Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘política’

 

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Vino como testigo, para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por medio de él.

Él no era la luz, sino el testigo de la luz.

Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle:

– «¿Quién eres tú?»

El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente:

– «Yo no soy el Mesías.»

– «¿Quién eres, entonces?», le preguntaron:

– «¿Eres Elías?»

– Juan dijo: «No.»

– «¿Eres el Profeta?»

– «Tampoco», respondió.

Ellos insistieron:

– «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»

Y él les dijo:

– «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.»

Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle:

– «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan respondió:

– «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.»

Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba (Jn 1, 6-28).

 

Contemplación

Testigos de la Luz! Como Juan Bautista, todo cristiano es -con sus pupilas y su corazón- un testigo de la luz.

Juan no era la luz, eso lo deja claro, pero sí testigo de la Luz, que no es poco.

¿De qué Luz?

De la luz de Dios.

¿Y donde está encendida esa Luz de Dios?

En los ojos de Jesús.

En los ojos de sus pequeñitos -de los niños, de los ancianos, de los pobres del Hogar, de los enfermos de la Casa de la Bondad…, de los refugiados que nos miran con ojos interrogantes desde las fotografías que les toman en las barcas- cuando los miramos con ternura y respeto y les damos la mano.

Y en los ojos de los testigos que se dejan iluminar por esas dos luces -la de Jesús y la de los pobres- . Como dice el Salmo: Tu Palabra Señor es la verdad e y la luz de mis ojos.

Juan fue el más grande de los testigos: él dio testimonio público de que La Luz había venido al mundo, y ya habitaba entre nosotros. Se lo dijo a todos, a los que querían oír, a los que se hacían los tontos y a los que rechinaban los dientes y buscaban la manera de hacerlo callar.

Aquí me detengo un poco.

Están los que no quieren testigos de la Luz de la Fe, porque la luz de la fe ilumina directamente la conciencia de todo hombre y mujer, y lo hace libre de todos los poderes de este mundo, no solo políticos y económicos, sino también de los poderes religiosos mal usados, que se apoderan de la ley de Dios y la usan para oprimir y no para salvar a la gente.

Están los que no quieren testigos de la Luz de la Misericordia, porque es una luz que ilumina las miserias y, como miserias tenemos todos, nos iguala y nos hace ser más humildes. Algunos no soportan esta luz , prefieren ser como sepulcros blanqueados.

Están los que no quieren testigos de la Luz de la Justicia social, porque es una luz que ilumina desde abajo. Y como son tan reales los rostros de los que no tienen el dinero mínimo para vivir, se ve claramente que las medidas económicas que dicen ser brillantes -o las únicas viables- son puras mentiras: son un pozo de oscuridad abstracta que nadie entiende, pero si se ve que mientras tanto, unos la pasan espléndidamente y otros sufren mucho cada día.

En resumen: Juan nos enseña que el problema no es la Luz, sino los testigos.

Cómo reconocer a los testigos de la Luz?

Hay una frase clave que resuena no solo en los discursos sino en los gestos y en el modo de actuar del testigo que es digno de fe. Esa frase es “no soy”.

Un testigo digno de fe, en primer lugar afirma bien claro lo que no es, para que nadie desacredite “lo que vio y oyó y puede testimoniar” diciendo que “trabaja para sí”.

Atendamos a los “no soy” de Juan. Fijémonos que no dice “no puedo”, “no sirvo”, “no tengo tiempo”, “no quiero”… dice: “no soy”.

Esencialmente, Juan no era la luz.

Y ese no soy se concreta en muchos otros:

No soy el Mesías, es decir: No soy digno de bautizarte -le dirá a Jesús-: sos Vos el que me tiene que bautizar a mí.

No soy Elías, no soy el profeta… es decir: no soy la Palabra, solo la voz.

No soy digno ni de desatar la correa de la sandalia del Señor, … es decir: no soy alguien que deba crecer sino uno que debe disminuir….

No soy el Novio, sino el amigo del novio…

Y aquí viene el pasaje que nos da el criterio para concer al testigo fiel y digno de fe.

Dice Juan Bautista explicando quién es él de manera positiva:

“El que tiene la Novia es el Novio,

pero el amigo del Novio,

el que está ahí con él

y le escucha,

se alegra con la voz del Novio.

Esta es pues mi alegría,

que ha alcanzado su plenitud.

Es preciso que El crezca

y que ho disminuya” (Jn 3, 28-30).

La imagen linda es la del amigo del novio. Cuando se casa nuestro mejor amigo, nuestra mejor amiga, es algo muy especial que nos elijan para ser sus testigos. El amor es así: elige sus testigos, y la única característica, o la más distintiva, es que elige a alguien que se pueda alegrar sin sombra de envidia, por pura amistad.

