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Campamento de Dabaad.jpg 

Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba:

«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?»

Jesús le preguntó a su vez:

«¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»

El le respondió:

«Amarás al Señor, Dios tuyo, de todo corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.»

«Has respondido exactamente, le dijo Jesús; actúa así y vivirás.»

Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: «¿Y quién es prójimo mío?»

Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió:

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, se sintió movido por la misericordia. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a una hospedería y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño de la hospedería, diciéndole:

“Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver.”

¿Quién de estos tres te parece que se volvió cercano al que cayó en manos de los ladrones?»

«El que puso en obras la misericordia que sintió por él», le respondió el doctor.

Y Jesús le dijo:

«Ve, y pon en práctica obras similares» (Lucas 10, 25-37).

Contemplación

            El “Qué debo hacer” lo sabe el Antiguo Testamento, el Nuevo y también todo hombre de buena voluntad de cualquier religión o creencia que tenga. Por eso Jesús felicita al Doctor de la ley por la respuesta, aunque le agrega algo que da un sabor de sana ironía a la felicitación. Le dice: “actúa así y vivirás”. Es decir: al Señor le interesa la vida más que las definiciones. El es uno que se fija en las acciones y en los gestos concretos de los hombres, esos gestos en los que se ve que el Amor a Dios y al prójimo se encarnaó de veras. Por eso la segunda pregunta -quién es mi prójimo-, el Señor no la responde con nuevas fórmulas abstractas sino narrando una parábola.

A esta parábola (y a las demás), cuando le ponemos un solo título, las mandamos de vuelta al ámbito de la abstracción: Esa ya la conozco, nos decimos: es la parábola del buen samaritano.

Pero las parábolas son como la vida: un camino que hay que recorrer entero y de vuelta cada vez : “Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó…”. En las buenas parábolas, cada frase puede ser el título.

La que responde a la pregunta “quién es mi prójimo”, podemos titularla, por ejemplo: “La parábola del hombre que cayó en manos de unos ladrones que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto”. Podríamos contemplar cómo ese hombre medio muerto del evangelio son hoy 700 millones de personas (el 9,2% de la población mundial) que viven bajo el umbral de la pobreza (no logran limosnear  2 dólares por día).

Otro título puede ser: “La parábola de los ladrones que despojaron a un hombre de todo, lo hirieron y se fueron”. Podemos contemplar en ella a ese hombre que se nos acerca para robar y matar. Caer en la cuenta cómo hoy en día los ladrones ni siquiera tienen que robar personalmente: el sistema permite que haya 62 personas que sean dueñas de tanto dinero como la mitad de la población mundial.

También puede llamarse: “La parábola del que casualmente bajaba por el mismo camino: lo vio y siguió de largo”. Podemos contemplar así la globalización de la indiferencia, que hoy tiene algo distinto a la época de Jesús, ya que no es más “casualmente” que uno se encuentra a los asaltados. Nadie puede caminar por ningún lado ni encender la tv sin que aparezca alguien tirado al costado del camino.

Contemplar la vida con los ojos de la parábola es un ejercicio de poner el título que la hace real y conmovedora para mí. Sea porque me dejo tocar el corazón por la humanidad descartada, sea que me indigno ante la iniquidad del sistema, sea porque me confieso de las veces que pasé de largo… o porque me dispongo a salir al día con el corazón samaritano.

….

Algo ha cambiado en nuestra época. Creo que hoy no preguntaríamos a Jesús quién es mi prójimo (aunque igual nos viene bien que nos lo narre, porque a veces el rostro del prójimo se nos esconde detrás de estadísticas y de imágenes virtuales que no nos conmueven). Más bien le preguntaríamos: ¿Qué hace Dios para salvarnos?

Jesús responde en el Evangelio con parábolas, no con definiciones. Están, por un lado, las parábolas clásicas que nos cuentan cómo es Dios.

Está la que nos cuenta que Dios es como un padre que nos ama con todo el corazón como a sus hijos pródigos…

Está la parábola que nos cuenta que Dios es como un Padre de familias que ama con todas sus fuerzas a su Viña y que por eso sale hasta la última hora a contratar trabajadores que le ayuden con su cosecha…

Pero está también esta, la del Buen Samaritano, en la que Dios no aparece.

