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Bajando con ellos y con una multitud de sus discípulos y una muchedumbre copiosa del pueblo, que había venido de toda Judea, de Jerusalén y de la región marina de Tiro y de Sidón para oírlo a Él y para que los sanara de sus enfermedades, Jesús se detuvo en un llano, y alzando los ojos hacia sus discípulos, dijo:
Bienaventurados ustedes los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.
Bienaventurados ustedes que ahora tienen hambre, porque serán saciados.
Bienaventurados ustedes, que ahora lloran, porque reirán.
Bienaventurados serán ustedes cuando los hombres los odien, y cuando los excluyan, los injurien y proscriban su nombre como malo por causa del Hijo del hombre. 

Alégrense ese día y salten de gozo, que su recompensa será grande en el cielo; porque de esta misma manera trataron a los profetas sus antepasados.

 En cambio,
¡Desdichados ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consolación!
¡Desdichados ustedes, los que ahora están hartos, porque padecerán hambre!
¡Desdichados los que ríen ahora, porque tendrán aflicción y llorarán!

Ay, cuando hablen bien de ustedes todos los hombres, porque así fue como sus padres trataron a los falsos profetas! (Lc 6, 17.20-26). 

Contemplación

            Me quedaron resonando en el corazón las palabras del Papa Francisco en la audiencia del miércoles pasado, 13 de febrero. Fueron sobre el Padre nuestro y, más que decirlas, las dramatizó con preguntas, como se suele hacer en las clases de catecismo a los niños: “Hay una ausencia impresionante en el texto del Padre nuestro” -así comenzó diciendo-, y agregó: “Y si yo les preguntara cuál es la ausencia impresionante en el texto del Padre nuestro…? No les resultará fácil responder (…) Piénsenlo, qué falta? Una palabra. Una palabra por la que en nuestro tiempo (quizás siempre ha sido así) todos sienten una gran estima. Cuál es esa palabra que falta en el Padre nuestro que rezamos todos los días? (…) Falta la palabra «yo».

            Nunca se dice «Yo».  Jesús nos enseña a rezar teniendo en nuestros labios primero el «Tú», porque la oración cristiana es diálogo: «santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad». No mi nombre, mi reino, mi voluntad. “Yo” no, no va. 

            Y luego pasa al «nosotros». Toda la segunda parte del Padre nuestro se declina en la primera persona plural: «Danos nuestro pan de cada día, perdónanos nuestras deudas, no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal». Incluso las peticiones humanas más básicas, como la de tener comida para satisfacer el hambre, son todas en plural. En la oración cristiana, nadie pide el pan para sí mismo:  dame el pan de cada día, no, danos, lo suplica para todos, para todos los pobres del mundo”.

            Acá me detuve, al sentir que las bienaventuranzas tienen el mismo espíritu que el Padre nuestro. De hecho el Papa decía el otro día en Santa Marta: “Para rezar el Padre nuestro de corazón hace falta vivir el espíritu de las bienaventuranzas”. Es el “odre nuevo”, el “estilo” comunitario que nos enseña Jesús, para poder vivir bien el contenido del evangelio. 

            Jesús no dice “feliz de ti, que eres pobre”, sino “felices ustedes, los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios”. Jesús nos ve, felices o desdichados, juntos. 

            Nadie es pobre solo, nadie tiene hambre solo. En una mesa donde hay muchos comiendo uno solo no pasa hambre. Quizás por eso a los pobres los van juntando entre ellos, para que vivan en villas miseria, en zonas más pobres, en países y continentes enteros más pobres. Siempre recuerdo a una familia amiga que vivía en la villa del barrio Sancalal, junto a las vías del Belgrano. Un plan de viviendas ofreció casas prefabricadas a unas cien familias por el lado de Trujuy y se fueron. Las casitas estaban lindas y el barrio bien demarcado. Pero me quedó grabado lo que dijo una mamá: “Acá no hay quién pedirle una taza de azúcar”. Estaba aislado y eran todos igual de pobres. Para comprar tenían que salir caminando por la ruta como tres kilómetros.

