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(Jesús y los primeros discípulos) Entraron en Cafarnaúm y el sábado enseñaba en la sinagoga. La gente estaba asombrada de su doctrina, porque Jesús les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas-letrados.

Había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu inmundo que -de pronto- se puso a gritar diciendo: «¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús Nazareno? ¿Viniste a perdernos? Te conozco, sé quién eres: el Santo de Dios.»

Jesús lo conminó, diciendo:

«Cállate y sal de él.»

Sacudiéndolo violentamente y gritando con un gran alarido, el espíritu inmundo salió del hombre.

Quedaron todos pasmados. De tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva… y con qué autoridad…! Impera a los espíritus impuros y lo escuchan y obedecen»

Y se extendió rápidamente su renombre por todas partes, en toda la región de Galilea (Mc 1, 21-28).

Contemplación

Cállate! Es la tercera palabra de Jesús en el evangelio de Marcos.

La primera fue: Crean! Fue una palabra de Jesús para todo el pueblo fiel de Dios, para toda la gente de buena voluntad: Conviértanse y crean!

La segunda fue: Síganme. Se la dijo a los discípulos, a sus primeros amigos, a los que querían estar con Él, quedarse en su compañía: Síganme y yo haré que se conviertan en pescadores de hombres.

La tercera, se la dice al mal espíritu: Cállate! Cállate y sal de ese pobre hombre.

Los imperativos de Jesús…

Me viene al corazón aquí el “Tomen y coman! Hagan esto en memoria mía”. Ese el imperativo más cariñoso de nuestro Señor, que nos alimenta cada día con la Eucaristía.

El origen de todo está en un único imperativo del Padre: Escúchenlo! Es mi Hijo amado, escuchen a mi Hijo predilecto. Él les enseñará todo lo que hay que saber.

Este mandamiento del Padre se concreta maternalmente con el de María: Hagan todo lo que Él les diga.

En el abrazo de estas dos recomendaciones se inscriben todos los imperativos de Jesús. Hace bien sentir que cuando el Señor nos dice “Hagan la Eucaristía en memoria mía”, podemos sentir que el Padre corrobora y asiente, diciendo “Escúchenlo”, y que la Virgen nuestra Madre lo ratifica con tono materno, como una madre que dice ese simple “comé”, de tal manera que uno come con gusto.

Además de los imperativos positivos -podemos agregar “perdonen”, “no juzguen”, “den”…-, están las sugerencias del Señor. Toman la forma de las bienaventuranzas: dichoso el que cree sin ver, dichosos los que trabajan por la paz, dichosos los perseguidos por practicar la justicia… Es una manera exhortativa de decir “hagan esto”. No impulsando, como cuando se manda, sino atrayendo, como cuando uno muestra lo lindo de una acción y da el ejemplo.

Cállate! Es un mandato sin apelaciones. Cállate y sal de ese hombre es una orden en dos pasos. Primero manda al demonio que no hable, y luego, que salga del hombre. Indica que el coludo, diría Brochero, entró por etapas: primero se nos metió y una vez adentro -quizás no enseguida- se puso a hablar. El Señor le hace contra siguiendo el camino inverso: primero lo acalla y luego lo expulsa.

Aquí puede ayudar algo que dice San Pedro Fabro: “Yo por lo que a mí toca, ya que soy tan inclinado al mal y estoy cercado de tantas cosas que me pueden manchar de parte de la carne, del mundo y de todos los malos espíritus, me gozo de que mi naturaleza no sea tan simple. Porque si simple fuera, demasiado deprisa sucedería ser mi ánima toda penetrada de algún mal espíritu, y consiguientemente quedar toda infecta. Mas ahora, aunque penetre algún mal espíritu, por ejemplo, en mi carne, o en mi entendimiento, o en el apetito y lo demás, no por eso inmediatamente soy todo malo; porque podría no querer tales males y con mi voluntad resistiendo contradecirlos”.

Es decir, a cada uno le entra el mal espíritu por algún lado, el que tiene más débil, y después que se asienta, comienza a opinar mentalmente y, lo que es peor, por chat.

Las partes más vulnerables del hombre, por las que entra el mal espíritu con su “lógica de la serpiente”, son tres : el bolsillo, el espejo y el pedestal, o como dicen los doctos: la codicia de riquezas y placeres, la vanidad y la soberbia.

El asunto es que la pedagogía del Señor comienza por hacerlo callar: que no twittee y que no hable solo, primero, y luego lo echa. Aquí es donde viene lo de Fabro, porque el mal espíritu, cuando lo echan de un lado suele suceder que se va a otro, como pasó con esos que eran una legión y cuando el Señor los echó del geraseno se metieron en los chanchos suicidas, y parece que de alguna manera -más educada- volvieron, porque toda la gente se puso de acuerdo en pedirle cortésmente a Jesús que se fuera de su territorio, lo que equivale a decir que lo mandaron callar y que no predicase allí. En nosotros, por ahí se nos va del bolsillo al pedestal y, si bien tratamos de ser más generosos con los pobres por ahí nos ponemos soberbios y agresivos al atacar a los demás. Y cuando lo dominamos en estos dos sectores resulta que se nos mete en el espejo y comenzamos a creernos mejores que los otros. Menos mal, dice Fabro, que somos seres complejos. Eso nos salva de quedar a merced del acusador en todos los sectores y, aunque en alguno nos converse y nos seduzca, en otros lo podemos tener atado.

Si bien en esta vida no podemos evitar que el Mentiroso esparza sus chismes venenosos, dentro y fuera de nuestra alma, sí podemos cambiar nuestra frecuencia de radio cada vez que empieza a hablar y ponernos en la frecuencia del Espíritu. Si no podemos expulsarlo totalmente de nuestra ira y se nos sube la mostaza al escuchar algo que enciende nuestra indignación, sí podemos dejar que el Espíritu haga presión hacia abajo y no deje que la ira se nos suba a la cabeza, inundando la paz de nuestra mente e impidiéndonos pensar con claridad.

De la misma manera, si un pensamiento que vemos “totalmente justo” se apoderó de nuestra mente y no podemos sacarnos de la cabeza que la injusticia que nos hicieron, podemos dejar que el Espíritu no permita que la ira baje a la boca y a las manos: podemos dejar que Jesús diga “callate” y que detenga las ganas de golpear y lastimar. Así damos tiempo a que los pensamientos se aclaren y se amplíen los argumentos, cosa que ayuda a no obrar mal.

El Espíritu siempre nos inspira “lo que tenemos que decir”. Y así como inspira a una madre que en un momento le pega un grito a su hijo con enojo para que perciba claramente que algo está muy mal, luego la inspira para que, si ve que el pequeño se sintió herido, lo consuele y le explique serenamente las cosas, mientras lo abraza y lo contiene. En los dos modos de actuar ayuda y asiste el Espíritu para bien de los suyos.

Una gracia concreta para hacer callar al mal espíritu es tener a mano esta petición: Señor, te pido por esta persona. Dale la gracia que más necesita en este momento.

Esta petición me la enseño un amigo. Él no se dio cuenta de que me la enseñaba porque simplemente estaba compartiendo cómo es que reza por el Papa: “Yo digo: dale Señor la gracia que necesita en este momento. Vaya a saber qué estará haciendo este hombre, qué tendrá que resolver en este instante! Yo rezo así y eso me alegra y me trae paz”.

