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Posts Tagged ‘Manos’

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el Viñador.

Todo sarmiento que en mí no porta fruto, lo corta,

y a todo el que da fruto, lo limpia, para que porte frutos más copiosos.

Ustedes están ya limpios gracias a la Palabra que les he anunciado.

Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.

Lo mismo que el sarmiento no puede cargar fruto por sí mismo,

si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése porta mucho fruto;

porque separados de mí no pueden hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;

luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

Contemplación

         La imagen de Jesús como “la vid verdadera” es una imagen que me suena tan familiar como la de “el buen pastor”, aunque está menos desarrollada. Al poner atención hoy en la imagen del agricultor (ge-orgós, “el que trabaja la tierra” – Jorge –), caí en la cuenta de lo poco “trabajada” que tengo esta imagen. Es paradójico, porque se trata precisamente de la imagen del Padre como un trabajador al que el tipo de tierra que cultiva -la viña- le da el nombre: Viñador.

La imagen es grande y humilde a la vez. Yo diría que lo que pasa es que me he quedado con la imagen de “el Padre del cielo”. Y esta otra “del Padre que trabaja la tierra” ha quedado más oculta. En este caso, Jesús se compara a sí mismo con la Vid, pero en otra parábola se comparará con el viñador que intercede ante el dueño de la viña para que no corte una higuera que no está dando fruto (Lc 13, 7). Es decir, podemos ver la unión entre el Padre y el Hijo bajo estas imágenes relacionadas con los que trabajan las plantas, uno que Poda y el otro que Intercede.

Me preguntaba por qué no resuena más profundamente en mis contemplaciones del Evangelio esta imagen de nuestro Padre como “el que trabaja la tierra”. Lo que Juan nos dice es que “el Padre es el que custodia y cultiva la unidad entre Jesús y los hombres “. Eso quiere decir que poda los sarmientos de la vid. Creo que no quiere decir, como se suele entender, que “corta personas” y las mande al fuego del infierno como sarmientos secos y estériles y cosecha para el cielo racimos de santos. Aquí la alegorización se va para el lado de la escatología que es verdadera pero no nos toca a nosotros. Si tenemos en cuenta que el Padre no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos y que Jesús va a buscar la oveja perdida, comparar las ramas secas con personas no me parece que deba acaparar todo el sentido de la parábola. Como pasa también con la del trigo y la cizaña. Es verdad que en la explicación el Señor dice que “la cizaña son los hijos del maligno”. Pero me parece que identificar muy rápido esta tarea final que solo hará Dios y dividir desde ya la historia en buenos y malos no es a lo que apunta el Señor con sus parábolas.

El Padre que trabaja la tierra, este Padre agricultor y viñador, apasionado por su viña, que despedrega el terreno, planta cada cepa, edifica una torre y un lagar, este viñador enamorado de su viña que invita a sus hijos a trabajar en ella y en tiempos de cosecha sale a buscar cosecheros a todas horas y les paga bien, este Paisano que poda las cepas con sus manos, no está preocupado por mandar ramas secas al fuego sino por que crezcan abundantes y bien ordenados todos sus racimos. La Vid es un solo  organismo, y todo lo que fructifica en Ella forma una unidad viviente, un solo cuerpo, en el que lo que se poda es, justamente, las partes que se han secado. Pero son aspectos, partes, no personas. Imagínense! Si estamos hablando de un Padre que se conmueve cuando se muere un pajarito! Como vamos a andar sacudiendo a otros con que el Padre los mandará al infierno. Si Jesús usa estas imágenes es para que cada uno se las aplique a sí mismo y esté atento y no para que haga sociología y vaya eligiendo desde ahora a los que irán para allá abajo.

Este problema de “alegorizar todo” (en este caso los sarmientos secos) ha sido detectado como algo que afecta a las parábolas y les quita su jugo y su vitalidad esencial. Pero así como la tendencia a alegorizar cada palabra puede terminar por desplazar el acento al destino final de las ramas secas, también está la tendencia a quitar todo valor a la alegoría y pensar que el Señor compara demasiado rápido al Padre con el Viñador y a sí mismo con la Vid. Por eso es que a la de la Vid no se le suele llamar parábola sino alegoría cosa que en mi mentalidad de uno que no es biblista suena a algo menor.