Y esta es su genialidad.

Es la señal de que Dios nos ama con toda su mente. Por eso se le ocurrió esto tan inteligente de que lo descubramos nosotros como Dios-Samaritano, al contarnos la historia de un buen samaritano cualquiera.

La parábola del buen samaritano nos ayuda a descubrir no sólo al prójimo humano sino también a un Dios-prójimo, a Jesús.

Para esto tenemos que considerar el detalle de que no aparezca en la parábola como una señal de su delicadeza.

Aparecen, eso sí, las cosas que él hizo por nosotros:

Él es ese que nos vio de lejos, como a la oveja perdida.

Él es el que se compadeció de nosotros, viendo que andábamos como ovejas sin pastor. Él nos vendó las heridas y curó con su aceite nuestras enfermedades.

Él nos cargó como una cruz sobre sus espaldas y se hizo cargo de nuestra convalecencia. Él pagó todo y prometió volver para pagar lo que faltara…

También podemos verlo escondido en las cosas que el hombre padeció, en lo que 700 millones de hermanos padecen cada día…

Él es el que está enfermo, el que tiene hambre, el refugiado que huye, el que necesita consejo y consuelo porque está triste y desorientado.

Jesús responde quién es Dios en acción, y lo hace igualándose con nosotros, tanto en lo que hacemos por los demás como en lo que padecemos.

La parábola de los que cayeron en manos de unos ladrones que los despojaron de todo, los hirieron y se fueron, dejándolos medio muerto

Charlando con mis amigos en situación de refugiados del Centro de San Saba, lo que más me impacta es que al comienzo parecen solos y luego de un tiempo, largo, en que se crea una relación de más confianza, aparece la familia. Aparece el rostro de un pequeñín en la pantalla del celular; aparece una historia de familia que quedó en su patria y a la que ellos buscan ayudar desde acá. Los heridos al costado del camino no son solo los 15,4 millones de refugiados de las estadísticas. Detrás de cada una de esas personas hay una red familiar rota que queda en medio de pueblos devastados por la guerra. El herido al costado del camino son hoy pueblos enteros, millones de familias. La mayoría son personas jóvenes (los más viejos no llegan a huir), llenas de capacidad de trabajar y de formar familia, que viven con poca esperanza –dejando correr el tiempo, decía uno- en lugares de tránsito. Desde lugares acogedores que albergan a algunas decenas de personas hasta esos campamentos como el de Dadaab en Kenia, en el que las carpas que cobijan a más de 400.000 personas, se pierden de vista en las fotos que sacan desde el aire.

Nos conmueve esta imagen de pueblos enteros que han sido asaltados, apaleados y que están tirados al borde del camino. Y si queremos “ver” a Dios, no hay otra imagen mejor y más verdadera que la de un Jesús que se conmueve en las entrañas al ver a estos pueblos, al ver el rostro de cada niño, de cada mamá, de cada papá, de cada abuela y abuelo tan lastimados y abandonados y con tantos sufrimientos.

La parábola de los ladrones que despojaron a un hombre de todo, lo hirieron y se fueron

Los datos económicos muestran que detrás de los prójimos apaleados por las guerras están los ladrones. La violencia no se expande en guerras interminables sino donde hay dinero que robar. Apenas uno se informa un poco, lo primero que sale es la complejidad  de las guerras en las que están envueltos los países de origen de los refugiados. Siria y los dos Sudan, por ejemplo, tienen el mayor número de refugiados. Este año han llegado a 5 millones los refugiados sirios. La paz parece imposible de lograr. Detrás del gobierno está Rusia, detrás de los rebeldes moderados (¡!) está EE.UU. Y para castigo de ellos, aparece el ISIS, que está en contra de todos. La imagen complicada se simplifica cuando un ve que Siria es rica en petróleo, gas natural y otros minerales estratégicos. Lo mismo pasa con Sud Sudan: con una mayoría católica se separó del Sudan del norte, que tiene mayoría musulmana, pero solo para caer en una nueva guerra civil entre sus tribus principales. Curiosamente, el país más pobre del mundo en este momento, es un país rico en petróleo.

