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Posts Tagged ‘María’

Llamarle la atención a Dios

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó,
uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos.»
El les dijo entonces:
«Cuando oren, digan:
Padre
¡Que sea santificado Tu Nombre!
¡Que Venga Tu Reino!
El pan nuestro, el necesario para la existencia, dánoslo cotidianamente,
Y perdónanos nuestros pecados,
Porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe;
Y no nos metas en la prueba.
Jesús agregó:
«Supongamos que algunos de ustedes tiene un amigo
y recurre a él a medianoche, para decirle:
“Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle,” y desde adentro él le responde:
“No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos.”
Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 1-13).

Contemplación

El dibujo de Fano con esa María pequeñita que, con sus manitos juntas y su mirada pícara, “capta” la atención del Espíritu, me conmovió el corazón. La mente me decía que no era el dibujo que correspondía, ya que no aparecían ni Jesús ni el Padre y el evangelio era justo el del Padrenuestro, pero ¡quién mejor que María para rezar el Padrenuestro, quién mejor que ella para sentir lo que significa que el Padre da su Espíritu a quienes lo desean! Guiándome más por el gusto que por la razón, comencé a mirar bien el dibujo. Primero el espacio: en ese espacio entre la Altura del Espíritu y las rodillas en tierra de María, se hacen sentir Jesús y el Padre. ¡Y están! Los podemos descubrir, pequeñitos también ellos, en la imagen del Triangulo con dos Remienditos –esa Trinidad Remendada- que es como le gusta representar a Fano a Dios.
Advertimos también la perspectiva en la que nos sitúa el autor: nos pone entre María y el Espíritu y, entre los dos, más cerca del Espíritu, que gira su cabecita porque algo le tocó el corazón.
Al mencionar el corazón se ilumina María arrodillada en la Sombra de un Corazón grande. Eso remite a un Sol que está más Alto y nos recuerda la frase del Arcángel: “el Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cobijará con su sombra”. Esa es la escena que dibujó Fano y es lo que acontece cada vez que alguien reza con fe, como dice Jesús: “¡Cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!”.
Nos detenemos un instante en el giro de la cabecita del Espíritu. Con su vuelo surca el Reino a gran altura y sin embargo la oración de María le hace girar la cabecita “para mirar con bondad su pequeñez”.
Es como otra faceta de la escena, que la vuelve casual, cotidiana. No es un vuelo teledirigido y planeado sino una advertencia al pasar. Esto pinta muy bien lo esencial de la escena en la que Jesús está rezando y los discípulos le piden “Enséñanos a rezar”. Por un lado, el Maestro les regala las palabras infinitas del Padre Nuestro, que abarcan el Reino en toda su amplitud, altura y profundidad, y por otro lado les cuenta la parábola del amigo hincha que despierta a su amigo a medianoche para pedirle tres pancitos para otros amigos que cayeron de visita.
Nos enseña así Jesús que la oración es para las cosas grandes y para las cosas pequeñas. Para pedir la justicia del Reino y para encontrar el botón que se perdió. Lo que importa es la fe, esa confianza filial de los hijitos con su Padre Y la fe de los niños se consolida tanto con los gestos grandes con que los papás los cuidan y los defienden de los peligros y con los gestos pequeños que les prometen un regalito y se lo dan luego de un jueguito de escondidas.
La confianza filial se teje en lo grande y en lo pequeño. Por eso el Padre nuestro hay que aprender a rezarlo para el pan de cada día y para que venga el Reino y su justicia en todo el esplendor de su gloria y su poder. Jesús nos enseña a rezar deseando lo grande en lo pequeño, conectando mi pancito con el pan de todos, mi perdón de las pequeñas deudas cotidianas con el perdón de las deudas grandes, no solo las sociales sino las definitivas, el perdón de las deudas que nos apartarían del cielo.
En el pan de cada día bendecido y hecho Eucaristía, está el deseo multiplicado del pan que sacia todas las hambres de todos los hombres del mundo.
En el perdón de las ofensas personales está el deseo de la paz que calme todas las violencias y agresiones del mundo.
En pronunciar el Nombre del Padre, bendiciéndolo e invocándolo en secreto muchas veces, está la Gloria inabarcable de un Dios cuyo corazón se ensancha si se puede decir así cuando el hombre, su hijo querido, vive y ama.
En el deseo del Reino, con sus semillas que dan ciento por uno, sus ovejitas encontradas, sus tesoros escondidos y sus fiestas de bodas, están unificados en una misma dinámica el Bien grande y el bien pequeño.
En el “hágase tu voluntad” expresamos claramente la voluntad definitiva del Cielo y la cambiante de esta tierra y de nuestra historia.
De la misma manera está unida la petición de que nos libre del Maligno y del Mal mayor con la petición de que no nos deje caer en cada tentación.
Lo grande y lo pequeño, lo definitivo y la fugaz, lo serio y lo “sin importancia” van de la mano en la oración de los hijos.
Le pedimos al Señor y a María que nos enseñen a rezar de tal manera que nuestra oración le “llame la atención a Dios”, que haga que el Espíritu se de vuelta en su vuelo y obediente a la Voluntad del Padre atienda los deseos de sus hijos y nos llene con su Llenura.
Diego Fares sj

