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Posts Tagged ‘misericordia’

“Entonces Jesús llamó junto a sí a los Doce,

los envió de dos en dos y les dio autoridad sobre los espíritus impuros.

Les mandó

que nada tomaran para el camino

sino sólo un bastón;

ni pan, ni mochila, ni monedas en la faja;

sino que se calzaran sandalias

y que no vistieran dos túnicas.

Les decía:

‘En cualquier lugar (que vayan) y entren en una casa,

permanezcan en ella hasta que salgan de esa población.

Y si algún lugar no los recibe

y no los escuchan,

al salir de allí,

sacudan el polvo de debajo de sus pies

en testimonio contra ellos’.

Y saliendo

predicaron a la gente que se convirtiera;

y expulsaban a muchos demonios

y ungían con óleo a muchos enfermos,

y los curaban” (Mc 6, 7-13).

Contemplación

El Señor envió de dos en dos a los apóstoles y les encomendó que llevaran solo un bastón. El baston del peregrino, el bastón del que se larga a caminar por el monte y lo usa para todo: como apoyo para subir las cuestas o para poder vadear un arroyo; como arma para defenderse de los perros, los lobos y alguna víbora que se cruce por el camino; para bajar alguna fruta medio alta… y al pastor, para ayudarse a contar las ovejas. La gente en aquella época no salía al camino sin el bastón en la mano igual que nosotros no salimos sin el celular.

Hoy el bastón es algo más bien simbólico -pienso en el bastón de mando presidencial-, aunque también conserva su practicidad, por ejemplo en la batuta con la que un director dirige la orquesta ya que le da mayor visibilidad y precisión a los movimientos de su mano. Los ingleses usan la palabra “staff” para designar tanto al personal (que no son empleados sueltos sino un equipo de trabajo cercano al director) como al bastón de mando o batuta en cuanto instrumento (material o simbólico) para dirigir a un “staff”.

En la antigüedad la vara también servía para medir (tantas “varas”) y hasta dicen que  ayudaba a la circulación de la sangre de la manos. Servía para todo lo que se necesitaba para   salir al mundo exterior: ere apoyo, defensa, autoridad, metro, indicación conjunta.

Desde la antigüedad todos notan que en Mateo el Señor dice que no lleven nada de nada, que en Marcos dice “solo un bastón” y en Lucas que “no lleven dos túnicas”. San Agustín dice que hay que saber leer con sentido y para sacar provecho.

Yo hago la lectura de Marcos hoy, pensando en que el Papa dice nos dice que tenemos que ser Iglesia en salida, Pueblo de Dios peregrino hacia los demás pueblos. Entonces el bastón lo veo como exhortación a salir llevando sólo lo que ayude a caminar e ir adelante, sin preocuparnos de las cosas que pueden entorpecer el camino, como una mochila pesada o el pan y el dinero y la manta, que son más para sentarse a comer y acostarse a dormir.

El bastón es imagen práctica que concentra en una sola cosa todo lo que se necesita para llevar el Evangelio a las fronteras existenciales y a las encrucijadas del mundo actual. Encrucijadas hay a cada paso y son cada vez más sutiles: que si recibir solo a los refugiados o también a los emigrantes económicos; que si ampliar las causales de despenalización del aborto basta o hay que legalizarlo casi irrestrictamente; que si el Papa debe resolver todos los dilemas teóricos y prácticos que se plantean hoy, con definiciones dogmáticas y leyes de derecho canónico, o está bien que exhorte a discernir pastoralmente e ir adelante abriendo el corazón y la mente al Espíritu y acompañando al pueblo fiel de Dios en su caminar.

Fronteras también las hay y de todo tipo. Al mismo tiempo que los países levantan muros (hay más de 65 muros creo, en todos los continentes, menos en Sud América -aunque nosotros tenemos los minimuros de los countries-) surgen nuevas fronteras que nos abren a territorios desconocidos: el mundo de la bioética, los mundos virtuales, las nuevas culturas de los jóvenes.

Qué sería el bastón actual que Jesús recomienda en Marcos como lo único que debemos llevar al salir a estos mundos? Recordemos las cosas para las que servía: apoyarse, sortear obstáculos, defenderse de los enemigos, medir distancias, organizar el rebaño (o la orquesta o el staff), tener autoridad.

Pensando estas funciones la palabra que me viene al corazón es “discernimiento”. El discernimiento en el que el Papa nos anima a crecer.

El discernimiento como apoyo, como defensa, como ayuda para sortear obstáculos y defendernos del mal espíritu, el discernimiento como vara para medir lo justo, para hacer que nuestra caridad sea discreta y nuestras teorías se concreten en obras de misericordia. El discernimiento como criterio de autoridad real: tiene autoridad y manda el que mejor discierne. No sólo el que más sabe en los libros sino el que mejor discierne el paso concreto a dar y el que señala con más claridad el horizonte.

Quién es digno de llevar el báculo hoy en día? El que tiene no solo la gracia sino también el coraje de discernir. Porque el bastón hay que saber jugarse para usarlo, hay que arriesgar e involucrarse: el bastón da cierta distancia, pero si te atacan perros furiosos, hay que saber usarlo con destreza y decisión.

Si unimos esta dos palabras: el bastón  – la materialidad sólida del leño- y el discernimiento -lo propiamente espiritual que es el juicio que abre el camino a la salvación – entramos de lleno a caminar en el mundo real de las personas con rostro y familia y de los pueblos que anelan vivir en paz y justicia.

El bastón del discernimiento y el discernimiento como bastón.

El bastón del discernimiento para desterrar eso impreciso que queda en el aire cuando dicen que el Papa “pega” o “bastonea” (los curas en italia dicen que bastonea; los periodistas en argentina dicen que “pega” (el Papa le pegó a fulano…). No le pegó a nadie, discirnió una situación. Bastonear es medir una situación, espantar al enemigo y tirar una mano para ayudar a salir del pantano al que se está hundiendo en su miseria. Bastonear es alzar en alto la bandera de la Cruz para que en la multitud uno pueda ver adonde va el guía y caminar “sinodalmente”. Bastonear es  marcar con precisión cuando tiene que entrar a tocar cada instrumento para estar en armonía con la orquesta.

El discernimiento como bastón, como único bastón, para que se note que la autoridad no es algo simbólico sino que toca la vida concreta e incide en la realidad:

Discernir es brindar apoyo firme, no en general sino en el momento justo, en el que se lo necesita para no caer y para salir de un pozo.

Discernir es saber pegarle un buen palo el león -atado pero rugiente- para que se calle y se meta en su cucha. El discernimiento es dar la estocada precisa a la cabeza de la serpiente, a distancia para que no muerda.

Discernir es dar la señal concreta que dice “por aquí se va”, alzándose en alto, como el asta de una bandera.

Discernir es indicar que  “ahora sí”, marcando el momento y el ritmo, como un director que lleva la batuta en el concierto.

El que es santo pueblo fiel de Dios -porque uno no es solo uno mismo sino que es pueblo fiel de Dios con los demás, cuando camina y trabaja con los otros- sabe reconocer, no con frases sino siguiendo en la práctica sus discernimientos ,al que tiene el Bastón y lo usa bien. Con autoridad, para “hacer crecer” (augere) y no para pavonearse ni para hacer sentir su poder. Y sabe distinguier perfectamente a los que usan el bastón sin discernimiento, por que les gusta tener la manija y el sartén por el mango en provecho propio, o usar el cetro como elemento decorativo de su vanidad.

Y cuales son estos “discernimientos” que el Papa nos hace:

En primerísimo lugar, creo yo, ha alzado en alto el estandarte de la Misericordia incondicionada del Padre que ni se ha cansado ni se cansará de perdonar. El estandarte que tiene en lo más alto esa bandera, como horizonte único hacia el que caminamos todos, es un bastón en forma de Cruz. Así como al Señor poner en alto el Paradigma de todos los paradigmas, la Misericordia del Padre, le costó la Cruz, así también al que lo siga y quiera practicar las obras de misericordia para ser bendecido con la bienaventuranza de ser misericordiado, le costará abrazar, cargar y ayudarse con el bastón de la Cruz. No hay otro báculo que la sustituya.

A la hora de defendernos del Maligno -león, lobo, serpiente, perro rabioso, buitre y lo que sea- el bastón que lo espanta es el discernimiento. Porque descubre sus engaños, porque hace ver que es un derrotado -un dragon muerto pero cuya cola sigue arrastrando gente-; un léon atado que mete miedo pero sólo hace daño si te acercás; una serpiente a la que la Virgen con la rapidez y la fuerza de su pie le ha aplastado la cabeza. Cuando sus mentiras son puestas a la luz, el Maligno pierde poder.

Y a la hora de formar familia, comunidad apostólica, pueblo de Dios, el bastón es el de un tipo de autoridad eclesial que más que mandar con muchos preceptos atrae dando el ejemplo con alegría y armoniza el trabajo de todos asignando a cada uno su misión.

Para terminar con algo sabroso y que aproveche para discernir la situación de nuestra Patria una fábula Campera del Padre Castellani. Se llama “La tala”. Dice así:

“Tres días duró en la isleta el estruendo de las hachas, y crujieron al tumbarse los viejos troncos, y volaron todos los pájaros menos las tijeretas, que no se van de sus nidos aunque las maten, y se quedaron por allí chillando, sobre las ramas mustias.

