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La paz de la viña

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“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el Viñador.
Todo sarmiento que en mí no porta fruto, lo corta,
y a todo el que da fruto, lo poda, para que lleve frutos más copiosos.

Ustedes están ya limpios gracias a la Palabra que les he anunciado.
Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.
Lo mismo que el sarmiento no puede llevar fruto de sí mismo,
si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

Yo soy la vid; ustedes los sarmientos.
El que permanece en mí y yo en él, ése lleva mucho fruto;
porque separados de mí no pueden hacer nada.
Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;
luego los recogen, los echan al fuego y arden.
Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes,
pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

Contemplación
La humanidad es una vid. No somos seres aislados. La humanidad es una viña plantada para dar uvas dulces que por la pandemia del virus del pecado comenzó a dar uvas agrias por todos lados. Pero somos una vid y siempre está la posibilidad del injerto que salva, el injerto en la cepa noble y santa que es Jesús: Yo soy la Vid, ustedes los sarmientos. El que el Padre injerta en mí y luego permanece en mí de corazón y Yo en él, lleva mucho fruto.
La vid tiene esta posibilidad maravillosa del injerto. Les comparto algo que leí y puede ayudar:
“En Europa, hasta fines del siglo XIX, en sus pequeños terruños -que de paso muestran el misterio del vino, ya que, gracias a los diversos injertos, con la misma cepa y el mismo clima bastan un centenar de metros para producir vinos de distinta calidad- los viticultores plantaban año a año los retoños de sus vides. Fue entonces cuando, tal vez por razones experimentales, se introdujeron algunas plantas de vid americana. Con la vitis americana llegó lo que la ciencia llama Philoxera Vastàtrix, Filoxera devastadora. Eran pulgones de uno a tres centímetros de largo, que se alimentaban de la raíz de las cepas europeas. Ningún plaguicida pudo dar cuenta de ellos. Se prendió fuego a viñedos enteros y se inundaron aquellos que estaban cerca del mar. La plaga era incontenible. La solución que mantuvo en angustiosa espera a los viticultores fue injertar las vides europeas sobre las raíces americanas que la filoxera desdeñaba. Todos los viñedos europeos están plantados sobre viñas patrón americano”.

Esta plasticidad misteriosa de la vid, en que la parte sana puede curar al todo, es una hermosa imagen de lo que es la raza humana. Por eso es tan linda la imagen del Padre Viñador y de Jesús, la Vid Santísima y Vivificante.

A Jesús todo lo que se le injerta, si está enfermo, lo sana, y si es bueno, lo potencia y lo mejora en lo suyo propio.
…..

No se si es fácil transmitir esta maravilla de lo que es la vid al que no ha nacido ni se ha criado entre parras y uvas. Puede ayudar si le gusta le vino bueno y se maravilla de todas las variedades. Por mi parte, confieso que aunque crecí a la sombra de las parras del patio pequeño de mi casa y del patio inmenso de la casa de la Sette (así se dice abuela en libanés), cuyas parras daban todos los tipos de las uvas de mesa más ricas ─ la moscatel rosada y grande, las blancas de ollejo duro y ovaladas y las redonditas, la negra casi azul, la chiquita sin semilla… ─ recién comencé a fijarme en la vid en Buenos Aires, rezando por el Patio de la parra de Regina.
Sin embargo, el interés más científico prende mejor cuando se lo injerta en un interés existencial, ese que uno trae de la infancia. Cuando uno ve y experimenta el contraste de lo que es la tierra en Mendoza con viña y sin viña, puro desierto pedregoso y gris a un lado y al metro siguiente, viña frondosa y fértil, no puede menos de presentir que la vid tiene algo maravilloso. Lo expresa bien un artículo que dice que la Vid se da,
“En general, en tierras pobres. Y en algunos casos, como las argentinas de Mendoza -cuyo promedio de lluvia es equivalente al del Sahara- desérticas. La vid hace el milagro de convertir ese suelo hostil en maravillosas superficies verdes. Aprovecha cada gotita de humedad, pero para que esto ocurra, y dé los resultados esperados, se necesita la incesante labor del viñatero. Hasta tal punto es esencial el trabajo del hombre que Frieländer señala que los límites de expansión del Imperio Romano pueden ir marcándose en un mapa de acuerdo al avance del cultivo de la vid en Europa”.

