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Posts Tagged ‘María Magdalena’

Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan,

y los condujo a ellos solos a un monte elevado.

Allí se transfiguró en presencia de ellos.

Sus vestiduras se volvieron esplendentes, blanquísimas,

como ningún batanero en el mundo sería capaz de blanquearlas.

Y aparecieron a su vista Elías y Moisés,

y estaban conversando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús:

– «Maestro, ¡es lindísimo para nosotros estar aquí!

Hagamos tres carpas, para ti una, para Moisés una y para Elías una.»

Pedro no sabía qué responder (al acontecimiento),

porque estaban fuera de sí por el terror.

Y se formó una nube ensombreciéndolos,

y vino una voz de la nube:

– «Este es mi Hijo dilecto, escúchenlo a Él.»

Súbitamente, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie,

sino a Jesús solo con ellos.

Mientras bajaban del monte,

Jesús les previno de no contar lo que habían visto,

hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Ellos guardaron la cosa para sí,

y se preguntaban qué significaría

«resucitar de entre los muertos» (Mc 9, 2-10).

Contemplación

Cómo no decirlo de nuevo: los cristianos creemos en la resurrección de los muertos.

El solo hecho de formularlo así – de decir “resurrección”- hace sentir cuánto se ha opacado esta palabra. Necesitamos que se nos transfigure. Y nada mejor que el evangelio de hoy para hacerle recobrar a esta palabra que es el centro ardiente de nuestra fe toda su fuerza original de modo tal que nuestro corazón se adhiera a ella con la alegría de los primeros creyentes.

Las palabras, como las casas, sufren el paso del tiempo. Se las revoca, se las pinta de otro color, se les construye encima…, pedazos de ellas van a parar a otras.

Palabras potentes que salieron del lenguaje común para nombrar un acontecimiento nuevo y se convirtieron en “palabras mágicas”, se desgastan con el tiempo. Se las usa para cualquier cosa y se depotencian.

Caridad, por ejemplo. La caridad expresaba un tipo de amor alegre y gratuito, un amor que el Espíritu derramaba a cada persona que creía en Jesús y que hacía que todas las relaciones comunitarias brillaran con luz propia, al punto de hacer decir a la gente, viendo a los cristianos: “Cómo se aman!”…, la caridad, sufrió una especie de “privatización”. Quedó asociada a “instituciones de caridad”. La fuerza de irradiación que nació del corazón de los santos que pusieron en práctica este amor caritativo y lo convirtieron en institución quedó reducido a dar una limosna o atender a gente que “necesita caridad”. La gente poderosa y autosuficiente, que la publicidad nos incita a que seamos, es gente que “no necesita caridad”.

Con la palabra Resurrección pasó otra cosa. Los términos para nombrar lo que aconteció a Jesús el domingo después de su muerte en la Cruz, eran términos que se usaban para algo tan cotidiano como “ponerse de pie”. “Egeirei” -erguirse- y “anastasis” -levantarse-, eran palabras que se usaban para expresar que uno se despierta del sueño y se levanta otra vez por la mañana. Hoy la palabra “resurrección”, perdió aquel sentido cotidiano de “levantarse” y suscita imágenes médicas -resucitación artificial- y de series de ciencia ficción  -“Resurrection”.

Estos cambios y usos para otras cosas que sufren las palabras influyen en nuestra mentalidad y si no tenemos un pensamiento crítico, al usar la palabra resurreción podemos terminar pensando algo que no tiene nada que ver con lo que dice Jesús e incluso algo totalmente contrario!

Por tanto, es mejor -como siempre- partir de lo que dice el evangelio respecto a lo que pasaba en la cabeza de los tres amigos y discípulos del Señor a Quien acababan de ver “transfigurado”:

“Se preguntaban qué significaría ‘levantarse de entre los muertos'” (Mc 9, 10).

Evangélicamente podemos preguntarnos como los discípulos qué significa “resucitar” y pedirle al Señor que nos lo vaya aclarando. Cosa que, como veremos, requiere todo el evangelio y toda la historia de la humanidad, así que no hay apuro.