            Continuaba Francisco: “No hay que olvidarlo, en el Padre nuestra falta la palabra «yo». Se reza con el tú y con el nosotros. Es una buena enseñanza de Jesús. No se olviden. Por qué? Porque no hay espacio para el individualismo en el diálogo con Dios. No hay ostentación de los problemas personales como si fuéramos los únicos en el mundo que sufrieran. No hay oración elevada a Dios que no sea la oración de una comunidad de hermanos y hermanas, el nosotros: estamos en comunidad, somos hermanos y hermanas, somos un pueblo que reza, «nosotros».

Una vez el capellán de una cárcel me preguntó: «Dígame, padre, ¿Cuál es la palabra contraria a yo?» Y yo, ingenuo, dije: «Tú». «Este es el principio de la guerra -me dijo-. La palabra opuesta a “yo” es “nosotros”, donde está la paz, porque estamos todos juntos». Es una hermosa enseñanza la que me dio aquel cura”.

            Estoy haciendo la prueba en estos días de entrar en la oración usando el nosotros, como si rezáramos en grupo. Con distintos grupos. Me di cuenta (con el estremecimiento que provoca siempre que uno da un paso de conciencia y se da cuenta de lo ciego que ha vivido!) de que siempre he rezado diciendo “yo”. Es cierto que pido por los demás y que cuando digo yo lo hago diciendo “yo soy un pecador” y también “quiero ser mejor para los demás”. Pero el “yo” está ahí, como una estatua. Empecé a tratar de rezar usando el nosotros y en el primer “nosotros” en el que me sentí identificado fue este -amplísimo- de los pobres. Acá estamos Señor, los que te pedimos limosna hoy día… Y me hacía la composición de lugar de la fila que hacen los pobres para entrar al Hogar a la mañana, al desayuno y luego al almuerzo. Acá estamos, Señor: los pobres. Los que venimos a pedirte “danos la limosna de oración de cada día”. Cuando uno no hace fila, aunque esté en medio de una multitud, por ahí no se siente “nosotros”. Y en cambio, ponerse en fila nos constituye como “nosotros”. Y ese nosotros hace que nuestra hambre se modere a su ración, que no nos pongamos avarientos con el mensaje de la sociedad de consumo, que estimula hambres innecesarios, deseos de cosas que no podemos consumir. Felices los pobres que hacen fila y siendo ese “nosotros” se les sacia el hambre con su ración común y gozan “siendo parte” del Reino de Dios, en el que ninguno es solo yo sino que cada uno se siente con un solo corazón.

            Me decía un matrimonio amigo que fue a esta audiencia del “yo” y del “nosotros”, que el Papa pasaba saludando a los que estaban adelante y que “uno veía que había tanta gente y que él tenía que pasar rápido, y entonces uno elegía bien lo que le quería decir, lo más importante”. Cuando el Señor pasa, ese “nosotros” en el que uno está nos hace discernir lo importante y no andar dando vueltas. Estar en fila con los demás nos ayuda a discernir lo esencial, a elegir las palabras que nos importa comunicar.

            Otro “nosotros” en el que me pongo a rezar es el familiar. Sintiendo nuestras penas familiares comunes. Esto es algo que sale natural. Las lágrimas son familiares. No es que uno se tenga que hacer a la situación. Si uno ve llorar a sus hermanos, a su madre, a sus primos, se conmueve inmediatamente. El nosotros está inscrito antes que el yo en nuestra carne que es familiar. 

            La familia es ese nosotros que el Señor ve cuando dice “ustedes” y que nos enseña a declinar al rezar el Padre nuestro. El es el Padre de nuestra familia, antes que nada. En esa “habitación familiar” debemos entrar para estar a solas con Él, no aislados sino como el que reza por todos. El papa lo describía así: “Un cristiano lleva a la oración todas las dificultades de las personas que están a su lado: cuando cae la noche, le cuenta a Dios los dolores con que se ha cruzado ese día; pone ante Él tantos rostros, amigos e incluso hostiles; no los aleja como distracciones peligrosas. Si uno no se da cuenta de que a su alrededor hay tanta gente que sufre, si no se compadece de las lágrimas de los pobres, si está acostumbrado a todo, significa que su corazón ¿cómo está? ¿Marchito? No, peor: es de piedra. En este caso, es bueno suplicar al Señor que nos toque con su Espíritu y ablande nuestro corazón. «Ablanda, Señor, mi corazón». Es una oración hermosa: «Señor, ablanda mi corazón, para que entienda y se haga cargo de todos los problemas, de todos los dolores de los demás»”