Me quedó en el corazón esta petición, tan sencilla y tan real. Sentí que había en ella una gracia muy honda, de esas que el Espíritu revela a los sencillos de corazón. La puse en práctica y me resolvió algo que no tenía discernido. Cuando me venían deseos de rezar por alguien decía: “Señor, te pido por fulano”. A veces se detenía ahí la petición. Otras veces agregaba algo concreto: Curalo, si estaba enfermo; ayudalo a ver, si estaba confundido; consolalo, si estaba desanimado… Pero era como que el deseo quedaba medio indefinido, que es lo peor que le podemos hacer a un deseo, ya que el bien es concreto o no es. Al decir “dale la gracia que más necesita en este momento”, comencé a sentir que el deseo se concretaba de una manera misteriosa. Por un lado, me hacía sentir lo que esa persona estaba sintiendo en ese momento. En algunos casos, de gente muy amiga y de situaciones concretas, puedo sintonizar perfectamente con lo que están sintiendo. En otros casos, no tengo idea de lo que sienten, pero me alegra sentir que el Espíritu sí sabe y que me permite sumarme a su acción, ponerme a su lado con mi oración mientras le da a esa persona la gracia que necesita.

Esta oración tan simple me hace poner los pies en la realidad del momento, me lleva a sentir que puedo rezar por el otro de manera muy eficaz y también que lo mío es muy pequeño. Esa misma insignificancia despierta las ganas de rezar a cada rato “por la gracia que está necesitando cada persona en el momento en que rezo”. Puedo rezar por los desconocidos: por la gracia que necesita el que ahora está muriendo, solo o en alguna casa de la bondad; puedo rezar por el niño que está naciendo y saber que todo lo que necesita se lo está dando el Espíritu por los brazos de su mamá que lo acoge; puedo rezar por el que está decidiendo ahora su vocación, como me decía una abuela a la que apenas había conocido como vecina cuando era niño y que, ya ordenado, me contó que ella, no sabía por qué, siempre había rezado por mí.

Cuando uno se embarca en esta conversación con el Señor, el Espíritu gana en amplitud de onda y en interés, y la posibilidad de participar en un “chat” tan inmediato con Él, hace que pierda interés lanzar opiniones al aire y masticar pensamientos inútiles. Lo cual es como decirle al mal espíritu sin palabras, simplemente cambiando de tema: Cállate!

Diego Fares sj

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José y María subieron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, un hombre que vivía esperando la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él. Conducido por el Espíritu Santo, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón tomó al niño en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste para todos los pueblos: Este es la luz que viene para iluminar a las naciones paganas y la gloria de tu pueblo Israel.»  Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño hará que se revelen los pensamientos de fondo de muchos corazones. A ti una espada te traspasará el alma.»  Había también allí una profetisa llamada Ana, que era viuda y tenía ochenta y cuatro años. Vivía en el Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Llegando a aquella misma hora se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él (Lc 2, 22-40).

Contemplación

Suele pasar, cuando nace un niño en la familia, que la alegría de las abuelas es más expansiva que la de los papás. Los jóvenes padres vienen de pasar las angustias y los dolores del parto. Su alegría es honda, pero el agotamiento los hace hablar menos. Eso sí, gozan mirando cómo los abuelos toman en brazos al recién nacido y lo llenan de sonrisas y palabras de cariño y lo muestran y hablan hasta por los codos.

Algo así es lo que Lucas quiere decir cuando cuenta que: “Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él”. Los ancianos Simeón y Ana tomaban al Niño en brazos, lo alzaban en alto alabando a Dios, se lo mostraban a todos y llenos de alegría, profetizaban lo que sería de él. Felices, daban testimonio de que su vida ahora estaba plena y que se habían cumplido todas sus esperanzas. Ellos gozaban ya de las cosas que Jesús haría en el futuro. La esperanza les había ensanchado de tal manera el corazón que les permitía abrazar en la fe a todos los pueblos y ver claramente cómo ese Niño iluminaría a todos los hombres y provocaría un discernimiento en cada corazón: sería necesario optar. O por él o en su contra. Nadie podría permanecer neutral o indiferente ante el testimonio que Jesús daría.

De toda la efusividad que respira el texto de Lucas, me detengo a contemplar la alegría que desata el Niño Jesús.

El la genera y la concentra.

Es una alegría que tiene necesidad de abuelos que la expliciten y se la cuenten a todos. Incluso a sus mismos padres que, admirados, absorben cada palabra  y van aprendiendo a conocer al Jesús que les cuentan los demás.

Esta dinámica, de aprender a alegrarse viendo lo propio con los ojos ajenos, comenzó para José y María la Nochebuena, con la llegada de los pastores, que contaban llenos de entusiasmo las cosas que el ángel les había anunciado y miraban y remiraban al Niño acostado en el pesebre: ese era el signo, esa era la señal. Siguió con la llegada de los reyes magos…, y ahora con los ancianos Ana y Simeón.

Para María había comenzado antes, con el saludo de su prima Isabel, en la que Juan Bautista había saltado de alegría en su seno. Toda su vida sería así: un alegrarse con lo que la gente sencilla le contaba que había hecho su Hijo. A los que hablaban mal, no les prestaría oídos, no dejaría que la adrenalina del mal, que sube del hígado y conmueve el corazón, se le subiera a la cabeza, le afectara su inmaculada fe. No faltarían, por supuesto, los momentos oscuros y amargos. Como le profetizó Simeón, una espada le abriría el alma y le partiría en dos el corazón. Pero eso formaba parte también de la alegría, ya que la alegría que generaba y genera su Hijo no es una media alegría, no es solo la cara soleada de la vida, siempre amenazada por la cara sombría de la oscuridad. La alegría que trae su Hijo al mundo es esa que nada ni nadie nos podrá quitar. Es una alegría entera: por todo lo que pasa: por las buenas y las malas, por la salud y la enfermedad, por la vida, larga o breve.

La de Jesús no es una alegría por algo bueno. No es por algo sino por Él. Alegría por Alguien que vino para quedarse, que vino a acompañar, todos los días, hasta el fin del mundo, a nuestra humanidad. Alegrarse de tanto gozo y gloria de Jesús Resucitado, dice Ignacio en los Ejercicios. Y es un alegrarse por el Resucitado que recién nace, por el Resucitado niño presentado en el Templo y por el Resucitado preadolescente que allí se perdió; por el Resucitado hombre que llama a seguirlo, por el Resucitado que nos atrae, alzado en alto en una Cruz y por el Resucitado que nos sale al encuentro diciendo que son felices -como Simeón y Ana- si creemos sin ver.

De la alegría de la Sagrada Familia, esa alegría íntima de José y María con el Niño en brazos, que mientras suben al Templo, se va irradiando como un solcito que ilumina y hace arder a los corazones de gente como Simeón y Ana y, a través de ellos se extiende a todos los demás, pasamos a meditar acerca de la alegría en nuestra familia, en medio del mundo actual.

Es la “Amoris laetitia”, de la que habla el Papa Francisco: la alegría del amor en la familia que es júbilo para toda la Iglesia.

Antes de seguir, ponemos una tarea: releer Amoris Laetitia puede ser una linda “tarea para las vacaciones”.

Para ayudar a releerla la situamos en el marco amplio de los últimos 50 años, en los que la preocupación pastoral de la Iglesia por llegar a las familias, ha sido una constante.

El Concilio Vaticano II, en la Gaudium et Spes al tratar “los problemas actuales más urgentes que afectan profundamente al género humano” comienza hablando de la familia.

La perspectiva era realzar “La dignidad del matrimonio y la familia”, frente a un mundo que había comenzado a cuestionar su valor absoluto, proponiendo otras formas de relación.

En el 68 Pablo VI saca la Encíclica sobre “Humanae vitae”. Allí el Papa miraba a la familia desde la perspectiva de “El gravísimo deber de transmitir la vida humana”.

Se enfrentaba el problema del control de la natalidad, instrumentalizado por los estados. La posibilidad de “controlar” la fecundidad fue objeto de discusión biológica, médica, política… y por supuesto, religiosa.

De alguna manera el ámbito íntimo de la familia -la conciencia del esposo y de la esposa, su diálogo personal -diálogo que tiene sus tiempos, que se hace día a día, en medio de la vida y del trabajo, del cuidado de los hijos y de la marcha de la casa, y que se retoma en tiempos fuertes-, su maduración única y distinta en cada caso…, todo ese mundo familiar, se vio sometido a ideas y productos nuevos que les llegaron y les siguen llegando bajo la forma de una avalancha de cuestiones discutidas.

