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Posts Tagged ‘Pentecostés’

 

Al atardecer del Domingo

encontrándose los discípulos con las puertas cerradas

por temor a los judíos,

vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:

‘La paz esté con ustedes’.

Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.

Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo:

‘La paz esté con ustedes.

Como el Padre me envió a mí,

Yo también los misiono a ustedes’.

Al decir esto sopló sobre ellos y añadió:

‘Reciban el Espíritu Santo.

Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen

y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’ (Jn 20, 19-23).

…………….

“De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso,

que llenó toda la casa en la que se encontraban.

Se les aparecieron unas lenguas como de fuego

que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos;

quedaron todos llenos del Espíritu Santo

y se pusieron a hablar en otras lenguas,

según el Espíritu les concedía expresarse” (Hc 2, 1 ss.).

 

Contemplación

Las llagas del Señor que los pacifican, la misión del Padre con que son enviados, el Espíritu Santo que reciben y que los llena con su Soplo y con su Llama, el perdón de los pecados -para sí y para darlo-, y las lenguas en que el Espíritu les concede hablar y que hace que todos entiendan, son como puertas abiertas por las que entra y sale la Gracia que cuaja -confirma- a la Iglesia como una, santa, católica y apostólica.

Puertas abiertas

La imagen de la Iglesia -de cada apóstol y de todos reunidos con nuestra Señora- como Casa de puertas abiertas por las que entra y sale el Espíritu, se contrapone a la situación anterior en la que los discípulos se encontraban “con las puertas cerradas”.

Las llagas del Señor son puertas abiertas al Espíritu: Él entra y sale por la puerta escondida de nuestras llagas, no por la puerta principal de nuestras cualidades.

La misión del Padre es puerta abierta: por ella entró Jesús en nuestra historia y por ella sale el Espíritu en la persona de los discípulos misioneros a evangelizar y bautizar a todos los pueblos.

Más aún, el Espíritu Santo en Persona es Puerta abierta: Él crea su propia apertura y su hospedería en el alma de los creyentes; Él es Puerta abierta y giratoria que nos impulso a salir de nosotros mismos para ir hacia los demás.

El perdón de los pecados y las nuevas lenguas son una sola y la misma Puerta abierta: es la misma cosa salir del encierro y de la esclavitud del pecado y que se nos suelte la lengua para predicar el Evangelio.

Toda lengua es una puerta abierta al corazón de las personas y a cada cultura. Y la lengua del Espíritu, la de los pecadores perdonados y enviados a Evangelizar, es una lengua abierta y familiar que llega al corazón de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Nos detenemos en la conexión entre la puerta abierta al perdón y la puerta abierta a la predicación del Evangelio.

Los pecados que no dejan hablar al Espíritu

Cuando el Papa Francisco abrió y mandó abrir tantas puertas de la Misericordia, comenzando por la de Banghi, en la República Centroafricana, lo hizo en cumplimiento de este mandato del Señor, que da su Espíritu a la Iglesia para que abra las puertas del perdón de los pecados.

De cuáles pecados? De todos, por supuesto, pero a cada persona y a cada pueblo para el perdón del pecado particular que le cierra la puerta al Espíritu.

Cerrarle la puerta al Espíritu es no dejarlo hablar. Porque su misión es hablar: decirnos toda la verdad, recordarnos las palabras de Jesús, cada Palabra en el momento justo ante cada situación. Hablar no simplemente hablando sino consolando, fortaleciendo, haciendo dar fruto. El Hablar del Espíritu es el de una lengua que entienden todos.

A veces, cuando alguien nos está hablando y ve que no lo escuchamos, nos dice: “Atendé lo que te digo, mirame! Te estoy hablando”. Lo primero de una lengua es el asentimiento personal al otro. Más allá de lo que dice y de cómo intenta explicarse, lo que reclama el que habla es que se lo reconozca y respete como persona, es decir: como alguien que tiene algo propio para decir. Su punto de vista no es algo accesorio, va junto con el contenido. En lo que uno dice pone su vida, su experiencia, su corazón. De allí que cada uno necesite su tiempo para expresarse.

Por eso, que a uno lo entiendan, que se entienda lo que dice, significa que se lo aceptó como persona, que en sus palabras uno acepta que recibe más de lo que cada palabra dice tomada en general. Si alguien se siente comprendido es que recibimos su experiencia de vida que enriquece la nuestra. Cuando esto sucede, es porque ha comenzado el diálogo.

El pecado, todo pecado, tiene una dinámica opuesta a esta del diálogo. Para pecar hay que cerrar los oídos a la palabra que nos dice un Bien común y mayor, que necesita tiempo para expresarse plenamente, y hacerle caso a la palabra que nos dice un bien particular, un bien menor, que nos apura con su urgencia y nos ofrece una salida rápida o de compromiso.

