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Niña que sufre.jpg

Uno de la multitud le dijo:

«Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.»

Jesús le respondió:

«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes?»

Después les dijo:

«Miren, ¡cuidado con la avidez en cualquiera de sus formas!, porque aun cuando uno ande sobrado de cosas, su vida no depende de los bienes que posee.»

Les dijo entonces una parábola:

«Los campos de un hombre rico rindieron una cosecha abundante. Y él debatía consigo mismo: “¿Cómo voy a hacer si no tengo dónde guardar mi cosecha?”. Dijo entonces: “Voy a hacer esto: derribaré mis graneros, edificaré otros más grandes y recogeré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”. Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche te demandan tu alma. Lo que preparaste ¿para quién será?

Así sucede con el que atesora riquezas para sí, y no atesora lo que lo hace rico a los ojos de Dios” (Lc 12, 13-21).

Contemplación

Cuídense de la avidez –les dijo Jesús- en cualquiera de sus formas. Y contó la parábola de Epulón, el rico insensato.

Jesús es uno de esos hombres que hacen su trabajo, que tienen los ojos puestos en su misión y encaran para adelante… Y resulta que viene este joven a querer que haga de juez en cuestiones de herencia!

Uno piensa “qué desubicado”. Pero el Señor amplía el caso y habla de una avidez multiforme.

Así que no queda otra que preguntarme cuál es la forma de avidez que me ataca a mí.

Porque la avidez es un demonio, o más bien una legión de grandes y pequeños demonios, y su discurso es pegajoso.

Es fácil discernir su engaño –“para quién será lo que acumulaste”, pero es difícil sacársela de encima.

Sobre todo en una cultura como la nuestra, que está armada en base a nuestra avidez, porque nos mira como “consumidores” no como protagonistas (y en general, no se equivoca).

Ayer el Papa decía a los jóvenes en en el Parque Jordan de Błonia, en Cracovia:

“En esta tarde, queridos jóvenes, el Señor los invita de nuevo a que sean protagonistas de su servicio; quiere hacer de ustedes una respuesta concreta a las necesidades y sufrimientos de la humanidad; quiere que sean un signo de su amor misericordioso para nuestra época. Para cumplir esta misión, él les señala la vía del compromiso personal y del sacrificio de sí mismo: es la vía de la cruz”.

La cruz tiene muchas formas, una es la de “anti-avidez”.

Esta anti-avidez de la cruz no se da en el aire. Se da yendo de camino a servir, insensatamente, como una voluntaria a la que sus amistades le decían “no entiendo cómo vas allí, entre esa gente, es una locura tuya” y ella decía que sí, que era su locura.

La anti-avidez –la cruz de Jesús- sólo es “suave y ligera” si uno va de camino. Si te parás, si te quedás quieto, los diablos del consumo te envuelven y hacen nido en tu avidez. Te la llenan de riquezas menores, esas que te hacen rico a los ojos de los demás, que te dicen “qué fantástico, lo que lograste”, y no a los ojos del Padre, de nuestro “Abba” a quien es tan lindo rezar y agradar, cuidando de sus pequeñitos, amando a Jesús…

Aquí está lo inteligente de la parábola. Jesús no va contra la avidez. No dice que es mala en sí misma. Lo que dice es que esa sed insaciable, que es lo más constitutivo de nuestra alma, está allí para una fuente de agua viva verdadera, no para bienes menores.

Por eso la “locura” del rico Epulón, sólo se combate con otra “locura”.

Una locura como la que Pablo tenía por Jesús, por ejemplo.

A los Corintios Pablo les hacía discernir, con un discurso “loco”, porque parecía que se gloriaba a sí mismo, cómo ellos tenían avidez por algunos “personajes fatuos y soportaban con gusto que los abofetearan, que se rieran de ellos, que los esclavizaran, que los devoraran y les robaran” (2 Cor 11, 19). Y a él, en cambio, que los amaba y les predicaba a Jesús, lo despreciaban. Ponían en duda su capacidad, decían que hablando no era gran cosa, como parecía por carta…

Y a los Gálatas Pablo les decía: “pedazo de necios, quién los embrujó y los fascinó a ustedes (con otras cosas) luego de que sus ojos vieron a Jesús crucificado” (Gal 3, 1).