            El nosotros familiar es el que debemos recuperar. Está tapado por el individualismo. Pero basta escarbar un poquito para que brote el agua fresca del manantial familiar. Rezar como hijo, como hijo pequeño en brazos de su madre, rezar como hermano, rezar como primo hermano, compañero de juegos. Qué extrañas posturas adoptamos a veces en la oración entendida como deber o, peor, como técnica! Jesús nos remite al “Abba” -papito- de la infancia, al hermanito y a la hermanita con quien se compartían los regalos y las tareas, al hijo mío que toca el corazón a la hora de responder a algún pedido. El nosotros familiar no permite que se convierta algo tan precioso como la oración en un bien más de consumo.

            “Podemos preguntarnos -prosigue el Papa-: cuando rezo, ¿me abro al llanto de tantas personas cercanas y lejanas?, ¿o pienso en la oración como un tipo de anestesia, para estar más tranquilo? Dejo caer la pregunta, que cada uno conteste. En este caso caería víctima de un terrible malentendido. Por supuesto, la mía ya no sería una oración cristiana. Porque ese «nosotros» que Jesús nos enseñó me impide estar solo tranquilamente y me hace sentir responsable de mis hermanos y hermanas”.

            Por fin, la bienaventuranza de las persecuciones, los insultos y las exclusiones. Salten de gozo, dice Jesús. Así trataron a los profetas. Ser profeta -que la palabra que uno dice y el testimonio que da, deje huella, le haga algún bien concreto a otros- es la gracia propiamente evangélica. La señal de que uno fue evangelizado (por un profeta de palabra eficaz y fecunda) es que uno la comunica y la anuncia también proféticamente, de manera que incide en la vida y deja marca. En este ámbito de la profecía, del martirio (porque se es profeta por el testimonio de vida y no solo porque uno habla o escribe) el nosotros adquiere una dimensión misteriosa. Impresionan los “compañeros mártires”, esos mártires que dan la vida en grupo, sin distinguirse quién era “más santo” o tenía tal cualidad. Es el hecho duro y neto de haber dado la vida junto con los demás el que hace a nuestros mártires santos la causa de que nos haya llegado al fondo del corazón la fe. Es la multitud de testigos la que transmite la fe. Testigos anónimos, que amaron y dieron la vida, sin reclamar nada para sí. Esta entrega constituye ese nosotros al que gozosamente nos sumamos. Silenciosamente nos sumamos, cada uno cuando le llega su tiempo. No hay otro orgullo más grande que el que se siente al poder formar parte de ese nosotros: uno más, en medio de nuestro pueblo. No entramos en este nosotros dichoso por ningún reconocimiento externo. Entra el que lo vive y lo goza de adentro, el que desea ser “nosotros”, el que se esfuerza interiormente por dejar de ser “yo, me, mi, conmigo” y ama sentirse uno más de los que “aman a Jesús aún sin haberlo visto”. Uno forma parte cuando busca sólo la ayuda y la aceptación del Señor, que es el que pronuncia ese “felices ustedes” y ese “vengan ustedes, benditos de mi Padre”, que justifican la vida. 

            No hay otro pecado para pedir perdón sino este -fundamental, clarísimo, inexcusable- de no estar a la altura de este nosotros. El pecado de ser solo “yo”. 

            No hay otra gracia para agradecer más que la de ser invitado -sin mérito alguno, por pura gracia- a formar parte de los que entran a este banquete y forman parte de este reino. 

Ir aprendiendo cada vez que digo “yo” a corregirme y agregar “nosotros” es la gracia. Nosotros los hombres. Nosotros los de nuestro pueblo. Nosotros los de nuestra familia. Nosotros… 

Dichosos nosotros, si apuntamos en esa dirección, enderezando el rumbo empecinadamente hacia un nosotros abierto, al que pueden venir a habitar todos los hombres de buena voluntad. Ay! de nosotros si vamos para el otro lado: para el nosotros que se achica y se encierra. 

