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“Esta noche en casa”

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad.
Vivía allí un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos y rico. Y buscaba ver a Jesús –quién era-, pero no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura.
Entonces echando a correr hasta ponerse adelante subió a una morera para poder verlo, porque Jesús estaba a punto de pasar por allí.
Al llegar a ese lugar, Jesús, levantando la mirada, le dijo:
«Zaqueo, date prisa en bajar, porque hoy tengo que ir a quedarme en tu casa.»
Zaqueo bajó a toda prisa y lo recibió alegremente.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo:
«Entró a hospedarse en casa de un hombre pecador.»
Poniéndose de pie Zaqueo dijo al Señor:
«Mira, Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si en algo defraudé a alguno, le restituyo cuatro veces más.»
Y Jesús le dijo:
«Hoy ha venido la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que había perecido» (Lc 19, 1-10).

Contemplación
“Esta noche en casa” (“Home tonight”), es el título del último librito (póstumo) de Nouwen. Se trata de “Más reflexiones sobre la parábola del hijo pródigo” y son desgrabaciones hechas por amigos de charlas suyas que complementan su libro sobre el cuadro de Rembrandt. Le pusieron por título “Esta noche en casa” porque es el tema central de sus reflexiones: qué significa “estar en casa”, “tener un hogar”, “habitar en esa “relación” entre Jesús y el Padre que es el Hogar verdadero. Hogar del que nos escapamos y al que siempre añoramos regresar, como el hijo pródigo; hogar en el que no estamos a gusto, si nos quedamos con la actitud del hijo mayor; Hogar en el que el Padre siempre nos espera, para poner sus manos en nuestra espalda, perdonándonos; Hogar a cuya puerta sale el Padre a invitarnos a entrar en la fiesta, haciéndonos sentir que “todo lo suyo es nuestro”.

La frase de Jesús a Zaqueo: “bajá pronto, que hoy tengo que ir a quedarme en tu casa”, es una frase síntesis de la misión de Jesús. El “tengo que” (“es necesario”, “conviene”), expresa la ligazón de Jesús a la voluntad del Padre.
El Padre quiere a sus hijos en casa y Jesús viene a buscar a los perdidos para llevarlos de vuelta al hogar.
A llevar a los hijos de vuelta a la casa del Padre, a eso ha venido Jesús.
Y para ello, viene primero él a nuestra casa. A la tuya y a la mía, a la de cada uno y a la de todos.
Alojándose en la casa de los publicanos y pecadores, Jesús nos atrae a la casa del Padre.

Nouwen lo expresa de una manera que me conmovió. Es algo que teóricamente ya sabía pero no sé si por la forma de decirlo o por un momento de gracia especial en que lo leí, la cuestión es que me iluminó todo el evangelio al describir con una imagen –la de “estar en el hogar”-, lo que significa entrar en la “relación de Jesús con el Padre”. Dice Nouwen:
“La vida de Jesús nos invita a creer no principalmente en él, sino en la relación entre él y el Dios al que llama “Padre”. Más aún, Jesús vino al mundo para comunicarse con todos los que, como nosotros, han escuchado que esta relación está claramente a total disposición nuestra. Mediante su vida y muerte Jesús nos anuncia que en el corazón del Amor divino anida el deseo de estar en relación con cada persona individual. Para ti o para mí, volver al “hogar” es implicarnos en este encuentro primordial. Esta relación entre Jesús y el Único, el que lo envió al mundo, es el foco principal de toda la vida de Jesús y de sus enseñanzas. El nos apremia para que veamos cómo el Espíritu Creador llega a nosotros, no por él mismo, sino siendo enviado y en relación con Dios. La misión total de Jesús, su vida, sus palabras y trabajos, su pasión y su gloria, sólo son relevantes a causa de su relación con la Fuente que es quien lo envió. Todo lo relacionado con su vida estará para siempre en relación con el Único, al que llama Padre. Estar en esa relación es estar en casa, en el más profundo sentido de la palabra”.

