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Posts Tagged ‘Resurrección’

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“Cuando pasó el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ir a ungirle.

Y muy de madrugada, el primer día de la semana, vienen al sepulcro, salido ya el sol.

Y se decían entre ellas: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?»

Y mirando atentamente, observan que la piedra había sido corrida a un lado; era una piedra muy grande. Y entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, cubierto con una túnica blanca y quedaron estupefactas de admiración.

El les dice:

«No se espanten.

Buscan a Jesús, el Nazareno,

el Crucificado.

Resucitó!

No está aquí.

Este es el lugar donde lo habían puesto.

Vayan, digan a sus discípulos y a Pedro:

‘El va antes que ustedes a Galilea;

allí lo verán, como les dijo’».

Y saliendo huyeron del sepulcro, pues se había apoderado de ellas un temblor y un estupor, y no dijeron nada a nadie, pues tenían miedo” (Mc 16, 1-8).

Contemplación

No se espanten! les dice el Ángel. Y con esa indicación les “discierne” a las tres discípulas ese sentimiento dominante que se ha apoderado de su corazón y las paraliza. El “no se espanten” les abre la mente por un momento y les permite recibir el anuncio de la resurrección. Porque las ideas pueden ser claras y los hechos -como mostrarles el lugar donde pusieron el cuerpo del Señor y que ya no está- pero los sentimientos con que se reciben y elaboran las ideas necesitan la claridad del discernimiento espiritual.

El anuncio de la resurrección, entonces, requiere discernimiento. Provocó en las discípulas y en los discípulos (y provoca en nosotros) tal movimiento de espíritus -admiración y espanto, miedo y alegría, dudas y certezas, deseos de aferrar a Jesús y de meter el dedo en las heridas- que hace falta ayuda para interpretarlo bien.

Y no bastará un ángel sino que será necesario el Espíritu Santo en Persona para discernir, de Pentecostés en adelante, lo que implica que Jesús “esté en pie, caminando” en nuestra historia, presente en los pobres, viniendo cada día a nuestra vida.

El discernimiento, por tanto, no es solo para decidir cómo poner en práctica lo que el Señor nos dice, como si tuviéramos claro de una vez por todas lo que significa “que nos hable un Jesús resucitado”. Nada de eso! La Resurrección requiere discernimiento “cada vez que el Señor nos sale al encuentro”, cada Eucaristía, cada vez que abrimos el evangelio o escuchamos a Francisco predicando.

Discernir el anuncio de la resurrección requiere trabajo: el de acallar algunas ideas que se instalan, el de pacificar algunos sentimientos que nos inquietan, el trabajo de abrir camino a otras  ideas y sentimientos que nos pondrán en sintonía con el modo nuevo de obrar que tiene Jesús resucitado.

Lo que quiero decir es que el discernimiento, que tanto recomienda el Papa Francisco, tiene como objeto, en primerísimo lugar, el Evangelio mismo! Necesitamos que el Espíritu nos discierna lo que las palabras del Evangelio nos anuncian y los sentimientos que provocan en nosotros.

Con esta afirmación podemos ver cuán lejos estamos de las personas que no solo piensan que tienen clarísimo el Evangelio sino que, además, están segurísimos de que las ideas que ellos han sistematizado en teologías y normas canónicas en algún momento de la historia, han clarificado todo definitivamente y pretenden que no tenemos otra cosa que hacer que “cumplirlas al pie de la letra”. Francisco habló de esto el jueves santo: “Nosotros tenemos incorporado que la proximidad es la clave de la misericordia, porque la misericordia no sería tal si no se las ingeniara siempre, como «buena samaritana», para acortar distancias. Pero creo que nos falta incorporar más el hecho de que la cercanía es también la clave de la verdad. No sólo de la misericordia, sino también de la verdad. ¿Se pueden acortar distancias en la verdad? Sí se puede. Porque la verdad no es solo la definición que hace nombrar las situaciones y las cosas a distancia de concepto y de razonamiento lógico. No es solo eso. La verdad es también fidelidad (emeth), esa que te hace nombrar a las personas con su nombre propio, como las nombra el Señor, antes de ponerles una categoría o definir «su situación». Y aquí hay una costumbre –fea, ¿verdad?– de la «cultura del adjetivo»: «Este es así, este es un tal, este es un cual…». No, este es hijo de Dios. Después, tendrá virtudes o defectos, pero… la verdad fiel de la persona y no el adjetivo convertido en sustancia. Hay que estar atentos a no caer en la tentación de hacer ídolos con algunas verdades abstractas. Son ídolos cómodos que están a mano, que dan cierto prestigio y poder y son difíciles de discernir. Porque la «verdad-ídolo» se mimetiza, usa las palabras evangélicas como un vestido, pero no deja que le toquen el corazón. Y, lo que es mucho peor, aleja a la gente simple de la cercanía sanadora de la Palabra y de los sacramentos de Jesús”.

Discernir la verdad de la resurrección para que se nos vuelva “cercana” y nos toque el corazón y nos cambie la vida!

En estas semanas de Pascua iremos discerniendo el anuncio de la Resurrección, con la conciencia de que no basta “una aparición” del Señor sino que necesitamos el testimonio de todas las personas que lo vieron y nos lo anunciaron.

Hoy, con la ayuda de las discípulas, discerniremos qué quiere decir que Jesús “se puso en pie” y que significa “lo verán en Galilea”.

….

“Se levantó! Se ha puesto en pie”, les dice el Ángel a las tres discípulas. Anuncien a sus discípulos que lo verán en Galilea.

Se levantó…. Una palabra simple que Marcos viene usando desde el comienzo de su “Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”. Cuando las mujeres escuchan que Jesús se levantó les debe haber sonado como cuando escucharon que Jesús…:

levantó tomándola de la mano a la suegra de Simón Pedro que estaba en cama con fiebre, y ella se puso a servirlos (Mc 1, 31). O como cuando dijo: que es más fácil decir al paralítico, tus pecados están perdonados o “levántate, toma tu camilla y anda”. Pues a ti te lo digo: levántate, toma tu camilla y ve a tu casa”. Y él se levantó e inmediatamente tomó su camilla y salió (Mc 2, 9). Habrán recordado quizás cuando el Señor le dijo al hombre que tenía la mano seca: levántate y ponte aquí en medio” (Mc 3,3). O lo que les contaron los discípulos de aquella tormenta en la que Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal y lo “despertaron” diciendo: Maestro, no te importa que perezcamos? Y él, levantándose, increpó al viento… y se calmó la tempestad” (Mc 4, 38-39). Se levantó Jesús como cuando tomó de la mano a la niña y le dijo: Talita cum! Muchacha, a ti te digo: levántate” (Mc 5, 41); o como cuando tomó de la mano al chico al que el espíritu maligno desgarraba y lo tiraba por tierra y en el fuego y lo enderezó y él se levantó” (Mc 9, 27).

