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Repaso del año con las bienaventuranzas (Santa María Madre de Dios C 2018-2019)

            En aquel tiempo, los pastores fueron de prisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que el ángel les había dicho de este niño. Y cuantos escuchaban lo que decían los pastores, se quedaban maravillados. Pero María atesoraba todas estas cosas reflexionando y sacando provecho en su corazón.

            Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios, porque todo cuanto habían visto y oído era tal como les habían dicho. A los ocho días, cuando lo circuncidaron, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel ya antes de la concepción (Lc 2, 15-19).

Contemplación 

            María no solo se maravilla con las cosas que cuentan los pastores acerca del Niño, sino que las “atesora”. Guarda como un tesoro en el corazón todo lo que dicen estos hombres sencillos que anuncian la buena noticia que les revelaron los ángeles, este primer evangelio predicado por los pobres de Belén. 

            María atesoraba estas cosas “meditándolas”. Pero con una forma de meditar que es especial. La frase que mejor expresa lo que quiere decir “synballousa” es quizás la que usa San Ignacio en los Ejercicios: reflexionar para sacar provecho. Se trata de guardar las cosas ponderándolas, confiriéndolas unas con otras, hasta que uno concreta algo y saca provecho para su vida. Nuestra Señora es Maestra en esta contemplación para la acción. Para nosotros, los Ejercicios espirituales son un modo muy cercano a este modo de rezar que practica la Virgen por connaturalidad: Se trata de atesorar (en la memoria), de meditar (con la inteligencia) y de aprovechar para sentir y gustar afectivamente (con la voluntad).

            Una palabra más sobre “atesorar” o “conservar cuidadosamente”. Lucas usa el verbo “sintereo“, que implica “guardar las cosas poniéndoles un rótulo que dice “tesoro”, “cosas muy buenas para amar”, “maravillas de Dios”. Lo que filosóficamente llamamos “sindéresis” es un juicio básico y originario que configura nuestra razón práctica. Es habitual y no meramente puntual porque nuestra mente “se enciende o activa” en este programa que ilumina todo lo que se nos presenta para decidir diciendo: “hay que amar el bien y rechazar el mal”. Siempre está encendida la llamita de esta “sindéresis”, siempre esa voz -que llamamos conciencia- nos está diciendo:  sea lo que sea que hagas y elijas tenés que elegir el bien y rechazar el mal. Gracias a esta certeza nos podemos corregir cuando nos damos cuenta de que hemos elegido algo menos bueno o malo, podemos juzgar por nosotros mismos, rectificar el rumbo y orientarnos nuevamente al bien, que es el sentido de nuestro obrar. 

            Todo esto que decimos apunta a sintonizar con el modo de pensar y sentir de María, que en su simplicidad, es la Sabiduría misma. Sabiduría práctica que discierne siempre lo que le agrada al Padre y lo que está tratando de hacer Jesús. De aquí brota su consejo práctico: “hagan todo lo que Él te diga”. Esto, si lo que deseas es beber el Vino bueno del Espíritu y que tu vida tenga otro sabor, otra pasión y otra alegría, más plenas  que las del mundo, que son pasajeras y se acaban (“No tienen vino”). 

            Teniendo en cuenta la riqueza que estas palabras adquieren en María, repasamos el 2018 poniendo la atención en el 2019, es decir: mirando para adelante. 

            Atesoraremos algunas cosas, sí!, pero no para guardarlas en el archivo de fotos (las lindas para mirar de vez en cuando y las feas y tristes para borrar), sino para discernir con más claridad y determinación qué ánimo nos dan estas perlas preciosas para vivir más fecundamente el año que se nos ofrece. 

            Una imagen es mirarnos a nosotros mismos cada vez que nos toca armar la mochila para salir de viaje. Al meter o dejar de lado cosas, uno hace memoria, discierne los pesos inútiles que cargó la vez anterior y busca poner esta vez lo esencial, solo lo que más le ayudará a caminar ligero y bien provisto, el viaje que emprende. Como ese papá que carga el sueño de su hijito como peso principal.

………

            Rezando esta mañana pedía como cada día, “esa limosna de oración” al Espíritu que me permite arrancar la mañana (y el año) con algo Suyo y no mío, algo pequeño pero nuevo.