“Entró a hospedarse en casa de un pecador”. Ese era el comentario de mucha gente. Zaqueo mismo no creo que se haya imaginado siquiera la posibilidad de que Jesús quisiera ir a hospedarse en su casa. Por algo salió a buscarlo a la calle y terminó trepado a la higuera para poder verlo de cerca entre la multitud. Sin embargo, Zaqueo no se achicó. Lo recibió con alegría, dice el evangelio. Y se puso a la altura de la visita, ofreciendo sus bienes en reparación por sus pecados.
Cuesta creer que personas pequeñas como nosotros podamos ser considerados dignos de “entrar” en esa relación especialísima que existe entre el Padre y Jesús, su Hijo amado.
Cuesta creer que esa relación esté abierta para nosotros. A nuestra disposición, como dice Nouwen. Más aún, cómo vamos a creer que ellos anhelen con todo su corazón que cada uno de nosotros entre en esa conversación íntima entre ellos. Cómo puede ser que nos estén esperando para que pasemos a descansar, a conversar, que tengan interés en que escuchemos lo que se dicen, que tengan sed de que nosotros bebamos de esa fuente de cordialidad y paz…
Cuesta creer que Dios tenga verdadero interés en relacionarse personalmente con nosotros. Que esa sea su pasión, su alegría, lo que lo desvela y lo motiva.
Por otra parte, si uno lo piensa bien, ¿por qué nos habría creado si no? No me meto en si nosotros como creaturas llegamos a ser “interesantes”, sino en que Alguien como nuestro Dios, alguien como el Padre que nos revela Jesús, no puede no estar a la altura de su propia pasión, de su esperanza y su motivación.
Pero nosotros tendemos a poner distancia a nuestro deseo de ver a Dios. No nos animamos a “mandarnos” como Zaqueo.
¿No tenemos a veces una imagen de Dios como de una persona importante que puede ser que nos ame y nos atienda pero más como alguien que nos da una cita y se muestra atento a lo que necesitamos pero muy lejos de ser alguien que tiene verdadero gusto e interés en contarnos sus cosas a nosotros y en que compartamos su intimidad?

“Necesito quedarme hoy en tu casa”, dice Jesús.
Jesús no tiene lugar reservado en Jericó, símbolo de este mundo, y necesita hospedaje. Jesús se sabe enviado por el Padre al mundo y “debe” hospedarse en el corazón de aquellos en los que el Padre despierta la fe y la atracción por su Persona. Para Jesús, habitar en el seno del Padre y alojarse en la casa de los Zaqueos que desean verlo y que lo buscan, es una y la misma cosa: es una necesidad.

Hospedar y ser hospedado. Quedarse en una casa. Volver al hogar… Son expresiones hondas del amor. El amor quiere casa, hace nido, cobija, se queda, permanece, está, habita.

Zaqueo es icono del hombre que busca al Amor subido a las higueras y se encuentra con que el amor desea ir a habitar en la intimidad de su casa, en lo profundo de su corazón.
Jesús atraviesa la ciudad llevando en su corazón un Hogar portátil, si se puede hablar así. Su relación con el Padre no necesita templos: es relación constante, en Espíritu y en Verdad. No necesita templos pero sí hogares: el Señor quiere casas donde poder estar. También saldrá a rezar a lugares desiertos, subirá a la montaña, se lanzará mar adentro, recorrerá pueblos y aldeas… Pero no por eso deja de lado la intimidad de Betania -la casa de sus amigos, Marta, Lázaro y María-, la casa de Simón Pedro y la casa de Zaqueo el publicano. Tres casas símbolo de todas las casas. La casa de amistad, la casa de la misión, la casa de la misericordia. Tres casas a las que el Señor se invita y viene a buscarnos, luego de haber salido de su Casa, en Nazareth. El Señor no vino “al mundo” como espacio público (de hecho el mundo no lo recibió, porque no es casa, sino lugar de comercio y de poder). El Señor salió del Seno del Padre y vino al de María. Por eso Ella es tan Casa de todos, por eso todos sentimos que allí sí podemos estar “en relación” con Dios. El Señor necesita casas donde hospedarse hoy.
No hay que olvidar que Jesús no nació a la intemperie, sino en el pesebrito de Belén. El Verbo se hizo carne y vino a habitar en la relación entre José y María, relación-casa, relación–hogar, en donde se sintió igual de bien que en el seno de su Padre. No hay que olvidar que Jesús vivió más de treinta años en esa casillita de no más de tres ambientes que fue su hogar de Nazareth. Por eso siente añoranza de la casa de su Padre y del hogar de san José. Y cuando habla del Reino de los Cielos dice que no está aquí o allá sino “entre”, allí donde dos o más nos ponemos de acuerdo y lo hospedamos; allí donde nuestras relaciones son “casa” y “hogar” y no “oficina”, “locutorio” o “banco”, “cine” o “restorán”.