Hay que contemplar bien la lógica de la violencia y de la guerra, que deja apaleados a los humildes. Detrás de la lógica de la violencia actúa la lógica del dinero, que es la avaricia. En cambio, detrás de la lógica del cuidado, de la ternura y del respeto, actúa la lógica del desprendimiento y del don.

Aquí sí sirve un silogismo a nivel muy personal: mis agresiones se activan por avaricia (de dinero, de poder o de fama), son funcionales a los dueños del dinero, del poder y de la fama y dejan sin atención a algún pobre que necesita mis energías para ayudarlo.

La parábola de los que casualmente bajaban por el mismo camino: lo vieron y siguieron de largo

En la parábola, los que pasan de largo son un sacerdote (clero alto) y un levita (clero bajo). Hoy nuestra sociedad está más diversificada. Pero lo de alto y bajo sigue en todos los niveles. El sacerdote y el levita podrían ser hoy un Funcionario de alto rango y otro de menor jerarquía, sea de una Empresa o del ámbito estatal o eclesial. Las jerarquíade hoy no son solo religiosas, aunque la actitud de los que pertenecen a ellas en algún grado de la escala jerárquica, sea la de servir con una entrega religiosa que los vuelve indiferentes a las personas más necesitadas. Lo que la parábola nos viene a decir es que la única religión es ayudar a los pobres.

No se pueden tener “actitudes religiosas” en actividades profanas. Choca que un banco reine un “silencio religioso”. Es la prueba de que el dinero es un dios.

No puede ser que a los militares o a los políticos se les tenga “obediencia debida”, como si fueran dioses.

No puede ser que se sacrifique gente por el bien de la Empresa, como si fuera una diosa.

En el único ámbito donde puede y debe reinar una actitud religiosa es en el cuidado de los más pobres.

Solo allí se debe hacer “liturgia”. La liturgia de un hospital de campaña, que cura heridos sintiendo que son sagrados.

La liturgia de un hogar que sirve el desayuno y el almuerzo a los que están en situación de calle como si celebrara una misa.

La liturgia de una casa de la bondad que atiende a los enfermos, con el cariño y la dedicación con que se da el sacramento de la unción a los enfermos.

Lo religioso no es mirar a un Dios abstracto que saldría como el sol por el este geográfico, sino “mirar a Cristo en el prójimo pobre”.

Sólo sobre esa revelación –tuve hambre y me diste de comer- se debe hacer Teología, para reflexionar sobre la esencia divina de un Dios encarnado que se hace pobre concreto.

Solo sobre esos deberes –los de las obras de misericordia-, que son lo único de lo que se nos pedirá cuenta, se debe hacer Moral, y lo más detallada posible, estableciendo cuantas proteínas y cuanto tiempo de sonrisas y juegos necesita un bebé para desarrollarse bien y cómo se traduce eso en el sueldo de los papás.

Sólo sobre esa misericordia se debe hacer Derecho Canónico, para establecer los mil cánones que valoren con toda precisión los gestos con los que se hace cargo de un herido un buen samaritano y los cánones que condenen con toda precisión los modos que tienen para pasar de largo los funcionarios de alto y bajo rango que hacen de sus ocupaciones una religión.

La respuesta de la parábola es clara. Jesús responde quién es mi prójimo:

el Dios prójimo que se nos acercó y tuvo compasión de nosotros,

el prójimo Dios herido al que nos tenemos que acercar

y el prójimo buen samaritano y hospedero en el que nos podemos convertir.

La parábola del Buen Samaritano nos invita a simplificar: a Dios lo encontraremos a mitad del camino que salimos a recorrer para ayudar a los necesitados.

 

Diego Fares sj

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Jacques

Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su Ascensión al cielo, Jesús se encaminó decididamente (puso rostro firme) hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él. Ellos se pusieron en camino y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque iba a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?» Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se marcharon a otro pueblo.

Mientras iban marchando por el camino, alguien le dijo a Jesús:

«¡Te seguiré adonde vayas!»

Jesús le respondió:

«Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.»

Y dijo a otro:

«Sígueme.»

El respondió:

«Permíteme que primero vaya a enterrar a mi padre.»

Pero Jesús le respondió:

«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ponte en marcha, anuncia el Reino de Dios.»