Aquello era una desolación. El Guayacán duro, el Algarrobo dulce, el Quebracho tenaz, el Cedro valioso, el Jacarandá florido, y el Ñandubay añudado, los forzudos del monte habían caído. Sólo quedaban en pie el Ombú inútil y el Abrojo dañino.

-¡Lo que yo siempre he dicho, mi compadre! -gritó el Abrojo-. En esta vida los únicos que sobreviven son dos clases: los que no sirven ni para leña como usté, y los que muerden a todos, como yo-.

 Pero sucedió que con los árboles martirizados se hicieron muebles finos, vigas inmortales,  durmientes eternos, crucecitas con los retoños más tiernos y un báculo de pastor: y después los obrajeros pegaron fuego a la isleta talada y del Ombú y del Abrojo no quedaron ni las cenizas».

 

Diego Fares sj

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Jesús salió de allí y vino a su pueblo y sus discípulos lo acompañaban. Cuando llegó el Sábado comenzó a enseñar en la sinagoga y la mayoría de los que lo escuchaban estaban shockeados y decían: -¿De dónde saca este estas cosas? y ¿Qué es la sabiduría esta que le ha sido dada? ¿Y estos milagros que se realizan por medio de sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, y el hermano de Jacob y de José y de Judas y de Simón? Y no se hallan sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

Jesús les dijo: – No hay profeta desprestigiado si no es en su patria y entre sus parientes y en su casa. Y no podía obrar milagro alguno salvo que a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos, los curó. El se admiraba de su incredulidad. Y recorría las aldeas en torno enseñando (Marcos 6, 1-6).

 

Contemplación

 

El maestro de alma, que se pone a enseñar

Vemos a Jesús que “se puso a enseñar” en la Sinagoga. Marcos no nos dice qué enseñaba, pero si escuchamos lo que decía la gente, vemos que se admiraba de su sabiduríay de sus milagros. La sabiduría era la de sus parábolas, un nuevo modo de comunicar que tocaba el corazón de la gente. También se admiraban de su discernimiento, de sus explicaciones sobre la Ley, que ponían el acento en lo esencial y no se enredaban en las discusiones abstractas sobre mil y un preceptos que tanto les gustaban a los escribas y fariseos.

Jesús enseñaba (y enseña) a “contemplar las cosas de Dios” con sus parábolas; enseña a rezar, alabando, adorando y pidiendo al Padre; y enseña a cumplir la ley de corazón, centrando a la gente en la Misericordia y no en los sacrificios ni en el cumplimiento formal.

La imagen que me gusta es la del maestro o la maestra que entra en clase y “se pone a enseñar”. Esa vocación de maestro, el que la tiene la conoce. Es una pasión. Se es maestro o maestra de alma o no se es.

Todos en nuestra vida tenemos experiencia y recuerdos marcados de los que fueron “maestros y maestras de alma”. A lo que no lo fueron, no los recordamos, pero a los que sí, no los olvidaremos más: quedaron para siempre en nuestra alma.

Yo recuerdo del Hno. Antonio como “se ponía a enseñarnos” dictado y caligrafía. Hoy que lo medito, lo que me queda es la importancia que le daba a corregir nuestros dictados y nuestros palotes, sabiendo que lo suyo eran “andamios” por los que otros caminarían para construir y pintar la casa. Pues bien, yo me acuerdo de los que pusieron los andamios y enderezaron a mano los renglones que hoy no son ya necesarios. Pero el surco de su dedicación a lo pequeño trazó otros renglones en mi alma y siguen haciendo que me guste más enseñar a rezar a un niño a los que sus papás no le enseñaron que dar una conferencia.

Jesús es uno de esos maestros que “entra y se pone a enseñar”. Lo aprovechan las personas que tienen corazón de discípulos, las que tienen pasión por aprender, crecer y mejorar; las que en cada cosa y actividad saben apreciar al que es maestro, al que tanto en cosas grandes como muy simples, ama enseñar lo que aprendió.

 

Los que se sienten ofendidos y esgrimen todo tipo de razones contra Jesús

Marcos dice que los paisanos de Jesús “se asombraban”. El asombro del que habla no es de los que abren la mente y el corazón sino el asombro de quien se queda perplejo, shockeado por algo que no se esperaba. Este asombro negativo se ve por los frutos. Los comentarios que a primera vista pueden parecer cosas normales que dice la gente, si uno los analiza, son de una agresividad que se auto-alimenta y crece.

Descalifican todo lo de Jesús -“estas cosas”- dicen- no sabemos “de donde las sacó”. No sabemos qué es esta sabiduría y estos milagros que hace con sus manos. Quién se los ha dado. Se introduce aquí lo que dirán después algunos: que Jesús expulsaba demonios por obra de Beelzebul.

Luego pasan a descalificarlo por su oficio: “no es este el carpintero?”, como diciendo quién se cree que es.

Y terminan descalificándolo con lo que, paradójicamente, será luego lo más lindo de Jesús para los que lo queremos: “no es este el hijo de María?”. Querían decir que era hijo natural. No se habían tragado el casamiento de José, que le había dado su nombre, y lo seguían considerando como un hijo espurio.

Vemos en acto toda la malignidad posible en la boca de la gente, cuyos chismes de vecindario terminan por ser calumnia, difamación, descalificación. Marcos concluye que se escandalizaban a causa de él. Se sintieron ofendidos.

Jesús, que escuchó los comentarios o los leyó en el corazón de sus paisanos, a quienes conocía muy bien desde chico, les responde con la frase sobre el destino de los profetas: “Un profeta no es despreciado sino en su propia tierra, entre sus parientes y en su casa”.

Me parece que al hablar así, poniéndose como profeta, el Señor lo que hace es decirle a la gente que no tendrían que escandalizarse tanto. Son de un pueblo y una cultura que tiene tradición profética. Aunque hiciera mucho que Dios no suscitaba profetas en Israel, sabían muy bien que el Señor cuando hacía surgir un profeta lo podía tomar del pueblo sencillo, como hizo con Amós, o elegirlo desde niño como Samuel, o siendo apenas un joven como Jeremías. Les está diciendo que no tienen que hacerse los que no entienden o los que están viendo algo raro. Si la sabiduría es sabiduría y los milagros milagros no pueden hacerse los desinformados u ofenderse porque “no se habían dado cuenta antes”. Este argumento auto-referencial es muy común entre los que se cierran a la novedad del Espíritu. No puede ser verdad porque “yo lo hubiera visto antes”.

La frase de estos indignados podría bien sonar como: Qué te pasa Jesús!? Quién te creés que sos! Mirá que te conocemos. Conocemos a tus amigos y parientes.

 

Reflexión sobre el verdadero escándalo

Hay una definición del escándalo que puede servir para discernir los escándalos de mucha gente en la actualidad. Dice así: “El escándalo es que usan razones penúltimas para rechazar lo que, con razones últimas (que se conocen bien) deberían aceptar“.

Pasa hoy en nuestra patria con la discusión sobre el aborto: se usan razones penúltimas (muy valederas, pero penúltimas) para rechazar que las razones para defender la vida son y deben ser siempre las últimas.

Últimas en el sentido de que no tienen por qué en otra cosa, sino en la vida misma. Esta indefensión de las razones últimas es como la indefensión de la vida en gestación. Dependen de otro y no se pueden autovaler, pero justamente por eso, para que las cuidemos y defendamos todos los demás.

Lo que sale naturalmente cuando  una mujer dice que está embarazada es que, los que la quieren le dicen, nosotros te vamos a ayudar.

Y esto se dice como no se puede decir ninguna otra frase de ayuda en este mundo.

Se dice con infinito respeto por la decisión última de la mujer y haciendo saber que ese hijo ya es de todos, de la familia y de la humanidad. No es de la sociedad como si fuera algo que la sociedad le pudiera obligar a tenerlo, pero tampoco es suyo solo, aunque ella sea la que decide: lo que haga afectará a todos. Se trata de algo último, que no se puede resolver con razones penúltimas.

La decisión última de hecho (si una persona decide abortar nadie se lo puede impedir) no puede convertirse en razón última del derecho. Si esto lo dice una sola persona, se llama extorsión. Como cuando alguien dice, si no hacés esto me suicido. Si es algo extendido, como el caso del aborto, la amenaza extorsiva la hacen los grupos ideológicos que se apoderan del problema para otros fines. Amenazan: Si no se legisla ya como está la ley, están dejando que mueran las mujeres pobres en la clandestinidad. Aunque los números empujen mucho y pesen, a la hora de legislar no pueden ser razón última de lo que es justo. Como dijo Lospenatto (para justificar su posición que es contraria a esta) “Los derechos no se plebiscitan ni se miden por encuestas, los derechos se reconocen y se garantizan”.

Es decir: las razones penúltimas no pueden sobreponerse a las razones últimas a la hora de legislar. Hay que encontrar otras maneras. Porque si no, la ley del aborto se convierte en un aborto de ley, en una ley “no recta”.

 

Jesús el profeta que habla al corazón

El Señor no pudo hacer muchos milagros en su pueblo. Su profecía no alcanzó contra las razones de sus paisanos. Igual es cierto que algunos milagros sí pudo hacer. Curó a algunos enfermos, paisanos suyos sencillos que creyeron en él y que se habrán sentido muy contentos de que Jesús, a quien conocían del barrio, fuera este que ahora tenía tan gran poder.