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La paz es cosa de la Trinidad o “¿qué pasa que no se aclaran las cosas?”

Le pregunta Judas (no el Iscariote): Señor ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?
Respondió Jesús y le dijo:
«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará;
y a él vendremos y en él haremos morada.
En cambio el que no me ama no es fiel a mis palabras.
La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
Yo les he dicho estas cosas mientras permanezco con ustedes;
Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre,
Él a Ustedes les enseñará todas las cosas
y les recordará a ustedes todas las cosas que les dije a ustedes.
Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo.
¡No se inquiete su corazón ni se acobarde!
Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”.
Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre,
porque el Padre es mayor que yo.
Les he dicho esto antes que suceda,
para que cuando se cumpla, ustedes crean»
Ya no hablaré muchas cosas con ustedes porque viene el príncipe del mundo. A mí no me hace nada, pero es necesario que el mundo conozca que amo al Padre y que hago las cosas tal como el Padre me las mandó. Levantémonos, vámonos de aquí.
(Jn 14, 22-31).

Contemplación
“Señor ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo? “
Manifestarte (enfanizein) es “volverte claro”, visible, comprensible, creíble.
La pregunta es de Judas Tadeo.
Se ve que le impresionó la palabra que usó Jesús: “El que me ama será amado de mi Padre y Yo también lo amaré y me le “manifestaré”.

Para el pueblo fiel, que conserva la memoria de los santos, Judas Tadeo es el patrono de las cosas imposibles, y es muy querido. Para la tradición puede haber sido primo hermano de Jesús (hijo de un hermano de San José, cosa que nos lo vuelve muy cercano en el afecto). El autor de la Epístola de Judas, la última de la Epístolas católicas, se identifica por su estilo con el Apóstol que le hace esta pregunta a Jesús. En su carta se dirige a “los que han sido llamados amados de Dios Padre”. Toma la respuesta tan linda de Jesús que dice que “si alguno me ama, mi Padre lo amará”.
Bueno, esto para ponerle rostro a uno de los discípulos queridos de Jesús, rostro que el tiempo ha borrado pero cuyos rasgos se pueden dibujar de nuevo en la fe común. A Judas le quedó esta semilla del evangelio, la de ser uno de los que amaban a Jesús y fueron amados por el Padre. Nada menos!

Jesús, si le preguntan, responde. Y esta última pregunta de uno de sus discípulos encierra el tema “global” de “cómo se comunican las cosas de Dios”. Martini comenta estas preguntas de los discípulos diciendo que son preguntas que surgen de “malentendidos”. Malentendidos que se suscitan en el corazón de los discípulos y que Jesús aclara con amor hasta donde puede y, tomando pie precisamente en la dificultad de hacerse comprender a fondo, revela que será el Espíritu Santo el que aclarará todas las cosas.
En toda relación interpersonal y comunitaria es muy importante “aclarar los malos entendidos”. Es el trabajo del diálogo generoso y natural entre las personas que conviven y trabajan juntas. Ahora, de última, como nos enseña Jesús, los malos entendidos no los aclara ni Él viviendo entre nosotros. Hace falta la Trinidad íntegra habitando en el corazón de las personas que conviven para que se de esa Paz del Espíritu en la que todo se vuelve claro y no quedan malentendidos.