Jesús, aquel día, les había dicho algo totalmente nuevo. No es que la palabra les resultara totalmente ajena. De hecho en la Escritura se habla de que Dios puede volver a dar vida a los muertos. El profeta Oseas dice: “Volvamos al Señor! Después de dos días nos hará revivir; al tercer día nos levantará y viviremos en su presencia” (Os 6, 1). La palabra que utiliza Oseas es “qum“, levantarse y es la misma que Jesús utilizó para “resucitar” a la hija de Jairo y que quedó en nuestro vocabulario: Talitá qum!, niña levántate!. Pero la referencia tan directa del Señor a su persona, no la entendieron. Así que también a nosotros puede hacernos bien preguntarnos: que quiere decir “resucitar de entre los muertos”.

Cuando el Señor se les apareció vivo, luego que lo habían visto crucificado y puesto en el sepulcro, comenzaron a experimentar todo lo que implicaba esto de “haberse levantado de la muerte”. No se trataba sólo del hecho de haber estado muerto y volver a la vida, sino que la vida entera de Jesús les resultaba ahora “igual y distinta” a la vez. Este es el punto: al hablar de resurrección hablamos de una vida “igual y distinta”.

Trabajo crítico de transfiguración

Y para pensar esto tenemos que hacer un doble trabajo crítico ( de transfiguración): primero, sacarnos de la cabeza las imágenes “modernas” de aparatos médicos y series televisivas; segundo, tenemos que desopacar las palabras usadas en la liturgia para que readquieran su esplendor original.

Cuando uno lee los testimonios de la resurrección -de los ángeles, de las discípulas, de María Magdalena, de Pedro y Juan, de los discípulos…- resalta otra frase que va unida a la expresión: “se levantó de la muerte” (como quien se levanta de una enfermedad o del sueño). Esa palabra es “He visto”, “hemos visto al Señor”.

El primer anuncio de María Magdalena es el más hermoso (y hay pocos íconos de este momento tan trascendental en la vida de la Iglesia):

“He visto al Señor y me ha dicho estas cosas” (Jn 20, 18).

Este evangelio de María Magdalena a los Apóstoles contiene todo. Porque María no “ha visto” simplemente a Jesús como estaba en ese momento, sino que lo “ha visto” en Persona con su vida entera. Una breve anécdota puede ayudar: Ayer una hermana de las Pobres Bonaerenses me llamó para decirme que se abría la causa de canonización de la Hna Bernadita, muy querida por muchos de nosotros en nuestra época de formación. Me pedía un testimonio de su vida. Yo me alegré mucho y se me ocurrió decirle que, en realidad, tenía pocos “hechos” para contar, pero que mi recuerdo de ella era de su persona: de su maternidad espiritual, de su ternura y de su viveza, porque ponía cara de abuelita inocente pero no se le pasaba una… Le decía que hay gente que se transparenta toda en cada pequeño gesto y uno, en lo que hace, “ve” su persona.

En “verlo y escucharlo a Él” está todo

Algo de esto es lo que sucede en la transfiguración y está también contenido en ese “he visto al Señor” de la Magdalena. En “verlo y escucharlo a Él” está todo. Los demás testimonios irán por este mismo cauce: Hemos visto al Señor… Los discípulos se alegraron al ver al Señor. El Señor ha resucitado y se ha “vuelto visible” (ofte; se le apareció) a Pedro. Los de Emaús contaron cómo se les habían caído las escamas de los ojos y habían “reconocido al Señor al partir el pan”.

La experiencia es que al mismo Jesús que conocían, al que habían visto muerto, ahora lo veían vivo y sus palabras cobraban otro sentido. Y cada uno recogía cuidadosamente las palabras que el Señor le decía y se las comunicaba a la comunidad con gran alegría. Así nacieron los evangelios!

Es decir: la experiencia de la resurrección no es solo la de un “hecho físico” que le acontece a la carne del Señor, sino la experiencia de entrar otra vez en contacto con su Persona que, por una parte, se les presenta como siempre -saluda, come con ellos, se deja tocar- y, por otra parte, se presenta con características totalmente nuevas -se hace visible en medio de ellos estando las puertas cerradas, los acompaña por el camino sin darse a conocer y luego se deja ver (se transfigura)…

Y aquí nos encontramos nuevamente con la “transfiguración”, que fue una experiencia única en la vida de la comunidad, testimoniada por Pedro, Santiago y Juan. En ella “vieron” a Jesús en todo ese esplendor y gloria que estaban velados en su interior y que relucían en sus milagros, en algún destello de su mirada, en la fuerza irresistible de su predicación.