            Suelen caer en mi jarro gracias muy pequeñitas, que apenas tintinean, y que estoy aprendiendo a no dejar pasar por quedarme esperando billetes grandes que no siempre llegan. 

            Hoy sentí que caían las moneditas de las bienaventuranzas. Y se me ocurrió hacer el repaso del año desde esa perspectiva: un examen y un plan en clave de bienaventuranzas. 

            Esto para  mí quiere decir que no tomo las afirmaciones de Jesús desde el “deber ser” (algo así como “si querés ser feliz, tenés que ser pobre, llorar, ser manso… etc.), sino como algo que puedo constatar de manera muy real y práctica: la felicidad que el Señor desgrana en sus bienaventuranzas son “lo que quedó”, cuando tamizo la arena del año que pasó y que malgasté en gran parte. Las bienaventuranzas me quedan en el cernidor  como algunas pepitas de oro y se nota enseguida que son puro don. 

            Tomo solo dos: Felices los pobre y felices los que lloran.

            Los índices nos dicen -con la crudeza de los números- que terminamos el año más pobres. El salario real -las cosas que podemos comprar para vivir con el dinero que conseguimos- cayó más del 10%. Hay más de 7 millones y medio de personas que caminan al lado nuestro que no tienen recursos suficientes para cubrir sus necesidades básicas. Es decir que no comen bien, no se pueden vestir dignamente, no tienen remedios si se enferman, no pueden mandar a sus chicos a la escuela con todos los útiles que necesitan para aprender… 

            La constatación de la pobreza material, en un mundo que tiene todos los recursos naturales y sociales para erradicarla, nos lleva a una conclusión: ha aumentado la miserabilidad política: la inequidad de pensar cada uno solo en lo suyo y no en el bien común, el no ser creativos en la solidaridad. Esta miseria política es la causa de la miseria material. No es un problema natural! Ni heredado como una fatalidad. Ni culpa de la situación mundial. Si en una familia o en un pueblo los padres de uno de cada tres niños no tienen para cubrir sus necesidades básicas, es un problema político, en el que entramos primero como padres de los otros dos chicos y, luego, cada uno con su profesión y posibilidades. Quiero decir que a esta pobreza hay que entrarle primero con el corazón, donde se encarna el sentido político del pobre.

            Aprender políticamente, crecer como ciudadanos que construyen un pueblo y dejar de ser meros individuos que van de la queja a la avivada, lleva tiempo. Mucho tiempo y muchos aprendizajes (digo aprendizaje y no fracasos porque “en la vida no se fracasa: o se gana o se aprende“, como dice Vecchione, un cantautor italiano). Sin embargo, la bienaventuranza de Jesús que dice: “Felices ustedes pobres, porque de ustedes es el Reino de los Cielos”, nos puede abrir una perspectiva más honda, más inmediata y posible de practicar. 

            Es la visión de la vida que surge cuando uno termina de aceptar que “es” pobre. Que sea cual fuere el punto del índice comparativo en el que me encuentro socialmente en este momento, soy radicalmente pobre. En cosas, en cualidades, en tiempo, en méritos y hasta en mis pecados: soy pobre. 

            Pero no en sentido despreciativo de ser “un pobre tipo”. No!

            La clave de la pobreza feliz del Reino está en la paternidad. Solo un padre, solo una madre, son verdaderamente pobres. Porque uno si no tiene hijos a quienes cuidar y alimentar y hacer crecer como personas, no experimenta lo que es la pobreza. Experimentará solo carencias o necesidades individuales. 

            La pobreza verdadera es no tener nada para dar a los que uno ama y que dependen de uno. Cuando experimento esta pobreza, de tener muy poco o nada para dar a mis hijos, a mi comunidad, a mi pueblo, entonces la bienaventuranza de Jesús se abre como una revelación y una promesa. Porque el Reino que nos ofrece Jesús es siempre un tesoro que puedo dar. Yo, aquí y ahora. Lo puedo dar, no importa cuán pobre sea! Y cuando experimento que no tengo otras cosas para dar, este tesoro, esta perla de Jesús, comienza a irradiar con todo su esplendor. 

Es un tesoro que no se devalúa ni se corrompe. 

Se nos regala gratuitamente y lo podemos regalar. 

