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escandalo

Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo,

y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle:

«¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?»

Jesús les respondió:

«Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven:

los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y dichoso aquel que no se escandaliza de mí!»

Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo:

«¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento?

¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento?

Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes.

¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta?

Les aseguro que sí, y más que un profeta.

Él es aquel de quien está escrito:

“Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino”.

Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él» (Mt 11, 2-11).

 

Contemplación

La palabra que me golpea del evangelio de hoy es “escándalo”. Estoy pensando en el escándalo que sacude a Mendoza y a la Iglesia por el caso de los sacerdotes implicados en el abuso de menores hipoacúsicos que tenían a su cargo, en el Instituto Próvolo.

El escándalo tiene que ver con la desmesura, con lo intolerable, lo que supera la medida que cada uno y cada sociedad tiene, tenemos, para juzgar el mal.

Hago esta reflexión después de un tiempo de oración, tras haber recibido varias cartas de amigos. Estas cosas no se asimilan –más bien se vomitan o te enferman-. Pero cuanto mayor es el mal, más necesario es tomar distancia en Dios –no cualquier distancia-, para no ser devorado ni empujado por su violencia destructiva.

El escándalo suscita la indignación y la ira. En algunos, explota hacia fuera; en otros es como si implosionara… Pero ambos efectos, si no los ponemos ante el Señor producen la misma desesperanza. Y la desesperanza, para un cristiano, es un pecado más.

Así que rezar, reflexionar y escribir sobre este escándalo, buscando donde se enciende una luz de esperanza, es una forma de no agregar otro mal al del escandalo, ya de por sí tan terrible.

Alguien cometió un delito horrendo, que nos escandaliza y la indignación que nos suscita esta injusticia fuera de toda medida, hace que nos escandalicemos del que hizo el mal, de los que fueron cómplices de alguna manera, de los que tenían que haber sabido… y de los que podían haberlo evitado.

Lo cual, para mí está bien sólo si yo me incluyo en esta cadena, en mi justo punto y en mi personal medida.

No estoy diciendo que todos están obligados a incluirse.

Los cristianos, al menos, sí.

Las sociedades pueden convivir sin el cristianismo y fijar los límites de lo que toleran y lo que no, acotando lo que es capaz de “escandalizar”.

Hay cosas que escandalizan a una sociedad en un tiempo y no a otra o en otro tiempo.

Cristianamente hay algunas actitudes que el Señor marca claramente frente al escándalo. Y la primera es esta de implicarnos.

Ante los escándalos de su época, el Señor hacía ver a la gente que aquellos “cuya sangre había sido mezclada con la de los sacrificios no eran más culpables” que todo el resto del pueblo. Ante los escándalos –que son inevitables, pero hay del que los ocasiona- el mensaje es que “todos tenemos que convertirnos”.

Esta conversión no supone “igualar” todo de manera indiscriminada, sino que es ir a buscar, cada uno, el punto en el que el mal influye o toma pie en su vida y, desde ahí, convertirse.

Esta “solidaridad en la responsabilidad ante el pecado” es, junto con la interiorización, algo propio de la enseñanza y el ejemplo de Jesús. El hecho de que se haya encarnado y haya dado su vida por los pecadores, habla de un solidarizarse haciéndose cargo personalmente del precio que hay que pagar para combatir el mal.

Esta actitud va contra la otra manera de resolver el mal que tienen muchas sociedades y que consiste en descargar toda la culpa y el castigo en un chivo expiatorio.        Cristianamente, en cambio, una vez que Cristo pagó por todos –todos- nosotros debemos y podemo ser solidarios en ayudar, en perdonar de corazón –lo cual no significa no castigar justamente y hacer reparar en la medida de lo posible el mal hecho- e, incluso, en pagar por otros.

La segunda actitud cristiana ante el escándalo es “interiorizar la maldad del pecado”. La maldad del pecado es la misma en su raíz, en su estructura viral, sea que quede confinada a un acto privado y secreto, sea que se extienda a actos públicos y manifiestos.

El Señor predica esta maldad del pecado que nace del corazón, no del exterior. Y condenando absolutamente la maldad del pecado hasta en una mirada o un pensamiento, tiene siempre misericordia del pecador y de la pecadora.