La pequeña Marta en medio del grupo de oración         

Hace unos días, compartiendo el Evangelio con un grupo de matrimonios, un papá hizo alusión al lenguaje nuevo del Evangelio y expresó que a veces sentía la angustia profunda de estar hablando una lengua vieja. Ante situaciones nuevas se encontraba diciendo palabras viejas, ya gastadas. Y tenía sed de esta lengua nueva, de poder decir palabras que iluminaran de un modo nuevo las situaciones de conflictos repetidos que sus palabras viejas no lograban destrabar.

Mientras hablaba, su esposa que tenía en brazos a su hijita pequeña, como la nena estaba inquieta, la puso a jugar en la alfombra, en medio del círculo que formaba el grupo. Y yo me entretuve mirando a la pequeña Marta, que tomaba un juguete en sus manos, se lo llevaba a la boca, se lo mostraba a su mamá, que la aprobaba con una sonrisa, y seguía jugando y canturreando en su lenguaje de sonidos sin palabras.

Y se me fueron haciendo claras dos cosas acerca de la lengua que hablamos y la que el Espíritu nos hace escuchar y hablar.

La pequeña no necesitaba hablar porque su madre le adivinaba todo e iba guiando sus gestos con sus aprobaciones, sus sonrisas, sus gestos de “eso no” y sus abrazos.

Los dos lenguajes del Espíritu

Este es el lenguaje de “los gemidos inefables” del Espíritu, que gime y reza en nuestro interior sin que haya necesidad de poner palabras a lo que es puro deseo: expresión de asentimiento a su Persona y de reclamo de su Atención.

Esta es la oración de abandono, en la que le decimos al Señor: “adiviname Vos. Yo me expreso, Padre, como un niño que juega, canturrea y se lleva a la boca los juguetes, los da vuelta y los tira… y te dejo que me adivines y me apruebes en lo que siento y en cómo estoy”.            Es una oración sin palabras, oración de abandono, oración de niño pequeño en brazos de su Madre.

Luego, cuando uno crece y sus deseos se van volviendo más precisos, nace la necesidad de hablar, que nuestra madre estimula dándonos palabras a elegir, nombrando las cosas que nos gustan y las que no debemos tocar. Aprendemos así las palabras esenciales, siendo las primeras mamá y papá, que son de invocación: el llamarle la atención a la persona que nos explica todo lo demás.

En este nivel de lenguaje tenemos que aprender a hablar y a precisar bien qué es lo que deseamos para poder ser, dialogalmente, ayudados, comprendidos y guiados. Se aprende este lenguaje rezando (a rezar aprendemos rezando): leyendo el evangelio, eligiendo alguna palabra en la que sentimos más gusto, explayando en ella nuestros deseos y sentimientos y dejando que esa Palabra de Jesús nos diga lo suyo.

Este es el lenguaje de la “caridad discreta” del Espíritu, es decir: el lenguaje del deseo reconocido, interpretado, elegido y bien expresado, al que el Espíritu puede responder con claridad, dándonos a gustar esa palabra del Evangelio que ilumina lo que queremos y lo encauza misionalmente, para bien de los demás.

Dos lenguajes, por tanto, que habla el Espíritu -el del gemido y el del discernimiento- y que tienen que ver con el perdón de los pecados.

Hay un perdón del Espíritu que obra sobre el gemido egoísta, el del niño caprichoso que llora y patalea reclamando mal lo que sus padres le darán gustosamente en orden y a su tiempo.

Este perdón es sin palabras, como el perdón del Padre misericordioso al hijo pródigo al que abraza y besa sin decirle nada. Es el perdón de la Misericordia incondicional, setenta veces siete repetida, si fuera necesario, como dijo uno de los Obispos chilenos: pedimos perdón a las víctimas y lo pediremos setenta veces siete si hace falta.

Sin este perdón profundo y total, no es posible el lenguaje evangélico, nadie puede salir a predicar si no cuenta con este perdón bautismal.

La frase que el hijo pródigo había ido elaborando: Padre, perdóname, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser hijo tuyo. Trátame como a uno de tus servidores… , es una frase dicha a borbotones . Y el Padre la acalla para dejar que se exprese el sollozo.

Se trata de un perdón y un lenguaje sin palabras, hecho con lágrimas y abrazos, en el que todo se adivina y por eso no hace falta hablar. Cuando la comunicación es tan íntima, hacer callar al otro con un gesto es la palabra más expresiva: la que no hace falta decir, la que basta insinuar y que el otro acalle. No es mudez, sino diálogo de gestos, en el que uno mira y solloza y el otro dice shh! y abraza.

Esto que a nivel personal es tan claro, debe traducirse a nivel cultural, social, político y eclesial.