Que Zaqueo nos hospede en este evangelio –que es como su casa, palabra viva en la que siempre estamos invitados a verlo hospedando a Jesús con alegría- . Que Zaqueo nos haga sentir lo que él sintió en la mirada de Jesús y que en vez de repartirnos su dinero nos permita cambiar su nombre por el nuestro para sentir que Jesús nos dice a cada uno: ……., bajá pronto, que hoy tengo que ir a quedarme en tu casa”.

Diego Fares sj

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Como un catalejo con forma de corazón…

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre acepta a los pecadores y come con ellos (tiene expectativas para con ellos).» Jesús les dijo entonces esta parábola:
«Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros gozoso, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré mi oveja perdida.”
Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que cambia su manera de pensar y sus propósitos, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.»
Y les dijo también:
«Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice:
“Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que había perdido.” Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que cambia su manera de pensar y sus propósitos.»
Jesús dijo también:
«Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte de herencia que me corresponde.”
Y el padre les repartió sus bienes.
Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces entrando en sí recapacitó y dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Entonces partió y volvió a la casa de su padre.
Cuando todavía estaba muy lejos lo vió su padre y se compadeció entrañablemente y corriendo hacia él se le echó al cuello y lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo:
“Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo.”
Pero el padre dijo a sus servidores:
“Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado.”
Y comenzó la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso.
El le respondió:
“Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo.”
El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió:
“Hace tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!”.
Pero el padre le dijo: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”» (Lc 15, 1-32).

Contemplación

El dibujito de Fano nos muestra al Padre en el preciso instante en que sale corriendo –volando, más bien- al encuentro de su hijo que vuelve.
Las palabras de Lucas no tienen desperdicio: cada una es camino real para entrar en el abismo de la Misericordia del Padre: “Cuando todavía estaba muy lejos, dice Lucas, lo vió su padre y se compadeció entrañablemente y corriendo hacia él se le echó al cuello y lo abrazó y lo besó”.
El dibujo tiene dos polos entre los cuales se tiende el puente de la misericordia dibujada como un catalejo con forma de corazón!
El dinamismo del Padre atrapa primero la mirada: es un Padre misericordioso y alegre, con los pies en el aire y la sonrisa radiante, que salta para ir al encuentro con su hijo. Le va dar un flor de abrazo, nos dice Lucas, y usa el verbo “epepesen”, que significa “caerle encima a alguien”. Es un tomar al otro como por asalto, pero asalto de bondad. Así dicen los Hechos que “caía el Espíritu Santo sobre los que escuchaban la Palabra” (Hc 10, 44 y 11, 15).
Eso es lo que ha pintado Fano: ha cambiado la imagen estática que tenemos del Padre –sentado en su trono, esperando- y lo ha convertido en un joven anciano que sale de sí y vuela hacia su hijo. El Padre en el aire expresa muy bien lo que quiere decir Lucas al utilizar la misma expresión para las acciones del Padre y para las del Espíritu. Si queremos percibir en la fe cómo viene a nosotros el Espíritu tenemos que orientar el corazón a sentir que viene como un abrazo de Padre; cae sobre nosotros como un padre que se nos echa al cuello y nos da un flor de abrazo!