La alegría que nos produce, nadie nos la puede quitar. 

No nos lo pueden robar. 

Todo lo que hacemos con sus monedas -la de la misericordia y la de la caridad- se capitaliza, da fruto para otros, produce el 30, el 60 y el 100 por uno. 

Y los que amamos lo pueden heredar.

No son “monedas para acumular” (apropiables, que yo utilizo como y cuando quiero), son monedas que se capitalizan como “monedas para dar”. 

No son monedas que se puedan atesorar en lugar alguno -material o espiritual- de esta tierra. Por eso se llaman “tesoro del cielo”. 

No son parte de un sueldo mensual, son limosna diaria para vivir y para dar hoy. 

No dan renta, producen frutos.

Las distribuye -con exclusividad- el Espíritu. 

Yo puedo administrar estos talentos y negociarlos para que se multipliquen, pero nunca soy dueño. De nada. Aunque, paradójicamente, se me de todo y posea la administración total del capital ilimitado de misericordia y caridad que se me confía. 

Feliz entonces si la vida me ha llevado al punto de ser consciente que no tengo nada mío para dar a los que amo. Feliz porque recién entonces puedo valorar lo real del tesoro que Jesús me ofrece para dar. 

Examino, pues, el año, desde la perspectiva de lo que he “perdido” (aprendido), desde aquello en lo que me he empobrecido y lo agradezco, ya que esta moneda de mi pobreza es la que me permite adquirir derecho al Reino, derecho a poseer todas las gracias que Jesús nos comparte y nos regala para distribuir a los demás. 

….

Felices los que tienen la moneda del llanto, porque recibirán la de la consolación

            Me propongo encontrarme con el Señor allí donde tengo la fuente de mi llanto. Es un lugar especial. Como hacen los niños que se han golpeado, que primero pispean si los ha visto su madre y recién allí sueltan el llanto, así también yo muchas veces no me atrevo a llorar por no sentirme bajo el abrazo de Dios. 

Llorar es signo de pobreza y de amor. 

Pido perdón por haber llorado poco, pido la gracia de acercarme más a Dios, para poder llorar bien, como lloran los padres.

Con estas dos monedas, de la pobreza y el llanto, adquieren mansedumbre paterna las demás bienaventuranzas, especialmente las del hambre y la sed de justicia y la de la  persecución. De la pobreza y el llanto de padres se origina la gracia de no perder nunca la paz. Esta gracia que el Espíritu le ha dado a Francisco y de la que participamos los que lo queremos y seguimos como Papa.

En este espíritu de bienventuranzas y en esta clave de paternidad-maternidad, cada uno puede atesorar y reflexionar para sacar provecho la bienaventuranza que el Espíritu le de a elegir y desde allí examinar el año que pasó, dando gracias por las gracias, pidiendo perdón y proponiéndose un plan de vida dichoso para el año que viene.

Diego Fares sj

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Cuidar la fraternidad

Uno de la multitud le dijo:
«Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.»
Jesús le respondió:
«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes?»
Después les dijo:
«Miren, ¡cuidado con la avidez en cualquiera de sus formas!, porque aun cuando uno ande sobrado de cosas, su vida no depende de los bienes que posee.»
Les dijo entonces una parábola:
«Los campos de un hombre rico rindieron una cosecha abundante. Y él debatía consigo mismo: “¿Cómo voy a hacer si no tengo dónde guardar mi cosecha?”. Dijo entonces: “Voy a hacer esto: derribaré mis graneros, edificaré otros más grandes y recogeré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida.” Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche te demandan tu alma. Lo que preparase ¿para quién será?
Así sucede con el que atesora riquezas para sí, y no atesora lo que lo hace rico a los ojos de Dios” (Lc 12, 13-21).

Contemplación

Entre los muchos puntos de vista para contemplar el evangelio de hoy me quedé con el de “cuidar la fraternidad”. Porque la parábola del Rico necio y la enseñanza de “ser rico a los ojos de Dios”,surgen a raíz de una pelea entre hermanos. Se trata de una de esas discusiones familiares en torno a las cosas y la herencia; discusiones que salen a la luz con toda su crudeza cuando de repartir bienes se trata y que muestran lo que se fue cocinando en el corazón de los hermanos a lo largo de los años. Cuando uno ve de afuera una discusión fuerte y muy puntual piensa: cómo pueden pelearse así, entre hermanos, por las cosas. Es que detrás suele esconderse una larga historia de “avideces contrariadas” sobre las que advierte hoy el Señor.