Jesús vivía desde antes de la Resurrección con una Vida totalmente distinta en medio de la vida normal. Podemos decir que la Resurrección solo “liberó” o desató lo que había estado contenido y escondido y que se dejaba ver por momentos.

Jesús siempre fue un “Jesús resucitado”, en el sentido de “levantado de toda postración y despierto de todo sueño”. El Señor vivió siempre “de pie”, erguido, vivió “de lo alto”, del Espíritu, lleno de poder para hacer el bien, para sanar, para enseñar a amar y a adorar.

Luego de la resurrección los discípulos recuperan esta vida que habían compartido sin tener total conciencia: recuperan en la fe toda la vida del Señor como vivida por Alguien que es Dios con nosotros, que fue especialmente Dios con ellos.

Estas cosas son las que tenemos que recuperar también, en la oración contemplativa que es, literalmente, “ver al Señor”.

La contemplación es fruto del Señor que “se aparece” “que se deja ver” y -consolándonos- nos dice “estas palabras” para que las anunciemos y vivamos. La contemplación es experiencia del Señor resucitado y transfigurado, ni más ni menos, sino exactamente igual que la que tuvieron las discípulas y los discípulos. Porque el Señor no resucita sino para que “lo veamos en Galilea” y para “decirnos todas sus cosas” y “abrirnos la Escritura” y “recordarnos todo lo que nos había dicho”.

El evangelio no es otra cosa que “las palabras que el Señor les dijo que dijeran” a Magdalena, a los de Emaús, a los doce. Son Palabras cargadas con la fuerza del Resucitado que los envía a decírnoslas!

Contemplar es resucitar

Leer, saborear y pedir la gracia de entender estas palabras -el Evangelio- es igual no solo a “ver a Jesús resucitado”, a que se nos “aparezca” por el camino, sino que es igual a “resucitar“. Más allá de la resurrección final, que no es más misteriosa que nuestro nacimiento y la creación del Universo, podemos vivir una  “resurrección actual”, participando de la resurrección del Señor, mediante el contacto eclesial con los testigos a los que el Señor se les va apareciendo a lo largo de la historia, a los que les va haciendo experimentar la fuerza carismática de alguna de sus palabras que ellos, como testigos, convierten en obras de misericordia y de comunión fraterna.

Este participar de la resurrección de Cristo no es algo añadido, algo que sería pleno en Él y que a nosotros se nos regalaría con cuentagotas o vaya a saber uno cómo y cuando. La resurrección en cuanto “dejarse ver y tocar y poder hablar y hacer recordar todo lo que dijo e hizo por nosotros” es algo del Señor que es “enteramente para nosotros”.

Lo que quiero decir es que Cristo siempre vivió con una vida que era la misma nuestra y más, infinitamente más, en tanto que vida del mismo Dios. Y esa vida suya, toda para nosotros, que fue comunicando a todos los que encontraba, como nos narran los evangelios -Cristo pasó haciendo el bien (se acostaba “cansado de haber hecho todo el bien posible” como dice el Papa Francisco que debemos vivir y él mismo da buen ejemplo)-, es ahora una vida que, gracias a la resurrección, está toda a disposición de quien la quiera vivir y compartir.

Eso son los sacramentos: estar bautizados -sumergidos- enteramente en la vida de Jesús (podríamos decir “en su evangelio”, como si pudiéramos vivir dentro del evangelio y reeditar, en cada situación, alguna escena y meterla en nuestra vida como quien siembra una semilla buena que da ciento por uno en flores y frutos).

En la Eucaristía, entramos en comunión con la carne de Cristo resucitada, podemos estar con él compartiendo como los suyos en la última cena, podemos estar en el Calvario -como dice Francisco- comulgando en Jesús que muere en la Cruz con todos los que sufren y mueren en el mundo.

Y así en cada sacramento: vida plena que es toda para nosotros.

Bueno. La contemplación salió de un solo tirón, sin pensarla, partiendo de la dificultad para incorporar esa palabra “resurrección” y para mí es toda una experiencia de cómo una palabra puede volver a ponerse en pie y regalarnos tanto.