Los lenguajes del Papa a los Obispos de Chile

A nivel eclesial, este lenguaje resuena en lo que el Papa Francisco le dijo a los Obispos de Chile, como invitación a tener un día de reflexión personal (luego hablaron y luego resolvieron poner a disposición del Santo Padre sus cargos pastorales):

Dejarse perdonar profundamente, permitirá recuperar la palabra, volver a profetizar:

Hermanos, no estamos aquí porque seamos mejores que nadie. Como les dije en Chile, estamos aquí con la conciencia de ser pecadores-perdonados o pecadores que quieren ser perdonados, pecadores con apertura penitencial. Y en esto encontramos la fuente de nuestra alegría. (…) Queremos pasar de ser una Iglesia centrada en sí, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado.(…) Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros, es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación.

Discernir, no discutir, llevará a tomar medidas a largo, mediano y corto plazo y no quedarse solo en tomar dos o tres medidas prácticas:

Hermanos, las ideas se discuten, las situaciones se disciernen. Estamos reunidos para discernir, no para discutir.

Confesar el pecado es necesario, buscar remediarlo es urgente, conocer las raíces del mismo es sabiduría para el presente-futuro. Sería grave omisión de nuestra parte no ahondar en las raíces. Es más, creer que sólo la remoción de las personas, sin más, generaría la salud del cuerpo es una gran falacia.

El lenguaje que falta en el debate por el aborto

Esto quizás puede ser ejemplo para el debate sobre el aborto, en el que más que discernir la situación se discuten ideas -unas que parten de la “esencia” (de la vida, de la persona, del derecho) y otras que parten del “funcionamiento” (de la vida, de la persona, de la ley). Para que una confrontación así no sea un diálogo de sordos que produce leyes emparchadas (como la que actualmente rige la cuestión del aborto), es necesario profundizar sobre todo en el primer nivel del lenguaje: ese que hace sollozar en silencio escuchando al Espíritu que gime como la creación, con dolores de parto. Antes de hablar diez minutos, cada orador y los que los escuchamos, deberíamos llorar en silencio otros diez.

1.300 abortos por día (según los medios) productos de embarazos no deseados, en este siglo XXI, nos tienen que hacer sentir que estamos ante una tragedia humanitaria. Una tragedia que se da escondida y esparcida por todo lo largo y ancho de nuestro territorio. Una tragedia que recae, entera cada vez, como una montaña que se derrumba, sobre la cabeza y el pecho de cada mujer que aborta y se hace cargo sola de una responsabilidad que no puede no ser común.

Antes, durante y después ya sea de una penalización como de una legalización, este nivel de lenguaje en el que no hay palabras sino gemido, sollozo y abrazo, pidiendo perdón -todos- a las mujeres, a los no nacidos, a la humanidad que nos dio la vida y a la que le es negada, y si creemos, a Dios.

Sin este llanto que es el lenguaje del perdón, todo otro lenguaje resulta ofensivo por el sólo hecho de estar usando el aire y las palabras.

Pedimos al Espíritu que amplíe en nuestro corazón, en el de cada familia, en el de cada sociedad y cultura, en cada ámbito donde se habla y se decide, esta puerta abierta al llanto y al perdón, a recibirlo y a darlo, para poder luego discernir con caridad e implementar medidas que cuiden  y promuevan la vida y no prácticas de la muerte que pasan de protocolo hospitalario provincial a ley nacional.

Diego Fares sj

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Al atardecer del Domingo encontrándose los discípulos con las puertas cerradas por temor a los judíos, vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:

‘La paz esté con ustedes’.

Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.

Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo:

‘La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió a mí,

Yo también los misiono a ustedes’.

Al decir esto sopló sobre ellos y añadió:

‘Reciban el Espíritu Santo.

Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen

y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’ (Jn 20, 19-23).

Contemplación

Cómo se hace para que en nuestra vida se de un “nuevo Pentecostés”? En un mundo donde el consumo y la prisa nos petrifican el corazón, necesitamos una verdadera y literal reanimación espiritual. Hay que “masajear” el corazón, como cuando a alguno se le detiene y otro con ambas manos trata de ponérselo en movimiento y le hace respiración asisitida. La oración es la que nos hace entar el Aire que nos falta, cuando con toda la Iglesia suplicamos y cantamos: “Ven Espíritu Santo, eres bienvenido en este lugar, eres bienvenido en mi corazón”. Y luego viene el segundo movimiento que consiste en ponerse a amar. Ya, inmediátamente, sin dudar ni postergar. Amar aunque sea con un pequeño gesto, pequeñísimo: desear simplemente el bien a otro. Ya. No importa si es a fuerza de voluntad, no pasa nada si no lo sentimos tanto. Amar a todos, a cualquiera: a los cercanos y a los más desconocidos, al que nos quiere y mejor aún a alguno que nos cae antipático. Ninguno debería pensar que puede conocer el Amor que  Dios ha “infundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo regalado” (Rm 5, 5), si ese Amor no le ha servido, al menos una vez, para perdonar una ofensa, para amar a un enemigo, para reconciliarse con un hermano, para tener un gesto de ternura al dar una limosna a un pobre…

Para que el Espíritu venga y permanezca, hay que ponerse a amar. Gestos de amor. No importa cuáles. No importa a quién. No importa cómo. El amor no hace daño, el amor purifica todo y mejora todo lo que toca.

