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Jesús dijo: Estas son las palabras que les hablé estando aún con ustedes:

que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.

Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras y les dijo:

«Así está escrito: el Mesías debía sufrir

y resucitar de entre los muertos al tercer día,

y comenzando por Jerusalén,

en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión

para el perdón de los pecados.

Ustedes son testigos de todo esto.

Y yo les enviaré al Prometido de mi Padre.

Permanezcan en la ciudad,

hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto.»

Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Y aconteció que, mientras los bendecía, se desprendió de ellos y era llevado en alto al cielo. Los discípulos, que lo habían adorado postrándose ante El, volvieron a Jerusalén con un gozo grande, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios (Lc 24, 46-53).

Contemplación

Razonar bien

¿Qué quiere decir Lucas con la frase: “les abrió la mente – la facultad de razonar- para que comprendieran las Escrituras”?

Comprender es “poner juntas las ideas”, en este caso las de toda la Escritura.

Esta apertura es algo así como cuando, en una escena, el director de una película nos da la clave que nos permite entender, en un instante, todo lo que pasó. Cada escena cobra sentido entonces.

Ahora bien, convengamos en que nuestros razonamientos suelen complicarse. Todos vemos las mismas imágenes y captamos las mismas palabras, pero puestos a razonar, cada uno va para lados diversos (o nos llevan). Hay tantas interpretaciones (razonamientos) sobre las cosas!

La gracia grande del Espíritu Santo, que Jesús resucitado ya comienza a dar a los suyos, es la de “razonar bien”.

Y razonar bien, con buen espíritu, tiene sus condiciones, sus características propias.

Antes de contar la principal (con un poema) analicemos algunas más teóricamente:

El que razona bien, permite que el Espíritu unifique las ideas conflictivas que se suscitan al pensar.

El que razona bien, permite que el Espíritu le haga ver la totalidad de la verdad.

El que razona bien, le da tiempo al Espíritu para que ponga cada verdad en su lugar, de acuerdo a su importancia para la salvación y el bien común.

El que razona bien, permite que el Espíritu lo abra a la realidad de Cristo, que es más grande que las ideas que nos hacemos de Él.

El mal espíritu, en cambio, instiga a razonar insistiendo una y otra vez en las ideas conflictivas.

El mal espíritu encierra el razonamiento en alguna verdad parcial, en la que uno se obstina en que tiene razón.

El mal espíritu apura  los razonamientos, hace que uno “patee el tablero de ajedrez”, y entonces ya no se puede ver la jerarquía de las verdades, los pasos que se fueron dando.

El mal espíritu adula los razonamientos que formalmente son impecables o brillantes y hace que uno se la crea y piense que puede meter toda la realidad en su esquema.

Vayamos ahora a una linda petición: Espíritu Santo, ábrenos la mente para que razonemos bien!

Pedirle al Espíritu que nos abra la mente para razonar bien, es una petición poco usual y sin embargo, es la más importante. Allí, en el proceso de nuestros razonamientos, es donde más necesitamos la ayuda del Espíritu Santo. Porque la gracia la tenemos, la recibimos en el Bautismo y  cada vez que comulgamos o nos confesamos… La Palabra la escuchamos…, pero cuando razonamos por nosotros mismos, es allí donde más somos tentados. Sin embargo, nadie piensa que es cerrado. Que el problema no está en sus ideas sino en la forma en que “las pone juntas” y en las conclusiones que saca.

Por eso en el Veni Creator, le pedimos al Espíritu Santo que “visite las mentes de sus fieles”. Su visita nos consuela y –consolados- pensamos bien: se nos amplía la mente, se nos abre la cabeza. Pedirle al Espíritu que nos abra la mente es una forma de pedirle que nos aumente la fe. Porque lo que abre la mentalidad no son nuevas ideas sino la fe en Jesús.

Dos aperturas

El Evangelio nos narra los trabajos que se tomó Jesús para “abrir el entendimiento” a los suyos de modo que “comprendieran las Escrituras”.

Podríamos decir que hay dos aperturas.

Una la que logra establecer Jesús, con su muerte en Cruz y mostrándose resucitado. Las llagas abiertas son la señal de esta primer apertura que se hace propiamente en su Carne! Esta apertura no es mental sino carnal. Nadie la puede cerrar porque las llagas y el Corazón abierto –traspasado- del Señor queda así abierto para siempre. La apertura de la Cruz no hay idea que la cierre. No es cuestión de interpretaciones. Por eso Pablo habla de “la Sabiduría de la Cruz”.

La segunda apertura, es la del Espíritu, que colma con su Verdad todo lo que dejó abierto el Señor y hace que cada persona de fe se abra a los demás. Es la apertura de una verdad misionera, que se vuelve humilde y se hace todo a todos para ir ganando a la gente para Cristo.

El cielo al que se asciende

La primera apertura, la de las llagas abiertas de Jesús resucitado, culmina abriendo las puertas del cielo. Pero aquí hay que poner atención y razonar bien. Porque cuando razonamos sobre el cielo solemos usar paradigmas antiguos que nos llevan a conclusiones en contradicción con la ciencia y entonces abandonamos el razonamiento.