Se levantó el Señor de la muerta como el ciego Bartimeo, al que le dijeron: no temas, levántate, él te llama. Y él, arrojando el manto, se levantó y fue a Jesús” (Mc 10, 50).

Jesús había sido muy claro cuando los saduceos se burlaron de la resurrección. Duramente les había dicho que estaban muy equivocados, porque toda la escritura dice que los muertos resucitarán. Dios es un Dios de vivos, no de muertos”, les había dicho (Mc 12, 26-27).

Y estas discípulas, si habían estado cerca en la última cena, quizás ayudando con la comida, la mención de Galilea les habrá recordado la promesa del Señor a sus discípulos, que ahora tenían que repetirles ellas: después que haya resucitado, iré delante de ustedes a Galilea (Mc 14, 28).

Ha resucitado! Se ha puesto en pie y lo verán en Galilea significa: “ustedes también tienen que ponerse en camino e ir a Galilea: al lugar del primer amor y del primer llamado.

Por qué decimos que esto es un discernimiento? Porque se nos invita a elegir la “memoria” del primer llamado y del primer amor como lugar y tiempo privilegiado donde “encontrarnos” con el Resucitado.

Hay que volver a “ver” lo que pasó allí, entonces. No hay que “ir a examinar el lugar del sepulcro”.

Es un discernimiento interpretar que el primer ámbito que el Señor recupera es el pasado, el de la memoria. En el Cuerpo Glorioso de Jesús resucitado todo está vivo: cada gesto suyo que Marcos narró prolijamente, cada ayuda a ponerse en pie que hizo a los pequeños del Evangelio, será para nosotros una constante invitación a “ponernos en pie”, a resucitar, a reconocer cuántas veces él nos puso en pie en nuestra vida.

En Galilea comenzó el evangelio: con Jesús que vino de Nazaret a Galilea, donde bautizaba Juan y se hizo bautizar en el Jordán. Caminando junto al mar de Galilea fue que vio a Simón, a su hermano Andrés, a Santiago y a Juan que eran pescadores y los llamó a que lo siguieran. Marcos presentará a Jesús siempre caminando y por eso, el final de su evangelio remite al comienzo, al tiempo y al lugar donde empezó a “poner en pie” a la gente para que lo siguieran.

Todo el evangelio de Marcos es el de un Jesús puesto en pie y caminando. Un Jesús resucitado en este sentido de ir movilizando a la gente: sacando de su postración a la suegra de Simón, que se pone a servirlos, haciendo caminar al paralítico, con su camilla a cuestas, curando al de la mano seca, a la hija de Jairo y a Bartimeo. La imagen es la de un Jesús que te toma de la mano, te pone en pie y te invita a seguirlo: uno que anuncia a un Dios de vivos. Un Dios a quien hay que seguir, un Dios de gente en pie.

Las coordenadas galileicas que nos da el Ángel nos hablan de relectura, nos invitan a discernir los lugares donde Jesús comenzó a encontrarse con su pueblo. Esto implica discernir “la dirección a la que apunta la resurrección“. Y en qué dirección apunta? En primer lugar apunta hacia Galilea. Es decir, hacia nuestro pasado, nos invita a hacer memoria de las gracias recibidas. En los Ejercicios esto se hace al comienzo: el principio y fundamento es nuestra Galilea. Nuestra venida al ser y a la vida como creaturas que siempre pueden alabar, adorar y servir a su Creador.

Sin embargo, Marcos nos dice que luego del anuncio del Ángel se apoderó de las mujeres “un temblor y un estupor, y no dijeron nada a nadie, pues tenían miedo”.

Los movimientos de espíritus que suscita el anuncio de la resurrección del Señor requerirán la asistencia constante del Espíritu Santo. El hecho de que no baste la “presencia real” del Señor y de sus ángeles que se aparecen una y otra vez a los discípulos y discípulas, nos lleva a discernir algo clave: la importancia del Espíritu Santo. Incluso a los testigos presenciales no les bastarán “sus ojos”, con los que vieron a Jesús, ni sus manos con que lo tocaron. Necesitarán una y otra vez, incluso con Jesús delante, comiendo con ellos, que el Espíritu les “encienda los sentidos”, para reconocer al Señor.

Discernir esto es una gracia grande: nos pone en pie de igualdad con ellos!!!

Los que lo vieron y los que creemos sin ver necesitamos que el Espíritu nos recuerde y reinterprete en cada momento la presencia del Señor resucitado en nuestra vida y nos conduzca a Él.

Diego Fares sj

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Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan,

y los condujo a ellos solos a un monte elevado.

Allí se transfiguró en presencia de ellos.

Sus vestiduras se volvieron esplendentes, blanquísimas,

como ningún batanero en el mundo sería capaz de blanquearlas.

Y aparecieron a su vista Elías y Moisés,

y estaban conversando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús:

– «Maestro, ¡es lindísimo para nosotros estar aquí!

Hagamos tres carpas, para ti una, para Moisés una y para Elías una.»

Pedro no sabía qué responder (al acontecimiento),

porque estaban fuera de sí por el terror.

Y se formó una nube ensombreciéndolos,

y vino una voz de la nube:

– «Este es mi Hijo dilecto, escúchenlo a Él.»

Súbitamente, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie,

sino a Jesús solo con ellos.

Mientras bajaban del monte,

Jesús les previno de no contar lo que habían visto,

hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Ellos guardaron la cosa para sí,

y se preguntaban qué significaría

«resucitar de entre los muertos» (Mc 9, 2-10).

Contemplación

Cómo no decirlo de nuevo: los cristianos creemos en la resurrección de los muertos.

El solo hecho de formularlo así – de decir “resurrección”- hace sentir cuánto se ha opacado esta palabra. Necesitamos que se nos transfigure. Y nada mejor que el evangelio de hoy para hacerle recobrar a esta palabra que es el centro ardiente de nuestra fe toda su fuerza original de modo tal que nuestro corazón se adhiera a ella con la alegría de los primeros creyentes.

Las palabras, como las casas, sufren el paso del tiempo. Se las revoca, se las pinta de otro color, se les construye encima…, pedazos de ellas van a parar a otras.

Palabras potentes que salieron del lenguaje común para nombrar un acontecimiento nuevo y se convirtieron en “palabras mágicas”, se desgastan con el tiempo. Se las usa para cualquier cosa y se depotencian.