Diego Fares sj

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“Aquel día, el primero de la semana, Cleofás y yo volvíamos a nuestro pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablábamos sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversabamos y discutíamos, el mismo Jesús se nos acercó y siguió caminando con nosotros. Pero nuestros ojos estaban retenidos, de modo que no podíamos reconocerlo.

El nos preguntó: «¿Qué conversación es esa que tienen entre ustedes mientras van caminando?» Nosotros nos detuvimos, con el semblante triste, y Cleofás le respondió: «íTú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!» «¿Qué cosa?», nos preguntó él. Nosotros le respondimos: «Lo que pasó con Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»

El nos dijo: «¡Qué necios son y qué tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No ven que era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, nos interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegamos cerca de nuestro pueblo, hizo ademán de seguir adelante. Pero nosotros le insistimos: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»

El entró y se quedó con nosotros. Y estando sentado a la mesa con nosotros, tomó el pan, lo bendijo y después de partirlo nos lo daba.

Entonces se nos abrieron los ojos y lo reconocimos, pero él había desaparecido de nuestra vista. Y nos decíamos con Cleofás: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y abría para nosotros la interpretación de las Escrituras?»

En ese mismo momento, nos pusimos en camino y regresamos a Jerusalén.

Allí encontramos reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos nos dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»

Nosotros, por nuestra parte, contamos lo que nos había pasado en el camino y cómo lo habíamos reconocido al partir el pan” (Lucas 24, 13-35).

Contemplación

Se habrán dado cuenta de que el Evangelio, aunque sólo pone el nombre de Cleofás, nos considera como si fuéramos uno solo. Lucas siempre dice “los discípulos”. Y hace ver cómo  el Señor nos pregunta, nos reta, nos explica, nos parte el pan y nos ilumina los ojos a los dos al mismo tiempo: a nosotros. Y nosotros, aunque aquella tarde haya hablado sólo Cleofás y ahora sólo yo, siempre decimos “nosotros”.

No es un detalle menor. Si a alguno le interesan las estadísticas del Reino, les cuento que Lucas es quien más utiliza la palabra “nosotros”. 21 veces en su evangelio -3 en Emaús- y  57 veces en los hechos (78 veces sobre unas 300 que se utiliza en el Nuevo Testamento).

En Lucas todo es “nosotros”.

Él fue, quizás, el que mejor se dio cuenta de esta manera de proceder del Espíritu a impulsos del Cual comenzó a formarse nuestra pequeña comunidad.  En nuestro encuentro con el Señor Resucitado, Lucas adelanta lo que luego se convirtió en algo común. En los Hechos de los Apóstoles tanto las acciones como el lenguaje de los discípulos tienen siempre la forma del nosotros. Tan es así que en un momento llegamos a decir: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros…” (Hc 15, 28)-. ¡El Espíritu Santo y nosotros! ¿Qué les parece?

Bueno, este extenso preámbulo es para decirles que si alguno de ustedes toma lo de que no se mencione mi nombre y el hecho de que siempre hablemos de “nosotros”, como una invitación a ponerse en mi lugar para ser parte del nosotros, es bienvenido.

Desde que invitamos al Señor sin saberlo, la hospitalidad se convirtió para nosotros en fuente de esperanza. Esperanza de volver a verlo de nuevo en toda su Gloria, como lo vimos en ese instante antes de que desapareciera, cuando nos partió el Pan. De hecho, no sé si sabían, el nombre de mi compañero lo expresa: Cleofas es ‘el que ve la gloria’. Mientras tanto, para nosotros cualquier “extracomunitario”, cualquier peregrino, cualquier persona que se nos ponga al lado, que se meta en nuestro evangelio y nos acompañe un trecho de camino es el mismo Jesús en persona…. Y en nuestra casa, el pan alcanza para todos.

Así que si quieren “meterse en la escena” –como dice San Ignacio en los Ejercicios Espirituales- no hay problema.

