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Posts Tagged ‘misericordia’

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Viene a él un leproso que, rogándole y doblando las rodillas, le decía:

“Si quisieras puedes limpiarme”.

Jesús movido por la compasión extendiendo su mano lo tocó y le dijo:

“Quiero, límpiate”.

Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio.

Adoptando con él un tono de severidad lo despidió y le dijo:

“Mira, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio”.

Pero él, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo y a divulgar la cosa, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Y venían a él de todas partes” (Mc 1, 40-45).

 

Contemplación

El domingo pasado veíamos a Jesús rezando de madrugada -intercambiando deseos con el Padre-. Hoy Marcos nos muestra cómo Jesús “es movido por una compasión que toca” y sana al leproso y a toda la gente.

La palabra “compasión entrañable” hace referencia a las entrañas y al hecho de que hay cosas que nos “tocan” y nos mueven a compasión. Los evangelistas señalan a menudo esto que le sucede al Señor: siente compasión por el pueblo que anda “como ovejas que no tienen pastor” y se queda enseñándoles y curándolos largamente, imponiéndoles las manos. Lo mueven a compasión los leprosos, los ciegos, los sordomudos… Jesús se conmueve y actúa con sus manos: le mete los dedos en los oídos, les toca la lengua, hace barro con su saliva y les recrea los ojos…

La “compasión que toca” es la actitud con la que Lucas describe al buen samaritano, que se compadece del herido, le limpia las heridas y lo venda con sus manos, se lo carga en hombros y lo sube a su asno. La imagen contraria es la de aquel deudor a quien el Rey, movido a compasión, le perdonó una gran deuda, pero él, al ver a uno que le debía unos pocos pesos, lo agarró por el cuello y lo ahogaba sin compasión.

Hay tanto para compadecer hoy!

Y como cambia el sentimiento cuando pasamos de mirar a tocar. Cuando le damos la mano al mendigo que nos pide una limosna o le tocamos el hombro o lo bendecimos en la frente.

Hoy no basta ver. Es más, a veces incluso es contraproducente. Vemos demasiado -tantos rostros, tantas imágenes en directo de gente que sufre…-, vemos tanto que la capacidad de sentir se sobrecarga y nos ponemos en “modo no sentir”. Para salir a la calle y llegar al trabajo uno desconecta la compasión como pone el celular en modo avión… Si no no llega.

Yo saco en conclusión que sólo se puede compadecer de verdad al que se puede tocar, aunque sea solo un poquito como cuando uno apenas estrecha la mano o acaricia la frente del enfermo que está en terapia.

La compasión se conecta y se vuelve vaso comunicante a distancia de las manos, no de la vista. No es para nada un sentimiento general, para la humanidad en su conjunto.

La mirada puede despertar la compasión, pero si uno no se acerca, la compasión se convierte en otra cosa. Si no nos conectamos con las manos, la compasión se vuela al mundo de las ideas y corre el riesgo de convertirse en impotencia abstracta con un sabor amargo muy concreto. Esos son los síntomas: impotencia y sentimiento amargo. Tan distintos de lo que uno siente cuando al darle la mano al otro se encuentra con su mirada amiga! La madre Teresa contaba de aquel hombre enfermo de lepra que vino a su encuentro unos días después de haber recibido ella el premio nobel de la paz (1980):

“Hace unos días, a las nueve de la noche, sonó el timbre. Bajé enseguida a ver qué pasaba. Me encontré un enfermo de lepra que estaba tiritando de frío. Le pregunté si necesitaba algo. Le ofrecí comida y una manta para que se protegiese de la dura noche de Calcuta. Las rehusó. Me tendió el cuenco de pedir. Me dijo en bengalí: ‘Madre, oí decir a la gente que le había sido dado un premio. Esta mañana tomé la resolución de traerle todo lo que consiguiese recaudar a lo largo del día. por eso he venido’. Vi en el cuenco 75 paise. Una pequeña cantidad (menos de 10 centavos de dólar). La conservo sobre mi mesa, porque este modesto regalo revela la grandeza del corazón humano. Y es algo de verdad muy hermoso. Nunca he visto alegría semejante en el rostro de alguien tras regalar dinero o comida como la de aquel mendigo que se sentía feliz de poder dar algo también él”.

Imagino que al recibir el dinero ella le tomó la mano y luego le agarró la cabeza como sus manos como hacía, lo besó en la frente y ahí le vio en los ojos la alegría que cuenta que este hombre sentía.

Allí me vino el recuerdo de la foto del Papa tocando a la abuela de cien años que no ve y “quería tocar su manita”. Como la hemorroísa, a la que le bastaba tocar los flecos del manto del Señor. Es que la gente sabe que la compasión se establece cuando hay contacto con las manos.

Y contra esa impotencia de los ojos, que para ver necesitan distancia, la potencia del tacto, que es el sentido de la proximidad, tenemos la comunión como el sacramento de la compasión. Jesús nos mandó comulgar, hacer la comunión en memoria suya, porque tocándonos, al recibirlo en la mano, en el sencillo gesto de tomar el pan con los dedos y llevarlo a la boca, su Pasión entra en contacto con nuestra vida. Y al tocarnos, el Señor nos equipara y nos sintoniza con sus sentimientos y nos transmite la corriente de su gracia.

Si no nos tocara, su Palabra quedaría como imagen, se nos iría al mundo de las ideas, que flotan en el paradigma de cada cultura y sólo bajan al corazón y a las manos en la medida en que los imperativos de moda se lo permiten.

Son tan distintas las cosas que mueven a actuar en cada cultura! En la India, por ejemplo, hay castas enteras de gente a la que se llama “los intocables”. Es tanta la miseria, pienso yo, que elaboraron esa autodefensa para poder vivir: no tocar a los que no van a poder ayudar. Para no sentir compasión? Eso creo yo. Y la madre Teresa cambió ese paradigma tocando a todos, ayudando a bien morir con las manos de sus monjas y colaboradores (como un grupo de 50 argentinos que están ahora allí, ayudando y aprendiendo de los pobres).

Podemos poner en práctica, cuando vamos a comulgar, esto de “compadecer tocando a Jesús, recibiéndolo en la mano”. La Eucaristía no es solo Jesús, es la carne de Jesús que es la carne de todos. En la comunión el Señor nos brinda la posibilidad de que, dejándonos tocar por Él, nuestra compasión se conecte con la suya y encontremos nuestra manera y medida humana de compadecer a todos con Él y en Él. No con “nuestra compasión” que se excede o se enfría de más o de menos. Jesús nos da la posibilidad real de compadecer con una compasión “nuestra”, de Jesús y mía, o de Jesús y nosotros, mejor. Es esta compasión común que nos da comulgar con el mismo pan la que unifica sentimientos y acciones.

Hoy no se puede “tocar” a los pobres si no es con la manos que tenemos en común. No sirven las manos individualistas que usamos para agarrar nuestra plata, no bastan las manos buenas de cada uno, que en cierto momento deben soltar para ir a hacer otra cosa, hacen falta las manos de muchos, de un cuerpo social, de una institución que se hace Manos abiertas, siempre abiertas, las de todos a través de las de cada uno sumado a los demás.

Al dejarnos tocar por la Eucaristía y al tocar a Jesús podemos tocar compasiva y sanadoramente, la carne de todos lo intocables del mundo. Es imprescindible, hoy más que nunca, comulgar. Tocar bien la carne, para hacer sentir la misericordia, el amor, la amistad, el compañerismo, la solidaridad. Tocar bien la carne para sanar, para alentar, para impulsar a vivir. Hoy más que nunca, hace falta este “sentido de la carne que solo Cristo puede dar”, ya que en nuestra carne se abren las llagas de la humanidad. En la carne se  muestran las enfermedades propias de ella y las del nuestra mente, que nos llevan a maltratar nuestra carne: que la hieren y abandonan, que la explotan, la comercian, la abusan, la anestesian, la decoran, la idolatran, se encarnizan terapéuticamente con ella, no la dejan nacer, no la alimentan ni la cuidan, no la dejan morir en paz…

Hace poco, el Papa hablaba de no usar los celulares en la Misa y decía que basta pensar en el lugar donde estamos cuando se celebra la Eucaristía -estamos en el Calvario, decía, ante el Señor que da la vida en la Cruz por nosotros- basta pensar en esto para que uno se ubique y no sienta deseos de sacar fotos.