Es tan nítida esta pureza sin envidia que pasa desapercibida hasta para el mismo que la experimenta. Y esto es bueno. Pero también es bueno sacarlo aquí a la luz.

Un testigo digno de fe es uno que se puede alegrar sin envidia, como se alegra el amigo del novio.

Cuáles son sus cualidades?

La primera cualidad del testigo es estar: está ahí, cercano. Con ese modo de estar de los mejores amigos, que no protagonizan más que uno, sino que se alegran en vernos protagonizar lo bueno, así como se entristecen de verdad si nos ven fallar. El evangelio nos dice que María estaba al pie de la cruz, que las santas mujeres y el pueblo fiel estaban contemplando todas estas cosas, que Juan el Bautista estaba con sus dos discípulos cuando vio pasar a Jesús y los mandó con Él… Un testigo digno de fe es alguien que está.

Creemos en la gente que está, no a los que miran por TV.

La segunda cualidad del testigo es escuchar. También mira, pero como escuchando, interiorizando las cosas, grabando todo en su memoria, en su corazón. Se dice de María que guardaba todas las cosas de Jesús y las meditaba en su corazón. El amigo testigo es ese con el que podrás juntarte a recordar las cosas lindas y te hará sentir que su alegría fue igual -y a veces  hasta más grande- que la tuya misma, porque se fijó en cosas que no habías visto.

La tercer cualidad del testigo es alegrarse. Juan dice que él se alegra con la voz del Novio. Jesús se alegra en el Espíritu al ser testigo de cómo el Padre revela sus cosas a los pequeñitos. María se alegra viendo en esperanza cómo Dios llena de bienes a los hambrientos…

Sabemos que el que se alegra con el bien, llorará y estará a nuestro lado en las malas. Es así.

Al describir estas cosas me asaltó el pensamiento de que estas cualidades son muy claras a nivel de amistad y de fe, pero no sirven para juzgar quién es testigo digno de fe y quién testigo falso en las cosas públicas: a nivel político y de los medios de comunicación.

Sin embargo, creo nos va la vida en esta lucha por encontrar “testigos dignos de la fe de todos”.

De manera particular, les va la vida a los más pobres e indefensos, ya que cuando todo el mundo queda desautorizado, a los que tienen plata, no les va ni les viene, pero los que no tienen nada, en cambio, pierden toda esperanza de justicia y de algo mejor.

Por eso, saber discernir quién es y puede ser testigo digno de fe, es tan clave para la vida política y social como lo es para cada uno como individuo.

“Alegrarse como se alegra el amigo del novio” es un criterio muy intuitivo y práctico.

La imagen esponsal es una clave, no solo para la vida familiar o religiosa sino también para la vida política. Implica contemplar en clave de compromiso esponsal la realidad. Contra esa actitud de “yo no me caso con nadie” o de “casarse por conveniencia”, es testigo digno de fe el que se casa con la república y con la patria, el que se casa con la obra en la que sirve al bien común, el que se casa con su diócesis y su parroquia, con el pueblo fiel de Dios, la Iglesia. La imagen evangélica es la del Señor que se casa con la humanidad. De este compromiso total surge, como dice el Papa, el político de alma, que se casa con el bien de su pueblo, la enfermera de alma, que se casa con su hospital o con su salita, el maestro y la maestra de alma, que se casa con cada curso de sus alumnos… 

La otra clave es la de la alegría sin envidia. Alli hay un punto de inflexión. En esa alegría se ve de qué material está hecho un corazón, cómo miran sus ojos.

La “alegría sin envidia” hace que todo sea transparente: nos alegramos con el bien y nos entristecemos con el mal. Vengan de quien venga el bien y lo sufra quien lo sufra el mal.

La alegría con envidia, en cambio, pudre todo. Hace, por ejemplo, que sospechemos del bien, si no viene de uno de los nuestros, y que nos regodeemos en el mal, si lo sufre uno que no es de los nuestros.

Los “no soy” -repetidos en la oración-, son las píldoras del remedio que tiene a raya la envidia y potencia esa alegría del corazón que nos convierte en buenos testigos de la Luz que trae al mundo el Niño Jesús.

Diego Fares sj

 

 

 

 

Read Full Post »

Las respuestas de Jesús

Jesús lleno del Espíritu Santo volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto, adonde estuvo cuarenta días, y era tentado por el diablo. En todos esos días no comió nada, y acabados ellos sintió hambre.
Le dijo entonces el diablo:
–Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.
Jesús le respondió:
–Está escrito: No sólo de pan vivirá el hombre.

Y lo elevó a un lugar alto y le mostró en un instante de tiempo todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo:
– A ti te daré el poder de esta totalidad (de reinos) y la gloria de ellos, porque a mí me lo han dado y se lo doy a quien quiero. Si tú te postras en adoración ante mí, será tuyo todo.
Jesús respondió:
– Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él servirás dándole culto.

