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Posts Tagged ‘Mujeres’

 

Jesús salió de allí y vino a su pueblo y sus discípulos lo acompañaban. Cuando llegó el Sábado comenzó a enseñar en la sinagoga y la mayoría de los que lo escuchaban estaban shockeados y decían: -¿De dónde saca este estas cosas? y ¿Qué es la sabiduría esta que le ha sido dada? ¿Y estos milagros que se realizan por medio de sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, y el hermano de Jacob y de José y de Judas y de Simón? Y no se hallan sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

Jesús les dijo: – No hay profeta desprestigiado si no es en su patria y entre sus parientes y en su casa. Y no podía obrar milagro alguno salvo que a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos, los curó. El se admiraba de su incredulidad. Y recorría las aldeas en torno enseñando (Marcos 6, 1-6).

 

Contemplación

 

El maestro de alma, que se pone a enseñar

Vemos a Jesús que “se puso a enseñar” en la Sinagoga. Marcos no nos dice qué enseñaba, pero si escuchamos lo que decía la gente, vemos que se admiraba de su sabiduríay de sus milagros. La sabiduría era la de sus parábolas, un nuevo modo de comunicar que tocaba el corazón de la gente. También se admiraban de su discernimiento, de sus explicaciones sobre la Ley, que ponían el acento en lo esencial y no se enredaban en las discusiones abstractas sobre mil y un preceptos que tanto les gustaban a los escribas y fariseos.

Jesús enseñaba (y enseña) a “contemplar las cosas de Dios” con sus parábolas; enseña a rezar, alabando, adorando y pidiendo al Padre; y enseña a cumplir la ley de corazón, centrando a la gente en la Misericordia y no en los sacrificios ni en el cumplimiento formal.

La imagen que me gusta es la del maestro o la maestra que entra en clase y “se pone a enseñar”. Esa vocación de maestro, el que la tiene la conoce. Es una pasión. Se es maestro o maestra de alma o no se es.

Todos en nuestra vida tenemos experiencia y recuerdos marcados de los que fueron “maestros y maestras de alma”. A lo que no lo fueron, no los recordamos, pero a los que sí, no los olvidaremos más: quedaron para siempre en nuestra alma.

Yo recuerdo del Hno. Antonio como “se ponía a enseñarnos” dictado y caligrafía. Hoy que lo medito, lo que me queda es la importancia que le daba a corregir nuestros dictados y nuestros palotes, sabiendo que lo suyo eran “andamios” por los que otros caminarían para construir y pintar la casa. Pues bien, yo me acuerdo de los que pusieron los andamios y enderezaron a mano los renglones que hoy no son ya necesarios. Pero el surco de su dedicación a lo pequeño trazó otros renglones en mi alma y siguen haciendo que me guste más enseñar a rezar a un niño a los que sus papás no le enseñaron que dar una conferencia.

Jesús es uno de esos maestros que “entra y se pone a enseñar”. Lo aprovechan las personas que tienen corazón de discípulos, las que tienen pasión por aprender, crecer y mejorar; las que en cada cosa y actividad saben apreciar al que es maestro, al que tanto en cosas grandes como muy simples, ama enseñar lo que aprendió.

 

Los que se sienten ofendidos y esgrimen todo tipo de razones contra Jesús

Marcos dice que los paisanos de Jesús “se asombraban”. El asombro del que habla no es de los que abren la mente y el corazón sino el asombro de quien se queda perplejo, shockeado por algo que no se esperaba. Este asombro negativo se ve por los frutos. Los comentarios que a primera vista pueden parecer cosas normales que dice la gente, si uno los analiza, son de una agresividad que se auto-alimenta y crece.

Descalifican todo lo de Jesús -“estas cosas”- dicen- no sabemos “de donde las sacó”. No sabemos qué es esta sabiduría y estos milagros que hace con sus manos. Quién se los ha dado. Se introduce aquí lo que dirán después algunos: que Jesús expulsaba demonios por obra de Beelzebul.

Luego pasan a descalificarlo por su oficio: “no es este el carpintero?”, como diciendo quién se cree que es.