No se sacan fotos en el calvario.             La misa no es un espectáculo, decía (esta es la reflexión de hoy). No es un espectáculo porque los espectáculos tengan algo de malo, no es un espectáculo porque es algo más profundo e intenso. Se nos invita tocar al Señor, a comulgar con su compasión dejando que al tocarnos, su Carne y su Sangre hagan vaso comunicante con nuestra carne y nuestra sangre y entremos en comunión con las de toda la humanidad. La Eucaristía es cada vez un acontecimiento único: es entrar en compasión y requiere las manos y toda la atención del corazón puesta en sentir el momento y vivirlo ahí. No es algo que se registra para vivirlo después.

Por otra parte, sólo entrando en comunión con la Pasión del Señor podemos animarnos un poco más a entrar en compasión con los que sufren. Sólo la comunión con la Carne de Cristo, muerta y resucitada, puede darnos el sentido justo de la compasión. Sólo comulgando con esa Carne, con lo que pasó (pasión) y lo que ahora es, glorificada, podemos ir aprendiendo a gustar lo que significa compadecer a los demás, lo que significa tratar bien a nuestra carne, con amor respetuoso y familiar, con sentido humano.

La Eucaristía es el momento para compadecer. Comulgar no es “gustar” la carne del Señor como cosa, como objeto de un momentito mío a solas con un Jesús particular. Comulgar es gustar la carne viva del Señor. Viva quiere decir en acción y pasión, padeciendo y muriendo y dando la vida por mí. Comulgar así, me permite comulgar también con la carne viviente de los demás, con sus alegrías y padecimientos. Puedo masticar los dolores de los que amo al masticar los dolores del Señor y comulgar con ellos en la paz que nos da la fe en que las llagas del Señor son llagas resucitadas. Revivir los dolores del Señor uniéndolos a los dolores reales de la gente concreta que conozco y que sé que sufre, uniéndolos a Él, eso me resulta más cercano y consolador que pensarlos separados.

Al comulgar podemos decir el “sí, quiero, queda limpio” que le dijo el Señor al leproso. Aunque nuestro sí no “cure” directamente, es un sí que nos permite entrar en la corriente de la compasión sanadora del Señor. Nos unimos comulgando con esa compasión que dice sí y que extiende la mano tocando a lo largo de la historia a cada ser humano que viene a este mundo. Al comulgar podemos decir “sí, quiero”, quiero que toda lágrima sea enjugada, toda enfermedad sanada y todo sufrimiento compadecido, cuando y como el Señor quiera y sea como sea que lo haga.

En la comunión experimentamos la belleza que salva al mundo: la del amor que se compadece del dolor -como dice el príncipe de Dostoievski-, tocándolo.

Así como en la consagración pedimos al Padre que “santifique los dones de pan y de vino con una efusión de Espíritu Santo, podemos pedir al Espíritu, al que invocamos como “Dedo de la mano Paterna” que nos de un simple toque, de esos que “encienden con su luz nuestros sentidos” e infunda su compasión en nuestro pecho y fortalezca con su fuerza inquebrantable la flaqueza carnal de nuestro cuerpo”. Es el Espíritu el que puede darnos la gracia de esta “compasión que extiende la mano y toca y limpia las lepras de nuestro tiempo”.

Diego Fares

 

 

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“Jesús dijo a sus apóstoles:

No teman a los hombres.

No hay nada oculto que no deba ser revelado

y nada secreto que no deba ser conocido.

Lo que Yo les digo en privado repítanlo públicamente;

y lo que escuchen al oído proclámenlo desde los techos.

No teman a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma.

Teman más bien a aquél que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno.

¿Acaso no se vende un par de canaritos por unas monedas?

Sin embargo ni uno solo de ellos cae en tierra sin el Padre (sin que el Padre esté)

También ustedes tienen contados todos sus cabellos.

No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.

Al que se declare por mí ante los hombres,

Yo me declararé por él ante mi Padre que está en el cielo.

Pero Yo negaré ante mi Padre que está en el cielo

a aquél que me niegue ante los hombres” (Mt 10, 26-33).

 

Contemplación

No teman. No teman. No teman.

No teman confesarse los pecados y predicar públicamente el evangelio.

No teman a las persecuciones externas, que no pueden matarles el alma.

Ustedes son valiosos para el Padre, que los cuida más que a los pajaritos: no teman.

La persecución viene de anunciar la alegría del evangelio, que es la alegría del amor.

Y los lobos –tanto los que devoran las ovejas como los que dejan que otros las devoren porque ellos cuidan letras y frases y no a las personas concretas- meten miedo, amenazan, difaman, matan.

El Señor dice que al que se declare abiertamente por él ante los hombres, él se declarará por él ante el Padre. Y que negará ante el Padre al que reniegue de Él ante los hombres.

Esto es pues lo único que debemos temer: que Jesús no nos reconozca ante el Padre.

A esto se refiere también lo de “temer al que puede arrojarnos al infierno”.

El infierno es quedar fuera del reconocimiento salvífico de Jesús.

El demonio no nos puede “arrojar” al infierno si primero no nos hemos soltado de la mano y de la mirada del Señor. Solo fuera del ámbito de acción de su Misericordia, quedamos a merced de los empujones y zarpazos del maligno.

Ahora bien, el Señor ha querido ligar su reconocimiento a –al menos- tres confesiones que tenemos que saber hacer sin miedo.

La primera confesión es de nuestros pecados. Es íntima y personal. Es la Confesión sincera de que somos pecadores, manifestación sacramental de nuestras enfermedades y de nuestros pecados.

Es una confesión privada en la que uno abre su conciencia ante el confesor que en nombre del Señor y de la Iglesia nos concede la absolución y el perdón.

El día en que “todo lo secreto sea revelado”, nuestros pecados se tendrán que revelar como pecados confesados, como pecados de los que pedimos perdón y que tratamos de  reparar de acuerdo a lo que la Iglesia nos dio como penitencia.

Saligo al paso de una dificultad: el Señor nos manda confesamos ante otro. Y esto es algo que algunos cuestionan. Pero esa persona cuida con delicado respeto que lo confesado abra nuestra conciencia a la fuente de misericordia salvadora del Señor, esa que inunda el alma de paz y nos da un arrepentimiento amoroso que  nos lleva a la conversión.

El confesionario no es una tintorería ni una sala de torturas. Es, como decía alguien, el único lugar donde uno puede hablar mal de uno mismo sin temor a que sea mal usado. En la confesión se perdona todo para que la persona pueda repartir de nuevo. Se perdonan todas los malos “pensamientos, palabras, obras y omisiones”, no minimizando su malicia íntima y su malos efectos en los demás, sino todo lo contrario: se perdonan para que la persona se libere de sus ataduras y comience a “pensar, hablar y obrar” bien desde una decisión suya, de corazón.

El Señor lo hizo ver tan claro cuando curó al que tenía la mano paralizada, seca –como señal concreta de que no podía “hacer” nada, y por tanto no podía hacer el bien-. Lo curó en sábado y “miró con enojo a los que lo rodeaban y sintiendo tristeza por su dureza de corazón”. Es que ellos no miraban la persona sino la formulación de la ley y consideraban como un desastre que el Señor se la saltara en público. Pero lo que Jesús quería era hacerles ver precisamente eso: que había un ámbito en que, si la ley permitía que el hombre siguiera con su mano paralizada, nunca se daría un paso adelante en su salvación.

Pedimos al Espíritu: quitanos el miedo a la confesión, que tanto alivio nos da y tanto bien nos hace. Perdonados podemos ir para adelante en la misión que nos has encomendado, libres de los enredos narcisistas de culpas y autojustificaciones. Es mejor tu juicio bueno que el nuestro o el ajeno.

La otra confesión es de que Dios es misericordioso. La tenemos que hacer de modo visible y comunitario (uno solo no alcanza a dar testimonio de esto). Consiste en declararnos por Jesús con palabras encarnadas en gestos concretos y obras de misericordia.

Se trata de nuestro reconocimiento de la Persona de Jesús en la persona de cada pobre y necesitado que encontramos por el camino de la vida. Los pobres son los pobres concretos que cada uno encuentra cada día. Más aún: no solo estamos atentos al que nos encontramos casualmente sino que abrimos obras específicas para salir al encuentro de cada tipo de pobreza y de miseria.