Otro le dijo:

«Te seguiré, Señor, pero primero permíteme ir a despedirme de los míos.»

Jesús le respondió:

«Uno que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios» (Lc 9, 51-62).

 

Contemplación

Tener una misión en la vida lo es todo. Y si esa misión nos la encomienda Jesús, qué mejor.

Y ser cristiano es gozar esa libertad que da seguir ahora a Jesús sin poseer otra cosa que su misión

El evangelio de hoy nos presenta así a Jesús, polarizado por su misión, encaminado decididamente a Jerusalén.

Y sus diálogos con los que le salen al encuentro apuntan todos a lo mismo: a quitar impedimentos que retrasan o le quitan fuerza a la misión principal.

Cómo nos salva el Señor? Nos salva encargándonos una misión.

Una misión en la que, mientras la vamos realizando, se nos aclara el sentido de nuestra vida, encontramos muchas oportunidades para reparar lo que hicimos mal, nos encontramos en el camino con muchos amigos y le damos una mano a tantos que no tienen sitio en este mundo…

Jesús nos señala el camino de la salvación recorriendo Él el suyo. Haciendo su parte.

No le tuvo miedo a dejarse determinar por una sola misión.

El vivió para el Padre, se dejó guiar, se fue dando en cada gesto y estuvo atento a su hora. Cuando le llegó el momento, se dio todo.

Tener una misión, dedicarse por entero a algo, es una metáfora de la vida. La energía y el dinamismo que ponemos en una tarea concreta nos pone en sintonía con el dinamismo del que nos está creando y salvando, apasionadamente, a nosotros.

……….

El 20 de junio partió a la casa del Padre (y a su Norte querido donde quería ser enterrado) Jacques Parraud. Jacques es voluntario en nuestra Casa de la Bondad y en El Hogar de San José. Y digo “es” porque estas obras tienen sucursal en el cielo. O más bien al revés: son sucursales del cielo en esta tierra.

En la Nación del 2007 sacaron una linda historia de “Un abuelo malcriador, tallador de muebles íntimos” que dice así:

“Había una vez, en Neuquén, una chica de 6 años que quería un ropero para sus muñecas. Por eso le pidió a su abuelo si le podía hacer uno. Aunque éste no sabía fabricar muebles de juguete, aceptó el pedido y buscó la manera de cumplir con el encargo.

Así, como si fuera un cuento, detrás de la puerta del departamento de Jacques Parraud, sobre la calle Juncal, en la ciudad de Buenos Aires, comenzó a brotar un mundo de proporciones diminutas. Mientras este abuelo malcriador por demás se esforzaba por darle el gusto a su nieta menor, surgía en él este gusto por hacer miniaturas que ya lo acompaña hace más de diez años y al que dedica casi todas las tardes de su vida.

  • “Mi padre decía que cuando uno llega a viejo tiene que tener un hobby, si no, molesta”, bromea este veterinario del INTA, de abuelos franceses, nacido en Jujuy.

Detrás del ropero vinieron la cama, la mesa de luz, la cómoda y los pedidos de las demás nietas. A estas primeras piezas pensadas para conformar un mobiliario de juguete, les siguieron muebles de estilo. Una mesa isabelina sobre la cual un repollito de Bruselas sería considerado enorme, la silla de Molière, un escritorio de correspondencia para señora, chaise longue, ruecas para lino… Y es que una vez que empezó no hubo vuelta atrás.

El primer obstáculo que tuvo que sortear fue el movimiento de sus manos.

  • Soy muy torpe – dice, para sorpresa de todo aquel que conoce su delicada obra liliputiense-. Se me rompen muchas cosas.”

El segundo fue encontrar las herramientas adecuadas.

  • Te vas dando cuenta de qué necesitás y vas mejorando“, cuenta Parraud, que se define como ansioso e impaciente, aunque persistente.

Y agrega:

– “Descubrís algunos trucos“.

 

(… Y en estas tres frases, agrego yo, tenemos las claves del que se embarca en una misión).

 

Recorriendo librerías encontró inspiración en las páginas de catálogos para coleccionistas de antigüedades o en libros sobre historia del mueble, y definió sus preferencias.