Y terminan descalificándolo con lo que, paradójicamente, será luego lo más lindo de Jesús para los que lo queremos: “no es este el hijo de María?”. Querían decir que era hijo natural. No se habían tragado el casamiento de José, que le había dado su nombre, y lo seguían considerando como un hijo espurio.

Vemos en acto toda la malignidad posible en la boca de la gente, cuyos chismes de vecindario terminan por ser calumnia, difamación, descalificación. Marcos concluye que se escandalizaban a causa de él. Se sintieron ofendidos.

Jesús, que escuchó los comentarios o los leyó en el corazón de sus paisanos, a quienes conocía muy bien desde chico, les responde con la frase sobre el destino de los profetas: “Un profeta no es despreciado sino en su propia tierra, entre sus parientes y en su casa”.

Me parece que al hablar así, poniéndose como profeta, el Señor lo que hace es decirle a la gente que no tendrían que escandalizarse tanto. Son de un pueblo y una cultura que tiene tradición profética. Aunque hiciera mucho que Dios no suscitaba profetas en Israel, sabían muy bien que el Señor cuando hacía surgir un profeta lo podía tomar del pueblo sencillo, como hizo con Amós, o elegirlo desde niño como Samuel, o siendo apenas un joven como Jeremías. Les está diciendo que no tienen que hacerse los que no entienden o los que están viendo algo raro. Si la sabiduría es sabiduría y los milagros milagros no pueden hacerse los desinformados u ofenderse porque “no se habían dado cuenta antes”. Este argumento auto-referencial es muy común entre los que se cierran a la novedad del Espíritu. No puede ser verdad porque “yo lo hubiera visto antes”.

La frase de estos indignados podría bien sonar como: Qué te pasa Jesús!? Quién te creés que sos! Mirá que te conocemos. Conocemos a tus amigos y parientes.

 

Reflexión sobre el verdadero escándalo

Hay una definición del escándalo que puede servir para discernir los escándalos de mucha gente en la actualidad. Dice así: “El escándalo es que usan razones penúltimas para rechazar lo que, con razones últimas (que se conocen bien) deberían aceptar“.

Pasa hoy en nuestra patria con la discusión sobre el aborto: se usan razones penúltimas (muy valederas, pero penúltimas) para rechazar que las razones para defender la vida son y deben ser siempre las últimas.

Últimas en el sentido de que no tienen por qué en otra cosa, sino en la vida misma. Esta indefensión de las razones últimas es como la indefensión de la vida en gestación. Dependen de otro y no se pueden autovaler, pero justamente por eso, para que las cuidemos y defendamos todos los demás.

Lo que sale naturalmente cuando  una mujer dice que está embarazada es que, los que la quieren le dicen, nosotros te vamos a ayudar.

Y esto se dice como no se puede decir ninguna otra frase de ayuda en este mundo.

Se dice con infinito respeto por la decisión última de la mujer y haciendo saber que ese hijo ya es de todos, de la familia y de la humanidad. No es de la sociedad como si fuera algo que la sociedad le pudiera obligar a tenerlo, pero tampoco es suyo solo, aunque ella sea la que decide: lo que haga afectará a todos. Se trata de algo último, que no se puede resolver con razones penúltimas.

La decisión última de hecho (si una persona decide abortar nadie se lo puede impedir) no puede convertirse en razón última del derecho. Si esto lo dice una sola persona, se llama extorsión. Como cuando alguien dice, si no hacés esto me suicido. Si es algo extendido, como el caso del aborto, la amenaza extorsiva la hacen los grupos ideológicos que se apoderan del problema para otros fines. Amenazan: Si no se legisla ya como está la ley, están dejando que mueran las mujeres pobres en la clandestinidad. Aunque los números empujen mucho y pesen, a la hora de legislar no pueden ser razón última de lo que es justo. Como dijo Lospenatto (para justificar su posición que es contraria a esta) “Los derechos no se plebiscitan ni se miden por encuestas, los derechos se reconocen y se garantizan”.

Es decir: las razones penúltimas no pueden sobreponerse a las razones últimas a la hora de legislar. Hay que encontrar otras maneras. Porque si no, la ley del aborto se convierte en un aborto de ley, en una ley “no recta”.