Odiar de pensamiento es ya pecado, aunque uno no mate físicamente.

El chusmerío y la detracción de palabra es “terrorismo”, como dice el Papa. Hace explotar la fama del otro y lo mata socialmente.

Pagar o consumir pornografía es ser cómplice del que explota a las personas que se exhiben (que aunque sean adultas, muchas comenzaron siendo explotadas en su niñez; además el mismo sitio incluye todo).

La avidez de riquezas y el mal uso del dinero y de los bienes alimenta una cadena de producción que “roba” –no pagando bien el trabajo- a millones de personas explotadas laboralmente.

Por tanto, si no se condena y combate la maldad en su fase “interna” –digamos- es hipócrita escandalizarse de sus manifestaciones “externas”.

Así, ante los escándalos, mientras la justicia hace su trabajo, y cada uno de los implicados más o menos directamente, son investigados o hacen su aporte, es bueno que cada uno de los que nos “sentimos indignados” hagamos nuestro personal examen de conciencia y “nos rasguemos el corazón y no solo los vestidos”.

Agrego aquí que hay una “intuición” que tiene la opinión pública que es verdadera pero necesita ser profundizada. Cuando se dice que “la Iglesia es lo peor”, en el sentido de que pretendiendo ser la mejor termina revelándose la más miserable, se toca algo que es de fondo. “La corrupción de lo óptimos es pésima (no es simplemente mala, es lo peor”). Por eso no hay que asombrarse de que la corrupción más horrible se de en los lugares que comenzaron siendo los más buenos. No hay que olvidar que la Biblia nos revela que el primer pecado se dio en el cielo y que el demonio era un ángel, y el más bello. Y que el pecado original se dio en el lugar de la inocencia. El demonio fue a corromper precisamente la inocencia de Adán y Eva en el paraíso. No hay que olvidar que el primer crimen se dio entre hermanos. Y que Judas era uno de los amigos y discípulos que Jesús eligió personalmente. Solo la confianza total del Señor en los suyos hizo posible que Judas lo entregara tan fácilmente aquella noche, en la que mandó que lo fueran a buscar al huerto de los olivos y lo identificó en la oscuridad dándole un beso.

La palabra escándalo quiere decir “piedra que hace tropezar” y alude a una trampa, a una piedra que está escondida y uno no la advierte hasta que tropieza malamente.

La vida social se basa en la confianza. Y no es racional pasar de la confianza absoluta en la bondad humana a la desconfianza absoluta y a la demonización de todo. Hace bien caer en la cuenta de que, en las familias, instituciones e incluso países, donde no ocurren estos hechos escandalosos, es porque hay un sano cuidado de todos para con todos. Cuando digo sano cuidado hablo de un cuidado que acepta que el pecado que en alguno se “desencuadra de manera escandalosa” es el mismo que anida en mi corazón y que, solo por gracia, no pasa a mayores.

Esto para repasar nuestra fe y nuestra antropología contra toda una visión mediática que explota una visión idílica del bien y del mal como realidades cuyos límites están claramente separados: de un lado los buenos y de otro los malos. Y hay cosas que “no se toleran” (y otras sí…). Esta visión idílica hace que combatamos el mal sólo allí donde están los malos y no cuidemos con atención los lugares donde estan los buenos –la familia, las escuelas, los seminarios, los hogares, nuestro corazón…

Lo cristiano es que el mal no se tolera nunca ni en nada, y que no solo no se tolera sino que se lo aborrece y se lucha por neutralizarlo allí donde no se puede vencerlo definitivamente. Esta concepción es vista como “exagerada” por la misma mentalidad que luego, cuando uno de estos “males tolerables” se convierte en un monstruo, se escandaliza y busca chivos expiatorios que le permitan tranquilizar la conciencia.

La última actitud ante el escándalo que quería compartir hoy es una muy paradójica: podemos escandalizarnos del bien!

