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Posts Tagged ‘Maestro’

En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:

—«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.

No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca» (Lc  6, 39-45).

Contemplación

Este pasaje lo debemos contemplar en su contexto. Si no parecen enseñanazas sueltas sobre temas distintos, cuando en realidad lo que hace el Señor es englobar las bienaventuranzas y su énfasis puesto en “ser misericordiosos”, con esta parábola final de los dos ciegos y la invitación a ser discípulos en el arte del discernimiento, dejándonos guiar por nuestros Maestros: Jesús y el Espíritu Santo, el Maestro interior que nos dejó.

La clave es quién puede “mostrar el camino” (hodegein), quien puede ser maestro en esta vida. El Espíritu Santo es “El que nos guía por el camino“, dirá Jesús: “Cuando venga el Espíritu de verdad, Él los guiará por el camino a la verdad plena; porque no hablará de sí mismo, sino que hablará todo lo que oiga (del diálogo del Padre Conmigo), y les hará saber las cosas que les vienen al encuentro por el camino” (Jn 16, 13). Este Espíritu que nos guía no es difícil de encontrar. Más bien lo contrario: es El Encontradizo, El Cercano, El que está siempre al lado, por decir de otras formas El Paráclito. Basta pedirle una limosna de oración, como quien pide a la persona que tiene a mano orientación para encontrar una calle, y Él no se resiste y siempre responde con amabilidad y precisión.

Una imagen plástica de esta “guía en el camino” es la de Felipe que más que correr vuela por los caminos desiertos de Jerusalén a Gaza. El Espíritu lo conduce hasta el carro del etíope, Gobernador de la reina Candases. El funcionario real está leyendo Isaías -si fuera hoy la escena se daría en un vuelo de primera clase, dada la categoría del funcionario real- y Felipe le pregunta si entiende lo que lee. El etíope responde, guiado ya por el Espíritu que inspira el diálogo iniciado por Felipe: “Cómo podré entender si no hay alguien que me muestre el camino” (hodegein)?” (Hec 8, 31). Felipe es imagen del discípulo bien preparado del que habla Jesús. La palabra que utiliza el Señor (katartizon) significa perfeccionar algo reparándolo. Las dos cosas. Es decir: no se trata de un perfeccionamiento abstracto, de alguien que va aprendiendo lecciones teóricas para convertirse en especialista en un tema. Es un aprendizaje práctico, experiencial. A saber seguir a Jesús por el camino se aprende caminando, luego de que, como al ciego Bartimeo, nos ha devuelto la vista. Se trata de un discipulado en el que se nos ejercita en el padecimiento, un discipulado que nos lleva a la gloria del Señor pasando por la Cruz.  

Pedro, maestro de Lucas, es quien mejor habla de este tipo de “formación del discípulo” que consiste en haber padecido con Cristo y con los hermanos: “Luego de que hayan padecido un poco de tiempo, el Señor mismo los ‘perfeccionará’ (katartizon), los confirmará, los fortalecerá y los restablecerá” (1 Pe 5, 10).

Entonces: cristianamente, el que más “sabe” es el que más a “padecido”. O mejor “compadecido”. La ciencia o más bien el arte del que es Maestro Jesús, es el arte del compadecimiento, el arte de encontrar caminos para ser más misericordiosos con los demás y con nosotros mismos. Si queremos entrar en diálogo con el Señor -eso que llamamos “oración”-, sepamos que el tema tendrá que girar en torno a la compasión. En otros temas, el Señor deja la palabra a los especialistas. A él le gusta hablar de la fe y del compadecimiento que da el amor, que nos hace sentirnos unidos a todos los que sufren. 

Por eso al hablar de enseñanza el Señor usa esta palabra “katartizon” que significa perfeccionamiento pero de algo que ha sido reparado. La misericordia que se enseña es la que primero uno experimenta en sí mismo, cada vez que el Señor nos junta los pedazos en que hemos partido nuestra vida. Compadeciendo podemos aprender y enseñar. Ahí está toda la ciencia de Dios.

Dos grandes enseñanzas nos da a continuación el Maestro, una vez que despertó nuestra atención y nuestro deseo a dejarnos guiar por Él en la ciencia de la Misericordia y de la Compasión. 

Una enseñanza apunta a nosotros mismos. Lo primero que tenemos que reparar y perfeccionar es nuestro modo de mirar y de juzgar. La imagen es clara: me tengo que sacar primero la viga de mi ojo antes de pretender sacar la pajita del ojo de mi hermano (o de mi adversario). Es lo que el Papa expresa cuando habla de la sana costumbre de “acusarse a sí mismo” en vez de acusar a los demás. 