Al primo de Jesús le preocupaba esto de que “… y qué pasa con el resto del mundo”.
Para mucha gente es motivo de tentación sentir “cómo es que algo tan esencial nos llega recién ahora”. Es el famoso “cómo yo no me enteré antes! O también: “si esto es tan verdadero, cómo es que no les llegó a todos”.
Jesús toma pie en el buen deseo que suscita la pregunta en el corazón de Judas Tadeo y le responde algo hermoso. Lo desarrollaré en orden inverso para que ayude a releer las palabras tal como las dijo Jesús, que son de las más amorosas de todo el Evangelio.

Por qué no se aclaran las cosas, es pues, la pregunta.
¿Qué es lo último que Jesús le responde?
Jesús dice que “ya no hablará muchas más cosas”. Llega la hora en la que se acaban las palabras y tiene que pasar a la acción. El testimonio de su amor al Padre lo tendrá que dar padeciendo la Cruz.
Es que las cosas no se aclaran sólo con palabras. Hace falta dar testimonio con la propia vida. Si Jesús que es el Logos, La Palabra, dice que ya no puede aclarar más, no podemos pretender nosotros un acuerdo y un consenso que brote de nuestras razones y argumentos. Lo que aclara todo malentendido es demostrar con nuestra vida que amamos al Padre y que hacemos las cosas tal como Él las dice, que buscamos “hacer su voluntad y no la nuestra”.

¿Por qué es tan difícil aclarar las cosas?
Lo penúltimo que Jesús dice es que “Viene el príncipe de este mundo…”. Las cosas son tan difíciles de aclarar porque este mundo está bajo el poder del padre de la mentira, del divisor –diablo-, del acusador. Diariamente vemos cómo nada se aclara y todo se confunde. En vez de escandalizarnos debemos recordar que Jesús ya nos lo dijo. Y creer en Él, y en su camino para “aclarar las cosas”. Ni el mismo Jesús puede hacer frente a los “argumentos mentirosos” con “argumentos verdaderos”. Dios mismo para convencer, necesita “dar testimonio”. Con su Palabra no alcanza. Menuda lección ¿no?

¿Y entonces?
Jesús concluye con que “nos tenemos que alegrar de que El se vaya al Padre, porque: “el Padre es mayor que Yo”.
Para aclarar las cosas tampoco basta el testimonio de dar la vida. La vida de Jesús podría haber quedado en un escándalo y ser causa de una desilusión y de una tristeza como la de los discípulos de Emaús, cuando intentan explicar “las cosas que han pasado entre nosotros”.
Para aclarar las cosas hace falta el testimonio del Padre. Jesús va a su Padre para que Él lo glorifique. Para que el Padre certifique que Jesús hizo todo bien, según su voluntad. Eso es “glorificar”: volver manifiesto y claro –no “así nomás” sino de manera luminosa y esplendente- toda la vida de Jesús.
Por tanto, para aclarar las cosas hay que ir a buscar a otro: en el caso de Jesús, a su Padre amado. Y nos tenemos que alegrar de esta “necesidad” tan humana de un hijo de tener que ir a buscar a su papá.
La imagen de un hijo con su padre da paz. Pensarlo a Jesús en el Corazón del Padre nos pacifica. De allí fue enviado a nosotros, así lo conocimos. Y vuelve a su lugar de origen. Como le manda anunciar a María Magdalena: “Ve y diles: ‘vuelvo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’” (Jn 20, 17).

Aquí es donde, para aclarar las cosas, Jesús revela los frutos de su unión con el Padre. Es en ese momento cuando les promete el Espíritu y –ahí mismo- les da la Paz.
Para aclarar las cosas, para que Jesús se nos vuelva manifiesto, primero tiene que darnos su Paz. Una paz que Él mismo tiene al estar unido con el Padre. No es una paz cualquiera. En el Huerto Jesús no tenía paz. Estaba ansioso y angustiado hasta la muerte. Se puso en paz cuando se decidió a entregarse a lo que el Padre quería.
En la cruz Jesús no estaba en paz, tenía sed, preguntaba, sentía el abandono… Hasta que se puso en las manos del Padre. Por eso, esta paz que Jesús les da y les deja a sus amigos es una paz que brota de su corazón de hijo, unido al Padre, y por la que tendrá que luchar al día siguiente en la pasión. Es una paz padecida, la que nos regala Jesús. Y por eso es tan linda y tan verdadera. Porque podemos “pasar en paz todos los pasos angustiosos que él pasó por nosotros”, podemos pasar las angustias con El, en paz, poniendo cada inquietud nuestra en una de Jesús, para dejar que Él nos la pacifique.
El mundo no puede “ver claramente” a Jesús porque no tiene su paz. Porque el príncipe de la mentira lo desasosiega constantemente con nuevas guerras y armisticios provisorios.
El opuesto al príncipe de este mundo –al mal espíritu, como dice san Ignacio- es el buen espíritu, el Espíritu Paráclito. Él a Ustedes, dice Jesús. Qué frase tan breve y tan hermosa: “Él a Ustedes”. El Espíritu que mi Padre les envía en mi Nombre. En el Nombre bendito de Jesús –que es nuestro nombre, nombre de hermano nuestro, del primo de Judas Tadeo, sobrino de San José y de María-. En Nombre de ese Jesús que las pasó todas para darnos su paz, para que no se inquiete ni se acobarde por nada nuestro corazón, el Padre nos envía su Espíritu, el Espíritu de ambos espirado.
Y la Paz es, desde ahora, don de la Trinidad.
Que Jesús se nos vuelva claro, es cosa de la Trinidad.

