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Posts Tagged ‘Padre Misericordioso’

Como un catalejo con forma de corazón…

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre acepta a los pecadores y come con ellos (tiene expectativas para con ellos).» Jesús les dijo entonces esta parábola:
«Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros gozoso, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré mi oveja perdida.”
Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que cambia su manera de pensar y sus propósitos, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.»
Y les dijo también:
«Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice:
“Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que había perdido.” Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que cambia su manera de pensar y sus propósitos.»
Jesús dijo también:
«Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte de herencia que me corresponde.”
Y el padre les repartió sus bienes.
Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces entrando en sí recapacitó y dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Entonces partió y volvió a la casa de su padre.
Cuando todavía estaba muy lejos lo vió su padre y se compadeció entrañablemente y corriendo hacia él se le echó al cuello y lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo:
“Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo.”
Pero el padre dijo a sus servidores:
“Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado.”
Y comenzó la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso.
El le respondió:
“Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo.”
El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió:
“Hace tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!”.
Pero el padre le dijo: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”» (Lc 15, 1-32).

Contemplación

El dibujito de Fano nos muestra al Padre en el preciso instante en que sale corriendo –volando, más bien- al encuentro de su hijo que vuelve.
Las palabras de Lucas no tienen desperdicio: cada una es camino real para entrar en el abismo de la Misericordia del Padre: “Cuando todavía estaba muy lejos, dice Lucas, lo vió su padre y se compadeció entrañablemente y corriendo hacia él se le echó al cuello y lo abrazó y lo besó”.
El dibujo tiene dos polos entre los cuales se tiende el puente de la misericordia dibujada como un catalejo con forma de corazón!
El dinamismo del Padre atrapa primero la mirada: es un Padre misericordioso y alegre, con los pies en el aire y la sonrisa radiante, que salta para ir al encuentro con su hijo. Le va dar un flor de abrazo, nos dice Lucas, y usa el verbo “epepesen”, que significa “caerle encima a alguien”. Es un tomar al otro como por asalto, pero asalto de bondad. Así dicen los Hechos que “caía el Espíritu Santo sobre los que escuchaban la Palabra” (Hc 10, 44 y 11, 15).
Eso es lo que ha pintado Fano: ha cambiado la imagen estática que tenemos del Padre –sentado en su trono, esperando- y lo ha convertido en un joven anciano que sale de sí y vuela hacia su hijo. El Padre en el aire expresa muy bien lo que quiere decir Lucas al utilizar la misma expresión para las acciones del Padre y para las del Espíritu. Si queremos percibir en la fe cómo viene a nosotros el Espíritu tenemos que orientar el corazón a sentir que viene como un abrazo de Padre; cae sobre nosotros como un padre que se nos echa al cuello y nos da un flor de abrazo!

Un Padre que vuela y un Espíritu que da abrazos…: son metáforas que quitan rigidez a nuestra imagen de Dios. Es Jesús el que cuenta estas cosas y nos revela a un Dios que no espera sentado a que lo encontremos sino que sale volando a buscarnos y nos llena de abrazos y besos como a hijos queridos.

El otro polo del dibujo es la imagen del hijo: una sombra larga precede a sus pies cansados; viene encorvado y con la cabeza gacha, pero viene.

El telescopio con forma de corazón es una hermosa metáfora que nos recuerda a Menapace y “Los anteojos de Dios”. En ese instrumento para ver hondo y no sólo de lejos, está la clave para desentrañar lo que acontece en las entrañas de Dios. Si Dios es Alguien que inventa instrumentos así para mirarme –catalejos con forma de corazón-, entonces tengo que cambiar mi manera de pensar y mis propósitos, como dice Jesús cuando habla de “metanoia –conversión”.