 

Jesús el profeta que habla al corazón

El Señor no pudo hacer muchos milagros en su pueblo. Su profecía no alcanzó contra las razones de sus paisanos. Igual es cierto que algunos milagros sí pudo hacer. Curó a algunos enfermos, paisanos suyos sencillos que creyeron en él y que se habrán sentido muy contentos de que Jesús, a quien conocían del barrio, fuera este que ahora tenía tan gran poder.

Es que la profecía del Señor va directa al corazón. A las mentes cerradas, solo les pone el límite que dice “esto, así, no va”. Pero su palabra sólo es semilla fecunda si cae en la tierra buena del corazón.

En este sentido, mi discurso sobre “las razones últimas” tiene su valor, pero no alcanza. Hace falta hablar al corazón.

Y de corazón, lo que siento es que quizás ha sido un error defender que la vida comienza con la concepción. Sólo ha sido cuestión de tiempo para que nos corran con los números: “en qué semana -nos dicen-, en qué momento de la unión del espermatozoide con el óvulo, así congelamos antes..”. No! Hay que anunciar y proclamar al corazón que la vida comienza desde mucho antes. Comienza en los sueños de Dios, comienza en los sueños de formar familia de las mujeres y los hombres, comienza en los sueños de los que legislan creando leyes que protejan estos otros sueños.

Creo que ha sido un error hablar del ADN como razón para definir lo que es una persona. No! Hay que anunciar y proclamar al corazón que la persona es mucho más que un ADN, es alguien tan frágil y tan único que solo su mamá puede hacer con su amor que sea un hijo suyo y que se convierta en alguien. Y si ella no lo quiere o no lo puede hacer no hay ley que valga. Dios mismo quiso que la vida naciera así, dependiendo de un sí de mujer. Aunque pueda ser engendrada por la simple pasión irracional de un varón, una persona no puede seguir adelante sin un sí amoroso de una mujer. Por eso, más allá de esta ley, que se está gestando en un marco ajeno al proceso que desencadenó en la sociedad, hay que escuchar el corazón de las mujeres. De todas.

Yo trato de escuchar así.

Cuando una preadolescente dice “déjennos cog…” y “aborto libre, seguro y gratuito”, y “nos quieren hacer creer que un feto sin sistema nervioso central es igual a mi”, yo trato de escuchar qué está diciendo esa chica. Trato de comprender el terror que siente alguien a quien la sociedad por un lado le dice que es lo más normal que tenga relaciones sexuales libremente, y por otro lado, le dice que la va a meter en la cárcel si aborta. Una sociedad que cree que cumple su deber diciéndole: “cuidate”.

Cuando una mujer dice que no quiere ser una incubadora, trato de escuchar por qué usa esta imagen. No creo que piense que su cuerpo está mal hecho, se me ocurre más bien que lo que dice es que la sociedad machista se ha aprovechado de cómo funciona su cuerpo y con la excusa de su instinto materno la ha cargado toda la responsabilidad de criar o de abortar hijos.

Cuando una mujer dice que quiere decidir sobre su cuerpo y sobre lo que es parte de su cuerpo, trato de escuchar. Porque no creo que esté diciendo que piensa que un embrión es como un riñón. Nadie mejor que una mujer sabe lo que es un hijo. Quizás es que está diciendo que si no lleva las cosas a este extremo, la sociedad seguirá aprovechándose de su “bondad materna” o de su “instinto femenino”.

Que muchas mujeres sientan que tienen que llegar a este extremo para expresar sus cosas es algo que nos tiene que hacer reflexionar a todos. Yo sigo tratando de escuchar y mientras tanto, la única propuesta va por el lado de promover el paradigma de la misericordia que propone el Papa. Una misericordia que “no hace muchos cálculos” y da todos los pasos para salvar vidas en el corto plazo y pensar cómo crear estructuras mejores en el mediano y largo plazo. Es un camino a largo plazo. Que abandona la nave de los “valores intocables” y no se sube al transatlántico de los “valores negociables” sino que se lanza al agua solo con el salvavidas amarillo de la misericordia, confiado en que Jesús, el único que camina sobre las aguas, nos extenderá su mano.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El acontecimiento de la Resurrección ¿Por qué primero en el corazón de las mujeres?