Sin embargo, insisto en que la imagen del Padre Agricultor es una imagen potente si uno mira su accionar. El Señor que en otros pasajes nos ha revelado que su Padre trabaja, que siempre está trabajando, no se anda con vueltas a la hora de compararlo con un simple campesino para que la parábola vaya directamente a revelar “cuál es su trabajo específico”.

En qué trabaja el Padre? Solo “creando”, como solemos pensar? Aquí nos hace ver que también trabaja “podando”. Lo decimos de nuevo: el Padre, que es el Terrateniente, el que plantó la viña y el que la alquila (y le va mal con unos que no le quieren pagar los frutos), el que contrata e invita a todos a trabajar en ella, es aquí el Podador. Es el que con su poda, ordena la planta para que de mas fruto y lo dé de modo armónico.

Se trata de una tarea muy precisa y que se hace a mano. Hace unos días me decía un amigo que tiene unas hectáreas de viña en Bríndisi, que las máquinas cosechadoras son hoy en día increíbles. Sin dañarlos logran cosechar todos los racimos de manera rápida y eficaz. Pero la poda, hay que hacerla a mano. Hay que saber elegir dónde están las yemas mejores, las más cercanas al tronco de la cepa, para que reciban la savia con más fuerza; hay que cuidar los sarmientos que se van para arriba o que se mezclan con los de la parra vecina y ordenar cada una de las dos ramas que se dejan para que carguen igual cantidad de racimos. Estas y muchas otras cosas más son las que realiza el viñador.

Es decir, aquí, el Señor nos regala una imagen poco desarrollada de un Padre trabajador, que con sus manos expertas y sus tijeras va podando… aspectos de su mismo Hijo y de los que estamos adheridos a Él. El trabajo es cuidar la unidad de su Hijo con los hombres. Von Balthasar dice que esta unidad es el acontecimiento central del mundo y de la historia. Si estamos adheridos a Cristo, si “permanecemos en Él, por la fe y por nuestras obras de misericordia concretas que nos tienen unidos a los más pobres, colaboramos a la historia de la salvación. Si no, desparramamos, como dice Jesús en otra parte.

El Padre mismo se ocupa de cuidarnos en esta misión, de hacer que la Vida que proviene de su Hijo, brote con fuerza y crezca ordenada en la vid de modo que los otros puedan cosechar los frutos.

Esto es como decir que el Padre mismo se ocupa de que al salir a la misión a la que nos manda Jesús, nuestra relación con Él sea solida, limpia, bien ordenada.

Esto nos da un punto concreto donde focalizar la mirada cuando rezamos el Padre nuestro. Un punto que no es en lo indefinido del Cielo, a donde solemos apuntar cuando rezamos y que hace que nos quedemos en babia como los discípulos cuando se quedaron mirando al Cielo después que la nube tapó al Señor en la Ascensión. Nada de eso, a nuestro Padre agricultor hay que verlo con las manos en la maraña de hojas y ramas entremezcladas de nuestra vida, podando y limpiando, en orden a la misión. Misión que consiste en dar frutos pero no de cualquier manera o como si uno llevara productos a supermercados extranjeros. El Padre cuida que demos frutos unidos a Jesús.

Una imagen panorámica de la tierra lo primero que nos dice es que la viña está “desordenada”. Que hay lugares donde hay exceso de racimos (y una maraña de ramas secas que tuvieron vida en un tiempo y que hoy son esas basílicas-museos que abundan en Europa, por ejemplo) y en otros la vid no se ha extendido lo suficiente.

Cuando el Papa nos habla de una Iglesia en salida, está hablando de una Iglesia que se deja guiar, ordenar y podar por las Manos del Padre, que la orienta a dar fruto en toda la tierra de manera bien distribuida y cosechable. Es la Iglesia misionera en todos sus miembros y no solo en algunos.