¿Qué puede querer significar un catalejo con forma de corazón?
Nuestra mirada –la mirada humana- es un misterio maravilloso. No siempre caemos en la cuenta de todo lo que está en juego cuando miramos. En parte nos dejamos modificar por la luz y por las formas y colores de las cosas: mirar es hacer un esfuerzo para enfocar bien las imágenes y recibirlas en su forma precisa. Mirar es también un esfuerzo selectivo. Cada un mira desde su punto de vista y se acomoda para ver lo que quiere, a veces incluso forzando la realidad. Tiene además nuestra mirada una tercera cualidad o capacidad: es la de ser creativa. Cuando miramos podemos “despertar” en los otros sentimientos, cosas nuevas, ideas que el otro no veía. Y así como una mirada crítica hace que el otro tome conciencia de algún defecto, una mirada amorosa y complacida hace que el otro tome conciencia de su valor, de su belleza y bondad. ¡Qué hermoso es ser mirado con la mirada buena de quien nos quiere bien! Qué lindo encontrar en los ojos del otro una puerta abierta a su casa y a su corazón!
Eso es lo que expresa el catalejo de Fano: la mirada creativa del amor del Padre que ve con otros ojos (distintos de los del propio hijo pródigo y de los de su hermano) a su hijo. El Padre lo ve “volviendo”, lo ve “encontrado”, “convertido”. Aunque la conversión sea frágil y llena de remordimientos y confesiones de culpas, el Padre ve que pegó la vuelta. Con eso le basta.
La mirada misericordiosa es creativa pero de una manera muy especial. No crea de la nada, como creó el mundo. El Génesis nos dice que “vió Dios que las cosas eran buenas”. Es que estaban recién salidas de sus manos y coincidían perfectamente con cómo las había soñado y diseñado. La mirada misericordiosa crea a partir de una mirada nuestra. Necesita ese pasito líbremente dado en dirección a su misericordia y que deja atrás nuestros prejuicios y criterios propios. Le basta que, en una ojeada, percibamos su bondad –para el hijo pródigo es el recuerdo del “pan que comían los servidores de su Padre en abundancia”- y nos lancemos hacia ella. Entonces “se convierte” también el Padre y deja su posición “expectante” para pasar a la acción, para correr a buscarnos y echársenos al cuello con abrazos y besos y dando órdenes de que se prepare una gran fiesta.
Cuando pensamos en Dios Padre hay que dejar que nos “caiga” esta imagen: la de un Padre alegre de verdad de que volvamos.
Sea como sea que estemos,
sea donde sea que hayamos ido a parar,
sea lo que sea que tengamos mezclado en el campo del corazón –no le asusta al Padre que tengamos el corazón sembrado de trigo y cizaña-,
sea cual fuere la hora en que nos encuentre – a primera hora de la mañana o a última hora después del mediodía, hay trabajo en su viña para nosotros y una invitación con nuestro nombre para entrar en su fiesta.

Nouwen lo expresa tan lindo en “El regreso del hijo pródigo”: “¿No sería maravilloso hacer sonreír a Dios dándole la oportunidad de encontrarme y amarme generosamente? Preguntas como ésta me llevan al punto clave –dice: el concepto que tengo de mí mismo. ¿Puedo aceptar que merece la pena que se me busque? ¿Creo realmente que Dios desea estar conmigo? Aquí está el núcleo de mi lucha espiritual: la lucha contra el auto rechazo, el desprecio de mí mismo y la auto condena. Es una batalla muy difícil de librar porque el mundo y sus demonios conspiran para hacerme pensar en mí mismo como en alguien que no merece la pena, que no sirve, alguien despreciable…”
Es interesante lo que sigue. Nouwen conecta esta imagen “de baja autoestima” con la economía (y se puede conectar con la política también). Nos hace ver que “muchas economías (y poderes políticos) se mantienen a flote manipulando la baja autoestima de sus consumidores y creando expectativas espirituales con medios materiales”.
Es que si siento que valgo tantísimo a los ojos de Dios no voy a andar buscando comprar y consumir cosas que llenen mi vacío. No hay peor cliente para el mundo del consumo que un cristiano alegre, lleno del amor de Dios y con ganas no de consumir sino de trabajar por los demás. No hay peor “cliente político” que el que no quiere que le den dádivas sino que exige que le den trabajo para el bien común de la patria.

Nos quedamos contemplando gozosos esa imagen del Padre que nos regala Fano: Un Padre lleno de Espíritu Santo. El Espíritu de ese Padre –que vuela a nuestro encuentro, con los pies en el aire y la sonrisa ancha- es un Espíritu de libertad. ¡La libertad de los hijos de Dios!

Unir al Padre y al Espíritu es una gracia que sólo Jesús da.

Ver al Padre como Padre espiritual (libremente adoptado, diríamos) es la gracia que nos permite liberarnos de la letra de la ley y apropiarnos de su espíritu, que nos hace cumplir gozosamente y por amor todos los mandamientos de este Padre.

Ver al Espíritu como Espíritu paternal (afectivamente sentido) es la gracia que nos permite vivir a Dios encarnado, de manera cercana, familiar, comprometida con la comunidad.