Caridad, por ejemplo. La caridad expresaba un tipo de amor alegre y gratuito, un amor que el Espíritu derramaba a cada persona que creía en Jesús y que hacía que todas las relaciones comunitarias brillaran con luz propia, al punto de hacer decir a la gente, viendo a los cristianos: “Cómo se aman!”…, la caridad, sufrió una especie de “privatización”. Quedó asociada a “instituciones de caridad”. La fuerza de irradiación que nació del corazón de los santos que pusieron en práctica este amor caritativo y lo convirtieron en institución quedó reducido a dar una limosna o atender a gente que “necesita caridad”. La gente poderosa y autosuficiente, que la publicidad nos incita a que seamos, es gente que “no necesita caridad”.

Con la palabra Resurrección pasó otra cosa. Los términos para nombrar lo que aconteció a Jesús el domingo después de su muerte en la Cruz, eran términos que se usaban para algo tan cotidiano como “ponerse de pie”. “Egeirei” -erguirse- y “anastasis” -levantarse-, eran palabras que se usaban para expresar que uno se despierta del sueño y se levanta otra vez por la mañana. Hoy la palabra “resurrección”, perdió aquel sentido cotidiano de “levantarse” y suscita imágenes médicas -resucitación artificial- y de series de ciencia ficción  -“Resurrection”.

Estos cambios y usos para otras cosas que sufren las palabras influyen en nuestra mentalidad y si no tenemos un pensamiento crítico, al usar la palabra resurreción podemos terminar pensando algo que no tiene nada que ver con lo que dice Jesús e incluso algo totalmente contrario!

Por tanto, es mejor -como siempre- partir de lo que dice el evangelio respecto a lo que pasaba en la cabeza de los tres amigos y discípulos del Señor a Quien acababan de ver “transfigurado”:

“Se preguntaban qué significaría ‘levantarse de entre los muertos'” (Mc 9, 10).

Evangélicamente podemos preguntarnos como los discípulos qué significa “resucitar” y pedirle al Señor que nos lo vaya aclarando. Cosa que, como veremos, requiere todo el evangelio y toda la historia de la humanidad, así que no hay apuro.

Jesús, aquel día, les había dicho algo totalmente nuevo. No es que la palabra les resultara totalmente ajena. De hecho en la Escritura se habla de que Dios puede volver a dar vida a los muertos. El profeta Oseas dice: “Volvamos al Señor! Después de dos días nos hará revivir; al tercer día nos levantará y viviremos en su presencia” (Os 6, 1). La palabra que utiliza Oseas es “qum“, levantarse y es la misma que Jesús utilizó para “resucitar” a la hija de Jairo y que quedó en nuestro vocabulario: Talitá qum!, niña levántate!. Pero la referencia tan directa del Señor a su persona, no la entendieron. Así que también a nosotros puede hacernos bien preguntarnos: que quiere decir “resucitar de entre los muertos”.

Cuando el Señor se les apareció vivo, luego que lo habían visto crucificado y puesto en el sepulcro, comenzaron a experimentar todo lo que implicaba esto de “haberse levantado de la muerte”. No se trataba sólo del hecho de haber estado muerto y volver a la vida, sino que la vida entera de Jesús les resultaba ahora “igual y distinta” a la vez. Este es el punto: al hablar de resurrección hablamos de una vida “igual y distinta”.

Trabajo crítico de transfiguración

Y para pensar esto tenemos que hacer un doble trabajo crítico ( de transfiguración): primero, sacarnos de la cabeza las imágenes “modernas” de aparatos médicos y series televisivas; segundo, tenemos que desopacar las palabras usadas en la liturgia para que readquieran su esplendor original.

Cuando uno lee los testimonios de la resurrección -de los ángeles, de las discípulas, de María Magdalena, de Pedro y Juan, de los discípulos…- resalta otra frase que va unida a la expresión: “se levantó de la muerte” (como quien se levanta de una enfermedad o del sueño). Esa palabra es “He visto”, “hemos visto al Señor”.

El primer anuncio de María Magdalena es el más hermoso (y hay pocos íconos de este momento tan trascendental en la vida de la Iglesia):

“He visto al Señor y me ha dicho estas cosas” (Jn 20, 18).

Este evangelio de María Magdalena a los Apóstoles contiene todo. Porque María no “ha visto” simplemente a Jesús como estaba en ese momento, sino que lo “ha visto” en Persona con su vida entera. Una breve anécdota puede ayudar: Ayer una hermana de las Pobres Bonaerenses me llamó para decirme que se abría la causa de canonización de la Hna Bernadita, muy querida por muchos de nosotros en nuestra época de formación. Me pedía un testimonio de su vida. Yo me alegré mucho y se me ocurrió decirle que, en realidad, tenía pocos “hechos” para contar, pero que mi recuerdo de ella era de su persona: de su maternidad espiritual, de su ternura y de su viveza, porque ponía cara de abuelita inocente pero no se le pasaba una… Le decía que hay gente que se transparenta toda en cada pequeño gesto y uno, en lo que hace, “ve” su persona.

En “verlo y escucharlo a Él” está todo

Algo de esto es lo que sucede en la transfiguración y está también contenido en ese “he visto al Señor” de la Magdalena. En “verlo y escucharlo a Él” está todo. Los demás testimonios irán por este mismo cauce: Hemos visto al Señor… Los discípulos se alegraron al ver al Señor. El Señor ha resucitado y se ha “vuelto visible” (ofte; se le apareció) a Pedro. Los de Emaús contaron cómo se les habían caído las escamas de los ojos y habían “reconocido al Señor al partir el pan”.

La experiencia es que al mismo Jesús que conocían, al que habían visto muerto, ahora lo veían vivo y sus palabras cobraban otro sentido. Y cada uno recogía cuidadosamente las palabras que el Señor le decía y se las comunicaba a la comunidad con gran alegría. Así nacieron los evangelios!

Es decir: la experiencia de la resurrección no es solo la de un “hecho físico” que le acontece a la carne del Señor, sino la experiencia de entrar otra vez en contacto con su Persona que, por una parte, se les presenta como siempre -saluda, come con ellos, se deja tocar- y, por otra parte, se presenta con características totalmente nuevas -se hace visible en medio de ellos estando las puertas cerradas, los acompaña por el camino sin darse a conocer y luego se deja ver (se transfigura)…

Y aquí nos encontramos nuevamente con la “transfiguración”, que fue una experiencia única en la vida de la comunidad, testimoniada por Pedro, Santiago y Juan. En ella “vieron” a Jesús en todo ese esplendor y gloria que estaban velados en su interior y que relucían en sus milagros, en algún destello de su mirada, en la fuerza irresistible de su predicación.

Jesús vivía desde antes de la Resurrección con una Vida totalmente distinta en medio de la vida normal. Podemos decir que la Resurrección solo “liberó” o desató lo que había estado contenido y escondido y que se dejaba ver por momentos.

