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Posts Tagged ‘Papa’

 

            Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos,

se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la ley le preguntó con ánimo de probarlo:

‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?’

Jesús le respondió:

‘Amarás al Señor, tu Dios, con amor de gratuidad

con todo tu corazón (kardía)

con toda tu alma (psiché)

y con toda tu razón (dianoia).

Este es el más grande y el primer mandamiento.

El segundo es semejante al primero:

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

De estos dos mandamientos penden la ley entera y los Profetas’” (Mt 22, 34-40).

 

Contemplación

Al que ama así –con todo-, el Espíritu Santo le da una alegría que nada ni nadie le puede quitar (aunque en algunos períodos haya cosas que la ensombrezcan la mirada y atribulen el corazón). Uniendo amor y alegría no me puedo resistir a poner una paginita de un periodista muy querido que dice así de sus alegrías:

“Otra alegría más: el Papa. Qué méritos ha hecho nuestro siglo para que al frente de nuestra Iglesia haya puesto Dios a este anciano tan transparentemente evangélico, tan infantilmente cristiano, tan jubilosamente constructivo, tan amigo del mundo, tan de corazón abierto, tan serenamente vivo, tan vivamente sereno, tan hermano de todos, tan naturalmente sobrenatural? Un Papa de transición! Qué despistados estuvimos todos hace cuatro años! Qué divertido este Dios que lleva a los cristianos casi humorísticamente hacia lo que precisan en cada momento! El Papa, sí digámoslo: uno de los más sólidos motivos de esperanza en esta hora. Precisamente porque es tan sencillo, precisamente porque no es el “divino inspirado” ni la “clarísima mente” ni el “omnipotente faraón”. Dios es así: comenzó llamando a los pastores en Belén y termina dirigiéndonos a través de un Pastor con mayúscula que es tierno y humano como un pastor con minúscula”.

Mientras tecleo cada una de estas palabras siento mis dedos hermanos de los de José Luis Martín Descalzo que, otro octubre, hace 55 años, tecleaban en su Remington portátil estas mismas letras, contándonos como solo sabe contar él estas “razones de su alegría” ante el Papa Juan XXIII que había dado inicio al Concilio Vaticano II.

El día antes, mientras acompañaba al Papa en el trencito con que salió del Vaticano (por primera vez en cien años, luego de haber “perdido” la Iglesia los estados pontificios) para ir a Loreto y a Asís a rezar por el Concilio, el Papa les había dicho a los periodistas:

“Conservad bien esos blocs de notas. Veréis lo que os gusta revisarlos cuando tengáis ochenta años”.

Martín Descalzo tendría ahora 87 y no es que crea solamente sino que estoy cierto, tanto como lo estaba él de que “Morir sólo es morir. Morir se acaba. Morir es cruzar una puerta a la deriva/ y encontrar lo que tanto se buscaba”, de que releerá conmigo con alegría desde su cielo, donde sigue siendo el periodista de alma que fue en la tierra, estas notas que escribió mirando como yo desde su ventana la cúpula de San Pedro iluminada, el aquella noche y yo esta madrugada.

La cuestión es que buscaba alguna cita sobre el mandamiento del amor del evangelio de hoy -que sí sé por qué lo tengo ligado a Descalzo- y me encontré con que nuestra biblioteca tiene en castellano sus cuatro tomos de: “Un periodista en el Concilio”. Los mismos cuatro tomos que papá tenía en el estante de abajo de la biblioteca del comedor de casa y que alguna vez hojeé de adolescente sin animarme a leerlos todos. Dije que sí sabía por qué tengo unido estos dos mandamientos a la figura de Martín Descalzo. Él tiene esa paginita que se llama “Mis diez mandamientos” que comienza así:

“Amarás a Dios, José Luis. Le amarás sin retóricas, como a tu padre, como a tu amigo. No tengas nunca una fe que no se traduzca en amor. Recuerda siempre que tu Dios no es una entelequia, una abstracción, la conclusión de un silogismo, sino Alguien que te ama y a quien tienes que amar. Sabe que un Dios a quien no se puede amar no merece existir. Le amarás como tú sabes: pobremente. Y te sentirás feliz de tener un solo corazón y de amar con el mismo a Dios, a tus hermanos, a Mozart y a tu gata”.

Y seguía luego, más adelante:

“No olvides que naciste carnívoro y agresivo y que, por tanto, te es más fácil matar que amar. Vive despierto para no hacer daño a nadie. Sabes que se puede matar hasta con negar una sonrisa y que tendrás que dedicarte apasionadamente a ayudar a los demás para estar seguro de no haber matado a nadie”.

 

Descalzo escribió “Mis diez mandamientos” por pedido de una emisora que lo había llamado para entrevistarlo acerca de “su decálogo”. Estaban llamando gente importante para que dijeran cuáles serían los mandamientos que impondrían al mundo para que funcionase bien y a Descalzo le chocó la cosa. Respondió a los de la emisora que para él el decálogo de la Biblia estaba “bastante bien hecho” y que no se sentía con fuerzas para intentar “mejorarlo”. Que bastante trabajo tenía ya con intentar cumplirlo. Pero que ciertamente tenía su visión personal de los mandamientos de siempre y para no desilusionarlos les compartía los que intentaba cumplir él mismo.

A mí me dio más alegría releerlo a él que tratar de rezar por mí mismo (esto de rezar con otro es uno de los mejores modos de oración, especialmente si uno se distrae o encuentra que más que rezar le da vueltas a sus propios pensamientos) así es que esta contemplación salió con sus cosas.

Confieso que me encanta ese “Amarás a Dios José Luis”. No me sale tan natural a mí decirme: “Amarás a Dios Diego”. Y sí en cambio imaginar cómo Descalzo se dice a sí mismo: “Amarás a tu Dios José Luis”.

Aquí cada uno puede detenerse y sentir qué resonancias tiene escuchar de otro este mandamiento y mandárselo a sí mismo.

Yo siento que Descalzo se habla a sí mismo con bondad (no con fastidio ni exigencia). Se habla a sí mismo con el realismo de quien se manda también: “te sentirás feliz de tener un solo corazón y de amar con el mismo a Dios, a tus hermanos, a Mozart y a tu gata”. Y reflexiono que el “todo” del mandamiento – amarás a Dios con todo tu corazón, toda tu alma y toda tu mente- no es un “todo” que signifique reproche, como si uno pudiera “tener partes de corazón que no aman a Dios”. Descalzo agarra por el lado de la aceptación: “te sentirás feliz de tener un solo corazón”, se manda. Y creo que da en la tecla, porque “todo” su corazón significa “el único real”, el que tiene, con el que “ama como sabe: pobremente!”.

Es mejor amar como a uno le sale, que no amar por no estar conforme con la idea que uno tiene del amor, de cómo “debería” amar.

 

Lo del amor al prójimo también me gusta por su realismo. Eso de “dedicarse apasionadamente a ayudar para estar seguro de no haber matado a nadie”.

Es poner la pasión en la actitud totalmente contraria a la actitud de acusarnos mediáticamente unos a otros de matar (y de robar y de mentir y de codiciar los bienes ajenos…). Si uno se fija bien, en la pasión con que nos atacamos y discutimos subyace un “estar seguros de que nosotros no hemos matado a nadie”. Si uno no estuviera tan seguro, no discutiría tan abiertamente.

En el tono de nuestras acusaciones mutuas –con muertos reales en el medio, muertos con balas en la cabeza, con agua en los pulmones y destrozados con bombas- se nota que habla esta “certeza” de que somos puros. Por supuesto que nadie se cree así de puro personalmente. Pero hemos construido una especie de “yo mediático” que se pretende no puro pero sí neutro. Un “nosotros” mediático en el que, el que habla –son muchos y van por turno-, se permite hablar como representando una voz común. Y la característica de esta “voz común” es que tiene no solo el derecho sino el deber de “tirar la primera piedra”.

Usando la imagen evangélica, podemos decir que luego de dos mil años hemos logrado un “ámbito” en el que todos podemos tirar la primera piedra sin peligro de ser acusados de pecado. Es una piedra virtual, por supuesto. Pero los efectos de sus golpes son físicos, morales, causan daño real.

Descalzo habla de todo lo contrario: de estar apasionadamente tratando de ayudar a los demás para poder estar seguros de no haber hecho daño a nadie. Es decir: no hay lugar neutro. Dado que hay gente tirando piedras apasionadamente, si uno no está ayudando apasionadamente, las piedras que lastiman personas lo convierten en cómplice.

Así, “todo el corazón, toda el alma y toda la razón” quiere decir “apasionadamente”. Es una traducción temporal, no espacial. Cuando uno se apasiona, en un momento pone todo, da todo.

Termino con algunas apreciaciones de Descalzo sobre el Concilio que iniciaba con respecto al cual, además de sus alegrías, compartía también sus temores. Un temor era el de “creer demasiado en el Espíritu Santo” y lo expresaba así: “Partir del supuesto de que el Concilio no puede fracasar”. Y agregaba esta frase tremenda y profética: “Dios sólo ha prometido que no permitirá el error, no que no pueda permitir la mediocridad”. Transcribo:

“Dios no ha prometido librarnos del palabrerío, del pietismo barato (de los cara de estampita), de las visiones personales (de las teologías de una sola escuela), del despiste en nuestra visión del mundo, del lenguaje celeste e inútil (abstracto), del “encaje de bolillos” teológico (de las trenzas eclesiásticas al hacer documentos). Dios no ha prometido librarnos de la ineficacia. El Concilio tiene garantizada la infalibilidad doctrinal, no una infalibilidad pastoral y, sobre todo, no una máxima eficacia pastoral. Esto dependerá de la oración de toda la Iglesia”.

Cincuenta y cinco años después, en algunas reacciones contra el simple revivir del Espíritu del Concilio, hace bien releer la descripción de estas tentaciones de las que hablaba Descalzo. Porque se ve que son las mismas de siempre. Para combatirlas, nada mejor que las “Razones para el amor” que nos daba el entonces joven curita-periodista, al que me complazco en dedicar esta página como un modo mío de hacer que se cumpla lo que le dijo Juan XXIII, acerca de que ochenta años después le gustaría revisar sus blocs de notas. Era el comienzo del Concilio, y el Papa soñaba con una Iglesia que prefiriese “usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad”. Quería una iglesia que al alzar la antorcha de la verdad supiera “mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella” (Discurso inicial del Concilio Vaticano II, octubre de 1962).

Diego Fares sj

 

 

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“Pedro se acercó entonces y le dijo:

– «Señor, ¿cuántas veces me ofenderá mi hermano y lo perdonaré? ¿Hasta siete veces?».

Jesús le dijo:

– «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»

“Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó de rodillas a sus pies, y le rogaba rendidamente:

– “Sé magnánimo conmigo, y te lo devolveré todo.”

Conmovido entrañablemente el señor de aquel siervo, le dejó ir libre y lo liberó de la deuda.

Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, agarrándolo del cuello lo ahogaba diciéndole:

–  “Paga lo que debes.”

Arrodillándose a sus pies su compañero, le suplicaba diciendo:

  • “Se magnánimo conmigo, que ya te pagaré.”

Pero él no quiso, sino que fue y le hizo meter en la cárcel, hasta que pagase lo que debía.

Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido.

Su señor entonces le mandó llamar y le dijo:

– “Siervo ruin, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?”

Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía.

Esto mismo hará con ustedes mi Padre celestial, si no perdonan de corazón cada uno a su hermano» (Mt 18, 21-35).

Contemplación

Como siempre, es Simón Pedro el que se anima a preguntarle a Jesús si es que han entendido bien. El Señor, en el pasaje anterior, estaba hablando de nuestros desacuerdos, de la ofensa que supone el hecho de que un hermano nuestro rompa lo pactado, no haga las cosas como tiene que ser, se equivoque con nosotros. El Señor dice que, si nos ponemos de acuerdo para solucionar el asunto y pedimos la gracia, el Padre nos la concederá. No importa cuál sea el conflicto ni “la grieta”: el Espíritu actúa donde dos o más se ponen de acuerdo en Nombre de Jesús.

Simón Pedro le pide al Maestro que “le ponga números” a la bella propuesta. Esto de pedirle al Señor que concrete cuántas veces es como decirle: “está muy lindo esto de perdonar, pero no parece muy realista”.

La respuesta de Jesús de que hay que volver a reconstruir “setenta veces siete”, es algo propio del ámbito familiar. En la educación de los hijos los padres tienen esta “medida”. Y el Señor quiere que se aplique a la Iglesia, a la vida de comunidad. Y también a la política. Es la reconciliación de la que el Papa habla siempre y que propuso ahora en Colombia. Su prédica sobre perdonar deudas y ofensas es conmovedoramente realista. Y no es prédica suya, sino prédica hecha en conjunto, con los que dieron su testimonio, que se puede leer entrelíneas (o buscar en internet). Viene bien para nuestra nación (para cualquier nación), viene bien para nuestros desacuerdos de “cien denarios”, escuchar estos de quienes se anima a perdonar deudas más grandes porque son conscientes de que a todos el Señor nos ha perdonado más.

Queridos hermanos y hermanas:

Desde el primer día deseaba que llegara este momento de nuestro encuentro. Ustedes llevan en su corazón y en su carne huellas, las huellas de la historia viva y reciente de su pueblo, marcada por eventos trágicos pero también llena de gestos heroicos, de gran humanidad y de alto valor espiritual de fe y esperanza. Los hemos escuchado. Vengo aquí con respeto y con una conciencia clara de estar, como Moisés, pisando un terreno sagrado (cf. Ex 3,5). Una tierra regada con la sangre de miles de víctimas inocentes y el dolor desgarrador de sus familiares y conocidos. Heridas que cuesta cicatrizar y que nos duelen a todos, porque cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas.

Para estar cerca de ustedes… y también abrazarlos

Y estoy aquí no tanto para hablar yo sino para estar cerca de ustedes, mirarlos a los ojos, para escucharlos, abrir mi corazón a vuestro testimonio de vida y de fe. Y si me lo permiten, desearía también abrazarlos y, si Dios me da la gracia, porque es una gracia, quisiera llorar con ustedes, quisiera que recemos juntos y que nos perdonemos ―yo también tengo que pedir perdón― y que así, todos juntos, podamos mirar y caminar hacia delante con fe y esperanza.

Nos reunimos a los pies del Crucificado de Bojayá, que el 2 de mayo de 2002 presenció y sufrió la masacre de decenas de personas refugiadas en su iglesia. Esta imagen tiene un fuerte valor simbólico y espiritual. Al mirarla contemplamos no sólo lo que ocurrió aquel día, sino también tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas, tanta sangre derramada en la Colombia de los últimos decenios. Ver a Cristo así, mutilado y herido, nos interpela. Ya no tiene brazos y su cuerpo ya no está, pero conserva su rostro y con él nos mira y nos ama. Cristo roto y amputado, para nosotros es «más Cristo» aún, porque nos muestra una vez más que Él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo; y para enseñarnos también que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia. Nos enseña a transformar el dolor en fuente de vida y resurrección, para que junto a Él y con Él aprendamos la fuerza del perdón, la grandeza del amor.

Cuánto bien nos hace escuchar sus historias…

Gracias a ustedes cuatro, hermanos nuestros que quisieron compartir su testimonio, en nombre de tantos y tantos otros. ¡Cuánto bien, parece egoísta, pero cuánto bien nos hace escuchar sus historias! Estoy conmovido. Son historias de sufrimiento y amargura, pero también y, sobre todo, son historias de amor y perdón que nos hablan de vida y esperanza; de no dejar que el odio, la venganza o el dolor se apoderen de nuestro corazón.

El oráculo final del Salmo 85: «El amor y la verdad se encontrarán, la justicia y la paz se abrazarán» (v.11), es posterior a la acción de gracias y a la súplica donde se le pide a Dios: ¡Restáuranos! Gracias Señor por el testimonio de los que han infligido dolor y piden perdón; los que han sufrido injustamente y perdonan. Eso sólo es posible con tu ayuda y con tu presencia. Eso ya es un signo enorme de que quieres restaurar la paz y la concordia en esta tierra colombiana.

Para romper el círculo de violencia

Pastora Mira, tú lo has dicho muy bien: Quieres poner todo tu dolor, y el de miles de víctimas, a los pies de Jesús Crucificado, para que se una al de Él y así sea transformado en bendición y capacidad de perdón para romper el ciclo de violencia que ha imperado en Colombia. Y tienes razón: la violencia engendra violencia, el odio engendra más odio, y la muerte más muerte. Tenemos que romper esa cadena que se presenta como ineludible, y eso sólo es posible con el perdón y la reconciliación concreta. Y tú, querida Pastora, y tantos otros como tú, nos han demostrado que esto es posible. Con la ayuda de Cristo, de Cristo vivo en medio de la comunidad es posible vencer el odio, es posible vencer la muerte, es posible comenzar de nuevo y alumbrar una Colombia nueva. Gracias, Pastora, qué gran bien nos haces hoy a todos con el testimonio de tu vida. Es el crucificado de Bojayá quien te ha dado esa fuerza para perdonar y para amar, y para ayudarte a ver en la camisa que tu hija Sandra Paola regaló a tu hijo Jorge Aníbal, no sólo el recuerdo de sus muertes, sino la esperanza de que la paz triunfe definitivamente en Colombia. ¡Gracias, gracias!

Las heridas del corazón son más profundas y difíciles de curar

Nos conmueve también lo que ha dicho Luz Dary en su testimonio: que las heridas del corazón son más profundas y difíciles de curar que las del cuerpo. Así es. Y lo que es más importante, te has dado cuenta de que no se puede vivir del rencor, de que sólo el amor libera y construye. Y de esta manera comenzaste a sanar también las heridas de otras víctimas, a reconstruir su dignidad. Este salir de ti misma te ha enriquecido, te ha ayudado a mirar hacia delante, a encontrar paz y serenidad y además un motivo para seguir caminando. Te agradezco la muleta que ofreces. Aunque aún te quedan heridas, te quedan secuelas físicas de tus heridas, tu andar espiritual es rápido y firme. Ese andar espiritual no necesita muletas. Y es rápido y firme porque piensas en los demás -¡gracias!- y quieres ayudarles. Esta muleta tuya es un símbolo de esa otra muleta más importante, y que todos necesitamos, que es el amor y el perdón. Con tu amor y tu perdón estás ayudando a tantas personas a caminar en la vida, y a caminar rápidamente como tú. Gracias.

Todos somos víctimas, las de un lado y las del otro

Quiero agradecer también el testimonio elocuente de Deisy y Juan Carlos. Nos hicieron comprender que todos, al final, de un modo u otro, también somos víctimas, inocentes o culpables, pero todos víctimas. Los de un lado y los de otro, todos víctimas. Todos unidos en esa pérdida de humanidad que supone la violencia y la muerte. Deisy lo ha dicho claro: comprendiste que tú misma habías sido una víctima y tenías necesidad de que se te concediera una oportunidad. Cuando lo dijiste, esa palabra me resonó en el corazón. Y comenzaste a estudiar, y ahora trabajas para ayudar a las víctimas y para que los jóvenes no caigan en las redes de la violencia y de la droga, que es otra forma de violencia. También hay esperanza para quien hizo el mal; no todo está perdido. Jesús vino para eso: hay esperanza para quien hizo el mal. Es cierto que en esa regeneración moral y espiritual del victimario la justicia tiene que cumplirse. Como ha dicho Deisy, se debe contribuir positivamente a sanar esa sociedad que ha sido lacerada por la violencia.

El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña, no tiene reacciones alarmistas

Resulta difícil aceptar el cambio de quienes apelaron a la violencia cruel para promover sus fines, para proteger negocios ilícitos y enriquecerse o para, engañosamente, creer estar defendiendo la vida de sus hermanos. Ciertamente es un reto para cada uno de nosotros confiar en que se pueda dar un paso adelante por parte de aquellos que infligieron sufrimiento a comunidades y a un país entero. Es cierto que en este enorme campo que es Colombia todavía hay espacio para la cizaña. No nos engañemos. Ustedes estén atentos a los frutos, cuiden el trigo, no pierdan la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24). Aun cuando perduren conflictos, violencia o sentimientos de venganza, no impidamos que la justicia y la misericordia se encuentren en un abrazo que asuma la historia de dolor de Colombia. Sanemos aquel dolor y acojamos a todo ser humano que cometió delitos, los reconoce, se arrepiente y se compromete a reparar, contribuyendo a la construcción del orden nuevo donde brille la justicia y la paz.

Resulta indispensable también asumir la verdad

Como ha dejado entrever en su testimonio Juan Carlos, en todo este proceso, largo, difícil, pero esperanzador de la reconciliación, resulta indispensable también asumir la verdad. Es un desafío grande pero necesario. La verdad es una compañera inseparable de la justicia y de la misericordia. Las tres juntas son esenciales para construir la paz y, por otra parte, cada una de ellas impide que las otras sean alteradas y se transformen en instrumentos de venganza sobre quien es más débil. La verdad no debe, de hecho, conducir a la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón. Verdad es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido con sus parientes desaparecidos. Verdad es confesar qué pasó con los menores de edad reclutados por los actores violentos. Verdad es reconocer el dolor de las mujeres víctimas de violencia y de abusos.

Es la hora para desactivar los odios

Quisiera, finalmente, como hermano y como padre, decir: Colombia, abre tu corazón de pueblo de Dios, déjate reconciliar. No le temas a la verdad ni a la justicia. Queridos colombianos: No tengan miedo a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar los odios, y renunciar a las venganzas, y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno. Que podamos habitar en armonía y fraternidad, como desea el Señor. Pidámosle  ser constructores de paz, que allá donde haya odio y resentimiento, pongamos amor y misericordia (cf. Oración atribuida a san Francisco de Asís).

Y todas estas intenciones, los testimonios escuchados, las cosas que cada uno de ustedes sabe en su corazón, historias de décadas de dolor y sufrimiento, las quiero poner ante la imagen del crucificado, el Cristo negro de Bojayá:

* * *

Oh Cristo negro de Bojayá,
que nos recuerdas tu pasión y muerte;
junto con tus brazos y pies
te han arrancado a tus hijos
que buscaron refugio en ti.

Oh Cristo negro de Bojayá,
que nos miras con ternura
y en tu rostro hay serenidad;
palpita también tu corazón
para acogernos en tu amor.

Oh Cristo negro de Bojayá,
haz que nos comprometamos
a restaurar tu cuerpo.
Que seamos tus pies para salir al encuentro
del hermano necesitado;
tus brazos para abrazar
al que ha perdido su dignidad;
tus manos para bendecir y consolar
al que llora en soledad.

Haz que seamos testigos
de tu amor y de tu infinita misericordia.

Hemos rezado a Jesús, al Cristo, al Cristo mutilado. Antes de darles la bendición les invito a rezar a nuestra Madre que tuvo el corazón atravesado de dolor.

 

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