Un Padre que vuela y un Espíritu que da abrazos…: son metáforas que quitan rigidez a nuestra imagen de Dios. Es Jesús el que cuenta estas cosas y nos revela a un Dios que no espera sentado a que lo encontremos sino que sale volando a buscarnos y nos llena de abrazos y besos como a hijos queridos.

El otro polo del dibujo es la imagen del hijo: una sombra larga precede a sus pies cansados; viene encorvado y con la cabeza gacha, pero viene.

El telescopio con forma de corazón es una hermosa metáfora que nos recuerda a Menapace y “Los anteojos de Dios”. En ese instrumento para ver hondo y no sólo de lejos, está la clave para desentrañar lo que acontece en las entrañas de Dios. Si Dios es Alguien que inventa instrumentos así para mirarme –catalejos con forma de corazón-, entonces tengo que cambiar mi manera de pensar y mis propósitos, como dice Jesús cuando habla de “metanoia –conversión”.

¿Qué puede querer significar un catalejo con forma de corazón?
Nuestra mirada –la mirada humana- es un misterio maravilloso. No siempre caemos en la cuenta de todo lo que está en juego cuando miramos. En parte nos dejamos modificar por la luz y por las formas y colores de las cosas: mirar es hacer un esfuerzo para enfocar bien las imágenes y recibirlas en su forma precisa. Mirar es también un esfuerzo selectivo. Cada un mira desde su punto de vista y se acomoda para ver lo que quiere, a veces incluso forzando la realidad. Tiene además nuestra mirada una tercera cualidad o capacidad: es la de ser creativa. Cuando miramos podemos “despertar” en los otros sentimientos, cosas nuevas, ideas que el otro no veía. Y así como una mirada crítica hace que el otro tome conciencia de algún defecto, una mirada amorosa y complacida hace que el otro tome conciencia de su valor, de su belleza y bondad. ¡Qué hermoso es ser mirado con la mirada buena de quien nos quiere bien! Qué lindo encontrar en los ojos del otro una puerta abierta a su casa y a su corazón!
Eso es lo que expresa el catalejo de Fano: la mirada creativa del amor del Padre que ve con otros ojos (distintos de los del propio hijo pródigo y de los de su hermano) a su hijo. El Padre lo ve “volviendo”, lo ve “encontrado”, “convertido”. Aunque la conversión sea frágil y llena de remordimientos y confesiones de culpas, el Padre ve que pegó la vuelta. Con eso le basta.
La mirada misericordiosa es creativa pero de una manera muy especial. No crea de la nada, como creó el mundo. El Génesis nos dice que “vió Dios que las cosas eran buenas”. Es que estaban recién salidas de sus manos y coincidían perfectamente con cómo las había soñado y diseñado. La mirada misericordiosa crea a partir de una mirada nuestra. Necesita ese pasito líbremente dado en dirección a su misericordia y que deja atrás nuestros prejuicios y criterios propios. Le basta que, en una ojeada, percibamos su bondad –para el hijo pródigo es el recuerdo del “pan que comían los servidores de su Padre en abundancia”- y nos lancemos hacia ella. Entonces “se convierte” también el Padre y deja su posición “expectante” para pasar a la acción, para correr a buscarnos y echársenos al cuello con abrazos y besos y dando órdenes de que se prepare una gran fiesta.
Cuando pensamos en Dios Padre hay que dejar que nos “caiga” esta imagen: la de un Padre alegre de verdad de que volvamos.
Sea como sea que estemos,
sea donde sea que hayamos ido a parar,
sea lo que sea que tengamos mezclado en el campo del corazón –no le asusta al Padre que tengamos el corazón sembrado de trigo y cizaña-,
sea cual fuere la hora en que nos encuentre – a primera hora de la mañana o a última hora después del mediodía, hay trabajo en su viña para nosotros y una invitación con nuestro nombre para entrar en su fiesta.