Es que la profecía del Señor va directa al corazón. A las mentes cerradas, solo les pone el límite que dice “esto, así, no va”. Pero su palabra sólo es semilla fecunda si cae en la tierra buena del corazón.

En este sentido, mi discurso sobre “las razones últimas” tiene su valor, pero no alcanza. Hace falta hablar al corazón.

Y de corazón, lo que siento es que quizás ha sido un error defender que la vida comienza con la concepción. Sólo ha sido cuestión de tiempo para que nos corran con los números: “en qué semana -nos dicen-, en qué momento de la unión del espermatozoide con el óvulo, así congelamos antes..”. No! Hay que anunciar y proclamar al corazón que la vida comienza desde mucho antes. Comienza en los sueños de Dios, comienza en los sueños de formar familia de las mujeres y los hombres, comienza en los sueños de los que legislan creando leyes que protejan estos otros sueños.

Creo que ha sido un error hablar del ADN como razón para definir lo que es una persona. No! Hay que anunciar y proclamar al corazón que la persona es mucho más que un ADN, es alguien tan frágil y tan único que solo su mamá puede hacer con su amor que sea un hijo suyo y que se convierta en alguien. Y si ella no lo quiere o no lo puede hacer no hay ley que valga. Dios mismo quiso que la vida naciera así, dependiendo de un sí de mujer. Aunque pueda ser engendrada por la simple pasión irracional de un varón, una persona no puede seguir adelante sin un sí amoroso de una mujer. Por eso, más allá de esta ley, que se está gestando en un marco ajeno al proceso que desencadenó en la sociedad, hay que escuchar el corazón de las mujeres. De todas.

Yo trato de escuchar así.

Cuando una preadolescente dice “déjennos cog…” y “aborto libre, seguro y gratuito”, y “nos quieren hacer creer que un feto sin sistema nervioso central es igual a mi”, yo trato de escuchar qué está diciendo esa chica. Trato de comprender el terror que siente alguien a quien la sociedad por un lado le dice que es lo más normal que tenga relaciones sexuales libremente, y por otro lado, le dice que la va a meter en la cárcel si aborta. Una sociedad que cree que cumple su deber diciéndole: “cuidate”.

Cuando una mujer dice que no quiere ser una incubadora, trato de escuchar por qué usa esta imagen. No creo que piense que su cuerpo está mal hecho, se me ocurre más bien que lo que dice es que la sociedad machista se ha aprovechado de cómo funciona su cuerpo y con la excusa de su instinto materno la ha cargado toda la responsabilidad de criar o de abortar hijos.

Cuando una mujer dice que quiere decidir sobre su cuerpo y sobre lo que es parte de su cuerpo, trato de escuchar. Porque no creo que esté diciendo que piensa que un embrión es como un riñón. Nadie mejor que una mujer sabe lo que es un hijo. Quizás es que está diciendo que si no lleva las cosas a este extremo, la sociedad seguirá aprovechándose de su “bondad materna” o de su “instinto femenino”.

Que muchas mujeres sientan que tienen que llegar a este extremo para expresar sus cosas es algo que nos tiene que hacer reflexionar a todos. Yo sigo tratando de escuchar y mientras tanto, la única propuesta va por el lado de promover el paradigma de la misericordia que propone el Papa. Una misericordia que “no hace muchos cálculos” y da todos los pasos para salvar vidas en el corto plazo y pensar cómo crear estructuras mejores en el mediano y largo plazo. Es un camino a largo plazo. Que abandona la nave de los “valores intocables” y no se sube al transatlántico de los “valores negociables” sino que se lanza al agua solo con el salvavidas amarillo de la misericordia, confiado en que Jesús, el único que camina sobre las aguas, nos extenderá su mano.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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       Se quedó María con Isabel como tres meses; después se volvió a su casa. Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre Isabel, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.

A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan.»

Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre.»

Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran.

Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan.»

Todos quedaron admirados.

Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.

Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel (Lc 1, 57-66. 80).

Contemplación

En el nombre “Juan” está la idea de que “Dios tiene misericordia”, Dios se ha apiadado, se ha mostrado benigno. La verdad es que quería conectar lo que captaron los vecinos de Zacarías e Isabel, “los santos de la puerta de al lado”, como dice el Papa, con el nombre de Juan y estuve buscando pero no encontré lo que buscaba, así que directamente lo rezo como me inspira el evangelio mismo, aunque siempre me gusta tener algún apoyo exegético para partir. En este caso me basta con que la gente del pueblo simple sentía y experimentaba ante el nacimiento de ese bebé. Lucas usa una palabra -“emegalunen“, engrandecer, incrementar, magnificar- para expresar que la gente del pueblo y sus padres veían en esto algo que es propio solo de Dios Padre: incrementar en modo desacostumbrado su Misericordia.

Que unos padres ancianos hubieran sido bendecidos con este hijo era algo grande. Y por eso el nombre que significa “Dios ha tenido misericordia” es el nombre que Isabel se apura a dar y que Zacarías ratifica escribiéndolo en la pizarra. Cuando escribió “misericordia” se le soltó la lengua. Esa experiencia es el centro del Evangelio del Nacimiento de Juan el Bautista: cómo se le ablandó la lengua a su padre, como si la hubiera tenido congelada y el calor del nombre de su hijo hubiera hecho que se le derritiera de amor.

Juan heredará de su madre, la alegría inmediata al ver a Jesús, su amor incondicional y su fe en el Cordero de Dios que es el que absuelve los pecados del mundo y tiene la Palabra verdadera y el tono justo para contar las parábolas que nos hacen experimentar la Misericordia infinita y sin peros de nuestro Padre del cielo. Esa Misericordia que cuando uno la experimenta, recupera su dignidad de hijo, como el hijo pródigo cuando recibió un abrazo en vez del reproche que esperaba (y que su hermano se encargó de hacerle sentir igual).

Juan también heredará esta resistencia a la fe de su padre, Zacarías, esa que le llevó a pedirle al ángel una prueba de que era verdad lo que le anunciaba y el ángel, con cierto enfado angélico, le dio la prueba, pero no “desde afuera” con algún signo, sino desde adentro, haciendo que se le endureciera la lengua con la que había expresado sus dudas, hasta que fuera capaz de usarla solo para escribir “Juan”, “Dios ha engrandecido su misericordia con nosotros”.

Esta palabra, magnificar, engrandecer, es la que Juan pone en los labios de María cuando canta las Misericordias de Dios para con sus pequeñitos y dice que esa Misericordia se extiende de generación en generación.

Decía que Juan heredó esas resistencias de su padre porque él también las experimentó cuando, estando en la cárcel,  mandó a sus discípulos a preguntarle a Jesús si era Él el Mesías o debían esperar a otro. Y Jesús le respondió con algo que tenía que ver con su nombre -Dios tiene misericordia-. Les dijo: “Vayan a contarle a Juan lo que oyen y ven: que los ciegos reciben la vista…. y los pobres son evangelizados (Mt 11, 2-6). Y le agregó la bienaventuranza para los que no se escandalizan de Él.

Juan acató el mensaje como acató la orden de Jesús de bautizarlo. Pero esta resistencia siempre estaba ahí y se ve que sus discípulos la pescaron porque duró mucho tiempo en la Iglesia primitiva: seguía habiendo discípulos de Juan, que bautizaban con el bautismo de Juan (siempre hay gente más papista que el papa). Tanto es así que en su evangelio, Juan evangelista, muchos años después, escribe todos los elogios que Jesús hacía de su primo, para que no quedaran dudas ni del amor de Jesús ni de la fidelidad de Juan, que superaba en la fe sus resistencias, hasta el punto de dar la vida con alegría por el Esposo y de aceptar con gozo que “El crezca y yo disminuya”.

Esta experiencia de “dejar que Dios engrandezca su Misericordia en nosotros y en nuestra vida” es el signo de que estamos en presencia de un Dios activo, que interviene en la vida de la gente. Es el “capolavoro” de Jesús: hacer experimentar esta misericordia creciente que nos toca en la herida y hace salir lo mejor de nosotros: nuestra dignidad de ser hijos y de querer actuar como tales.

San Ignacio lo expresaba de manera magnífica. Lo cito y con esto respondo a una oyente de Radio María que ayer, en la entrevista en la radio, planteaba una contradicción en su interior. Por un lado, decía, se sentía tan agradecida por todas las cosas buenas que Dios le daba en su vida. Por otra, sentía culpa por no ser más generosa con los pobres dado que tenía tanto. Yo le decía que estas “contradicciones” son justamente las cosas que requieren que le demos “tiempo de oración”. No se resuelven en la cabeza sino rezando, preguntando a Jesús “y con esto cómo se hace?” y dando tiempo al Espíritu para que, mientras contemplamos al Escritura, nos vaya aclarando todo.