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en el pináculo del templo y le dijo:
–Si eres Hijo de Dios, tírate abajo desde aquí; porque está escrito:
‘Dará órdenes a sus ángeles para que te guarden’; y también: ‘te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna’.
Jesús respondiéndole le dijo:
–Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios.
Y habiendo llevado hasta lo último todo género de tentación, el diablo se retiró de él hasta otro tiempo oportuno (Lc 4, 1-13).

Contemplación
Pongo primero una caracterización de las tentaciones para luego centrarnos en las respuestas de Jesús.

La tentación de convertir las piedras en panes nos afecta a todos en nuestra relación con los bienes (dimensión económica). Actualmente se expresa en torno al consumo y a la gestión. Todo es cuestión de gestión. Si optimizamos la gestión “las piedras se convertirán en pan”.

La tentación de la agachada para tener cargos nos afecta a todos en nuestra relación con el poder (dimensión política). Actualmente se puede sentir en la exclusión del que no se agacha, del que no habla la misma ideología.

La tentación de tirarse del Templo nos afecta a todos en esa dimensión que llamamos espiritualidad. Actualmente se puede ver en los que animan a otros a realizar experiencias espirituales que los desarman y los vinculan afectivamente a otros de manera tal que luego no saben cómo rearmarse para seguir fieles a su vocación. Son las pseudoespiritualidades de los que no se animan a tirarse ellos de lo alto del Templo pero empujan a otros (y no los acompañan).

“Las respuestas de Jesús” al mal espíritu son lo verdaderamente interesante. Son confesiones de fe.
Pero no proverbios dichos de memoria sino que, como dice Balthasar, son confesiones de fe existenciales, respuestas ganadas duramente, encontradas en el corazón después de sufrir las acechanzas e insidias del enemigo que corroe con sus falacias y suasiones, tratando de devorar nuestra fe, de hacernos decaer la confianza.
El evangelio nos ayuda a hacer actos de fe.
Actos de fe que son escudo y coraza ante los dardos del enemigo que se nos clavan como una duda o una sospecha funesta en el corazón y no nos dejan en paz.
Las respuestas de Jesús son bálsamo para la angustia y remedio para la desconfianza. Nos fortalecen en la fe.

Dice Jesús: está escrito, no solo de pan vivirá el hombre
La frase se completa en Mateo “el hombre vivirá de toda Palabra que sale de la boca de Dios”. Pablo dirá muchas veces: “El justo vivirá de la fe” (Gal 3, 11; Rm1, 17). Jesús lo afirma en Juan: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Jn 11, 25).

Vivimos de la fe.
Creo en Jesucristo, Hijo de Dios, nuestro Señor.

Ya para Israel la fe no es afirmar una verdad abstracta sobre Dios sino la confesión de lo que Dios es para su pueblo. El israelita no se pregunta “quién es Dios” sino “qué ha sido Dios para nosotros”. Israel confiesa al Dios de nuestros padres, al Dios que nos salvó de Egipto y nos regaló la tierra que mana leche y miel…
En Jesús esta confesión se vuelve más concreta. Pablo lo dice hermosísimamente: “Porque si confiesas con tu boca y crees en tu corazón que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos, serás salvado. Todo el que invoque el Nombre del Señor Jesús se salvará” (Rm 10, 11-13).
Vivimos más de la confesión de fe que sale de nuestra boca que del pan que entra en ella.

La tentación de convertir las piedras en pan apunta a volver todo “comestible”. Nuestro mundo nos convierte en “consumidores”. Como si la vida consistiera en comer, en incorporar cosas materiales (comidas y remedios) y virtuales (imágenes, sonidos, experiencias). El Señor nos enseña que lo que da vida es “confesar nuestra fe en él”. Al confesar “Creo en Jesucristo mi Dios y Señor” nos incorporamos a Él. Nuestra vida no consiste en incorporarlo a Él en nosotros, mortales, sino a incorporarnos nosotros a El, que es la Resurrección y la Vida. Con la confesión de fe (que opera por la caridad) salimos de nosotros mismos y nos radicamos en El, Vid verdadera.
Vivir no es, pues, consumir ni incorporar sino salir y ser incorporados. Ese es el fruto de la Eucaristía. Por la fe, al comulgar con Cristo nos incorporamos a El y a los demás ya que Él nos hace Iglesia, Cuerpo suyo. La fe es básica porque un acto de fe total permite una salida de sí total y radical. Decir con la boca y de todo corazón “Creo en Jesucristo mi Dios y Señor” implica un salto como el del trapecista, que por un momento deja de aferrar su trapecio y vuela por el aire, seguro de las manos de su Amigo que lo esperan. Esa “salida de sí” total solo la logra un acto de fe –pequeño o grande, no importa (se pueden hacer muchísimos actos de fe cada día con el beneficio de caer una y otra vez en las manos buenas de Jesús soltando nuestras seguridades inciertas). Por la fe vivimos y revivimos. Morimos al dejar de querer convertir las piedras en pan y revivimos al caer en las manos que parten para nosotros el Pan de vida. La Iglesia vive de la Eucaristía. Vive del Pan de cada día que nos da el Padre, cuando no acaparamos sino que compartimos nuestro pan con el que tiene hambre.
El Justo vivirá por la fe.