¿Cuándo fue que no te reconocimos?, será la pregunta de algunos en el juicio. Cada vez que no hiciste esto –darle de comer, vestirlo, hospedarlo, visitarlo…- con uno de mis hermanos más pequeños, no lo hiciste conmigo.

Pedimos al Espíritu de misericordia: quitanos quite ese respeto humano, ese temor a dar un pasito de cercanía amable hacia el otro con quien podemos tener un pequeño gesto de misericordia que él sabrá completar con la suya hacia nosotros. Es tanta la alegría que devuelven estos pequeños gestos, que es una pena perderlos por temerosos.

La tercera confesión es de obediencia explícita a nuestros pastores. Es la más controvertida actualmente. Tiene que ver con la persona del Pastor: del Papa, del Obispo, del párroco, del padre espiritual, del maestro, del papá y de la mamá para cada hijo… Algo muy obvio (al menos para mí) en lo que el demonio muestra su cola serpentina, es que con esta tentación tienta tanto a los hijos pródigos como a los hijos cumplidores. Con el papa, por ejemplo, es muy notable: lo “desobedece” la gente que se considera a sí misma como liberada de todo paternalismo y que se rebela contra todo lo que sea dogmatismo eclesial, y lo desobedece también la gente que se considera defensora a ultranza del dogma y de la tradición. Por arriesgar un discernimiento nomás: ¿no será que ambos tipos de personas coinciden en que al defender “ideas” –las propias o las de la tradición- no se animan a confrontarse con personas de carne y hueso?

La cuestión es que, en el ámbito del reino que Jesús abre y establece, la autoridad es personal. La autoridad no son los libros, son personas concretas. El Señor no “escribió un código de leyes y dogmas”. Confió su poder –que es servicio- a Pedro y a sus apóstoles.

En el pueblo de Dios las relaciones son personales y disimétricas. Manda uno y –paradójicamente- para mandar debe ser el que sirve a todos. Pero manda uno.

A ese que manda sirviendo humildemente, el Señor le confía las llaves de su Reino y le da el poder de atar y de absolver.

Mirar y juzgar las cosas como nuestro pastor –hacerle caso a nuestros padres y maestros, seguir el consejo del confesor, hacer las cosas como nos pide el párroco, seguir el ritmo de nuestros obispos y declararnos públicamente a favor de lo que dice el Papa- a alguno le puede sonar paternalista o anticuado. Sin embargo, este modo de obrar “eclesial”, escuchando la voz del Señor –que nos dice “cada vez que hiciste lo que te decía tu padre espiritual hiciste lo que Yo quería”- es bendecido por el Espíritu Santo. Incluso cuando lo que nos manda el pastor no es “lo más perfecto”, el Señor escribe derecho con líneas torcidas.

Cuando uno se acostumbra a seguir solo sus propios criterios –con todo lo que tienen de criterios de otros- puede que tenga más “razón” y que en sí mismo esté bien, pero no cuenta con la misma bendición del Espíritu que lo que uno hace obedeciendo a Cristo en la persona de sus pastores.

La obediencia es “ob-audire”, tender el oído para escuchar al Otro que habla en “otros” (no en formulaciones abstractas). Esa obediencia no significa no dialogar y discutir, pero el principio es que es mejor obedecer a otra persona “en nombre de Cristo” que a sí mismo.

Me viene siempre la anécdota de San Alberto Hurtado que cuenta Larraín:

“…Un joven jesuita viajó a Santiago con una lista inmensa de encargos. Al llegar se topó con el Padre Hurtado y le pidió la camioneta. Él sacó las llaves del bolsillo y le dijo “encantado, patroncito”. Apenas partió el joven en la camioneta, el Padre Hurtado salió a hacer sus numerosas diligencias en micro. Este detalle muestra su humildad espontánea”.

También muestra su obediencia espontánea. Así como veía a Cristo en el pobre, y los servía como a sus patroncitos” también oía a Cristo en los mandatos de otro y le obedecía como a un “patroncito”.

Si el amor a la persona de Jesús se concreta en las obras de misericordia para con los pobres, el amor a la persona del Espíritu Santo se concreta en la obediencia a quien en la Iglesia tiene el encargo de conducir.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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escandalo

Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo,

y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle:

«¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?»

Jesús les respondió:

«Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven:

los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y dichoso aquel que no se escandaliza de mí!»

Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo:

«¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento?

¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento?

Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes.

¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta?

Les aseguro que sí, y más que un profeta.

Él es aquel de quien está escrito:

“Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino”.

Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él» (Mt 11, 2-11).

 

Contemplación

La palabra que me golpea del evangelio de hoy es “escándalo”. Estoy pensando en el escándalo que sacude a Mendoza y a la Iglesia por el caso de los sacerdotes implicados en el abuso de menores hipoacúsicos que tenían a su cargo, en el Instituto Próvolo.

El escándalo tiene que ver con la desmesura, con lo intolerable, lo que supera la medida que cada uno y cada sociedad tiene, tenemos, para juzgar el mal.

Hago esta reflexión después de un tiempo de oración, tras haber recibido varias cartas de amigos. Estas cosas no se asimilan –más bien se vomitan o te enferman-. Pero cuanto mayor es el mal, más necesario es tomar distancia en Dios –no cualquier distancia-, para no ser devorado ni empujado por su violencia destructiva.

El escándalo suscita la indignación y la ira. En algunos, explota hacia fuera; en otros es como si implosionara… Pero ambos efectos, si no los ponemos ante el Señor producen la misma desesperanza. Y la desesperanza, para un cristiano, es un pecado más.

Así que rezar, reflexionar y escribir sobre este escándalo, buscando donde se enciende una luz de esperanza, es una forma de no agregar otro mal al del escandalo, ya de por sí tan terrible.

Alguien cometió un delito horrendo, que nos escandaliza y la indignación que nos suscita esta injusticia fuera de toda medida, hace que nos escandalicemos del que hizo el mal, de los que fueron cómplices de alguna manera, de los que tenían que haber sabido… y de los que podían haberlo evitado.

Lo cual, para mí está bien sólo si yo me incluyo en esta cadena, en mi justo punto y en mi personal medida.

No estoy diciendo que todos están obligados a incluirse.

Los cristianos, al menos, sí.

Las sociedades pueden convivir sin el cristianismo y fijar los límites de lo que toleran y lo que no, acotando lo que es capaz de “escandalizar”.

Hay cosas que escandalizan a una sociedad en un tiempo y no a otra o en otro tiempo.

Cristianamente hay algunas actitudes que el Señor marca claramente frente al escándalo. Y la primera es esta de implicarnos.

Ante los escándalos de su época, el Señor hacía ver a la gente que aquellos “cuya sangre había sido mezclada con la de los sacrificios no eran más culpables” que todo el resto del pueblo. Ante los escándalos –que son inevitables, pero hay del que los ocasiona- el mensaje es que “todos tenemos que convertirnos”.

Esta conversión no supone “igualar” todo de manera indiscriminada, sino que es ir a buscar, cada uno, el punto en el que el mal influye o toma pie en su vida y, desde ahí, convertirse.

Esta “solidaridad en la responsabilidad ante el pecado” es, junto con la interiorización, algo propio de la enseñanza y el ejemplo de Jesús. El hecho de que se haya encarnado y haya dado su vida por los pecadores, habla de un solidarizarse haciéndose cargo personalmente del precio que hay que pagar para combatir el mal.

Esta actitud va contra la otra manera de resolver el mal que tienen muchas sociedades y que consiste en descargar toda la culpa y el castigo en un chivo expiatorio.        Cristianamente, en cambio, una vez que Cristo pagó por todos –todos- nosotros debemos y podemo ser solidarios en ayudar, en perdonar de corazón –lo cual no significa no castigar justamente y hacer reparar en la medida de lo posible el mal hecho- e, incluso, en pagar por otros.

La segunda actitud cristiana ante el escándalo es “interiorizar la maldad del pecado”. La maldad del pecado es la misma en su raíz, en su estructura viral, sea que quede confinada a un acto privado y secreto, sea que se extienda a actos públicos y manifiestos.

El Señor predica esta maldad del pecado que nace del corazón, no del exterior. Y condenando absolutamente la maldad del pecado hasta en una mirada o un pensamiento, tiene siempre misericordia del pecador y de la pecadora.