Démosle gracias a Jesús, nuestro Hermano y Señor, que nos ha revelado estas cosas a nosotros, sus amigos pequeños y pecadores, porque la noticia de que tenemos un Padre que sale a buscarnos y que nos tiene preparada una fiesta cada vez que volvemos, es la noticia más hermosa que nos pueden haber dado.
Cultivar esta imagen verdadera del Padre –rechazando todas las imágenes idolátricas, tanto las que lo ponen en un lugar estático, de autoritario legalismo, como las que lo niegan como padre ausente, que no se interesa por nosotros, cultivar en el corazón esta imagen linda del Padre, digo, es “adorar y dar Gloria a Dios”. Y Dios ama a los que quieren ser sus “adoradores en espíritu y en verdad”, como le dijo Jesús a la Samaritana.

¿Cómo se cultiva esta imagen de un Padre que sale de sí; de un Padre rico en recursos para ganar el corazón de sus hijos?
Yo diría que tenemos que apuntar por el lado de “reconocerlo en sus instrumentos” y de “aceptarle sus mediaciones”. Si sus instrumentos son “miradas de catalejos con forma de corazón” no podemos pretender miradas frías y que marquen las distancias. Si sus mediaciones son abrazos, besos y fiestas, no podemos negarnos a vestir el traje de fiesta ni excusarnos de acudir a las bodas.
Y así, cada uno puede ir reflexionando con cuales instrumentos y con qué mediaciones viene el Padre a su encuentro, de manera tal que nadie se pierda su abrazo por andar atajándose de un reproche.

Diego Fares sj

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 Los gestos del Padre y el mundo de los hijos

Se acercaban a El todos los publicanos y pecadores para oírlo. Y murmuraban los fariseos y los letrados diciendo:–Este a los pecadores los recibe y come con ellos. Entonces Jesús les propuso a ellos esta parábola diciendo: –Un hombre tenía dos hijos. Y el menor de ellos (el adolescente) dijo a su padre: «Padre, dame la parte de la herencia que me correspon-de». Y el Padre les repartió el patrimonio. Después de no muchos días, el hijo menor jun-tando todo, se marchó a tierras lejanas y allí dilapidó su herencia viviendo licenciosamen-te. Cuando lo había gastado todo, sobrevino una gran hambruna en aquella región, y él comenzó a padecer necesidad. Entonces fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aque-lla región, quien le mandó a sus campos a apacentar cerdos. Y él ansiaba llenar su estó-mago con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo se dijo: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi Padre le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros». Y levantándose fue a su Padre.
Cuando aún estaba muy lejos, su padre lo vio, y se conmovió en sus entrañas, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos. El hijo empezó a decirle: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo». Pero el padre dijo a sus criados: «Rápido, saquen el mejor vestido y vístanlo; pónganle también un anillo en su mano y sandalias en los pies. Y traigan el ternero cebado, mátenlo y alegrémonos (celebremos un banquete de fiesta), porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado». Y comenzaron a alegrarse (fes-tejar).
Su hijo mayor estaba en el campo. Y cuando volvió, al acercarse a la casa, oyó la música y los coros, y llamando a uno de los criados y le preguntó qué eran estas cosas. El criado le dijo: «Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano». Se indignó, entonces, y no quería entrar… pero su padre saliendo comenzó a rogarle. Pero él respondiendo le contestó: «Resulta que hace tantos años que te sirvo sin haber traspasado jamás tus mandatos, y jamás me diste un cabrito para alegrarnos (celebrar una fiesta) con mis amigos. Pero apenas llegó ese hijo tuyo, que se ha gastado tu patrimonio con prostitutas, y mataste para él el ternero cebado». Pero el Padre le respondió: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Era oportuno alegrarnos y hacer fiesta, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (Lc 15, 1-3.11- 32).

  Contemplación

La oración de hoy es una contemplación ponderada de los gestos del Padre para ayudar a descubrir su Sabiduría y su Cariño detrás de los mundos, aparentemente alejados de él, en el que viven sus hijos.

 Jesús nos revela a un Padre que deja ir y a un Padre que sale a abrazar y a rogar.

El Padre les repartió el patrimonio.

El Padre salió corriendo  a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos.

El Padre, saliendo comenzó a rogarle.

 Un Padre que deja ir (sin reproches)

“El Padre les repartió el patrimonio”. En griego dice “les repartió la vida (bios). Es que en el mundo antiguo los bienes estaban más cerca de la vida en el sentido de “lo que se tiene para vivir” (como la viuda). El patrimonio o herencia es algo bien concreto: lo que hay en casa. No existía esa separación o abstracción actual en la que hay “bienes en el supermercado”, dinero en el banco, papeles que nos hacen poseedores de cosas futuras. Para darle al hijo menor su parte el Padre debe haber tenido que gastarse todo el efectivo y quedarse con las cosas. Si no tendría que haberle dado parte del campo y de los animales… De ahí la bronca del mayor, me imagino: “Se gastó todo el dinero con prostitutas y encima matas el ternero cebado”.