  • Me gustan los muebles rústicos, regionales, hechos por buenos artesanos y que se han desarrollado para cumplir una función, no de adorno“, explica sobre su elección, que muestra una inclinación por los modelos del período que va del siglo XVII a principios del XX.

Bien podría decirse que su casa está tomada. En todos los rincones hay estantes con pueblitos -como él los llama- de estilos Windsor, amish, sueco o gótico, en una escala de uno en diez. Minuciosamente, y a cada uno, Parraud le pega en la parte posterior un papelito en el que están impresos algunos datos de la historia de esa pieza. La madera que más emplea es el pino, aunque a veces la enchapa con otras más costosas, como la de cerezo, su predilecta. Sin embargo, con el trabajo de carpintería no están terminados los muebles, les faltan los detalles. Una nieta les hace los colchoncitos y almohadones, otra pinta los platitos para que parezcan de porcelana, y él mismo teje los esterillados o los tapiza con cabritilla. (…)

  • Tienen que tener las mismas características que los originales y ser copias lo más fieles posibles“, dice sobre sus creaciones.

En los últimos tiempos ha empezado a producir galeras, carruajes coloniales. Ya suma alrededor de 25, entre ellos, una reducida réplica del modelo que trasladaba a Facundo Quiroga cuando fue emboscado en Barranca Yaco.

Cuando se le pregunta sobre este pasatiempo, responde:

  • Me gusta porque como es todo trabajo manual puedo escuchar música clásica mientras trabajo. Pierdo la sensación del tiempo“. A veces se queda hasta la madrugada cortando, pintando, tallando, y no se da cuenta. “Me produce una gran satisfacción haberlo terminado”, añade.

Familiares, amigos y conocidos le regalan herramientas, libros, revistas, y cada vez que ven algo chiquito, lo compran y se lo traen.

  • A todo el mundo le encantaría tener en miniatura las cosas que le gustan“, explica sobre la atracción que provocan estos objetos minimizados.

….

Hasta aquí La Nación. Yo la seguía así, en una carta que hace unos días le envié a sus hijos:

“Desde el día en que me lo crucé a Jacques en la Casa de la Bondad (él estaba entrando a la cocina y yo a mitad de las escaleras subiendo a la planta alta) y me dijo algo que no recuerdo con precisión en cuanto a las palabras pero sí al sentimiento (fue algo así como que para un viejo como él había poco para mejorar interiormente, como diciendo que sólo le quedaba hacer algún servicio a los más pobrecitos, y yo le respondí algo así como que la misericordia del Señor era infinita en el sentido de que nos podía transfigurar totalmente ), desde aquel día se enlazó una amistad. Y Jacques me brindó la gracia de poder participar de la transfiguración que el Señor hizo en su vida y que todos hemos gozado y compartido.

Uso sí la palabra transfiguración porque fue eso: era algo que él tenía –en su corazón, en sus sentimientos- y que estaba como tapado, quizás por algún escrúpulo, algo así como: «qué te la vas a dar de bueno, vos a esta edad».

Cuando sintió que podía darse y que expresar esa bondad era gracia y que sintonizaba y se emparejaba muy bien con la misma gracia en otros, desató todo ese caudal de fineza, de ternura, de pícara simpatía, de saber ver lo importante, de pequeños servicios, de creatividad en su tarea, de apreciar lo que valemos los demás, de buen humor… Una increíble infinitud de detalles con los que sazonó nuestra vida, como si a cada uno le sirviera también algún plato espiritual, así como hacía con las comidas de los domingos para los enfermos, o a cada uno le enseñara a tallar la pata de una silla, como hacía con los artesanos del Hogar.

Lo imaginaba en la misa entrando al cielo muy sencillamente, contento pero sin creérsela, dejando hacer al Señor (…) Sentía que Jacques entraba al cielo y ocupaba su lugar exactamente como lo hacía en la cocina de la Casa y en el Taller de Artesanías del Hogar. Entraba llevando lo suyo para los demás, sus sangüichitos y sus sillitas, y entablando una conversación totalmente centrada sobre estas cosas y no sobre sí mismo, haciendo notar esto y aquello de lindo y de bueno para hacer con los demás.

Qué lindo entrar al cielo como uno es, a estar con los que uno estuvo haciendo lo que uno hacía  (con el mismo amor).