Y lo más lindo de todo, lo primero que le responde a Judas Tadeo (que era lo que venía diciendo cuando Judas lo interrumpió), es que la Trinidad se viene a vivir a casa. Jesús se va al Padre pero para venir con el Padre al corazón de los que lo amamos. Desde allí, desde lo hondo de nuestro corazón donde habitan y moran, el Padre y Jesús nos comunican su Espíritu aclarador: Él nos enseña a nosotros todas las cosas que dijo Jesús y nos las recuerda en el momento oportuno, a medida que las necesitamos para aclarar los “malentendidos”.

En el Hogar de San José venimos haciendo unas reuniones “trinitarias” con grandes frutos desde hace unas semanas. Nos juntamos de a tres, un colaborador, la coordinadora y el director, y conversamos de nuestro trabajo en común. Nos juntamos en Nombre de Jesús y ponemos en medio a nuestros hermanos a quienes queremos servir. Y es notable cómo –así, de a tres- se aclaran los malentendidos! Se ve que del buen espíritu de estas reuniones me nació esta reflexión sobre la paz. Paz trinitaria, paz padecida por Jesús, paz confiada que nos dejó para que la cuidemos.
Le pedimos a la Virgencita de Lujan que guarda en su corazón la paz de la Trinidad para su pueblo argentino que cada uno de los peregrinos que hoy la visiten se lleve esa paz que tanto necesita nuestra sociedad desasosegada. La Paz que sólo Jesús puede dar.

Diego Fares sj

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Ejercicios sencillos para “apesebrar el corazón” en Nochebuena

Misa de Nochebuena

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,
ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.
Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.
Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David,
salió de Nazaret, ciudad de Galilea,
y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,
para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Y aconteció que estando ellos allí, se le cumplieron a ella los días del parto; y dio a luz a su Hijo primogénito, y lo envolvió en pañales
y lo acostó en un pesebre,
porque no había lugar para ellos en la hospedería (Lucas 2, 1-14).

Contemplación

La contemplación del Pesebre es como la contemplación de la Cruz. Hace bien repetirla; porque, si al mirar de paso, tal vez los pesebres parecen siempre lo mismo, al inclinarnos para mirar de cerca el Niño del pesebre nos ilumina los ojos con la fe de la infancia y nos sacia el hambre de ternura que inquieta nuestro corazón.
Es que el pesebre – la patena para la Eucaristía- está siempre en el centro de nuestra oración de Navidad. Y hace bien “rumiarlo”, que para enseñarnos a rumiar están allí el buey y el burrito dando calor al Niño; y hace bien volver sobre las mismas cosas, esas que “María, su Madre, guardaba rumiándolas en su corazón”. Contemplar al Niñito Jesús en el Pesebre de Belén – la Casa del Pan- hace que nos llenemos de ganas de apesebrar el corazón para recibirlo.