Discuten sobre la familia los biólogos, los médicos, los políticos, los sociólogos, los curas… Y todo a través de los medios  de comunicación y de los movimientos sociales.

En el ojo del huracán, las familias tienen que decidir a mil por hora si se juntan, se casan, se divorcian o se juntan de nuevo; si tienen un hijo o dos o más, si engendran con fecundación asistida, congelan óvulos, adoptan un vientre o abortan un hijo con malformaciones genéticas; si usan tal o cual píldora, preservativo o método llamado natural… y todo esto sin hablar de que ya desde adolescentes se les plantea qué género quieren elegir y si serán hetero, homo, o transexuales.

En medio de esta agitación en la que cada familia viene viviendo, el Papa Francisco, realizó “uno de los hechos más significativos de su pontificado” – al decir de muchos analistas-: convocó a una Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos para tratar “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización” (5-19 octubre de 2014).

Una convocación de este carácter (un pequeño Concilio, podemos decir), que tiene solo dos antecedentes, se hace cuando un asunto hace al bien de la Iglesia universal y requiere “una resolución rápida”.

Luego vino un segundo Sínodo sobre la familia. Fue ordinario y con los aportes  del extraordinario, trató el tema de la familia desde la perspectiva de su misterio y vocación.

Al finalizar, el Papa escribió su Exhortación apostólica “Amoris Laetitia”.

El tema de la “alegría del amor” lo había mencionado San Juan Pablo II en Familiaris consortio (1980) al hablar de la “irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza” mediante las cuales las familias son testigos del amor de Cristo, de las virtudes del reino que están presentes y son reales en esta vida y de la vida bienaventurada (FC 52).

Qué nos quiere decir el Espíritu con todo esto? Yo lo expreso así: con Amoris Laetitia estamos en presencia de un regalo del Espíritu a las familias.

Es un regalo bien envueltito que cada familia debe ver cómo lo desenvuelve y se lo goza.

Es un regalo que comenzó a prepararse hace 50 años y que se vio envuelto -empaquetado- en todo tipo de peleas, discusiones, recomendaciones severas, teorizaciones abstractas de todo tipo…

Un regalo que el Papa Francisco tuvo el coraje de poner sobre la mesa en medio de dos sínodos de Obispos y, luego de escucharlos atentamente y ver cómo revivían en los diálogos todas las discusiones de estos 50 años, tuvo el coraje redoblado de desempaquetar todo, sacando lo que no era esencial y devolvernos el regalo de lo que el Espíritu viene queriendo decir a las familias desde hace 50 años.

Y qué es lo que nos quiere decir el Espíritu?

Ante todo y simplemente: “una buena noticia”.

Que “La alegría del amor que se vive en cada familia es también el júbilo de la Iglesia”. Que a pesar de todas las crisis, “el deseo de familia sigue vivo, en especial entre los jóvenes, y que esto motiva a la Iglesia” (AL 1).

Contra todas las pálidas -bajo forma de que no vale la pena la familia o de que es algo tan puro que es imposible de alcanzar y por tanto se vive siempre bajo la sombra de la culpa- Francisco nos regala esa buena noticia.

La tarea es animarse a “leer una buena noticia”: de punta a punta, palabra por palabra y capítulo por capítulo.

No todo el mundo es capaz de soportar noticias tan buenas que le toquen en su intimidad más íntima: en su casa, en su mesa y en su lecho conyugal.

Pero ese es el desafío: Francisco nos habla largo y tendido de la alegría del amor que experimentamos en familia y se dedica corajudamente a defender esta alegría contra toda mala onda, a alentarla en sus más mínimos pasos y en sus decisiones más valientes. Le pone palabras de reconocimiento a todo lo que es positivo y palabras de infinito respeto, ternura y misericordia, a todo lo que es dolor, herida, angustia y pecado.

Esto quiero decir con lo de que Amoris Laetitia es un regalo: que la perspectiva desde la que habla el Papa es la de la alegría. No la alegría en abstracto, no la alegría destilada de los puros, no la alegría en dosis del mundo. Es la alegría de la familia, de todas las familias reales, las no perfectas, las que luchan por su amor y tratan de sacar adelante a sus hijos y se hacen cargo de los viejos. El Papa empieza, sigue y termina por esta alegría. No la empieza con el dedo en alto del deber ni con el dedo señalador de la acusación. No se mete a hurgar en las llagas, sino que las venda con el bálsamo de la misericordia. No se extiende en las razones para temer, que vuelven rígidas las posturas, sino que se alarga en las razones para la esperanza y el amor. Francisco mira todo “a la luz del ministerio pastoral: almas que salvar y que reconstruir”, como escribía en su diario Juan XXIII, poco antes de la apertura del Concilio.

Amoris Laetitia es un regalo esencial porque, al cambiar de lugar algunos acentos, brinda elementos de discernimiento para que cada persona descubra esa alegría duradera que experimenta cuando “hace familia”, la distinga de todo lo que no puede hacerse familiar y se anime a dar un pasito que concrete esta vocación universal a la alegría del amor.

Diego Fares sj

 

 

 

 

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En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen. José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada. Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada. En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.» Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!» Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado.» Fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido recostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores. Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido (Lucas 2, 1-20).

Contemplación

     Por eso nos atraes tanto, pesebrito… -pensé, cuando encontré la imagen después de buscar bastante y constatar que no había muchas de “pesebre solo”.

Un pesebre solo no existe ni para los ojos de las vacas que toman de él su alimento… Quién se fija en un pesebre por él mismo? Sólo alguien como María, que lo ahuecó un poquito con sus manos, para que pudiera tomar la forma del bebé. Solo alguien como san José, que con dos golpes de sus manos ajustó los encastres y luego lo afirmó bien en el suelo.

Gente como ellos mira -con ojos y manos- un pesebre como este de Belén, en caso de necesidad. Digo que lo miran con ojos y manos, porque en su tosquedad pasó de pesebre a cuna en un momento, sin ni siquiera pensar.  Por eso nos atraes tanto pesebrito… Por esa capacidad tuya de dejarte transformar.

Algo le vio María. Algo le vio José. Al mirar el establo paseando la mirada, sus ojos se detuvieron un instante en él -era lo único que había-. María dijo sí con los ojos y José dijo “vamos” alzando hacia adelante su mentón.

Algo le vio María, porque una madre no elige cualquier cosa para recostar a su hijito recién nacido. Si no hay nada se lo queda en su regazo. Quizás fue que no vio un pesebre como lo veríamos nosotros. Ella vio un pesebre con sus ojos de Esposa de un carpintero, lo cual es algo muy distinto.

María te vio, pesebrito, convertido en cuna por las manos de José.

Nos gusta el pesebre porque es como es: tosco, para nada decorativo, útil, práctico: unas pocas tablas y troncos sin pretensiones. De pesebre, pasó a ser cuna y apenas ellos se fueron, y se lo llevaron a Él, volvió a ser pesebre, allí para siempre, usado por otros sin saber. Pero él guardó en su memoria de pesebre el peso suave del Niño que María recostó en su huequito de cuna. Digo que registró el peso porque los pesebres, acostumbrados a la levedad de la paja para los animales, son capaces de registrar en las tablas de su memoria, un peso distinto, por livianito que sea -ligero y suave era entonces el peso del Niño Jesús.

Por eso me gustas tanto, pesebrito… Me encanta y me enorgullece que tu memoria haya tenido premio. Te quedaste en aquel establo quizás creyéndote sólo para siempre. Te quedaste mudo como un pesebre, con la única capacidad de que el peso que acogiste aquella nochebuena se te metiera adentro y formara parte física de tu memoria. Te perdiste en aquel rincón perdido de la historia sin saber que María, que guardaba todas las cosas en su corazón, te había llevado consigo, en su memoria. Y un buen día, conversando con nuestra Señora, te pescó un evangelista y al escribir tu nombre en tres frases, describiendo un Jesusito “reclinado y recostado”, agregó tu número –un pesebre- y fue como una invitación a que la gente te multiplicara en sus casas.

