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Posts Tagged ‘Mandamiento’

 

            Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos,

se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la ley le preguntó con ánimo de probarlo:

‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?’

Jesús le respondió:

‘Amarás al Señor, tu Dios, con amor de gratuidad

con todo tu corazón (kardía)

con toda tu alma (psiché)

y con toda tu razón (dianoia).

Este es el más grande y el primer mandamiento.

El segundo es semejante al primero:

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

De estos dos mandamientos penden la ley entera y los Profetas’” (Mt 22, 34-40).

 

Contemplación

Al que ama así –con todo-, el Espíritu Santo le da una alegría que nada ni nadie le puede quitar (aunque en algunos períodos haya cosas que la ensombrezcan la mirada y atribulen el corazón). Uniendo amor y alegría no me puedo resistir a poner una paginita de un periodista muy querido que dice así de sus alegrías:

“Otra alegría más: el Papa. Qué méritos ha hecho nuestro siglo para que al frente de nuestra Iglesia haya puesto Dios a este anciano tan transparentemente evangélico, tan infantilmente cristiano, tan jubilosamente constructivo, tan amigo del mundo, tan de corazón abierto, tan serenamente vivo, tan vivamente sereno, tan hermano de todos, tan naturalmente sobrenatural? Un Papa de transición! Qué despistados estuvimos todos hace cuatro años! Qué divertido este Dios que lleva a los cristianos casi humorísticamente hacia lo que precisan en cada momento! El Papa, sí digámoslo: uno de los más sólidos motivos de esperanza en esta hora. Precisamente porque es tan sencillo, precisamente porque no es el “divino inspirado” ni la “clarísima mente” ni el “omnipotente faraón”. Dios es así: comenzó llamando a los pastores en Belén y termina dirigiéndonos a través de un Pastor con mayúscula que es tierno y humano como un pastor con minúscula”.

Mientras tecleo cada una de estas palabras siento mis dedos hermanos de los de José Luis Martín Descalzo que, otro octubre, hace 55 años, tecleaban en su Remington portátil estas mismas letras, contándonos como solo sabe contar él estas “razones de su alegría” ante el Papa Juan XXIII que había dado inicio al Concilio Vaticano II.

El día antes, mientras acompañaba al Papa en el trencito con que salió del Vaticano (por primera vez en cien años, luego de haber “perdido” la Iglesia los estados pontificios) para ir a Loreto y a Asís a rezar por el Concilio, el Papa les había dicho a los periodistas:

“Conservad bien esos blocs de notas. Veréis lo que os gusta revisarlos cuando tengáis ochenta años”.

Martín Descalzo tendría ahora 87 y no es que crea solamente sino que estoy cierto, tanto como lo estaba él de que “Morir sólo es morir. Morir se acaba. Morir es cruzar una puerta a la deriva/ y encontrar lo que tanto se buscaba”, de que releerá conmigo con alegría desde su cielo, donde sigue siendo el periodista de alma que fue en la tierra, estas notas que escribió mirando como yo desde su ventana la cúpula de San Pedro iluminada, el aquella noche y yo esta madrugada.

La cuestión es que buscaba alguna cita sobre el mandamiento del amor del evangelio de hoy -que sí sé por qué lo tengo ligado a Descalzo- y me encontré con que nuestra biblioteca tiene en castellano sus cuatro tomos de: “Un periodista en el Concilio”. Los mismos cuatro tomos que papá tenía en el estante de abajo de la biblioteca del comedor de casa y que alguna vez hojeé de adolescente sin animarme a leerlos todos. Dije que sí sabía por qué tengo unido estos dos mandamientos a la figura de Martín Descalzo. Él tiene esa paginita que se llama “Mis diez mandamientos” que comienza así:

“Amarás a Dios, José Luis. Le amarás sin retóricas, como a tu padre, como a tu amigo. No tengas nunca una fe que no se traduzca en amor. Recuerda siempre que tu Dios no es una entelequia, una abstracción, la conclusión de un silogismo, sino Alguien que te ama y a quien tienes que amar. Sabe que un Dios a quien no se puede amar no merece existir. Le amarás como tú sabes: pobremente. Y te sentirás feliz de tener un solo corazón y de amar con el mismo a Dios, a tus hermanos, a Mozart y a tu gata”.