“El primer día después del descanso sabático, muy de madrugada, las mujeres se vinieron al sepulcro llevando los perfumes aromáticos que habían preparado. Y encontraron la piedra corrida a un lado del sepulcro y habiendo entrado, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Y aconteció, en su perplejidad a causa de esto, que de pronto se les presentaron dos varones con vestiduras deslumbrantes. Como quedaron amedrentadas inclinando sus rostros hacia el suelo, ellos les dijeron: «¿A qué buscan al Viviente entre los muertos? No está aquí, resucitó (se puso en pie). Recuerden cómo les habló cuando aún estaba en Galilea, diciendo: “Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que al tercer día se levante.”» Y se acordaron de sus palabras. Y vueltas del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, y Juana, y María, la madre de Santiago; y las demás mujeres que las acompañaban dijeron esto mismo a los Apóstoles. Y parecieron a sus ojos como vacías de sentido estas palabras y no las creyeron. Pedro, sin embargo, levantándose fue corriendo al sepulcro, y agachándose, ve (que estaban) sólo las sábanas de lino fino, y se volvió a casa (a lo suyo propio), admirándose de lo acontecido” (Lc 24, 1-12).

Contemplación
Estaban las cosas pero no estaba el Cuerpo del Señor.
Estaba la tumba, con la piedra removida, pero las mujeres no encontraron el Cuerpo del Señor Jesús. Pedro se asomó agachándose y “vio sólo las sábanas de lino fino”.

No hay nada más presente que un cadáver. Uno lo deja en un lugar y cuando vuelve sigue allí, igual, reclamando un entierro con su mudez en descomposición.
A las discípulas, que llevaban los perfumes aromáticos, la ausencia del Cuerpo les pesó con el peso de la piedra removida, que era su preocupación.
A Pedro, que habría podido remover la piedra, le llamó la atención un detalle delicado: las sábanas de lino fino solas, sin el Cuerpo del Señor Jesús que habían envuelto.
A Juan le llamará la atención un detalle más sutil aún: el sudario enrollado aparte de las sábanas de lino (había visto a Lázaro salir de la tumba vendado y con el sudario sobre el rostro).

Lucas nos dice que Pedro regresó a casa (a lo suyo propio) admirándose por lo que había acontecido. Este volver a lo nuestro, a nuestras cosas, es propio de la experiencia religiosa: uno siente que “sale un poco de sí y se mete en lo de Jesús y luego vuelve a lo suyo, a lo habitual…”, tenemos esta experiencia de meternos en las cosas de Dios y luego dejarlas –admirándonos- para volver a lo nuestro.
Lucas utiliza la misma palabra que los discípulos de Emaús le dirán a Jesús: “¿Sos el único que no sabe lo que ha acontecido?”.
Cuando se trata de cosas, los acontecimientos son un “sucederse” de las cosas, un pasar… Cuando se trata de personas, acontecer significa “nacer”, venir a la vida.
¿Qué es lo que acontece en la Resurrección de Jesús? Acontece que dejan de tener peso los acontecimientos de cosas y pasa a tener peso y fuerza de irradiación el Acontecimiento de la Persona de Cristo Resucitado.
Ya no se trata de que “pasen cosas”.
La charla sobre las cosas pasa a ser “charlatanerías” y las palabras sobre Jesús, en cambio, pasan a ser Evangelio.

Aquí pega un giro el hablar del mundo.

Los noticieros transmiten incesantemente noticias sobre lo que sucede en el mundo, sobre las cosas que pasan. El evangelio en cambio difunde la Buena Noticia sobre el acontecimiento más significativo de la historia, acerca de lo que “ha llegado a ser realidad”: que Jesucristo ha resucitado.

Y dónde acontece Esto? En el corazón de las discípulas, que fieles en su amor van de madrugada con perfumes al sepulcro.

La Resurrección acontece en los corazones.

No hay otro lugar físico donde pueda acontecer.

La tumba está vacía, las sábanas de lino fino no tienen ya su contenido, el sudario yace sobre la losa.

