pata más corta que la otra.
De frágil equilibrio el pesebre, sin embargo, en manos de un buen carpintero, es fácil de ajustar y de afirmar.
Por eso, al contemplar cómo María reclina al Niño en él, advertimos el detalle de un José que se le adelanta y en un instante lo ajusta y lo afirma bien en el piso con cuatro palmadas y buscándole la posición.

Que San José nos apesebre el corazón, para que “no temamos recibir al Niño”. Que San José nos apesebre el corazón, para que el Niño pueda reposar en nosotros en paz.
Como dice el Salmo: “Mi corazón está firme y se mantiene en paz”.
El signo de que tu corazón está apesebrado es la paz:
Que sobre tu alegría y tu fatiga reine la paz.
Que tu trabajo tenga esa tranquilidad del buen orden en la que consiste la paz.
Que tu fiesta familiar transcurra en paz: que ayudes en paz a hacer las cosas y aprendas a corregir en paz…
Que proyectes en paz tus planes y que recuerdes en paz el año que ha pasado,
¡Y, por sobre todo esto, que al besar al Niño El te transmita su paz!
La paz es la gracia del bebé recién nacido, del que duerme envuelto en pañales sobre el pesebre afirmado: Él es el que nos trae la paz.

El corazón se apesebra dejando que María nos lo ahueque y lo ponga mullido
Nuestro corazón tiene sus pinches, sus rispideces, sus durezas y cerrazones. Pero si nos encuentran la vuelta con cariño, nuestro corazón se deja moldear.
Como el pesebre, que se deja ahuecar.
Tiene forma ahuecada pero, además, las ramitas de paja se dejan moldear y por eso son aptas para contener al Niño en paz.

Imaginamos a María, que moldea suavemente el huequito quitando alguna rama pinchuda para que no lastime el pañal, y juntando el pastito para que la dureza de las tablas no moleste al Niño.
Mantenerse en paz es también dejarse ahuecar el corazón, dejar que nos ablanden las aristas –angustias, pensamientos obsesivos, miedos, necesidad de controlar todo…-, que pueden molestar al Niño.

Es el peso del Niño el que da la medida de cuán mullido debe estar el hueco del corazón. No las circunstancias de la vida.
La paz es poder hacer las cosas sin perder el sentido del peso del Niño que reposa en nuestro corazón.
Por eso, cuando miramos a María que reclina al Niño en el pesebre, advertimos el detalle de cómo no lo pone directamente sino que al ponerlo aplasta un poco la paja y hace un huequito acogedor.

Que María nos apesebre, pues, el corazón, para que el Niño se acomode a gusto y encuentre su centro, su lugar justo para estar.
La miramos cómo se aleja un poquito, y se queda junto a José, contemplando a su Niño en torno al cual todo comienza a girar distinto: ordenado en su paz.
María fue la primera en realizar este gesto trascendente. Y al reclinar al Niño en el pesebre centró el mundo y la historia en su quicio. Al tener en sí a Jesús, ese pesebrito marginal, se convirtió en el centro del Imperio y de la historia. No es que fuera por sí mismo más que antes, pero el amor de Dios el Padre que lo centró todo en Jesús, lo centró con pesebre incluido. Así, todo cristiano que lleva a Jesús en sí camina en paz, porque es el centro del mundo y de la historia. Centro no para ser admirado sino para poder actuar con amor. Y por eso cada cristiano puede desarrollar en paz mil pequeñas acciones, limitadas y pobrísimas exteriormente, pero llenas de caridad, y hacerlo con los mil estilos distintos propios de cada uno –así como cada quien arma su pesebrito particular-: la paz brota del centro que todo lo ordena y todo lo bendice y ese centro es Jesús –con pesebre (nosotros) incluido-.
Algún día nos daremos cuenta de que el universo entero es eso: pesebre en el que está recostado Jesús. Eso somos nosotros: lugar para que se recueste Dios. Morada de Dios. Su casa. Donde quiere habitar. Por eso nos atrae tanto el pesebrito. Porque es lo que somos. Y quisiéramos serlo más, para que habite Jesús en nosotros.

Que el Niño nos apesebre el corazón con su paz, para que obrando en paz Él pueda centrar todo lo que hacemos en sí.

Centrado en el pesebre, el Niño se convierte en alimento.
El pesebre es donde comen paja el asno y el buey.
Es verdad que tiene forma de cuna, pero en realidad es mesa: la mesa de los animales que sirven al hombre, del de carga y del de yugo.
Allí va a ser recostado el que se convertirá en nuestro alimento.
La primera patena para el pan de la eucaristía es un pesebrito (phatne en griego, de allí “patena”).
Al recostar al Niño en el pesebre María ya nos puso el pan a la mesa, en Belén, la casa del pan. Jesús ya es Eucaristía desde el primer momento.
Es Nochebuena.
Los ángeles nos dicen:
“Paz a los hombres que le caen bien al Señor”.
Y con este anuncio, la Esperanza
–ese hueco que nada ni nadie puede llenar en el corazón del hombre-
se vuelve gesto sencillo:
el gesto de dejarnos apesebrar el corazón
por las manos de José y de María.
Para que el Niño se acomode bien
y con su peso leve y tierno de Eucaristía
nos quite los temores y nos llene de paz el corazón.
Diego Fares sj

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