            Me gustas pesebrito porque un pesebre puede guardar memoria de un peso, sí señor. Las cosas guardan memoria de nuestro peso en su propio ser, en su estructura. Díganle al escalón de la entrada de la iglesia del Gesú, en la parte en la que pisamos todos para abrir la puerta, si no guarda memoria de nuestros pasos.        Es verdad que el peso del Niño no puede haber dejado una huella física igual a la que dejan millones de pasos en cientos de años. Pero Él venía a cargar sobre sí el peso insoportable de todos los pecados del mundo y nadie me puede quitar de la mente que Jesús pesaba distinto.

Por supuesto que esto es algo que sólo lo saben por experiencia María, San José, el anciano Simeón y Ana, que lo tomaron en sus brazos con conciencia…, y el pesebrito de Belén, que fue de las pocas creaturas que “cargaron a Jesús” (aunque cuando digo esto siento la rumorosa protesta de tantas otras creaturas que cargaron a Jesús: del burrito, de las piedras, del polvo del camino, de la barca… y de la Cruz…). Pero yo deduzco (que para algo tenemos inteligencia y no solo para inventar sistemas filosóficos o teorías económicas que hacen malabarismos técnicos para hacer sentir que el peso de una medida no recae en realidad sobre los hombros de los más ancianos), deduzco científicamente, que el pesebre registró el peso espiritual del Niño, así como María registró cuidadosamente en su memoria su mera presencia de pesebre, su simple estar a mano, su no resistencia de buen útil a dejarse usar y transformar.

Por lo que me gustas tanto, pesebrito, es por tu capacidad de registrar el peso de Jesús en tu historia. El peso de su yugo suave y de su carga ligera.

Diego Fares s.j.

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Los pastores fueron rápidamente

y encontraron a María, a José,

y al recién nacido acostado en el pesebre.

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño,

y todos los que los escuchaban quedaron admirados

de lo que decían los pastores.

Mientras tanto,

María atesoraba estas cosas ponderándolas (symballousa) en su corazón.

Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios

Por todo lo que habían visto y oído,

conforme al anuncio que habían recibido.

Ocho días después,

llegó el tiempo de circuncidar al niño

y José le puso el nombre de Jesús,

nombre que le había sido dado por el Ángel

antes de su concepción (Lc 2, 16-21).

 

Contemplación

Me gusta la traducción que dice que María “atesoraba” los acontecimientos de su Hijo y lo hacía no de manera estática, como quien saca una foto y la guarda, sino “ponderándolas” en su corazón. “Sym-ballo” es un verbo muy rico. De allí viene nuestra palabra “símbolo” y, es también significativo su opuesto: “diaballo”.

“Symballo” resume toda una actividad reflexiva y meditativa, que significa rumiar las cosas, relacionarlas, unir, ponderando y sopesando los pensamientos, buscando no sólo la explicación sino el sentido profundo de los acontecimientos o sucesos que suscitan admiración. Y este sentido se refuerza con la acción opuesta del verbo “diaballo”, que se traduce por acusar, separar, dividir.

Por eso es que ponemos este pasaje del evangelio en clave de ese discernimiento en el cual el Papa Francisco nos invita a crecer.

La ponemos a Nuestra Señora como Maestra espiritual –maestra de novicias y de novicios, como se dice en la vida religiosa-, y como la que nos acompaña y hace de directora espiritual.

Estas imágenes no son muy habituales pero no nos resultan para nada extrañas. Es verdad que a nuestra Madre para venerarla solemos ponerla en un lugar alto y llena de flores, colocación espacial que hace que nuestra mirada se oriente hacia arriba, hacia una trascendencia celestial.

También es verdad que nuestro modo de dirigirnos a ella tiene mucho de ruego de niños pequeños que buscan el socorro inmediato de la Madre, su ternura, el cobijo de su manto, su mirada buena…

Todo esto es el ámbito materno total y envolvente que constituye el discernimiento básico –diríamos- de que en Ella –como en la Iglesia- nuestra alma encuentra su espacio, el del Espíritu, en el que nos encontramos con nuestro Padre y con Jesús.

Pero eso es invitación también a una charla adulta con nuestra Madre que, en sintonía con su modo de pensar bien, nos ayude a discernir lo que nos pasa en la vida concreta.

Discernir es “ponderar” lo que sentimos y pensamos y lo que nos pasa con un fin práctico: las cosas de Dios, para “atesorarlas en el corazón” y las cosas del mal espíritu, para “lanzarlas”, sin permitir que nos dividan en la duda ni que nos confundan, ni que nos orienten por el mal camino.

Aunque parezca jugar un poco con las palabras, puede hacernos bien oponer “símbolo” contra “diablo”. Pensamientos que integran contra pensamientos que dividen. El Papa Francisco, en Amoris Laetitia habla de dos lógicas:

«Dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: marginar y reintegrar […] El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración […] El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero […] Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita». Entonces, «hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición» (AL 296).

 

El discernimiento como atención

María es Maestra en el discernimiento que “pondera” la complejidad de todo lo que acontece en torno a Jesús –la Palabra hecha carne- y no se apura a sacar conclusiones abstractas ni simplistas de las cosas.

Este “atesorar las cosas en su corazón, dándoles altura de símbolo -en el que cada partecita de lo que vive el Niño encierra el Todo de Dios-, es el primer discernimiento: el que acoge “toda la realidad” tal como es y no excluye ni margina nada.

Cuando el Papa habla de que “Es sano prestar atención a la realidad concreta” (AL 31), algunos, con esa mentalidad legalista que nos ha invadido la Iglesia, piensan enseguida en “casos”: casos particulares que entrarían o no dentro del “caso general” del que habla la ley. Y el Papa no está hablando de “casos” (ni generales ni particulares), está hablando de gente, de personas con rostro y familia. Prestar atención a la realidad concreta no es considerar a los individuos aislados para construir casos estadísticos. Nuestra realidad íntima es que somos familia, grupo, pueblo.

La conciencia de una mamá y de un papá, que están llevando adelante a sus hijos, es una conciencia en la que “se pondera y pesa todo lo que vive la familia”, no lo de uno solo. La realidad humana es comunitaria en lo más personal. Individuos somos solo para las estadísticas, que nos cuentan de a uno para calcular nuestro voto y ver qué más vendernos. ¿Se han fijado que los productos tienden a ser cada vez más “individuales”? Antes un televisor o una heladera eran “familiares”. La tendencia a dividir, a que cada miembro de la familia quiera “tener lo suyo”, es una tendencia que, si se contagia a otros ámbitos, termina haciendo mal.

Cuando el Papa habla de “atención a la realidad concreta” es porque «las exigencias y llamadas del Espíritu Santo resuenan también en los acontecimientos mismos de la historia», a través de los cuales «la Iglesia puede ser guiada a una comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio y de la familia» (AL 31).

En este sentido María es Maestra en lo que hace al primer paso del discernimiento que es la “atención a la realidad”. Es Maestra porque, atenta a la realidad de Jesús, gracias a su maternidad por encargo de su Hijo en la Cruz, su atención se extiende a todos.

La atención amorosa a su Hijo, concentrada como sólo una madre puede concentrarse es, por un lado, algo común. Toda mamá tiene ese sexto sentido que hace que esté atenta a todo lo que sucede a su hijo: en su corazón y a su alrededor, en la pieza, en la casa, en la cuadra y en la escuela, con sus amigos… Pero como Jesús es especial, y Él mismo estará atento y concentrado en todo lo humano, la atención de María creció increíblemente.