Así como el mal, cuando es desmesurado, escandaliza, también la Misericordia, cuando es desmesurada (y se aplica a un caso concreto) a muchos los escandaliza. De hecho, ante una prédica del Papa en Santa Marta acerca de que “todos tenemos algo de oveja perdidad, aunque algunos tengan “mucho”, y de que hay que entender incluso a un Judas y que no hay que mandarlo al infierno así sin más, como quien tiene total seguridad de que “a ese, ni Dios lo perdona”, esto, digo, causó escándalo en algunos medios.

Y sí, la misericordia incondicional escandaliza. Algunos se escandalizan de que pueda darse el caso de que un divorciado y vuelto a casar pueda recibir la Eucaristía, porque un buen discernimiento puede reconocer que en esa situación particular no hay culpa grave que lo impida. A otros, esto les parece obvio y piensan que a qué viene tanto lío para algo socialmente aceptado desde hace años. A estos, en cambio, que se pueda arrepentir un pedófilo les parece intolerable. Para ese, hasta son capaces de creer (y desear) que exista el infierno. Por supuesto que cuando hablamos de perdonar no queremos decir seguir usando ese método nefasto de cambiar de lugar a estas personas, cuya patología tiene alto grado de reincidencia, o de evitar que cumplan una condena en la cárcel. Estamos hablando del perdón como oportunidad de conversión que hace a la dignidad de toda persona. Si no se confía en esta capacidad de redimirse de toda persona, la otra opción, tengámoslo claro, es el estado policíaco, en distintos grados y versiones.

El Señor se da cuenta de que su Misericordia puede escandalizar a los suyos por superar toda medida previsible. Por eso dice que es una gracia “no escandalizarse de él”. Es una bienaventuranza.

Es que mucha gente se escandalizaba de Jesús. No sólo los fariseos, que “se escandalizaron” cuando Jesús dijo que lo que mancha es lo que sale del corazón, no las cosas exteriores (Mt 15, 12), también se escandalizaron sus paisanos: “No es este el hijo de José, el carpintero? Y se escandalizaban de él” (Mat 13, 55-57). Y hasta sus discípulos, como Jesús mismo se los predice, en la última cena: “Esta noche todos ustedes se apartarán de mí. Está escrito: ‘heriré al pastor y las ovejas del rebaño se dispersarán. Pero después de que yo haya resucitado, iré delante de ustedes a Galilea” (Mt 26, 31).

La desmesura escandaliza. No solo la del mal, sino que incluso puede escandalizar la del bien. Este escándalo –bajo apariencia de bien- es del demonio. Sólo él produce este efecto: escandalizarse de que Dios sea bueno, de que pague al último igual que al primero, de que perdone al hijo pródigo y a la adúltera y al buen ladrón…

Por eso hay que meditar mucho en este punto y conversarlo y hacernos ayudar. No hay que ser ingenuos. Esto pasó y pasa. Nos podemos escandalizar, no solo de un Papa, sino hasta de Jesús.

Pero cuando el demonio se pasa de rosca y nos hace que nos escandalicemos hasta de la misericordia que será lo único que nos salve, hay que avivarse un poco y enfrentarlo decididamente.

Por eso rogamos por las víctimas de los abusos, por los pobres niños y niñas que sufrieron este mal terrible de parte de los que tenían que ayudarlos. Pedimos para que con la ayuda de toda la gente buena que tienen a su lado y la custodia de las instituciones responsables puedan recibir la gracia de reconstruir sus vidas convirtiendo en bien lo que fue malo. Para Dios todo es posible, también esto.

Y pedimos por los victimarios, para que se arrepientan de corazón, confiesen sus crímenes y cumplan su castigo y reparen en lo que puedan el mal cometido.

Y cada uno pida por sí mismo. Yo hago mía la oración que en forma de pregunta hace el Papa cada vez que visita una cárcel, y pensando en todas las víctimas y en todos los victimarios, le digo al Señor: “Por qué ellos y no yo”.

Esta es la pregunta “anti-efectos-del-escándalo”, la pregunta que nos saca de la desesperanza de la ira y la tristeza, y nos moviliza al arrepentimiento personal, cada uno de sus pecados, y al compromiso solidario. Es la pregunta que nos vuelve atentos para cuidar el bien y para neutralizar el poder del mal, en la medida en que cada uno pueda y allí donde le toca ser responsable.

Diego Fares sj

 

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