Odiar de pensamiento es ya pecado, aunque uno no mate físicamente.

El chusmerío y la detracción de palabra es “terrorismo”, como dice el Papa. Hace explotar la fama del otro y lo mata socialmente.

Pagar o consumir pornografía es ser cómplice del que explota a las personas que se exhiben (que aunque sean adultas, muchas comenzaron siendo explotadas en su niñez; además el mismo sitio incluye todo).

La avidez de riquezas y el mal uso del dinero y de los bienes alimenta una cadena de producción que “roba” –no pagando bien el trabajo- a millones de personas explotadas laboralmente.

Por tanto, si no se condena y combate la maldad en su fase “interna” –digamos- es hipócrita escandalizarse de sus manifestaciones “externas”.

Así, ante los escándalos, mientras la justicia hace su trabajo, y cada uno de los implicados más o menos directamente, son investigados o hacen su aporte, es bueno que cada uno de los que nos “sentimos indignados” hagamos nuestro personal examen de conciencia y “nos rasguemos el corazón y no solo los vestidos”.

Agrego aquí que hay una “intuición” que tiene la opinión pública que es verdadera pero necesita ser profundizada. Cuando se dice que “la Iglesia es lo peor”, en el sentido de que pretendiendo ser la mejor termina revelándose la más miserable, se toca algo que es de fondo. “La corrupción de lo óptimos es pésima (no es simplemente mala, es lo peor”). Por eso no hay que asombrarse de que la corrupción más horrible se de en los lugares que comenzaron siendo los más buenos. No hay que olvidar que la Biblia nos revela que el primer pecado se dio en el cielo y que el demonio era un ángel, y el más bello. Y que el pecado original se dio en el lugar de la inocencia. El demonio fue a corromper precisamente la inocencia de Adán y Eva en el paraíso. No hay que olvidar que el primer crimen se dio entre hermanos. Y que Judas era uno de los amigos y discípulos que Jesús eligió personalmente. Solo la confianza total del Señor en los suyos hizo posible que Judas lo entregara tan fácilmente aquella noche, en la que mandó que lo fueran a buscar al huerto de los olivos y lo identificó en la oscuridad dándole un beso.

La palabra escándalo quiere decir “piedra que hace tropezar” y alude a una trampa, a una piedra que está escondida y uno no la advierte hasta que tropieza malamente.

La vida social se basa en la confianza. Y no es racional pasar de la confianza absoluta en la bondad humana a la desconfianza absoluta y a la demonización de todo. Hace bien caer en la cuenta de que, en las familias, instituciones e incluso países, donde no ocurren estos hechos escandalosos, es porque hay un sano cuidado de todos para con todos. Cuando digo sano cuidado hablo de un cuidado que acepta que el pecado que en alguno se “desencuadra de manera escandalosa” es el mismo que anida en mi corazón y que, solo por gracia, no pasa a mayores.

Esto para repasar nuestra fe y nuestra antropología contra toda una visión mediática que explota una visión idílica del bien y del mal como realidades cuyos límites están claramente separados: de un lado los buenos y de otro los malos. Y hay cosas que “no se toleran” (y otras sí…). Esta visión idílica hace que combatamos el mal sólo allí donde están los malos y no cuidemos con atención los lugares donde estan los buenos –la familia, las escuelas, los seminarios, los hogares, nuestro corazón…

Lo cristiano es que el mal no se tolera nunca ni en nada, y que no solo no se tolera sino que se lo aborrece y se lucha por neutralizarlo allí donde no se puede vencerlo definitivamente. Esta concepción es vista como “exagerada” por la misma mentalidad que luego, cuando uno de estos “males tolerables” se convierte en un monstruo, se escandaliza y busca chivos expiatorios que le permitan tranquilizar la conciencia.

La última actitud ante el escándalo que quería compartir hoy es una muy paradójica: podemos escandalizarnos del bien!

Así como el mal, cuando es desmesurado, escandaliza, también la Misericordia, cuando es desmesurada (y se aplica a un caso concreto) a muchos los escandaliza. De hecho, ante una prédica del Papa en Santa Marta acerca de que “todos tenemos algo de oveja perdidad, aunque algunos tengan “mucho”, y de que hay que entender incluso a un Judas y que no hay que mandarlo al infierno así sin más, como quien tiene total seguridad de que “a ese, ni Dios lo perdona”, esto, digo, causó escándalo en algunos medios.

Y sí, la misericordia incondicional escandaliza. Algunos se escandalizan de que pueda darse el caso de que un divorciado y vuelto a casar pueda recibir la Eucaristía, porque un buen discernimiento puede reconocer que en esa situación particular no hay culpa grave que lo impida. A otros, esto les parece obvio y piensan que a qué viene tanto lío para algo socialmente aceptado desde hace años. A estos, en cambio, que se pueda arrepentir un pedófilo les parece intolerable. Para ese, hasta son capaces de creer (y desear) que exista el infierno. Por supuesto que cuando hablamos de perdonar no queremos decir seguir usando ese método nefasto de cambiar de lugar a estas personas, cuya patología tiene alto grado de reincidencia, o de evitar que cumplan una condena en la cárcel. Estamos hablando del perdón como oportunidad de conversión que hace a la dignidad de toda persona. Si no se confía en esta capacidad de redimirse de toda persona, la otra opción, tengámoslo claro, es el estado policíaco, en distintos grados y versiones.

El Señor se da cuenta de que su Misericordia puede escandalizar a los suyos por superar toda medida previsible. Por eso dice que es una gracia “no escandalizarse de él”. Es una bienaventuranza.

Es que mucha gente se escandalizaba de Jesús. No sólo los fariseos, que “se escandalizaron” cuando Jesús dijo que lo que mancha es lo que sale del corazón, no las cosas exteriores (Mt 15, 12), también se escandalizaron sus paisanos: “No es este el hijo de José, el carpintero? Y se escandalizaban de él” (Mat 13, 55-57). Y hasta sus discípulos, como Jesús mismo se los predice, en la última cena: “Esta noche todos ustedes se apartarán de mí. Está escrito: ‘heriré al pastor y las ovejas del rebaño se dispersarán. Pero después de que yo haya resucitado, iré delante de ustedes a Galilea” (Mt 26, 31).

La desmesura escandaliza. No solo la del mal, sino que incluso puede escandalizar la del bien. Este escándalo –bajo apariencia de bien- es del demonio. Sólo él produce este efecto: escandalizarse de que Dios sea bueno, de que pague al último igual que al primero, de que perdone al hijo pródigo y a la adúltera y al buen ladrón…

Por eso hay que meditar mucho en este punto y conversarlo y hacernos ayudar. No hay que ser ingenuos. Esto pasó y pasa. Nos podemos escandalizar, no solo de un Papa, sino hasta de Jesús.

Pero cuando el demonio se pasa de rosca y nos hace que nos escandalicemos hasta de la misericordia que será lo único que nos salve, hay que avivarse un poco y enfrentarlo decididamente.

Por eso rogamos por las víctimas de los abusos, por los pobres niños y niñas que sufrieron este mal terrible de parte de los que tenían que ayudarlos. Pedimos para que con la ayuda de toda la gente buena que tienen a su lado y la custodia de las instituciones responsables puedan recibir la gracia de reconstruir sus vidas convirtiendo en bien lo que fue malo. Para Dios todo es posible, también esto.

Y pedimos por los victimarios, para que se arrepientan de corazón, confiesen sus crímenes y cumplan su castigo y reparen en lo que puedan el mal cometido.

Y cada uno pida por sí mismo. Yo hago mía la oración que en forma de pregunta hace el Papa cada vez que visita una cárcel, y pensando en todas las víctimas y en todos los victimarios, le digo al Señor: “Por qué ellos y no yo”.

Esta es la pregunta “anti-efectos-del-escándalo”, la pregunta que nos saca de la desesperanza de la ira y la tristeza, y nos moviliza al arrepentimiento personal, cada uno de sus pecados, y al compromiso solidario. Es la pregunta que nos vuelve atentos para cuidar el bien y para neutralizar el poder del mal, en la medida en que cada uno pueda y allí donde le toca ser responsable.

Diego Fares sj

 

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 En aquel tiempo, se presentó Juan el Bautista, predicando en el desierto de Judea y diciendo:

Conviértanse, porque se ha acercado el Reino de los Cielos”.