Ignacio cuenta así su experiencia de cómo se “incrementa la Misericordia de Dios en su vida: “Mirando sus faltas y llorándolas, decía que deseaba que en castigo dellas Nuestro Señor le quitase alguna vez el regalo de su consuelo, para que con esta sofrenada anduviese más cuidadoso y más cauto en su servicio; pero que era tanta la misericordia del Señor y la muchedumbre de la suavidad y dulzura de su gracia para con él, que cuanto él más faltaba y más deseaba ser castigado desta manera, tanto el Señor era más benigno y con mayor abundancia derramaba sobre él los tesoros de su infinita liberalidad. Y así decía, que creía que no había hombre en el mundo en quien concurriesen estas dos cosas juntas tanto como en él. La primera, el faltar tanto a Dios, y la otra, el recibir tantas y tan continuas mercedes de su mano. Decía más, que esta misericordia usaba el Señor con él, por su flaqueza y miseria, y por la misma le había comunicado la gracia de la devoción, porque siendo ya viejo, enfermo y cansado, no estaba para ninguna cosa, sino para entregarse del todo a Dios, y darse al espíritu de la devoción”.

Sin palabras!

Diego Fares sj

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Al atardecer del Domingo

encontrándose los discípulos con las puertas cerradas

por temor a los judíos,

vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:

‘La paz esté con ustedes’.

Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.

Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo:

‘La paz esté con ustedes.

Como el Padre me envió a mí,

Yo también los misiono a ustedes’.

Al decir esto sopló sobre ellos y añadió:

‘Reciban el Espíritu Santo.

Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen

y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’ (Jn 20, 19-23).

…………….

“De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso,

que llenó toda la casa en la que se encontraban.

Se les aparecieron unas lenguas como de fuego

que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos;

quedaron todos llenos del Espíritu Santo

y se pusieron a hablar en otras lenguas,

según el Espíritu les concedía expresarse” (Hc 2, 1 ss.).

 

Contemplación

Las llagas del Señor que los pacifican, la misión del Padre con que son enviados, el Espíritu Santo que reciben y que los llena con su Soplo y con su Llama, el perdón de los pecados -para sí y para darlo-, y las lenguas en que el Espíritu les concede hablar y que hace que todos entiendan, son como puertas abiertas por las que entra y sale la Gracia que cuaja -confirma- a la Iglesia como una, santa, católica y apostólica.

Puertas abiertas

La imagen de la Iglesia -de cada apóstol y de todos reunidos con nuestra Señora- como Casa de puertas abiertas por las que entra y sale el Espíritu, se contrapone a la situación anterior en la que los discípulos se encontraban “con las puertas cerradas”.

Las llagas del Señor son puertas abiertas al Espíritu: Él entra y sale por la puerta escondida de nuestras llagas, no por la puerta principal de nuestras cualidades.

La misión del Padre es puerta abierta: por ella entró Jesús en nuestra historia y por ella sale el Espíritu en la persona de los discípulos misioneros a evangelizar y bautizar a todos los pueblos.

Más aún, el Espíritu Santo en Persona es Puerta abierta: Él crea su propia apertura y su hospedería en el alma de los creyentes; Él es Puerta abierta y giratoria que nos impulso a salir de nosotros mismos para ir hacia los demás.

El perdón de los pecados y las nuevas lenguas son una sola y la misma Puerta abierta: es la misma cosa salir del encierro y de la esclavitud del pecado y que se nos suelte la lengua para predicar el Evangelio.

Toda lengua es una puerta abierta al corazón de las personas y a cada cultura. Y la lengua del Espíritu, la de los pecadores perdonados y enviados a Evangelizar, es una lengua abierta y familiar que llega al corazón de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Nos detenemos en la conexión entre la puerta abierta al perdón y la puerta abierta a la predicación del Evangelio.

Los pecados que no dejan hablar al Espíritu

Cuando el Papa Francisco abrió y mandó abrir tantas puertas de la Misericordia, comenzando por la de Banghi, en la República Centroafricana, lo hizo en cumplimiento de este mandato del Señor, que da su Espíritu a la Iglesia para que abra las puertas del perdón de los pecados.

De cuáles pecados? De todos, por supuesto, pero a cada persona y a cada pueblo para el perdón del pecado particular que le cierra la puerta al Espíritu.

Cerrarle la puerta al Espíritu es no dejarlo hablar. Porque su misión es hablar: decirnos toda la verdad, recordarnos las palabras de Jesús, cada Palabra en el momento justo ante cada situación. Hablar no simplemente hablando sino consolando, fortaleciendo, haciendo dar fruto. El Hablar del Espíritu es el de una lengua que entienden todos.

A veces, cuando alguien nos está hablando y ve que no lo escuchamos, nos dice: “Atendé lo que te digo, mirame! Te estoy hablando”. Lo primero de una lengua es el asentimiento personal al otro. Más allá de lo que dice y de cómo intenta explicarse, lo que reclama el que habla es que se lo reconozca y respete como persona, es decir: como alguien que tiene algo propio para decir. Su punto de vista no es algo accesorio, va junto con el contenido. En lo que uno dice pone su vida, su experiencia, su corazón. De allí que cada uno necesite su tiempo para expresarse.

Por eso, que a uno lo entiendan, que se entienda lo que dice, significa que se lo aceptó como persona, que en sus palabras uno acepta que recibe más de lo que cada palabra dice tomada en general. Si alguien se siente comprendido es que recibimos su experiencia de vida que enriquece la nuestra. Cuando esto sucede, es porque ha comenzado el diálogo.

El pecado, todo pecado, tiene una dinámica opuesta a esta del diálogo. Para pecar hay que cerrar los oídos a la palabra que nos dice un Bien común y mayor, que necesita tiempo para expresarse plenamente, y hacerle caso a la palabra que nos dice un bien particular, un bien menor, que nos apura con su urgencia y nos ofrece una salida rápida o de compromiso.

La pequeña Marta en medio del grupo de oración         

Hace unos días, compartiendo el Evangelio con un grupo de matrimonios, un papá hizo alusión al lenguaje nuevo del Evangelio y expresó que a veces sentía la angustia profunda de estar hablando una lengua vieja. Ante situaciones nuevas se encontraba diciendo palabras viejas, ya gastadas. Y tenía sed de esta lengua nueva, de poder decir palabras que iluminaran de un modo nuevo las situaciones de conflictos repetidos que sus palabras viejas no lograban destrabar.

Mientras hablaba, su esposa que tenía en brazos a su hijita pequeña, como la nena estaba inquieta, la puso a jugar en la alfombra, en medio del círculo que formaba el grupo. Y yo me entretuve mirando a la pequeña Marta, que tomaba un juguete en sus manos, se lo llevaba a la boca, se lo mostraba a su mamá, que la aprobaba con una sonrisa, y seguía jugando y canturreando en su lenguaje de sonidos sin palabras.

Y se me fueron haciendo claras dos cosas acerca de la lengua que hablamos y la que el Espíritu nos hace escuchar y hablar.

La pequeña no necesitaba hablar porque su madre le adivinaba todo e iba guiando sus gestos con sus aprobaciones, sus sonrisas, sus gestos de “eso no” y sus abrazos.

Los dos lenguajes del Espíritu

Este es el lenguaje de “los gemidos inefables” del Espíritu, que gime y reza en nuestro interior sin que haya necesidad de poner palabras a lo que es puro deseo: expresión de asentimiento a su Persona y de reclamo de su Atención.

Esta es la oración de abandono, en la que le decimos al Señor: “adiviname Vos. Yo me expreso, Padre, como un niño que juega, canturrea y se lleva a la boca los juguetes, los da vuelta y los tira… y te dejo que me adivines y me apruebes en lo que siento y en cómo estoy”.            Es una oración sin palabras, oración de abandono, oración de niño pequeño en brazos de su Madre.

Luego, cuando uno crece y sus deseos se van volviendo más precisos, nace la necesidad de hablar, que nuestra madre estimula dándonos palabras a elegir, nombrando las cosas que nos gustan y las que no debemos tocar. Aprendemos así las palabras esenciales, siendo las primeras mamá y papá, que son de invocación: el llamarle la atención a la persona que nos explica todo lo demás.

En este nivel de lenguaje tenemos que aprender a hablar y a precisar bien qué es lo que deseamos para poder ser, dialogalmente, ayudados, comprendidos y guiados. Se aprende este lenguaje rezando (a rezar aprendemos rezando): leyendo el evangelio, eligiendo alguna palabra en la que sentimos más gusto, explayando en ella nuestros deseos y sentimientos y dejando que esa Palabra de Jesús nos diga lo suyo.

Este es el lenguaje de la “caridad discreta” del Espíritu, es decir: el lenguaje del deseo reconocido, interpretado, elegido y bien expresado, al que el Espíritu puede responder con claridad, dándonos a gustar esa palabra del Evangelio que ilumina lo que queremos y lo encauza misionalmente, para bien de los demás.

Dos lenguajes, por tanto, que habla el Espíritu -el del gemido y el del discernimiento- y que tienen que ver con el perdón de los pecados.

Hay un perdón del Espíritu que obra sobre el gemido egoísta, el del niño caprichoso que llora y patalea reclamando mal lo que sus padres le darán gustosamente en orden y a su tiempo.

Este perdón es sin palabras, como el perdón del Padre misericordioso al hijo pródigo al que abraza y besa sin decirle nada. Es el perdón de la Misericordia incondicional, setenta veces siete repetida, si fuera necesario, como dijo uno de los Obispos chilenos: pedimos perdón a las víctimas y lo pediremos setenta veces siete si hace falta.

Sin este perdón profundo y total, no es posible el lenguaje evangélico, nadie puede salir a predicar si no cuenta con este perdón bautismal.