Y seguía luego, más adelante:

“No olvides que naciste carnívoro y agresivo y que, por tanto, te es más fácil matar que amar. Vive despierto para no hacer daño a nadie. Sabes que se puede matar hasta con negar una sonrisa y que tendrás que dedicarte apasionadamente a ayudar a los demás para estar seguro de no haber matado a nadie”.

 

Descalzo escribió “Mis diez mandamientos” por pedido de una emisora que lo había llamado para entrevistarlo acerca de “su decálogo”. Estaban llamando gente importante para que dijeran cuáles serían los mandamientos que impondrían al mundo para que funcionase bien y a Descalzo le chocó la cosa. Respondió a los de la emisora que para él el decálogo de la Biblia estaba “bastante bien hecho” y que no se sentía con fuerzas para intentar “mejorarlo”. Que bastante trabajo tenía ya con intentar cumplirlo. Pero que ciertamente tenía su visión personal de los mandamientos de siempre y para no desilusionarlos les compartía los que intentaba cumplir él mismo.

A mí me dio más alegría releerlo a él que tratar de rezar por mí mismo (esto de rezar con otro es uno de los mejores modos de oración, especialmente si uno se distrae o encuentra que más que rezar le da vueltas a sus propios pensamientos) así es que esta contemplación salió con sus cosas.

Confieso que me encanta ese “Amarás a Dios José Luis”. No me sale tan natural a mí decirme: “Amarás a Dios Diego”. Y sí en cambio imaginar cómo Descalzo se dice a sí mismo: “Amarás a tu Dios José Luis”.

Aquí cada uno puede detenerse y sentir qué resonancias tiene escuchar de otro este mandamiento y mandárselo a sí mismo.

Yo siento que Descalzo se habla a sí mismo con bondad (no con fastidio ni exigencia). Se habla a sí mismo con el realismo de quien se manda también: “te sentirás feliz de tener un solo corazón y de amar con el mismo a Dios, a tus hermanos, a Mozart y a tu gata”. Y reflexiono que el “todo” del mandamiento – amarás a Dios con todo tu corazón, toda tu alma y toda tu mente- no es un “todo” que signifique reproche, como si uno pudiera “tener partes de corazón que no aman a Dios”. Descalzo agarra por el lado de la aceptación: “te sentirás feliz de tener un solo corazón”, se manda. Y creo que da en la tecla, porque “todo” su corazón significa “el único real”, el que tiene, con el que “ama como sabe: pobremente!”.

Es mejor amar como a uno le sale, que no amar por no estar conforme con la idea que uno tiene del amor, de cómo “debería” amar.

 

Lo del amor al prójimo también me gusta por su realismo. Eso de “dedicarse apasionadamente a ayudar para estar seguro de no haber matado a nadie”.

Es poner la pasión en la actitud totalmente contraria a la actitud de acusarnos mediáticamente unos a otros de matar (y de robar y de mentir y de codiciar los bienes ajenos…). Si uno se fija bien, en la pasión con que nos atacamos y discutimos subyace un “estar seguros de que nosotros no hemos matado a nadie”. Si uno no estuviera tan seguro, no discutiría tan abiertamente.

En el tono de nuestras acusaciones mutuas –con muertos reales en el medio, muertos con balas en la cabeza, con agua en los pulmones y destrozados con bombas- se nota que habla esta “certeza” de que somos puros. Por supuesto que nadie se cree así de puro personalmente. Pero hemos construido una especie de “yo mediático” que se pretende no puro pero sí neutro. Un “nosotros” mediático en el que, el que habla –son muchos y van por turno-, se permite hablar como representando una voz común. Y la característica de esta “voz común” es que tiene no solo el derecho sino el deber de “tirar la primera piedra”.

Usando la imagen evangélica, podemos decir que luego de dos mil años hemos logrado un “ámbito” en el que todos podemos tirar la primera piedra sin peligro de ser acusados de pecado. Es una piedra virtual, por supuesto. Pero los efectos de sus golpes son físicos, morales, causan daño real.

Descalzo habla de todo lo contrario: de estar apasionadamente tratando de ayudar a los demás para poder estar seguros de no haber hecho daño a nadie. Es decir: no hay lugar neutro. Dado que hay gente tirando piedras apasionadamente, si uno no está ayudando apasionadamente, las piedras que lastiman personas lo convierten en cómplice.

Así, “todo el corazón, toda el alma y toda la razón” quiere decir “apasionadamente”. Es una traducción temporal, no espacial. Cuando uno se apasiona, en un momento pone todo, da todo.