Jesús siempre fue un “Jesús resucitado”, en el sentido de “levantado de toda postración y despierto de todo sueño”. El Señor vivió siempre “de pie”, erguido, vivió “de lo alto”, del Espíritu, lleno de poder para hacer el bien, para sanar, para enseñar a amar y a adorar.

Luego de la resurrección los discípulos recuperan esta vida que habían compartido sin tener total conciencia: recuperan en la fe toda la vida del Señor como vivida por Alguien que es Dios con nosotros, que fue especialmente Dios con ellos.

Estas cosas son las que tenemos que recuperar también, en la oración contemplativa que es, literalmente, “ver al Señor”.

La contemplación es fruto del Señor que “se aparece” “que se deja ver” y -consolándonos- nos dice “estas palabras” para que las anunciemos y vivamos. La contemplación es experiencia del Señor resucitado y transfigurado, ni más ni menos, sino exactamente igual que la que tuvieron las discípulas y los discípulos. Porque el Señor no resucita sino para que “lo veamos en Galilea” y para “decirnos todas sus cosas” y “abrirnos la Escritura” y “recordarnos todo lo que nos había dicho”.

El evangelio no es otra cosa que “las palabras que el Señor les dijo que dijeran” a Magdalena, a los de Emaús, a los doce. Son Palabras cargadas con la fuerza del Resucitado que los envía a decírnoslas!

Contemplar es resucitar

Leer, saborear y pedir la gracia de entender estas palabras -el Evangelio- es igual no solo a “ver a Jesús resucitado”, a que se nos “aparezca” por el camino, sino que es igual a “resucitar“. Más allá de la resurrección final, que no es más misteriosa que nuestro nacimiento y la creación del Universo, podemos vivir una  “resurrección actual”, participando de la resurrección del Señor, mediante el contacto eclesial con los testigos a los que el Señor se les va apareciendo a lo largo de la historia, a los que les va haciendo experimentar la fuerza carismática de alguna de sus palabras que ellos, como testigos, convierten en obras de misericordia y de comunión fraterna.

Este participar de la resurrección de Cristo no es algo añadido, algo que sería pleno en Él y que a nosotros se nos regalaría con cuentagotas o vaya a saber uno cómo y cuando. La resurrección en cuanto “dejarse ver y tocar y poder hablar y hacer recordar todo lo que dijo e hizo por nosotros” es algo del Señor que es “enteramente para nosotros”.

Lo que quiero decir es que Cristo siempre vivió con una vida que era la misma nuestra y más, infinitamente más, en tanto que vida del mismo Dios. Y esa vida suya, toda para nosotros, que fue comunicando a todos los que encontraba, como nos narran los evangelios -Cristo pasó haciendo el bien (se acostaba “cansado de haber hecho todo el bien posible” como dice el Papa Francisco que debemos vivir y él mismo da buen ejemplo)-, es ahora una vida que, gracias a la resurrección, está toda a disposición de quien la quiera vivir y compartir.

Eso son los sacramentos: estar bautizados -sumergidos- enteramente en la vida de Jesús (podríamos decir “en su evangelio”, como si pudiéramos vivir dentro del evangelio y reeditar, en cada situación, alguna escena y meterla en nuestra vida como quien siembra una semilla buena que da ciento por uno en flores y frutos).

En la Eucaristía, entramos en comunión con la carne de Cristo resucitada, podemos estar con él compartiendo como los suyos en la última cena, podemos estar en el Calvario -como dice Francisco- comulgando en Jesús que muere en la Cruz con todos los que sufren y mueren en el mundo.

Y así en cada sacramento: vida plena que es toda para nosotros.

Bueno. La contemplación salió de un solo tirón, sin pensarla, partiendo de la dificultad para incorporar esa palabra “resurrección” y para mí es toda una experiencia de cómo una palabra puede volver a ponerse en pie y regalarnos tanto.

Diego Fares sj

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“Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, con María (la de Santiago), fuimos a ver el sepulcro. De pronto, se produjo un gran terremoto pues el Angel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve. Los guardias se pusieron a temblar de espanto ante él y se quedaron como muertos. El Ángel se dirigió a nosotras, las mujeres y nos dijo: «Ustedes no tengan miedo, yo sé que buscan a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Vengan, vean el lugar donde estaba, y ahora vayan en seguida a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos, e irá delante de ustedes a Galilea; allí lo verán”. Esto es lo que tenía que decirles.» Nosotras, partimos a toda prisa del sepulcro, con mideo y gran gozo y corrimos a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús nos salió al encuentro y nos saludó diciendo: «Alégrense». Nosotras, acercándonos, nos abrazamos a sus pies y lo adoramos. Entonces Jesús nos dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que salgan para Galilea; allí me verán» (Mt 28, 1-10).

Contemplación

Aunque al narrar el evangelio así, en primera persona, saqué mi nombre, y dejé el de “la otra” María, como la llama Mateo, ya se habrán dado cuenta de quién es la que habla. La tradición se hace lío con tantas Marías en el evangelio. Las dos Marías que fuimos  al santo Sepulcro la mañana de Pascua. Las tres Marías que estabamos al pie de la cruz. María, la hermana de Lázaro… A mí me gusta recordar la primera vez que Lucas me nombra como “una más del pequeño grupo de mujeres” que acompañabamos al Señor y lo servíamos con nuestros bienes: “Le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes” (Lc 8, 2-3). Por esto de los siete demonios muchos me identifican con esa pobre mujer que fueron a ‘sorprender’ en adulterio, la que querían apedrear delante del Señor! También me confunden con la otra María, la hermana de Marta y de Lázaro, por lo de los perfumes… Y con la otra pecadora, a la que el Señor dijo que se le había perdonado mucho porque “había amado mucho”. A mí me hacen sonreir estas “confusiones” de nombre. Me gusta lo que dice Pablo, que: “Todos los bautizados en Cristo nos hemos revestido de Cristo: y ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos somos uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 26-28).

Si ahora me identifico más es para que mi testimonio les llegue mejor a ustedes, no por otra pretensión, ni para satisfacer ninguna curiosidad.

Mi nombre cristiano, mi identidad, lo que soy por gracia, no me viene ni de afuera –del rol que teníamos las mujeres en mi época y que ha cambiado en la de ustedes-, ni de adentro –de mis heridas o de mis deseos-, sino de Otro, de Él. Fue el Maestro el que terminó de configurar y consolidó para siempre en mí la conciencia de lo que soy por su gracia cuando me llamó por mi nombre:

María -me dijo-,

y yo le respondí con el suyo para mí:  Rabbuní.

Y ahí está todo.

Lo que digan los demás, y lo que a veces yo misma cavilo, me tiene sin cuidado.