Es como si hoy nos dijera: vos que te regodeás con los Lanata y los Tinelli y te comés junto con alguna noticia verdadera el camión de basura que te tiran encima, vos que te devorás a los que tienen la cara deformada de muecas y la boca llena de palabras obscenas…, vos decís que se te atragantó un gesto austero del que es tu padre y tu pastor…? No te inquieta un poco que ciertos juicios de “atragantamiento” se te impongan como algo que es obvio a tu juicio? Quién te fascinó, insensato!

Uno de los frutos podridos de la avidez es que nos hace perder el buen gusto y cuando uno se acostumbra a escuchar y ver groserías y banalidades, la doctrina sólida no la soporta: se le atraganta. Lo curioso es que muchos no caen en la cuenta del problema: no dicen, “si se  me atraganta alguien así (y en cambio a los otros –a los fatuos- los digiero medianamente) debe ser que está mal mi paladar”. No! “Es la doctrina del otro, o sus modos, los que están mal. Evidente!”

Cuídense de la avidez en cualquiera de sus formas… Esa es la Palabra del Señor para esta semana.

La avidez de novedades, decía un filósofo, es el mal de nuestro tiempo. En la época de Epulón, construir graneros para guardar grano era todo un proyecto. Hoy la avidez se alimenta virtualmente y es más fácil “sentir que uno acumula y tiene”.

Pero el asunto son los ojos. Porque la avaricia no es gula, la avaricia es un hambre de los ojos: la avidez de los ojos, la llama Juan, y la distingue de la avidez de la carne (1 Jn, 2, 16).

La avidez de la carne tiene su límite en la carne misma. La avidez de los ojos es espiritual y por eso es ilimitada. En este sentido es “de cuidado”. El ojo no se cansa de ver y de investigar. Por eso esta avidez de los ojos, si se transforma en avaricia y en atesorar para sí y para los ojos de los demás, va contra la contemplación.

La contemplación es una avidez virtuosa, no cansarse de contemplar el rostro de Cristo, los detalles de su evangelio, los ojos de la gente buena, la cara de los pobres, los ojos de los niños que interrogan y se abren, con avidez mansa, a la belleza de la creación, o que preguntan silenciosamente “qué es esto que me está pasando. No me ves que sufro…”.

El Papa preguntaba ayer a los jóvenes –hacía esta pregunta que todos nos hacemos-: “¿Dónde está Dios?

¿Dónde está Dios, si en el mundo existe el mal,

si hay gente que pasa hambre o sed,

que no tienen hogar, que huyen, que buscan refugio?

¿Dónde está Dios cuando las personas inocentes mueren a causa de la violencia, el terrorismo, las guerras?

¿Dónde está Dios, cuando enfermedades terribles rompen los lazos de la vida y el afecto?

¿O cuando los niños son explotados, humillados, y también sufren graves patologías?

¿Dónde está Dios, ante la inquietud de los que dudan y de los que tienen el alma afligida?”

Y agregaba, en un discurso cuyo tono era de grave serenidad:

“Hay preguntas para las cuales no hay respuesta humana. Sólo podemos mirar a Jesús, y preguntarle a él.

Y la respuesta de Jesús es esta: «Dios está en ellos»”.

Dios está en ellos.

La avidez sólo se sacia contemplando el rostro de Dios. Y ese rostro sólo se vuelve visible en el rostro de los que sufren y en el rostro de los inocentes, de los niños, de los santos, de la gente buena.

Esta contemplación no es virtual. Sólo se hace visible Jesús en el rostro de los otros cuando nos ponemos en camino y vamos a servirlos. No hay contemplación posible fuera de esta acción. No hay televisor ni internet que te haga ver de verdad el rostro de los pobres.

Sin embargo, algo se puede ver, si uno mira con entrañas de compasión.

La campaña de Médicos sin fronteras decía así: “Yo no veo un refugiado. Veo una niña que sufre. Y vos, qué ves?