Termino con algunas apreciaciones de Descalzo sobre el Concilio que iniciaba con respecto al cual, además de sus alegrías, compartía también sus temores. Un temor era el de “creer demasiado en el Espíritu Santo” y lo expresaba así: “Partir del supuesto de que el Concilio no puede fracasar”. Y agregaba esta frase tremenda y profética: “Dios sólo ha prometido que no permitirá el error, no que no pueda permitir la mediocridad”. Transcribo:

“Dios no ha prometido librarnos del palabrerío, del pietismo barato (de los cara de estampita), de las visiones personales (de las teologías de una sola escuela), del despiste en nuestra visión del mundo, del lenguaje celeste e inútil (abstracto), del “encaje de bolillos” teológico (de las trenzas eclesiásticas al hacer documentos). Dios no ha prometido librarnos de la ineficacia. El Concilio tiene garantizada la infalibilidad doctrinal, no una infalibilidad pastoral y, sobre todo, no una máxima eficacia pastoral. Esto dependerá de la oración de toda la Iglesia”.

Cincuenta y cinco años después, en algunas reacciones contra el simple revivir del Espíritu del Concilio, hace bien releer la descripción de estas tentaciones de las que hablaba Descalzo. Porque se ve que son las mismas de siempre. Para combatirlas, nada mejor que las “Razones para el amor” que nos daba el entonces joven curita-periodista, al que me complazco en dedicar esta página como un modo mío de hacer que se cumpla lo que le dijo Juan XXIII, acerca de que ochenta años después le gustaría revisar sus blocs de notas. Era el comienzo del Concilio, y el Papa soñaba con una Iglesia que prefiriese “usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad”. Quería una iglesia que al alzar la antorcha de la verdad supiera “mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella” (Discurso inicial del Concilio Vaticano II, octubre de 1962).

Diego Fares sj

 

 

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Los diez grados de amor al prójimo

Después que Judas salió, Jesús dijo:
«Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado
y Dios ha sido glorificado en él.
Si Dios ha sido glorificado en él,
también lo glorificará en sí mismo,
y lo hará muy pronto.
Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.
Les doy un mandamiento nuevo:
ámense los unos a los otros.
Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.
En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos:
en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 31-35).

Contemplación
Dice un exegeta que la Pasión, en San Juan no es, como en los demás Evangelistas, pura acción, sino Palabra, Verbo: Jesús habla con sus discípulos largamente, y pone en Palabras de Vida el sentido de la redención. San Juan transforma todo en “Palabra” en “Logos”. Por eso la última cena no narra la institución de la Eucaristía como hecho sino que Jesús con Palabras nos dona su mandamiento nuevo: el mandamiento del amor. Las Palabras del Señor llenan de contenido la Eucaristía, las va diciendo mientras les lava los pies, mientras comparten el Pan y el Cáliz de salvación.
El Señor integra lo que sucede en esa Cena Eucarística. Como vemos que hace con Judas, a quien le ha lavado los pies como a los otros. Precisamente en el momento en que Judas sale para entregarlo Jesús expresa: “ahora se ve claro –glorioso- mi amor. Dice: “el Hijo del hombre ha sido glorificado”. Como diciendo, ahora queda bien manifiesta la magnitud de mi amor, que lava los pies al traidor y que se entrega libre y misericordiosamente mientras es entregado miserablemente.
En el peor momento de su vida Jesús hace que brille en todo su esplendor el amor que el Padre le ha encomendado comunicarnos. Y el Padre corrobora su predilección por Jesús, poniendo todo en sus manos, que lavan pies sucios y que serán traspasadas por los clavos. Es en el contexto de esta hora, la hora de la mayor traición, en la que el Señor nos deja el mandamiento de su amor:

Les doy un mandamiento nuevo:
ámense los unos a los otros.
Así como yo los he amado,
ámense también ustedes los unos a los otros.
En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos:
en el amor que se tengan los unos a los otros»

El amor no es algo estandar. El amor es a medida. Tiene infinitos grados y matices. Hay un amor distinto para cada bien. Si el Bien es nuestro Dios, el amor se expande a todo el corazón y a toda el alma y atrae todas nuestras fuerzas. Si el bien es el prójimo, el amor suscita sentimientos de ternura para con los niños, de unión profunda entre los esposos, nos mueve a compasión ante el que sufre, establece igualdad de ánimo entre los amigos, nos inclina a honrar a los mayores… y en lo social, el amor despierta la sed de justicia y de paz.
El amor tiene grados, intensidades distintas, y así como es pasión y sentimiento vivo, se hace también institución, gana territorios, se muestra en obras y crea costumbres que sanan y dan vida.