Dice Jesús: está escrito, al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él servirás dándole culto
La confesión de fe se hace con la boca y con el corazón… y también con la rodilla que se dobla y con el rostro puesto en tierra. El gesto de adoración es significativo. La confesión de fe no sólo es cuestión interior, ni solo se expresa con la palabra. La confesión de fe se completa con los gestos.
Jesús le responde al Demonio diciendo que sólo hay que arrodillarse ante el Padre.
Él mismo siendo Dios oraba rostro en tierra: “Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú” (Mt 26, 39).

Nuestro mundo, esto lo tiene claro. “Ante quién hay que agacharse” es la primera lección del manual de trepadores. Se bromea un poco, a veces de manera vergonzante, pero la agachada servil es el gesto del poder y la sumisión. Detrás está el demonio, que –literalmente- busca este gesto más que ningún otro. Y no es una mera imagen ni una metáfora decir bien claro que “todos los poderosos de este mundo, si no están agachados sirviendo, es porque están agachados “por voluntad propia” ante otro que los somete y los veja”.
Contra esta tentación, tan vergonzosa, sólo un remedio: nos arrodillamos solo ante Dios, nos arrodillamos sólo para servir. Nos arrodillamos sólo ante Aquel que se arrodilló para lavarnos los pies. Arrodillarse en adoración es el gesto de la fe: “Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre” (Fil 2, 10-11).

Dice Jesús: está escrito, no tentarás al Señor tu Dios
Así como le rogamos al Padre Nuestro que “no nos meta en la tentación”, que no nos deje “caer en ella”, así también el Señor nos enseña que a Dios no le gusta que lo “tentemos”. La confesión de fe implica este “no tentar al otro”. Cuando uno ama sabe lo que puede hacer daño al otro y trata de cuidarle su debilidad, no de exponerlo. Dios nuestro Señor se muestra en esto muy humano. Es conmovedor ver el cariño y el cuidado que Jesús tiene para con su Padre. El Señor sabe que el Padre no permitirá que le suceda nada malo que Él no asuma líbremente. Por eso el diálogo en el Huerto será tan conmovedor. Jesús sabe que una palabra suya bastaría para que una legión de ángeles lo defendiera. Su pasión es “voluntariamente aceptada”. Ni el Padre lo tienta ni Él tienta al Padre. Amorosa y dolorosamente se ponen de acuerdo de corazón y en ese acuerdo está nuestra salvación. Nada ni nadie puede apartarnos del Amor del Padre y del Hijo que se han puesto de acuerdo en el modo de salvarnos y atraernos.

Decir: Creo en Dios Padre Todopoderoso, para quien “todas las cosas son posibles”, implica “no tentarlo”. Implica seguir a Jesús lo más ajustadamente posible cada día para aprender de Él que es “manso y humilde de corazón” y descubrir la manera de no caer en la tentación de “tentar a Dios”. La fidelidad del que confiesa su fe se muestra en la práctica previendo lo que puede comprometer al otro, cuidándonos ante toda tentación de “tirarnos de lo alto del Templo” de modo tal que Dios tenga que hacer milagros para salvarnos.

Lo consolador es ver cómo Jesús experimentó el poder de seducción de estas tentaciones para vencerlas desde adentro de nuestra humanidad. El Señor confiesa la fe en el Padre con un corazón y una sensibilidad humanos. Jesús siente la fascinación de la gestión, el poder del cálculo y el gustito de la espectacularidad. Y no reprime estas pasiones básicas, material con que Dios mismo nos creó, sino que las resignifica y las orienta bien.
Sus respuestas nos enseñan a vivir de la fe, que nos transforma en Hijos de Dios y no de la gestión que por querer convertir las piedras en pan nos lleva a convertir el pan en papeles.
Las respuestas de Jesús nos enseñan a vivir de la adoración al Padre que nos lleva al servicio y no del deseo de poder, que con el pretexto de hacer el bien nos lleva a la agachada y a cortar cabezas.
Las respuestas de Jesús nos enseñan a vivir del discernimiento que nos lleva a la sabiduría de la cruz que salva y no a la indiscreción que se deja fascinar por las espiritualidades de moda, que por evitar la cruz nos llevan a tirarnos al abismo.

Diego Fares sj

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: