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Posts Tagged ‘Padre’

“Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea,

al monte que Jesús les había indicado.

Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron.

Jesús se acercó a ellos y les habló así:

‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.

Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes

bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,

y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado.

Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días

hasta la consumación de los siglos’” (Mt 28, 16-20).

Contemplación

  1. La contemplación de la Trinidad la comencé por el lado de la alabanza y de la bendición. Mi manera práctica de dirigirme a la Santísima Trinidad es glorificarla y pedirle bendición.

…………..

Es en la Iglesia donde resuena el ¡Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu santo!, que aprendimos de “aquel momento en que se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: « Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Lc 10 21).

Ese momento, del que habla Lucas, fue el del regreso de los 72 discípulos misioneros. El Señor los había enviado de dos en dos a anunciar el evangelio, la buena noticia: “el Reino de Dios está cerca de ustedes”. Ellos “regresaron alegres” y al verlos retornar contentos de la misión, el Señor se llenó de gozo en el Espíritu Santo y bendijo al Padre, Señor del Cielo que comenzaba a reinar también en esta Tierra.

Nosotros, en la fiesta de la Santísima Trinidad, le pedimos al Espíritu con intenso deseo (y si no sentimos intenso deseo le pedimos también que nos de deseo de desear más, con más fuerza y alegría), que nos llene de gozo para Alegrarnos y exultar como Jesús y poder bendecir con Él al Padre que se revela a los pequeños.

Agradecemos a la Iglesia, nuestra Madre y nuestro Pueblo, porque es en Ella -en su espacio comunitario en torno a la Eucaristía y a todas las celebraciones-, donde podemos entonar juntos esta alabanza a nuestro Dios verdadero.

 

2. Luego me inquietó pensar en un mundo sin Alabanza ni bendición y eso me llevó a pedir al Espíritu que tocara y abriera mi corazón.

…………..

Imaginemos, dice un autor, un mundo de fábricas, clubs, shoppings, reuniones políticas, universidades utilitarias, artes y recreaciones utilitarias, en el que no pudiéramos oír ni una sola voz aclamando: “Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo“; ninguna voz bendiciéndonos: “En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo“. Un mundo que transcurre al sol y sus relaciones se dan en el plano del utilitarismo, del industrialismo, de la tecnología…,un mundo en el que todo es biología, sicología y sociología, sin puerta alguna ni ventana al Reino de Dios. Un mundo sin Espíritu Santo que es Quien nos hace entrar en contacto con la Trinidad

Al Espíritu Santo se le llama “Dedo de la Diestra del Padre”. Al pensar en su forma de relacionarse con nosotros podemos pensar en ese leve contacto espiritual que hoy ejercitamos para encender nuestros celulares y tabletas y que a veces contrasta tanto con el modo brusco de relacionarnos con otros seres humanos.

Cuando Jeremías profetizaba que Dios escribiría su ley en nuestros corazones (Jr. 31, 33) me gusta imaginar al Señor escribiendo suavemente en el teclado digital de nuestro corazón, que se enciende y se ilumina con sus palabras. Así también en la lucha, cuando el Señor dice que expulsa los demonios “con el dedo de Dios”, me gusta pensar que los mueve con un dedo, los expulsa como quien pasa página y mira más allá. Si con un dedo le basta al Señor para hacer callar al Acusador, para comunicar su Espíritu Santo lo hace imponiendo sus manos con todo su corazón.

La imagen trinitaria del “dedo de la mano derecha (Jesús) del Padre” es una imagen táctil que puede ayudarnos en una relación con la Trinidad en la que la imágenes de tres personas iguales y distintas -como los tres ángeles de Rublev- y las expresiones numéricas del “Uno y Trino”- se nos mezclan con tantas imágenes y números que tenemos en la cabeza.

En el leve toque del Dedo de la Mano del Padre podemos sentir la potencia operativa del Espíritu que nos pone en contacto con la Carne del Señor y le permite al Padre abrazarnos como cuando corrió a abrazar a su hijo pródigo que volvía y se le echó al cuello y lo besó y lo hizo entrar en la casa.

Basta un toque suave -como a una tecla- del Espíritu para desencadenar esta fuerza arrolladora del Padre que se sale de sí para darnos todo, como a hijos muy queridos.

Basta un toque del Espíritu para que nos demos cuenta solos, sin necesidad de que nadie nos explique, de toda la Verdad Personal de Quién es Jesús para nosotros: el Señor de la vida de cada uno, el único capaz de hacer de todos los pueblos un solo pueblo de Dios que camina hacia la salvación.

Basta un toque del Espíritu para hacernos discernir -con clara lucidez y determinación- lo que tenemos que hacer en este momento preciso para agradar a Dios y hacerle contra -por no darle el gusto- al mal espíritu.

 

3. Por fin, encontré la imagen de la Mano de Jesús crucificado y sentí que allí hay una imagen de la Trinidad que no confunde y que quita el miedo

………..

Está todo allí: en la imagen de la Mano de Jesús crucificado; en la punta del Dedo de esa Mano totalmente abierta, entregada, de un Jesús que se ha abandonado en las Manos de su Padre y nos invita a dejarnos tocar por su Gracia que mana de la Cruz y nos comunica la Fortaleza del Espíritu que nos hace adorar diciendo “Abba” -Padrenuestro-, y confesar que “Jesús es nuestro Señor”, a quien seguimos sirviendo a nuestros hermanos.

Dice Francisco:

“Hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida (GE 175).

El Espíritu viene en Persona a nuestra vida. Y nos hace entrar en la esfera de acción y de presencia de la Persona del Padre y de la Persona de Jesús.

Una vez que le perdemos el miedo, como uno le pierde el miedo a un buen médico o a un buen maestro, el Espíritu supera cualquier tipo de distancia que tengamos con el Padre, sea la distancia de la avidez que nos hizo alejarnos de la Casa paterna con nuestra parte de la herencia, sea la distancia de la culpa que no nos deja regresar a pedir perdón.

El Espíritu facilita y vuelve agradable el hecho de vivir y caminar en la presencia del Padre y convierte en algo deseable que el Padre (que ve en lo secreto) examine nuestro corazón para ver si va por el camino correcto.

El Espíritu hace que conozcamos la voluntad del Padre, lo que le agrada, la misericordia perfecta y hace que nos confiemos a sus manos que nos podan como las manos del Viñador y nos moldean como las manos del Alfarero (cfr. GE 51).

            El Espíritu hace que confesemos que Jesús es nuestro Señor, nuestro guía y conductor, nuestro consejero y jefe en la vida cotidiana. Un Jefe cuyos mandamientos no son “órdenes militares ni funcionales” sino más bien exhortaciones apostólicas, que nos instan a desinstalarnos de la comodidad y nos permiten distinguir rostros que nos alientan y nos solicitan.

Como dice el Papa: “Jesús abre una brecha en medio de la selva de mandamientos y preceptos de la vida actual: una brecha que permite distinguir dos rostros: el del Padre y el del hermano. Jesús no nos da dos fórmulas o dos preceptos más. Nos entrega dos rostros, o mejor uno solo: el de Dios que se refleja en muchos hermanos” (GE 61).

El Espíritu Santo nos da “la libertad de Jesucristo y nos llama a examinar

lo que hay dentro de nosotros ―deseos, angustias, temores, búsquedas―

y lo que sucede fuera de nosotros  —los «signos de los tiempos»—

para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,21). (GE 168)

 

En la fiesta de la Santísima Trinidad pedimos la gracia de perder el miedo a dejanos tocar por el Dedo de la Mano del Padre.

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“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el Viñador.

Todo sarmiento que en mí no porta fruto, lo corta,

y a todo el que da fruto, lo limpia, para que porte frutos más copiosos.

Ustedes están ya limpios gracias a la Palabra que les he anunciado.

Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.

Lo mismo que el sarmiento no puede cargar fruto por sí mismo,

si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése porta mucho fruto;

porque separados de mí no pueden hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;

luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

Contemplación

         La imagen de Jesús como “la vid verdadera” es una imagen que me suena tan familiar como la de “el buen pastor”, aunque está menos desarrollada. Al poner atención hoy en la imagen del agricultor (ge-orgós, “el que trabaja la tierra” – Jorge –), caí en la cuenta de lo poco “trabajada” que tengo esta imagen. Es paradójico, porque se trata precisamente de la imagen del Padre como un trabajador al que el tipo de tierra que cultiva -la viña- le da el nombre: Viñador.

La imagen es grande y humilde a la vez. Yo diría que lo que pasa es que me he quedado con la imagen de “el Padre del cielo”. Y esta otra “del Padre que trabaja la tierra” ha quedado más oculta. En este caso, Jesús se compara a sí mismo con la Vid, pero en otra parábola se comparará con el viñador que intercede ante el dueño de la viña para que no corte una higuera que no está dando fruto (Lc 13, 7). Es decir, podemos ver la unión entre el Padre y el Hijo bajo estas imágenes relacionadas con los que trabajan las plantas, uno que Poda y el otro que Intercede.

Me preguntaba por qué no resuena más profundamente en mis contemplaciones del Evangelio esta imagen de nuestro Padre como “el que trabaja la tierra”. Lo que Juan nos dice es que “el Padre es el que custodia y cultiva la unidad entre Jesús y los hombres “. Eso quiere decir que poda los sarmientos de la vid. Creo que no quiere decir, como se suele entender, que “corta personas” y las mande al fuego del infierno como sarmientos secos y estériles y cosecha para el cielo racimos de santos. Aquí la alegorización se va para el lado de la escatología que es verdadera pero no nos toca a nosotros. Si tenemos en cuenta que el Padre no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos y que Jesús va a buscar la oveja perdida, comparar las ramas secas con personas no me parece que deba acaparar todo el sentido de la parábola. Como pasa también con la del trigo y la cizaña. Es verdad que en la explicación el Señor dice que “la cizaña son los hijos del maligno”. Pero me parece que identificar muy rápido esta tarea final que solo hará Dios y dividir desde ya la historia en buenos y malos no es a lo que apunta el Señor con sus parábolas.

El Padre que trabaja la tierra, este Padre agricultor y viñador, apasionado por su viña, que despedrega el terreno, planta cada cepa, edifica una torre y un lagar, este viñador enamorado de su viña que invita a sus hijos a trabajar en ella y en tiempos de cosecha sale a buscar cosecheros a todas horas y les paga bien, este Paisano que poda las cepas con sus manos, no está preocupado por mandar ramas secas al fuego sino por que crezcan abundantes y bien ordenados todos sus racimos. La Vid es un solo  organismo, y todo lo que fructifica en Ella forma una unidad viviente, un solo cuerpo, en el que lo que se poda es, justamente, las partes que se han secado. Pero son aspectos, partes, no personas. Imagínense! Si estamos hablando de un Padre que se conmueve cuando se muere un pajarito! Como vamos a andar sacudiendo a otros con que el Padre los mandará al infierno. Si Jesús usa estas imágenes es para que cada uno se las aplique a sí mismo y esté atento y no para que haga sociología y vaya eligiendo desde ahora a los que irán para allá abajo.

Este problema de “alegorizar todo” (en este caso los sarmientos secos) ha sido detectado como algo que afecta a las parábolas y les quita su jugo y su vitalidad esencial. Pero así como la tendencia a alegorizar cada palabra puede terminar por desplazar el acento al destino final de las ramas secas, también está la tendencia a quitar todo valor a la alegoría y pensar que el Señor compara demasiado rápido al Padre con el Viñador y a sí mismo con la Vid. Por eso es que a la de la Vid no se le suele llamar parábola sino alegoría cosa que en mi mentalidad de uno que no es biblista suena a algo menor.

Sin embargo, insisto en que la imagen del Padre Agricultor es una imagen potente si uno mira su accionar. El Señor que en otros pasajes nos ha revelado que su Padre trabaja, que siempre está trabajando, no se anda con vueltas a la hora de compararlo con un simple campesino para que la parábola vaya directamente a revelar “cuál es su trabajo específico”.

En qué trabaja el Padre? Solo “creando”, como solemos pensar? Aquí nos hace ver que también trabaja “podando”. Lo decimos de nuevo: el Padre, que es el Terrateniente, el que plantó la viña y el que la alquila (y le va mal con unos que no le quieren pagar los frutos), el que contrata e invita a todos a trabajar en ella, es aquí el Podador. Es el que con su poda, ordena la planta para que de mas fruto y lo dé de modo armónico.

Se trata de una tarea muy precisa y que se hace a mano. Hace unos días me decía un amigo que tiene unas hectáreas de viña en Bríndisi, que las máquinas cosechadoras son hoy en día increíbles. Sin dañarlos logran cosechar todos los racimos de manera rápida y eficaz. Pero la poda, hay que hacerla a mano. Hay que saber elegir dónde están las yemas mejores, las más cercanas al tronco de la cepa, para que reciban la savia con más fuerza; hay que cuidar los sarmientos que se van para arriba o que se mezclan con los de la parra vecina y ordenar cada una de las dos ramas que se dejan para que carguen igual cantidad de racimos. Estas y muchas otras cosas más son las que realiza el viñador.

Es decir, aquí, el Señor nos regala una imagen poco desarrollada de un Padre trabajador, que con sus manos expertas y sus tijeras va podando… aspectos de su mismo Hijo y de los que estamos adheridos a Él. El trabajo es cuidar la unidad de su Hijo con los hombres. Von Balthasar dice que esta unidad es el acontecimiento central del mundo y de la historia. Si estamos adheridos a Cristo, si “permanecemos en Él, por la fe y por nuestras obras de misericordia concretas que nos tienen unidos a los más pobres, colaboramos a la historia de la salvación. Si no, desparramamos, como dice Jesús en otra parte.

El Padre mismo se ocupa de cuidarnos en esta misión, de hacer que la Vida que proviene de su Hijo, brote con fuerza y crezca ordenada en la vid de modo que los otros puedan cosechar los frutos.

Esto es como decir que el Padre mismo se ocupa de que al salir a la misión a la que nos manda Jesús, nuestra relación con Él sea solida, limpia, bien ordenada.

Esto nos da un punto concreto donde focalizar la mirada cuando rezamos el Padre nuestro. Un punto que no es en lo indefinido del Cielo, a donde solemos apuntar cuando rezamos y que hace que nos quedemos en babia como los discípulos cuando se quedaron mirando al Cielo después que la nube tapó al Señor en la Ascensión. Nada de eso, a nuestro Padre agricultor hay que verlo con las manos en la maraña de hojas y ramas entremezcladas de nuestra vida, podando y limpiando, en orden a la misión. Misión que consiste en dar frutos pero no de cualquier manera o como si uno llevara productos a supermercados extranjeros. El Padre cuida que demos frutos unidos a Jesús.

Una imagen panorámica de la tierra lo primero que nos dice es que la viña está “desordenada”. Que hay lugares donde hay exceso de racimos (y una maraña de ramas secas que tuvieron vida en un tiempo y que hoy son esas basílicas-museos que abundan en Europa, por ejemplo) y en otros la vid no se ha extendido lo suficiente.

Cuando el Papa nos habla de una Iglesia en salida, está hablando de una Iglesia que se deja guiar, ordenar y podar por las Manos del Padre, que la orienta a dar fruto en toda la tierra de manera bien distribuida y cosechable. Es la Iglesia misionera en todos sus miembros y no solo en algunos.

Lo que quiero decir es que no se trata de una simple alegoría sino de una parábola dramática. Sólo que no se trata aquí de una imagen tomada de la vida cotidiana para ilustrar las cosas del cielo, sino de una rápida subida al cielo, conectando la imagen del Viñador con el Padre, para bajar ahí nomás a las cosas de la tierra – a la poda – y mostrarnos en qué consisten esas “cosas del Padre” en las que Jesús trabaja codo a codo con Él.

Jesús nos unió consigo para siempre. Unió su destino al nuestro, al pasar por la pasión y la muerte en Cruz; se quedó con la marca de las llagas como signo de que su unión con nosotros es bien carnal, sin alegoría alguna. Nos alimenta con su mismo Cuerpo y Sangre y nos restaura con el sacramento de la reconciliación cada vez que nos apartamos de él. Nos dio su Espíritu que nos hace “alegrarnos y exultar de gozo” en esta unión con Jesús resucitado. Pero el Padre se reserva para trabajar con sus propias manos el que toda esta gracia “se ordene” para bien de todos sus hijos.

En concreto, esto se discierne ahí donde hay que meter tijera, en la poda, en el corazón de los conflictos, donde hay que podar sin asco (no arrancar cizaña de un trigal sino podar una rama seca en una vid) y elegir el mejor lugar para que crezca el racimo y de buen fruto. Ahí, en las decisiones que hacen a la “circulación” de la vida de la Iglesia de modo que alcance a todos, especialmente a los más alejados y necesitados, ahí está el Padre, el Antiburócrata!, el que le corta la carrera a todos los trepadores, que usan sus “zarcillos” para trepar ellos solos y no para adherirse a la Vid de modo que se extienda.

Y el discernimiento es entre un modo de obrar “paternal” y un modo de obrar “no paternal”. Hay un solo modo de ser padre y mil modos de no serlo. Y esto no se puede explicar con palabras. Todo hijo “sabe” (aunque a veces patalee y tarde en darse cuenta) lo que es una  decisión amorosa por parte de su padre. Las actitudes no paternales para podar conflictos las conocemos. Van desde las excusas técnicas de los que hacen recortes en los sueldos y subas de tarifas hasta aquellos para los que despenalización significa desresponsabilización, porque solo conciben la actitud legislativa de un Padre bajo la forma de “si no te castigo, hacé lo que quieras y arreglate”.

La paternidad – que es también maternidad – es el criterio de discernimiento para saber “de qué lado está Dios”. En el Concilio un obispo africano decía que para ellos no era importante “definir” a Dios sino saber “de qué lado está”. Pues bien, en las podas de la historia, el Padre está del lado de lo que une vitalmente a sus hijos con su Hijo. Si poda algo es porque está seco, no poda nada vivo porque le moleste: su Gloria es que el hombre viva. Todos los hombres, todo el hombre, sin mirar su condición, situación o grado de desarrollo.

Si nos conmueve mirar a Jesús apasionado (envuelto por los golpes de la pasión), más puede conmovernos imaginar a nuestro Padre con la rodilla en tierra, metido entre sus cepas, podando sarmientos y eligiendo racimos.

Pedimos al Santo Espíritu que nos haga sentir en nuestras manos, cuando nos arremangamos y las metemos en la masa y nos embarramos, las manos paternales de nuestro Padre, que trabaja en la tierra como en el cielo. Trabaja para que venga su reino y nos poda para que el reino llegue a todos y no lo enterremos en nuestros territorios privados y en nuestros salones de invierno, esta es su voluntad. Trabaja para que tengamos pan y nos poda  no tanto los pecados (esos los perdona) sino nuestras “tendencias”, especialmente las que impiden que el fruto llegue a los otros y no tanto los que nos molestan a nuestro perfeccionismo vanidoso. Trabaja para que no caigamos en la tentación, no solo de la carne sino en la tentación del espíritu Maligno, que nos divide entre nosotros y quiere dividirnos (por algo es “diablo”) del Amor de Jesús.

El Señor nos dice que si dejamos que el Padre meta mano así en nuestras fibras más hondas, si nos dejamos “expropiar” para “pertenecerle a Él” podemos pedir lo que queramos que nos los concederá. No es poca cosa esta promesa para un corazón misionero que siente cuánto hay que pedir para los demás!

Diego Fares sj.

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Por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.

Apenas surgió del agua, vio rasgarse los cielos

y al Espíritu descendiendo hacia Él en forma de paloma.

Y una voz vino de los cielos:

‘Tu eres mi Hijo amado, en ti me complazco“.

Y ahí nomás el Espíritu lo sacó al desierto.

Y estuvo en el desierto cuarenta días siendo tentado por Satanás;

y estaba entre los animales, y los ángeles lo servían.

Después que Juan fue entregado, vino Jesús a Galilea

predicando el Evangelio de Dios, y decía:

“Se ha cumplido el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios.

Conviértanse y crean en el Evangelio”  (Mc 1, 12-15).

 

Contemplación

Al elegir la palabra que el Padre le dirige a su Hijo recién bautizado – “En Ti me complazco”- me vino la imagen de San José.

Encontré muchas estampitas de San José con el Niño, aunque ninguna lo expresa tal cual cómo me lo imagino, tantas veces complacido en Jesús: sonriente, contemplando a su hijo recién nacido; embobado, viendo jugar a su hijo niño; orgulloso, viendo a su hijo ayudarlo en medio del trabajo, hecho todo un joven. Cuánto debió complacerse San José durante su vida viendo crecer a Jesús en estatura, en sabiduría y en gracia, delante de Dios y de la gente!

Es linda esta imagen en que José mira al Niño que trabaja concentrado, con sus manitos tiernas que se irán haciendo ásperas en contacto con la madera, pasando la escofina.

Y pensaba que es actitud de padre esta de complacerse en los hijos. En cada hijo, cada uno con sus cosas. Con su habilidad particular y con su límite.

Cada hijo es distinto y los padres saben encontrar de qué complacerse en cada uno.

Se trata de una complacencia realista: que sabe ver algo -lo mejor- de cada hijo. Cosas que los mismos hijos a veces no vemos, quizás porque nos comparamos con otro hermano, pero que vamos descubriendo con el tiempo… La mirada incondicional de nuestros padre no es la única mirada desde la que uno se mira en la vida, pero es la del más amor auténtico. No porque no tenga fallas sino porque el amor de nuestros padres es capaz de ir superando sus propios límites, prejuicios y expectativas. Es verdad que los padres se proyectan en sus hijos y que a  veces se complacen de más en alguna virtud más llamativa o se lamentan demasiado al ver algo distinto, algo que no comprenden. Pero con todos los límites, la búsqueda siempre renovada de complacerse en lo más auténtico de los hijos, en lo que los hace ser, crecer y luchar por seguir su propio camino, es lo propio de los padres. Se expresa a veces en forma positiva, de aliento y de alabanza. Pero también en forma negativa, de disgusto y hasta de reproche amargo.

Es que también ellos, los padres, se tienen que ir “haciendo padres” en este diálogo.

Hacerse padre es ser capaz de ir modificando la propia complacencia, para que no sea “autocomplacencia” sino un verdadero “alegrarse en el otro”.

Es una lucha esto de complacerse en el otro, una lucha entre los propios sueños y la realidad de los hijos. Un padre, en el secreto de su corazón, nunca renuncia a sus sueños sobre sus hijos. Y tampoco renuncia nunca a aceptar a sus hijos tal como son.

…….

Estas cosas salieron pensando en San José. Porque cuando uno lee que el Padre “se complace en su Hijo amado”, piensa en una complacencia perfecta con el Hijo perfecto. Y cuando miramos a Jesús en su relación con el Padre, también es perfecta la imagen: la del Hijo que hace todo lo que le agrada al Padre, que cumple su voluntad y no la propia.

Pero mirando la paternidad de José salen otras cosas. Menos perfectas, diría, aunque no menos llenas de gozo.

Digo esto porque el ejercicio de la cuaresma puede ir por el lado fundamental de aprender a “complacernos en Jesús”. Y como la complacencia del Padre de los Cielos puede resultar demasiado perfecta, mirar atentamente la complacencia de San José puede resultarnos algo más cercano y posible de practicar.

Pensaba que nos puede hacer bien la complacencia de San José en cuanto padre adoptivo que complementa la complacencia de María, Madre de Dios. En el sentido de no ser “posesivos” con Jesús, como si sólo fuera hijo único de la madre Iglesia jerárquica romana. Los evangelios dan testimonio de cómo nuestra Señora tuvo que recorrer un exigente camino de discipulado en el que San José le habrá ayudado a moderar sus ansiedades maternas aceptando que su Hijo tenía que estar en las cosas del Padre, que son las de todos los pueblos.

El amor de José por Jesús, como rezamos en el “mes de San José”, es un amor en el que, de entrada, se da la lucha entre lo que le quiere dar a su hijo y lo que la realidad le permite. San José se tendrá que complacer en su hijito nacido en un pesebre.

Pero antes de esto, su paternidad ya comenzó con un despojo total: el de aprender a alegrarse (lo aprendió de la alegría de María) con un hijo que no era suyo.

San José nos enseña a complacernos en Jesús como se complace un padre adoptivo. Y esto ya es el Molde para aprender cómo debemos complacernos los hombres en Jesús. Él es el Hijo del hombre, es uno de nosotros, parte de la humanidad. Pero no es nuestro. Lo tenemos que adoptar. No viene de la carne ni de la sangre, ni de ninguna cultura.

Toda cultura debe adoptar a Jesús! Lo cual significa que no es más nuestro que de los otros. No es más de los cristianos que de los judíos, ni más de Europa que de Latinoamérica ni de lo que será el Jesús de los chinos.

Ir aprendiendo a complacernos como sabe complacerse un padre adoptivo, que es más padre que nadie porque no se complace en verse a sí mismo en su hijo sino que se complace en que ese hijo sea él mismo y se enorgullece de poder darle un padre.

Hay una igualdad en la adopción -porque el hijo adoptivo también tiene que adoptar a sus padres- que es puerta abierta al misterio del amor de Dios.

San José nos enseña a complacernos en Jesús como se complace un padre pobre en su hijo. El segundo despojo de San José fue, como decíamos, el del pesebre. No le pudo dar lo mejor que tenía a su hijito.

Los padres se complacen en comprar la cuna, la ropita, los juguetes… Y me viene la imagen de toda la liturgia que la Iglesia, como buena madre, ha ido “comprando” para alabar a Jesús. Es algo muy bueno y muy de familia. Pero hoy más que nunca se nota que el apego a estas cosas tiene mucho de autocomplacencia. Aquí en Europa las Iglesias de paredes pintadas, como yo les llamo, se parecen a esos cuartos de los niños que quedan igual a como estaban una vez que los hijos ya se fueron.

San José nos enseña a complacernos con un Jesús en pañalitos, un Jesús cuya riqueza son los brazos de sus padres, sus besos y caricias… Por supuesto que enseguida nomás comenzaron a caer los pastorcitos trayendo sus regalos y luego los reyes. Cada cultura adorna a Jesús con sus cosas y sus costumbres. Pero tenemos que aprender a complacernos en Jesús puro Jesús. Con todas sus cosas y también despojado de todas ellas.

San José es maestro en conjugar la pena de la circuncisión con la alegría del Nombre de Jesús, las incomodidades y peligros del destierro con la felicidad de la casita propia en Nazaret, la aflicción profunda de perder a su hijo con la consolación suavísima al encontrarlo en el Templo…

Nuestro pueblo fiel, en su religiosidad popular, sabe mucho de esto. Se complace en vestir y adornar al Señor, a su Madre y a los santos, con sus flores, sus exvotos, sus vestidos y coronas …, con todo lo mejor que tiene. Si uno se fija bien, la gente adorna más las imágenes que el templo. Al menos en nuestros barrios del gran Buenos Aires, los templos se quedan más bien humildes, pero las imágenes salen a la procesión vestida la Virgen como una reina y llenas de flores las andas del Señor. Siempre recuerdo cuando nos robaron la Cruz del Señor de los Milagros de Mailín unos días antes de la Fiesta: aunque pusimos otra y la fiesta se hizo, la orfandad se sintió muy fuerte.

En la mística popular le complacencia puesta en las imágenes gloriosas del Señor, de la Virgen y los santos, ricamente adornados en medio de un contexto de sobriedad y más bien de pobreza en lo demás es, como decía, una puerta abierta -la puerta estrecha- a esta espiritualidad de “complacerse en Jesús gloriosamente pobre y humilde”.

Nos quedamos con estas dos imágenes: la de San José que se complace en Jesús como un padre adoptivo se complace en su hijo y la de San José que se complace en Jesús puro Jesús, como se complace un padre pobre en su hijo, sin adornos o con todos los adornos, ya que siempre se centra en su persona misma.

Pedimos al Espíritu la gracia de la cuaresma, que es gracia bautismal: gracia de “bautizarnos” y sumergirnos en la complacencia en Jesús”.

Complacencia perfecta, como la del Padre.

Complacencia perfecta-imperfecta como la de San José.

Al ejercitarnos en complacernos en Jesús, nuestro hijo adoptivo, nuestro hijo despojado y adornado, podemos sentir y gustar cómo es que se complace el Padre en nosotros.

También nosotros no somos más que hijos adoptivos. También nosotros somos hijos pobres de toda pobreza a los que nuestro Padre no nos puede dar todo lo que quisiera por las circunstancias duras de la vida. Nuestro Padre se complace en nosotros así como estamos y somos, más allá de lo que nos puede dar!

Complacernos en Jesús será nuestro Ejercicio de cuaresma.

Le sumo algunas complacencias evangélicas para adornar el sentimiento.

Complacernos quiere decir que nos caiga bien todo lo que Jesús hace, siguiendo lo que aconseja nuestra Señora en Caná. Porque para poder hacer todo lo que nos diga, primero nos tiene que caer bien Él, y así luego, nos caerá bien lo que nos manda hacer. Pablo dice que al Padre le agradó hacer habitar en Jesús toda plenitud y que fuera Él el que reconciliara a todas las cosas en sí, pacificándolas con la sangre de su Cruz (Col 1, 19-20).

Complacernos es sentirnos orgullosos de Jesús -y de sus amigos y de su iglesia y de su pueblo-: aprobar lo que son y lo que dicen y hacen y cómo lo hacen. Pablo dice que a Dios le ha agradado salvarnos por la locura de la predicación (1 Cor 1, 21).

Complacernos es sentirnos contentos con Jesús y que nos agrade todo Él y todo lo suyo: sus sacramentos, su evangelio, sus parábolas, sus mandatos y consejos, su estilo, sus opciones por los pobres, su gusto por estar con los pequeños… Lucas le dice a los pequeños, al pequeño rebaño del pueblo fiel de Dios: “no teman, porque el Padre se ha complacido en darles el Reino a ustedes” (Lc 12, 32).

Complacernos en Jesús es complacernos en lo que le complace a Él, y esto es: que conozcamos al Padre! Un Padre a quien no le agradan los sacrificios sino la misericordia (Hb 10, 6), que se complace en sus pequeñitos, a quien no le gusta que ninguno se pierda, que viste a los lirios del campo y le da de comer a los pajaritos (ninguna cae sin que Él “esté”), que está siempre esperando a los pródigos y haciendo fiestas a las que quiere que todos vayamos y se enorgullece cuando colaboramos en la cosecha de su viña.

Cómo no complacernos en gente como ellos!

Diego Fares sj

 

 

 

 

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(Jesús y los primeros discípulos) Entraron en Cafarnaúm y el sábado enseñaba en la sinagoga. La gente estaba asombrada de su doctrina, porque Jesús les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas-letrados.

Había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu inmundo que -de pronto- se puso a gritar diciendo: «¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús Nazareno? ¿Viniste a perdernos? Te conozco, sé quién eres: el Santo de Dios.»

Jesús lo conminó, diciendo:

«Cállate y sal de él.»

Sacudiéndolo violentamente y gritando con un gran alarido, el espíritu inmundo salió del hombre.

Quedaron todos pasmados. De tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva… y con qué autoridad…! Impera a los espíritus impuros y lo escuchan y obedecen»

Y se extendió rápidamente su renombre por todas partes, en toda la región de Galilea (Mc 1, 21-28).

Contemplación

Cállate! Es la tercera palabra de Jesús en el evangelio de Marcos.

La primera fue: Crean! Fue una palabra de Jesús para todo el pueblo fiel de Dios, para toda la gente de buena voluntad: Conviértanse y crean!

La segunda fue: Síganme. Se la dijo a los discípulos, a sus primeros amigos, a los que querían estar con Él, quedarse en su compañía: Síganme y yo haré que se conviertan en pescadores de hombres.

La tercera, se la dice al mal espíritu: Cállate! Cállate y sal de ese pobre hombre.

Los imperativos de Jesús…

Me viene al corazón aquí el “Tomen y coman! Hagan esto en memoria mía”. Ese el imperativo más cariñoso de nuestro Señor, que nos alimenta cada día con la Eucaristía.

El origen de todo está en un único imperativo del Padre: Escúchenlo! Es mi Hijo amado, escuchen a mi Hijo predilecto. Él les enseñará todo lo que hay que saber.

Este mandamiento del Padre se concreta maternalmente con el de María: Hagan todo lo que Él les diga.

En el abrazo de estas dos recomendaciones se inscriben todos los imperativos de Jesús. Hace bien sentir que cuando el Señor nos dice “Hagan la Eucaristía en memoria mía”, podemos sentir que el Padre corrobora y asiente, diciendo “Escúchenlo”, y que la Virgen nuestra Madre lo ratifica con tono materno, como una madre que dice ese simple “comé”, de tal manera que uno come con gusto.

Además de los imperativos positivos -podemos agregar “perdonen”, “no juzguen”, “den”…-, están las sugerencias del Señor. Toman la forma de las bienaventuranzas: dichoso el que cree sin ver, dichosos los que trabajan por la paz, dichosos los perseguidos por practicar la justicia… Es una manera exhortativa de decir “hagan esto”. No impulsando, como cuando se manda, sino atrayendo, como cuando uno muestra lo lindo de una acción y da el ejemplo.

Cállate! Es un mandato sin apelaciones. Cállate y sal de ese hombre es una orden en dos pasos. Primero manda al demonio que no hable, y luego, que salga del hombre. Indica que el coludo, diría Brochero, entró por etapas: primero se nos metió y una vez adentro -quizás no enseguida- se puso a hablar. El Señor le hace contra siguiendo el camino inverso: primero lo acalla y luego lo expulsa.

Aquí puede ayudar algo que dice San Pedro Fabro: “Yo por lo que a mí toca, ya que soy tan inclinado al mal y estoy cercado de tantas cosas que me pueden manchar de parte de la carne, del mundo y de todos los malos espíritus, me gozo de que mi naturaleza no sea tan simple. Porque si simple fuera, demasiado deprisa sucedería ser mi ánima toda penetrada de algún mal espíritu, y consiguientemente quedar toda infecta. Mas ahora, aunque penetre algún mal espíritu, por ejemplo, en mi carne, o en mi entendimiento, o en el apetito y lo demás, no por eso inmediatamente soy todo malo; porque podría no querer tales males y con mi voluntad resistiendo contradecirlos”.

Es decir, a cada uno le entra el mal espíritu por algún lado, el que tiene más débil, y después que se asienta, comienza a opinar mentalmente y, lo que es peor, por chat.

Las partes más vulnerables del hombre, por las que entra el mal espíritu con su “lógica de la serpiente”, son tres : el bolsillo, el espejo y el pedestal, o como dicen los doctos: la codicia de riquezas y placeres, la vanidad y la soberbia.

El asunto es que la pedagogía del Señor comienza por hacerlo callar: que no twittee y que no hable solo, primero, y luego lo echa. Aquí es donde viene lo de Fabro, porque el mal espíritu, cuando lo echan de un lado suele suceder que se va a otro, como pasó con esos que eran una legión y cuando el Señor los echó del geraseno se metieron en los chanchos suicidas, y parece que de alguna manera -más educada- volvieron, porque toda la gente se puso de acuerdo en pedirle cortésmente a Jesús que se fuera de su territorio, lo que equivale a decir que lo mandaron callar y que no predicase allí. En nosotros, por ahí se nos va del bolsillo al pedestal y, si bien tratamos de ser más generosos con los pobres por ahí nos ponemos soberbios y agresivos al atacar a los demás. Y cuando lo dominamos en estos dos sectores resulta que se nos mete en el espejo y comenzamos a creernos mejores que los otros. Menos mal, dice Fabro, que somos seres complejos. Eso nos salva de quedar a merced del acusador en todos los sectores y, aunque en alguno nos converse y nos seduzca, en otros lo podemos tener atado.

Si bien en esta vida no podemos evitar que el Mentiroso esparza sus chismes venenosos, dentro y fuera de nuestra alma, sí podemos cambiar nuestra frecuencia de radio cada vez que empieza a hablar y ponernos en la frecuencia del Espíritu. Si no podemos expulsarlo totalmente de nuestra ira y se nos sube la mostaza al escuchar algo que enciende nuestra indignación, sí podemos dejar que el Espíritu haga presión hacia abajo y no deje que la ira se nos suba a la cabeza, inundando la paz de nuestra mente e impidiéndonos pensar con claridad.

De la misma manera, si un pensamiento que vemos “totalmente justo” se apoderó de nuestra mente y no podemos sacarnos de la cabeza que la injusticia que nos hicieron, podemos dejar que el Espíritu no permita que la ira baje a la boca y a las manos: podemos dejar que Jesús diga “callate” y que detenga las ganas de golpear y lastimar. Así damos tiempo a que los pensamientos se aclaren y se amplíen los argumentos, cosa que ayuda a no obrar mal.

El Espíritu siempre nos inspira “lo que tenemos que decir”. Y así como inspira a una madre que en un momento le pega un grito a su hijo con enojo para que perciba claramente que algo está muy mal, luego la inspira para que, si ve que el pequeño se sintió herido, lo consuele y le explique serenamente las cosas, mientras lo abraza y lo contiene. En los dos modos de actuar ayuda y asiste el Espíritu para bien de los suyos.

Una gracia concreta para hacer callar al mal espíritu es tener a mano esta petición: Señor, te pido por esta persona. Dale la gracia que más necesita en este momento.

Esta petición me la enseño un amigo. Él no se dio cuenta de que me la enseñaba porque simplemente estaba compartiendo cómo es que reza por el Papa: “Yo digo: dale Señor la gracia que necesita en este momento. Vaya a saber qué estará haciendo este hombre, qué tendrá que resolver en este instante! Yo rezo así y eso me alegra y me trae paz”.

Me quedó en el corazón esta petición, tan sencilla y tan real. Sentí que había en ella una gracia muy honda, de esas que el Espíritu revela a los sencillos de corazón. La puse en práctica y me resolvió algo que no tenía discernido. Cuando me venían deseos de rezar por alguien decía: “Señor, te pido por fulano”. A veces se detenía ahí la petición. Otras veces agregaba algo concreto: Curalo, si estaba enfermo; ayudalo a ver, si estaba confundido; consolalo, si estaba desanimado… Pero era como que el deseo quedaba medio indefinido, que es lo peor que le podemos hacer a un deseo, ya que el bien es concreto o no es. Al decir “dale la gracia que más necesita en este momento”, comencé a sentir que el deseo se concretaba de una manera misteriosa. Por un lado, me hacía sentir lo que esa persona estaba sintiendo en ese momento. En algunos casos, de gente muy amiga y de situaciones concretas, puedo sintonizar perfectamente con lo que están sintiendo. En otros casos, no tengo idea de lo que sienten, pero me alegra sentir que el Espíritu sí sabe y que me permite sumarme a su acción, ponerme a su lado con mi oración mientras le da a esa persona la gracia que necesita.

Esta oración tan simple me hace poner los pies en la realidad del momento, me lleva a sentir que puedo rezar por el otro de manera muy eficaz y también que lo mío es muy pequeño. Esa misma insignificancia despierta las ganas de rezar a cada rato “por la gracia que está necesitando cada persona en el momento en que rezo”. Puedo rezar por los desconocidos: por la gracia que necesita el que ahora está muriendo, solo o en alguna casa de la bondad; puedo rezar por el niño que está naciendo y saber que todo lo que necesita se lo está dando el Espíritu por los brazos de su mamá que lo acoge; puedo rezar por el que está decidiendo ahora su vocación, como me decía una abuela a la que apenas había conocido como vecina cuando era niño y que, ya ordenado, me contó que ella, no sabía por qué, siempre había rezado por mí.

Cuando uno se embarca en esta conversación con el Señor, el Espíritu gana en amplitud de onda y en interés, y la posibilidad de participar en un “chat” tan inmediato con Él, hace que pierda interés lanzar opiniones al aire y masticar pensamientos inútiles. Lo cual es como decirle al mal espíritu sin palabras, simplemente cambiando de tema: Cállate!

Diego Fares sj

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            Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver.”

Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?” Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.”

Luego dirá a los de su izquierda: “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron.” Estos, a su vez, le preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?”

Y él les responderá: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo.” Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna» (Mt 25, 35-46).

Contemplación

“Vengan benditos de mi Padre”.

La palabra “benditos” la usa el evangelio para nombrar a nuestra Señora y a Jesús: Bendita tú entre las mujeres –le dice Isabel- y bendito el fruto de tu vientre, Jesús. También la usará el pueblo fiel en la entrada de Jesús a Jerusalén, cuando le cantaban Bendito el que viene y trae el Reino. Es una palabra hermosa y Jesús la elige como su palabra última, esa que nuestros oídos anhelan tanto escuchar: Vengan benditos de mi Padre, porque tuve hambre… y la une a nuestra pertenencia al Padre y a nuestro servicio a los pobres.

Jesús, Rey y Pastor, lo resume todo haciendo suyas estas dos  simples palabras: aléjense o vengan.

El Señor bendice todos nuestros “vengan” dichos con amor a los que tienen hambre y sed, a todos los que necesitan ropa, hogar y patria. Un vengan que se convierte en “voy yo” a visitarte cuando no puedes venir tú porque estás enfermo o en la cárcel.

El Señor maldice los “aléjense” dichos con bronca o con desprecio o de manera formal a todos los que piden una limosna, tienen hambre y sed, necesitan ropa, casa y pertenencia política porque son extranjeros, refugiados, requirentes de asilo humanitario. Un aléjense que se convierte en “me alejo yo” o “paso de largo”, cuando te veo de lejos que estás pidiendo, o ni siquiera pienso en que estás en algún lugar internado o preso en algún campo de refugiados, junto a otros cientos y miles como vos.

Cuando nuestro Rey Pastor nos examine no mirará las palabras escritas en nuestros certificados y diplomas; tampoco prestará atención a los telegramas de despido y a las carta-documentos, a las multas o la lista de pecados que escribimos para la confesión (al menos la primera vez, cuando éramos chicos).

El Señor mirará sólo estas dos palabras –vengan o aléjense- que son palabras que no se escriben en papeles, sino que quedan escritas en las manos, en los pies y en la retina de los ojos.

Mirará el cuenta-pasos donde quedaron registrados los que dimos para acercarnos a los que nos necesitaban y también los que no dimos o que nos llevaron a dar un rodeo para alejarnos.

El Señor mirará bien dentro de los ojos la cantidad de rostros que se nos quedaron grabados en la retina porque nos acercamos bien para ver.

Mirará cuántos “vengan” dije, cuántos “voy yo”.

Y mi ángel los pondrá en un platillo de la balanza.

Mirará cuántos “váyanse” dije, cuántos “que vaya otro” o “yo no puedo” o “yo no voy”…

Todo será juzgado en clave de cercanía, en clave de prójimo.

Ese es el único lenguaje que Jesús escucha. Lo demás, como que son puras palabras…

El Señor era todo “voy yo” y “vengan a mí”: Vengan a mí, los que están cansados y agobiados por la vida, que yo los aliviaré.

Todas sus parábolas son acerca de gente que va al encuentro, que sale a buscar: el padre que va corriendo a abrazar al hijo que viene, el pastor que sale a buscar la ovejita perdida. Los hombres con que el Señor compara al Padre son gente que invita, que dice: vengan, que el banquete está preparado; vengan a trabajar en mi viña, vengan con lo que ganaron con el talento, que les daré mucho más.

Vengan! Contra las formas de exclusión y de descarte, contra todas las maneras violentas, elegantes o burocráticas de decir “aléjense”, también hoy hay alguien que dice “vengan” a todos los pobres del mundo. Tomando las palabras de Pablo VI afirma decididamente: los pobres pertenecen a la Iglesia por derecho evangélico y esto nos obliga a una opción preferencial por ellos.

…………

Me quedo con esto, con pedir la gracia de ser gente abre los brazos para recibir y que va al encuentro, gente que sale a buscar. Gente que se une a la búsqueda, como todos los países que se nos han unido y están buscando nuestro submarino San Juan, que desapareció hace ya diez días en el océano atlántico, al sur. Han venido y vienen barcos y aviones de naciones amigas y también de otras que no lo son tanto.

Dicen que entre la gente de mar hay una solidaridad especial. Yo diría que las situaciones límites, como ver a alguien que se está ahogando, activan lo esencial. Y aquí se me activa a mí que como sociedad nuestros protocolos de búsqueda se activan tarde y mal. O se activan como a todos, pero hay algo que los frena y retarda y es que nos miramos primero a nosotros mismos y a nuestro enemigo antes de mirar al que se ahoga.

Me impactó un comunicado que decía: “se ha cumplido a la letra con el protocolo” que dice que hay que esperar 36 horas para empezar a buscar. En el mismo comunicado se decía: “si se han cometido errores, se pedirán disculpas”. No es así! Estas dos frases tienen que ir más juntas: “hemos cometido errores, tendríamos que haber salido a buscar antes, por las dudas…”. Y entonces los familiares hubieran dicho: “Está bien. Comprendemos que hay que seguir un protocolo. Nuestros familiares que están en el submarino eran los primeros en decir esto…”.

Pero para tener estas actitudes hacen falta dos condiciones.

Una, básica, es tomar conciencia de que todos estamos en medio del océano, del universo y de la historia, y que esta pequeñez y vulnerabilidad nos tienen que unir tan sólidamente como une a los marinos el mar.

La segunda condición, para que no anestesiemos el instinto de salir a buscar al que se puede estar ahogando, es una medida de paz básica, de fondo, que pacifique y relativice todas las demás luchas y divergencias que ponen freno a nuestro instinto básico de solidaridad humana.

El instinto paterno del que nos creó –de nuestro Padre celestial- tiene escrito en sus entrañas “no quiero que se pierda nadie, ninguno de estos pequeñitos”. Ese instinto se traduce en un “salir corriendo a buscar”, en un “dejar todo para ir a buscar al que se perdió”.

La anti-imagen –triste, patética, condenable- es la de un corazón social en el que con letras de molde se acepta la palabra “desaparecidos” en alguna de las mil formas que tiene de justificarlas nuestra sociedad: Desaparecido-por-culpa-suya, desaparecido-porque-se lo merece, desaparecido-por-error-técnico, desaparecido-no-se-sabe-por-culpa-de quien, desaparecido-por-un-tiempo-hasta-que-sale-a-flote, desaparecido-para-siempre-por-estar-a-gran-profundidad…

Para conectarnos con las entrañas de nuestro Padre, donde esta palabra no tiene lugar nunca y de ninguna manera, me hizo bien recordar nuestro primer librito –Pequeños gestos- donde escribí la historia de

Cecilia y su papá

Hace un tiempo, en nuestra Iglesia, una vez terminada la catequesis, en medio del revuelo de chicos que salen y de padres que los buscan, nos dimos cuenta de que no estaba Cecilia. Cecilia es la hermanita de una de las chicas de Perseverancia. Tiene cuatro añitos y es, demás está decirlo, un encanto. Había venido como siempre con su hermana mayor a buscar a la del medio y parece que cuando la grande entró, Cecilia se quedó en la puerta con otras amiguitas. Al salir las dos hermanas, Cecilia ya no estaba. Como a veces se esconde -la muy pícara-  para jugar, comenzamos a buscarla por todos lados: en  la Iglesia, en las aulas, en los baños… Nada. Tres mamás salieron inmediatamente a buscarla, cada una en una dirección (para qué lado agarrar en la ciudad!) y yo, desorientado y afligido ante el peligro de que alguien se la hubiera llevado (nuestra Iglesia está en el centro de la Capital y pasa todo tipo de gente),  no atiné sino a llamar a su padre (la mamá estaba enferma). Les digo que no había acabado de colgar el teléfono que el papá ya estaba llegando… Hizo las cuatro cuadras que hay desde su casa a la Iglesia en tres minutos! Estaba como loco. Hacía preguntas,  entraba y salía de la Iglesia, miraba hacia un lado y hacia otro de la calle, volvía a entrar… (después pensé que era como un animal que ventea a su cachorro)… Aunque iba y venía y preguntaba cosas estaba ensimismado (como si tuviera que encontrarla primero adentro suyo para después salir a buscarla afuera). Hasta que, de repente, se quedó quieto y dijo: “Ella no cruza la calle sola. Debe estar por aquí nomás”. Y sin mirarnos salió corriendo hacia mano izquierda, ya sin dudar. Yo me le fui atrás, atento a lo que hacía. Al llegar a la esquina dobló a la izquierda y siguió decidido hasta llegar a la Avenida, que es ancha. Casi se larga a cruzar en medio del flujo del tránsito, mientras yo, a pocos pasos, miraba hacia todos lados. De golpe se da vuelta y veo que me mira, pero no me mira a mí sino que mira más atrás (yo estaba al lado y no la veía!). “¡Cecilia!” – dice. En medio de la multitud que pasaba entre el bar y un quiosco de revistas, sentada en el banquito del quiosquero que le había comprado una gaseosa, estaba Cecilia con cara de asustada, como un gorrióncito,  acurrucadita contra la pared. Recién cuando su papá la alzó en brazos y comenzó a besarla, la pequeña se animó a dejar la gaseosa a la que estaba prendida y se largó a llorar desconsolada. Se había ido siguiendo a los otros chicos y de golpe se quedó sola, perdida en la gran ciudad a cuadra y media de la Iglesia, sin poder explicar nada, llamando a su papá con el gemido de su corazoncito. Nadie me quita de la cabeza que el papá la buscó primero dentro suyo. Allí, en ese corazón de padre, Cecilia nunca estuvo perdida. Se perdió afuera, por un ratito. Y aunque a ella le haya parecido un mundo, estaba allí nomás, cerquita”. (A. Rossi –D. Fares, Pequeños gestos con gran amor, 2001).

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la grieta

Jesús dijo a sus discípulos:

Si tu hermano se equivoca y actúa mal contra ti (peca contra ti), ve y corrígelo, entre tú y él solos. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

Si no te escucha, toma contigo uno o dos más para que ‘el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos’;

y si no los quiere oír, díselo a la Iglesia (a la comunidad).

Y si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, consideralo como un pagano o publicano.

De verdad les digo,

todo lo que aten en la tierra queda atado en el cielo

y lo que desaten en la tierra será desatado en el cielo.

También les digo: Si dos de ustedes se ponen de acuerdo (synfonesosin)

sobre la tierra acerca de cualquier cosa que pidan,

les será otorgado que se les realice por mi Padre que está en el cielo.

Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre,

allí estoy Yo presente en medio de ellos (Mt 18, 15-20).

 

Contemplación

Hay que escuchar bien y comprender lo que está diciendo Jesús a sus discípulos en este pasaje del evangelio porque es increíble.

Y cómo hacemos –nos podemos preguntar- para “leer bien”?

Comparto algunas cosas que a mí me ayudan.

Lo primero que ayuda es poner en medio al Espíritu.

Ponerlo en medio quiere decir tener en cuenta su modo de estar, su estilo…

El Espíritu está y actúa en los detalles: es brisa suave, lucecita que se prende, pasito adelante…

Un detalle de lo nuevo que dice Jesús está en una frase aparentemente insignificante: “cualquier cosa”. Si la tomamos en serio no puede no sorprendernos que Jesús diga que gracias a Él el Padre nos concederá cualquier cosa que le pidamos. Por supuesto que el asunto tiene su contexto y sus condiciones: es algo que sucede sólo si nos reunimos en Nombre de Jesús y cuando nos ponemos de acuerdo con respecto a… “cualquier cosa en la que haya desacuerdo”. Jesús nos dice que el Padre hará que este deseo de común de concordar se convierta en realidad.

Todos sabemos que Jesús es el Mediador, el que permite que se restablezca la paz entre Dios y los hombres y el que suprimió el muro de división (o la grieta) que había entre el pueblo de Dios y los otros pueblos, haciendo de la humanidad “un solo pueblo”. Pero esto por ahí queda muy grande y con esta pequeña frase –cualquier cosa en la que haya desacuerdo- el Señor baja su mediación a todas las circunstancias de la vida en las que hay un conflicto personal, familiar o político. Se trata de “cualquier cosa” en la que dos o más personas sienten que el otro o los otros han “pecado contra uno”. La palabra pecado (amartía) significa “error” “falta”, “infracción a la ley”. Tiene el sentido de algo que obstaculiza la relación entre las personas porque se ha vulnerado algún acuerdo. Pues bien, el Espíritu de Jesús es el que realiza todo lo contrario: crea acuerdos a partir de cualquier cosa, por pequeña que sea.

El Espíritu está en la Verdad plena, no en verdades que favorecen bandos. Por eso, lo segundo es salir, por un momento, del ámbito de nuestro sentido común, que suele ser bastante parcial, si tenemos en cuenta que lo que nos parece obvio, no lo es para otros y viceversa. El evangelio es un texto que ha costado la sangre de Cristo y no se merece que lo leamos con la ligereza con que se habla en la calle y en los medios.

El sentido común afirma: “no es posible ponerse de acuerdo en todo” (y menos que nada en la política!). Sin embargo, el Señor anula esta especie de “maldición de la imposibilidad” y la transforma radicalmente. Gracias a Él nos podemos poner de acuerdo en todo y nuestro Padre hará que este consenso se vuelva realidad efectiva.

El tema en el que el Señor nos exhorta a ponernos de acuerdo para pedir gracia no es el tema acostumbrado de la salud, al que nos sumamos con cadenas de oración. El tema son los desacuerdos, las peleas, las malas interpretaciones y las tomas de posición que ocasionan conflictos. Si lo pensamos un poco, se trata de un ámbito en el cual lo que menos se nos ocurre es “ponernos de acuerdo para rezar”. Nos decimos cristianos, pero en las peleas excluimos el recurso al evangelio. Cómo vamos a rezar juntos los de tal partido con los de tal otro!

El Espíritu hace que el Nombre de Jesús sea algo real y eficaz y no un slogan o algo puramente “nominal”.

“Reunirse y ponerse de acuerdo en Nombre de Jesús” es algo que sólo puede realizar el Espíritu Santo. Nadie puede “nombrar” a Jesús si el Espíritu no se lo inspira. Se trata de un nombrar que se traduce en seguir los criterios de Jesús, que son los de evangelio. Estos criterios son siempre sorprendentes e inagotablemente nuevos. No debemos pensar que “ya sabemos cuáles son los criterios de Jesús”. En realidad, hemos incorporado solo muy pocos.

Veamos un ejemplo de un criterio inspirado por el Espíritu. El Papa en su visita a Colombia puso como lema y criterio para la paz: “Demos el primer paso”. Este es uno de esos “criterios evangélicos escondidos” que el Espíritu nos revela indirectamente, como si los inspirara en el espacio en blanco que da aire a los renglones de palabras evangélicas. No sé si está escrito en algún lado la frase “demos el primer paso”, pero sí sé que, si uno la usa como clave de lectura, hace que “irradien luz nueva” muchas parábolas del evangelio que tal vez se nos volvieron rutinarias.

El buen samaritano es uno que da el primer paso cuando sigue lo que le dicta su conmoción, al ver al herido, y se acerca; el padre misericordioso da el primer paso cuando sale corriendo a abrazar a su hijo que regresa maltrecho y también cuando sale a la puerta a hablar con el hijo que no quiere entrar en la fiesta; el sembrador da el primer paso cuando sale a sembrar, así como el Dueño de la viña, cada vez que sale de nuevo a contratar obreros para la cosecha.

Cuando uno da el primer paso hacia el encuentro, el perdón y el anuncio evangélico, el Padre lo bendice y el Espíritu Santo otorga a estos pasos eficacia y fecundidad.

Así pasa con todos los criterios evangélicos que se formulan distinto en cada época. No son criterios prefabricados sino palabra viva, consejos llenos de la fuerza y el poder transformador de la realidad que el Espíritu suscita en la mente de los que rezan y piden juntos, dos o más, en el corazón de los que quieren actuar en Nombre de Jesús y no en nombre propio o en nombre de cualquier formulación de moda.

El Espíritu hace notar que el tono de Jesús es distinto a todo. Un ejemplo de esto está en lo que el Papa les decía ayer a los Obispos del CELAM: “Dios, al hablar en Jesús al hombre, no lo hace con un vago reclamo, como a un forastero, ni con una convocación impersonal como lo haría un notario, ni con una declaración de preceptos a cumplir, como lo hace cualquier funcionario de lo sacro”. El Papa hace ver que Dios nos habla a través de la calidez y amistad con que nos habla Jesús. Cuando escuchamos a Jesús que se involucra totalmente con sus discípulos y les confía lo que ha planeado en su corazón: que sus amigos puedan acudir con esta total familiaridad al Padre en nombre suyo, con la sola condición de ponerse de acuerdo entre ellos”, sentimos que nuestros oídos no están acostumbrados a escuchar la palabra de Dios dicha con este tono que le da Jesús. Cuando se nos dice que podemos poner en práctica los criterios del Evangelio, puede ser que pensemos en una retahíla de “preceptos morales” que los curas nos repiten desde el púlpito y que escuchamos como quien tacha frases en un formulario, diciendo: esto no va, esto no se puede, esto no tiene mucho sentido… Que no nos pase esto.

El Espíritu hace leer todo en orden al bien común.

Lo que en realidad está diciendo Jesús con esto de que el Padre nos dará cualquier cosa que le pidamos en orden a superar los desacuerdos, es que nos da libertad para consensuar. Hacerse todo a todos, como dice Pablo, para ganar aunque más no sea a uno, no es un recurso más, es lo propiamente cristiano! Cuando se trata de restablecer la unidad y las relaciones filiales y fraternas con los demás, el Señor se muestra creativo, al punto de transgredir muchos límites formales y ser tildado de exagerado. El modo como se ganaba el corazón de los pecadores muestra que es verdad que el Padre bendice este modo de actuar.

El Espíritu nos re-cuerda la Verdad, nos hace conectar unas cosas del evangelio con otras y el evangelio con la vida.

Por eso insisto en que “no tenemos incorporada” esta revelación de Jesús. Tenemos incorporada, por ejemplo, la revelación de que Él está en la persona de cualquiera que tiene una necesidad. El Señor fue bien claro al bajar esta presencia suya de manera prolija y detallada diciendo que “era Él a quien servíamos” cuando dábamos de comer al que tenía hambre, de beber al que tenía sed…, y así con cada necesidad.

No tenemos incorporada, en cambio, la revelación de cuál es su modo de estar presente en los conflictos. Se hace presente apenas alguien da el primer paso!!!

Y esta presencia es tan importante como su modo de estar presente en los pobres. Porque para poder dar de comer a todos los hambrientos se requiere algo más que la caridad individual o grupal, se requiere todo el despliegue de la forma más alta de la caridad, es decir, de la política. Y es la política, precisamente, la que está tentada hoy de ser “fuente de nuevos conflictos” en vez de ser la manera no violenta de resolverlos.

Así, puede venir bien leer este pasaje de la corrección fraterna trayendo a la memoria las obras de misericordia. Así como las obras de misericordia corporales no son puntuales (si uno se conmueve ante un herido, debe acercarse, y si se acerca y lo cura, debe luego ocuparse de que lo sigan atendiendo…, así también, en un conflicto, si uno da el primer paso y se acerca, luego debe poner en medio al Espíritu Santo, para que cree un ámbito de diálogo común, y después hay que seguir buscando creativamente los modos de consensuar para ir paso a paso en el camino de la reconciliación, que lleva tiempo, sobre todo si hay heridas antiguas y profundas.

Incorporar que el Señor está en cada paso y no solo en el resultado, ya es un gran avance. Y la analogía con el valor de cada paso en una obra de misericordia corporal ayuda a darse cuenta.

Puede ser bueno considerar las obras de misericordia espirituales como “pasos” o “modos” para ponerse de acuerdo en alguna cosa que queramos que el Padre bendiga para bien de una comunidad (familia, grupo o patria):

Las tres primeras son:

Enseñar al que no sabe; dar buen consejo al que lo necesita y corregir al que está en error.

El espíritu con que las debemos poner en práctica nos lo dan las otras tres que son: perdonar las injurias; consolar al triste y sufrir con paciencia los defectos de los demás.

Al cultivar estas actitudes como “obras de misericordia espiritual, la corrección fraterna se convierte en un proceso en el que Jesús se hace presente en cada “miseria” del prójimo. Ser ignorante, no saber qué hacer y estar equivocado son, para un cristiano, cosas tan dignas de misericordia como tener hambre o sed o estar forastero. También son necesarias, en un proceso de reconciliación, considerar que el que injuria, el que está triste y el que molesta con sus defectos, son personas que sufren una miseria espiritual. Esta valoración fortalece la misericordia en cuanto que se ve como la única actitud capaz de vencer esos males con bienes y no incrementarlos combatiéndolos con más injurias y violencia.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

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Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos

– ‘Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? Quién dicen que es?’

Ellos respondieron:

-‘Unos dicen que es Juan el Bautista, otros, Elías y otros Jeremías o alguno de los profetas’.

– ‘Y ustedes –les preguntó- ‘¿Quién dicen que soy?’

Tomando la palabra Simón Pedro respondió:

– ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Y Jesús le dijo:

-‘Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo.

Y Yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia,

y el poder de la muerte no prevalecerá sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos.

Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo’

Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías” (Mt 16, 13-20).

Contemplación

Feliz de ti Simón!

Es la bienaventuranza de la fe.

De lo feliz que hace tener fe en Jesús.

La alegría que da hacerle caso a la fe cuando algo la despierta en nuestro corazón y sentimos el impulso a adherirnos sin peros a una certeza, que tiene que ver con un bien común, con algo que nos hace sentir plenamente humanos.

Algo especial se ilumina en los ojos de Jesús, mientras les va preguntando: “quién dice la gente que soy yo, quien dicen ustedes que soy yo…” y Simón le hace caso a lo que le dice su corazón.

Me pregunto si todos sentimos la voz del Padre cuando nos indica quién es Jesus, cuando nos revela que es su predilecto, el que esperamos, el Ungido…

El Señor dirá que el Padre se hace oír mejor por los pequeñitos y no por los que se complacen en escucharse a si mismos y en escuchar a los que los aplauden.

En todo caso, escuchar la voz del Padre e interpretarla como algo especial requiere ayuda, confirmación.

Esto es lo que hace Jesús con Simón: lo confirma, lo consolida en esa confianza que hace que se juegue y que lo convierte en Pedro, en piedra para confirmar la fe de sus hermanos, de todos nosotros.

Desde entonces, Simón Pedro -siempre con sus dos nombres, como hoy Jorge Bergoglio/Francisco- tiene la misión de confirmar personalmente la fe de los que queremos ser discípulos de Jesús.

Me gusta la idea evangélica de una fe en Jesús que necesita confirmación.

Una confirmación que no viene de la carne ni de la sangre, que no es cultural ni genética, sino que viene del Padre, del Altísimo, del Misericordioso, del que siempre está, estuvo y estará (que es una forma cercana de decir que es eterno).

Nuestra fe necesita esta confirmación de nuestro Padre y Él nos la hace llegar por dos vías, ambas eclesiales: por Pedro y por los pequeñitos del pueblo fiel, infalible en su modo de creer y de vivir la fe en su vida cotidiana.

Una fe que necesita confirmación es una fe pobre, es una “poca fe”.

Una “poca fe” que grita: Señor! Auméntanos la fe.

El plural indica que no se trata de una pobreza individual, de esas de las que uno podría salir por esfuerzo propio, sino de una pobreza que nos orienta hacia los demás, que nos hace salir de nosotros mismos y pedir ayuda. A Jesús , a Pedro y a las personas que vemos que tienen más fe que nosotros.

Volviendo a Simón Pedro, diría que él y todos los que con su nombre propio reciben el nombre de Pedro, solo se entienden desde esta fe. No se los entiende desde categorías meramente políticas, sicológicas, sociológicas…

Si se los elige es porque son gente que se deja confirmar y que se hace cargo de la tarea de confirmar a los demás.

Desde esta perspectiva se puede decir que Simón buscó ser Pedro, quería ser Pedro, fue siempre un Pedro, uno que era piedra para los demás, uno que se dejaba confirmar y que confirmaba a los demás en la fe, ya se tratara de tirar la red una vez más , aunque no hubieran pescado nada en toda la noche, o de caminar sobre las aguas en dirección a lo que para los demás era solo un fantasma.

Desear ser Pedro, desear ser confirmado para poder confirmar, es un deseo que regala el Padre a quien quiere. Suele dárselo a los que se animan a caminar sobre las aguas (y no a los que quieren trepar), a los que se dejan corregir y saben pedir perdón, a los que se juegan por sus hermanos sin miedo a quemarse…

Dejarse confirmar es disponerse a recibir el fruto de una acción conjunta: del Padre que pone a Jesus bajo la Luz del Espíritu Santo y lo transfigura ante nuestros ojos.

Confirmar a los demás también implica una tarea compleja, mas compleja que la que conlleva definir un dogma o escribir una encíclica. Esta es solo una cara, la cara intelectual de la fe. Pero confirmar requiere también acompañamiento, conducción pastoral a lo largo del tiempo, cariño y misericordia para perdonar las caídas, paciencia y fortaleza para iniciar un proceso y llevarlo a buen fin…

Es decir: confirmar en la fe es cosa de Padre.

Va más allá de decirle a un hijo “tienes que hacer esto” o “esto está bien y esto está mal”.

La fe se confirma bancando a los hijos. Hijos que, como Simón Pedro, a veces dicen cosas geniales y otras cualquier pavada, que se tiran al agua porque quieren caminar sobre el mar y después piden ayuda porque se hunden, que se entusiasman y también a veces niegan cobardemente, que se arrepienten y regresan…

Jesus elige a Pedro porque se anima a pasar por todas estas cosas escuchando la voz interior del Padre que le hace ver desde adentro quién es Jesus a quien tiene delante. Confía en el. Fíate. Es mi Hijo. Es tu Amigo, tu Señor, escúchalo: es uno que te puede enseñar, tu maestro (tu director espiritual, tu rabí, tu iman, tu sensei, tu shifu…, como quiera llamarlo tu cultura).

Pero, como decíamos, no se trata de una fe individual sino comunitaria, eclesial. Es una fe misionera, que responde quién es Jesus en medio de la gente y para ir a confirmar a la gente. Una fe que escucha lo que dicen los medios -que Jesus es esto y lo otro-, y dice: para mí Jesus es el Hijo De Dios y esto salgo a anunciarlo y a compartirlo con los demás. En el conflicto de las interpretaciones, la fe resuena -Jesus quiere que resuene- con el tono de voz único y personal de cada uno. El Señor no le interesa sacar un promedio estadístico de lo que la gente piensa de él para que uno se quede con ese tanto por ciento. Le interesan voces que se jueguen por el el cien por ciento. Le interesa lo que yo pienso y elijo cultivar de mi relación con él en lo íntimo de mi corazón, no que yo tenga una opinión promedio acerca de quién es él.

Nadie puede decir Jesús es mi Señor si el Espíritu no le mueve el corazón.

Y el Espíritu no mueve sino corazones que quieren confirmar la fe de sus hijos pequeñitos, de los pobres mas pobres y de los que quieren aprender las enseñanzas del evangelio.

Diego Fares sj

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