 Este primer gesto del Padre, que consiste en agarrar las monedas y lingotes, meterlos en una bolsa y poner la bolsa en las manos de su hijo, es un gesto que hay que visualizar detrás de la imagen del mundo actual que vemos cotidianamente.

 La imagen del mundo actual, tal como lo vemos en los medios, es la del mundo del hijo pródigo con el efectivo en las manos (o luego de haberlo gastado).  Y esa sensación que tenemos de que Dios no está en la vida del mundo actual, es real. Porque para que el hijo tenga la bolsa en las manos, se tiene que haber alejado de la Casa donde habita el Padre. El Padre habita en los lugares donde hay gente que dice: “todo lo mío es tuyo”, y está muy lejos de los lugares donde hay gente que manotea el efectivo para su exclusivo provecho.

El mundo que vemos, en el que luchamos y sufrimos, gira en torno a los bienes que nos hemos llevado de la casa del Padre. La vida actual se vive (se gasta) en efectivo y el efectivo es anónimo, fugaz, cambia de mano, no tiene historia… Detrás, está activa una alianza rota unilateralmente, hay una decisión que ha exigido al Padre “la parte que me corresponde”, y el Padre nos la ha dado. Por eso vivimos en un mundo que se ha independizado del Padre. La consecuencia es que en el mundo del hijo pródigo la riqueza y la miseria son anónimas. “Nadie le daba las bellotas”. Las podía agarrar, pero extrañaba alguien que sirviera un plato de comida con cariño materno.

En cambio, en la casa del Padre el ternero es “el ternero cebado”.

En la casa del Padre “todo lo mío es tuyo” como le dice el Padre al hijo mayor.

 El gesto del Padre de “dejarnos ir con nuestra parte, de no intervenir mientras nos gastamos la vida vanamente, de no reprocharnos nada y contener la tristeza en su corazón, esperando la vuelta y preparando el abrazo, es el que posibilita los distintos mundos del hijo pródigo, tanto los de alejamiento como el de regreso. Son mundos en los que es bueno discernir la falsa esperanza que sustituye a la Verdadera Esperanza.

 Los cuatro mundos del hijo pródigo

El mundo casa del hijo pródigo es un mundo en el que circulan esas ilusiones que nos hacen sentir incómodos en la familia. El runrun que se escucha es “ganas de irse”: irse de la casa, irse de la iglesia, irse de la patria (o ganas de que se vayan todos). Es la ilusión del hijo pródigo de independizarse de todos los ritmos, normas, valores y tradiciones de la vida de nuestros mayores.

 El mundo festichola del hijo pródigo es un mundo en el que circula (y a gran escala) la ilusión de la posesión, del gozo y del poder sin límites. Para algunos pocos es una ilusión bien real, vivida día a día y que los lleva a gastarse todo lo que la humanidad tiene para vivir. Hay gente que se está comprando todo y poniendo a su nombre el patrimonio común. Los discursos varían de país en país –unos más prolijos, otros más groseros, algunos de manera hermética- pero la realidad es la misma: la caja la manejan pocos. Y ya casi no existe “patrimonio real”. El mundo virtual del dinero y las leyes se apodera de todo, de manera tal que “la parte” de los pródigos es prácticamente todo lo que hay de “bienes”. En muchísimos esta ilusión es casi pura ilusión. Vidas enteras se gastan en lo que dura un paco o un cargo político. Pero es la ilusión asesina que todos los días hace que los hijos pidan su parte y se vayan lejos del Padre.

 El mundo chiquero del hijo pródigo es un mundo sin ilusiones. Más bien lo que se vive son pesadillas y pesadillas bien reales. Es el mundo de los que viven y trabajan en la miseria, en el chiquero. Paradójicamente es en este estado de “no ilusiones” donde nace la Esperanza. Si bien es fuerte el deseo de las bellotas de los cerdos, es más significativa la añoranza de la Casa del Padre que se despierta en el corazón de los que viven en la miseria.

 El mundo de la miseria se convierte en mundo de la Misericordia

El mundo de la miseria se convierte en el de la misericordia.

Es que en la miseria se clarifica lo que somos: seres necesitados de misericordia.

Y no de una misericordia coyuntural, como si estuviéramos “en situación de calle” o de terremoto.