Diego Fares sj

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Contemplamos a las Discípulas.
María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé.
Son Tres Amigas en el Señor, que andan juntas de madrugada repasando de nuevo el viacrucis que anteayer recorrieron con su Maestro.
Son Las que llevan perfumes en sus manos.
Han ido primero a comprar los perfumes.
Se ve que ya entonces las casas de artículos funerarios abrían a toda hora…
Los muertos no esperan.
Quizás ya es tarde para embalsamar, pero ellas van igual.
Son Las que no tienen miedo al olor de la muerte, ni al sepulcro, ni a los soldados…
Ellas son de “Las que buscan a Jesús”, como las bautizará ese Angel que se les parece, el que tampoco le teme a los sepulcros.
Solo les preocupa la piedra.
Pero no demasiado, se nota, ya que lo conversan de camino, una vez que pusieron en marcha ese mecanismo implacable de ritos ancestrales para ungir pronto a los muertos. Ellas van con perfumes. Y el perfume traspasa las piedras.
Son Las que vencen las piedras con perfumes.
Son de “Las que ven visiones de ángeles”, como dirán despreciativamente sus pares al revés -los que huyen-, los Discípulos de Emaús.
Ellas van a buscar a Jesús. A los de Emaús, Jesús los tiene que salir a buscar.
Son las que tienen miedo de anunciar algo tan grande, pero de última lo cuentan.
Son las primeras a las que el Señor les sale al encuentro. Y les deja un mensaje para nosotros.

Les comparto que esta contemplación nació poniendo el título. Había puesto “insignificancia y resurrección” y estaba escribiendo acerca de la importancia que la liturgia da a esta primera aparición de Jesús a las santas mujeres… Insignificancia me sonaba un tanto despectivo. Lo que yo quería era reflexionar acerca de cómo el Señor se le aparecía a las más pequeñas, a las que no contaban mucho, ni en la sociedad ni en su misma comunidad. Ellas fueron las primeras, a eso no hay con qué darle. Y la liturgia de la Vigilia pascual mantiene estos evangelios en los que ellas son las interlocutoras privilegiadas de la Resurrección, por no decir las protagonistas.

Escribía: “la aparición del Señor resucitado a las mujeres es un acontecimiento importante. Ellas fueron las primeras Discípulas a las que el Señor les salió al encuentro y la Iglesia mantiene esta prioridad en la liturgia. En la Vigilia Pascual de los tres ciclos se nos narran los encuentros del Señor resucitado con las Discípulas. Los textos para la misa de la noche se toman de los sinópticos -este año se lee a Marcos- y el Domingo siempre se lee a Juan: el hermosísimo encuentro del Señor Resucitado con María Magdalena”.

Al escribir “Discípulas” en vez de “mujeres”, cambié el título y seguí la contemplación por este lado.

Confieso que durante mucho tiempo estas apariciones a las mujeres me dejaban gusto a poco. Como que eran apariciones a medias, en las que había más ángeles que Jesús, apariciones que en vez de consolarlas las espantaban con envíos y anuncios que los otros no terminaban de creerles. Esto está patente de manera especial en Marcos, ya que termina su evangelio en el versículo 8 que acabamos de leer (luego viene el final canónico), sin que Jesús se les aparezca y con ellas llenas de temor de ir a anunciar lo que el Angel les dijo.
El espíritu de menosprecio de los Discípulos de Emaús se cuela a través de los tiempos… ¿Recuerdan la frase?: “… es verdad que algunas mujeres de las que están con nosotros nos sobresaltaron (…), volvieron diciendo que hasta visión de ángeles habían tenido” (Lc 24, 23). Ese “hasta” lo dice todo. Es como decir que ya era el colmo. Y claro que cuesta creerlo…
Pero la resurrección es así, es un renacimiento espiritual y va ligado a ángeles, a mujeres y a perfumes… Realidades insignificantes para muchos.
No así para el Señor.

Puse Discípulas y no mujeres. Me parece más justo porque lo que está en juego es más hondo que las cuestiones culturales de machismos y feminismos. Es la fe lo decisivo: son “mujeres de fe”, que siguen los impulsos de su corazón, que cree porque ama con ternura y valentía. Esa fe les saca lo mejor de sí como mujeres, así como saca lo mejor de los varones como varones. Y lo mejor de sí como mujeres de fe es esa capacidad de creer y de confiar en que la vida es más fuerte que la muerte. La mujer cree en la vida más allá de la muerte, no se resigna nunca a la muerte ya que la vida se a gestado en ella. Y la resurrección es algo tan primario que tiene que ser recibido también primariamente, desde esa intuición que únicamente una mujer de fe puede tener de una vida resucitada.