Propiedades maravillosas de la vid, necesidad de incesante labor del viñatero. Es la combinación de la que habla Jesús en su Alegoría de la Vid. Es como si antes de la Pasión el Señor profundizara las parábolas de la Semilla. En las primeras parábolas hay un tiempo intermedio, entre la siembra y la cosecha, en el que no se puede hacer mucho. Si la tierra es buena o no y si alguien sembró cizaña, se ve con el tiempo. El grano de mostaza pequeñito muestra sus virtudes luego de muchos años. En las parábolas de la viña, en cambio, es donde se muestra más lo humano y lo divino unidos en un trabajo común. Jesús nos presenta a su Padre como un Viñador, un Padre de familia que ama su viña y que sale a buscar obreros para la cosecha, un Padre que quiere que sus hijos trabajen codo a codo a su lado y que mete mano en las parras, podando y limpiando, guiando el crecimiento de sus plantas día a día.
La imagen que da de sí el mismo Jesús es una imagen que nos integra estrechísimamente. La Vid es una, en todo el mundo y en todas sus variedades, y Él es la vid entera santa y sana y de frutos selectos.
Estar injertados en Él es participar de todo y poderlo todo (“todo lo que pidan se les dará”).
Estar desintegrados fuera de él es igual a no ser nada, (“sin mí no pueden hacer nada”).
El entra como parte individual en este mundo pero con la virtud escondida que llegará “a ser todo en todos”.
Tiene esa fuerza de una Vid poderosa de “recapitular todas las cosas en sí como cabeza”.
….
Despúes de Jesús no somos ya seres aislado.
En Jesús pasamos a ser Viña-Iglesia, en ese entrecruzamiento lindo que tienen las viñas en las que no se sabe de qué tronco viene la rama que da el racimo más grande ya que todo es entrelazamiento común, fruto de la cepa y de cada injerto, del suelo, del agua y del sol, del trabajo del viñador y luego de los que elaboran el vino.

Sentirse así, Viña común trabajada por las manos del Padre, da paz en medio de un mundo que nos quiere consumidores aislados y números sin rostro de estadística funcionales al poder, es un gozo que se siente en la raíz, allí donde uno experimenta su identidad como pertenencia. “Somos suyos, a Él pertenecemos”.

Sentir que los golpes y los cortes de la vida no son hachazos violentos dados al azar por pandemias de gripe porcina o dengue o por quienes odian a todos cegados por el paco, sino podas en las manos buenas del Padre, que precisamente nos limpia allí donde damos fruto para que demos más, sentir los golpes como podas, digo, hace vivir de otra manera las cruces y los sinsabores de tantas injusticias de este mundo. “Nada de lo bueno se pierde”. “El Señor escribe derecho con parras torcidas”. “No tengan miedo. El que permanece en mí, da mucho fruto”.

Una cara del miedo y de la angustia provienen de nuestra resistencia a “dar fruto” allí donde la savia del Espíritu quiere. Es un resistir a la gracia porque poda y no confiar en que estamos en las manos del Padre. El jugarse por el Evangelio siempre toma la forma de una elección en la que experimentamos que “dar fruto es sufrir una poda”. Dar fruto es abandonar una posición cómoda y arriesgarnos a quedar en una posición evangélica de indefensión o de riesgo creativo en el que el fruto depende no de nosotros sino de Jesús. A medida en que nos vamos animando a estas mini-elecciones y experimentamos el gusto de esta “poda fructuosa”, vamos “permaneciendo más en Cristo” voluntariamente y no forzados. Experimentamos que “donde damos fruto hay paz y fluye la vida”, que “dar frutos libera, porque el amor quita el temor”. El don de sí es este dar frutos, esa es la gloria del Padre y de esos frutos brota la paz.  

Sentirse “sarmiento”, sentir que uno puede reinjertarse en un instante en la Vid que es Cristo, desde la más pequeña parte libre y sana que uno siempre conserva, y desde allí ser totalmente sanado y poder comenzar a dar los mejores frutos, los que Dios siempre soñó para uno y uno soñó en Él (casi sin atreverse, pero soñó), es una esperanza tan fuerte que no puede no llevar al sacramento de la reconciliación con un deseo y un gozo como los del Hijo pródigo. Basta injertarse en El, para serlo Todo, para entrar en comunión con todo lo de Dios y lo de los hermanos. Los santos nos alientan, nos tienden la mano, a integrarnos con ellos en esta comunión de la viña que viene de lejos y se extiende por todo el mundo terreno y celestial.

Injertarse en él. Esa es la palabra fuerte de hoy. “Enkentrizai” como dice Pablo en Romanos: “Si la raíz es santa también las ramas” (11, 16-24). Dejar que el Padre nos injerte y nos enraíce en la Raíz santa que es Jesús. El Padre nos enraíza amorosa y líbremente, haciéndonos sentir atraídos por la Palabra de su Hijo (Este es mi Hijo amado, escúchenlo!) para que luego su Hijo nos haga sentir lo lindo que es permanecer adheridos a él por la Fe y la Amistad que dialoga y comparte la vida. Fuera de esa raíz nada da fruto: “« Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial será arrancada de raíz” (Mt 15, 13).

Permanecer en Cristo. Tratando no hace mucho de “ayudar” a un sarmientito tierno que había brotado bajo y andaba por el piso, a que se agarrara del alambre para ir para arriba, presté atención a cómo las ramas de la parra dan una hoja de un lado y del otro un zarcillo que se enrosca con fuerza de lo que encuentra y le abre paso a la fuerza vital de la planta para que gane en extensión. Los racimos brotan cada tanto en medio de este trío vital de raíz, hojas y zarcillo.
Al ver al otro día al zarcillo fuertemente enroscado en el alambre–un rulito simpático y funcional- me pareció una linda imagen de nuestro esfuerzo por permanecer en Jesús: como humildes zarcillos que se adhieren enrollándose bien allí donde encuentran buen apoyo.
Todo lo demás lo hace la fuerza vital de la Vid. Pero ese adherirse con todo al amor de Jesús y al amor al prójimo ─ dando tres vueltitas de bondad ─, para no soltarme, viene de mí y “el Señor lo necesita”.

Manos eucaristíaDiego Fares sj

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La paz y el don de sí

 

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. El que es asalariado, en cambio, y no pastor, como no le son propias las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye -y el lobo las arrebata y las dispersa- porque es mercenario y no le importan nada las ovejas.

 

Yo soy el Pastor hermoso; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí,

como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas.

También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor.

 

Por eso me ama el Padre, porque Yo entrego mi vida, para tomarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para tomarla de nuevo; esa es el mandamiento que he recibido de mi Padre» 

                                                                                                          (Jn 10, 11-18).

 

Contemplación

El párroco de la calle de la muerte, Jorge Fernández Díaz , LA NACION, Jueves 23 de abril de 2009…

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“Con voz pausada, suave, serena, el padre ‘Pepe’ anunció que no piensa salir de la Villa 21.

‘Nos dicen padres, no así nomás, no por el cuello que usamos, sino porque algo nos distingue: somos padres de una familia que es el barrio. Por eso, a pesar de la amenaza, los vecinos son mi familia. Voy a seguir en la villa porque no puedo más que ayudar. Somos un equipo de curas que trabajamos acá y vivimos acá. Nos levantamos y atendemos la necesidad de la gente, la capilla, los comedores, la escuelita de oficios que tenemos… Es estar en contacto diario con la gente, que se acerca con su drama. Todo el día se nos va en eso’, relató.

Por otra parte, reiteró su preocupación por la difusión, casi total, del paco en los asentamientos.

‘Contemplamos el suicidio lento que los chicos pueden ir realizando en los barrios (…) Aunque es verdad que la droga está en todos lados, nosotros hacemos lo que nos compete: defender a la gente de nuestro barrio’, afirmó. ‘Nos ocupamos -continúa el sacerdote- de que los habitantes del barrio estén bien y de que los niños crezcan sanamente. Yo siento un gran cariño por la villa 21. Este no es un trabajo en el que se cambia de oficina’.

 

De entre los reportajes al padre Pepe fui entresacando frases. Y más que frases eso que pescó un periodista (y que se escuchaba por las radios):

el tono de voz: pausada, suave, serena.

Es el tono que regala el Buen Pastor a los que cuidan sus ovejitas.

El evangelio está vivo en nuestro presente, metido en lo ordinario de la vida cotidiana –bien metido dentro del barrio obrero de la Villa 21- y de vez en cuando tenemos la gracia de escuchar la Voz del Buen Pastor –que suena bajito y suave solo para sus ovejas-, de escucharla, digo, en los Medios.

De vez en cuando es noticia.

Y si bien la noticia es de cruz, de amenaza de muerte,

el tono de voz es de buena noticia:

la Buena noticia de que el Buen Pastor tiene un equipo de pastores que “trabajan acá y viven acá”,

la Buena noticia de que el Buen Pastor tiene un equipo de pastores que “sienten un gran cariño por su familia”,

la Buena Noticia de que el Buen Pastor tiene un equipo de pastores que “hacen lo que les compete: defender a la gente de su barrio”.

la Buena Nueva de que el Buen Pastor “no cambia de oficina”.

 

Si uno afina el oído, es la misma la Voz y son las mismas las frases que dijo Jesús un día en el evangelio del Buen Pastor, del Pastor Hermoso…

Son frases sencillas, que salen como agüita de manantial, naturalmente, en medio del reportaje, revestidas de nuestro lenguaje cotidiano.

Cuando al equipo de pastores “el día se les va en eso…: –Nos levantamos y atendemos la necesidad de la gente, la capilla, los comedores, la escuelita de oficios que tenemos… Es estar en contacto diario con la gente, que se acerca con su drama. Todo el día se nos va en eso -, al Buen Pastor también se le va su día eterno en estar con los que le cuidan a sus ovejas. Y les regala su tono de voz: ese que las ovejas reconocen.

 

También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor.

 

-“Me intriga cómo hace para vivir y luchar contra esta legión de problemas el párroco de la calle Osvaldo Cruz. Cuando entro en la sombra de un edificio humilde, con una iglesia y un patio techado y un aula donde varias mujeres hacen un taller de cerámica, me recibe un arcángel desgreñado. Es un hombre curtido de pocos dientes y de una dulzura inexplicable, un ayudante de Dios. ‘Tiene que esperarlo un rato’, me aclara. Hago fila con damas taciturnas, y siento que lentamente me vuelve al alma al cuerpo. Imagino afuera a los ‘muertos vivos’ esperándome, pero ahora siento que no se atreverán a pisar tierra santa. Es un pensamiento irracional, que de nuevo me avergüenza, pero no puedo evitarlo. Pasan algunos minutos y aparece un chico corpulento vestido con una remera y tocado por una gorra puesta al revés. Trae cara de pocos amigos, y aunque le cedo amablemente mi lugar no me lo agradece. Tiene la mirada dura. El padre Pepe sale de su despacho y le entrega una llave. ¡Lo estamos recuperando del paco -me explicará después a solas-. Está en plena lucha.’

Pepe parece más joven de lo que es. (…) La impresión personal le quita glamour: Pepe usa una modesta camisa azul de cura con clergyman y unos jeans gastados, tiene pelo largo y barba, y habla sin ego ni énfasis.

 

Yo soy el Buen Pastor, el Pastor hermoso. El buen pastor da la vida por las ovejas. El que es asalariado, en cambio, y no pastor, como no le son propias las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye -y el lobo las arrebata y las dispersa- porque es mercenario y no le importan nada las ovejas.

 

“’Contemplamos el suicidio lento que los chicos pueden ir realizando en los barrios (…) Aunque es verdad que la droga está en todos lados, nosotros hacemos lo que nos compete: defender a la gente de nuestro barrio’, afirmó. ‘Nos ocupamos -continúa el sacerdote- de que los habitantes del barrio estén bien y de que los niños crezcan sanamente. Yo siento un gran cariño por la villa 21. Este no es un trabajo en el que se cambia de oficina’”.

 

Yo soy el Buen Pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí,

como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas.

 

“’Nos dicen padres, no así nomás, no por el cuello que usamos, sino porque algo nos distingue: somos padres de una familia que es el barrio’”.

 

Por eso me ama el Padre, porque Yo entrego mi vida, para tomarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para tomarla de nuevo; esa es el mandamiento que he recibido de mi Padre»                                                                                                            

 

“’Voy a seguir en la villa porque no puedo más que ayudar. Somos un equipo de curas que trabajamos acá y vivimos acá. Nos levantamos y atendemos la necesidad de la gente, la capilla, los comedores, la escuelita de oficios que tenemos… Es estar en contacto diario con la gente, que se acerca con su drama. Todo el día se nos va en eso. Nosotros hacemos lo que nos compete’“.

Así, uno puede ir leyendo a dos voces.

Hay tiempos en los que el lenguaje cotidiano sabe a Evangelio

y el Evangelio tiene sabor a lenguaje cotidiano.

Son tiempos de gracia.

Vienen siempre con una Cruz, es cierto, pero abrazada entre todos se puede llevar. Y da paz. El don de sí trae la paz de Jesús al corazón.

 

Les agradecemos a Pepe y a su equipo de curas la paz que transmiten, esa paz un tanto asombrada al salir tanto en los medios durante estas semanas, contrapesada con el don de sí de todos estos años de trabajo pastoral silencioso y sin publicidad en las Villas.

 

Rezamos para que este buen tono se transmita a toda la sociedad. Porque a la violencia estridente y espasmódica de la droga, que te promete todo y te lo quita todo en poco tiempo, sólo se le gana con la paz del Don de sí, que va sumando cada día  amigos, papás, mamás, hermanos, familias, capillas, instituciones… que va sumando gente buena, mucha gente buena, equipos de pastores y pastoras, detrás de la Voz pausada, suave y serena, del Buen Pastor.

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Diego Fares sj

 

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corissoud-icono-sagrado-corazonLa paz, la Presencia y la Palabra de Jesús

Los discípulos de Emaús, por su parte, narraron las cosas que habían acontecido en el camino y de qué modo le habían conocido en la fracción del pan.
Mientras estaban hablando de estas cosas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:
«La paz esté con ustedes.» Aterrados y llenos de miedo, les parecía que estaban viendo un espíritu. Pero él les dijo: «¿Por qué están perturbados? y qué es ese vaiven de pensamientos que se levantan en sus corazones? Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo. Pálpenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo.»
Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acababan de creer a causa de la alegría y la admiración, les dijo: «¿Tienen aquí algo de comer?» Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Y tomándolo delante de ellos lo comió. Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que Yo les decía cuando todavía estaba con ustedes:
“Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”».
Y, entonces, les abrió sus mentes para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su Nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalen. Ustedes son testigos de estas cosas. Y he aquí que Yo envío al Prometido de mi Padre sobre ustedes. Ustedes permanezcan quietos en la ciudad hasta que sean revestidos de fortaleza desde lo alto» (Lc 24, 35-48).

Contemplación

Contemplamos al Señor Resucitado que viene a trayendo la paz a sus amigos.
Convengamos que la contemplación del Evangelio no es una actividad más en nuestra agenda. Animarse a la contemplación no consiste sólo en abrir un mail entre muchos y darle una leída rápida. Hay que estar dispuestos a que, “mientras estamos leyendo estas cosas”, se nos haga presente el Señor y quiera quedarse un rato con nosotros. No nos llevará todo el día ─ las visitas del Señor Resucitado suelen ser cortas y para nada invasivas; él viene de tanto en tanto a nuestra vida… A los suyos los acostumbró, durante aquellos memorables cincuenta días, al ritmo semanal de su Presencia. Ritmo que la Iglesia aprendió y que transmite como ritmo Eucarístico. Ritmo que quieren tener estas contemplaciones semanales que van como “visitas” a muchos amigos y amigas y “se hacen presentes” estando cada uno ante su compu, en la intimidad de la habitación (salvo Ema que las baja en el call center).

El Señor da la paz a un grupo humano que vemos en estado de conmoción y de agitación. Han llegado los discípulos de Emaús, están contando sus experiencias con el Resucitado…, en ese instante se presenta Jesús y… vuelven a quedar aterrados! El Señor los saluda cariñosamente, les da el saludo tan lindo de la paz, pero ellos sienten miedo.
La realidad de la resurrección se les hace patente a nivel existencial pero no les entra en la cabeza. Esto les produce un shock muy fuerte. En realidad “el más fuerte” que pueda experimentar un ser humano: el encuentro con Jesús Resucitado! Lucas logra transmitirnos los esfuerzos que hacen estos hombres por reducir lo que ven a alguna racionalidad. La palabra que les viene a la mente, desde su paradigma cultural, es “espíritu” o “fantasma”. Es decir: un muerto que se aparece a los vivos y produce un susto espantoso.
Si creemos que el Evangelio no es una mera narración, cuyo poder evocador depende de nuestra fuerza de imaginación, si creemos de corazón que el Evangelio es Palabra Viva, entonces podemos leer el pasaje como algo que está aconteciendo en este momento y sentir que Jesús nos transmite paz y que nosotros, en algún lugar, si nos animamos a creer de veras, sentimos miedo. Estamos muy seguros en nuestros miedos ─ viejos conocidos ─ y le tememos a Su Paz ─ tan inquietante y desinstaladora de seguridades humanas ─.

Pongamos atención en las palabras que les dice Jesús.
«¿Por qué están perturbados? y ¿qué es ese vaiven de pensamientos que se levantan en sus corazones?
Tratemos de pescar cómo discierne el Señor lo que están sintiendo en ese momento los discípulos. Esto es importante para contemplar, porque tranquiliza mucho saber que el Señor nos conoce, que sabe lo que nos pasa cuando queremos contemplarlo. Hace bien sentir que El sabe que nos ponemos inquietos, que nos da miedo, que no sabemos rezar, ni cómo hay que hacer. La gracia de la Presencia significa que Él nos tiene presentes, no que nosotros lo hacemos presente a Él. Él nos tiene presentes y se nos presenta en el momento y de la manera que más nos conviene.
Cuando El nos dice “por qué te inquietás”, eso ya basta para pacificarnos. El serena nuestros corazones con su Palabra y su Presencia.

Presencia y Palabra…
Nosotros comenzamos leyendo estas palabras para luego recibir la gracia de sentir la Presencia. Pero recordemos que la Presencia y la Palabra de Jesús Resucitado van siempre juntas. Gracias al Espíritu, que nos “enseña toda la verdad”, están mutuamente abiertas.
La gracia que dio de una vez para siempre el Señor resucitado fue instaurar esta apertura: “les abrió sus mentes”, dice Lucas.
Esta Apertura,
este Ámbito abierto,
este “Cielo”, este “Reino de los Cielos”,
es algo que instaura Jesús:
abriéndose paso en nuestras estructuras cerradas
con su Presencia gloriosa,
con su Saludo de Paz,
con sus Llagas abiertas,
con su Palabra,
con ese gesto con que logra “abrirnos la mente” y, por fin,
con el Espíritu que nos reviste de fortaleza para mantener siempre abierto el acceso al Padre.

Volvamos al discernimiento del Señor.¿Cómo interpreta lo que les sucede a los discípulos cuando lo ven resucitado? Les dice:
«¿Por qué están perturbados? y ¿qué es ese vaiven de pensamientos que se levantan en sus corazones?
Traducimos “tarasso” = perturbados. Es una palabra griega que significa la agitación y la perplejidad que surge al experimentar, dentro de uno, sentimientos e ideas encontrados. Por eso el Señor apunta directo al “vaiven de pensamientos” que se levantan de sus corazones. No pueden creer lo que ven y les surgen todo tipo de ideas en el esfuerzo por procesar lo que tienen delante. Ese vaiven no sólo es de sentimientos de miedo y espanto sino también de gozo y de admiración.

Vemos que el Señor, como Buen Pastor, los va tranquilizando.
Les muestra sus manos y sus pies, hace que lo palpen… y eso los llena de alegría y de asombro.
Pero estos sentimientos buenos producen también una agitación y un vaivén que no deja que se abra el espacio de la fe:
“De puro gozo no acababan de creer”.
Entonces el Señor les pide de comer y come un poco de pescado en presencia de ellos.

Notamos cómo Jesús los va pacificando y serenando con lo más carnal de su persona. Es la resurrección de la carne lo que los pacifica.
Ver que Jesús está bien,
que es Él,
que es su misma carne y que conserva sus llagas.
Tiene las llagas y está bien.
Tiene carne y huesos y se hace presente con las puertas cerradas.
Puede compartir un trozo de pescado aunque no se vea que “necesite” comer.
La resurrección de la carne se les vuelve manifiesta a nivel existencial: Jesús les hace sentir y gustar su presencia ─ sus llagas gloriosas, su carne glorificada ─ como algo absolutamente nuevo y distinto de cualquier otra experiencia humana. Por eso se convierten en testigos de esta “Buena Nueva” y es a partir de allí que se debe interpretar todo lo demás, todo lo que somos y todo lo que acontece en la historia.
En el vaivén de ideas y sentimientos que experimentan los discípulos vemos reflejado nuestro propio ir y venir con respecto a la Resurrección. También nosotros con nuestra mentalidad, quizás más sofisticada, experimentamos las mismas perplejidades. ¿Será verdad esto de la resurrección?

Y es necesario que Jesús nos pacifique, igual que a sus amigos.
Allí donde tenemos miedo, allí donde nos da terror la Vida, terror porque la sentimos viva y frágil a la vez. En el centro mismo del miedo por la vida, allí es donde tenemos que estar atentos a la Paz de Jesús.

También nuestra mentalidad moderna se desasosiega haciendo esfuerzos desesperados por racionalizar los miedos. En vez de eso, animémonos a sentir nuestros miedos y terrores y a escuchar cómo Jesús los conjura diciéndonos:
«¿Por qué se ponen ansiosos? y ¿qué es todo ese vaiven de pensamientos que se levantan en sus corazones? No tengan miedo. Soy Yo mismo. Miren mis manos y mis pies….

Miremos a Jesús comulgando con nuestros sentimientos, ofreciéndose a nuestra necesidad de palpar y de tocar sus manos y sus pies.

Pidámosle que se quede un largo rato pacificándonos y que luego nos revele que su Resurrección ya estaba “prometida” en la Escritura.

Supliquémosle que nos abra la mente para que podamos comprender el sentido del Evangelio.

Roguémosle que nos “revista de la fortaleza de lo Alto”, para que su Espíritu Santo consolide la Apertura de nuestros corazones, de manera tal que queden convertidos en Un Solo Corazón, un Corazón eclesial.

Que el Espíritu nos haga comprender que la Resurrección no es algo que se pueda interpretar y analizar “desde afuera”. No se puede; y por eso le pedimos al Espíritu Santo:
Que nos haga entrar dentro del ámbito que el Señor Resucitado nos abrió: el ámbito de la Paz y de la Fe.
Que Jesús Resucitado se haga presente cuando gastamos nuestro tiempo rezando y contemplando.
Que la Paz de Jesús Resucitado se difunda en nuestros corazones, ya que nos animamos a dejarlo entrar en nuestros miedos y angustias.
Que la Paz de Jesús Resucitado ilumine nuestras mentes, ya que nos animamos a nombrar nuestras dudas y perplejidades con las Palabras del Evangelio.
Que la Paz de Jesús Resucitado reine entre los que nos animamos a la Comunidad, a una Iglesia que acepta incluir a todos.

Diego Fares sj

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resucitado2La paz y el perdón

“Siendo tarde aquel día, el primero después del Sábado,
Y estando las puertas cerradas del lugar
donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos,
vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes».
Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado.
Se alegraron entonces los discípulos viendo al Señor.
Jesús les dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús.
Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»
Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos.
Vino Jesús estando las puertas cerradas, y se presentó en medio de ellos y dijo:
«La paz con ustedes.»
Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no quieras ser incrédulo sino fiel.»
Tomás le contestó: « Señor mío y Dios mío. »
Le dice Jesús: «Porque me has visto has creído. Felices los que no vieron y creyeron.»
Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20, 19-29).

Contemplación

Contemplamos la paz que el Señor nos da, pidiendo la gracia de gustar su dulzura y suavidad.

En el evangelio de hoy el Señor comunica su paz personal a su comunidad para que luego difundan esta paz a todos los hombres.

La paz se hace presente y se establece

Contemplamos primero la paz que es Jesús mismo. La paz no es una cosa sino una Persona pacificada y pacificante.
El Señor resucitado, “Él es nuestra paz” (Ef 2, 14).
Jesús Resucitado es paz, se hace presente “deseando la paz”, pronunciando un saludo de paz.
Él es el que viene y entra ─ estando cerradas nuestras puertas ─ y nos da la paz.

La paz muestra sus fuentes

El modo de comunicar la paz que tiene el Señor consiste en saludar y acto seguido mostrar sus heridas y su costado. Nos muestra el lugar de su carne desde el cual brota, como un manantial, la paz. Es el lugar de las llagas, el lugar donde la paz parecía que se había perdido, el lugar abierto por la violencia.
Ayer falleció Martín, uno de nuestros comensales y uno de su grupo de la plaza me decía: “ahora descansa en paz. Porque ya sufrió mucho. Estaba hecho una miseria, todo lastimado, no se podía levantar”. Nuestro sentido común nos dice que no se pueden juntar llagas y paz. Y eso es precisamente lo que une Jesús resucitado: sus llagas y su paz. Está llagado y está en paz. “El odio ha cesado de enfurecerse contra él, su amor ha tenido un aliento más largo”, como dice Balthasar. Jesús llagado–resucitado es nuestra paz: por sus llagas fuimos sanados.
Resucitar es, pues, que de las llagas brote paz. Y no culpa ni resentimiento. Paz.
Por eso nosotros “comulgamos” con el Cuerpo y la Sangre del Señor. Con su Cuerpo llagado y resucitado. Para que nos cure nuestras llagas y su carne nos resucite y nos ponga en paz.
Para poder comulgar con las llagas que nos muestra la realidad debemos estar “sanados” y pacificados interiormente por las llagas resucitadas del Señor Jesús. Sólo contemplando sus llagas curadas podemos animarnos a mirar todas las llagas. Sólo escuchando su saludo ─ la paz esté con ustedes ─ mientras nos muestra sus llagas, podemos contemplar las llagas de los hombres nuestros hermanos sin escuchar las otras voces, las que nos perturban: las voces de la indignación (qué barbaridad!), las voces de la queja
(¿Cómo puede ser esto?), las voces de la desesperación (no lo puedo tolerar).
Solo teniendo a Jesús en los ojos y en los oídos podemos sostener la mirada sobre las llagas del mundo.
No de otra manera es que las hermanas de la Caridad lavan las llagas de los que están por morir. Una amiga que vino de estar en Calcuta un mes nos compartía la semana pasada, en la reunión de la Casa de la Bondad, que donde se lavan los enfermos hay carteles que dicen “es el Cuerpo de Cristo”. “Y se ve en tantos lados la frase que a uno se le vuelve experiencia real” –nos decía.

Esta paz básica, diríamos, brota del Cuerpo mismo del Señor, y es señal de que la Resurrección no deja lugar a ningún reproche por lo que le hicimos. El Señor preparó esto instituyendo la Eucaristía “antes” de la Pasión, haciendo ver que entregaba su Carne por nosotros estando bien. Y ahora nos muestra su Carne con las llagas curadas pero no “borradas”. Todo esto obra misteriosamente evitando cualquier movimiento de autorreferencia en nosotros, haciéndonos pender totalmente de lo que brota de Jesús, del Señorío de su libertad que no nos culpa sino que nos pone en paz. En el movimiento que fluye de sus llagas y de su costado se estrella y se diluye todo movimiento de culpa que brota de nuestras dudas y del examinarnos a nosotros mismos y a nuestras intenciones y deberes.
Definitivamente, la Carne del Señor nos pacifica el corazón. Comulgar con su Cuerpo y con su Sangre todo lo posible es la fuente “carnal” de la paz espiritual.

La paz se expande

Luego viene el segundo saludo de paz.
«La paz con ustedes.
Como el Padre me envió,
también yo los envío.»
Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice:
«Reciban el Espíritu Santo.
A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados;
a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»
El Señor “sopla” su paz. Para que sintamos que la paz es un don que se respira. Se puede respirar por los ojos, posando sobre Jesús ─ y en Él sobre toda la realidad ─ una mirada de paz.
Se puede respirar con los oídos, haciendo silencio y escuchando el ritmo interior de la paz del Espíritu que late en lo escondido de toda realidad…
En este saludo de paz misionera, Jesús nos revela que la paz viene de la Fuente más honda, del Padre que lo envió, y también que esa paz desea extenderse más lejos, abarcarlo todo en el Espíritu, perdonando todo pecado.

De última, la paz la rompe sólo el pecado y por eso el Señor la restablece perdonando los pecados.
El problema está en que se nos ha vuelto confuso el concepto del pecado. Quizás cada uno pueda encontrar el hilo de su pecado allí donde pierde la paz. Tu pecado es lo que te quita la paz.
Y tu sacramento de la confesión es aquello en lo que el Señor te devuelve la paz.
Por ahí tiene que empezar de nuevo el que se sienta confuso en cuanto a lo que es pecado y en cuanto a la manera de confesarse.
¿Te animás a probar llamarle “pecado” a lo que te quita la paz y dejar que Jesús le llame “perdón” al hacerte sentir pacificado?
No importa que de entrada no encuentres a “eso que te quita la paz” en la “lista de los pecados” que salen en los libros de catequesis. Vos por ahí le llamás “angustia” a lo que te quita la paz. Dejá que Jesús te “perdone” la angustia (¿cómo se va a perdonar la angustia?). Y, el Señor quizás la quiera “perdonar” a su manera, mostrándote la llaga de su costado, la que se abrió en la angustia tremenda del Huerto y que ahora está convertida en Paz.
Vos por ahí le llamás “miedo” a lo que te quita la paz. Dejá que el Señor te tranquilice a su manera, con su presencia, que entre en el ámbito cerrado de tus miedos y te salude. Dejá que a esto El le llame “perdón”. (¿Se puede perdonar el miedo?) Es que el perdón no va tan solo a los efectos del pecado sino a su raíz. ¿No es el miedo a la muerte lo que nos vuelve esclavos del pecado? San Pablo dice que sí. Entonces, necesitamos ser perdonados ─pacificados, mejor ─ de ese miedo, para no dar frutos de cobardía, de borrarnos, de zafar, de mentir, de ceder…
Vos quizás le llamás dudas a lo que te quita la paz. Dejá que el Señor acalle tus dudas y te las perdone a su manera. Como perdonó las dudas de Tomás, haciéndole meter el dedo en su llaga, pero como amigo fiel, no como escéptico.
Y así, cada uno puede ir “traduciendo” pecado y perdón en el vocabulario de la inquietud y de la paz. Es un lindo trabajito de resurrección, que se puede hacer en pequeñas pausas durante la actividad. Al pasar de una cosa a otra, uno puede retardar unos momentos el cambio y examinar si está en paz o no y cómo visualiza lo que viene, si pacificante o angustiante… Y dejar que el Señor se haga presente en eso que pasó o en lo que viene y lo llene de su Paz.
Por supuesto que este ejercicio se tiene que hacer en la Fe, como le dice el Señor a Tomás. Y en el ámbito de mi familia y comunidad, para estar allí en paz con los otros y con la tarea de cuidar la paz común.
Diego Fares sj

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