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Diego Fares sj

 

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Nombrar a Lázaro

Jesús dijo a los fariseos:
‘Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día banqueteaba espléndidamente.
En cambio un pobre de nombre Lázaro yacía a su puerta lleno de llagas y ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; pero hasta los perros venían y lamían sus úlceras.
Sucedió que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham.
Murió también el rico y fue sepultado.
En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó:
– Padre Abraham, apiádate de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan.
– Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran caos (abismo). De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí.
El rico contestó:
– Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento.
Abraham respondió:
– Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen.
– No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán.
Pero Abraham respondió:
– Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán’” (Lc 16, 19-31).

Contemplación

Lo que más me conmovió del evangelio de hoy es que Jesús le pone nombre a Lázaro. Estuve rezando estos días con lo del nombre y esta mañana, recién, caí en la cuenta de que el de Lázaro es el único nombre propio de todas las parábolas de Jesús. Les pegué una revisada y siempre son un sembrador, un pastor, un padre de familias, un rey, un administrador, una mujer, diez jóvenes… Después, por supuesto, miré en internet y la consolación de “descubrir algo nuevo para mí en el evangelio” se cayó un poco al ver que es un tema resabido y discutido. Hay todo tipo de opiniones sobre los ricos, el infierno, las parábolas y los nombres… Este detalle “especial” hasta se utiliza para decir que ésta no es una parábola porque “ninguna otra parábola utiliza nombres propios”.
Pero como yo entré a la oración por otro lado, gustando el evangelio mismo, sintiendo que era lindo que el pobre no sólo tuviera nombre sino que su crónica celestial fuera detallada, que tuviera valor su persona y su historia, el mar de opiniones de todo tipo de internet me volvió a la consolación que sólo el evangelio puede dar cuando lo leemos con la sed de la fe.
¿Por dónde comencé a “sentir y gustar” una pequeña palabra del Evangelio que me llamó la atención? Comencé por el nombre de Lázaro y pasé a los nombres de las personas que recibimos en el Hogar, el nombre de los que duermen en los umbrales de nuestros edificios. Lázaro…

La contemplación de ayer comenzaba así:

¡Los nombres! El nombre de las personas que duermen en los umbrales de los edificios, en la calle. Su nombre es Lázaro –Dios lo ayudó-. Sólo Lázaro, que es nombre y apellido: Ayudado de Dios, sólo por Dios. Y en este caso, por nadie más, ya que el rico, cuyo nombre propio pasó a ser el Rico Comilón (Epulón viene de la traducción latina que dice que el rico “banqueteaba –epulabatur- espléndidamente todos los días), es el prototipo del anti-Samaritano porque no lo vió ni lo ayudó nunca, ni con las miguitas que caían de su mesa.

Y del nombre de Lázaro pasé a contemplar a todos los Lázaros que acuden al Hogar, incontable número de gente que vemos pasar día a día a lo largo de estos 28 años del Comedor y 20 de la Obra…. Recordaba así…:

Un día, luego de algunos años en el Hogar, revisando las fichas y las bases de datos, me empezó a obsesionar lo de los nombres. Las fichas no me traían las caras y a los rostros conocidos no les podía poner nombres, sacando algunos. Son tantos los que pasan por el Hogar –más de dos mil personas han sido nuestros huéspedes-, y los comensales cinco veces más.
Siempre tuve el recuerdo lindo de muchos Hermanos Maristas, que se acordaban de nuestros nombres y sabían además el de nuestros familiares. Éramos más de mil alumnos y todos los años se incorporaban cien nuevos, y ellos nos conocían a todos por el nuestro nombre…
También recuerdo la memoria prodigiosa del Padre Brusa, nuestro confesor jesuita, que te recibía diciendo “qué pecados tiene este angelito” y apenas uno le soltaba dos o tres pecaditos ya te absolvía y te despachaba con un “dale saludos a tu Papá Raimundo y a María Olga y a tu Tía Coca…
De allí me quedó lo de tratar de aprender los nombres de los alumnos, cosa que con los años se va volviendo la caricatura épica de José Arcadio Buendía que en Cien años de soledad, para enfrentar la peste del insomnio que les hace olvidarse del nombre de las cosas, comienza a etiquetar los objetos con cartelitos –esto es una vaca, esto es un cartel para reconocer una vaca…-.
Con los alumnos más o menos funciona mientras duran las clases y se sientan en el mismo lugar. En el Hogar es prácticamente imposible. Con las fotos digitales ahora se pueden ver todas juntas sin tener que ir a cada ficha, pero ya son más de 600 las fotos y aunque las repaso cada tanto, los nombres se escapan de la memoria, desaparecen como desapareció Pedrito…
A Pedrito Báez le conocíamos el nombre y el apellido y hasta el documento, y sin embargo no lo hemos podido encontrar ni con el COP (el centro de orientación de las personas de la Federal), ni en el Hospital Ramos Mejía. Nuestros Lázaros entran en las guardias como NN y desaparecen. No bastó revisar todos los NN de los últimos dos meses ni recorrer las salas de Clínica Médica. Lo mismo que pasó con Juancito y con tantos otros… Cuando tenemos el nombre desaparecen las personas.
Y de los que están siempre y recuerdo bien los ojos y el tono de voz porque nos hicimos más amigos –cada uno tenemos un puñadito de Lázaros con los que establecemos un vínculo más cercano, por simpatía, por oportunidades de charlar que se dan…-, de esos cuyo nombre se me quedó grabado, se me escapa su historia… Hoy venía con el abuelo Vicente y me decía que tiene 88 años, y que en su Chaco “hay gente que pasan los 104 y tiran todavía y hasta andan a caballo!”. Y le preguntaba si tenía hijos y me decía que sí, que hasta bisnietos tenía… Pero allí se cerró el diálogo y la pregunta de si no los visitaba se enredó en algunas sonrisas y cambios de tema. Como que de eso no quería hablar mucho… Y ya cruzamos la calle y cada uno se fue a lo suyo.

Por eso es tan lindo el evangelio de hoy.
Porque no hace sentir que nuestro Dios es un Dios que nos nombra por nuestro nombre. Para eso sí lo necesitamos, para que nos ponga Nombre, no para otras cosas. Y nos consuela saber que hay Alguien que conoce por su nombre a todos, especialmente a los NN.
Esto de que nos conozcan por el nombre es otra manera de decir que tenemos Padre.
Y entonces, cuando nos encontramos con que Jesús ya había previsto esto, nuestra angustia al sentir que vivimos rodeados de gente anónima,
nuestra limitación de transitar por un mundo de personas valiosísimas de las que no sabemos casi nada,
la nostalgia al entrever la riqueza de cada historia que se nos escapa,
al sentir, digo, que Jesús previó esto, tan humano -nuestra sed de nombres, de nombrar y ser nombrados-, experimentamos la alegría de que ya salvó la cosa, revelándonos con este simple detalle del nombre de Lázaro –único en todo el Evangelio-, que en el corazón de Dios todos, y especialmente los más desamparados, tenemos Nombre propio.

Yo no sé hebreo, pero me gustó una etimología que dice que Lázaro viene de Eleazar y significa “Dios lo ayudó”. Me gustó porque es un nombre que entra en comunión con el de Jesús, que significa “Dios salva”.

Es como si dijéramos que el pobre se llama “Salvado” y Jesús “Salvador”.
¡Es lindo tener un nombre hecho a medida para el nombre de otro que nos ama!