Nouwen lo expresa tan lindo en “El regreso del hijo pródigo”: “¿No sería maravilloso hacer sonreír a Dios dándole la oportunidad de encontrarme y amarme generosamente? Preguntas como ésta me llevan al punto clave –dice: el concepto que tengo de mí mismo. ¿Puedo aceptar que merece la pena que se me busque? ¿Creo realmente que Dios desea estar conmigo? Aquí está el núcleo de mi lucha espiritual: la lucha contra el auto rechazo, el desprecio de mí mismo y la auto condena. Es una batalla muy difícil de librar porque el mundo y sus demonios conspiran para hacerme pensar en mí mismo como en alguien que no merece la pena, que no sirve, alguien despreciable…”
Es interesante lo que sigue. Nouwen conecta esta imagen “de baja autoestima” con la economía (y se puede conectar con la política también). Nos hace ver que “muchas economías (y poderes políticos) se mantienen a flote manipulando la baja autoestima de sus consumidores y creando expectativas espirituales con medios materiales”.
Es que si siento que valgo tantísimo a los ojos de Dios no voy a andar buscando comprar y consumir cosas que llenen mi vacío. No hay peor cliente para el mundo del consumo que un cristiano alegre, lleno del amor de Dios y con ganas no de consumir sino de trabajar por los demás. No hay peor “cliente político” que el que no quiere que le den dádivas sino que exige que le den trabajo para el bien común de la patria.

Nos quedamos contemplando gozosos esa imagen del Padre que nos regala Fano: Un Padre lleno de Espíritu Santo. El Espíritu de ese Padre –que vuela a nuestro encuentro, con los pies en el aire y la sonrisa ancha- es un Espíritu de libertad. ¡La libertad de los hijos de Dios!

Unir al Padre y al Espíritu es una gracia que sólo Jesús da.

Ver al Padre como Padre espiritual (libremente adoptado, diríamos) es la gracia que nos permite liberarnos de la letra de la ley y apropiarnos de su espíritu, que nos hace cumplir gozosamente y por amor todos los mandamientos de este Padre.

Ver al Espíritu como Espíritu paternal (afectivamente sentido) es la gracia que nos permite vivir a Dios encarnado, de manera cercana, familiar, comprometida con la comunidad.

Démosle gracias a Jesús, nuestro Hermano y Señor, que nos ha revelado estas cosas a nosotros, sus amigos pequeños y pecadores, porque la noticia de que tenemos un Padre que sale a buscarnos y que nos tiene preparada una fiesta cada vez que volvemos, es la noticia más hermosa que nos pueden haber dado.
Cultivar esta imagen verdadera del Padre –rechazando todas las imágenes idolátricas, tanto las que lo ponen en un lugar estático, de autoritario legalismo, como las que lo niegan como padre ausente, que no se interesa por nosotros, cultivar en el corazón esta imagen linda del Padre, digo, es “adorar y dar Gloria a Dios”. Y Dios ama a los que quieren ser sus “adoradores en espíritu y en verdad”, como le dijo Jesús a la Samaritana.

¿Cómo se cultiva esta imagen de un Padre que sale de sí; de un Padre rico en recursos para ganar el corazón de sus hijos?
Yo diría que tenemos que apuntar por el lado de “reconocerlo en sus instrumentos” y de “aceptarle sus mediaciones”. Si sus instrumentos son “miradas de catalejos con forma de corazón” no podemos pretender miradas frías y que marquen las distancias. Si sus mediaciones son abrazos, besos y fiestas, no podemos negarnos a vestir el traje de fiesta ni excusarnos de acudir a las bodas.
Y así, cada uno puede ir reflexionando con cuales instrumentos y con qué mediaciones viene el Padre a su encuentro, de manera tal que nadie se pierda su abrazo por andar atajándose de un reproche.

Diego Fares sj

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