Recordamos algunos ejercicios sencillos para “dejarnos apesebrar el corazón”

Para apesebrar el corazón tenemos que aceptarlo tal como es
El pesebre es como es: rústico, práctico, no decorativo, útil para usar, sin pretensión de notoriedad ni de protagonismo… humilde. El pesebre sabe que es Jesús el que lo hace importante.
Y que fueron María y José los que lo eligieron para poner allí al Niño Jesús.
Si María lo recostó en el pesebre fue por que vio en él algo familiar, algo simple y seguro, como su corazón. Si no no hubiera puesto allí a su Hijo.
¿Qué vio en vos María, pesebrito de Belén, para confiarte a Jesús recién nacido?
El Pesebre es como nuestro corazón, el lugar humilde y pecador que Dios ama para venir a salvar.
Y si Jesús lo acepta, si María y José le confían al Niño, nosotros también podemos aceptar nuestro corazón y el de los demás –la realidad toda, tal como es- como lugar para que venga a nacer Jesús. Hogar de tránsito, es verdad, pero Hogar al fin, gracias al cariño y los sacrificios de María y de José y de todos los pastores que ayudaron a hacer más cálido el pesebre de Belén.
Al poner al Niño en el pesebre, María y José nos transmiten un mensaje claro y consolador: el Señor quiere comenzar a salvarnos en centro mismo de nuestra realidad-pesebre, con todas sus precariedades y crudezas.
Basta pues ser lo que somos, mantenernos pesebre – o mejor, dejarnos apesebrar el corazón- para que María nos ponga al Niño y nos lo confíe.

¿Y cómo se hace este ejercicio de “apesebrar el corazón?

El corazón se apesebra dejando que San José nos lo afirme
Nuestro corazón es vacilante. Se agita por todo, todo lo teme y todo lo desea. Para que María ponga al Niño en nuestro corazón, tiene que estar firme, sin temblequeos, en paz.

Imagino a José que ajusta las tablas con dos o tres golpes de sus manos carpinteras y afirma el pesebre en el suelo, para que no esté tembleque.
El pesebre son cuatro tablas o troncos, bien calzados pero ajustables. Cada tanto requiere unos golpes que encajen bien los encastres y también requiere que se busque su posición en el suelo, para salvar desniveles.
Así pasa con nuestro corazón. Si en algo se asemeja a un pesebre es en que en él resuena todo lo humano y todo lo divino. Nuestro corazón es el lugar misterioso donde encajan nuestra carne –con sus pasiones- y nuestro espíritu –con sus consolaciones y desolaciones. Y los encastres se desvencijan y necesitan ajuste, para que el corazón no ande tembleque y con una pata más corta que la otra.
De frágil equilibrio el pesebre, sin embargo, en manos de un buen carpintero, es fácil de ajustar y de afirmar.
Por eso, al contemplar cómo María reclina al Niño en él, advertimos el detalle de un José que se le adelanta y en un instante lo ajusta y lo afirma bien en el piso con cuatro palmadas y buscándole la posición.

Que San José nos apesebre el corazón, para que “no temamos recibir al Niño”. Que San José nos apesebre el corazón, para que el Niño pueda reposar en nosotros en paz.
Como dice el Salmo: “Mi corazón está firme y se mantiene en paz”.
El signo de que tu corazón está apesebrado es la paz:
Que sobre tu alegría y tu fatiga reine la paz.
Que tu trabajo tenga esa tranquilidad del buen orden en la que consiste la paz.
Que tu fiesta familiar transcurra en paz: que ayudes en paz a hacer las cosas y aprendas a corregir en paz…
Que proyectes en paz tus planes y que recuerdes en paz el año que ha pasado,
¡Y, por sobre todo esto, que al besar al Niño El te transmita su paz!
La paz es la gracia del bebé recién nacido, del que duerme envuelto en pañales sobre el pesebre afirmado: Él es el que nos trae la paz.

El corazón se apesebra dejando que María nos lo ahueque y lo ponga mullido
Nuestro corazón tiene sus pinches, sus rispideces, sus durezas y cerrazones. Pero si nos encuentran la vuelta con cariño, nuestro corazón se deja moldear.
Como el pesebre, que se deja ahuecar.
Tiene forma ahuecada pero, además, las ramitas de paja se dejan moldear y por eso son aptas para contener al Niño en paz.

Imaginamos a María, que moldea suavemente el huequito quitando alguna rama pinchuda para que no lastime el pañal, y juntando el pastito para que la dureza de las tablas no moleste al Niño.
Mantenerse en paz es también dejarse ahuecar el corazón, dejar que nos ablanden las aristas –angustias, pensamientos obsesivos, miedos, necesidad de controlar todo…-, que pueden molestar al Niño.