La resurrección acontece en ese delicado espacio –donde la carne y el espíritu laten acompasadamente- que es el corazón humano. Y en primer lugar, acontece la resurrección del Señor en el corazón de las discípulas, en su perplejidad, nos dice Lucas: “Aconteció, en su perplejidad a causa de no encontrar el Cuerpo del Señor Jesús” (en su desconcierto y “aporía” –sin salida- en que quedaron sus mentes), que de pronto se les presentaron los ángeles de la resurrección y les anunciaron que Jesús está vivo.
La resurrección acontece primero como Anuncio, como Palabra que al ser oída por unos corazones que han quedado inmóviles de perplejidad, sin saber qué sentir, les da algo concreto y verdadero para sentir.
Los ángeles orientan esos corazones que están en suspenso con una pregunta: ¿A qué buscan al Viviente entre los muertos?
La pregunta les revela la dirección en que estaban buscando: es una dirección equivocada, por eso no ven nada. Iban con toda la furia a embalsamar un cadáver, a poner perfumes a una tragedia, a sellar con amor una nostalgia en la cual podrían llorar con razón para siempre: el Cuerpo muerto del Señor Jesús.
Ellas comprendían bien lo que había significado tener al Señor Jesús en esta tierra, haber podido compartir con él atardeceres junto al fuego y madrugadas frías.
Valía la pena levantarse al rayar el alba para ir junto a Él y quizás enterrarse en vida y hacer de esa tumba lugar de culto para todos los tiempos, ya que nunca volvería a existir Alguien tan hermoso y bueno como el Señor Jesús.
La sencilla pregunta de los ángeles de la resurrección y la afirmación límpida y clara “No está aquí, sino: resucitó”, produce un click en sus mentes y las mete instantáneamente en el acontecimiento de la Resurrección. Pero este acontecimiento lleva su tiempo, tiene sus pasos: no se trata de que “vean y toquen” inmediatamente el Cuerpo del Señor Jesús resucitado. El acontecimiento es de tal magnitud que se necesitará toda la historia de la humanidad para ponernos a la altura, para entrar en Él y que acontezca en nosotros.
El primer paso que les hacen dar los ángeles a las mujeres (y nosotros podemos ir tomando debida nota) es “recordar”: “Recuerden cómo les hablaba cuando estaba con ustedes en Galilea”. Para que la resurrección acontezca –dado que es algo que sucede sólo en los corazones- es necesario que adquiera el ritmo con que vive nuestro corazón. El corazón vive recordando y proyectando, los sentimientos del corazón nunca están quietos, beben recuerdos y proyectan acciones de vida. El corazón atrae la sangre desde todos los confines de nuestro cuerpo, con las huellas de lo vivido por cada órgano, y la purifica en sí con el soplo fresco del oxígeno, para lanzarla de nuevo a vivificar el cuerpo. En este ritmo vital tiene su espacio el acontecimiento de la resurrección: todos los recuerdos de lo vivido con Jesús tienen que ser recuperados amorosamente para recibir el Soplo de aire fresco del Espíritu, que irá haciendo ver toda su Verdad y su sentido a cada cosa de la vida del Señor: “era necesario que el Hijo del Hombre padeciera…”.
El acontecimiento de la Resurrección necesitará muchos corazones –todos en realidad-, por eso los ángeles pondrán en movimiento de Anuncio Evangélico los pies de las discípulas que irán a contar estas cosas a los Once y a todos los demás. En el corazón de esa comunidad de amigos y amigas en el Señor irá aconteciendo la resurrección (y sólo entrando en ese ámbito cordial –en la Unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz- será posible vivir en la fe el acontecimiento de la resurrección del Señor Jesús). No podrá ser captada por ningún noticiero ni reconstruida con ningún método histórico crítico que no se meta en la realidad de lo que viven estos corazones. Afuera no pasa nada. Pasará lo que harán estos testigos. Pasará que habrá obras de caridad que construirán las manos de los discípulos. Pasará que habrá una alegría contagiosa que revelarán sus rostros y sus liturgias. Y llamará la atención este “fulgor” de la resurrección. Pero lo decisivo acontecerá siempre dentro del corazón y se comunicará de corazón a corazón.