Llamarlas Discípulas me llevó a buscar en el evangelio. Me parecía que no estaba explícito, que más bien se las llamaba “las mujeres”. Sin embargo no es para nada así. Marcos menciona a las tres amigas –María Magdalena, María, la madre de Santiago y de José, y Salomé- y dice que ellas “cuando Jesús estaba en Galilea lo servían y lo seguían” (Mc 15, 41). Son verbos muy significativos: diakonein significa servir y akolutein seguir. Son pues Servidoras y Discípulas. Son las primeras en adoptar lo que luego serán las dos cualidades en torno a las cuales se estructurarán todas las formas de vida religiosa.

¿No es lindo contemplarlas como las primeras fundadoras de la vida religiosa?
Es verdad que el tiempo de los llamados, la hora décima, comienza cuando Juan y Andrés le contestan a Jesús esa pregunta: ¿qué buscan? Ellos responden bien, queriendo saber “donde vive” y “quedándose con él”. Pero luego entran en un camino salpicado de discusiones acerca de “quién es el mayor” y de “sentarse a la izquierda y a la derecha”, en las que se ve envuelto hasta el mismo Juan, el otro “fundador” diríamos, de la vida religiosa.

Lo de las Discípulas, en cambio, parece más definitivo de entrada. El ángel no les pregunta sino que afirma “ustedes buscan a Jesús”.
Y ellas han permanecido en la Cruz y más allá de la Cruz, junto al sepulcro.
Como que la radicalidad de la vida religiosa se da en ellas entera: amistad de a tres, valentía, servicio, seguimiento, permanencia fiel, búsqueda sólo de Jesús… y perfumes…, especialmente perfumes.

Hablo de la vida religiosa como vida. Vida de la que participamos todos los que amamos y seguimos y servimos a Jesús en la medida exacta en que lo hacemos.
Si ayuda la comparación: el ministerio es algo objetivo. Un sacerdote consagra o absuelve aunque esté en pecado.
La vida religiosa, en cambio, se vive en la medida en que se vive.
Es Discípulo o Discípula la persona que desea aprender del evangelio y gasta tiempo contemplando y rezando.
Es Servidora o Servidor la persona que sirve y se da a sí misma en su servicio.
Vive en comunidad la persona que siente y actúa comunitariamente, la que busca obedecer y elige los últimos lugares sin que se lo manden ni controlen…
Tiene amigos y amigas en el Señor el que cultiva la amistad.
Es fiel el que permanece fiel, más allá de que otros sean o no fieles.
Perfuma el que perfuma, alaba el que alaba, reza el que reza.
Y busca sólo a Jesús el que busca sólo a Jesús: en y más allá de desolaciones y consolaciones.

Así como las primicias de la Encarnación nos llegaron por una Mujer –María- así también las primicias de la Resurrección nos llegaron por las tres Discípulas.
El Resucitado confirma con la consolación que da su Resurrección el tipo de vida consagrada que adoptan primero las Discípulas.
Vida de estar al pie de la Cruz
Vida de madrugones con perfumes y alabanzas
Vida de andar de a tres
Vida que en su fragilidad se le anima a los soldados y a las piedras
Vida de permanecer a la espera del esposo, en oración y vela
Vida de anuncio que vivifica la comunidad desde adentro
Vida de seguimiento hasta más allá de la muerte
Vida de servicio alegre y que perfuma.

Por eso contemplamos a las Discípulas como modelo de esta vida que se vive antes de los títulos. Son ellas también de las Discípulas ocultas. Ocultas de una manera muy especial ya que no se mantienen ocultas por tener miedo, como Nicodemo, sino porque “la sociedad no las ve”, el paradigma cultural bajo cuya luz juzgamos y pensamos no las distingue; al no valorarlas las invisibiliza. Aunque sean mayoría y anden por la calle: no se las ve. Ellas pasan, públicamente ocultas, lo cual es una característica propia del Resucitado, cuyo misterio está ocultamente manifiesto.