Leyendo a San Juan de la Cruz, en la Noche oscura tiene un precioso tratadito (que toma de San Bernardo y de Santo Tomás) en el que habla de “los grados de la escalera del amor, por donde el alma de uno en otro va subiendo a Dios”.
Esta escalera se refiere directamente al amor a Dios, pero pienso que podemos aplicar sus enseñanzas al amor al prójimo. A mí me sirvió para identificar sentimientos y grados de compromiso que experimentamos en nuestro trabajo apostólico de servicio al prójimo.

Tomamos pues el amor al prójimo como “mandato” o misión que nos da el Señor y examinamos los grados y escalones por los que subimos o bajamos en esta escala de compromiso y entrega a esta nuestra misión de amarnos entre nosotros como Él nos amó.

Dice San Juan de la Cruz:
“El primer grado de amor hace enfermar al alma provechosamente”
El primer grado de amor (que es un escalón donde uno siente que puso el pie y que es como una escalera mecánica, que comienza a llevarnos suavemente y sin pausas) es un estado de “enfermedad provechosa”. “Así como el enfermo pierde al apetito y el gusto por la comida”, en este primer grado de amor o de compromiso con un apostolado de servicio a los enfermos y a los más pobres, uno siente que muchas cosas que antes deseaba y le interesaban mucho y lo atraían (fiestas, lujos, placeres…) no le despiertan ya el gusto de antes. Esto se da en mayor o menor grado, pero, como decía un colaborador: las cosas que son un bien “sólo para uno” ya no tienen “el gusto de antes”.

El segundo grado de amor “hace al alma buscar su bien en todo momento” (uno se pone un poco monotemático)
El segundo grado o escalón del amor o compromiso con el apostolado “hace que uno se encuentre pensando y hablando todo el tiempo” del prójimo (de la Casa de la Bondad o de los casos del Hogar…”. Como que nos ponemos un poco (o muy) monotemáticos. Y esto es señal de amor porque: “De la abundancia del corazón habla la boca”.

El tercer grado de amor es el que “hace al alma trabajar y poner fervor para no faltar” (uno se sorprende trabajando generosamente, sin cálculos mezquinos)
El tercer grado de la escala amorosa o compromiso con la misión consiste en” ponerse a trabajar sin reparar en el esfuerzo”. Se sienten como dos cosas: una que uno no puede dejar al prójimo sin ayudar –Jesusito me necesita…- y al mismo tiempo uno experimenta el propio límite: que nada alcanza. Se deja de condenar a los demás y uno siente que es muy poco lo que puede hacer comparado con lo que desearía! Trata entonces de hacer lo que puede bien hecho.

El cuarto grado de amor es que “por razón del Amado, se causa en el alma un ordinario sufrir sin fatigarse” (Como que lo difícil se hace fácil, lo pesado se siente liviano).
El cuarto grado de esta escala de amor y de compromiso con el prójimo, dice bellamente San Juan de la Cruz, consiste en que el alma siente un “ordinario sufrir sin fatigarse”. San Ignacio dice que cuando uno está consolado las cosas más pesadas le parecen livianas. Muchas veces vemos en medio de un trabajo duro cómo algún colaborador pareciera que no se cansa. Uno le ofrece ayuda y el otro nos mira como diciendo “gracias, pero estoy bien”. Se da como un cansancio físico con una fuerza espiritual que lo compensa y sobrepasa.

Valga aquí una aclaración. Por estos grados se va y se viene. No es que uno siempre vaya para arriba, pero una vez experimentado uno de estos grados como que se tiende a subir y a desear que el Señor nos mantenga la intensidad de amor que nos hizo experimentar. Uno discierne con facilidad, por sensación, cuando está en un grado o en otro y puede pedir a Dios la gracia de subir por su escala.

El quinto grado “hace al alma apetecer y codiciar a Dios impacientemente” (Nos viene una cierta impaciencia por hacer las cosas bien, con intensidad).
El quinto escalón del amor a Dios y al prójimo es una especie de impaciencia (San Juan habla de codicia) por estar sirviendo al prójimo. Toda dilación por mínima que sea, se hace muy larga, molesta y pesada, y uno no puede estar sino está con el prójimo necesitado. Vemos a los que llegan temprano y se van tarde y están siempre en movimiento. Lo cual no deja de causar cierta contrariedad en el que no ama igual.