A Él se refería el profeta Isaías cuando dijo:

‘Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, Enderecen sus senderos’.

Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo:

“Engendro de víboras, ¿quién les enseñó a escaparse de la ira de Dios que se acerca? Den el fruto que corresponde a una conversión verdadera, y no se contenten con decir: ‘Tenemos por padre a Abraham’. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí, es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de sacarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el Fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible” (Mt 3, 1-12).

Contemplación

Conviértanse! Conversión -metanoia- es la palabra preferida de Juan.

Una palabra, una misión: hacer que la gente se convierta a Jesús que viene.

Ese Jesús que viene después de Juan, que es más poderoso que él en Espíritu y al cual Juan no se considera digno ni de sacarle las sandalias de los pies para servirlo.

La conversión es un proceso, un camino y donde hay que poner los ojos es en Jesús.

De qué tengamos que convertirnos y cuánto nos lleve, depende de dónde esté parado cada uno, de hacia dónde esté orientada su mente, sus costumbres y cuál sea el tesoro de su corazón.

La conversión de las pasiones. Examinándome, veo que lo primero que resuena cuando escuchó conversión, es dejar algunos pecados que tienen que ver con lo más inmediato de mis pasiones: perezas, avideces, broncas. Son pasiones –en el sentido preciso de que las padezco, de que me mueven espontáneamente- que no obedecen fácilmente a Jesús. Las controlo hasta cierto punto, pero siempre están ahí. Y por eso mismo, porque no tenemos “dominio total” de nuestras pasiones, es que no son lo primero sino lo último que se convierte.

La conversión de la mente. Antes está la conversión de mi mentalidad, de mis ideas y modo de razonar. En este punto yo creo que mis ideas están más modeladas por las del evangelio. Gracias a los Ejercicios espirituales le he tomado el gusto a “pensar con los criterios de Jesús” y no con los míos. Por experiencia y gracias a la ayuda de buenos maestros, he aprendido a discernir las “falacias del demonio”, sus razonamientos torcidos, apenas se siente su “tufo” y su mal sabor.

Pero en este punto veo que hay una gran tarea ya que mucha gente piensa mal.

Hay quien piensa, por ejemplo, que si el Papa pone la Misericordia infinita del Padre por encima de todo y no “clarifica” los casos en los papeles, la gente se va a “confundir”.

Hay gente que piensa como pensaban los saduceos, que no creían en la resurrección, y le presentaban “casos” de libro al Señor. Casos como de la mujer que tuvo siete maridos, y querían que les clarificara qué opinaba sobre ese “caso”.

El Señor les dice que “están muy equivocados”, que los criterios de la resurrección son otros. Que Dios es un Dios de vivos, no de “casos de manual”.

Cuando le ponen delante una persona, como la pecadora, el Señor no opina sino que se involucra totalmente con la persona, pone en contacto su Misericordia con la miseria, como dice el Papa en la Carta Apostólica con que concluyó el Jubileo.

No me resisto a poner el primer párrafo:

“Misericordia et misera son las dos palabras que san Agustín usa para comentar el encuentro entre Jesús y la adúltera. No podía encontrar una expresión más bella y coherente que esta para hacer comprender el misterio del amor de Dios cuando viene al encuentro del pecador: «Quedaron sólo ellos dos: la miserable y la misericordia».

Cuánta piedad y justicia divina hay en este episodio. Su enseñanza viene a iluminar la conclusión del Jubileo Extraordinario de la Misericordia e indica, además, el camino que estamos llamados a seguir en el futuro.

(…) La misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre.

Una mujer y Jesús se encuentran. Ella, adúltera y, según la Ley, juzgada merecedora de la lapidación; él, que con su predicación y el don total de sí mismo, que lo llevará hasta la cruz, ha devuelto la ley mosaica a su genuino propósito originario. En el centro no aparece la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona, para comprender su deseo más recóndito, y que debe tener el primado sobre todo.

En este relato evangélico, sin embargo, no se encuentran el pecado y el juicio en abstracto, sino una pecadora y el Salvador. Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha leído su corazón: allí ha reconocido su deseo de ser comprendida, perdonada y liberada. La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor. Por parte de Jesús, no hay ningún juicio que no esté marcado por la piedad y la compasión hacia la condición de la pecadora. A quien quería juzgarla y condenarla a muerte, Jesús responde con un silencio prolongado, que ayuda a que la voz de Dios resuene en las conciencias, tanto de la mujer como de sus acusadores. Estos dejan caer las piedras de sus manos y se van uno a uno. Y después de ese silencio, Jesús dice: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? […] Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más». De este modo la ayuda a mirar al futuro con esperanza y a estar lista para encaminar nuevamente su vida; de ahora en adelante, si lo querrá, podrá «caminar en la caridad» (cf. Ef 5,2). Una vez que hemos sido revestidos de misericordia, aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar más allá y vivir de otra manera” (Misericordia et misera 1).

Estas palabras del Papa no solo son claras sino que son “luminosas”, y con el esplendor de la verdad del Evangelio nos marcan “el camino que estamos llamados a seguir en el futuro”.

Sus enseñanzas son magisterio y sana doctrina y nos ponen en contacto “con la “verdad profunda del Evangelio”. “Todo se vuelve claro, se revela, en la Misericordia; todo se resuelve –se juzga de manera justa y sabia- en el amor misericordioso del Padre”.

La conversión del corazón. Llegamos así a la conversión del corazón, que es la que cuenta. La conversión de las pasiones y la conversión de las ideas siempre están “a medio hacer”, no son cosas de las que uno pueda decir que ya está convertido, ni en las que uno se pueda sentir totalmente seguro. Cuando uno domina una pasión, el demonio comienza a trabajarlo en otra… Y con las ideas, siempre surge alguna deslumbrante que –como ángel de luz- fascina a veces nuestra mente y tenemos que estar atentos porque no son ideas “malas” y que lleven a algo directamente malo, sino que suelen ser ideas “alternativas”, que llevan a algún bien, pero menor o distinto del que el Señor quería para nosotros.

Es siempre la misma lucha: los paganos tenían que convertirse de los “ídolos” y los judíos de la dureza de la “ley”.

El Señor, sin desatender estos ámbitos de conversión, apunta directo al corazón. Él entabla un diálogo sostenido en el que el tema es sólo y en primer lugar “el corazón de la gente”, de cada persona y de su pueblo, porque, como dice siempre Francisco: los pueblos tienen un corazón y se lo siente latir en su cultura.

Uno no puede convertir totalmente sus pasiones ni sus ideas pero sí puede convertir enteramente su corazón. Como decía aquella religiosa amiga de una amiga: Si Jesús me pide el corazón, yo se lo doy.

Y a propósito de todo esto, les comparto algo muy lindo que me contó esta amiga religiosa, – es misionera en el Congo y está haciendo el mes de Ejercicios en la vida cotidiana-:

“Te cuento ahora –me escribía- algo muy bello. Aquí hoy hemos tenido una sesión de 8 a 13, que continuará el próximo sábado, para los alumnos de los dos últimos cursos, de las 4 escuelas secundarias de la misión. Era un grupo de 109 alumnos y alumnas. El tema es la educación afectivo-sexual. Ha ido muy, muy bien y eso les ayuda a crecer y formarse bien. Lo damos un matrimonio comprometido, 2 sacerdotes y 2 religiosas.

Tenías que ver la cara de una chica de 20 años (la conozco bien) que estudia en un Instituto vecino y que ha participado en la formación. Lleva ya un aborto y dos embarazos con 2 hombres distintos… ahora estudia 5º de Secundaria. Su cara cuando ha oído que nunca está todo perdido, que aunque se haya perdido la virginidad del cuerpo se puede recuperar la del corazón, que a pesar de la magnitud de nuestros errores y pecados Dios no puede sino perdonar y que nos llama a ir adelante… por esa cara que ha recuperado la luz y la esperanza yo daría una vida entera y mil más.

El día que veas al Papa Francisco, cuéntaselo! Eso es la Misericordia.”