Lo que quiero decir es que no se trata de una simple alegoría sino de una parábola dramática. Sólo que no se trata aquí de una imagen tomada de la vida cotidiana para ilustrar las cosas del cielo, sino de una rápida subida al cielo, conectando la imagen del Viñador con el Padre, para bajar ahí nomás a las cosas de la tierra – a la poda – y mostrarnos en qué consisten esas “cosas del Padre” en las que Jesús trabaja codo a codo con Él.

Jesús nos unió consigo para siempre. Unió su destino al nuestro, al pasar por la pasión y la muerte en Cruz; se quedó con la marca de las llagas como signo de que su unión con nosotros es bien carnal, sin alegoría alguna. Nos alimenta con su mismo Cuerpo y Sangre y nos restaura con el sacramento de la reconciliación cada vez que nos apartamos de él. Nos dio su Espíritu que nos hace “alegrarnos y exultar de gozo” en esta unión con Jesús resucitado. Pero el Padre se reserva para trabajar con sus propias manos el que toda esta gracia “se ordene” para bien de todos sus hijos.

En concreto, esto se discierne ahí donde hay que meter tijera, en la poda, en el corazón de los conflictos, donde hay que podar sin asco (no arrancar cizaña de un trigal sino podar una rama seca en una vid) y elegir el mejor lugar para que crezca el racimo y de buen fruto. Ahí, en las decisiones que hacen a la “circulación” de la vida de la Iglesia de modo que alcance a todos, especialmente a los más alejados y necesitados, ahí está el Padre, el Antiburócrata!, el que le corta la carrera a todos los trepadores, que usan sus “zarcillos” para trepar ellos solos y no para adherirse a la Vid de modo que se extienda.

Y el discernimiento es entre un modo de obrar “paternal” y un modo de obrar “no paternal”. Hay un solo modo de ser padre y mil modos de no serlo. Y esto no se puede explicar con palabras. Todo hijo “sabe” (aunque a veces patalee y tarde en darse cuenta) lo que es una  decisión amorosa por parte de su padre. Las actitudes no paternales para podar conflictos las conocemos. Van desde las excusas técnicas de los que hacen recortes en los sueldos y subas de tarifas hasta aquellos para los que despenalización significa desresponsabilización, porque solo conciben la actitud legislativa de un Padre bajo la forma de “si no te castigo, hacé lo que quieras y arreglate”.

La paternidad – que es también maternidad – es el criterio de discernimiento para saber “de qué lado está Dios”. En el Concilio un obispo africano decía que para ellos no era importante “definir” a Dios sino saber “de qué lado está”. Pues bien, en las podas de la historia, el Padre está del lado de lo que une vitalmente a sus hijos con su Hijo. Si poda algo es porque está seco, no poda nada vivo porque le moleste: su Gloria es que el hombre viva. Todos los hombres, todo el hombre, sin mirar su condición, situación o grado de desarrollo.

Si nos conmueve mirar a Jesús apasionado (envuelto por los golpes de la pasión), más puede conmovernos imaginar a nuestro Padre con la rodilla en tierra, metido entre sus cepas, podando sarmientos y eligiendo racimos.

Pedimos al Santo Espíritu que nos haga sentir en nuestras manos, cuando nos arremangamos y las metemos en la masa y nos embarramos, las manos paternales de nuestro Padre, que trabaja en la tierra como en el cielo. Trabaja para que venga su reino y nos poda para que el reino llegue a todos y no lo enterremos en nuestros territorios privados y en nuestros salones de invierno, esta es su voluntad. Trabaja para que tengamos pan y nos poda  no tanto los pecados (esos los perdona) sino nuestras “tendencias”, especialmente las que impiden que el fruto llegue a los otros y no tanto los que nos molestan a nuestro perfeccionismo vanidoso. Trabaja para que no caigamos en la tentación, no solo de la carne sino en la tentación del espíritu Maligno, que nos divide entre nosotros y quiere dividirnos (por algo es “diablo”) del Amor de Jesús.