Pero lo que quería compartir con ustedes en esta mañana de Pascua, es que mis nombres más lindos no son nombres propios – al fin y al cabo, como decía, mi nombre propio es el más común-, ni tampoco nombres que signifiquen cargos o títulos jerárquicos dentro de la Comunidad. Mis nombres más lindos son nombres de los gestos que mi Maestro tuvo conmigo; nombres de lo que hizo conmigo y de lo que me permitió hacer por Él. Y en eso los invito a identificarse conmigo y con los otros discípulos y discípulas. Los invito porque es una verdad también para ustedes que, en el Maestro, todos nosotros podemos ser uno. Es como que juntándonos en torno a Él quedamos “revestidos” de Él.

El “hace nuevas todas las cosas” y lo primero que nos renueva es el nombre: nos regala nombres nuevos, nos reviste con los nombres de la resurrección.

¿Cuáles son estos nombres?

Son los nombres del evangelio. Hay una infinidad. Son tantos como los gestos y las obras de misericordia, de anuncio y de adoración…

Uno se los puede probar cada día y revestirse con uno de ellos. Tienen que ver con preguntarse no tanto “quién soy” (lo cual está bien, como dice su Rabbuní –Francisco-) sino primero: “para quién soy hoy”.

Los que nos da el Señor son nombres para otros. Nombres de acción. ¡Pruébenselos ustedes! Prueben lo que se siente, por ejemplo, luego de confesarse, ponerse como nombre “la-pecadora-perdonada” o “el-pecador-perdonado”.

Yo soy “La pecadora perdonada” (con el “la” como usa la gente del interior).

Para mí ese fue el primer nombre con que me bautizó el Señor y no lo cambio por nada, aunque le agregue otros nombres, también muy significativos, este siempre está en la base. Soy “La pecadora perdonada”, de la que salieron los siete espíritus impuros que poseían mi corazón y lo dejaron libre para que sólo fuera su Dueño mi Rabbuní.

Prueben también, en esta semana santa, llamarse “uno-o-una-de-los-que-están-junto-a-la-Cruz-de-Jesús”. Este nombre a mí también me encanta. Me lo puso Juan, que fue el que mejor me conoció. Los otros discípulos, a los que el Señor nos mando a anunciarles que había resucitado, siempre se quedaron un poco con la primera impresión –de locas- que se hicieron de nosotras al vernos llegar tan alborotadas. Y parece que de alguna manera la transmitieron, porque por lo que veo, en el imaginario eclesial, apenas si hay alguna imagen de nuestra “Anunciación”. A mí me pintan siempre llorosa y a los pies del Señor, penitente y sensual a la vez… Pero como alegre compañera de evangelización, poco o nada. No importa. Decía que Juan, en cambio, como habíamos estado juntas con él y María su Madre, al pie de la Cruz, nos miraba de otra manera. Haber estado allí aquellas interminables horas nos cambió todo, nos fundió en un solo sufrimiento los corazones. El gólgota nos quitó toda presunción, toda exageración, nos hizo “testigos veraces”…, nos hizo confiar entre nosotros. Por eso a Juan le bastó vernos a los ojos para creer.

“La pecadora perdonada” es un nombre íntimo. Un nombre con el que sólo el Maestro abre y cierra nuestra vida. El otro, en cambio, el de “uno de los que estamos junto a la Cruz de Jesús”, es un nombre “social”, de grupo. Es el nombre que ilumina nuestra pertenencia a la comunidad, nuestro quehacer solidario y nuestro compadecer junto con los demás. Es un nombre que nos pone junto a María, su Madre, que más que “una de las que estábamos” era “La que estaba”, “La que está siempre junto a toda cruz”. Este es un nombre que nos hermana a Jesús, un nombre que nos iguala con los pobres, con todos los que sufren. ¿Quién hay que no “esté junto a alguna cruz?”

Prueben también llamarse “uno-de-los-que-buscan-a-Jesús-el-Crucificado”. Este nombre nos lo puso el Angel y les confieso que me tocó en lo más profundo del corazón. Es tan propio nuestro andar “buscando (temiendo) a un Crucificado. Como si algo en lo más íntimo nos dijera “mirá que ahí termina todo: en una cruz”. “¿Cuál será la próxima desgracia?”, nos preguntamos. Y caminamos hacia ella resignados. Sin embargo este nombre tiene algo lindo. Es un nombre “puerta”, como yo le llamo. Es verdad que uno camina siempre al encuentro de alguna cruz, de algún sepulcro, de su cita personal con su muerte…Yo puedo dar testimonio de cuánto es verdad esto de que buscamos muertos. Acuérdense que tenía delante a mi Maestro Resucitado y mis lágrimas sólo me permitían pensar en su cuerpo muerto. De allí me vino otro nombre: el de “la-que-llora-porque-no-sabe-dónde-han-puesto-a-su-Señor”. Estos tres últimos nombres parecen medio fúnebres, es cierto. Pero hablan de fidelidad. Y desde que El Señor no faltó a su cita con la muerte, desde que Él abrazó la Cruz, esta se abrió y se convirtió en puerta hacia la vida. Fue por perseverar junto al sepulcro vacío que el Señor se me manifestó primero.

Y entonces me cambió el nombre -nos lo cambió a las dos- y fuimos: “Las-que-abrazan-a-los-pies-de-Jesús-y-lo-adoran”. En este nombre exageramos un poco con la efusividad y el Señor nos pidió que lo soltáramos, porque todavía no había ido al Padre. Pero ahora, gracias al Espíritu que nos hace “adoradores en Espíritu y en Verdad” podemos abrazar y adorar todo lo que queramos.

De todos estos nombres hay uno que le llama la atención a los demás y es “La-primera-a-la-que-se-le-manifestó-Jesús-resucitado”. Este sería un nombre sólo para mí… Pero lo de “la primera” va en la dirección de los títulos y los cargos y no pega conmigo.  Además, si uno lee bien Marcos dice: “Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se manifestó primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios” (Mc 16, 9). Para mí, más que nombre mío es el Nombre de Él. Mi Maestro es: “El-resucitado-que-se-manifestó-primero-a-María Magdalena-y-a-las-otras-mujeres”. Porque de hecho, si bien Marcos y Juan me mencionan a mí sola, Mateo y Lucas nos mencionan a varias.

El asunto es que esto de que se manifestara primero a las mujeres siempre trajo cola. Con Pedro lo charlamos muchas veces, porque él y Juan nos creyeron. Al menos fueron a ver. Pero los otros! A los de Emaús pareciera que fue nuestro anuncio lo que terminó de convencerlos de que la cosa no daba para más y se marcharon. Se les veía en la cara lo de “esto es demasiado”. Lo lindo es que después a ellos les gustaba llamarse “Los que están de vuelta”, y eran de los más respetuosos con nosotras. Se nos ponían al lado, un paso atrás. Quizás por que comprendían lo que es sentir que los otros te envidian un poco por ser preferidos. Ellos habían tenido al Señor como compañero de camino y gracias a que siguieron la corazonada de invitarlo a quedarse aquella tarde, les partió el Pan! Nada menos.