….

Por malcriar a una nieta, pero no así nomás, sino con el denuedo de quien descubre una pasión y la lleva hasta sus últimas consecuencias, Jacques se dedicó con noches y días a sus miniaturas de pino y cerezo, quizás sin saber por qué, hasta esa mañana en que entró en el Taller de Artesanías del Hogar y descubrió a los pobres que ahora reproducen sus sillitas con su misma torpe fineza y pasión. Y su taller de miniaturas, en el que “Una nieta hace los colchoncitos y almohadones y otra pinta los platitos para que parezcan de porcelana”, abrió otra sucursal en el Taller de Artesanías San Roque González de Santa Cruz. Aunque me tientan las imágenes, me parece un poco infantil levantar la mirada e imaginarlo haciendo miniaturas en el cielo. Me parece más claro volver la mirada a la oscuridad de mi interior, allí donde las pequeñas cosas que me apasionan solicitan, como una nieta malcriada, que les preste absoluta atención y me dedique a ellas con la pasión y la libertad gozosa con que Jacques se dedicó a su misión en esta tierra.

Diego Fares sj

 

 

 

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“Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él”

Al otro día, Juan Bautista ve a Jesús viniendo hacia él y dice:
“He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Este es Aquel de quien yo dije:
Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo.
Yo no lo conocía pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”.
Y Juan dio testimonio diciendo:
“He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él
ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”.
Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios” (Jn 1, 29-34).

Contemplación
Hay diferencia entre “dar testimonio” y “hacer publicidad”.
El Evangelio no se publicita, se testimonia.
Como dijo el Papa en Aparecida: “La Iglesia no hace proselitismo, la Iglesia crece mucho más por ‘atracción’; como Cristo “atrae a todos a sí” con la fuerza de su amor. La Iglesia se siente discípula y misionera de este Amor: misionera sólo en cuanto discípula, es decir, capaz de dejarse atraer siempre, con renovado asombro, por Dios que nos amó y nos ama primero (Cf. 1 Jn 4, 10).

Digo esto porque estamos invadidos por la publicidad –no solo por los carteles que ocupan las calles y veredas y por los avisos que inundan los diarios y la TV, sino porque casi todo lo que se dice (todo discurso) tiene algún “chivo”, como decimos vulgarmente.; y entonces, sin darnos cuenta, cada vez que alguien habla o manda un mensaje, uno lo pone un poco entre paréntesis, como diciendo “está bien, pero en definitiva qué me querés vender”. Y la esencia del Evangelio es todo lo opuesto: Jesús no vino a vendernos nada.

Benedicto se lo dice a los jóvenes:
“Queridos jóvenes: ¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, ábranle de par en par las puertas a Cristo, y encontrarán la verdadera vida”.
Por supuesto que muchos piensan: “Sí, Jesús no vino a vendernos nada, pero ¿y la Iglesia?”.
Para decirlo fuerte, lo peor que hicieron algunos en la iglesia, en lo que a comercio se refiere, fue vender las indulgencias. Y si bien estuvo mal venderlas y que algunos se llenaran de plata con eso, no hay que dejar de lado que eran verdaderas (se venden y compran tantas cosas truchas!!). Me animaría a decir que hasta el que las vendió o compró por interés puede que reciba una alabanza como la que Jesús le regaló al administrador infiel, que se ganó amigos (cosas buenas) con el dinero de la iniquidad.
De última, el pueblo fiel sabe de estas cosas y no deja de poner su limosna abundante en las alcancías de la iglesia porque sabe que “Jesús ve las limosnas de sus humildes” y aunque haya algún corrupto que se cree vivo por robar monedas siendo que se pierde el Tesoro, la limosna dada al pobre borra los pecados y llega al corazón de Dios.
Todo esto viene a cuento para decir que si detrás de la publicidad siempre está el dinero y el poder, detrás del testimonio lo único que está es el amor. Amor gratuito y agradecido. Amor que se quiere dar. Amor de testigos, Amor martirial.

Y la dinámica de este Amor que da testimonio es la de Juan el Bautista.
El Amor es testimonial en sí mismo. Cuando alguien ama “irradia”; y comunica.