La conversión del corazón, sólo Jesús la consigue. Ese es el Bautismo del Espíritu. Un bautismo del corazón. Un sumergir el corazón en su agua bendita que lo limpia todo. Un dejar que por el camino Jesús nos lo vaya “bautizando” con su modo de contar las cosas que pasaron, y caigamos en la cuenta y nos digamos, como los discípulos de Emaús: “acaso no ardía nuestro corazón por el camino mientras nos hablaba?”.

La conversión del corazón es solo un “sí”, como el de María; un “que se haga” –eso es el corazón-, un hágase según tu palabra, a tu modo y a tu medida, cuando quieras y como quieras.

La conversión del corazón es  dejar algo, como dejaron las redes los primeros cuatro discípulos: así como estaban, lo siguieron. Eso es el corazón.

La conversión del corazón es seguir una corazonada, como Zaqueo, como la hemorroisa, como Bartimeo, como Pedro y Juan corriendo al sepulcro, como María Magdalena que no se quería ir. Una corazonada, eso es el corazón.

La conversión del corazón es una certeza que toca fondo, como la del hijo pródigo. “Me levantaré y volveré junto a mi Padre”, eso es el corazón.

La conversión del corazón es tirarse de cabeza, como Brochero tirándose al río agarrado de la cola de su mula Malacara y es también una rutina cotidiana, como el pasar del cura con la pata entablada, al tranco de mula, frente a los ranchos de la gente que sale a pedirle la bendición, mientras va fumando un chala rumbo a una viejita que lo espera para la confesión.

La conversión del corazón es inmediata, es un “encantado patroncito” como el de Hurtado. ¿Recuerdan? Aquel día en que un estudiante jesuita había viajado a Santiago con una lista inmensa de encargos y al llegar, no va que se topa con el Padre Hurtado y espontáneamente se le ocurre pedirle la camioneta. Hurtado sacó ahí nomás las llaves del bolsillo y se las dio con su mejor sonrisa diciendo: “encantado, patroncito“. Apenas partió el joven en la camioneta, San Alberto salió a hacer sus numerosas diligencias de aquel día en micro. Este detalle muestra su humildad espontánea”, dice el cronista. Nosotros decimos que eso es “el corazón”.

La conversión del corazón es una sed de amor y de almas, como esa que “de una manera que nunca podrá explicar, se apoderó del corazón de la Madre Teresa, y el deseo de saciar la sed de Jesús se convirtió en la fuerza motriz de toda su vida”.

La conversión del corazón es un sentir la Palabra de Dios como un lapicito que escribe las cosas suavemente y con linda letra en esa superficie tierna del alma que llamamos “nuestro corazón”.

La conversión del corazón es una decisión, como la que tomó Teresita, el día en que “se olvidó de sí misma -de su hipersensibilidad para con los afectos de los demás, que hacían que se le estrujara el corazón- y fue feliz”.

La conversión del corazón es ponerle, a cada miseria, la firma de la misericordia, que es la única que no necesita “aclaración”.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

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Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo:

– «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.»

Ellos le preguntaron:

– «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?».

Jesús respondió:

– «Tengan cuidado, no se dejen seducir, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: “Soy yo”, y también: “El tiempo está cerca.”

No los sigan.

Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se atemoricen;

es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin.»

Después les dijo:

«Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Asienten bien en sus corazones esto: que no tienen que ensayar de antemano el modo de defenderse y justificar las cosas, porque yo les daré una lengua y una sabiduría a la cual no podrán resistir ni contradecir ninguno de sus adversarios. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias, a su aguante (hypomoné) salvarán sus vidas» (Lc 21, 5-19).

Contemplación

Entramos en la última semana del Jubileo de la misericordia.

El evangelio es apocalíptico y nos concentramos, más que en las imágenes de destrucción, en algunas palabras esenciales que salen de los labios del Señor. Dejamos que resuenen en nuestro corazón alguna de sus frases:

“no se dejen seducir”,

todo sucede “para que puedan dar testimonio de mí”,

“grábenselo bien en el corazón”,

“Yo les daré una lengua y una sabiduría irresistibles”,

“gracias a su aguante salvarán la vida”.

La última, que traducimos como “el aguante”, es la famosa hypomoné que siempre usa el Papa Francisco.

Significa fortaleza, paciencia…, en el sentido de perseverar hasta el final.

Es el aguante de no bajar los brazos, de no cambiar, de no flaquear.

Por eso la traducimos por esa expresión tan concreta nuestra: “aguante”.

El aguante tiene que ver con la “resiliencia”, con esa capacidad que tienen algunos seres de mejorar en la adversidad, de transformar lo negativo en fortaleza.

Pero el aguante cristiano tiene un algo más.

No es el de apretar los dientes.

No es el de aguantar “cualquier cosa” como ambiguamente aparece en la canción de Calle 13,

No es un aguante meramente físico o psicológico, un instinto de supervivencia.

Es algo distinto: tiene que ver con el corazón –con lo más noble-

Es un aguante que nos reviste enteramente con el manto de Jesús.

Más que apretar los dientes es alzar la mirada al cielo desde el corazón.

Eso que Jesús nos enseña cuando dice: grábense bien esto, “asiéntenlo en sus corazones –esa es la frase-: no tendrán que aguantar pensando cómo defenderse sino que Yo les daré una lengua y una sabiduría que no podrán resistir ni contradecir sus adversarios”.

El aguante cristiano es un aguante de puro corazón.

Es un saberse defendido por Jesús, en comunión con Él.

Es esperarlo todo sólo de Él.

Es referirlo todo a Él.

Puede ayudarnos ver algunos ejemplos de cómo es el aguante de Jesús. Ejemplos que “evangelizan” una virtud bien humana, mejorando lo mejor que tiene y discerniendo algunas cosas que no son tan buenas.

En el juicio, vemos cómo el Señor, que se ha dejado atar como un ladrón y llevar preso, cuando un sirviente lo abofetea, lo frena en seco, por así decirlo, haciéndole reflexionar: “Si hablé mal, da testimonio de lo que dije mal, pero si hablé bien ¿por qué me pegas?” (Jn 18, 23).

En toda la pasión, el Señor muestra su señorío en pequeños detalles que hacen ver que su entrega es libre, que no aguanta cualquier cosa sin hacerlo notar. Esa lengua y sabiduría irresistible que nos promete, se hace patente a lo largo de toda su pasión.

Diríamos que el Señor realiza un trabajo indescriptible de remitir todo lo que le pasa a su Corazón, sin dejar que nada se salga del cauce de su gran amor.

En la Eucaristía y en el lavatorio encauza lo que sucederá resignificándolo: se trata de su entrega, para ser Él en persona nuestro alimento y para quedarse en medio de nosotros “como el que sirve”, como el que lava nuestras faltas.

En el huerto, bajará en la oración hasta la intención más profunda de su corazón, sintiendo con angustia su deseo de no sufrir la cruz y ofreciéndose libremente –de todo corazón- para que se haga la voluntad del Padre y no la suya.

En el juicio dará testimonio de que es el Hijo del Dios Altísimo, de que es Rey y de que es la Verdad. Y nada más. Del resto hará silencio.

Perdonará de corazón las vilezas con que lo despojan de sus vestidos y lo crucifican, poniendo su mirada en que “no saben lo que hacen”.

Encomendará a su Madre a Juan y al discípulo a su Madre, en un gesto único que muestra cómo su aguante lo hace vivir su pasión sin que el dolor le haga salirse de sus afectos, sino todo lo contrario. Es como que el Señor se vuelve más tierno cuando está sufriendo más. Por otro lado es eso tan humano de apelar a la madre en los momentos de muerte, el concentrarse del corazón en los afectos de niño que, ante la impiedad, acude a la piedad maternal.

El aguante de Jesús, en última instancia, es ponerse en las Manos del Padre: “En tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Encomendar es un acto del corazón.

Al culminar el Jubileo de la Misericordia pedimos al Espíritu Santo que nos fortalezca el corazón con el don del aguante, ese aguante propio del Corazón de Jesús.

Que nos aguantemos con paciencia a nosotros mismos, dejándonos perdonar y poner en camino una y otra vez por nuestro Buen Pastor, sin descargar nuestra impaciencia con los demás.

Que nos aguantemos con ternura y buen humor como familia, soportando pacientemente las molestias de nuestros seres queridos y aceptando que nos soporten a nosotros como ellos pueden, sin reclamar mal.