Todo lo humano “resuena” en su corazón y despierta su atención con un matiz materno que nos hace discernir fácilmente si aprendemos a “pensar – a sentir y gustar- con Ella”. Siempre recuerdo a Juana Molina –cantautora argentina- que dice que los colores cambian con la textura de las cosas que colorean. No es lo mismo un azul profundo en una remera que en unos ojos. También la música: la misma melodía suena diferente en una guitarra y en un piano. Y lo mismo, digo yo, sucede con la verdad: no es da igual leerla escrita en un código de Derecho canónico que oírla pronunciada por los labios de María. Cada uno puede probar escuchando esa frase que dice: “Hagan todo lo que Él les diga” (Jn 2, 5).

Si sintonizamos con La que piensa bien, las cosas que nos pasaron y que nos pasan se colorearán con su esperanza, se enternecerán con su ternura y se iluminarán con su fe. La misma realidad “objetiva” puede verse y sentirse muy distinto si el instrumento y la tela son el corazón y la mente de María.

Esto de lo que hemos hablado –la atención a la realidad concreta- es el primer paso de todo discernimiento. Es animarse a ver y sentir las cosas como son, en su complejidad real: siento esto, está pasando esto.

Esta percepción de lo propio e íntimo y de lo ajeno y común es especial en nuestra Señora. Ella es capaz de darse cuenta de que falta el vino en medio del bullicio de una fiesta y de turbarse ante el saludo de un ángel y preguntarle cómo será posible lo que le dice.

Consultar a nuestra Directora espiritual acerca de nuestras mociones más íntimas –esos pensamientos que nos dividen el corazón, como le predijo Simeón a Ella, que desde entonces tiene el corazón “traspasado” y sabe discernir bien lo que acerca a Jesús y lo que nos separa de su amor- consultarle acerca de lo que falta en el mundo que nos rodea, es el primer paso  del discernimiento.

 

El discernimiento como interpretación con criterios espirituales

El segundo paso es “interpretar las mociones”. Interpretarlas según Dios. Porque cada moción y pensamiento viene con su propio peso y con una interpretación ya dada, fruto de nuestra cultura, de nuestra historia y sensibilidad. Pero darles tiempo a las cosas, poner un poquito de distancia, ponderar y examinar lo que ya viene como obvio y no siempre lo es, es necesario para ser una persona libre y con pensamiento crítico.

María es Maestra en esto. Ella, con todo respeto, lo frena un poquito hasta al Arcángel Gabriel, pidiendo que le explique un poco más despacio. Cosa que el Ángel hace a continuación, esta vez sin enojarse como le pasó con el viejo Zacarías, que expresó sus dudas como pudo y el otro lo dejó mudo por nueve meses.

Nuestra Señora tiene la delicadeza de discernir hasta los apuros angélicos.

Esa misma gracia femenina la llevará a hacer que su Hijo adelante su hora en las Bodas de Caná. Alguna incomodidad le causó a Jesús el pedido de su Madre. Se nota en la respuesta que le dio el Señor, que por más que uno le dé vueltas teológicas, en el dejar claro el Señor que no era su hora, algo de fastidio se trasluce, aunque inmediatamente el Señor haya obedecido a su Madre. No me gusta decir “fastidio” pero sí diría que algo hubo, porque el Señor hizo llenar las tinajas hasta el borde, como cuando uno hace lo que el otro quiere, pero lo hace “exagerando” un poco la cosa para hacer reír, como hace un amigo que conozco.

Pero lo que interesa aquí es la parte “interpretativa” del discernimiento en la que María nos puede ayudar tanto a interpretar bien.

Cuándo necesitamos más explicación, como le pasó a Ella en la Anunciación,

cuándo hace falta apurar la cosa, como pasó en Caná, y hay que importunar a Jesús, con el riesgo de ligarnos un desplante…

y también cuándo la situación es de vida o muerte, como cuando se les perdió el Niño en el Templo y lo “buscaban angustiados”. Allí sí, María puso toda su emocionalidad en juego y no paró hasta encontrar a Jesús.

Son los Ojos de la Virgen los que, por estar bien atentos a las cosas, nos hace ver dónde encontrarlas si se nos perdieron.

 

El discernimiento como atesorar y lanzar

El tercer paso del discernimiento es “atesorar” lo bueno –no solo conservarlo como si uno lo pusiera en el freezer o en un álbum de recuerdos de la compu- y lanzar lo malo.

Lanzar y rechazar lo malo –vomitarlo y aborrecerlo- es parte del discernimiento.

Porque el mal espíritu siempre actúa en dos tiempos y hay cosas que nos sugiere que “de ninguna manera pretende que las hagamos ahora” pero nos las deja en consignación por si en algún momento nos vienen ganas. Y uno guarda muchas cosas que no tendría que guardar. Atesoramos resentimientos, culpas, deseos de revancha, reivindicaciones a futuro… Tantas cosas que, aunque no las realicemos ocupan lugar en la memoria y lentifican nuestra vida espiritual.

María es la mujer del “hágase”, es Nuestra Señora de la Prontitud, como la llama Francisco.

El bien lo hace con presteza y diligencia. Sin perezas ni vueltas.

Y, por eso mismo, rechaza el mal. Ella rechazar el mal por connaturalidad, sin necesidad de grandes enfrentamientos, por estar toda ocupada en hacer el bien.

Quizás sea este su secreto de Inmaculada. María vence el mal a fuerza de bien, a fuerza de sencillo desinterés propio y de amor tierno y materno por el bien de sus hijos.

El cariño de una madre descomplica las cosas, Desata los nudos en los que se enredan los hijos, y lo hace con decisión, con paciencia y buen humor.        María, en la medida que puede, no deja que el mal entre en su casa. Y cuando viene de afuera, como les pasó con Herodes, sabe huir a tiempo. Como familia, Ella con José son capaces de perderlo todo con tal de cuidar al Niño. Por eso es María es Maestra de novicios y novicias en esto de discernir el grado de malignidad del mal y neutralizar su poder “refugiándose” en Egipto.

En la cruz, cuando ya no haya lugar donde refugiarse, Ella sabrá estar de pie junto a su Hijo, confortándolo con su mirada y sacando lo mejor de su corazón (del de ambos).

Su estar de pie junto a la cruz es el rechazo valiente y absoluto del mal sin violencia alguna. Si con algunos males menores, el discernimiento es la huida, el alejarse uno para no mimetizarse haciendo fuerzas por combatir activamente el mal, ante el mal absoluto de la cruz el discernimiento no es la huida sino la presencia, el estar allí donde muere su Hijo inocente y compadecer con él.

Por último, el Magnificat. Es la Oración del Discernimiento.

Allí María:

Engrandece al Señor

y se deja inundar de la alegría de la consolación en Dios su Salvador.

Nos dice qué es lo que el Señor mira con bondad: la pequeñez de su Servidora, porque es un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez.

Y Ella discierne que esta gracia será reconocida por todas las generaciones de la historia. Esta atención particular que, en María, Dios ha prestado a sus pequeñitos, es una gracia extendida y decisiva, que nada ni nadie cambiará ni nos podrá quitar.

Es la gracia que le hace atesorar ese “Feliz de ti” que todos sus hijos le decimos y que nos hace sentir “Felices de nosotros, que la tenemos a Ella”.

María está atenta a “las grandes cosas” que Dios hace en la vida de cada uno y de la historia y las refiere a su Nombre, lo santifica, lo bendice y magnifica: Santo es su Nombre. Esto es lo que hay que atesorar para que nuestro corazón cante salmos de Alabanza y adore a Dios en Espíritu y en verdad, como a Él le agrada.

María también discierne que el modo de actuar de Dios será el de una permanente e incondicional Misericordia –por todas las generaciones- para con aquellos que se vuelven a él con santo temor de Dios.

Y luego discierne lo que Dios, con el poder de su brazo atesora, y lo que rechaza; lo que acoge y lo que dispersa:

Dios dispersa a los soberbios (en su propio corazón, en su interior los vuelve confusos y divididos) y destrona a los poderosos, mientras que a los humildes los realza;

Dios colma de bienes a los hambrientos y expulsa a los ricos con las manos vacías.