La avidez es un “deseo desmedido de poseer cosas”. Jesús nos dice que estemos atentos a este desorden “en cualquiera de sus formas”. Porque el problema no está tanto en el objeto de codicia, que varía, sino en cómo se apodera del corazón. La avidez es “espiritual”, no carnal. No importa tanto el bien codiciado sino que se trata del placer que da desear algo con mucha fuerza. Este deseo da un sentido del propio poder, que es lo que vuelve tan peligrosa la avidez. El deseo desmedido de cosas, fogoneado por la sociedad de consumo, hace que uno sea injusto con sus hermanos, con el prójimo. Porque uno pisa y empuja al otro para conseguir primero las cosas o las retiene más de lo necesario, juntando cosas que no usa y que a su hermano le vendrían bien.
Por otro lado, la avidez también hace que uno peque contra sí mismo toda vez que uno rebaja su capacidad de desear y en vez de anhelar los bienes verdaderos –a nuestro Sumo Bien que es Jesucristo- se distrae preocupándose de manera excesiva por cosas superfluas, bienes que, de última, no sacian el corazón.
Nos detenemos en el primer aspecto de la avidez, el que hace a la justicia, porque está en la raíz de las peleas entre hermanos. La avidez fue lo que pudrió la relación en la familia del padre misericordioso. El hijo menor se llevó la parte que codiciaba y el mayor se quedó con la sangre en el ojo viendo cómo el otro se animaba a agarrar lo suyo y él no tenía valor ni para pedir un cabrito. Como vemos, el peso no está en las cosas mismas sino en la fuerza con que cada uno calcula y mide ávidamente la parte de la herencia que cree que le corresponde.
En el fondo está el reproche al Padre, ¡cómo tolera y permite que se dividan mal los bienes! El mayor lo expresa claramente: “tu hijo se gastó todo…, a mí nunca me diste ni un cabrito…”.
El Padre apunta a sanar en su raíz el corazón enfermo de codicia amarga. Al pródigo lo deja que se agarre lo que codicia y cuando vuelve le muestra que lo ama como hijo, que ama que haya vuelto a la vida. Al mayor le dice: “Hijo, vos estás siempre conmigo. Todo lo mío es tuyo”.
El Sumo Bien que sacia la sed del corazón es “estar con el Padre”, sentir que “todo lo suyo es nuestro”.
“El amor, como dice Ignacio, consiste en la comunicación: en dar el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado al amante; de manera que si uno tiene ciencia, dar al que no la tiene, si honores, si riquezas, y así el otro al otro” (EE 231).

Llama mucho la atención esto de “dar riquezas y honores” siendo que Ignacio habla mucho de pedir “pobreza y humillaciones”. Justamente, aquí se equilibra la visión de Ignacio haciendo sentir que la pobreza de cosas no es para disminuir la calidad de vida sino para tener espacio donde atesorar el Amor de Dios.
¡Feliz el que atesora lo que lo hace rico a los ojos de Dios!
Esta sería otra formulación del “Felices los pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos”.
¿Y qué es lo que nos hace más ricos a los ojos de nuestro Padre? ¿No es acaso el amor entre hermanos lo que más felices hace a los papás? A veces los hijos no nos damos cuenta de cuánto se alegran nuestros padres si ven que nos llevamos bien entre hermanos. Es verdad que cada hijo puede dar satisfacciones personales a sus padres, cuando se realiza o le va bien en la vida y es feliz, pero no hay nada comparable con el sano orgullo que sienten un padre y una madre al ver que sus hijos son buenos hermanos, que se quieren y se cuidan entre ellos. Es como el fruto pleno de lo que sembraron. De ahí el ir y venir del Padre misericordioso para que su cariño por cada hijo no vaya en contra del otro.
La avaricia y la avidez es lo contrario a la fraternidad. La fraternidad implica compartir, ser generoso, desprendido, atento a lo que el otro necesita. La justicia social, el sentido social del que habla siempre Hurtado, nace en la familia, en hacer gustar a los hijos desde pequeños lo lindo que es compartir los bienes entre hermanos.
La advertencia de Jesús a estos dos hermanos no solo revela lo dañina que es la avidez en la familia –aunque se de en pequeñas cosas-, sino que revela bien hondo quién es Jesús y qué vino a hacer. Jesús, al negarse a actuar como “Juez y divisor de bienes”, nos está diciendo que él es nuestro hermano. Hermano con mayúsculas, si se quiere, ya que él es el Hijo unigénito del Padre. Pero hermano al fin, ya que nosotros también somos hijos del mismo Padre. Por eso Jesús deja en claro que viene a servir, viene a perdonar, no a juzgar ni a condenar. El no “codició su ser Hijo sino que se anonadó y se hizo esclavo”. La fraternidad de Jesús, su hacernos sentir amigos, hermanos, compañeros, apunta a restablecer en nuestro corazón el Trono del Padre como único y sumo Bien.
Diego Fares sj

