En la columna del «haber»: solo Jesús; o «todas las cosas», pero en Él (C 23 2016)

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Caminaban con Jesús grandes muchedumbres acompañándolo,
y él, dándose vuelta, les dijo:
«Si alguna persona viene a mí y no me ama más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y se viene en mi seguimiento, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, y mira si tiene para terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda terminar y todos los que lo vean se burlen de él y digan: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar.» ¿Y qué rey, si marcha para entrar en guerra contra otro rey, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz.
De la misma manera, todo aquel de entre ustedes que no renuncia a todos sus haberes, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 25-33).

Contemplación
Dice el padre Guillermo Ortiz S.I. en su reflexión sobre Madre Teresa, en Radio Vaticana: “La pobreza en Calcuta bien podría representarse con la imagen del poderoso y fuerte Goliat, un asesino armado hasta los dientes que ninguno arriesga enfrentar. Por miles los considerados «intocables» mueren en las calles de Calcuta a la vista de todos y sin asistencia de nadie. Pero una mujer diminuta y sin otros medios que sus propios brazos y su sonrisa, no quiere pasar de largo, como en la parábola del buen samaritano. No se amilana, no tiene miedo de este enorme mal. Aunque sea a uno, ella lo puede asistir y afronta desarmada este Goliat inmenso que aterroriza. Y ella pequeña, avanza buscando al más miserable y ahí en la misma calle ofrece su mirada, sus brazos como almohada, su sonrisa…y ese infeliz, aunque sea uno solo entre los miles y miles de intocables, no muere abandonado. Eso es Madre Teresa de Calcuta, todo lo demás es todo lo demás” (Reflexiones en Frontera, 2/9/2106).
Comprendiendo de otro modo la parábola del Señor, podríamos decir que Madre Teresa no se sentó a calcular si podía terminar la torre ni negoció la paz con ese poderoso enemigo –el Goliat de la pobreza-. O sí calculó –y calculó bien- que podía enfrentarlo a su manera. Salió a cuidar a un anciano… Y siguió ayudando de a uno a uno.
Para ello renunció no tanto a sus riquezas, que no las tenía, sino a sus haberes, a los que suponemos que se necesitan para salir a dar una mano, una caricia, un pequeño servicio, a los más necesitados.
Para ayudar a los pobres fue en pobreza, como uno cualquiera que va a ayudar en nuestras obras de misericordia y se ofrece para lo que haga falta.
Pero ella hizo su renuncia a todo “su haber y poseer” como dice la oración de Ignacio, que rezaba en su parroquia jesuita del Sagrado Corazón en Albania.
Esto que parece tan difícil si uno lo entiende pensando en renunciar a “cosas”, en realidad es fácil si uno lo piensa como “renunciar a “haberes”. En qué sentido? En el sentido de que para ayudar no hace falta calcular lo que cuesta “la torre abstracta” –que puede estar representada en calcular el presupuesto entero de una obra, por ejemplo- sino que basta con calcular la torre real –si tengo tiempo para compartir hoy, manos para poner a trabajar ahora y comida para compartir con uno-.
Y la lucha contra ese Goliat que viene con veinte mil se reduce a pelear bien la lucha de cada día.
Madre Teresa tenía claro que Dios no pretendía que tuviera éxito sino que fuera fiel. Por eso sacó de la columna del “haber” la palabra éxito. Perdió el miedo a que le faltara presupuesto y se concentró en realizar “pequeños gestos con gran amor”.
Paradójicamente, “nunca se le cerró ninguna puerta, porque la gente sabía que ella no venía a pedir sino a dar”. Sus obras crecen más como un pastito de pequeños gestos que como grandes instituciones.
Madre Teresa nos enseñó a no tener miedo al monstruo de la pobreza y a enfrentarlo renunciando al éxito. Nuestras obras pueden fracasar económicamente, pero nunca fracasarán los gestos de amor que hicimos en ellas a las personas concretas que servimos. Podremos tener problemas de gestión, pero si sacamos la palabra “éxito” de la columna del haber, esos mismos problemas serán fuente de alegría, la de servir a los pobres en pobreza y no desde una organización omnipotente en la que todo funciona como si fuera una empresa comercial.
Puede hacernos bien rezar la oración de San Ignacio que dice: “Tomad Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y poseer. Vos me lo diste, a vos Señor lo torno, todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.”
Es una oración de renuncia en la que las posesiones están en último lugar: antes que a las cosas (al dinero) se renuncia a los haberes, a todo lo que pongo en mi columna de haberes (hacer una obra “exitosa”, por ejemplo; o “el perfeccionismo” del que me jacto o que lamento si no se da y algo sale “como puede”).
Y antes que a los haberes, Ignacio nos hace renunciar a “lo que yo quiero” y a “lo que yo entiendo”. Dos cosas muy difíciles de dejar, pero si lo que uno emprende es una obra evangélica, es un alivio que no tenga que ser a la medida de mis deseos y de mis razones. No se me pide que yo mida y calcule y entienda cómo es la torre del reino sino que ponga mi ladrillo, mi gotita de agua en el mar, como dice Teresa. No se me pide que exprese todo lo que deseo sino que colabore, simplemente.
Y antes que esta renuncia, Ignacio nos hace ofrecer nuestra memoria, nos invita a renunciar a los recuerdos y experiencias que pueden quitar libertad a Dios para que nos sorprenda, al encasillarlo en esa memoria limitada que dice: esto siempre fue y se hizo así.
Y aún más: Ignacio nos invita a ofrecer toda nuestra libertad, lo que equivale a poner el control en manos de Dios. Madre Teresa dice: “Dios es quien tiene el control, confiemos en Él”.
El “todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad” es el “hágase tu voluntad” del Padre nuestro y, como decía, al poner en acción el amor de Jesús, estas renuncias, más que una carga son un alivio. Porque nada angustia tanto como pensar que si Dios nos encomienda una obra es para que “triunfemos”. Dios nos la encomienda para que seamos fieles, para que distribuyamos a cada uno su ración a su tiempo. Pero esa ración no siempre es “las cosas” que el otro necesita sino “al amor” que necesita. Y compartir una estrechez de recursos puede ser más evangelizador que compartir una holgura.
Imaginando cómo sería el libro de contabilidad de Madre Teresa salieron estas dos columnas (que aquí van sucesivamente)