Es el peso del Niño el que da la medida de cuán mullido debe estar el hueco del corazón. No las circunstancias de la vida.
La paz es poder hacer las cosas sin perder el sentido del peso del Niño que reposa en nuestro corazón.
Por eso, cuando miramos a María que reclina al Niño en el pesebre, advertimos el detalle de cómo no lo pone directamente sino que al ponerlo aplasta un poco la paja y hace un huequito acogedor.

Que María nos apesebre, pues, el corazón, para que el Niño se acomode a gusto y encuentre su centro, su lugar justo para estar.
La miramos cómo se aleja un poquito, y se queda junto a José, contemplando a su Niño en torno al cual todo comienza a girar distinto: ordenado en su paz.
María fue la primera en realizar este gesto trascendente. Y al reclinar al Niño en el pesebre centró el mundo y la historia en su quicio. Al tener en sí a Jesús, ese pesebrito marginal, se convirtió en el centro del Imperio y de la historia. No es que fuera por sí mismo más que antes, pero el amor de Dios el Padre que lo centró todo en Jesús, lo centró con pesebre incluido. Así, todo cristiano que lleva a Jesús en sí camina en paz, porque es el centro del mundo y de la historia. Centro no para ser admirado sino para poder actuar con amor. Y por eso cada cristiano puede desarrollar en paz mil pequeñas acciones, limitadas y pobrísimas exteriormente, pero llenas de caridad, y hacerlo con los mil estilos distintos propios de cada uno –así como cada quien arma su pesebrito particular-: la paz brota del centro que todo lo ordena y todo lo bendice y ese centro es Jesús –con pesebre (nosotros) incluido-.
Algún día nos daremos cuenta de que el universo entero es eso: pesebre en el que está recostado Jesús. Eso somos nosotros: lugar para que se recueste Dios. Morada de Dios. Su casa. Donde quiere habitar. Por eso nos atrae tanto el pesebrito. Porque es lo que somos. Y quisiéramos serlo más, para que habite Jesús en nosotros.

Que el Niño nos apesebre el corazón con su paz, para que obrando en paz Él pueda centrar todo lo que hacemos en sí.

Centrado en el pesebre, el Niño se convierte en alimento.
El pesebre es donde comen paja el asno y el buey.
Es verdad que tiene forma de cuna, pero en realidad es mesa: la mesa de los animales que sirven al hombre, del de carga y del de yugo.
Allí va a ser recostado el que se convertirá en nuestro alimento.
La primera patena para el pan de la eucaristía es un pesebrito (phatne en griego, de allí “patena”).
Al recostar al Niño en el pesebre María ya nos puso el pan a la mesa, en Belén, la casa del pan. Jesús ya es Eucaristía desde el primer momento.
Es Nochebuena.
Los ángeles nos dicen:
“Paz a los hombres que le caen bien al Señor”.
Y con este anuncio, la Esperanza
–ese hueco que nada ni nadie puede llenar en el corazón del hombre-
se vuelve gesto sencillo:
el gesto de dejarnos apesebrar el corazón
por las manos de José y de María.
Para que el Niño se acomode bien
y con su peso leve y tierno de Eucaristía
nos quite los temores y nos llene de paz el corazón.
Diego Fares sj

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María, ese espacio seguro de la visita de Dios

Levantándose María en aquellos días
se encaminó con premura
a la montaña, a un pueblo de Judá
y entró en la casa de Zacarías
y saludó a Isabel.
Y aconteció que, apenas esta oyó el saludo de María,
exultó el niño en su seno,
e Isabel quedó llena del Espíritu Santo,
y levantó la voz con gran clamor y dijo:
– ¡Bendita tú entre las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre!
¿De dónde a mí (esta alegría): que la madre de mi Señor venga a mí?
Porque he aquí que, apenas sonó la voz de tu saludo en mis oídos,
exultó de alegría el niño en mi seno.
Dichosa la que creyó que se le cumplirían plenamente
las cosas que le fueron dichas de parte del Señor (Lc 1, 39-45).

Contemplación

La Visitación: “¿De dónde a mí esta alegría: que la Madre de mi Señor venga a mí?”
María con Jesús en su seno visita a todos.
María visita a Isabel, su prima anciana, y hace que todo el Antiguo Testamento se convierta en Precursor en la persona de Juan Bautista y cobre sentido si se orienta a Jesús, el Esperado.

María visita a Juan, se va a su casa, enviada por su Hijo en la Cruz, y apacienta a los discípulos hasta la Visita del Espíritu Santo en Pentecostés.