El sexto grado “hace correr ligeramente a Dios con alegría” (Se siente a veces que uno puede trabajar como quien juega).
El sexto grado de la escala del amor es muy lindo. Uno siente que “corre ligeramente hacia los que tiene que servir” y nota “en el trato con los demás cómo se dan muchos toques de alegría y de agradecimiento y de cariño”. Como dice el Salmo: Así como el ciervo desea las aguas, así mi alma te desea a ti, Dios mío.

El séptimo grado “hace atrevida al alma” (Nos viene una cierta caradurez).
El séptimo grado en esta escala consiste en un atrevimiento y caradurez para hacer cosas novedosas y buenas y para decirlas sin respeto humano ni cobardía. Uno siente que se vuelve atrevido en el bien, vehemente, sin vergüenza ni prudencias humanas. Esto también trae sus contrariedades: “Pero si siempre se hizo así, para qué cambiar ahora”.

El octavo grado de amor “hace al alma agarrar y apretar sin soltar el Bien” (No se afloja ni “abajo del agua”).
El octavo grado de la escala de este amor que es fidelidad a la misión encomendada y elegida es cuando uno no suelta ni afloja por nada del mundo la tarea que ha asumido con amor. Uno se siente unido a los que ama y partícipe de sus sentimientos, padeceres y alegrías. Visto el bien del prójimo y puesto en marcha no se retrocede ni un tranco de pollo.

El noveno grado de amor “hace arder al alma con suavidad”.
El noveno grado, dice San Juan “ Hace arder al alma con suavidad”. Se trata de esa alegría mansa que brilla en los ojos de los que sirven con amor a sus hermanos. Por ahí uno ve un brillito en los ojos del otro que ha estado sirviendo platos, charlando largo con uno, contemplando en silencio al que agoniza…

El décimo grado ya es sólo para con Dios y no pertenece a esta vida sino al Cielo: Hace asimilarse totalmente a Dios, por la clara visión de Dios. Aunque como dice San Juan, esto pertenece al Cielo, cuando Madre Teresa hablaba de “las almas preciosas y bellas de sus pobres” uno siente que algo de esta visión se da a veces también en esta vida y al ver un destello de la presencia de Jesús en los ojos agradecidos de un pobre el corazón se nos inunda de amor.

Estas diez intensidades distintas del amor espero que nos sirvan para andar atentos a toda la riqueza y a todos los matices que tiene el mandamiento que el Señor nos dejó, para que nos ejercitemos, cada uno según la gracia que el Señor le de, en cultivar y acrecentar estos grados del amor comprometido.
Diego Fares sj

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La paz y el amor

Juan Evangelista

Durante la Cena, Jesús dijo a sus discípulos:
«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes.
Permanezcan en mi amor.
Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor,
como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he dicho esto para que la alegría que yo tengo esté en ustedes y el gozo que ustedes tienen se plenifique.
Este es mi mandamiento:
Ámense mutuamente, como yo los he amado.
Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por los amigos.
Ustedes son mis amigos si hicieren lo que yo les mando.
Ya no les digo siervos, porque el siervo ignora qué es lo que hace su señor; yo los he llamado amigos, porque todas las cosas que oí junto a mi Padre se las he dado a conocer.
No me eligieron ustedes a mí, sino que Yo los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y lleven fruto, y ese fruto permanezca, para que todo lo que pidan al Padre en mi Nombre se los dé.
Esto les mando, que se amen los unos a los otros» (Jn 15, 9-17).

Contemplación

Al evangelio de hoy hace bien leerlo y contemplarlo saboreando la Eucaristía. Mientras uno comulga espiritualmente, recordando su última comunión en la Misa, y siente la paz de tener esos instantes el Cuerpo de Cristo en la boca, puede escuchar las palabras del Señor en la Cena: su mandamiento del amor.
“Permanezcan en mi amor”.
Ese es su único mandamiento.
Puede ayudarnos entrar en la contemplación de esta “Ley de Jesús” rezando el Salmo 19:

La ley del Señor es perfecta,
consolación del alma,
el mandamiento del Señor es verdadero,
sabiduría del que es sencillo.
Los preceptos del Señor son rectos,
gozo del corazón;
claro el mandamiento de Jesús,
luz de los ojos.