Es evidente que la Resurrección trastoca los roles culturales: no solo de afuera las ignoran, ellas mismas tienen miedo de esta nueva misión de ir a anunciar porque saben que para muchos discípulos, como para los de Emaús, no resultarán creíbles sus experiencias de ángeles.
Sin embargo se jugarán. Y en el nivel más íntimo de la vida y de la conducción de la Iglesia, se formará un trío de Fe entre Magdalena, Pedro y Juan, que comenzarán a actuar de manera nueva: en conjunto en la fe.
Los que más aman, Magdalena y Juan irán primeros, pero le darán la preeminencia a Pedro, el cual, sin embargo, les hará caso y seguirá sus intuiciones, aunque luego le toque dictaminar.
Así, la Iglesia es un misterio que contemplamos considerándola como fundada y vivificada en dos principios: el principio de María y el principio de Pedro.
En María, el Espíritu da vida engendrando en la fe, cuidando con un amor de ternura envolvente que atrae a todos y a todos cobija bajo su manto.
En María –con todos sus hijos bajo su manto- la Iglesia es santa, inmaculada, infalible en su modo de creer.
En María la Iglesia está unida por el servicio (diakonía) que ama “menguando”, disminuyendo, sin hacerse notar.
En Pedro, el Espíritu da vida a la Iglesia edificando y manteniendo la casa, la estructura que cobija la vida de familia.
En Pedro la Iglesia conserva el depósito de la fe y juzga y dictamina lo que pastoralmente acerca a Cristo y lo que aleja de él.
En Pedro la Iglesia se mantiene unida también por el servicio que ama “jerarquizando” lo más humilde.

Como se ve, no se oponen para nada estos dos principios sino que son expresiones –femenina y masculina- de un mismo amor.
Sin embargo, a veces quedan separados. Lo mariano queda por un lado, como cosa del pueblo sencillo, como ternura y servicialidad no jerarquizada. Y lo petrino queda por otro lado, como cosa clerical, como jerarquía que se convierte en puro vestido y ceremonia, como poder vaciado de ternura y servicialidad.

Aquí es donde entra otro principio, diría yo, que unifica los anteriores interiormente: el que encarnan Magdalena y Juan. Ellos son los que “están al pie de la Cruz y reciben a María y son los que le anuncian a Pedro las apariciones del Señor y lo acompañan y esperan a que él dictamine.
Son el comienzo de la vida religiosa, femenina y masculina, que, en pie de igualdad vive los principios Mariano y Petrino, sin que nadie se los imponga y sin imponérselos a nadie.
…………………………

Anda por internet un “Testamento de Jesús” en el que deja sus cosas a los que las deseen, y entre muchas cosas lindas, hay algunas que vienen bien en esta contemplación de las Discípulas. Pensaba cuáles serían las que ellas seguramente agarraron, las que eligieron como herencia. Y pensaba que serían de esas cosas más pequeñas y simples que dejó Jesús, las que hacen a la vida cotidiana.

Dice el Señor:
Les dejo…
Mis sandalias.
Mis sandalias son de las personas que deseen tener pies de Discípulas.

Les dejo…
La palangana y la toalla con que les lavé los pies.
Son de las personas que deseen tener manos de Servidoras.

Les dejo…
El plato donde he partido el pan.
Es de las personas que deseen vivir en comunidad fraterna.

Les dejo…
El cáliz donde convertí el vino en mi sangre, antes de derramarla.
Mi cáliz es de los que deseen beber conmigo las amarguras de la desolación –la hiel y el vinagre de la cruz- y los gozos de la consolación –el vino alegre de Caná y de la Eucaristía-.

Les dejo …
Mi túnica… tejida con cariño por mi Madre, pero común e igual a la de los demás.
Es de todo aquella persona que quiera vestir hábito, el hábito que la iguala a sus compañeros y compañeras de vida religiosa.

Les dejo, por fin, mi Cruz.
Es una Cruz ya usada. La sentirán más cómoda que las propias, se los aseguro.
Porque es la Cruz que no pesa sino que sostiene al que se anima a abrazarla.
Va con los clavos y la lanza.
Ojo, que no son para que se los claven ustedes.
Quedaron a medida para mis llagas.
Son para los que quieran recordar en toda herida, las mías ya resucitadas.

Y así…, podemos ir contemplando a las Discípulas en esta noche santa y en la madrugada del Domingo de Pascua, dejando que el Señor nos mande su Angel –el ángel de la resurrección-, el que se alía con las discípulas y nos envía mensajes para no tener miedo, para buscar a Jesús, mensajes para volver a la Galilea del primer amor.

(Domingo de Pascua 2006) Diego Fares s.j.

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