María visita a su pueblo fiel y lo invita a visitarla a ella en sus Santuarios, apacentando a todos. Como dice hoy Miqueas:
“Los apacentará con la fuerza del Señor,
con la majestad del nombre del Señor su Dios
y ellos habitarán tranquilos su tierra y él mismo será su paz”

Visitando y siendo visitada María nos apacienta en Jesús.

Jesús ha prometido claramente la gracia de estas visitas:
“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre,
y el que en mí cree no tendrá sed jamás”
“Todo aquel que el Padre me da, vendrá a mí,
y al que a mí viene, no lo echo fuera.
Escrito está en los Profetas: “Y todos serán enseñados por Dios”.
Así que, todo aquel que oye al Padre y aprende de él, viene a mí” (Jn 6, 35-45).

En María todo va y viene hacia Jesús.
Ella ha nacido del Espíritu que “sopla donde quiere” (Juan 3, 8)
y la lleva a visitar a Isabel, la lleva a centrar a los discípulos, la lleva a apacentar a su pueblo .

En este Adviento hemos estado contemplando los espacios donde Dios viene a nosotros:
el cielo y el desierto.
Y el espacio del Espíritu en el que el Señor nos mete:
el espacio común y jerárquico de la Iglesia.
Hoy contemplamos a María como espacio de Dios.
En ese pequeño espacio que ocupa una persona
se abre un espacio espiritual infinito para Dios:
en el seno puro de María viene a habitar el Verbo hecho carne,
el Hijo del Padre Altísimo.
María se convierte así en Templo vivo,
en Iglesia que camina y sale a visitar a sus ovejitas.
Ella, la Pastora, es espacio de pastura en el desierto para los corderitos del Señor.
Ella, la Mujer de carne como la nuestra, es Puerta abierta al espacio del Cielo, a lo gratuito de la gracia del Señor.

María es espacio abierto para Dios y crea espacios de adoración y de alabanza con su presencia y con sus visitas.
Sus pequeñas imágenes que están constantemente visitando nuestras casas van creando ese espacio común y santamente ordenado en torno al bien, a la verdad y a la belleza, que llamamos el reino de Dios.

En María nuestro pueblo fiel siente que “llega a un espacio seguro”.
No hay torno a ella nada que sea barrera o exclusión.
En ella es verdad que Jesús “no rechaza a ninguno de los que, porque n en su interior la enseñanza del Padre, vienen a Él”.

María es espacio jerárquicamente ordenado.
El aparente “desorden” que reina en los santuarios, en los que parece que todas las ovejitas andan por donde quieren en el corral, es sólo aparentemente desordenado.
Si uno pudiera ver los corazones (y a veces se ven clarísimamente en los ojos iluminados de la gente que mira a la Madre), vería que están cada uno en su sitio, en la cercanía justa entre Ella y los demás.
Los más sinceros y amantes, imantados por ella hasta esa cercanía que los hace girar en torno al Amor como un planeta en torno a su Sol.
Los más lejanos, visitados por el cariño y la palabra de Ella que los apacienta, que sin dejar de girar en la órbita de su Amor a Dios, se inclina y se acerca a sus pequeñitos: “De dónde a mí que la Madre de mi Señor me venga a visitar”.

A los que como Isabel anciana, su peso excesivo no los deja salir a Jesús atraídos por la enseñanza del Padre, María les acerca a Jesús visitándolos ella misma.

Ir a visitar o recibir la visita, la alegría y el gozo es el mismo.

Salir a apacentar o ser apacentados son dos caras de la misma moneda, ya que siempre somos discípulos misioneros.

María la primera: la visitada por el Espíritu y la que visita llenando del Espíritu a los demás.

La invitamos a nuestra casa, para que nos ensanche el corazón esta Navidad y podamos hacernos un lugarcito para recibir la visita del Niño Jesús.
Y le pedimos la gracia de salir, con ella, a visitar a los que no pueden responder como tanto desearían a esa atracción del Padre hacia su Hijo Amado.
Salir a visitar a los pobres de Dios,
salir con el deseo de apacentar de María,
creando esos espacios comunes y ordenados en torno a la bondad y a la belleza, que son pesebres –casas, hogares e iglesias- donde nace y si ha muerto resucita el Reino de Dios.
Diego Fares sj

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