El temor de Dios es puro,
por siempre estable;
verdad, los juicios del Señor,
justos todos ellos,
apetecibles más que el oro,
más que el oro más fino;
sus palabras más dulces que la miel,
más que el jugo de panales.
Por eso tu servidor se empapa en ellos,
gran ganancia es guardarlos.

¡Sean gratas las palabras de mi boca,
y el susurro de mi corazón,
sin tregua ante ti, Jesús,
roca mía, mi redentor.

Jesús nos manda, pues, que nos aguantemos en su amor. Que no le aflojemos a lo que implica “mantenerse y permanecer” en su amor.

Centramos nuestros ojos en este permanecer.
Hemos sido “injertados” en la Vid Sana y Santificante que es el Cuerpo de Jesucristo, corre por nosotros su Sangre que nos perdona y nos da Vida…, se trata pues de “permanecer” en esta comunión.
La narración prolija y repetitiva del mandamiento del Amor es, en el Evangelio de Juan, el equivalente de la institución de la Eucaristía. El Señor expresa de tal manera sus Palabras que es como si dijera “Tomen y coman, esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes”. Aquí dice: “Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por mis amigos. Y ustedes son mis amigos si… permanecen en comunión conmigo, si se aman mutuamente como Yo los he amado”.
Todo en el Señor es comunión: palabras y gestos. Son modos de darse y de comulgar con sus amigos.

Juan pescó esto tan hondamente que el mandamiento del amor se convirtió en el centro de su Evangelio y sus Cartas. Cuenta San Jerónimo que “Cuando San Juan era ya muy anciano y estaba tan debilitado que no podía predicar al pueblo, se hacía llevar en una silla a las asambleas de los fieles de Éfeso y siempre les decía estas mismas palabras: “Hijitos míos, ámense mutuamente”. Alguna vez le preguntaron por qué repetía tanto la misma frase, y Juan respondió: “Porque ése es el mandamiento del Señor y si lo cumplen ya habrán hecho bastante”.

La insistencia de Jesús, percibida por su discípulo más amigo, tiene que despertar nuestra curiosidad. Si insisten tanto debe ser por que ven en nosotros una tendencia a decir “ya lo sé”. Ya sé que el amor es lo importante. Lo difícil es ponerlo en práctica. Amar a todos, especialmente a algunos, es lo que resulta a veces tan difícil.

Si uno se identifica un poco con este razonamiento puede ayudar tomar conciencia de que aquí ya hicimos dos reducciones. La primera, redujimos el amor a su cara operativa. La segunda, lo extendimos rápidamente como un deber para cumplir continuamente con “todos”.

Martini dice que este mandamiento es, en primer lugar, intracomunitario, intraeclesial”. En la Cena, el Señor está hablando a sus amigos. El amor en el que hay que permanecer es, en primer lugar, el de los amigos en el Señor. Y es un amor que se debe recibir cotidianamente, como el Pan de la Eucaristía y el perdón de las deudas, antes de volverse operativo hacia fuera. Es un amor que parte en cada uno de su círculo más íntimo de amigos en el Señor, para luego ir extendiéndose, más por atracción (como le sucede a los primeros cristianos) que por proselitismo:
“Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno. Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar” (Hc 2, 44-47).
Permanecer comunitariamente en el amor que nos regala el Señor ─ a los que comulgamos juntos un mismo Pan ─, es la primera “Misión”, el primer mandamiento, la primera Obra apostólica en servicio de los pobres y de los que no conocen a Jesús. Expresado negativamente podríamos decir: el que no está dispuesto a permanecer en el amor (no en una simple coexistencia distante, de no agresión, sino en el amor que acepta, corrige y perdona setenta veces siete) no puede realizar bien otras “misiones”. Hay que estar dispuesto a volver una y otra vez a este amor para poder luego realizar las demás obras buenas que emprendemos por el Señor.

Permanecer en el amor de Jesús es la Palabra que debemos sentir y gustar internamente como comulgando con ella en toda situación. Así como cuando comulgamos permanecemos un ratito saboreando el Pan, así debemos saborear el mandamiento del amor de modo tal que experimentemos verdaderamente cómo al sujetarnos a ese único mandamiento, nos liberamos de los “otros mandamientos”.