La frase que el hijo pródigo había ido elaborando: Padre, perdóname, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser hijo tuyo. Trátame como a uno de tus servidores… , es una frase dicha a borbotones . Y el Padre la acalla para dejar que se exprese el sollozo.

Se trata de un perdón y un lenguaje sin palabras, hecho con lágrimas y abrazos, en el que todo se adivina y por eso no hace falta hablar. Cuando la comunicación es tan íntima, hacer callar al otro con un gesto es la palabra más expresiva: la que no hace falta decir, la que basta insinuar y que el otro acalle. No es mudez, sino diálogo de gestos, en el que uno mira y solloza y el otro dice shh! y abraza.

Esto que a nivel personal es tan claro, debe traducirse a nivel cultural, social, político y eclesial.

Los lenguajes del Papa a los Obispos de Chile

A nivel eclesial, este lenguaje resuena en lo que el Papa Francisco le dijo a los Obispos de Chile, como invitación a tener un día de reflexión personal (luego hablaron y luego resolvieron poner a disposición del Santo Padre sus cargos pastorales):

Dejarse perdonar profundamente, permitirá recuperar la palabra, volver a profetizar:

Hermanos, no estamos aquí porque seamos mejores que nadie. Como les dije en Chile, estamos aquí con la conciencia de ser pecadores-perdonados o pecadores que quieren ser perdonados, pecadores con apertura penitencial. Y en esto encontramos la fuente de nuestra alegría. (…) Queremos pasar de ser una Iglesia centrada en sí, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado.(…) Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros, es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación.

Discernir, no discutir, llevará a tomar medidas a largo, mediano y corto plazo y no quedarse solo en tomar dos o tres medidas prácticas:

Hermanos, las ideas se discuten, las situaciones se disciernen. Estamos reunidos para discernir, no para discutir.

Confesar el pecado es necesario, buscar remediarlo es urgente, conocer las raíces del mismo es sabiduría para el presente-futuro. Sería grave omisión de nuestra parte no ahondar en las raíces. Es más, creer que sólo la remoción de las personas, sin más, generaría la salud del cuerpo es una gran falacia.

El lenguaje que falta en el debate por el aborto

Esto quizás puede ser ejemplo para el debate sobre el aborto, en el que más que discernir la situación se discuten ideas -unas que parten de la “esencia” (de la vida, de la persona, del derecho) y otras que parten del “funcionamiento” (de la vida, de la persona, de la ley). Para que una confrontación así no sea un diálogo de sordos que produce leyes emparchadas (como la que actualmente rige la cuestión del aborto), es necesario profundizar sobre todo en el primer nivel del lenguaje: ese que hace sollozar en silencio escuchando al Espíritu que gime como la creación, con dolores de parto. Antes de hablar diez minutos, cada orador y los que los escuchamos, deberíamos llorar en silencio otros diez.

1.300 abortos por día (según los medios) productos de embarazos no deseados, en este siglo XXI, nos tienen que hacer sentir que estamos ante una tragedia humanitaria. Una tragedia que se da escondida y esparcida por todo lo largo y ancho de nuestro territorio. Una tragedia que recae, entera cada vez, como una montaña que se derrumba, sobre la cabeza y el pecho de cada mujer que aborta y se hace cargo sola de una responsabilidad que no puede no ser común.

Antes, durante y después ya sea de una penalización como de una legalización, este nivel de lenguaje en el que no hay palabras sino gemido, sollozo y abrazo, pidiendo perdón -todos- a las mujeres, a los no nacidos, a la humanidad que nos dio la vida y a la que le es negada, y si creemos, a Dios.

Sin este llanto que es el lenguaje del perdón, todo otro lenguaje resulta ofensivo por el sólo hecho de estar usando el aire y las palabras.

Pedimos al Espíritu que amplíe en nuestro corazón, en el de cada familia, en el de cada sociedad y cultura, en cada ámbito donde se habla y se decide, esta puerta abierta al llanto y al perdón, a recibirlo y a darlo, para poder luego discernir con caridad e implementar medidas que cuiden  y promuevan la vida y no prácticas de la muerte que pasan de protocolo hospitalario provincial a ley nacional.

Diego Fares sj

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Unknown

Viene a él un leproso que, rogándole y doblando las rodillas, le decía:

“Si quisieras puedes limpiarme”.

Jesús movido por la compasión extendiendo su mano lo tocó y le dijo:

“Quiero, límpiate”.

Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio.

Adoptando con él un tono de severidad lo despidió y le dijo:

“Mira, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio”.

Pero él, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo y a divulgar la cosa, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Y venían a él de todas partes” (Mc 1, 40-45).

 

Contemplación

El domingo pasado veíamos a Jesús rezando de madrugada -intercambiando deseos con el Padre-. Hoy Marcos nos muestra cómo Jesús “es movido por una compasión que toca” y sana al leproso y a toda la gente.

La palabra “compasión entrañable” hace referencia a las entrañas y al hecho de que hay cosas que nos “tocan” y nos mueven a compasión. Los evangelistas señalan a menudo esto que le sucede al Señor: siente compasión por el pueblo que anda “como ovejas que no tienen pastor” y se queda enseñándoles y curándolos largamente, imponiéndoles las manos. Lo mueven a compasión los leprosos, los ciegos, los sordomudos… Jesús se conmueve y actúa con sus manos: le mete los dedos en los oídos, les toca la lengua, hace barro con su saliva y les recrea los ojos…

La “compasión que toca” es la actitud con la que Lucas describe al buen samaritano, que se compadece del herido, le limpia las heridas y lo venda con sus manos, se lo carga en hombros y lo sube a su asno. La imagen contraria es la de aquel deudor a quien el Rey, movido a compasión, le perdonó una gran deuda, pero él, al ver a uno que le debía unos pocos pesos, lo agarró por el cuello y lo ahogaba sin compasión.

Hay tanto para compadecer hoy!

Y como cambia el sentimiento cuando pasamos de mirar a tocar. Cuando le damos la mano al mendigo que nos pide una limosna o le tocamos el hombro o lo bendecimos en la frente.

Hoy no basta ver. Es más, a veces incluso es contraproducente. Vemos demasiado -tantos rostros, tantas imágenes en directo de gente que sufre…-, vemos tanto que la capacidad de sentir se sobrecarga y nos ponemos en “modo no sentir”. Para salir a la calle y llegar al trabajo uno desconecta la compasión como pone el celular en modo avión… Si no no llega.

Yo saco en conclusión que sólo se puede compadecer de verdad al que se puede tocar, aunque sea solo un poquito como cuando uno apenas estrecha la mano o acaricia la frente del enfermo que está en terapia.

La compasión se conecta y se vuelve vaso comunicante a distancia de las manos, no de la vista. No es para nada un sentimiento general, para la humanidad en su conjunto.

La mirada puede despertar la compasión, pero si uno no se acerca, la compasión se convierte en otra cosa. Si no nos conectamos con las manos, la compasión se vuela al mundo de las ideas y corre el riesgo de convertirse en impotencia abstracta con un sabor amargo muy concreto. Esos son los síntomas: impotencia y sentimiento amargo. Tan distintos de lo que uno siente cuando al darle la mano al otro se encuentra con su mirada amiga! La madre Teresa contaba de aquel hombre enfermo de lepra que vino a su encuentro unos días después de haber recibido ella el premio nobel de la paz (1980):

“Hace unos días, a las nueve de la noche, sonó el timbre. Bajé enseguida a ver qué pasaba. Me encontré un enfermo de lepra que estaba tiritando de frío. Le pregunté si necesitaba algo. Le ofrecí comida y una manta para que se protegiese de la dura noche de Calcuta. Las rehusó. Me tendió el cuenco de pedir. Me dijo en bengalí: ‘Madre, oí decir a la gente que le había sido dado un premio. Esta mañana tomé la resolución de traerle todo lo que consiguiese recaudar a lo largo del día. por eso he venido’. Vi en el cuenco 75 paise. Una pequeña cantidad (menos de 10 centavos de dólar). La conservo sobre mi mesa, porque este modesto regalo revela la grandeza del corazón humano. Y es algo de verdad muy hermoso. Nunca he visto alegría semejante en el rostro de alguien tras regalar dinero o comida como la de aquel mendigo que se sentía feliz de poder dar algo también él”.

Imagino que al recibir el dinero ella le tomó la mano y luego le agarró la cabeza como sus manos como hacía, lo besó en la frente y ahí le vio en los ojos la alegría que cuenta que este hombre sentía.

Allí me vino el recuerdo de la foto del Papa tocando a la abuela de cien años que no ve y “quería tocar su manita”. Como la hemorroísa, a la que le bastaba tocar los flecos del manto del Señor. Es que la gente sabe que la compasión se establece cuando hay contacto con las manos.

Y contra esa impotencia de los ojos, que para ver necesitan distancia, la potencia del tacto, que es el sentido de la proximidad, tenemos la comunión como el sacramento de la compasión. Jesús nos mandó comulgar, hacer la comunión en memoria suya, porque tocándonos, al recibirlo en la mano, en el sencillo gesto de tomar el pan con los dedos y llevarlo a la boca, su Pasión entra en contacto con nuestra vida. Y al tocarnos, el Señor nos equipara y nos sintoniza con sus sentimientos y nos transmite la corriente de su gracia.