Finalmente, y de nuevo, como para dejarlo claro, María discierne que Dios nos socorre a sus hijos “acordándose de la Misericordia”, la que prometió a Abraham y que renueva siempre, con toda su descendencia. Una descendencia que en Abraham incluye a todos los hombres de buena voluntad, ya que Abraham primero era “pagano” si se puede hablar así, y a judíos y musulmanes que lo tienen como padre en la fe.

Esta Misericordia es el bien absoluto a atesorar en el corazón, como nuestra Madre y Maestra y Directora espiritual nos enseña y por cuyas sendas nos encamina y acompaña.

 

Diego Fares sj

 

 

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María, la Mujer conectada

            Aleluia. María fue llevada al cielo; se alegra el ejército de los ángeles. Aleluia.

 María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá.

Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Apenas esta oyó el saludo de María, dio saltos de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo y levantó la voz con gran clamor diciendo:

«¡Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿De dónde a mí esto de que venga la Madre de mi Señor y se me acerque a mi? Cuando escuché tu voz y tu saludo en mis oídos dio saltos de alegría el niño en mi seno. Feliz la que creyó que se van cumplir las cosas que le dijeron de parte del Señor».

María dijo entonces:

«Magnifica al Señor mi alma

y mi espíritu se regocija en Dios, mi Salvador,

porque Él miró con bondad la humildad de su servidora.

De ahora en adelante todas las generaciones dirán lo feliz que soy,

porque el Todopoderoso hizo grandes cosas a favor mío:

¡Santo es su Nombre!

Su Misericordia se se va derramando en cada generación

Sobre la gente pequeña que tiene santo temor de Dios.

Veo cómo Él hace ostentación de poder con su brazo:

Veo cómo dispersa a los que son soberbios en los proyectos mismos de su corazón; cómo derroca de sus tronos a los poderosos y eleva a los humildes;

Veo que colma de bienes a los que tienen hambre y despide a los que son ricos con las manos vacías.

Y toma bajo su amparo a Israel, su servidor, acordándose siempre de la misericordia, tal como se lo había anunciado a nuestros padres,

a favor de Abraham y de su descendencia para siempre.»

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa (Lc 1, 39-56).

Contemplación

 En la fiesta de la Asunción, el pasaje del evangelio que nos propone la liturgia no es el de la partida de María sino el de su Visita a su prima Isabel. Desde la Anunciación, María es la mujer conectada. Con Jesucito en su seno, que llena desde el comienzo todo su corazón y ensancha su mirada, María se ha conectado con todos. Apenas se escucha su voz ya se sabe que es ella.

En el seno del pueblo fiel, entre la gente más sencilla, se expresa bien esto que todos sentimos: con María cada uno y todos juntos nos comunicamos sin dificultad. Hay banda ancha, mensajitos gratis, comunicación directa. Es bueno hacerlo conciente porque es la gracia más linda que nos regaló el Padre junto con Jesús. Es una gracia para el “ahora y para la hora de nuestra muerte” como rezamos tantas  veces en el Avemaría.

Jesús es la Palabra, pero la tonada es de María. Y el hecho de que María haya llevado al Señor en la panza y en ese estado de gravidez se haya dado el encuentro con Isabel, en el que esta percibe la presencia del Salvador en la voz de su prima y amiga, es modelo y tipo de cómo se establece nuestra comunicación con Jesús. La encarnación y embarazo de la Madre de Dios no es un servicio pasajero para que luego venga lo importante, que Jesús se desenvuelva solo entre la gente y vaya predicando su Palabra. La Palabra hecha carne hace vibrar de alegría la voz de María y hace dar saltos de alegría a Juan en el seno de Isabel. Todo en María es ámbito de resonancia para Jesús Palabra. Se hizo carne es “se hizo María”. La carne no es envoltorio ni cáscara. Nuestra carne es carne espiritual y el “techo” de este misterio (que más que techo es cielo abierto) lo contemplamos en Jesús en el seno purísimo de María. Por eso la “Asunción” no es una “ascensión”, como si algo de esta tierra fuera llevado a otra parte, a lo alto del cielo. Es asunción porque lo que el Señor “Asumió”, la carne de su Madre, lo termina de Asumir haciendo que “allí donde Yo estoy estén también ustedes”, como promete en Juan. El misterio de la Asunción termina de revelar lo que hizo el Hijo al “bajar” a este mundo y venir a habitar en el seno de María. Lo que hizo no fue “bajar” sino más bien “hacer subir” al mundo en María al Cielo. Cuando uno se inclina y baja para alzar a un bebé la intención es de subirlo, no de quedarnos abajo: lo que uno hace es atraerlo hacia la altura de su corazón. Asumir es abajarse para enaltecer al otro.

María lo expresa en el ritmo mismo de su Magnificat: sintiendo a Jesús dentro de ella su carne se eleva y se ensancha su corazón. Ve a Dios como el que “eleva a los humildes”. Lo siente como un Padre que se inclina hacia su pequeñez y la envuelve con su infinita misericordia.

Y lo más lindo es ese ensanchamiento que experimenta María, que hace que nos sienta incluidos a todos. No es que María haya sido bendecida y, luego, comienza a “pagar” esa gracia siendo buena con los demás. Al experimentar la gracia en su carne, como la carne es común a todos, María nos “siente” agraciados a nosotros, sus hermanos en humanidad. Ella expresa lo que acontece en “toda carne” viviéndolo en plenitud en la suya particular. Isabel expresa este “contagio” –porque es propio de la carne poder contagiarse- de alegría. El anuncio le viene de afuera –el saludito lindo de María (“!Hola! ¡Isabel!!!)- pero se conmueve la carne que lleva dentro de su carne, salta de alegría su hijo. La conexión está establecida. María se conecta “carnalmente” con toda carne. Y su carne espiritualizada, no sólo por su propio espíritu, sino por el Espíritu Santo y el Hijo, espiritualiza toda carne. Se palpa por los frutos. Uno se acerca a María y queda espiritualizado. Pero no “intelectualmente” sino carnalmente espiritualizado: uno sale sonriente, más tranquilo, viendo las cosas distinto, más transfigurado. Uno camina más decidido, con esperanza. Siente ganas de comunicarse con los suyos, de rezar por los demás.

Una experiencia fuerte que tenemos en Luján (por decir en un lado especial) es la de entrar, mirar a la Virgen y pasar a estar conectados con todos. A uno le empiezan a subir al corazón nombres de personas y uno reza por todos. Ante María nos conectamos. En la Basílica la gente se mueve distinto, cada uno encuentra su espacio y fluye entre los demás sin apuro, sin mirar a un fin, a algo que tiene que hacer e irse. Uno se mueve en la Basílica como queriendo quedarse, demorando la partida, sintiendo pena de tener que irse. Uno se mueve ascendiendo. Mientras va o viene en medio de la gente, el corazón como un globo tira para arriba.

María tiene fuerza ascensional. Dinamiza nuestra carne hacia arriba. Alza la mirada, levanta la sonrisa, hace que suba el pecho tomando aire profundo… Levanta los brazos para saludar y alabar…

En este día tan lindo de la Asunción de María en carne –en cuerpo y alma- al cielo, nos dejamos levantar como tomados de su mano, como prendidos a sus ojos, como alzados en brazos por nuestra Madre. Que cada uno se deje llevar por las pequeñas asunciones de María: siendo asumidos en ella por el Padre, dejando que nos “pesque” Jesús con sus anzuelos y que el Espíritu se pose y nos encienda el corazón para que suba como la luz de una velita…

Que como Isabel nos sintamos alegrados por la visita de María, que bajando a visitarnos nos asume consigo y nos enaltece. Su venida asume nuestras penas y los estremecimientos de nuestra carne y les insufla Espíritu de Jesús. María hace que nuestra carne se cristifique, se eucaristice, se vuelva más como la de Jesús. Conectarse con Ella es como comulgar. Conectarse con ella es sentir la alegría de la Encarnación, de que Dios habita en nuestra tienda y camina nuestra historia. Conectarse con ella es asumir la carne de nuestros hermanos más dolientes y desamparados. Conectarse con ella, la mujer conectada, es conectarse con el Padre nuestro y con todos los hermanos.