Así como nuestros ojos captan inmediatamente lo que es de mejor calidad, lo más bello, lo mejor, así los ojos de nuestro corazón captan inmediatamente los gestos del Amor misericordioso y gratuito.
Uno no se equivoca cuando agradece.
En estos días de Enero en que me toca coordinar directamente algunas de las tareas cotidianas del Hogar –recibir a la gente a la entrada, servir un postre, dar la mano a los que están en la fila cuando hay que salir a contarlos…- me conmueven las frases que pesco al pasar.
La pinta de la gente es realmente miserable, las huellas de la marginación se ven no solo en la ropa sino que cada persona, si uno mira bien, tiene una herida, una marca, una huella… Duele ver al jóven con la camisa envolviendo el brazo porque le falta una mano, al que tiene el ojo morado por alguna patada, al que le faltan los dientes, al que parece entero pero camina raro porque tiene llagados de hongos los pies…
Después de unos días en que ven que como hay pocos voluntarios el cura sirve directamente, comienzan a surgir las frases y los pequeños gestos en los que ponen un énfasis especial para que uno sienta el cariño.
Un “gracias por darnos de comer” dicho a las apuradas, yéndose;
una mano tendida mirando a los ojos apenas un segundo (gente que habitualmente evita el contacto visual y pasa con la cabeza gacha);
un aplauso cuando hay un alfajor o un chocolatín… que dura un poquito más de lo habitual;
una palmada de algún discapacitado mental después que alguno puteó, hizo lío e insultó (“No se preocupe, padre…”);
un “y a usted también, cura” después de un “Dios te bendiga…”

Cuando los veo viniendo hacia mí en fila camino a lavarse las manos (ese bautismito mínimo antes de la eucaristía de los fideos con pan y sin vino), siento que es verdad lo que nos testimonió Hurtado, que el pobre es Cristo, y lo confirma Alguien que se posa un instante sobre la persona de los que pasan y saludan haciendo ostensible su apoyo y su cariño. Hay cruces de miradas, palabras sueltas, sonrisas desdentadas en que la gente sale un instante del ensimismamiento con que se cubrieron para aguantar la calle y se dan enteros, como poca gente se sabe dar. Cuando entran al Hogar, muchos de los más pobres saludan de verdad. Se ve que el Espíritu desciende fácil sobre algunas cabezas maltrechas que como no tienen nada que les ilusione poder comprar saben sentir con nitidez esos toques mínimos del Espíritu que conmueven el corazón y responden sin dudar. Por supuesto que ahí nomás pasan a otra cosa, pero uno respira humanidad sabiendo que hay corazones abiertos y que el Espíritu baja y entra en ellos cuando quiere y hace que establezcamos contacto. Al fin y al cabo, esas aperturas plenas que son respuesta inmediata a la gracia, más allá de la condición cultural y el andamiaje que cada uno se armó para transitar por la vida, esa capacidad de abrirse y recibir y dar, es lo que cuenta en la vida. Porque la vida cambia en un instante y cuando vienen las cosas definitivas –tanto buenas como malas- esta capacidad de abrirse entero a la gracia es lo único que vale y en lo que hay que estar “ejercitado” como diría Ignacio. Por eso después son tan fáciles las unciones a los más pobres. Cuando vas a visitar a alguno al hospital no hay que explicar nada para dar una absolución y bendecir. Aceptan como con sed mansa la mano en la cabeza y la bendición en la frente. El Espíritu se posa en algunas cabezas. Hay gente que recibe la bendición con sed, esa es la mejor descripción. Gente que recibe la unción con unción. Estas actitudes de receptividad plena y de apertura de par en par a la Gracia el Espíritu la va preparando a lo largo de la vida en esos pequeños pentecostés en los que uno deja que se pose en su corazón como una paloma el Amor de Dios y lo expresa con un gesto ante otro que sabe verlo “venir” y sabe reconocer lo que es un corazón humano cuando recibe una gracia: como se dulcifica, se ilumina y se regala entero, para luego ocultarse y volver a latir al ritmo de las preocupaciones y deseos cotidianos. Aquel sobre el que veas descender el Espíritu
y permanecer sobre él
ese es el que bautiza en el Espíritu Santo.
Yo lo he visto
y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios.

Diego Fares sj

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