El Señor nos dice que si dejamos que el Padre meta mano así en nuestras fibras más hondas, si nos dejamos “expropiar” para “pertenecerle a Él” podemos pedir lo que queramos que nos los concederá. No es poca cosa esta promesa para un corazón misionero que siente cuánto hay que pedir para los demás!

Diego Fares sj.

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Con las manos del Padre sobre nuestros hombros

Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo:
– «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.»
Ellos le preguntaron:
– «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?».
Jesús respondió:
– «Tengan cuidado, no se dejen seducir, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: “Soy yo”, y también: “El tiempo está cerca.”
No los sigan.
Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se atemoricen;
es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin.»
Después les dijo:
«Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Asienten bien en sus corazones esto: que no tienen que ensayar de antemano el modo de defenderse y justificar las cosas, porque yo les daré una lengua y una sabiduría a la cual no podrán resistir ni contradecir ninguno de sus adversarios. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias, a su perseverancia (hypomoné) salvarán sus vidas» (Lc 21, 5-19).

Contemplación

Ante los tiempos que iban a venir después de Él –los nuestros incluidos-, Jesús no quiere que nos distraigamos ni con la grandiosidad del Templo, ni con las catástrofes apocalípticas, ni con las guerras y persecuciones.
El Señor asume que toda esa conflictividad es real y de alguna manera inevitable pero quiere que centremos nuestra atención en la única misión: “todo esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mi”.
Y nos promete la asistencia del Espíritu que nos dará su “Lengua” (como en Pentecostés) y nos recordará en cada momento sus “Palabras”.
Permanecer en esta misión, dar testimonio del Amor de Jesús, mantener la confianza en su Nombre en medio de las pruebas y persecuciones, es una gracia que proviene del Padre.
Creo que nos puede hacer bien sentir y gustar esta gracia de la paciencia y del aguante tomando conciencia de que es el Padre el que nos está sosteniendo.

Para animarse a sentir al Padre hay que recordar que Jesús vino para que tengamos “libre acceso al Padre” (Ef 2, 18). Con mucha confianza y familiaridad podemos “doblar la rodilla ante el Padre” como el hijo pródigo y dejar que nos ponga las manos sobre los hombros y que nos afiance con esa fuerza prodigiosa que brota de su misericordia infinita capaz de perdonarnos todo, de ponernos de pie y de misionarnos en un solo acto.

Cuando uno siente que tiene paciencia, que es capaz de esperar, de contener, de estar firme, sin perder la calma, cuando uno siente ánimo para comenzar de nuevo cada día, cuando le tomamos el gusto a la perseverancia, sin dejarnos distraer ni a izquierda ni a derecha…, es bueno dar gracias al Padre. Es bueno descubrir, maravillados, que debajo de esta gracia están las manos del Padre. La paciencia infinita del Padre es la que todo lo sostiene y en la que hace pie y se fundamenta toda paciencia nuestra.
Son sus manos sobre nuestros hombros las que nos afirman y fortalecen al mismo tiempo que nos bendicen.
Las manos del Padre en nuestro hombros nos ponen de pie y nos consolidan el corazón en el amor (cfr. 1 Tes 3, 13).
Las manos del Padre en nuestros hombros nos empujan hacia adelante dando “tenacidad a nuestra esperanza” (1 Tes 1, 3).
El Padre es el que nos “fortalece por la acción de su Espíritu en el hombre interior”; nuestro Padre hace que “Cristo habite por la fe en nuestros corazones y que estemos así arraigados y cimentados en el amor” (Ef 3, 15-16).
Sentir las manos del Padre en nuestras espaldas hace que se nos “iluminen los ojos del corazón y conozcamos cual es la esperanza a la que hemos sido llamados” (Ef 1, 18).
La fortaleza para ser pacientes y aguantarlo todo no proviene de otro lado sino de saber en la fe que el Padre nos ha elegido “antes de fundar el mundo” (Ef 1, 5). No hay mayor alegría para un hijo que saber que sus padres lo soñaron antes de que naciera: soñaron con su corazón más allá del rostro, del sexo, del carácter que iba a tener y de lo que iba a ser. Por eso el amor de los papás trasciende las circunstancias de la vida de los hijos, porque está antes, porque es más de fondo: es amor a la persona.
Así nos consuela saber que Dios nos soñó primero a nosotros en su Hijo y luego creo el mundo, las demás cosas.
No somos “producto” de este mundo, por eso no nos afecta su conflictividad y su constante conmoverse y destruirse.