Diego Fares sj

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Llamarle la atención a Dios

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó,
uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos.»
El les dijo entonces:
«Cuando oren, digan:
Padre
¡Que sea santificado Tu Nombre!
¡Que Venga Tu Reino!
El pan nuestro, el necesario para la existencia, dánoslo cotidianamente,
Y perdónanos nuestros pecados,
Porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe;
Y no nos metas en la prueba.
Jesús agregó:
«Supongamos que algunos de ustedes tiene un amigo
y recurre a él a medianoche, para decirle:
“Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle,” y desde adentro él le responde:
“No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos.”
Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 1-13).

Contemplación

El dibujo de Fano con esa María pequeñita que, con sus manitos juntas y su mirada pícara, “capta” la atención del Espíritu, me conmovió el corazón. La mente me decía que no era el dibujo que correspondía, ya que no aparecían ni Jesús ni el Padre y el evangelio era justo el del Padrenuestro, pero ¡quién mejor que María para rezar el Padrenuestro, quién mejor que ella para sentir lo que significa que el Padre da su Espíritu a quienes lo desean! Guiándome más por el gusto que por la razón, comencé a mirar bien el dibujo. Primero el espacio: en ese espacio entre la Altura del Espíritu y las rodillas en tierra de María, se hacen sentir Jesús y el Padre. ¡Y están! Los podemos descubrir, pequeñitos también ellos, en la imagen del Triangulo con dos Remienditos –esa Trinidad Remendada- que es como le gusta representar a Fano a Dios.
Advertimos también la perspectiva en la que nos sitúa el autor: nos pone entre María y el Espíritu y, entre los dos, más cerca del Espíritu, que gira su cabecita porque algo le tocó el corazón.
Al mencionar el corazón se ilumina María arrodillada en la Sombra de un Corazón grande. Eso remite a un Sol que está más Alto y nos recuerda la frase del Arcángel: “el Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cobijará con su sombra”. Esa es la escena que dibujó Fano y es lo que acontece cada vez que alguien reza con fe, como dice Jesús: “¡Cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!”.
Nos detenemos un instante en el giro de la cabecita del Espíritu. Con su vuelo surca el Reino a gran altura y sin embargo la oración de María le hace girar la cabecita “para mirar con bondad su pequeñez”.
Es como otra faceta de la escena, que la vuelve casual, cotidiana. No es un vuelo teledirigido y planeado sino una advertencia al pasar. Esto pinta muy bien lo esencial de la escena en la que Jesús está rezando y los discípulos le piden “Enséñanos a rezar”. Por un lado, el Maestro les regala las palabras infinitas del Padre Nuestro, que abarcan el Reino en toda su amplitud, altura y profundidad, y por otro lado les cuenta la parábola del amigo hincha que despierta a su amigo a medianoche para pedirle tres pancitos para otros amigos que cayeron de visita.
Nos enseña así Jesús que la oración es para las cosas grandes y para las cosas pequeñas. Para pedir la justicia del Reino y para encontrar el botón que se perdió. Lo que importa es la fe, esa confianza filial de los hijitos con su Padre Y la fe de los niños se consolida tanto con los gestos grandes con que los papás los cuidan y los defienden de los peligros y con los gestos pequeños que les prometen un regalito y se lo dan luego de un jueguito de escondidas.
La confianza filial se teje en lo grande y en lo pequeño. Por eso el Padre nuestro hay que aprender a rezarlo para el pan de cada día y para que venga el Reino y su justicia en todo el esplendor de su gloria y su poder. Jesús nos enseña a rezar deseando lo grande en lo pequeño, conectando mi pancito con el pan de todos, mi perdón de las pequeñas deudas cotidianas con el perdón de las deudas grandes, no solo las sociales sino las definitivas, el perdón de las deudas que nos apartarían del cielo.
En el pan de cada día bendecido y hecho Eucaristía, está el deseo multiplicado del pan que sacia todas las hambres de todos los hombres del mundo.
En el perdón de las ofensas personales está el deseo de la paz que calme todas las violencias y agresiones del mundo.
En pronunciar el Nombre del Padre, bendiciéndolo e invocándolo en secreto muchas veces, está la Gloria inabarcable de un Dios cuyo corazón se ensancha si se puede decir así cuando el hombre, su hijo querido, vive y ama.
En el deseo del Reino, con sus semillas que dan ciento por uno, sus ovejitas encontradas, sus tesoros escondidos y sus fiestas de bodas, están unificados en una misma dinámica el Bien grande y el bien pequeño.
En el “hágase tu voluntad” expresamos claramente la voluntad definitiva del Cielo y la cambiante de esta tierra y de nuestra historia.
De la misma manera está unida la petición de que nos libre del Maligno y del Mal mayor con la petición de que no nos deje caer en cada tentación.
Lo grande y lo pequeño, lo definitivo y la fugaz, lo serio y lo “sin importancia” van de la mano en la oración de los hijos.
Le pedimos al Señor y a María que nos enseñen a rezar de tal manera que nuestra oración le “llame la atención a Dios”, que haga que el Espíritu se de vuelta en su vuelo y obediente a la Voluntad del Padre atienda los deseos de sus hijos y nos llene con su Llenura.
Diego Fares sj

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La paz es cosa de la Trinidad o “¿qué pasa que no se aclaran las cosas?”

Le pregunta Judas (no el Iscariote): Señor ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?
Respondió Jesús y le dijo:
«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará;
y a él vendremos y en él haremos morada.
En cambio el que no me ama no es fiel a mis palabras.
La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
Yo les he dicho estas cosas mientras permanezco con ustedes;
Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre,
Él a Ustedes les enseñará todas las cosas
y les recordará a ustedes todas las cosas que les dije a ustedes.
Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo.
¡No se inquiete su corazón ni se acobarde!
Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”.
Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre,
porque el Padre es mayor que yo.
Les he dicho esto antes que suceda,
para que cuando se cumpla, ustedes crean»
Ya no hablaré muchas cosas con ustedes porque viene el príncipe del mundo. A mí no me hace nada, pero es necesario que el mundo conozca que amo al Padre y que hago las cosas tal como el Padre me las mandó. Levantémonos, vámonos de aquí.
(Jn 14, 22-31).

Contemplación
“Señor ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo? “
Manifestarte (enfanizein) es “volverte claro”, visible, comprensible, creíble.
La pregunta es de Judas Tadeo.
Se ve que le impresionó la palabra que usó Jesús: “El que me ama será amado de mi Padre y Yo también lo amaré y me le “manifestaré”.

Para el pueblo fiel, que conserva la memoria de los santos, Judas Tadeo es el patrono de las cosas imposibles, y es muy querido. Para la tradición puede haber sido primo hermano de Jesús (hijo de un hermano de San José, cosa que nos lo vuelve muy cercano en el afecto). El autor de la Epístola de Judas, la última de la Epístolas católicas, se identifica por su estilo con el Apóstol que le hace esta pregunta a Jesús. En su carta se dirige a “los que han sido llamados amados de Dios Padre”. Toma la respuesta tan linda de Jesús que dice que “si alguno me ama, mi Padre lo amará”.
Bueno, esto para ponerle rostro a uno de los discípulos queridos de Jesús, rostro que el tiempo ha borrado pero cuyos rasgos se pueden dibujar de nuevo en la fe común. A Judas le quedó esta semilla del evangelio, la de ser uno de los que amaban a Jesús y fueron amados por el Padre. Nada menos!