Lázaro es un buen segundo nombre para ponerle a todos los que nos encontramos por el camino o están a la puerta de nuestra casa mientras tratamos de aprender su primer nombre.
En realidad “Ayudado por Dios” es un lindo nombre para ponernos todos. Lázaro somos todos, podemos decir con verdad y gozo. Para Jesús todos somos Lázaro.
Y recordemos que Lázaro no es sólo el nombre del mendigo sino también el de uno de sus mejores amigos.
“Dios me ayudó”.
Si me animo a rebautizarme así, seguro que empiezo a mirar con otros ojos a los demás, a esos que nadie ayuda
y que, por ahí, si yo les ayudo un poquito, vuelven a confiar en que Dios sí los ayuda, siempre.
Por ahí con mi ayuda –si les hago un poquito de Jesús-, recuperan su propio nombre y se animan a llamarse “Lázaro”. Un poquito Lázaros, al comienzo, cosa de compartir las miguitas que caen de la mesa… Y luego Lázaros a tiempo pleno, resucitados, como el amigo por quien Jesús lloró, el hermano de sus amigas Marta y María.
La parábola del pobre Lázaro quiere llamarnos la atención acerca de que los pobres tienen nombre.
Su nombre es “Dios me ayuda”.
Y si nosotros sabemos mirar a la gente a los ojos, si estamos atentos mientras transitamos por la calle y por la vida, podemos sumarnos a este trabajo lindo de Dios, cuya providencia cuida de todos sus hijos.
Haber ayudado a alguien que se llama “Dios me ayudó” tiene su premio: nos hace ser un poquito como su Padre del Cielo aquí en la tierra.
Cuando vayamos al cielo a que el Señor nos juzgue con su justo amor, quizás antes de entrar, en el umbral de la puerta, nos encontremos con Lázaro (porque imagino que a muchos les pasará como me decía uno que a él “no le gustaba dormir encerrado sino que prefería el aire libre”), y nos dirá como siempre me dice Coco cuando le doy unas monedas: gracias, padre, porque vos siempre te acordás. Coco casi no ve y se admira de que otro lo vea y cruce la calle para saludarlo. Y yo que veo, cuando pasó pienso “cómo no lo voy a ver” si es Lázaro, al que Dios lo ayuda y a mí me permite darle una manito y sentirlo amigo por lo que es, más allá de lo que vamos tratando de hacer.

Diego Fares sj

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Cuidar la fraternidad

Uno de la multitud le dijo:
«Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.»
Jesús le respondió:
«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes?»
Después les dijo:
«Miren, ¡cuidado con la avidez en cualquiera de sus formas!, porque aun cuando uno ande sobrado de cosas, su vida no depende de los bienes que posee.»
Les dijo entonces una parábola:
«Los campos de un hombre rico rindieron una cosecha abundante. Y él debatía consigo mismo: “¿Cómo voy a hacer si no tengo dónde guardar mi cosecha?”. Dijo entonces: “Voy a hacer esto: derribaré mis graneros, edificaré otros más grandes y recogeré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida.” Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche te demandan tu alma. Lo que preparase ¿para quién será?
Así sucede con el que atesora riquezas para sí, y no atesora lo que lo hace rico a los ojos de Dios” (Lc 12, 13-21).

Contemplación

Entre los muchos puntos de vista para contemplar el evangelio de hoy me quedé con el de “cuidar la fraternidad”. Porque la parábola del Rico necio y la enseñanza de “ser rico a los ojos de Dios”,surgen a raíz de una pelea entre hermanos. Se trata de una de esas discusiones familiares en torno a las cosas y la herencia; discusiones que salen a la luz con toda su crudeza cuando de repartir bienes se trata y que muestran lo que se fue cocinando en el corazón de los hermanos a lo largo de los años. Cuando uno ve de afuera una discusión fuerte y muy puntual piensa: cómo pueden pelearse así, entre hermanos, por las cosas. Es que detrás suele esconderse una larga historia de “avideces contrariadas” sobre las que advierte hoy el Señor.