Que nos aguantemos con respeto y sin golpes bajos como pueblo, aceptando que la diversidad es una riqueza para el bien común que nos incluye a todos, para que nuestras impaciencias no redunden en más sufrimiento de los más pobres que siempre son el pato de la boda, como dice el Papa.

Pedimos al Espíritu la gracia de aguantarnos humildemente como Iglesia, sintiendo que hemos sido invitados a la Fiesta sin mérito alguno de nuestra parte y no podemos actuar como si fuéramos los dueños de la que es nuestra Madre y Señora.

Pedimos la gracia del aguante en la fe, en la esperanza y en la caridad.

Pedimos la gracia del aguante con ternura, con largo aliento y con sentido del humor, que es la virtud humana más cercana a la caridad, como dice Francisco.

Diego Fares sj

 

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epa05194757 Pope Francis confesses as he leads a penitential service in Saint Peter's Basilica at the Vatican, 04 March 2016.  EPA/MAX ROSSI / POOL

Refiriéndose a algunos que confiaban en sí como si fueran justos y menospreciaban a los demás, dijo Jesús también esta parábola:

«Dos hombres subieron al Templo para orar;

uno era fariseo y el otro, publicano.

El fariseo, de pie,

oraba así:

“Dios mío, te doy gracias

porque no soy como los demás hombres,

que son ladrones, injustos y adúlteros;

ni tampoco como ese publicano.

Ayuno dos veces por semana

y pago la décima parte de todas mis entradas.”

En cambio, el publicano,

manteniéndose a distancia,

no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo,

sino que se golpeaba el pecho, diciendo:

“¡Dios mío, bancame, que soy un pecador!”

Les aseguro que este último volvió a su casa justificado,

pero no el primero.

Porque todo el que se enaltece a sí mismo será humillado y el que se humilla a sí mismo será enaltecido» (Lc 18, 9-14).

 

Contemplación

La frase del publicano es “sé propicio conmigo” (ilastheti), se benigno, indulgente, muéstrate favorable. Bancame, decimos en argentino.

“Yo te banco” es: “estoy con vos”, “te apoyo”, “te sostengo”, “te aguanto… y pago por vos, me hago cargo”.

El publicano, que sabía de dinero, de préstamos y deudas, bien pudo utilizar la palabra en este sentido de “bancame, Señor, que no puedo pagar. Soy pecador”.

En Argentina también usamos el gesto universal de golpearnos dos o tres veces el corazón con el puño y luego señalar al otro al que “bancamos” con el dedo y asentir con la cabeza. “Yo te banco”, decimos, y se lo hacemos sentir al otro que es nuestro amigo.

“No me lo banco” es la expresión contraria y significa no solo que no lo soporto, sino que no lo quiero soportar. Solemos aludir a la actitud del otro –que se la cree o que se siente superior o autosuficiente- más que a tal o cual defecto.

Bancar o no bancar es cuestión de libertad, es algo gratuito que se hace porque se siente, por pura amistad: o se hace con gusto o no se hace.

Cuando decimos “me lo tuve que bancar” estamos diciendo que “fue por esta vez” y porque que “no me quedó otra”, ya que estaba en juego algo más importante, que es lo que en realidad “nos bancamos” soportando al otro.

Este lenguaje que tenemos “incorporado” es el que tenemos que usar cuando hablamos con el Señor.

El publicano dice “bancame”.

Y no lo dice como el chanta que ruega: “salvame en esta que después te pago”, sino que dice de verdad: “salvame en todo porque soy pecador”.

Soy pecador. No dice: “me mandé una macana”.

El publicano sabe de verdad que necesita que el Señor lo purifique y lo perdone totalmente.

Seguro que reza con sentimient el Salmo 50: “Bancame Señor, ten piedad de mí, por tu gran compasión borra mi culpa, perdona todas mis deudas”.

Y aquí es donde entra Jesús. En realidad, Él es el que nos banca a todos. La carta a los Hebreos lo dice más en difícil pero ese es el sentido: “Jesús debía ser en todo semejante a los hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel Pontífice en lo que es para con Dios, para expiar los pecados del pueblo” (Hb 2, 17).

En la mentalidad antigua, estaba claro que, en esto de “bancar”, alguno tenía que pagar o poner el cuero. En el rito de la expiación, para “expiar” los pecados del pueblo, para purificarlos, se elegía dos chivos y se echaba suertes. Uno era para el Señor, y el sumo sacerdote lo sacrificaba sobre el altar y se rociaba con su sangre el Arca de la Alianza, pidiendo perdón por los pecados del pueblo. Al otro –al chivo expiatorio- el sacerdote le ponía las manos sobre la cabeza, lo cargaba con los pecados del pueblo y lo soltaba en el desierto para que se perdiera y no volviera más al campamento.

En nuestro caso ambas acciones las cumplió Jesús, que nos purificó con su Sangre y cargó sobre sí nuestros pecados y los borró para siempre.

Es importante recuperar este sentido de que Otro nos banca.

La mirada benévola y misericordiosa del Padre para con nosotros se la tenemos que agradecer a Jesús. Que Dios nos sea “propicio”, como le pide el publicano, es gracias a que Jesús nos bancó.

En la liturgia siempre estamos expresando que por medio de Cristo y en Cristo el Padre realiza el designio de su amor eterno (1 Jn 4, 8) “mostrándose propicio”, es decir “perdonando” a los hombres con un perdón eficaz, que destruye verdaderamente el pecado, que purifica al hombre y le comunica su propia vida (1 Jn 4, 9).

¿Por qué digo que es importante recuperar este sentido de que Otro nos banca?

Porque el concepto dañino que está instalado activamente en nuestra cultura es que “lo importante es bancarse a sí mismo”. Y esto es terrible.

Si no te bancás a vos mismo porque naciste en la pobreza o en un país en guerra del que tuviste que huir o no te alimentaron bien o no tuviste educación o caíste en una adicción no podés exigir que la sociedad te banque.

Si no te bancás a vos mismo porque tenés apenas unas semanas de vida, no sos persona. Sos “parte” del cuerpo de otra que se banca a sí misma y te puede eliminar.

Y así en todo. La meritocracia, como se dice, instala el lema de que cada uno se tiene que bancar a sí mismo.

Y esto es lo más antievangélico y antihumano que se pueda pensar.

Porque lo humano es que nacemos y vivimos gracias a que otros nos bancan y lo cristiano es que cuando este sistema humano “falló” por el pecado, Jesús vino a hacerse cargo y a bancarnos a todos.

Y la realidad es que los “que se bancan a sí mismos” y son “autosustentables” en realidad lo que están haciendo es utilizar para beneficio propio y consumir los recursos que cientos y de miles de personas han producido y de los que no pueden gozar.

Nadie es autosustentable si lo largan solo en medio de la naturaleza. Poné a un multimillonario sin documentos ni dinero en una barcaza en medio del mediterráneo con gente que hable otro idioma y veamos si puede hacer otra cosa que expresar con gestos un “bánquenme”.

Por eso tenemos que aprender humildemente del publicano y usar su lenguaje en todos los niveles.

A nivel personal, tenemos que decirle a Jesús: bancame, Señor, intercedé por mí para que el Padre me aguante con paciencia y no se canse de perdonarme. Que no corte esta higuera a ver si con tu ayuda y tu gracia puede dar frutos en adelante.

A nivel social, tenemos que decirle al Señor: mirá cómo me estoy bancando a todos los que puedo, pagando impuestos, dando trabajo, luchando por la justicia y colaborando en las obras de misericordia de la Iglesia, ayudando a mis hermanos, tratando de tener paciencia y dar una mano. Así como vos me bancás a mí yo me banco a los otros.

A nivel ecológico también podemos tener esta actitud humilde de cuidar el planeta y la ciudad y los lugares en que habitamos así como el planeta y la ciudad y la casa nos bancan a nosotros y nos tienen paciencia en todo lo que ensuciamos y consumimos de más y no sembramos para el futuro.

Inmensamente agradecidos a Jesús que nos bancó a todos y a sus santos y a tanta gente buena que nos banca día a día, con una actitud humilde, como publicanos, le pedimos al Padre: muéstrate propicio con nosotros, Señor. Se indulgente con tus hijos. Perdona nuestros pecados y danos tu gracia para que no nos cansemos de pedirte que nos banques y nos convirtamos en gente positiva, dispuesta a bancarse todo con tal de ganar tu amor, tu benevolencia y, si es posible, tu confianza y tu amistad.

