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Jesús que viene desde más allá de lo esperado

Jesús dijo a sus discípulos:
– “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas;
en la tierra habrá angustia de la gente,
y desesperación por el sonido del mar y del oleaje,
los hombres perderán el sentido por el terror y la ansiedad
de lo que va a sobrevenir al mundo,
porque las fuerzas del cielo se conmoverán.

Y entonces verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con potestad y gloria grande. Comenzando a acontecer estas cosas, pónganse de pie y alcen la cabeza, porque se aproxima su redención.

¡Guarda! que no se les embote el corazón con los excesos, con el alcohol y con las preocupaciones de esta vida, no sea que ese día les caiga de repente, como un lazo, porque sobrevendrá a todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.

Velen en todo tiempo rogando para que tengan fuerza para escapar de todas estas cosas que van a suceder y puedan mantenerse en pie en presencia del Hijo del hombre» (Lc 21, 25-36).

Contemplación

“Verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con potestad y gloria grande…”.
“Padre, venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo…”

Las imágenes evangélicas nos hablan de un lugar –el Cielo- y de un tiempo –el futuro, el porvenir-.
Jesús nos manda estar atentos a ese cielo y a ese porvenir.
Jesús nos revela que nuestro modo de vida, lo que tenemos que hacer, reciben su norma no del ahora ni de lo cotidiano y terrenal, sino de ese cielo y de ese porvenir en el que El volverá en una nube a redimirnos.

¡Guarda! que no se nos embote el corazón.
¡Velemos, para tener fortaleza en ese día!

¿Qué nos quiere decir Jesús, el Señor con su lenguaje apocalíptico?
Nos quiere decir que la vida que Él enseña, recibe su criterios y sus normas del Cielo y del porvenir. Por eso quiere que alcemos la cabeza y levantemos la mirada de los pensamientos en los que estamos sumergidos y, mirando al azul del cielo, abramos el corazón a esa Palabra suya que ilumina nuestro corazón viniendo desde su Libertad.

El problema, Señor, es que nos han robado no sólo el mes de Abril, como canta Sabina, sino también el cielo entero y el porvenir.

Más que robar, no los han numerado: ya no podemos contemplar el cielo y el futuro sin hacer estadísticas. Y los números que dicen 100.000 millones de galaxias en expansión, más que admiración producen vértigo.

¿Qué han hecho los números?
Han logrado que la imagen del Padre de los cielos y de su Hijo amado Jesús viniendo en una nube no despierten ya ninguna esperanza real.

Esto hay que afrontarlo, porque si estas dos imágenes ya no deslumbran con su belleza, la moral cristiana se queda sin su gloria y deja de atraer a los hombres.
Al robarnos la imagen bella nos roban el contenido bueno.
Y si nuestro corazón se queda sin cielo y sin porvenir, deja de ser un corazón humano.

¿A dónde alzar la cabeza, cuando vemos tantos desastres apocalípticos, si no hay cielo para que “esté nuestro Padre”, ni porvenir desde el que “venga el Señor Jesús”?

A veces pareciera que ya no hay gente que alce la cabeza, que ya no hay hombres como Ignacio, al que lo reconocían como “el vasco de los ojos alegres que siempre anda mirando al cielo”. Ignacio confesó que su mayor gozo –del que obtenía un grande esfuerzo y deseo de servir a Dios- se lo daba quedarse largo rato mirando al cielo.

Adviento era el tiempo para mirar al cielo y para otear el porvenir. Por eso la Iglesia canta:
“Rociad cielos de lo alto,
nubes lloved al justo…
y que se abra la tierra
y brote el Salvador,
como una flor…”.
¿Podemos seguir imaginando y gozando lo que las imágenes del cielo y del porvenir nos regalan? ¿O tenemos que renunciar a ellas, reemplazándolas por imágenes más “tecnológicas”?

Tomemos la imagen de Jesús viniendo en una nube, con gran potestad y gloria. Es imagen de cielo y de porvenir.
El Señor nos promete que lo veremos.
No hay pues que renunciar fácilmente a este imagen.
En las contemplaciones del cuadro de nuestra Señora de Guadalupe, se nos dice que para la cultura náhuatl, “venir sobre las nubes” era una manera metafórica de decir “que alguien venía desde más allá de lo esperado, para hacer algún bien al reino”.
Para los antiguos, el cielo y el futuro, eran un lugar y un tiempo que venía desde más allá de lo visible y de lo esperado.

Nos quedamos sólo con esto.
Dicen que hoy los cristianos no hablamos del cielo ni decimos que esperamos de verdad a Jesús por temor a causar “la risa de los atenienses” (los que se le rieron a Pablo cuando les anunció la resurrección).
Para nuestra cultura, el cielo y el porvenir se han convertido en lugares y tiempos inspeccionables, predecibles, al menos hasta extremos en que ya no deseamos seguir mirando más. No esperamos nada que venga de allí.

¿Qué significa entonces para nosotros “que alguien venga –en una nube- desde más allá de lo esperado”?

¿No es verdad que lo que no se expresa de manera cuantificable nos parece poco realista? ¿No es verdad que cuando nos prometen algo enseguida exigimos precisiones numéricas: cuánto costará, cuándo llegará…?