El mandamiento de permanecer en el amor de Jesús nos libera de los mandamientos de la culpa y del resentimiento, que nos vienen del pasado. La culpa dice: “tenés que obedecerme, sentirte mal o si no discutirme. Discutamos de nuevo aquel asunto, a ver si sos culpable o no. Examinemos de nuevo para ver si la culpa la tuvo el otro…”
El mandamiento del amor, en cambio nos dice simplemente, “lo único que tenés que obedecer es “permanecé en mi amor”. Si examinar tu pecado o lo que otro te hizo, te lleva a adherirte más a Jesús, examinalo ahora. Si te hace sentir apartado del amor de Jesús, dejalo por ahora. Y buscá ayuda y consejo de quien te quiere bien.
El imperativo de la culpa se indigna e insiste con sentimientos de apremio y ansiedad: “Cómo ‘dejalo por ahora’. ¿Tenés miedo a la verdad?”
El mandamiento del amor responde a la ansiedad con tono de mansa paz: “la verdad sin caridad no es verdad ahora”. La misma frase será verdad plena cuando la pueda sentir y expresar en el ámbito de la caridad y del amor del Señor. Para eso es necesario que se pacifiquen las pasiones, que se sanen las heridas, que se distingan el trigo y la cizaña. Se puede esperar a que se aclare toda la verdad permaneciendo en el Amor de Jesús. Y si algo inquieta nuestra conciencia se puede permanecer en la paz del amor recordando que “El Padre es más grande que nuestra conciencia”. Y así, la culpa, el desasosiego y la desesperanza dejan paso a la serenidad y a la esperanza confiada en la Misericordia del Señor, en la que se nos manda permanecer.

El mandamiento de permanecer en el amor de Jesús nos libra también de los imperativos eticistas y funcionalistas que nos llevan a poner tensión y separación en la comunidad. Los conflictos comunitarios no son “el problema” (de la misma manera que no es “el problema” experimentar sentimientos de culpa, ansiedad y desilusión). Los sentimientos interiores y los choques y diferencias interpersonales son hechos, situaciones, cosas que pasan. Se los puede vivir y conducir “permaneciendo en el amor” o “aflojando en el amor y separándose del amor”.
Como dice Santo Tomás:
“La amistad no comporta concordancia en opiniones, sino en los bienes útiles para la vida, sobre todo en los más importantes, ya que disentir en cosas pequeñas es como si no se disintiera. Esto explica el hecho de que, sin perder la caridad, puedan disentir algunos en sus opiniones. Esto, por otra parte, no es tampoco obstáculo para la paz, ya que las opiniones pertenecen al plano del entendimiento, que precede al apetito, en el cual la paz establece la unión. (La paz es deseo y elección del corazón!) Del mismo modo, habiendo concordia en los bienes más importantes, no sufre menoscabo la caridad por el disentimiento en cosas pequeñas. Esa disensión procede de la diversidad de opiniones, ya que, mientras uno considera que la materia que provoca la disensión es parte del bien en que concuerdan, cree el otro que no. Según eso, la discusión en cosas pequeñas y en opiniones se opone, ciertamente, a la paz perfecta que supone la verdad plenamente conocida y satisfecho todo deseo; pero no se opone a la paz imperfecta, que es el lote en esta vida” ((Suma Teológica II-II 29 4).

Ante el conflicto dolorosísimo con el hijo que le pide su parte de la herencia y se va, el Padre misericordioso “permanece en el amor” esperando el regreso de su hijo y preparando en su corazón una fiesta.
El hermano mayor, en cambio, cultiva el rencor y enfría con razonamientos de venganza el amor fraterno que tenía y ese resentimiento se extiende hasta separarlo de su mismo Padre, que tiene que salir a atraerlo de nuevo.

Ante el problema de los roles, los discípulos discuten y pelean a ver quién es el que manda, quién es el mayor… y el espíritu de competencia y de comparaciones los hace apartarse del amor. Jesús, para invitarlos de nuevo a permanecer en su amor, llama a un niño pequeño y lo pone en medio y les hace fijar la mirada en los que necesitan del amor de todos y sacar la mirada del amor propio.
Así, mantener en el corazón y en los labios este mandamiento y repetirlo muchas veces sintiendo la suave autoridad de nuestro Dueño, nos libera de los imperativos sicológicos y sociales a los que obedecemos tantas veces sin pensarlo y que no nos dan vida ni nos satisfacen.

Mucha paz tienen los que aman el mandamiento del Señor. Una paz que pacifica los deberes de la razón con la amistad del Señor vivida (como Juan) de corazón.

Diego Fares sj

Juan Evangelista

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