Si no nos tocara, su Palabra quedaría como imagen, se nos iría al mundo de las ideas, que flotan en el paradigma de cada cultura y sólo bajan al corazón y a las manos en la medida en que los imperativos de moda se lo permiten.

Son tan distintas las cosas que mueven a actuar en cada cultura! En la India, por ejemplo, hay castas enteras de gente a la que se llama “los intocables”. Es tanta la miseria, pienso yo, que elaboraron esa autodefensa para poder vivir: no tocar a los que no van a poder ayudar. Para no sentir compasión? Eso creo yo. Y la madre Teresa cambió ese paradigma tocando a todos, ayudando a bien morir con las manos de sus monjas y colaboradores (como un grupo de 50 argentinos que están ahora allí, ayudando y aprendiendo de los pobres).

Podemos poner en práctica, cuando vamos a comulgar, esto de “compadecer tocando a Jesús, recibiéndolo en la mano”. La Eucaristía no es solo Jesús, es la carne de Jesús que es la carne de todos. En la comunión el Señor nos brinda la posibilidad de que, dejándonos tocar por Él, nuestra compasión se conecte con la suya y encontremos nuestra manera y medida humana de compadecer a todos con Él y en Él. No con “nuestra compasión” que se excede o se enfría de más o de menos. Jesús nos da la posibilidad real de compadecer con una compasión “nuestra”, de Jesús y mía, o de Jesús y nosotros, mejor. Es esta compasión común que nos da comulgar con el mismo pan la que unifica sentimientos y acciones.

Hoy no se puede “tocar” a los pobres si no es con la manos que tenemos en común. No sirven las manos individualistas que usamos para agarrar nuestra plata, no bastan las manos buenas de cada uno, que en cierto momento deben soltar para ir a hacer otra cosa, hacen falta las manos de muchos, de un cuerpo social, de una institución que se hace Manos abiertas, siempre abiertas, las de todos a través de las de cada uno sumado a los demás.

Al dejarnos tocar por la Eucaristía y al tocar a Jesús podemos tocar compasiva y sanadoramente, la carne de todos lo intocables del mundo. Es imprescindible, hoy más que nunca, comulgar. Tocar bien la carne, para hacer sentir la misericordia, el amor, la amistad, el compañerismo, la solidaridad. Tocar bien la carne para sanar, para alentar, para impulsar a vivir. Hoy más que nunca, hace falta este “sentido de la carne que solo Cristo puede dar”, ya que en nuestra carne se abren las llagas de la humanidad. En la carne se  muestran las enfermedades propias de ella y las del nuestra mente, que nos llevan a maltratar nuestra carne: que la hieren y abandonan, que la explotan, la comercian, la abusan, la anestesian, la decoran, la idolatran, se encarnizan terapéuticamente con ella, no la dejan nacer, no la alimentan ni la cuidan, no la dejan morir en paz…

Hace poco, el Papa hablaba de no usar los celulares en la Misa y decía que basta pensar en el lugar donde estamos cuando se celebra la Eucaristía -estamos en el Calvario, decía, ante el Señor que da la vida en la Cruz por nosotros- basta pensar en esto para que uno se ubique y no sienta deseos de sacar fotos.

No se sacan fotos en el calvario.             La misa no es un espectáculo, decía (esta es la reflexión de hoy). No es un espectáculo porque los espectáculos tengan algo de malo, no es un espectáculo porque es algo más profundo e intenso. Se nos invita tocar al Señor, a comulgar con su compasión dejando que al tocarnos, su Carne y su Sangre hagan vaso comunicante con nuestra carne y nuestra sangre y entremos en comunión con las de toda la humanidad. La Eucaristía es cada vez un acontecimiento único: es entrar en compasión y requiere las manos y toda la atención del corazón puesta en sentir el momento y vivirlo ahí. No es algo que se registra para vivirlo después.

Por otra parte, sólo entrando en comunión con la Pasión del Señor podemos animarnos un poco más a entrar en compasión con los que sufren. Sólo la comunión con la Carne de Cristo, muerta y resucitada, puede darnos el sentido justo de la compasión. Sólo comulgando con esa Carne, con lo que pasó (pasión) y lo que ahora es, glorificada, podemos ir aprendiendo a gustar lo que significa compadecer a los demás, lo que significa tratar bien a nuestra carne, con amor respetuoso y familiar, con sentido humano.

La Eucaristía es el momento para compadecer. Comulgar no es “gustar” la carne del Señor como cosa, como objeto de un momentito mío a solas con un Jesús particular. Comulgar es gustar la carne viva del Señor. Viva quiere decir en acción y pasión, padeciendo y muriendo y dando la vida por mí. Comulgar así, me permite comulgar también con la carne viviente de los demás, con sus alegrías y padecimientos. Puedo masticar los dolores de los que amo al masticar los dolores del Señor y comulgar con ellos en la paz que nos da la fe en que las llagas del Señor son llagas resucitadas. Revivir los dolores del Señor uniéndolos a los dolores reales de la gente concreta que conozco y que sé que sufre, uniéndolos a Él, eso me resulta más cercano y consolador que pensarlos separados.

Al comulgar podemos decir el “sí, quiero, queda limpio” que le dijo el Señor al leproso. Aunque nuestro sí no “cure” directamente, es un sí que nos permite entrar en la corriente de la compasión sanadora del Señor. Nos unimos comulgando con esa compasión que dice sí y que extiende la mano tocando a lo largo de la historia a cada ser humano que viene a este mundo. Al comulgar podemos decir “sí, quiero”, quiero que toda lágrima sea enjugada, toda enfermedad sanada y todo sufrimiento compadecido, cuando y como el Señor quiera y sea como sea que lo haga.

En la comunión experimentamos la belleza que salva al mundo: la del amor que se compadece del dolor -como dice el príncipe de Dostoievski-, tocándolo.

Así como en la consagración pedimos al Padre que “santifique los dones de pan y de vino con una efusión de Espíritu Santo, podemos pedir al Espíritu, al que invocamos como “Dedo de la mano Paterna” que nos de un simple toque, de esos que “encienden con su luz nuestros sentidos” e infunda su compasión en nuestro pecho y fortalezca con su fuerza inquebrantable la flaqueza carnal de nuestro cuerpo”. Es el Espíritu el que puede darnos la gracia de esta “compasión que extiende la mano y toca y limpia las lepras de nuestro tiempo”.

Diego Fares

 

 

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“Jesús dijo a sus apóstoles:

No teman a los hombres.

No hay nada oculto que no deba ser revelado

y nada secreto que no deba ser conocido.

Lo que Yo les digo en privado repítanlo públicamente;

y lo que escuchen al oído proclámenlo desde los techos.

No teman a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma.

Teman más bien a aquél que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno.

¿Acaso no se vende un par de canaritos por unas monedas?

Sin embargo ni uno solo de ellos cae en tierra sin el Padre (sin que el Padre esté)

También ustedes tienen contados todos sus cabellos.

No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.

Al que se declare por mí ante los hombres,

Yo me declararé por él ante mi Padre que está en el cielo.

Pero Yo negaré ante mi Padre que está en el cielo

a aquél que me niegue ante los hombres” (Mt 10, 26-33).

 

Contemplación

No teman. No teman. No teman.

No teman confesarse los pecados y predicar públicamente el evangelio.

No teman a las persecuciones externas, que no pueden matarles el alma.

Ustedes son valiosos para el Padre, que los cuida más que a los pajaritos: no teman.

La persecución viene de anunciar la alegría del evangelio, que es la alegría del amor.

Y los lobos –tanto los que devoran las ovejas como los que dejan que otros las devoren porque ellos cuidan letras y frases y no a las personas concretas- meten miedo, amenazan, difaman, matan.

El Señor dice que al que se declare abiertamente por él ante los hombres, él se declarará por él ante el Padre. Y que negará ante el Padre al que reniegue de Él ante los hombres.

Esto es pues lo único que debemos temer: que Jesús no nos reconozca ante el Padre.

A esto se refiere también lo de “temer al que puede arrojarnos al infierno”.

El infierno es quedar fuera del reconocimiento salvífico de Jesús.

El demonio no nos puede “arrojar” al infierno si primero no nos hemos soltado de la mano y de la mirada del Señor. Solo fuera del ámbito de acción de su Misericordia, quedamos a merced de los empujones y zarpazos del maligno.

Ahora bien, el Señor ha querido ligar su reconocimiento a –al menos- tres confesiones que tenemos que saber hacer sin miedo.

La primera confesión es de nuestros pecados. Es íntima y personal. Es la Confesión sincera de que somos pecadores, manifestación sacramental de nuestras enfermedades y de nuestros pecados.

Es una confesión privada en la que uno abre su conciencia ante el confesor que en nombre del Señor y de la Iglesia nos concede la absolución y el perdón.

El día en que “todo lo secreto sea revelado”, nuestros pecados se tendrán que revelar como pecados confesados, como pecados de los que pedimos perdón y que tratamos de  reparar de acuerdo a lo que la Iglesia nos dio como penitencia.

Saligo al paso de una dificultad: el Señor nos manda confesamos ante otro. Y esto es algo que algunos cuestionan. Pero esa persona cuida con delicado respeto que lo confesado abra nuestra conciencia a la fuente de misericordia salvadora del Señor, esa que inunda el alma de paz y nos da un arrepentimiento amoroso que  nos lleva a la conversión.