Cada uno tiene su modo de entrar y de interactuar con nosotros. Hay un icono que nos representa como un discipulo y una discípula y les sirve para contemplar a las consagradas y a los consagrados. Hay otro icono en el que se nos representa como una familia, incluso con un bebé. Otros como esos discípulos que el Señor enviaba “de dos en dos”.

Como digo, es bienvenida toda persona que se sienta identificada con nosotros. Así que pasamos a usar el nosotros y esperamos que se sientan incluidos.

Nosotros, de lo que queríamos dar testimonio es simplemente de este “vivir y obrar en común” que nos regaló el Señor.

Él ya nos había enviado en misión juntándonos de a dos y ese hecho marcó nuestra amistad en el Señor para siempre. Tanto que no nos fuimos cada uno por su lado, como suele suceder en las huidas. Nos fuimos juntos. Y El nos vino a buscar también a los dos.

Hay algo muy propio de Jesús en esto de tratarnos a los seres humanos “de a dos” (quizás es porque El es “el dos” del Padre y todo lo hacen juntos, en un mismo Espíritu).

Su entrada en nuestra historia comienza ya con dos parejas: María y José y sus parientes más ancianos, Zacarías e Isabel. El llamamiento a los apóstoles comenzó con los hermanos: Simón y Andrés y Santiago y Juan. También los envíos: siempre fueron de a dos. Y la hospitalidad de Marta y María. Y la amistad de Pedro y Juan.

Esta manera de ver a la gente de a dos, de pensar las misiones de a dos, es propio del Señor. Y se trata de un dos que rápidamente vemos convertirse en tres. Cuando Jesús hablaba de pedir de a dos, lo expresaba así: “Les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 19-20). Es así. Es un dos abierto, un juntarse de a dos para formar familia, comunidad, equipo.

Pues bien, ese era nuestro problema. El nos pescó justo hablando de la comunidad. Era de eso de lo que veníamos conversando entristecidos… Si leen entre líneas lo que dice Cleofás, nuestro problema era la comunidad: ¿cómo podía ser que “nuestros” sumos sacerdotes y “nuestros” jefes lo hubieran condenado? ¿Y nuestro grupo? ¡Qué doloroso era ver ya despuntar las semillas de la disolución! ¿Qué otro cosa podía significar que algunas de las mujeres que andaban con nosotros, al no ver el cuerpo del Señor, hubieran comenzado a tener visiones de ángeles y que algunos de los nuestros les creyeran y otros no…? Acostumbrados a andar unánimes en torno a Él, vimos cómo se comenzaba a gestar la desunión y no queriendo ser cómplices, como suele suceder, nos abrimos. Y al final terminamos aumentando la división con nuestra huida.

Sí, el problema del que hablábamos con Cleofás era precisamente el de la comunidad. ¡Qué misterio, ¿no?! Cómo es que queriendo formarla la desgarramos. Nuestro reclamo era de fondo y estaba dirigido a Él. Nosotros habíamos esperado en Él y ahora no lo veíamos. Y sin Él no hay comunidad posible, eso estaba claro para nosotros y creo que vale también para ustedes.

Sin Él, no más de a dos, porque no hay grupo que aguante.

Sin Él, el recuerdo piadoso de las gestas vividas en común no es más que nostalgia sin futuro.

Sin Él, la mística de la comunidad se convierte muy pronto en política -como les pasó a nuestros saduceos- o termina siendo puro ritualismo y burocracia -una comunidad de sepulcros blanqueados-, como les pasó a nuestros fariseos…

Nosotros no intuíamos qué le pasaría a nuestra comunidad,  y no queríamos quedarnos a averiguarlo. Por eso nos fuimos. La teníamos tan clara, veíamos con tanta lucidez el problema de la comunidad, que nuestros ojos se fueron velando de una tristeza tal que se volvieron incapaces de reconocer al Maestro cuando se nos puso al lado por el camino.

Era un simple caminante, sin nada especial, si es que no es algo especial esa naturalidad con que se nos acercó y nos hizo hablar…

Eso fue lo más hondo que descubrimos luego, al recordar el ardor que nos encendió el corazón como una brasita nueva: justo en el punto del camino en el que la desilusión de la comunidad se volvía una lucidez, justo allí, donde nuestros ojos creían ver más claro lo que es la vida, se nos acercó Él, como a dos ciegos. Jesús, El que todo lo ilumina. Y antes de darnos la luz, nos encendió el fervor. Nos hizo comprender que para “ver su gloria” hacían falta esos tres días de pasión, en los que el amor es pura entrega.