Haber
Solo Jesús

Todo lo estimo pérdida con tal de tener en mi haber a Cristo Jesús… (Fil 3, 8).

Haber dado de comer a algún Jesús hambriento
Haber dado de beber a algún Jesús que me pidió un vasito de agua
Haber hospedado a algún Jesús que no tenía hogar o haber colaborado en alguna hospedería
Haber vestido a algún Jesús que tenía frío o ropa vieja
Haber visitado a algún Jesús enfermo en el hospital o en su casa y a alguno preso
Haber estado allí donde algún Jesús falleció
Haber enseñado como Jesús a alguno que no sabía
Haber dado como Jesús un buen consejo a alguno que lo necesitaba (de muy buena manera y oportunamente o esperando a que lo pidan, por supuesto)
Haber corregido como Jesús a uno que se equivocó (idem al modo anterior)
Haber perdonado como Jesús al que me ofendió, maltrató o malinterpretó
Haber consolado como Jesús a alguno que andaba triste
Haber soportado como Jesús con paciencia a alguna persona que me molestó
Haber rezado como Jesús por todos, vivos y difuntos, amigos y enemigos…

Deudas de los demás (por cobrar) perdonadas por mí, en el sentido de no cobradas

Debe

Servicio al prójimo (con ternura, sonrisas y hasta que duela)

Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo (Rm 13, 8)

Dar de comer hoy a algún hambriento

Dar de beber hoy a alguno que pide un vasito de agua
Hospedar hoy al que no tiene hogar o ayudar en alguna hospedería

Vestir hoy a alguno que tenga frío o ropa vieja
Visitar hoy a algún enfermo en el hospital o en su casa y a alguno preso
Hacer presencia hoy allí donde alguien falleció
Enseñar hoy a alguno que no sabe (desde dar una indicación en la calle hasta ayudar con las máquinas o enseñar a rezar a los niños…)
Dar un buen consejo hoy a alguno que lo necesita
Corregir hoy a alguno que se equivocó en algo
Perdonar hoy a algunol que me ofendió, maltrató o malinterpretó…
Consolar hoy a alguno que ande triste

Soportar hoy con paciencia a las personas que me molestan
Rezar hoy por todos, vivos y difuntos, amigos y enemigos…

Deudas mías perdonadas por el Padre

Diego Fares sj

Domingo 23 C 2010

La columna del haber

Caminaban con Jesús grandes muchedumbres acompañándolo, y él, dándose vuelta, les dijo: «Si alguna persona viene a mí y no aborrece a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y se viene en mi seguimiento, no puede ser mi discípulo. ¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, y mira si tiene para terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda terminar y todos los que lo vean se burlen de él y digan: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar.» ¿Y qué rey, si marcha para entrar en guerra contra otro rey, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, todo aquel de entre ustedes que no renuncia a todos sus haberes, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 25-33).

Contemplación
Caminaba con Jesús mucha gente, esperanzada con el Maestro, con sus milagros y enseñanzas. Y Jesús, deteniéndose, aprovecha el momento de consolación para hacernos reflexionar.
La palabra clave de este pasaje, creo que está al final: “los haberes”.
“El que no renuncia a todos sus haberes no puede ser mi discípulo”.
Hay que leer el pasaje hasta el final, porque si uno se queda con la frase de Jesús “el que no odia a su padre y a su madre…”, la cosa no cierra. Y me parece que cierra menos todavía si se trata de suavizar la traducción poniendo “amar menos” a la familia o “amar más a Jesús”… Al evangelio no hay que edulcorarlo ya que en su radicalidad y exigencia tiene su dulzura y su suavidad.

No se trata de ninguna manera de “odiar” a las personas. ¡Cómo podemos pensar que Jesús va a hablar de odiar si nos manda que amemos hasta a nuestros enemigos!
Y tampoco se trata de amar más o menos, como decíamos.
Me parece que si leemos la última frase se aclara lo que el Señor está diciendo. La renuncia es a lo que ponemos en la columna del haber.