Lo que se revela es la necesidad de una Misericordia infinita.

Cada uno personalmente y todos juntos somos seres necesitados de infinita Misericordia.

Como familia necesitamos una Misericordia infinita.

Como nación necesitamos una Misericordia infinita.

Como humanidad necesitamos una Misericordia infinita.

Mientras contamos con bienes para gastar quizás no se note, pero basta una gripe A, basta una lluvia fuerte, basta un problema económico, basta un pecado…, y nos vemos sumidos en la más dura miseria y necesitados de mucha pero mucha misericordia.

 Ahora, para llegar a sentir en las entrañas ese hambre de Misericordia que sólo el Padre Misericordioso puede saciar, pareciera que cada uno tiene que haberse desilusionado de todas sus ilusiones falsas, la de irse de alejarse del Padre y gastarse su parte a capricho.

Y es bueno darse cuenta de que aún esto no hubiera sido posible sin ese gesto del Padre de haber puesto en nuestras manos, generosamente, lo que consideramos que era “nuestra parte”. ¡Hasta pecar contra Él lo hemos hecho con lo que nos regaló de vida!

 Un Padre que está esperando y sale para abrazar y besar ( No un padre ausente)

“El Padre salió corriendo  a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos”. El segundo gesto del Padre es el de su abrazo. Le implicó todo un tiempo de “estar esperando”. En ese gesto el Padre se da entero. No da su patrimonio sino su corazón. Y es un gesto total y sin peros, un abrazo conmovido, contenido por mucho tiempo, lleno de infinito amor. La alegría de ese abrazo incondicional suscita en los hijos el alivio inmenso de estar otra vez en casa. El abrazo hace que nos sintamos aceptados y redimidos, que recobremos nuestra identidad y dignidad de hijos queridos. Es algo que no tiene precio.

Estos dos gestos del Padre Misericordioso son misteriosamente complementarios.

El hijo pródigo es capaz de sentir el peso amoroso y exigente del Abrazo porque sintió el peso de los talentos y denarios que el Padre le puso en sus manos.

 Un Padre que sale de sí para dialogar (no “que lo sacan”)

“El Padre, saliendo comenzó a rogarle”. En cambio el hijo mayor no entiende el abrazo porque no entendió el primer gesto. Le pareció que su Padre era ingenuo o injusto.

Y así como coexisten los mundos del hijo pródigo en la superficie de nuestro mundo actual, también está activa la levadura que se agrió en el corazón del hijo mayor. El suyo es un mundo más cerrado que el de su hermano pródigo. El mundo del hijo pródigo, como veíamos pasó por distintos estados. El del hijo mayor pareciera estar dominado por un solo sentimiento. El despecho le fue ganando el corazón y fue ensombreciendo su mirada. Se volvió mezquino hasta para reprochar. El otro se llevó todo su patrimonio y el vivió resentido en torno a un cabrito. El deber y el no saltarse ni un mandamiento le enfrió el corazón. No gozaba sintiendo suyo todo lo del Padre.

El mundo que no gira en torno a la misericordia se vuelve un mundo miserable

El mundo miserable del hijo mayor, así lo podemos llamar. Miserabilidad del que no se anima ni siquiera a pecar porque hasta para pecar hay que “gastar”, hay que “darse”, hay que “perder” y “compartir”. El hijo resentido es miserable por deserción, por omisión, por no jugarse. Se vuelve miserable por no querer sumarse al ser misericordioso del Padre.

Sanar esta actitud le cuesta más al Padre; el abrazo silencioso no basta. Se requiere mucho diálogo. Un diálogo que no se pudo dar en mucho tiempo y que surgió sólo con la crisis que provocó la fiesta por el hermano que volvió arrepentido. Pero el Padre así como cultivó el abrazo y lo contuvo tantos años, también cultivó la Palabra que tenía para su hijo mayor: “Hijo, todo lo mío es tuyo”.

¿Y Jesús?

Jesús, que humildemente se “autoborra” en la parábola (en otras se ve que es el Hijo a quien el Padre celebra las bodas o le confía la Viña), es este     “Abrazo” del Padre (que se vuelve explícito en los brazos abiertos en la Cruz) y esta “Palabra” (la Palabra del Evangelio) que incluye, abraza, e invita a la fiesta (que es cada Eucaristía). ¡Un genio el Señor! El Padre puede estar bien orgulloso de un Hijo así. Y este hijo nos incluye a nosotros! ¡Qué tipo, el Señor!

 Diego Fares sj

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