El gesto de amor pequeño, florece y alegra;

el gesto de amor momentáneo, abre una ventana;

el gesto de amor acotado, hace experimentar que su plenitud queda intacta, es más: se multiplica, como el aceite y la harina en el frasco de la viuda de Sarpta, que compartió su última hogaza de pan con el profeta y no se agotó nunca más el aceite en su frasco ni se acabó la harina en su tinaja (1 Re 17, 14). Hay que ponerse a adorar y a servir. Son los dos movimientos simples e infalibles para recibir al Espíritu y para que permanezca del único modo que sabe hacerlo: expandiéndose a todos, llenándolo todo.

El Pueblo fiel de Dios es el que mejor sabe y el que mejor hace esto. Lo hace con millones de manos y de rostros, de manera invisible y oculta, como son invisibles y ocultos los movimientos del corazón.

Hay que saber intuir al Espíritu en el Pueblo fiel. Hay que aprender a verlo en los signos. Cuando uno ve la muchedumbre de fieles que peregrina a Luján –y a todos los santuarios marianos del mundo- hay que saber ver, como dijo el Concilio Vaticano II, que es “muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Lumen Gentium 4).

El Papa Francisco es uno que siempre ha sabido ver como nos dice el Concilio que veamos; es uno que siempre ha insistido en que el Espíritu Santo hace que el pueblo fiel de Dios sea “infalible en su modo de creer”.

El Concilio lo dice así: «La universalidad de los fieles que tiene la unción del Espíritu Santo no puede fallar en su creencia”. Y agrega que no se trata de un acto de fe intelectual, como si el Pueblo de Dios escribiera documentos y definiera dogmas. El Pueblo de Dios cree con su presencia –nada más-  y con sus gestos –nada menos-: “ejerce esta peculiar propiedad mediante el sentido sobrenatural de la fe de todos, cuando desde los obispos hasta el último de los fieles seglares, manifiestan un asentimiento universal en las cosas de fe y costumbres» (LG  12).

Este plus del Pueblo fiel en su totalidad sobre lo que sería la fe de cada persona considerada individualmente, se debe a que el Sujeto o la Persona que hace actuar como una sola persona a la muchedumbre, unificándola, es el Espíritu Santo, que en el conjunto se muestra «indefectible»: da el sentido de la fe que «mueve y sostiene» a todo el Pueblo fiel de Dios.

El Concilio dice que “el Pueblo de Dios, con ese sentido de la fe que le da el Espíritu, recibe la verdadera Palabra de Dios, penetra más profundamente en ella con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente a su vida». Fijémonos bien en las tres palabras: recibe, profundiza con rectitud de juicio y aplica de modo íntegro a su vida. Es tan maciza y sólida esta fe, que, si uno no participa, si uno no sale y se mete en la procesión, corre el riesgo de no verla.

El cardenal Bergoglio decía que no se puede pronunciar la palabra “Pueblo de Dios” sin comprometerse. Si uno habla como desde afuera, queriendo objetivar, si uno no siente con el corazón del pueblo fiel de Dios y está en su lugar de servicio, no lo ve.

Lo dice Evangelii Gaudium: “Yo soy una misión (…) en el corazón del pueblo” (EG 237).

Si separo mi trabajo y mi misión de mi vida –si no soy “maestro de alma, enfermera de alma, político de alma”- dejo de ser pueblo… Y no recibo ni puedo dar el amor que el Espíritu Santo infunde en los corazones. Porque solo en el seno de un Pueblo -movido y sostenido por el Espíritu Santo-, puede cada uno recibir y ejercitar el propio carisma y la propia misión, que no es un deber sino una bendición y una fuente de alegría y plenitud, ya que haciendo encontrar a cada uno su carisma es como el Espíritu conduce concretamente a la totalidad del Pueblo fiel.

En ese sentido nuestra Señora y los santos y santas son expresión de esta indefectibilidad y eficacia del Espíritu: al dejarse conducir por él, todo en ellos redunda en beneficio de la totalidad del Pueblo fiel. Y el pueblo lo reconoce honrando a nuestra Señora y a los santos y nombrándose a sí mismo -a los lugares que habita y a las instituciones que crea- con el nombre de sus santos que es personal y común.