El confesionario no es una tintorería ni una sala de torturas. Es, como decía alguien, el único lugar donde uno puede hablar mal de uno mismo sin temor a que sea mal usado. En la confesión se perdona todo para que la persona pueda repartir de nuevo. Se perdonan todas los malos “pensamientos, palabras, obras y omisiones”, no minimizando su malicia íntima y su malos efectos en los demás, sino todo lo contrario: se perdonan para que la persona se libere de sus ataduras y comience a “pensar, hablar y obrar” bien desde una decisión suya, de corazón.

El Señor lo hizo ver tan claro cuando curó al que tenía la mano paralizada, seca –como señal concreta de que no podía “hacer” nada, y por tanto no podía hacer el bien-. Lo curó en sábado y “miró con enojo a los que lo rodeaban y sintiendo tristeza por su dureza de corazón”. Es que ellos no miraban la persona sino la formulación de la ley y consideraban como un desastre que el Señor se la saltara en público. Pero lo que Jesús quería era hacerles ver precisamente eso: que había un ámbito en que, si la ley permitía que el hombre siguiera con su mano paralizada, nunca se daría un paso adelante en su salvación.

Pedimos al Espíritu: quitanos el miedo a la confesión, que tanto alivio nos da y tanto bien nos hace. Perdonados podemos ir para adelante en la misión que nos has encomendado, libres de los enredos narcisistas de culpas y autojustificaciones. Es mejor tu juicio bueno que el nuestro o el ajeno.

La otra confesión es de que Dios es misericordioso. La tenemos que hacer de modo visible y comunitario (uno solo no alcanza a dar testimonio de esto). Consiste en declararnos por Jesús con palabras encarnadas en gestos concretos y obras de misericordia.

Se trata de nuestro reconocimiento de la Persona de Jesús en la persona de cada pobre y necesitado que encontramos por el camino de la vida. Los pobres son los pobres concretos que cada uno encuentra cada día. Más aún: no solo estamos atentos al que nos encontramos casualmente sino que abrimos obras específicas para salir al encuentro de cada tipo de pobreza y de miseria.

¿Cuándo fue que no te reconocimos?, será la pregunta de algunos en el juicio. Cada vez que no hiciste esto –darle de comer, vestirlo, hospedarlo, visitarlo…- con uno de mis hermanos más pequeños, no lo hiciste conmigo.

Pedimos al Espíritu de misericordia: quitanos quite ese respeto humano, ese temor a dar un pasito de cercanía amable hacia el otro con quien podemos tener un pequeño gesto de misericordia que él sabrá completar con la suya hacia nosotros. Es tanta la alegría que devuelven estos pequeños gestos, que es una pena perderlos por temerosos.

La tercera confesión es de obediencia explícita a nuestros pastores. Es la más controvertida actualmente. Tiene que ver con la persona del Pastor: del Papa, del Obispo, del párroco, del padre espiritual, del maestro, del papá y de la mamá para cada hijo… Algo muy obvio (al menos para mí) en lo que el demonio muestra su cola serpentina, es que con esta tentación tienta tanto a los hijos pródigos como a los hijos cumplidores. Con el papa, por ejemplo, es muy notable: lo “desobedece” la gente que se considera a sí misma como liberada de todo paternalismo y que se rebela contra todo lo que sea dogmatismo eclesial, y lo desobedece también la gente que se considera defensora a ultranza del dogma y de la tradición. Por arriesgar un discernimiento nomás: ¿no será que ambos tipos de personas coinciden en que al defender “ideas” –las propias o las de la tradición- no se animan a confrontarse con personas de carne y hueso?

La cuestión es que, en el ámbito del reino que Jesús abre y establece, la autoridad es personal. La autoridad no son los libros, son personas concretas. El Señor no “escribió un código de leyes y dogmas”. Confió su poder –que es servicio- a Pedro y a sus apóstoles.

En el pueblo de Dios las relaciones son personales y disimétricas. Manda uno y –paradójicamente- para mandar debe ser el que sirve a todos. Pero manda uno.

A ese que manda sirviendo humildemente, el Señor le confía las llaves de su Reino y le da el poder de atar y de absolver.

Mirar y juzgar las cosas como nuestro pastor –hacerle caso a nuestros padres y maestros, seguir el consejo del confesor, hacer las cosas como nos pide el párroco, seguir el ritmo de nuestros obispos y declararnos públicamente a favor de lo que dice el Papa- a alguno le puede sonar paternalista o anticuado. Sin embargo, este modo de obrar “eclesial”, escuchando la voz del Señor –que nos dice “cada vez que hiciste lo que te decía tu padre espiritual hiciste lo que Yo quería”- es bendecido por el Espíritu Santo. Incluso cuando lo que nos manda el pastor no es “lo más perfecto”, el Señor escribe derecho con líneas torcidas.

Cuando uno se acostumbra a seguir solo sus propios criterios –con todo lo que tienen de criterios de otros- puede que tenga más “razón” y que en sí mismo esté bien, pero no cuenta con la misma bendición del Espíritu que lo que uno hace obedeciendo a Cristo en la persona de sus pastores.

La obediencia es “ob-audire”, tender el oído para escuchar al Otro que habla en “otros” (no en formulaciones abstractas). Esa obediencia no significa no dialogar y discutir, pero el principio es que es mejor obedecer a otra persona “en nombre de Cristo” que a sí mismo.

Me viene siempre la anécdota de San Alberto Hurtado que cuenta Larraín:

“…Un joven jesuita viajó a Santiago con una lista inmensa de encargos. Al llegar se topó con el Padre Hurtado y le pidió la camioneta. Él sacó las llaves del bolsillo y le dijo “encantado, patroncito”. Apenas partió el joven en la camioneta, el Padre Hurtado salió a hacer sus numerosas diligencias en micro. Este detalle muestra su humildad espontánea”.

También muestra su obediencia espontánea. Así como veía a Cristo en el pobre, y los servía como a sus patroncitos” también oía a Cristo en los mandatos de otro y le obedecía como a un “patroncito”.

Si el amor a la persona de Jesús se concreta en las obras de misericordia para con los pobres, el amor a la persona del Espíritu Santo se concreta en la obediencia a quien en la Iglesia tiene el encargo de conducir.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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escandalo

Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo,

y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle:

«¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?»

Jesús les respondió:

«Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven:

los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y dichoso aquel que no se escandaliza de mí!»

Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo:

«¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento?

¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento?

Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes.

¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta?

Les aseguro que sí, y más que un profeta.

Él es aquel de quien está escrito:

“Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino”.

Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él» (Mt 11, 2-11).

 

Contemplación

La palabra que me golpea del evangelio de hoy es “escándalo”. Estoy pensando en el escándalo que sacude a Mendoza y a la Iglesia por el caso de los sacerdotes implicados en el abuso de menores hipoacúsicos que tenían a su cargo, en el Instituto Próvolo.

El escándalo tiene que ver con la desmesura, con lo intolerable, lo que supera la medida que cada uno y cada sociedad tiene, tenemos, para juzgar el mal.

Hago esta reflexión después de un tiempo de oración, tras haber recibido varias cartas de amigos. Estas cosas no se asimilan –más bien se vomitan o te enferman-. Pero cuanto mayor es el mal, más necesario es tomar distancia en Dios –no cualquier distancia-, para no ser devorado ni empujado por su violencia destructiva.

El escándalo suscita la indignación y la ira. En algunos, explota hacia fuera; en otros es como si implosionara… Pero ambos efectos, si no los ponemos ante el Señor producen la misma desesperanza. Y la desesperanza, para un cristiano, es un pecado más.

Así que rezar, reflexionar y escribir sobre este escándalo, buscando donde se enciende una luz de esperanza, es una forma de no agregar otro mal al del escandalo, ya de por sí tan terrible.

Alguien cometió un delito horrendo, que nos escandaliza y la indignación que nos suscita esta injusticia fuera de toda medida, hace que nos escandalicemos del que hizo el mal, de los que fueron cómplices de alguna manera, de los que tenían que haber sabido… y de los que podían haberlo evitado.

Lo cual, para mí está bien sólo si yo me incluyo en esta cadena, en mi justo punto y en mi personal medida.

No estoy diciendo que todos están obligados a incluirse.

Los cristianos, al menos, sí.

Las sociedades pueden convivir sin el cristianismo y fijar los límites de lo que toleran y lo que no, acotando lo que es capaz de “escandalizar”.

Hay cosas que escandalizan a una sociedad en un tiempo y no a otra o en otro tiempo.

Cristianamente hay algunas actitudes que el Señor marca claramente frente al escándalo. Y la primera es esta de implicarnos.

Ante los escándalos de su época, el Señor hacía ver a la gente que aquellos “cuya sangre había sido mezclada con la de los sacrificios no eran más culpables” que todo el resto del pueblo. Ante los escándalos –que son inevitables, pero hay del que los ocasiona- el mensaje es que “todos tenemos que convertirnos”.

Esta conversión no supone “igualar” todo de manera indiscriminada, sino que es ir a buscar, cada uno, el punto en el que el mal influye o toma pie en su vida y, desde ahí, convertirse.

