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Descender con la mente al corazón

 

Al punto (apenas fue bautizado por Juan),

el Espíritu lo condujo a Jesús al desierto.

Y estuvo en el desierto cuarenta días siendo tentado por Satanás;

y vivía entre las fieras y los ángeles lo servían.

 

Después que Juan fue entregado, vino Jesús a Galilea

y allí predicaba el Evangelio de Dios, y decía:

«Se ha cumplido el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios.

Conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1, 12-15).

 

Contemplación

 

El Espíritu condujo a Jesús al desierto.

Tras haber escuchado en su corazón la voz de su Padre diciéndole “Tú eres mi Hijo amado, el predilecto”, Jesús necesita estar solo y en silencio. Necesita estar a solas con esa Palabra amorosa del Padre en su corazón. Le hace falta la inmensidad del desierto para que la Palabra del Padre se expanda en su corazón humano, en el que están todos nuestros corazones, los corazones de todos los hombres y mujeres del mundo. Jesús necesita el desierto para beberse de un sorbo todo el Espíritu del Padre. Luego lo insuflará como Buena Nueva, como Evangelio, como Bienaventuranzas, como Espíritu de perdón de los pecados, como Eucaristía…   

 

Cuando en la Cuaresma se nos habla de ir al desierto, nos da un poco de miedo. Pero no hay que temer. Creo que ayuda unir la imagen del desierto con la del corazón. En la Biblia están unidos. Oseas hace hablar a Yahvéh que contempla a Israel y se dice: “La llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (Os 2, 16).

Ir a desierto (como ir a un retiro o hacerse un tiempo para rezar a solas, en silencio) es ir a que Dios nos hable al corazón.

 

Los monjes del desierto hablan de “descender al corazón” (H. Nouwen, El camino del corazón):

 

Orar es descender con la mente dentro del corazón y estarse allí ante el Rostro del Señor, siempre presente, que lo ve todo, en tu interior”.

 

¡Descender con la mente al corazón!

Ahí está el secreto.

En vez de salir proyectados al mundo de imágenes en lucha que produce nuestra mente, inclinarnos un poco y bajar con el oido a nuestro pecho para escuchar a nuestro corazón.

El corazón no habla. Late en silencio. Y cuando le prestamos atención, se acallan las voces y las imágenes de la mente y, por un momento, nos sentimos nosotros mismos. En ese silencio surgen algunas palabras. Suelen ser pocas. Las que nos definen. Las de nuestro amor.

 

¡Descender con la mente dentro del corazón! Si surgen muchos pensamientos, temores y angustias ─ las tentaciones ─ , descender un poquito más. Ir más hondo, a la fuente de donde brotan nuestros deseos. Ir a donde nos definimos por el amor y por la verdad. Allí donde el corazón dice mi verdad creatural: “Abba, Padre”, soy tu creatura. Soy tu hijo. Fuera de ti soy nada. Polvo. Soy vasija de barro en tus manos. ¡Padre Creador!

 

Descender con la mente dentro del corazón. Escuchar a mi corazón que dice mi verdad moral: “Misericordia, Señor. Jesús ten piedad de mí que soy pecador!”.

 

Descender con la mente dentro del corazón y escuchar la Verdad evangélica de Jesús, su Buena Nueva. Escuchar cómo nos dice: No tengan miedo. Les doy mi paz. Yo soy la resurrección y la vida…

 

Cuando tratamos de descender con nuestra mente dentro de nuestro corazón solemos encontrarnos con las fieras que suben. Nouwen dice que nos encontramos con nuestro yo compulsivo. Hay una zona del corazón que es difícil de atravesar. El impulso vital nos expele hacia fuera y ese impulso pone a nuestra mente a imaginar mundos de fantasía en los que luchan entre sí angustias contra placeres, miedos contra ilusiones, cólera contra avaricia… 

 

Pero más adentro, nuestro corazón está humilde y callado. Tiene pocas cosas, pero auténticas: los rostros de los que amamos más, las palabras de Jesús, la imagen de María… Nuestro deseo de ser buenos, de ser ayudados. El sentirnos pares con los demás, a gusto con la gente pequeña y sencilla. El gusto por el Evangelio, por la Palabra.

 

Orar es descender con la mente dentro del corazón y estarse allí ante el Rostro del Señor, siempre presente, que lo ve todo, en tu interior.

 

Antes de que Jesús “fuera al desierto” y lo llenara con su amor, el desierto era símbolo del corazón humano con su miedo a la nada y a la soledad. De ese miedo y de esa angustia brotan todas las compulsiones del corazón que, si no recibe amor, comienza a enojarse y a volverse avaro.

Jesús enfrentó y venció todas esas tentaciones (que en el fondo son miedo a la muerte) alimentándose sólo de la Palabra de amor que sale de la boca del Padre.

Con ese “Tú eres mi Hijo amado”, el Señor vence todo miedo y vuelve amigable todo desierto. Desde entonces “ir al desierto” es “descender con la mente al corazón”. Para escuchar esa Palabra da gusto “descender con la mente dentro del desierto de nuestro corazón” y estarnos allí, en compañía de Jesús, en el Reino del Padre que ve en lo secreto y ama a los que aman a su Hijo amado.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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