De entre todos los modos de rezar y de servir que el Amor –porque el Espíritu Santo es el Amor- inspira, uno es privilegiado. Es semilla flor y fruto, en ese sentido digo que es privilegiado. Tiene que ver con la unidad. San Agustín dice que, así como en el primer Pentecostés “las diversas lenguas que un hombre podía hablar eran el signo de la presencia del Espíritu Santo, así ahora el amor por la unidad de todos los pueblos es el signo de su presencia” (Discurso 267). Lo decía Agustín hace 1500 años y ese “ahora” del que habla es más actual que nunca: hoy tiene el Espíritu Santo –lo hospeda, recibe sus bienes, lo discierne en la vida y actúa según su conducción amorosa- el que “ama la unidad de todos los pueblos”. Y el que no, no. El que solo piensa en su país o en su cultura, en su religión o, menos aún, en su sector, no es del Espíritu. El Espíritu respira con todos y cada uno de los que en este momento inhalamos y exhalamos. Nadie puede “respirar de más”. Pero sí podemos respirar juntos, igualados en esta “espiritualidad” que nos hace ser más por comunión y no por posesión. O por posesión de lo único que podemos realmente poseer, interiorizar, hacer nuestro y hacernos suyos, íntegramente y modo pleno: el Amor que el Espíritu Santo infunde en el corazón común del pueblo fiel de Dios.

Diego Fares sj

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Pentecostés: cómo tratar con Alguien totalmente libre

Siendo, pues, tarde aquel día, el primero después del sábado,
y estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos,
por miedo a los judíos,
vino Jesús y se presentó en medio de ellos, y les dice:
¡La paz esté con ustedes!
Y diciendo esto, les mostró sus manos y su costado.
Se alegraron los discípulos al ver al Señor.
Entonces Jesús les dijo de nuevo:
¡La paz esté con ustedes!
Como me ha enviado a mí el Padre, también Yo los envío a ustedes.
Y al decirles esto, sopló sobre ellos y añade:
Reciban el Espíritu Santo.
A quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados
y a quienes se los retengan les quedan retenidos (Jn 20, 19-23).

Contemplación
El Espíritu es libre. Por eso, para tratar con Él, lo primero es invocarlo.
En voz baja, suavemente, con insistencia de Salmo, pedirle que quiera venir:
¡Ven Espíritu Santo!
Y para ello nada mejor que el Veni Creator.
Lo rezamos en una versión remendada, traducción propia del latín, aprovechando a Francisco Luis Bernardez en algunas rimas, poniendo la traducción más fuerte y cambiando algunas peticiones en afirmaciones de gracias presentes:

¡Ven, Creador Espíritu!, visita el alma de los tuyos,
y llena con la gracia de lo alto
el corazón de los que Tú creaste.
Tú, que con el nombre de “El que nos consuela”
eres el altísimo Don del Dios Altísimo,
y la Fuente viva y el Fuego,
y la Caridad y la Unción espiritual.
Tú, que te nos das en siete Dones,
Y eres Índice de la Mano Paterna,
Tú, prometido del Padre,
pones en nuestros labios los tesoros de la Palabra…
…Y enciendes con tu luz nuestros sentidos,
e infundes tu amor en nuestro pecho,
y fortaleces con tu fuerza inquebrantable
la flaqueza carnal de nuestro cuerpo.
Repeles al enemigo muy muy lejos,
y nos das tu paz y tus dones sin demora,
conducidos por Ti siempre podemos
evitar los peligros que nos rondan
Es gracias a Ti que conocemos
al Padre y a su Hijo Jesucristo,
y que creemos, hoy y en todo tiempo,
En Ti que eres de ambos el Espírítu
Gloria sin fin al Padre y, con el Padre,
al Hijo, resucitado de la muerte,
y al Espíritu Santo que los une
desde siempre, por siempre y para siempre.

Luego de invocarlo, o mejor mientras lo seguimos invocando y rogandole que venga a nosotros, que se haga presente, que sintamos su acción bienhechora, su paz, su alegría, su consuelo, meditamos en su Persona: hacemos teología.

El Espíritu Santo unifica en nosotros sabiduría y fortaleza, sentimientos y claridad mental. Sin su ayuda hay algo en nuestro interior que tiende a dividirnos: si pensamos, nos vamos por las ramas y la teología del Espíritu se vuelve abstracta, complicada –tres personas distintas, un solo Dios verdadero…-. Se van aclarando los conceptos pero el alma queda seca.
Y por otro lado, si lo sentimos, si experimentamos la paz del Espíritu, el gusto por la oración y por las obras de caridad, por ahí no tomamos suficiente conciencia de su Persona. Nos queda la experiencia como algo que nos pasó, que fue lindo pero que luego desaparece.