Por cosas como esta yo digo que el que lleva la palabra “primero” no es nombre mío o nuestro sino del Señor: El lleva por Nombre “El que se manifiesta primero a los pequeños”. En todo caso, el nombre que nos queda a nosotras a partir de su acción es el de “testigos”. Simples y pequeñas testigos.

Este nombre, el de testigos, es clave en la Iglesia. Es el fundamento de la jerarquía apostólica. Cuando hubo que cubrir el lugar de Judas, se eligió, tirando los dados!

-con ese buen humor y esa simplicidad propios sólo de la Iglesia cuando está consolada-. Se sorteó entre los que “anduvieron con nosotros todo el tiempo que Jesús convivió con nosotros, para ser constituido “testigo de la resurrección” (Hc 1, 21). Es tan fuerte este nombre –“testigos del Resucitado”- que por ahí a alguno o a alguna se le sube a la cabeza. Se me sugirió –un poco a destiempo, por supuesto- desde la época de ustedes que por qué no reclamaba mis derechos. “Vos sos la primera testigo. Te tendrían que poner a vos en lugar de Judas”. “E incluso primero que Pedro”, se entusiasmó otro…

Yo pienso que, como reclamo, tal vez sería justo. Pero automáticamente me haría perder para adelante, lo que se me donó. Porque el Señor sigue siendo “El-que-se-manifiesta-primero-a-los-pequeños”, y a mí, lo que me interesa en la vida es que se me siga manifestando mi Rabbuní. ¿O acaso no está claro que “Él se manifiesta primero a los últimos”? Yo creo que el Señor dejó bien claro que este es el camino por donde viene su Don: viene primero por los más pequeños y se da siempre para beneficio de los más pequeños. La autoridad y la jerarquía es puro servicio de este Don. Y además, está en un lugar intermedio, que un día desaparecerá. Y yo no quiero perder “Lo que no desaparece”

Pero bueno, cada uno tiene que hacer su propio camino en esto del nombre que quiere tener y el nombre que le dan en la Iglesia.

Además, como dice San Ignacio, basta “tener entendimiento” del evangelio para darse cuenta de que la primera Testigo del resucitado fue su Madre. Como decía un padre español contemporáneo de ustedes y muy simpático: Esta es una verdad obvia. Al Señor le habían quitado la ropa y se habían sorteado su túnica. Así es que seguro que lo primero que ha hecho al resucitar es ir a casa de su Madre a buscar esa ropa de recambio que ella siempre le tenía lista”.

Así como la primera vez el Don vino a través de la pequeñez de “su servidora” –como le gusta a Ella que la llamemos-, así también en Pentecostés, el Don del Espíritu vino a los que estábamos reunidos en torno a Ella. Y si Ella no reclama…

En esta Pascua de ustedes, del 2017 dC, les deseo la gracia del Evangelio de hoy: que “El Señor les salga al encuentro y les diga, como a nosotras, ¡Alégrense!”.

Cumplo así con mi oficio y mi rol dentro de la Iglesia, que es el de consolar a los amigos del Señor, con el nombre que no acaba nunca de: “La-que-anunciauna-y-otra-vez-que-el-Maestro-ha-resucitadoy-que-los-espera-en-Galilea-y-que-sube-a-su-Padre-y-nuestro-Padre”, para que de esa alegría y de la contemplación de tanta gloria y gozo del Señor resucitado, sienta cada uno su pertenencia a la Iglesia de Cristo y descubra sus nombres: esos que se forman con los nombres de aquellos a los que el Señor nos envía cada día a consolar y misericordiar.

 

 

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Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Vayan  al pueblo que está enfrente de ustedes, y enseguida encontrarán un asna atada y un pollino con ella; desátenlos y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, dirán: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá. »

Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta:

Digan a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo.

Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima.

La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba:

« ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! »

Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. « ¿Quién es éste?»  decían.

Y la gente decía: « Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea » (Mt 21, 1-11).

 

Contemplación

“Si alguien les dice algo…”

Yo soy ese “alguien”. Pero no les dije nada a los discípulos. Más aún, yo mismo desaté mi asna y le dí una palmada al burrito que se fue con ellos de lo más contento, como si supiera que iba a ver a su Dueño. Con mi padre criamos burros y los alquilamos. También la gente nos deja los suyos para que se los cuidemos cuando vienen en peregrinación al Templo. Tengo más o menos la edad del Maestro y he seguido todas sus cosas. No hemos hablado nunca, pero él me vió una vez entre la gente y en su mirada yo supe que me conocía. Por eso me ha llenado de alegría este gesto de confianza de parte suya. El sabe que aquel día en que lo escuché hablar, tuve fe en Él. En el sentido de que interiormente hice una especie de promesa de que, si me necesitaba para lo que fuera, podía contar conmigo. Así que cuando vi que sus discípulos entraban en mi corral como si fueran de mi familia, me dije a mi mismo: “era verdad”. Era verdad todo lo que había sentido aquel día: que Él había escuchado mi ofrecimiento. Todo era cierto. Nunca pensé que me fuera a pedir mi burra y el burrito. Confieso que había pensado en cosas más heroicas. Que me llamaba a ser su discípulo, a dejar todo y a seguirlo… A veces me inquietaba pensando si sería capaz de dejarlo todo: mi familia, mis animales, mi terreno… Pero Él solo me pidió prestada mi burra y su pollino. Fue solo por esa mañana. Al mediodía ya me los habían devuelto. Y aunque los evangelios no lo dicen, Él en persona pasó a agradecerme por la tarde. Fue un gesto de su parte. Quería pagarme pero yo, por supuesto, no le acepté nada (debo decir que me chocó mucho la actitud del que tenía la bolsa, ya que apenas yo dije que no quería nada, al mismo tiempo que el Señor insisitía, él ya había cerrado la bolsa y miraba para otro lado…). Le ofrecí al Señor que se quedaran en mi casa, pero me dijo que iba camino a Betania, que está un poco más abajo, a casa de Lázaro y de sus hermanas. Comprendí inmediatamente. En toda la región no se hablaba de otra cosa que de la resurrección de Lázaro. Aunque fue muy amable y no solo saludó a mi mujer y a mis hijos sino que le dio unas palmadas al burrito, que con Él no se mostraba para nada desconfiado como con los extraños, lo ví preocupado. Había tenido un encontronazo con las autoridades del Templo y la gente comentaba que había expulsado a los vendedores, en un arranque de ira como nunca se había visto. Yo después les decía a todos que a nosotros nos había parecido el hombre más manso del mundo. Pero parece que lo del Templo fue impresionante. Dio vuelta las mesas de dinero y con el látigo él mismo movió a los animales. Nadie lo hubiera dicho viéndolo ahora acariciar a mi burrito. Yo se que lo suyo fue un gesto, como esos que la Escritura narra de los profetas. Pero la gente estaba alborotada. Unos decían que debía ser nuestro Rey. Otros desconfiaban, porque las autoridades decían que era un falso profeta. La cuestión es que yo le había dado mis animales y, montado sobre mi asna, Él había entrado triunfalmente en nuestra Ciudad Santa. Bueno, las cosas grandes todos las saben. Yo cuento lo chiquito, lo que me pasó a mí. Y debo decir que hubo algo más. A la mañana siguiente, Él pasó de nuevo. Iba otra vez al Templo y sucedió lo de la higuera. Ustedes sabrán que Betfagé, el nombre de mi pueblo, significa “Casa de las brevas o de los higos verdes”. Pues bien, una higuera quedó seca de raíz esa madrugada. Dicen que el Señor, “al amanecer, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre; y viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no encontró en ella más que hojas. Entonces, dicen que le dijo a la higuera: “que nunca jamás brote fruto de ti!” Y al momento se secó la higuera”. Yo quedé muy impresionado. Por la maldición y porque no era tiempo de higos. Miraba la higuera y miraba mi burra y el burrito y pensaba que menos mal que había tenido todo preparado. Creo que estos signos cobraron sentido después de la pasión del Señor. Estas muestras de poder contrastaron con la mansedumbre que mostró al recibir la flagelación y al tener que cargar con la cruz. Los que habíamos sido testigos de la expulsión de los vendedores del Templo y de la maldición de la higuera, que se secó en un instante como si le hubiera caído un rayo, comprendimos que Él iba libremente a la pasión, que nadie le quitaba la vida sino que Él mismo la entregaba. Pero, como decía, estas reflexiones más teológicas, creo que las puede hacer cualquiera. Yo me quedo con que Él ya me conocía (como le dijo a Natanael, que lo había visto cuando estaba debajo de la higuera); Él ya sabía de mi deseo hondo de estar disponible para cualquier cosa que necesitara y, cuando se dio la oportunidad, mandó  a que me pidieran mi burra y el borriquito. Me quedo también con ese gesto que tuvo de volver a agradecerme personalmente. Y lo de querer pagar el alquiler de los animales. Imaginense. He visto que en su época, el sucesor de uno de sus discípulos (de Simón Pedro, al que el Señor mandó a que me trajera la burra después de su entrada triunfal en Jerusalen), también volvió al albergue a pagar el alquiler después de que lo habían elegido Papa. Son esas cosas concretas que a la gente común nos dicen más que todas las teologías. Cuando a la semana siguiente, después de la muerte del Señor, los mismos discípulos comenzaron a anunciar que había resucitado, yo fui de los primeros en unirme a ellos y en hacerme bautizar. Y no uso la expresión vulgar de que “habría que ser muy burro para no darse cuenta de que quién era Jesús”, porque sería faltarle el respeto a mi borriquito, que tan a gusto se había sentido con el Maestro, y que tan campantemente lo había acompañado, junto a su madre, guardando en sus grandes orejas la maravillosa música de las aclamaciones del pueblo, sobre todo las hurras y viva viva de los chicos de Jerusalen, que desde aquel día venían siempre a verlo y me pedían si lo podían montar un rato, como si fueran cada uno un Niño Jesús, y le daban  terrones de azucar… Ellos lo reconocen como el burrito sobre cuya madre el Hijo de David entró proféticamente en la ciudad Santa y yo no dejo de maravillarme de que mi asna y mi burrito, que siempre han sido parte de mi trabajo cotidiano, hayan cobrado un valor tan grande, como para darle sentido a toda mi vida, ya que me ha bastado siempre mirarlos nada más un momento, para que se me agolpen en la memoria –llenándome de consuelo- todos los hechos de la pasión de Jesús y los que siguieron a su resurrección bendita y sienta que, gracias a mi burra y a su borriquito, yo fui protagonista y puedo ser testigo de tanto bien que nos ha venido a todos gracias a Jesús, que quiso comenzar la semana santa de su entrega entrando humildemente en Jerusalen montado sobre mi asna y mi burrito.

 

Diego Fares sj – Domingo de ramos A 2017

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 Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?»

Jesús les respondió:

«En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; pues todos viven para él. Al oír esto la gente se maravillaba de su doctrina. Pero los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo…» (Lc 20, 27-38).

Contemplación

La “antiparábola” de la viuda que se casó siete veces debió parecerle muy ingeniosa a los saduceos. Ingeniosa como es ingenioso el mal, cuando quiere ser cruel, burlarse y herir. Sin embargo es patético que alguien ponga toda su inteligencia para burlarse de Alguien como Jesús, en vez de preguntarle humildemente acerca de un tema tan grande como el de la resurrección. La resurrección de la carne –que el Señor nos resucitará con toda nuestra historia, esa que se graba en nuestra frágil carne mortal- es el misterio de la Vida mismo y no puede ser tratado irónicamente ni con silogismos ingeniosos. Que no la podamos “demostrar” científicamente como se muestra la energía que se enciende en nuestro cerebro cuando pensamos y amamos, no significa que tengamos que desarraigar esta esperanza que habita de alguna manera en nuestro corazón.

Toco aquí la palabra corazón y me viene lo más hondo que he leído en mucho tiempo. Es de Romano Guardini y lo dice describiendo a Stavròghin, un personaje de su obra “Los demonios”:

“Stavròghin no tiene corazón; por eso su espíritu es frío y vacío y su cuerpo se intoxica en una pereza y sensualidad bestial. No tiene corazón, por eso no puede encontrar íntimamente a nadie y nadie se encuentra verdaderamente con él. Porque solo el corazón crea la intimidad, la verdadera cercanía entre dos seres. Solo el corazón sabe acoger y dar una patria. La intimidad es el acto, la esfera del corazón. Stavròghin está siempre infinitamente lejano, incluso de sí mismo, porque interior a sí el hombre sólo puede serlo con el corazón, no con el espíritu. El hombre no tiene en su poder el entrar en la propia interioridad con el espíritu. Por eso, si el corazón no vive, el hombre es un extraño para sí mismo”.

            Sin enredarnos en muchas distinciones, lo que me iluminó como un rayo es esa frase de Guardini que afirma que, a la intimidad, se entra de corazón o no se entra.