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Sin nada para dar o “Sus almas son bellas y preciosas…”

Y bajando con ellos y con una multitud de sus discípulos y una muchedumbre copiosa del pueblo, que había venido de toda Judea y de Jerusalem, y de la región marina de Tiro y de Sidón, para oírlo a El y para que los sanara de sus enfermedades, Jesús se detuvo en un llano.
Y Jesús, alzando los ojos hacia sus discípulos, dijo:
Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.
Dichosos ustedes que ahora tienen hambre, porque serán saciados.
Dichosos ustedes, que ahora lloran, porque reirán.
Dichosos serán ustedes cuando los hombres los odien, y cuando los excluyan, los injurien y proscriban su nombre como malo por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, que su recompensa será grande en el cielo; porque de esta misma manera trataron a los profetas sus antepasados.
En cambio,
¡Desdichados ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consolación!
¡Desdichados ustedes, los que ahora están hartos, porque padecerán hambre!
¡Desdichados los que ríen ahora, porque tendrán aflicción y llorarán!
Ay, cuando hablen bien de ustedes todos los hombres,
porque así fue como sus padres trataron a los falsos profetas! (Lc 6, 17.20-26).

Contemplación

¿Dichosos los pobres?
¿Bienaventurados los que tienen hambre, los que lloran?
¿Felices nosotros cuando nos odian, nos excluyen, nos injurian, nos persiguen por seguir a Jesús?

En estos meses de calor, cuando muchos comedores cierran, la gente que acude al segundo turno de almuerzo en El Hogar de San José excede el número de raciones que podemos brindar (168). Y cuando vemos que la cola supera los 84 queentran en las mesas, salimos a la puerta a hablar con las personas.
Salimos a atender a las personas sin un recurso material para dar,
salimos a explicar nuestros límites,
a pedir disculpas por no poder atender a todos,
a expresarles que necesitamos que nos ayuden con su comprensión,
salimos a agradecer su paciencia…
Y conmueve y emociona sentir en las miradas lo que se produce cuando hablamos desde la propia pobreza.
Cuando nos miramos a los ojos, compartiendo la pobreza de tener hambre de un plato de comida y la pobreza de no tener un plato de comida más para dar, brota una especie de llanto común, mezcla de bronca y de cariño, de impotencia y de comprensión. Brota esa compasión que sale de las entrañas y se ve en los ojos, brota eso que Jesús llama Misericordia –juntar miseria y corazón- y que Él nos ha revelado que es el Nombre propio de su Padre.

A veces no son muchos los que exceden el número y pueden entrar. Siempre aclaramos que es una excepción, porque si no al otro día se dobla el número y ya nos pasó un año que la cola tenía más de una cuadra… Por eso el mensaje tiene que ser claro: hasta acá podemos dar bien y de manera constante. Así, cuando se puede hacer un lugar más, se expande por el Hogar un airecito de alegría evangélica y se siente el aroma de la multiplicación de los panes. Pero cuando no se puede –y esto me lo terminó de iluminar una frase de Madre Teresa-, cuando no hay “cosas” para dar, brota algo también muy profundo: se establece una comunicación entre las almas, se da un contacto personal hondo que sale de la pobreza y el llanto compartido.
La Madre Teresa dice en una de sus cartas: “La india es tan abrasadora como el infierno –pero sus almas son bellas y preciosas porque la Sangre de Cristo las ha rociado”. Eso de “las almas son bellas y preciosas” me iluminó. Ese era el paisaje que ella veía: el cariño de la gente, su agradecimiento infinito al sentirse reconocidos y queridos por ellas. El otro paisaje, abrasador y de desoladora miseria, es real, pero este otro, de ojos vivos y hermosos en su dolor, es más real todavía. A veces en medio de la riqueza y de la “normalidad” de la vida cotidiana, este paisaje está velado y nos lo perdemos. Ella lo veía a raudales.