La Ascensión, como dice un amigo, no fue un viaje a la estrellas. Fue un entrar a cuerpo entero en el corazón del Padre y, al mismo tiempo un entrar de lleno en las historias de todos los hombres. El Cielo es una imagen física de “trascendencia”. Y hoy, las imágenes de trascendencia van por el lado de la interioridad, no de la altura.

Las dos trascendencias, como nos dice el Papa Francisco –los dos cielos- son la trascendencia al Padre y la trascendencia a los demás. Subir al cielo es hoy entrar en comunión con el Padre en el misterio de la oración y entrar en comunión con los demás en el servicio de la caridad. Allí están “los cielos: en el Corazón del Padre, que ve en lo secreto, y en el corazón de los hombres, donde uno se siente “a la altura de la dignidad humana” cuando los sirve, especialmente a los más pobres.

…..

Miremos, pues, a Jesús que asciende a estos cielos.

El Señor se aleja para que adquiramos perspectiva de lo que Es Él, de lo que nos donó con su Vida.

El movimiento del Señor es hacia la intimidad misteriosa del Padre.

El movimiento que el Espíritu desencadena en los discípulos es hacia todos los hombres, hacia todas las culturas y situaciones humanas que se dan y se darán en la historia.

Ambos movimientos se acompasan y tienen sentido.

Y como hablamos de movimiento y de acompasar los pasos, les comparto el poema de Madeleine Delbrêl que “razona bien” porque piensa como quien danza. Se llama:

La danza de la obediencia

Tocamos la flauta y ustedes no han bailado

Es 14 de julio (Fiesta popular en Francia).

Todo el mundo sale a bailar.

Por todas partes, después de meses, de años, el mundo baila (Madeleine escribe después de la guerra)

Más se muere, más se danza.

Delirios de guerras, delirios de danza.

Se siente verdaderamente mucho ruido.

La gente seria se ha ido a acostar.

Los religiosos recitan los maitines de San Enrique Rey.

Y yo pienso en el otro Rey.

En el Rey David que danzaba delante del Arca.

Porque si hay mucha gente santa que no ama bailar

Hay muchos santos que tienen necesidad de bailar.

Tan contentos de vivir estaban:

Santa Teresa, con sus castañuelas,

San Juan de la Cruz con un Niño Jesús en brazos,

Y San Francisco, delante del Papa.

 

Si estuviéramos contentos de ti, Señor,

no podríamos resistir

a esa necesidad de bailar que desborda el mundo

y llegaríamos a adivinar

qué danza es la que te gusta hacernos danzar,

enlazando los pasos de tu Providencia.

 

Porque pienso que quizás ya tengas bastante

con esa gente que habla siempre

de servirte con aire de capitanes;

de conocerte con aires de profesor;

de alcanzarte con las reglas de un deporte;

de amarte como se ama una vieja pareja.

Y un día, en que tenías un poco de ganas de otra cosa,

inventaste a San Francisco

y lo hiciste tu juglar.

A nosotros nos toca ahora el dejarnos inventar

para ser gente alegre que dance su vida contigo.

 

Para ser buen bailarín, contigo como en otras cosas, no hace falta

saber adónde conduce el baile.

Solo hace falta seguir,

ser alegre,

ser ligero

y, sobre todo, no ponerse rígido.

No hace falta pedirte explicaciones

de los pasos que te gusta dar.

Hay que ser como una prolongación

ágil y viva de ti mismo

y recibir a través tuyo la comunicación del ritmo de la orquesta.

 

No hay por qué querer avanzar a toda costa

sino aceptar dar la vuelta, ir de lado,

Hay que saber detenerse y deslizarse en vez de marchar.

Y esto no sería más que una serie de pasos tontos

si la música no hiciera de ellos una armonía.

 

Pero nosotros olvidamos la música de tu Espíritu

y hacemos de nuestra vida un ejercicio gimnástico;

olvidamos que, en tus brazos, se danza,

que tu Santa Voluntad

es de una increíble fantasía,

y que no hay monotonía ni aburrimiento

más que para las almas viejas

que hacen de decorado estático

en el baile gozoso de tu amor.

 

Señor, sácanos a bailar.

Estamos listos para danzarte este recado que tenemos que hacer,

estas cuentas, el desayuno a preparar, esta tarde en la que tendremos sueño.

Estamos listos para danzarte la danza del trabajo, la del calor y, más tarde, la del frío.

 

Si algunas melodías suenan en tono menor, no te diremos

que son tristes.

Si otras nos fatigan un poco, no te diremos

que son cansadoras.

Y si alguno nos empuja, lo tomaremos a risa

sabiendo bien que eso pasa siempre al bailar.

 

Señor, muéstranos el puesto que,

en este romance eterno

iniciado entre tú y nosotros,

tiene el baile singular de nuestra obediencia.

Revélanos la gran orquesta de tus designios,

donde aquello que tu permites,

pone notas extrañas

en la serenidad de lo que quieres.

 

Enséñanos a revestir cada día

nuestra condición humana

como un vestido de baile,

que nos hará amar de ti todo detalle

como una joya indispensable.

 

Haznos vivir nuestra vida,

no como un ajedrez en el que todo está calculado,

no como un partido en el que todo es difícil,

no como un teorema que nos rompe la cabeza,

sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo,

como un baile,

como una danza

entre los brazos de tu gracia,

con la música universal del amor.

Señor, ven a sacarnos a bailar.

 

Diego Fares sj

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