Es propio del Espíritu unir emociones y reflexiones:
el Espíritu nos quita el temor y nos enseña a ver a Jesús,
nos da sentimientos de paz y nos ayuda a discernir las cosas,
nos anima y fortalece para la misión y nos ilumina en la oración con la Palabra.

Jesús nos enseña que al Espíritu nadie lo puede controlar. Es libre como el Viento, sopla adonde quiere, no sabemos de donde viene ni adonde va. Esta libertad soberana del Espíritu es clave a la hora de establecer alianza con Él, a la hora de reflexionar sobre su Persona. El Espíritu es Alguien totalmente libre. Si queremos acercarnos a Él o más bien pedirle que se nos acerque, tenemos que volver una y otra vez sobre esta verdad: Él es libre. Vendrá cuándo Él mismo lo disponga y de la manera que Él quiera. Se nos comunicará en la medida y con la intensidad que Él establece, siempre para el Bien Común, como dice Pablo y nosotros, con toda humildad y agradecimiento, con espíritu de adoración y alabanza y con docilidad plena, nos iremos ajustando a su ritmo y a su estilo.
No se trata para nada de desconcertarnos o decir “no entiendo” o “por qué así” ni “por qué a mí sí o a mí no”, sino que se trata de estar atentos a Él, con renovada admiración de que Alguien así tenga a bien venir a nosotros.

Causa desconcierto que algo (o mejor Alguien) hermosísimo, claro y potente se nos regale y no podamos manejarlo. Nosotros nos movemos en el ámbito de lo que podemos controlar y lo distinguimos claramente de aquello que nos supera. El Espíritu escapa a esta disyuntiva (¡gracias a Dios!): es nuestro y nos hace ser suyos, nos ha sido dado y hace que nos demos a Él.
El Padre lo ha derramado en nuestros corazones, está a nuestro servicio, es nuestro Abogado, el que defiende nuestra vinculación con Dios contra toda acusación del enemigo y a la vez nosotros debemos estar atentísimos a sus sugerencias para dejarnos cuidar líbremente.
Es nuestro Amigo Fiel, el que nos consuela en toda tristeza, y como todo buen amigo, no se nos impone, sino que su consuelo depende también de la medida en que nos dejemos consolar por él.
Es nuestro Maestro particular e interior, el que nos clarifica todas las dudas pero no nos clarifica cosas que no le planteemos con verdadero interés.
Es Maestro de oración, el que nos enseña a rezar exclamando Jesús es el Señor y nos hace invocar a Dios como Padre, pero espera a que sea nuestra sed de Dios la que lo haga brotar como Agua Viva.
El Espíritu es nuestro Defensor, nuestro justificador, el que nos perdona los pecados y nos muestra el camino a seguir… pero espera a que humildemente sintamos la necesidad del perdón y del discernimiento.
Y así, cada uno puede ir descubriendo maravillado lo que significa tener un amigo así: poderoso pero que espera a que lo llamen.
En el Hogar siempre nos reimos cuando alguien nos soluciona algún problema hablando de “nuestros amigos superpoderosos”. La frase vino de una empleada del banco que no encontraba la manera de resolvernos un problema y me pedía que le diera tiempo para hacerlo ella. Me decía, espere un poco y no llame a sus amigos superpoderosos (cercanos a los dueños del banco), porque en otra ocasión uno de ellos había intervenido directamente y se ve que a ella le había valido un reto de su superiora, a la que habían puesto en órbita. Bueno, siempre en el Hogar hay algún amigo superpoderoso que ayuda a resolver cosas que se traban –en lo económico, en lo jurídico, en lo técnico….- porque ve que la obra es para bien y necesita ser liberada de impedimentos. Detrás o más arriba de estos amigos terrenales que se sienten “movidos a ayudar” está, por supuesto, San José, que es el que dispone todo para que cada uno reciba su ración a su tiempo. Y San José es el hombre del Espíritu. El dócil y fiel al Espíritu. La libertad que José le deja al Espíritu es total, sin un pero. Por eso es tan eficaz su ayuda y su protección: porque el Espíritu pasa directo y actúa a través suyo, en su tarea de “tomar consigo al Niño y a su Madre”, de cuidar a Jesús y a María en nuestro corazón así como lo hizo en su vida terrena.
Nos quedamos pues, con esta idea de la “libertad” del Espíritu, pidiendo la gracia de ponernos a la altura de Alguien que nos quiere ayudar, cuidar y conducir en libertad. Alguien que se “retrae” pedagógicamente si queremos condicionarlo o controlar lo que nos da y nos hace y a dónde nos lleva.
Le pedimos a San José que, de su mano, nos animemos a confiar en lo que el Angel del Señor nos dice: no temas al Espíritu.
Le pedimos a nuestra Señora que, de su mano, nos animemos a recibir en nuestro interior al Espíritu y digamos con ella: hágase en mí según tu Palabra.
Le pedimos a Jesús, a quien amamos sin haber visto, que el hambre que tenemos de su Carne, se vea colmado por su Espíritu.
Le pedimos al Padre que nos envíe su Espíritu y nos haga sentir sus hijos muy queridos.
Le suplicamos al Espíritu mismo que venga a nuestros corazones y encienda en ellos el Fuego de su Amor.
¡Ven Espíritu Santo!
Diego Fares sj