Jesús, si le preguntan, responde. Y esta última pregunta de uno de sus discípulos encierra el tema “global” de “cómo se comunican las cosas de Dios”. Martini comenta estas preguntas de los discípulos diciendo que son preguntas que surgen de “malentendidos”. Malentendidos que se suscitan en el corazón de los discípulos y que Jesús aclara con amor hasta donde puede y, tomando pie precisamente en la dificultad de hacerse comprender a fondo, revela que será el Espíritu Santo el que aclarará todas las cosas.
En toda relación interpersonal y comunitaria es muy importante “aclarar los malos entendidos”. Es el trabajo del diálogo generoso y natural entre las personas que conviven y trabajan juntas. Ahora, de última, como nos enseña Jesús, los malos entendidos no los aclara ni Él viviendo entre nosotros. Hace falta la Trinidad íntegra habitando en el corazón de las personas que conviven para que se de esa Paz del Espíritu en la que todo se vuelve claro y no quedan malentendidos.

Al primo de Jesús le preocupaba esto de que “… y qué pasa con el resto del mundo”.
Para mucha gente es motivo de tentación sentir “cómo es que algo tan esencial nos llega recién ahora”. Es el famoso “cómo yo no me enteré antes! O también: “si esto es tan verdadero, cómo es que no les llegó a todos”.
Jesús toma pie en el buen deseo que suscita la pregunta en el corazón de Judas Tadeo y le responde algo hermoso. Lo desarrollaré en orden inverso para que ayude a releer las palabras tal como las dijo Jesús, que son de las más amorosas de todo el Evangelio.

Por qué no se aclaran las cosas, es pues, la pregunta.
¿Qué es lo último que Jesús le responde?
Jesús dice que “ya no hablará muchas más cosas”. Llega la hora en la que se acaban las palabras y tiene que pasar a la acción. El testimonio de su amor al Padre lo tendrá que dar padeciendo la Cruz.
Es que las cosas no se aclaran sólo con palabras. Hace falta dar testimonio con la propia vida. Si Jesús que es el Logos, La Palabra, dice que ya no puede aclarar más, no podemos pretender nosotros un acuerdo y un consenso que brote de nuestras razones y argumentos. Lo que aclara todo malentendido es demostrar con nuestra vida que amamos al Padre y que hacemos las cosas tal como Él las dice, que buscamos “hacer su voluntad y no la nuestra”.

¿Por qué es tan difícil aclarar las cosas?
Lo penúltimo que Jesús dice es que “Viene el príncipe de este mundo…”. Las cosas son tan difíciles de aclarar porque este mundo está bajo el poder del padre de la mentira, del divisor –diablo-, del acusador. Diariamente vemos cómo nada se aclara y todo se confunde. En vez de escandalizarnos debemos recordar que Jesús ya nos lo dijo. Y creer en Él, y en su camino para “aclarar las cosas”. Ni el mismo Jesús puede hacer frente a los “argumentos mentirosos” con “argumentos verdaderos”. Dios mismo para convencer, necesita “dar testimonio”. Con su Palabra no alcanza. Menuda lección ¿no?

¿Y entonces?
Jesús concluye con que “nos tenemos que alegrar de que El se vaya al Padre, porque: “el Padre es mayor que Yo”.
Para aclarar las cosas tampoco basta el testimonio de dar la vida. La vida de Jesús podría haber quedado en un escándalo y ser causa de una desilusión y de una tristeza como la de los discípulos de Emaús, cuando intentan explicar “las cosas que han pasado entre nosotros”.
Para aclarar las cosas hace falta el testimonio del Padre. Jesús va a su Padre para que Él lo glorifique. Para que el Padre certifique que Jesús hizo todo bien, según su voluntad. Eso es “glorificar”: volver manifiesto y claro –no “así nomás” sino de manera luminosa y esplendente- toda la vida de Jesús.
Por tanto, para aclarar las cosas hay que ir a buscar a otro: en el caso de Jesús, a su Padre amado. Y nos tenemos que alegrar de esta “necesidad” tan humana de un hijo de tener que ir a buscar a su papá.
La imagen de un hijo con su padre da paz. Pensarlo a Jesús en el Corazón del Padre nos pacifica. De allí fue enviado a nosotros, así lo conocimos. Y vuelve a su lugar de origen. Como le manda anunciar a María Magdalena: “Ve y diles: ‘vuelvo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’” (Jn 20, 17).

Aquí es donde, para aclarar las cosas, Jesús revela los frutos de su unión con el Padre. Es en ese momento cuando les promete el Espíritu y –ahí mismo- les da la Paz.
Para aclarar las cosas, para que Jesús se nos vuelva manifiesto, primero tiene que darnos su Paz. Una paz que Él mismo tiene al estar unido con el Padre. No es una paz cualquiera. En el Huerto Jesús no tenía paz. Estaba ansioso y angustiado hasta la muerte. Se puso en paz cuando se decidió a entregarse a lo que el Padre quería.
En la cruz Jesús no estaba en paz, tenía sed, preguntaba, sentía el abandono… Hasta que se puso en las manos del Padre. Por eso, esta paz que Jesús les da y les deja a sus amigos es una paz que brota de su corazón de hijo, unido al Padre, y por la que tendrá que luchar al día siguiente en la pasión. Es una paz padecida, la que nos regala Jesús. Y por eso es tan linda y tan verdadera. Porque podemos “pasar en paz todos los pasos angustiosos que él pasó por nosotros”, podemos pasar las angustias con El, en paz, poniendo cada inquietud nuestra en una de Jesús, para dejar que Él nos la pacifique.
El mundo no puede “ver claramente” a Jesús porque no tiene su paz. Porque el príncipe de la mentira lo desasosiega constantemente con nuevas guerras y armisticios provisorios.
El opuesto al príncipe de este mundo –al mal espíritu, como dice san Ignacio- es el buen espíritu, el Espíritu Paráclito. Él a Ustedes, dice Jesús. Qué frase tan breve y tan hermosa: “Él a Ustedes”. El Espíritu que mi Padre les envía en mi Nombre. En el Nombre bendito de Jesús –que es nuestro nombre, nombre de hermano nuestro, del primo de Judas Tadeo, sobrino de San José y de María-. En Nombre de ese Jesús que las pasó todas para darnos su paz, para que no se inquiete ni se acobarde por nada nuestro corazón, el Padre nos envía su Espíritu, el Espíritu de ambos espirado.
Y la Paz es, desde ahora, don de la Trinidad.
Que Jesús se nos vuelva claro, es cosa de la Trinidad.

Y lo más lindo de todo, lo primero que le responde a Judas Tadeo (que era lo que venía diciendo cuando Judas lo interrumpió), es que la Trinidad se viene a vivir a casa. Jesús se va al Padre pero para venir con el Padre al corazón de los que lo amamos. Desde allí, desde lo hondo de nuestro corazón donde habitan y moran, el Padre y Jesús nos comunican su Espíritu aclarador: Él nos enseña a nosotros todas las cosas que dijo Jesús y nos las recuerda en el momento oportuno, a medida que las necesitamos para aclarar los “malentendidos”.

En el Hogar de San José venimos haciendo unas reuniones “trinitarias” con grandes frutos desde hace unas semanas. Nos juntamos de a tres, un colaborador, la coordinadora y el director, y conversamos de nuestro trabajo en común. Nos juntamos en Nombre de Jesús y ponemos en medio a nuestros hermanos a quienes queremos servir. Y es notable cómo –así, de a tres- se aclaran los malentendidos! Se ve que del buen espíritu de estas reuniones me nació esta reflexión sobre la paz. Paz trinitaria, paz padecida por Jesús, paz confiada que nos dejó para que la cuidemos.
Le pedimos a la Virgencita de Lujan que guarda en su corazón la paz de la Trinidad para su pueblo argentino que cada uno de los peregrinos que hoy la visiten se lleve esa paz que tanto necesita nuestra sociedad desasosegada. La Paz que sólo Jesús puede dar.

Diego Fares sj

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