Esta “solidaridad en la responsabilidad ante el pecado” es, junto con la interiorización, algo propio de la enseñanza y el ejemplo de Jesús. El hecho de que se haya encarnado y haya dado su vida por los pecadores, habla de un solidarizarse haciéndose cargo personalmente del precio que hay que pagar para combatir el mal.

Esta actitud va contra la otra manera de resolver el mal que tienen muchas sociedades y que consiste en descargar toda la culpa y el castigo en un chivo expiatorio.        Cristianamente, en cambio, una vez que Cristo pagó por todos –todos- nosotros debemos y podemo ser solidarios en ayudar, en perdonar de corazón –lo cual no significa no castigar justamente y hacer reparar en la medida de lo posible el mal hecho- e, incluso, en pagar por otros.

La segunda actitud cristiana ante el escándalo es “interiorizar la maldad del pecado”. La maldad del pecado es la misma en su raíz, en su estructura viral, sea que quede confinada a un acto privado y secreto, sea que se extienda a actos públicos y manifiestos.

El Señor predica esta maldad del pecado que nace del corazón, no del exterior. Y condenando absolutamente la maldad del pecado hasta en una mirada o un pensamiento, tiene siempre misericordia del pecador y de la pecadora.

Odiar de pensamiento es ya pecado, aunque uno no mate físicamente.

El chusmerío y la detracción de palabra es “terrorismo”, como dice el Papa. Hace explotar la fama del otro y lo mata socialmente.

Pagar o consumir pornografía es ser cómplice del que explota a las personas que se exhiben (que aunque sean adultas, muchas comenzaron siendo explotadas en su niñez; además el mismo sitio incluye todo).

La avidez de riquezas y el mal uso del dinero y de los bienes alimenta una cadena de producción que “roba” –no pagando bien el trabajo- a millones de personas explotadas laboralmente.

Por tanto, si no se condena y combate la maldad en su fase “interna” –digamos- es hipócrita escandalizarse de sus manifestaciones “externas”.

Así, ante los escándalos, mientras la justicia hace su trabajo, y cada uno de los implicados más o menos directamente, son investigados o hacen su aporte, es bueno que cada uno de los que nos “sentimos indignados” hagamos nuestro personal examen de conciencia y “nos rasguemos el corazón y no solo los vestidos”.

Agrego aquí que hay una “intuición” que tiene la opinión pública que es verdadera pero necesita ser profundizada. Cuando se dice que “la Iglesia es lo peor”, en el sentido de que pretendiendo ser la mejor termina revelándose la más miserable, se toca algo que es de fondo. “La corrupción de lo óptimos es pésima (no es simplemente mala, es lo peor”). Por eso no hay que asombrarse de que la corrupción más horrible se de en los lugares que comenzaron siendo los más buenos. No hay que olvidar que la Biblia nos revela que el primer pecado se dio en el cielo y que el demonio era un ángel, y el más bello. Y que el pecado original se dio en el lugar de la inocencia. El demonio fue a corromper precisamente la inocencia de Adán y Eva en el paraíso. No hay que olvidar que el primer crimen se dio entre hermanos. Y que Judas era uno de los amigos y discípulos que Jesús eligió personalmente. Solo la confianza total del Señor en los suyos hizo posible que Judas lo entregara tan fácilmente aquella noche, en la que mandó que lo fueran a buscar al huerto de los olivos y lo identificó en la oscuridad dándole un beso.

La palabra escándalo quiere decir “piedra que hace tropezar” y alude a una trampa, a una piedra que está escondida y uno no la advierte hasta que tropieza malamente.

La vida social se basa en la confianza. Y no es racional pasar de la confianza absoluta en la bondad humana a la desconfianza absoluta y a la demonización de todo. Hace bien caer en la cuenta de que, en las familias, instituciones e incluso países, donde no ocurren estos hechos escandalosos, es porque hay un sano cuidado de todos para con todos. Cuando digo sano cuidado hablo de un cuidado que acepta que el pecado que en alguno se “desencuadra de manera escandalosa” es el mismo que anida en mi corazón y que, solo por gracia, no pasa a mayores.

Esto para repasar nuestra fe y nuestra antropología contra toda una visión mediática que explota una visión idílica del bien y del mal como realidades cuyos límites están claramente separados: de un lado los buenos y de otro los malos. Y hay cosas que “no se toleran” (y otras sí…). Esta visión idílica hace que combatamos el mal sólo allí donde están los malos y no cuidemos con atención los lugares donde estan los buenos –la familia, las escuelas, los seminarios, los hogares, nuestro corazón…

Lo cristiano es que el mal no se tolera nunca ni en nada, y que no solo no se tolera sino que se lo aborrece y se lucha por neutralizarlo allí donde no se puede vencerlo definitivamente. Esta concepción es vista como “exagerada” por la misma mentalidad que luego, cuando uno de estos “males tolerables” se convierte en un monstruo, se escandaliza y busca chivos expiatorios que le permitan tranquilizar la conciencia.

La última actitud ante el escándalo que quería compartir hoy es una muy paradójica: podemos escandalizarnos del bien!

Así como el mal, cuando es desmesurado, escandaliza, también la Misericordia, cuando es desmesurada (y se aplica a un caso concreto) a muchos los escandaliza. De hecho, ante una prédica del Papa en Santa Marta acerca de que “todos tenemos algo de oveja perdidad, aunque algunos tengan “mucho”, y de que hay que entender incluso a un Judas y que no hay que mandarlo al infierno así sin más, como quien tiene total seguridad de que “a ese, ni Dios lo perdona”, esto, digo, causó escándalo en algunos medios.

Y sí, la misericordia incondicional escandaliza. Algunos se escandalizan de que pueda darse el caso de que un divorciado y vuelto a casar pueda recibir la Eucaristía, porque un buen discernimiento puede reconocer que en esa situación particular no hay culpa grave que lo impida. A otros, esto les parece obvio y piensan que a qué viene tanto lío para algo socialmente aceptado desde hace años. A estos, en cambio, que se pueda arrepentir un pedófilo les parece intolerable. Para ese, hasta son capaces de creer (y desear) que exista el infierno. Por supuesto que cuando hablamos de perdonar no queremos decir seguir usando ese método nefasto de cambiar de lugar a estas personas, cuya patología tiene alto grado de reincidencia, o de evitar que cumplan una condena en la cárcel. Estamos hablando del perdón como oportunidad de conversión que hace a la dignidad de toda persona. Si no se confía en esta capacidad de redimirse de toda persona, la otra opción, tengámoslo claro, es el estado policíaco, en distintos grados y versiones.

El Señor se da cuenta de que su Misericordia puede escandalizar a los suyos por superar toda medida previsible. Por eso dice que es una gracia “no escandalizarse de él”. Es una bienaventuranza.

Es que mucha gente se escandalizaba de Jesús. No sólo los fariseos, que “se escandalizaron” cuando Jesús dijo que lo que mancha es lo que sale del corazón, no las cosas exteriores (Mt 15, 12), también se escandalizaron sus paisanos: “No es este el hijo de José, el carpintero? Y se escandalizaban de él” (Mat 13, 55-57). Y hasta sus discípulos, como Jesús mismo se los predice, en la última cena: “Esta noche todos ustedes se apartarán de mí. Está escrito: ‘heriré al pastor y las ovejas del rebaño se dispersarán. Pero después de que yo haya resucitado, iré delante de ustedes a Galilea” (Mt 26, 31).

La desmesura escandaliza. No solo la del mal, sino que incluso puede escandalizar la del bien. Este escándalo –bajo apariencia de bien- es del demonio. Sólo él produce este efecto: escandalizarse de que Dios sea bueno, de que pague al último igual que al primero, de que perdone al hijo pródigo y a la adúltera y al buen ladrón…

Por eso hay que meditar mucho en este punto y conversarlo y hacernos ayudar. No hay que ser ingenuos. Esto pasó y pasa. Nos podemos escandalizar, no solo de un Papa, sino hasta de Jesús.

Pero cuando el demonio se pasa de rosca y nos hace que nos escandalicemos hasta de la misericordia que será lo único que nos salve, hay que avivarse un poco y enfrentarlo decididamente.

Por eso rogamos por las víctimas de los abusos, por los pobres niños y niñas que sufrieron este mal terrible de parte de los que tenían que ayudarlos. Pedimos para que con la ayuda de toda la gente buena que tienen a su lado y la custodia de las instituciones responsables puedan recibir la gracia de reconstruir sus vidas convirtiendo en bien lo que fue malo. Para Dios todo es posible, también esto.

Y pedimos por los victimarios, para que se arrepientan de corazón, confiesen sus crímenes y cumplan su castigo y reparen en lo que puedan el mal cometido.

Y cada uno pida por sí mismo. Yo hago mía la oración que en forma de pregunta hace el Papa cada vez que visita una cárcel, y pensando en todas las víctimas y en todos los victimarios, le digo al Señor: “Por qué ellos y no yo”.

Esta es la pregunta “anti-efectos-del-escándalo”, la pregunta que nos saca de la desesperanza de la ira y la tristeza, y nos moviliza al arrepentimiento personal, cada uno de sus pecados, y al compromiso solidario. Es la pregunta que nos vuelve atentos para cuidar el bien y para neutralizar el poder del mal, en la medida en que cada uno pueda y allí donde le toca ser responsable.

Diego Fares sj

 

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