La avidez es un “deseo desmedido de poseer cosas”. Jesús nos dice que estemos atentos a este desorden “en cualquiera de sus formas”. Porque el problema no está tanto en el objeto de codicia, que varía, sino en cómo se apodera del corazón. La avidez es “espiritual”, no carnal. No importa tanto el bien codiciado sino que se trata del placer que da desear algo con mucha fuerza. Este deseo da un sentido del propio poder, que es lo que vuelve tan peligrosa la avidez. El deseo desmedido de cosas, fogoneado por la sociedad de consumo, hace que uno sea injusto con sus hermanos, con el prójimo. Porque uno pisa y empuja al otro para conseguir primero las cosas o las retiene más de lo necesario, juntando cosas que no usa y que a su hermano le vendrían bien.
Por otro lado, la avidez también hace que uno peque contra sí mismo toda vez que uno rebaja su capacidad de desear y en vez de anhelar los bienes verdaderos –a nuestro Sumo Bien que es Jesucristo- se distrae preocupándose de manera excesiva por cosas superfluas, bienes que, de última, no sacian el corazón.
Nos detenemos en el primer aspecto de la avidez, el que hace a la justicia, porque está en la raíz de las peleas entre hermanos. La avidez fue lo que pudrió la relación en la familia del padre misericordioso. El hijo menor se llevó la parte que codiciaba y el mayor se quedó con la sangre en el ojo viendo cómo el otro se animaba a agarrar lo suyo y él no tenía valor ni para pedir un cabrito. Como vemos, el peso no está en las cosas mismas sino en la fuerza con que cada uno calcula y mide ávidamente la parte de la herencia que cree que le corresponde.
En el fondo está el reproche al Padre, ¡cómo tolera y permite que se dividan mal los bienes! El mayor lo expresa claramente: “tu hijo se gastó todo…, a mí nunca me diste ni un cabrito…”.
El Padre apunta a sanar en su raíz el corazón enfermo de codicia amarga. Al pródigo lo deja que se agarre lo que codicia y cuando vuelve le muestra que lo ama como hijo, que ama que haya vuelto a la vida. Al mayor le dice: “Hijo, vos estás siempre conmigo. Todo lo mío es tuyo”.
El Sumo Bien que sacia la sed del corazón es “estar con el Padre”, sentir que “todo lo suyo es nuestro”.
“El amor, como dice Ignacio, consiste en la comunicación: en dar el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado al amante; de manera que si uno tiene ciencia, dar al que no la tiene, si honores, si riquezas, y así el otro al otro” (EE 231).

Llama mucho la atención esto de “dar riquezas y honores” siendo que Ignacio habla mucho de pedir “pobreza y humillaciones”. Justamente, aquí se equilibra la visión de Ignacio haciendo sentir que la pobreza de cosas no es para disminuir la calidad de vida sino para tener espacio donde atesorar el Amor de Dios.
¡Feliz el que atesora lo que lo hace rico a los ojos de Dios!
Esta sería otra formulación del “Felices los pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos”.
¿Y qué es lo que nos hace más ricos a los ojos de nuestro Padre? ¿No es acaso el amor entre hermanos lo que más felices hace a los papás? A veces los hijos no nos damos cuenta de cuánto se alegran nuestros padres si ven que nos llevamos bien entre hermanos. Es verdad que cada hijo puede dar satisfacciones personales a sus padres, cuando se realiza o le va bien en la vida y es feliz, pero no hay nada comparable con el sano orgullo que sienten un padre y una madre al ver que sus hijos son buenos hermanos, que se quieren y se cuidan entre ellos. Es como el fruto pleno de lo que sembraron. De ahí el ir y venir del Padre misericordioso para que su cariño por cada hijo no vaya en contra del otro.
La avaricia y la avidez es lo contrario a la fraternidad. La fraternidad implica compartir, ser generoso, desprendido, atento a lo que el otro necesita. La justicia social, el sentido social del que habla siempre Hurtado, nace en la familia, en hacer gustar a los hijos desde pequeños lo lindo que es compartir los bienes entre hermanos.
La advertencia de Jesús a estos dos hermanos no solo revela lo dañina que es la avidez en la familia –aunque se de en pequeñas cosas-, sino que revela bien hondo quién es Jesús y qué vino a hacer. Jesús, al negarse a actuar como “Juez y divisor de bienes”, nos está diciendo que él es nuestro hermano. Hermano con mayúsculas, si se quiere, ya que él es el Hijo unigénito del Padre. Pero hermano al fin, ya que nosotros también somos hijos del mismo Padre. Por eso Jesús deja en claro que viene a servir, viene a perdonar, no a juzgar ni a condenar. El no “codició su ser Hijo sino que se anonadó y se hizo esclavo”. La fraternidad de Jesús, su hacernos sentir amigos, hermanos, compañeros, apunta a restablecer en nuestro corazón el Trono del Padre como único y sumo Bien.
Diego Fares sj

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