Así, las cosas tienen ahora su centro en la Persona del Señor resucitado, que las recapitula en torno a sí. Y a ese Señor no tenemos acceso que podamos forzar, sino que Él viene a nosotros cuando quiere y entra si encuentra abierta la puerta de nuestro corazón. El se hace presente cuando nos ponemos en situación de unir nuestros corazones con el de otros, ya sea en la oración, ya sea en el servicio del anuncio del evangelio y de las obras de misericordia. No podemos “entrar” en el ámbito de la resurrección con métodos periodísticos o científicos. Pero podemos disponernos a percibir al Señor que viene, estando juntos como las discípulas y los discípulos, insistiendo en la oración en los lugares de dolor como la Magdalena, dialogando de las cosas que acontecen en torno a Jesús, como los de Emaús, yendo a nuestro trabajo cotidiano juntos, como Pedro y los discípulos que se fueron a pescar…

Hoy están de moda los libros de “historia de Jesús” (Hasta en Discovery Chanel tenemos los enigmas de la “historia de Jesús”). Sin ánimo de polemizar con los expertos, a veces siento que, aunque sean interesantes para aclarar muchas cosas que uno no sabe del mundo antiguo, lo que se informa con este “género literario periodístico” termina por ocultar lo único importante.
¿Y qué vendría a ser lo único importante? Que la vida de Jesús y los acontecimientos que se dieron en torno a Él no nos han llegado como noticia histórica, como noticia de un hecho que sucedió en el pasado y que se aleja irremisiblemente de nuestra vida a medida que esta avanza hacia el futuro. Lo primero no fue una noticia periodística.
Lo primero fue lo que aconteció en el corazón de las discípulas.
El Señor elige esos corazones para sembrar la semilla buena del primer anuncio porque son corazones fieles, simple y auténticamente fieles, sin cavilaciones, sin vueltas. Creo que el no valorar lo que significa un corazón así, entero, como sólo una mujer puede dar (y la resurrección necesita ese ámbito íntegro como el Verbo necesitó el corazón de María para encarnarse) hace que se tome como anecdótico el hecho de que el Señor se haya aparecido primero a las discípulas: a María, como nos hace contemplar Ignacio, a la Magdalena y a sus compañeras, Juana y María la de Santiago y a las demás que andaban en su compañía. Hay que valorar en todas sus dimensiones que sean estos corazones los primeros en dar cabida al acontecimiento de la resurrección. En otro ámbito se hubiera diluido en mil versiones y hubiera sido como la semilla que cae en los distintos terrenos malos y mezclados.
Notemos además que la resurrección no necesita un corazón inmaculado como el de María. El Verbo ya se encarnó de una vez para siempre en su carne sin pecado y ahora está inculturado, ya ha purificado nuestra carne y su sola presencia purifica lo que toca. Basta que se lo reciba con fe (pero fe íntegramente fiel, no como la de Tomás) y en un corazón comunitario. Así son los corazones de estas amigas y por eso prende en ellas como un Fuego el Espíritu de la Resurrección.
Cuando vemos a Pedro poner sus distancias, creer y dudar, ir y venir, sopesar y calcular, esperar y dar tiempo… comprendemos por qué el Señor hizo que su resurrección aconteciera primero en el corazón de las mujeres.
Después necesitaba que su Vida se hiciera estructura, Iglesia, disposiciones, leyes, procesos… y para ello le daría a Pedro y a sus compañeros todo el tiempo que necesitaran. Pero mientras tanto, la Resurrección tenía que “encarnarse”, nacer, estar viva, comunicarse –con esa capacidad afectiva de comunicarse que tienen las mujeres y que las unifica en torno a la realidad que tienen entre manos sin poner distancia abstracta como hacemos los varones-. Mientras los hombres medían las consecuencias políticas –por decirlo así, en el sentido de construcción social de la palabra- del acontecimiento, las mujeres lo daban a luz.
El corazón de la mujer es capaz de cambiar íntegramente en un instante todas sus expectativas cuando nota en sí que hay una vida nueva en ella. Esta capacidad de captar la vida nueva en un instante y de convertirse enteramente hacia ella con aceptación amorosa (no importa que a veces sea con gozo inmediato y otras con gozo y angustias) es lo que necesita Jesús para que su resurrección “Acontezca”, se haga real y vivificante en este mundo.
La resurrección es algo que sigue Aconteciendo en los corazones fieles! Admirados como Pedro, por el Anuncio de las discípulas, digamos: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible” (1 Pe 1, 3).
Diego Fares sj

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