Diego Fares sj

 

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Mother Teresa Visits Patients At Kalighat Home For The Dying

01 Jan 1976 — Mother Teresa Visits Patients At Kalighat Home For The Dying — Image by © JP Laffont/Sygma/CORBIS

“Oían todas estas cosas los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús. Y Jesús dijo a los fariseos: ‘Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día banqueteaba espléndidamente.

En cambio un pobre, de nombre Lázaro, yacía a su puerta lleno de llagas y ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; pero hasta los perros venían y lamían sus úlceras.

Sucedió que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham.

Murió también el rico y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó:

– Padre Abraham, apiádate de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan.

– Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento.

Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí.

El rico contestó:

– Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento.

Abraham respondió:

– Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen.

– No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán.

Pero Abraham respondió:

– Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán’” (Lc 16, 19-31).

Contemplación

Impresiona en la parábola cómo las intuiciones del rico no le alcanzan para pensar bien. Ve a Abraham y a su lado a Lázaro y de alguna manera intuye que es el pobre el que lo puede ayudar. Lázaro, el pobre, es la clave de su vida. Pero no llega a captar que está “al lado de Abraham”. Habituado a pensar como rico imagina que Abraham lo tiene de sirviente o de esclavo y por eso no le habla directamente a Lázaro sino que le dice a Abraham que se lo mande con la gotita de agua para refrescarle la lengua con el dedo.

Ni siquiera allí se da cuenta de que Lázaro es Cristo.

O quizás debamos decir que “precisamente allí –en el infierno- no puede reconocer que el pobre es Cristo”.

Y más aún: no reconocer que los pobres son la carne de Cristo es estar ya en el infierno.

Alguno dirá que no, que en todo caso el infierno vendrá después, que ahora los ricos y poderosos la pasan bárbaro.

Pero no es así. Será un infierno acolchonado, placentero, divertido… pero no deja de ser un infierno vivir excluyendo del amor a tanta gente, vivir tapando la compasión, vivir perdiendo la oportunidad de darse y de dar.

Hemos identificado superficialmente al infierno con sufrimientos físicos y de ahí hemos deducido que si uno la pasa bien, entonces no está en el infierno. Pero este es uno de esos razonamientos equivocados que son propios del rico, que piensa que su problema es que “ha caído en un lugar de tormentos”. Sólo se ve a sí mismo, en su situación física, de llamas que le dan sed. NI se le ocurre pedirle perdón a Lázaro, por ejemplo, por no haberlo ayudado en vida. Su mente ofuscada se extiende un poco y llega a pensar en sus cinco hermanos. Es capaz de salir un poquito de sí mismo y extender su preocupación a los de su familia, pero no más. Y lo único que se le ocurre es que “no vayan a caer en el mismo lugar de tormentos que él”. Cero arrepentimiento, cero compasión, casi cero amor. Capaz que si lo refrescaran un poco hasta se acostumbraría al infierno.

Jesús dice esta parábola a los fariseos que “eran amigos del dinero”. El Señor ha contado las tres hermosas parábolas de la misericordia, en su dinámica creciente que va de lo instintivo y técnico a lo más personal, que es la misericordia del Padre para con sus hijos que se pierden su amor; uno por gastarse todo el dinero en fiestas y el otro por ahorrar para heredarlo todo después.

El Señor ha contado también la parábola del administrador astuto, el que se ganó amigos con el dinero inicuo…

Y estos fariseos, que son amigos del dinero (cosa terrible si las hay), se le burlan.

Endurece el Señor el discurso y les habla en su lenguaje, contando una parábola de alguna manera “adaptada a la mentalidad de estos amigos del dinero”. Una parábola que habla del “cambio de suertes”: el que recibió bienes en esta vida, los pierde en la otra. Y viceversa. Es una parábola de emergencia, digamos. Una parábola con trampita. A ver si se dan cuenta de que no se trata de amenazas con un infierno en el que se da vuelta la tortilla.

La parábola es para ver si alguno dice: un momento, aquí de lo que se trata es de ver a Lázaro. Al fin y al cabo, de eso hablan Moisés y los profetas. De eso habla Jesús, cuando dice: “tuve hambre y me diste de comer”.

No es cuestión de muertos que resuciten y asusten a los fiesteros. Se trata de algo interior, de escuchar la voz de la compasión que habla en el propio corazón y de seguirla. Esa voz que me dice, mirá a tus hermanos, es una voz que abre los ojos y hace pensar bien.

El camino de la compasión y de la misericordia no es un camino de imposiciones ni de mandamientos externos. Ver a Lázaro, compadecerse de Lázaro, darle una mano a Lázaro…, es un camino de humanidad, un camino que hace que uno se dé cuenta de la propia dignidad al valorar la del otro, es un camino que nos iguala con todos y hace que nuestro corazón se ensanche instantáneamente y alcance la anchura y la profundidad de la humanidad entera y, más aún, de todo lo creado.

La parábola es para que uno se dé cuenta y le diga al Epulón que habla y habla con Abraham: Amigo, callate y mirá a Lázaro. Hablá con él. No para que te refresque la lengua sino para que te salve!!!. Lázaro significa: Dios ayuda. Aunque vos no lo hayas ayudado a él, capaz que él es mejor que vos e intercede ante el Señor. Fijate que a lo mejor, Lázaro no es un pobre cualquiera sino Jesús. Te acordás que en el evangelio el Señor resucitado es más parecido a un pobre Lázaro que a un Dios glorioso? Se aparece como el jardinero, como un extranjero que se nos acerca por el camino, como uno de los pobres que se acercaban a los botes a la mañana pidiendo un poco de pescado para comer…

Lázaro es uno de esos que no cuentan, a los que no identificamos por la cara porque solo salen en fotos multitudinarias, esas que disparan los drones sobrevolando desde lo alto las barcazas atestadas de emigrantes.

Pero no es uno que viene a sacarte dinero. Es tu Lázaro, es el Dios que te ayuda. Un Dios venido en carne, como remarca siempre Francisco.

Francisco, el profeta que les dice a los Lázaro del hospital para dependientes químicos de Brasil: “Quisiera abrazar a cada uno y cada una de ustedes que son la carne de Cristo”.

Francisco, el profeta que nos refresca la memoria, pero no como quería el rico, sino abriéndonos los ojos: “No olviden la carne de Cristo que está en la carne de los refugiados: su carne es la carne de Cristo”. “Los pobres, los abandonados, los enfermos, los marginados son la carne de Cristo”.

Francisco, el profeta que nos lee el corazón en los gestos y nos advierte que no hay que soltar desde arriba la monedita de limosna: “Este es el problema: la carne de Cristo, tocar la carne de Cristo, tomar sobre nosotros este dolor por los pobres”.

Francisco, el profeta que nos aclara la teología que había marginado la carne de Cristo al “no lugar” de la sociología abstracta: “La pobreza, para nosotros cristianos, no es una categoría sociológica o filosófica y cultural: no; es una categoría teologal. Diría, tal vez la primera categoría, porque aquel Dios, el Hijo de Dios, se abajó, se hizo pobre para caminar con nosotros por el camino. Y esta es nuestra pobreza: la pobreza de la carne de Cristo, la pobreza que nos ha traído el Hijo de Dios con su Encarnación.

Francisco, el profeta que le ha abierto la puerta de la Iglesia a los mendigos y tiene la esperanza de que al entrar ellos comencemos a entender algo de cómo es Dios: “Una Iglesia pobre para los pobres empieza con ir hacia la carne de Cristo. Si vamos hacia la carne de Cristo, comenzamos a entender algo, a entender qué es esta pobreza, la pobreza del Señor”.

Francisco, el profeta que escandaliza a muchos, no porque le falte doctrina sino porque trata de verdad a los pobres como a Cristo: “Nosotros podemos hacer todas las obras sociales que queramos —expresó— y dirán “¡qué bien la Iglesia! ¡Qué bien las obras sociales que hace la Iglesia!”. Pero si decimos que hacemos esto porque esas personas son la carne de Cristo, llega el escándalo”.

Lázaro es Cristo: Él es el quien puede refrescarnos la vida con su gotita de agua, la del brillo agradecido de sus ojos, cuando lo miramos como persona y le damos una mano.

Diego Fares sj.

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