Nosotros con la gracia oscura de su cercanía lo intuímos, y por eso, aún ciegos de tanta lucidez, dialogamos con Él y hasta nos animamos a hospedarlo en casa.

Antes de verlo lo escuchamos,

antes de reconocerlo lo hospedamos,

antes de entenderlo saboreamos el pan que nos partió.

Esta manera de entrar de nuevo en nuestra vida, este estilo suyo de establecer la comunión sin exigencias ni pruebas, sólo apelando al diálogo, a la hospitalidad y a la fe, nos marcó el camino de regreso a la comunidad.

A una comunidad en la que queríamos integrarnos tratando a los demás del modo como Él nos había tratado a nosotros.

Nos habíamos desilusionado de la comunidad por mirar muy críticamente a los que eran más grandes que nosotros y por despreciar muy escépticamente a las que eran más pequeñas que nosotros.

El hecho de que el Señor nos hubiera ido a buscar personalmente, a pesar de nuestra necedad y taradez de corazón, nos conmovió.

Por eso volvimos humildemente a la comunidad: dispuestos a escuchar cómo se le había aparecido a Simón Pedro y deseosos de valorar a nuestras hermanas como pares en pequeñez, equiparando el trato preferencial que nos había dado el Señor al igual que a  ellas.

Nos habíamos alejado de la comunidad enceguecidos por nuestras propias ideas, encerrados en la lucidez falsa de nuestros criterios y de nuestra manera de ver las cosas…

El hecho de que el Señor nos escuchara pacientemente antes de hablar, de que nos acompañara por el camino sin dejarnos ir solos, el hecho de que esperara nuestra invitación y luego la aceptara y nos partiera el pan… todo esto hecho con tanta paciencia y cariño, nos hizo arder el corazón.

Volvimos a la comunidad dispuestos a caminar con los demás, sin apurar el paso de nadie, siendo capaces de ir dos cuadras de más con el que nos pedía que lo acompañáramos una, abiertos a escuchar, deseosos de compartir primero antes de discutir…

En definitiva: volvimos corriendo a la comunidad.

Nos quedó claro que le hicimos hacer un trabajo extra al Señor.

Es verdad que los hijos pródigos sacamos lo mejor del corazón de Dios, su Divina Misericordia. Pero habiendo tantos pródigos y pequeñitos que se pierden en el mundo, la vuelta a lo común de la comunidad debe ser rápida, para poder salir todos juntos a buscar a otros que lo necesitan más.

Les confesamos que nuestra manera de estar en la comunidad, a partir de allí, fue un puro estar disponibles: para lo que quisieran mandarnos los más grandes y para la ayuda que necesitaran las más pequeñas.

No nos enganchamos nunca más en ninguna en ninguna interna (las internas son lujos que se dan los ricos y los poderosos).

No nos enroscamos más en ningún discurso desesperanzador (los discursos desesperanzados son para los que les gusta escucharse a sí mismos).

Pasamos a ser parte de esa infinita multitu de pequeñitos del pueblo fiel, los que todo lo creen, los que todo lo esperan, los que todo lo soportan.

Algunos nos ven ingenuos.

Pero nosotros sonreímos interiormente porque sabemos lo que es estar de vuelta del camino que se aparta de la comunidad.

Y nos gusta, considerarnos “de segunda”;

Nos encanta poder ser, dentro de la Comunidad grande, parte de “los que están de vuelta”:

de los perdidos que fueron encontrados,

de los pecadores que fueron perdonados,

de los escépticos que pasaron a ser fieles,

de los que que querían ser primeros y ahora quieren ser últimos,

de los que daban órdenes y ahora desean obedecer.

Esperamos que se entienda bien esto de “estar de vuelta”: no nos hizo de los que creen que se las saben todas, sino de los que sólo desean servir.

Diego Fares sj

 

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