Por tanto, si Jesús viene de algún cielo y en alguna nube, si Jesús viene desde más allá de lo culturalmente esperado, vendrá en una manera de presencia que no será cuantificable. Es más, puede que ya esté presente, viniendo a cada instante, pero si los números nublan nuestra mirada, no lo veremos. (La expresión “nublar la mirada” es elocuente. Los deseos pueden nublar la mirada o limpiarla si son deseos puros, de los que permiten “ver a Dios”).

Concretemos un poco más qué implica “alzar la cabeza de lo cuantificable”. Algo “no cuantificable” es algo muy subversivo para el mundo en que vivimos. Porque la norma de nuestro mundo viene de los negocios y como a algo que no es cuantificable no se le puede poner precio, resulta que es algo con lo que no se puede negociar. Y eso le molesta a mucha gente.

Decir que nuestro Padre está en el cielo equivale, para nosotros, a decir que está “en un ámbito donde no hay negocio posible”.
El Cielo donde vive el Padre es un ámbito que se abre apenas uno deja de negociar. Así de simple. Tan cerca está el Cielo! Basta dejar de negociar.
Es un ámbito donde el Padre, desde su libertad, hace salir el sol para justos e injustos, manda que se pague a los últimos igual que a los primeros, exige que se perdonen las deudas y sueña con que todos los invitados acudan al banquete de las bodas de su Hijo…

Señalamos que lo que espera nuestra cultura, lo que envuelve todos los deseos y proyecciones de nuestro paradigma es “negociar más”.
¿Es así?
Creo que sí. Que “la posibilidad de negociar todo” es lo que oscurece el cielo. Hasta no hace mucho, los negocios requerían más tiempo. Negociar una cosecha requería un año. Hoy se negocia a futuro! Y cada aparato que compramos viene con el mensaje “acordate que me tenés que recargar”, “estate atento que pronto me tendrás que cambiar”. ¿No nos llama la atención el lenguaje de los aparatos? Es el mismo que utiliza nuestro Señor. Los aparatos hablan como si fueran nuestros dioses. Exigen que estemos a su disposición. Nuestro mundo no tiene descanso, no hay lugar para el ocio. Todo es negocio.
El problema es hondo porque no solo negociamos cosas, sino que hemos invadido también el espacio y el tiempo y uno tiene la sensación de que no hay nada “inesperado”. Como que tenemos “medido” el cielo y la tierra, el pasado y el futuro. La consecuencia de esta “mirada negociadora” es que todo se convierte en gestión.

El mundo natural tenía su límite. Si uno carneaba un ternero cuando no había heladera, como cuenta Menapace, tenía que compartirlo con sus vecinos. Esto tenía como consecuencia una solidaridad como natural. En el mundo tecnológico que hemos inventado, los aparatos no sólo no se pudren sino que el próximo siempre es mejor que el anterior –más veloz y más potente.
Discernido bien este “horizonte” de “infinitos negocios”, imitación tecnológica de lo que sería la eternidad, es bien sencillo descubrir la puerta del cielo y divisar la nube en la que viene Jesús.
Jesús si viene de algún lado debe ser de lo que está fuera de los negocios esperados.
Cielo será entonces un espacio y un tiempo en el que el negocio no existe. No tiene validez.
El que entra en ese reino no tiene moneda para negociar porque todo lo que allí se obtiene e intercambia es gratuito.
El Padre y Jesús habitan en lo gratuito y vendrán de lo gratuito.

¿Podemos alzar la cabeza y poner la mirada en lo gratuito?
Alzar la cabeza significa sacar la mirada de los números, alzar los ojos y dejar de contar –codiciosa o angustiosamente- números: cuánto ganaste, qué tan alto te dio el colesterol, cuántas horas durará el viaje, qué velocidad tiene la memoria ram, cuántos gigabytes…

Pobres números! No seamos injustos con ellos. El cielo está más allá de los números usados para negociar. Pero los números tienen también una dimensión de gratuidad y amor. En el cielo dos son Uno y Uno es Tres. Justamente porque entre ellos hay un espacio que es el espacio abierto del amor y no el espacio cerrado del negocio.

Para decirlo ya de una vez: el cielo es “no negocio”. Está en lo alto, pero no en la altura espacial sino en la altura del que no negocia sino que se da gratuitamente.

Jesús en este Adviento vendrá del no negocio.
Vendrá de allí donde uno se anima a darlo todo y no mira si gana o pierde .
Vendrá en esa nube que está “por sobre nuestros cálculos”, en la altura de lo gratuito, de lo que cae de arriba y se nos brinda como don.

¿Querés ver a Jesús viniendo en una nube lleno de poder y gloria?
Esa imagen de cielo, de altura, de algo que viene desde más allá de toda expectativa interesada, está unida a otra imagen de la que es inseparable. Así como los negocios requieren dos partes interesadas, así también la gratuidad del amor. La imagen del cielo se despeja cuando abrimos bien los ojos para mirar la tierra. El Jesús de la nube –inesperado- tiene de la mano al Jesús del pesebre –siempre a mano, requiriendo de nuestro amor y servicialidad.

Cuanto más mires al Jesús del Pesebre –y lo beses y lo abraces y lo sirvas en los jesusitos pobres que encontrás en tu vida cotidiana- más se te abrirán los ojos para ver al Jesús del cielo.
Cuánto más creas con obras que de verdad ya ha venido y está en tus hermanos a los que cuidás y servís, más fe tendrás en que volverá sobre una nube lleno de poder y gloria.

Diego Fares sj

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