Así, Jesús nos centra en este amor fundante del Padre del que brota toda perseverancia y todo permanecer firmes y alegres en su amor.

El Padre es el que nos sostiene desde abajo, desde el fondo de nuestro ánimo. El Padre es principio y fundamento de nuestra vida, el que está a nuestras espaldas y nos sostiene y alienta. Como dice Guardini: vivimos en la paciencia del Padre. Esa larga paciencia que ha echado la semilla en tierra y espera a que de fruto, que ha puesto amor en la vida de sus hijos y espera que vuelvan al hogar y que se sientan en casa a su lado.

Si bajamos estas verdades a nuestros sentimientos cotidianos podemos discernir que, detrás de toda impaciencia, de todo cansancio y de todo desaliento, de todo lamento, está alguna distracción que nos ha hecho alejar del abrazo del Padre.
Nos largamos solos a disfrutar la vida, como el hijo pródigo y terminamos entre los chanchos. Tenemos que regresar a sentir las manos del Padre sobre nuestros hombros para poder comer el pan de los hijos.
O quizás, como el hijo mayor, hemos cargado sobre nuestros hombros la responsabilidad de la casa pero al no dialogar con nuestro Padre nos hemos ido sintiendo agobiados por el deber y necesitamos refrescarnos en sus ojos que nos dicen: hijo, todo lo mío es tuyo, mientras que con una mano sobre nuestro hombro nos invita a entrar en la casa.
El hijo menor quiere regresar pero el mayor no lo deja. Y son las manos del Padre las que abrazan e invitan a los dos.

Lo que estamos diciendo con esta imagen de las manos del Padre sobre nuestros hombros es que nuestra paciencia y aguante, nuestra firmeza y perseverancia no se fundamentan en nosotros mismos ni en nada mundano sino solo en el Padre.
En su paciencia somos pacientes, fuera de ella nos ponemos ansiosos, nos volvemos inconsistentes, perdemos empuje, nos quedamos sin entusiasmo.
Esta virtud propia del Padre de sostener y de esperar, de alentar y de aguantar, de consolidar y fortalecer, es todo lo contrario del paternalismo. El Padre nos pone “en pie de igualdad” como hace con Jesús su Hijo. Pero también es todo lo contrario del huerfanismo, de ese andar por la vida como huachos, sin identidad, sin pertenencia, sin familia, sin tradición, inventando experiencias que no son fecundas, sino pura distracción y entretenimiento.

Qué efectos maravillosos tienen las manos del Padre sobre tus hombros?
Las manos del Padre te hacen sentir resistente ante las presiones que vienen de afuera, ante la exigencia de tus hermanos, ante las presiones del mundo, de los horarios y compromisos…
Las manos del Padre te impulsan a mantener las posiciones ganadas yendo por más, con ánimo grande, sin achicarte ni angustiarte ante las contradicciones grandes y dejándote contener por el trabajo concreto de cada día.
Las manos del Padre te retienen ante las tentaciones de fuga, de todos los escapismos.
Las manos del Padre te contienen y te templan en Jesús, acallando la ansiedad y dando el gusto de esperar en los procesos de crecimiento y de fecundidad.
Las manos del Padre te hacen tierra buena, te permiten “conservar la Palabra con corazón bueno y recto para que de fruto gracias a esa perseverancia” (Lc 8, 15).
Diego Fares sj

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