Esto es para todos los que se hacen lío con los razonamientos y cuando algún Saduceo moderno da cátedra sobre la evolución, sobre la química del cerebro o sobre la materia, se confunden y dudan de lo que dice el Evangelio porque les parece que es poco científico.

Nuestro corazón es ese misterioso “corazón” (iba a decir “lugar” o “centro” pero es una palabra primordial, no hay otra palabra para decir corazón que “corazón”) donde laten al unísono lo que llamamos espíritu y lo que llamamos carne. No somos “espíritu y carne”. Lo que somos sólo lo podemos saber si entramos en nuestro corazón y si lo hacemos de corazón.

Si entramos allí donde “latimos”, donde somos amados y amamos.

Si entramos allí donde sabemos si somos amados o no.

Si entramos amando “de todo corazón”, como decimos.

Cuando Jesús dice que Dios es un Dios de vivientes, está diciendo que Dios es Dios de los corazones. Sin corazón un cerebro puede ser reemplazado por una computadora, porque no tiene capacidad de “decidir por amor”. 

Confesiones de un Saduceo (2007)

Creo que fue la serena convicción con que lo dijo lo que me llevó a reflexionar…

Sí, fueron más sus ojos sin rastro de ira ante nuestra burla, que pretendía avergonzarlo en público, lo que me llamó la atención.

Después se sumaron otros detalles, especialmente el contraste entre la gente, que se maravillaba de su doctrina y la furia de mis colegas (más contra la satisfacción que le producía a los fariseos el ver cómo nos había tapado la boca, que contra Él…).

Yo había ideado y escrito la “anti-parábola de la viuda resucitada”, como le dí en llamar. Y me creí que era verdaderamente ingeniosa. El inventaba parábolas que describían el cielo de los resucitados con la intención de cambiar nuestras costumbres en la tierra y a mí se me ocurrió proyectar una situación terrena para burlarme de sus ideas del cielo. Esperaba, al menos, otra parábola en respuesta. O que rebatiera el argumento, como hizo con lo de la moneda del César…

La verdad es que el Rabbí me resultaba interesante.

Oírlo discutir con los fariseos me encantaba y prefería su apertura moral antes que la sarta de leyes escrupulosas sobre las que ellos discutían interminablemente…

Pero lo que no podía entender era cómo un hombre inteligente como él podía creer en la resurrección de los muertos.

Soy capaz de comprender que los que trabajan en torno al templo y viven de la religión, necesiten prometer algo bueno a la gente para mantenerla sumisa y colaboradora. Para ello, nada mejor que hablarles del cielo mientras se aprovechan de su dinero en esta tierra… Pero que alguien pobre y humilde como el Rabbí, sin ambiciones ni intereses personales y a la vez tan inteligente, hablara tanto del cielo, me intrigaba mucho. ¿No se daba cuenta que con eso favorecía a los comerciantes de la religión?

La verdad es que la explicación que dio de las Escrituras, lo de que seremos como ángeles y que no nos casaremos, no la seguí mucho. Lo que me golpeó fue la última frase. Me miró especialmente a mí, como si supiera que era yo el que había inventado la anti-parábola y dijo: “Él no es un Dios de muertos sino de vivientes; pues todos viven para él”.

Lucas no lo pone, pero Mateo y Marcos sí lo registraron: Él dijo también: “Ustedes están en un error grave, por no comprender bien las Escrituras”.

Si hay algo que no me gusta es estar en un error; y menos que me lo digan en público. Pero que me dejen ahí, sin más explicaciones y que todo el mundo se dé por satisfecho con lo que dijo el que me corrigió, ya es el colmo.

Ahí me di cuenta de que la gente no tenía interés en nuestras discusiones de palabras: estaban fascinados con la Palabra de Jesús.

Cualquier cosa que él dijera, estaba bien.

No se ponían a pensar si podrían cumplir todo lo que él les decía.

Sus palabras, simplemente, les conmovían el corazón.

No eran “razonables”, como esos argumentos que suenan lógicos, pero te dejan afuera.

Sus palabras entraban en uno y permanecían, como si se aposentaran.

Sin apuro por dar fruto…

Entraban mansamente en el corazón, como semillas en la tierra blanda por la llovizna…  

Y eso fue lo que me pasó a mí. Le escuché decir que nuestro Dios no es un Dios de muertos sino de vivos y se despertó en mí el deseo de ese Dios Vivo; le escuché decir que todos vivimos para él y se despertó en mi corazón el deseo de vivir también yo para él.

¡El deseo! ¿Pueden creer que estando ante Él, por primera vez en mi vida, descubrí lo que era tener un deseo? Hasta ese momento yo había tenido necesidades. Y tenía claro que cuando las satisfacía, dejaban de interesarme. Así entendía yo esas ideas del cielo: como una carencia que algunos pretendían llenar con una ilusión.

Pero al escucharlo hablar del Cielo a Él, algo nuevo se movió en mi corazón. Deseaba que siguiera hablando.

Aunque dijera cosas dolorosas, como eso de que estábamos en un grave error. Todo lo que percibía en él, su coherencia, su señorío, su limpieza, su sinceridad… todo, eran cosas positivas que despertaban deseos de más en todas mis facultades.

No sé si han tenido alguna vez la experiencia de estar ante una persona así, cuya sola presencia basta para que uno no quiera otra cosa sino seguir estando ante ella. Gozando de que esté viva, quiero decir. Gozando de que exista.

¡El Dios vivo del que hablaba era Él mismo!

Y distinto a la vez.

Y no es que le brillara ninguna luz especial.

El Dios vivo estaba en sus Palabras.

Se hacía presente en cada una de sus Palabras como si fueran Palabras vivas, capaces de crear lo que nombraban.

Cada Palabra suya era como un tapiz bordado, como una pieza musical… Cada Palabra que salía de sus labios iluminaba como un amanecer,

limpiaba el alma como un viento fuerte,

regaba el corazón como una acequia que trae agua de la montaña.

Y después que decía las cosas así, la experiencia no desaparecía, sino que cada Palabra se guardaba ella misma en mi corazón y quedaba disponible, como un tesoro escondido, como una fuente de agua viva, para ser de nuevo saboreada como… ¡como un pan vivo…!

Desde entonces creo en él.

Creo en su Dios, que no es un Dios de muertos.

Creo en la resurrección de la carne, de la que me burlaba por ignorante.

Creo todo, porque lo dice Él.

Y lo más asombroso es que creo como toda la gente sencilla que cree en Él y se le acerca. Es más, quiero mezclarme con esa gente de manera tal que nada me distinga, para que nada me distraiga de estar cerca de Él. Cuánto más anónimo y escondido yo, uno más entre los otros, todos juntos e iguales, más Él, más en Él.”

Diego Fares sj

 

 

 

 

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