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Sagrada Familia 2

El Hospedero a quien nos confió el Buen Samaritano

Hermanos, nadie puede decir: ‘Jesús es el Señor’,
si no está impulsado por el Espíritu Santo…
En cada uno el Espíritu se manifiesta para el bien común”
(1 Cor 12, 3 ss.)

Al atardecer del Domingo los discípulos estaban con las puertas cerradas
por miedo a los judíos; vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:
‘La paz esté con ustedes’.
Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.
Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: ‘La paz esté con ustedes.
Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes’.
Al decir esto sopló sobre ellos y añadió: ‘Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen
y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’ (Jn 20, 19-23).

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso,
que llenó toda la casa en la que se encontraban.Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que, repartiéndose, se aposentaron sobre cada uno de ellos; todos quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (Hc 2, 1 ss.).

Contemplación

En la liturgia de las horas de Pentecostés hay un hermoso pasaje de San Ireneo sobre el Envío del Espíritu Santo, en el que lo compara con el Hospedero a quien el Buen Samaritano le confió al hombre herido que estaba tirado al borde del camino. Dice así:
“Y ya que tenemos a quien nos acusa, tengamos también un Abogado, pues que el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones, del cual se compadeció y vendo sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con interés”.

Me llamó la atención la comparación y buscando en griego el nombre del “hospedero” a ver si se aplicaba al Espíritu, descubrí con alegría que se dice “pandojei” =el que recibe bien (dejomai) a todos (pan). “Dejomai” significa “recibir”, tomar con la mano, y se usa para acoger a un huésped y para recibir hospitalidad, también para tomar y recibir una enseñanza… De ahí que San Ireneo compare al Espíritu con el Hospedero.
El Espíritu es el Dulce Huésped del alma y cuando un alma lo hospeda, se convierte Él en Hospedero.
Él es el hospedero que sana nuestras heridas, el Espíritu que el Señor sopló sobre los discípulos “para el perdón de los pecados”.
Él es el que nos recibe y nos acoge como buen Abogado y Paráclito y se pone a nuestro lado para defendernos y consolarnos de quien, con sus insidias, nos acusa y nos zahiere, del mal espíritu que intenta desolarnos y para impedir ese suave y constante “permanecer en el amor” que nos manda el Maestro.
El Espíritu huésped-hospedero es quien nos enseña a recibir las enseñanzas de Jesús en tierra buena, de modo tal que la semilla de fruto abundante.

Esta misteriosa cualidad de hospedar y ser hospedado es lo más propio de la relación entre Jesús y el Padre, relación de amor en la cual el Señor nos quiere incluir para que incluyamos.
“El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado” (Mc 9, 37).

El milagro de la comunidad

Guardini expresa muy bien el fruto de este recibirse y hospedarse mutuamente en el amor y el perdón: la comunidad. ¡El milagro de la comunidad! como decía Hurtado. Milagro más grande que los milagros de las obras exteriores, porque es el Espíritu de alegría de la comunidad el que fructifica en obras de amor.
El Espíritu posibilita ese anhelo que no podemos realizar de ser nosotros mismos y de formar comunidad plenamente con otros. El Padre y el Hijo sí que pueden estar plenamente el uno en el otro sin perderse como personas, ser plenamente uno siendo dos. Esto es el Amor entre ellos y ese Amos es el Espíritu que se Donan mutuamente y que nos envían a nosotros como Don. Por eso, en el Espíritu podemos recibirnos todos: podemos incluir a todos los hombres, podemos hospedar al mismo Dios que viene a habitar en nuestro interior.