A las personas hay que amarlas, no tenerlas como posesiones en nuestra columna del haber. En la columna del haber sólo tiene que estar Jesucristo. Él es nuestro único tesoro, y lo podemos “tener” porque se nos da gratuitamente. Él es nuestra Vida: el que nos la regaló, el que nos la cuida, el que nos la sana, el que nos la alimenta y el que nos la resucitará con una vida eterna. Tener otras cosas en la columna del haber es ilusión y vanidad. Nada trajimos a este mundo y nada nos llevaremos.

El Señor no nos está pidiendo que lo amemos más a él y menos a nuestros seres queridos. Nada de eso. Nos manda amarlo a Él por sobre todas las cosas y al prójimo, nos manda sacarlo de la columna de nuestras posesiones para poder amarlo como a nosotros mismos.

Lo que está diciendo el Señor es que, cuando una creatura –sean los más amados o nuestra propia vida terrena- se nos mete en la columna del haber como si fuera una posesión, nos esclaviza. Cuando algo hace que nuestro corazón se aficione a ello como a un ídolo, debemos “odiarlo”, aborrecerlo, no en sí mismo, como persona o cosa, sino aborrecer el rol que juega, el lugar que ocupa, la energía que nos roba. No se trata de odiar a nada ni a nadie, ya que todas las cosas son buenas. Se trata de aborrecer que alguna realidad pase a ocupar el lugar de Dios en nuestro corazón.

Cuando uno desea demás “a otro” o sufre demás “por otro”, en realidad está proyectando deseos y angustias propios. Ha puesto al otro entre sus haberes y entonces uno siente que “no puede vivir sin el otro” o que “morirá si algo le pasa al otro”. Al renunciar a mirar al otro como un haber mío como que se caen las ilusiones que me hacen desear demás o sufrir demás. Cuando ponemos al Señor en el centro de nuestros haberes, las otras realidades se ordenan y las vemos en su justo valor.

San Ignacio nos hace llamar “las otras cosas” a todas las realidades creadas –personas, cosas, situaciones, tiempo, bienes, capacidades…- y nos dicen que “son para nosotros y para que nos ayuden a “alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor”.
Decir que son “ayudas” o “medios” no significa desvalorizarlas en sí mismas. Todo lo contrario: es renunciar a usarlas como “haberes” y posesiones nuestras. Entonces podemos amarlas bien, valorándolas como personas y cosas que son “de Dios”. Debo servirme de las creaturas tanto cuanto me ayuden para que Jesús –la Vida verdadera- habite en el centro de mi corazón. Y debo servir a los demás tanto cuanto necesiten para que Jesús reine en sus corazones.

Desde esta perspectiva de “contabilidad evangélica” se aclara también lo de la Cruz. No se trata de “amar la cruz” como padecimiento. Se trata de no ponerla en la columna del debe, sintiendo que es tanto lo que pesa (un pecado, un sufrimiento, una persecución…) que nuestra economía se vuelve insostenible. El Señor nos manda “cargar la cruz y seguirlo”, nos da permiso para ser discípulos suyos con esta deuda, con este problema inevitable, con esto que sufro y no puedo solucionar.

Los dos ejemplos de “cálculos humanos” que propone el Señor, uno económico y otro político, sirven para clarificar más todavía estas lecciones de economía divina. Jesús grafica dos situaciones en las que uno calcula y negocia bien. Si no querés que se te burlen, no te metés en negocios de construcción que no vas a poder terminar ¿no es verdad? Y si no te gusta perder la guerra negociás con tu enemigo ¿no es así? Toda persona sensata juzga sensatamente de estas cosas. Todos entendemos este lenguaje, o por las buenas o por las malas.
Pero Jesús da vuelta las cosas: en el reino de los cielos, esta sensatez es necedad y la locura de Dios es más sabia que la viveza criolla.
En el reino de Jesús como sólo Él está en la columna del haber se puede emprender cualquier obra buena confiados en su providencia.
Y como él salda todas las deudas y nos defiende contra todos los enemigos, no hay que negociar con nadie.
No teman. Ese es el fruto de tener sólo a Jesús como tesoro y a todo lo demás como tarea.
Tarea linda para crear, confiados en que Él nos dará los medios necesarios y terminará la obra comenzada; y tarea dura para cargar con Él, que la vuelve suave y llevadera.
Las cosas y las personas son “ayuda” y “trabajo”, no “posesiones” ni “bienes” nuestros. Renunciar a considerarlas como posesiones nos libra de las preocupaciones que angustian y nos limpia la mirada para “en todo amar y servir”.
La oración de San Ignacio nos ayuda a expresarle al Señor el deseo de ser sus discípulos como Él quiere:

Tomad Señor y recibid
Toda mi libertad
Mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad
Todo mi haber y mi poseer
Vos me lo diste
A Vos Señor lo torno
Todo es vuestro
Disponed a toda vuestra voluntad
Dadme vuestro amor y gracia
Que esta me basta.
Diego Fares sj