De esto habla Jesús cuando dice: “dichosos los pobres…”. Esto es lo que él ve en la gente. Jesús ve lo que Él despierta en la gente humilde, en la gente que sufre. Y eso que la fe en Él despierta es tan hermoso que le lleva a bendecir la pobreza y el llanto que lo hace posible.
El nos ve así. Y verlo a Él pobre y doliente, sin nada para dar, necesitado de sus amigos, como en el Huerto, sediento como en la Cruz, con verdadera necesidad de la compañía de su Madre…, verlo perseguido e injuriado, nos pone en contacto con Él a partir de lo más propio nuestro. Tenerlo a Él pobre y excluido entre nosotros es fuente de la dicha de lo propiamente humano, eso que no se sacia con ninguna abundancia de cosas, eso que es pobreza agradecida, dignidad de no ser nada y de saber reconocer el don y obrar en consecuencia.

¿Qué es, entonces, la bienaventuranza? La bienaventuranza es Jesús pobre entre nosotros pobres. La bienaventuranza es Jesús de igual a igual con nosotros en pobreza y llanto, en hambre y exclusión. Desde estas situaciones de despojo de lo exterior nos comunicamos en lo más interior, en lo propiamente humano.

La felicidad que todos deseamos es sinónimo de vida, de paz, de alegría y de consolación; bienaventuranza es descanso, bendición, salud, amor…
Y sólo en Jesús, en torno a Jesús pobre, con Él y en Él, gracias al Don de su Espíritu y a su amistad que nos hace entrar en relación de Familiaridad con el Padre y con todos sus amigos los santos, sólo en Jesús sin nada que dar sino a sí mismo, encontramos la fuente y la plenitud de estas dichas.

Jesús pobre es nuestra Vida, Vida eterna metida en una vida cortita, amada y vivida en plenitud en sus circunstancias más comunes y corrientes. Su amor por nuestra vida común y corriente es la dicha porque metiéndose en nuestra vida común y corriente Él hace que tenga sabor de eternidad cada instante y cada encuentro.

En Jesús sin nada para dar lo encontramos como el que todo lo puede compartir.

Como puede compartir nuestras limitaciones su presencia se vuelve cercanísima, ya que limitaciones las tenemos todas. Si Él solo estuviera más allá, lo sentiríamos cerca sólo en situaciones especiales. Al ser pobre y limitado, está siempre al alcance de la mano. Por eso nos reveló el secreto de que al dar de comer al hambriento le estamos dando de comer a Él. Para que nos avivemos. Para que no nos perdamos el paisaje de las almas bellas y preciosas.

Vuelvo a releer el evangelio y caigo en la cuenta de que lo que conté al comienzo, lo de salir a hablar con los que están en la cola, es la experiencia de Jesús con esa multitud “copiosa” que hacía fila para pasar ante él y que les sanara las enfermedades.
Aunque el Señor se quedaba largamente con la gente y bendecía a muchos y multiplicaba panes, tampoco Él alcanzaba a curar y alimentar a todos.
Es en esta situación de pobreza cuando el Señor “alza la mirada a sus discípulos” y saca de su corazón las bienaventuranzas.
Jesús saca las bienaventuranzas de su pobreza e impotencia.
Allí se para y se sitúa poniéndose de igual a igual, como par en humanidad con todos, y desde allí se comunica como Dios plenamente humano –pobre y limitado- y nos da lo mejor de sí: su corazón, su mirada, su trato de hermano, su amigable compañía.
Bienaventurados nosotros si tenemos la grandeza que tienen los pobres de saber recibir el Don de su Persona que el Señor nos hace al no poder darnos nada más.
Diego Fares sj

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