Odres nuevos para recibir a Jesús

El Espíritu, al ser bien recibido, crea en nosotros eso que llamamos “gracia”, Él mismo es la Gracia increada y al dársenos a cada uno en nuestra medida, nos transforma en “odres nuevos”. Permite que tengamos un lugar en nosotros mismos (por decirlo de alguna manera) donde podemos recibir bien a Jesús. Recibirlo, digo,de manera definitiva: sin roturas ni parches. El Espíritu nos hace recipientes aptos para la Buena Nueva. Sin el espíritu no nos sería posible recibir a Jesús. Lo vemos en las apariciones del Señor resucitado: el efecto que produce en sus discípulos es tal que no terminan de creer. Cada vez que el Señor se les presenta, les cuesta reconocerlo. Luego de un camino juntos, lo reconocen y eso los llena de alegría. Una alegría que permanece cuando se va, pero que al poco tiempo decrece y las vacilaciones y las dudas vuelven a ganar lugar.
Sin el Espíritu tendríamos idas y venidas, nuestra fe sería vacilante.
Es un milagro la fe: ¡que uno crea y crea para siempre!.
La fe de los sencillos es el milagro mayor.
En otras cosas de la vida uno avanza y retrocede, cree y descree.
Esto también sucede con la fe (o mejor con la práctica de la fe), pero en su cara más superficial. En el fondo más hondo, el que cree sabe que una vez que creyó, cree para siempre. El temor mismo a perder la fe y lo que sufrimos cuando la sentimos “poca”, no son sino confirmaciones de cuánto la sentimos indeleble.

Las pausas del Espíritu

Por estas cosas, al promediar nuestra contemplación sobre el Espíritu Santo, es bueno hacer una doble pausa (las pausas en el Espíritu son la fuente de una continua paz interior). Una primera pausa, como la de quien entra en una Iglesia: dejando afuera el movimiento de la calle, doblamos la rodilla y centramos nuestra mirada en la lucecita del sagrario para adorar a Jesús. Es la pausa para entrar en la presencia de Dios que nos serena y pacifica. Hecho esto, es bueno detenerse nuevamente un instante más, ralentar la adoración al Padre o a Jesús e hincar de nuevo la rodilla para mirar no ya al Dios Otro sino al Dios que se hace un Espíritu con nosotros. Nos hace bien dar gracias expresamente al que fue Motor de nuestro deseo de entrar en la iglesia, al Espíritu que nos hace reconocer que “Jesús es el Señor”, al Espíritu que nos impulsa a exclamar de corazón ¡Abba, Padre!

Es que el Espíritu es protagonista de la oración y de las acciones de la Iglesia, no su objeto. Pablo lo expresa muy bien: “Hermanos, nadie puede decir: ‘Jesús es el Señor’, si no está impulsado por el Espíritu Santo…” Nadie podría ponerse a rezar con el evangelio si el Espíritu no le hubiera dado ya el deseo de rezar y el gusto que lleva a comprender lo que se lee. Por eso, es siempre lindo y noble el gesto de agradecer al Espíritu al comienzo, en el medio o al final de cualquier cosa que hagamos en el nombre de Jesús y para la Mayor Gloria del Padre. Sin el impulso del Espíritu no podríamos iniciar ni terminar nada en lo que a las cosas de Dios respecta. “Él lo ordena todo para el bien común”, como dice Pablo.

San José Hospedero

Terminamos buscando una imagen que nos ayude a enfocar nuestra relación con el Espíritu, porque esta doble pausa y reflexión requiere trabajo y de alguna manera pareciera que va como a contrapelo del movimiento del Espíritu, que siempre llena y hace salir, produce éxodos y misiones, lleva a contemplar a Jesús, a adorar al Padre y a salir al encuentro de nuestros hermanos necesitados de evangelio y de justicia amorosa…
Con la conciencia de que al Espíritu le agrada que lo reconozcamos, es bueno hacerlo a su estilo:
Reconocerlo con gestos, no con palabras.
Reconocerlo dejándonos conducir y amaestrar por él, no haciéndolo objeto de estudio.

La imagen más linda que me viene al corazón es la de San José.
San José es el hombre del Espíritu.
Su silencio se parece mucho al del Espíritu, que no habla nada suyo porque hace hablar a Jesús, la Palabra.
San José es el que “recibe” y toma consigo al Niño a su Madre, y cuidándolos a ellos, ellos le cuidan su paz a él.
Su no tener una palabra propia que haya quedado en el Evangelio es una elocuente forma de decir que pasaron por su corazón todas las palabras de Jesús. A Él si le habló y mucho, seguramente. Pero así como María habla poco (y como Madre hace suyas las palabras del Padre: “hagan todo lo que el Hijo les diga”), San José, como el Espíritu, sólo muestra a su Hijo en brazos y con su amor invita a que lo recibamos nosotros también y lo cuidemos con el mismo amor.
El silencio de José crea el ámbito de hogar y hospedería para que la Palabra crezca en estatura, gracia y sabiduría, sanando heridas y dando frutos del ciento por uno y del doble de los denarios recibidos.
Los gestos de Hospedero fiel y previsor de San José, a quien el Señor puso al frente de su familia, traducen la acción del Espíritu en acciones de la vida diaria, convirtiendo nuestras Obras en Reino de Dios.

Sagrada Familia zefirelli 1

Diego Fares sj

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