Estamos ante el primer criterio de discernimiento. Ese que dice que no hay que pensar que vemos claro sin más y porque el aire es gratis (y traslúcido). Vemos, sí, con nuestros ojos y entendimiento. Pero vemos “afectados” por otras dos voces. Y una de ellas es como una viga: lo oscurece todo y lo deforma. El buen espíritu y el mal espíritu “nos indican caminos”, orientan nuestra mirada interesándola desde su raíz, uno hacia todo bien y el otro hacia lo malo.

Por eso lo primero es discernir, sacarme el apego y la mala influencia de mis afectos desordenados que ciegan mis ojos, no como un velo, sino en la fuente misma de la luz. Hay prejuicios que tienen el tamaño de una viga, de esas portantes, que sostienen todo un techo. Son prejuicios grandes y articulados, verdaderos paradigmas que no me permiten ver claro porque traban toda mi manera de juzgar y razonar. Me hacen ver y descubrir defectos por todos lados, pero porque tengo este paradigma-viga equivocado en la base de mi propio ojo, en la manera de abrirse y cerrarse a la luz de mi pupila!

Dos “vigas”, por mencionar solo algunas.

Una grande, creo yo, es la viga de la polarización. Es la que nos hace ver todo dividido. Dividido en dos bandos. Todo. Es una viga grande como una casa. Creerse la polarización, la grieta, lo de nosotros contra ellos, es un presupuesto falso que nos lleva a colar mosquitos todo el tiempo mientras nos tragamos el camello. Apenas uno se da cuenta de que una discusión se polarizó, que entró el virus -porque es un virus- de la polarización, debería pedir pausa, antes de seguir por el camino de una discusión que ya se sabe que será estéril, que dará frutos malos. 

Somos “seres de encuentro”, nuestra felicidad brota del encuentro, no de la guerra, no del aislamiento. No tiene sentido cultivar este “ser nuestro” encontrándonos sólo con los de nuestro grupo para pelear con los del otro! El castigo del que sigue este camino es que termina polarizándose con los de su propio grupo: cayendo en internas, llevado por la dinámica misma de la polarización.

Otra de las “vigas” grandes: la viga de la anestesia. Anestesia es “no sentir”, estar privado de sensibilidad. Esta viga es grande hasta el punto de tomar la dimensión de una cultura: la cultura de la indiferencia. Está tan bien armada que, insensiblemente -porque de eso se trata- uno está como pre orientado a buscar sólo lo suyo, a pasar de largo por lo que no le toca, a mirar para otro lado, a no ver, a cerrar el corazón, a no escuchar lo que no le conviene… Tantas cosas que la sociedad de consumo silencia y anestesia para despertarnos -con una sed desmesurada- el deseo de las cosas que ha producido para que compremos. Esta viga de la anestesia nos roba, literalmente, la fuente misma de nuestra vida. 

Hay remedio para esta anestesia “virtual”, para este mundo de evasiones tan a la mano con que nos envuelve el mundo de hoy?

Solo el amor. Recuerdo siempre a Mauricio, el joven pintor que pasó su último tiempo en nuestra Casa de la Bondad, cuyos dolores por el cáncer solo lo calmaban altas dosis de morfina. Cómo para lo comunión de su hijita, en la misa que hicimos en la casa, no quiso anestesia. Y se bancó toda la mañana así, para poder “sentir” el gozo del cariño de su hijita y los abrazos de toda su familia, con todas las fibras de su amor que la morfina habría insensibilizado, porque son las mismas fibras del dolor.

La otra enseñanza del Maestro es la de los frutos. Criterio de discernimiento que es como el manual básico de supervivencia en este mundo en el que las vigas han oscurecido y confundido todas las verdades. No hay manera de discernir la verdad de un discurso analizándolo en sí mismo. Estamos en la era de la posverdad, señores y señoras. Cualquiera dice cualquier cosa, pero lo dice tan bien, que es muy difícil no quedar prendido de discursos que parecen “copiar lo que pensamos” y expresarlo mejor aún que nosotros mismos. No es empatía, amigos, no es coincidencia: es el algoritmo! Los discursos hoy están estudiados para sonar encantadoramente a nuestros oídos. Pero cómo saber si el que los dice, los dice de corazón?

No hay otra que esperar a ver los frutos. No es fácil, se requiere tener memoria y darles plazo a las palabras. Porque la esencia del verso es el sucederse aprovechando que la vida va siempre para adelante. 

Por sus frutos los conocerán. Y acá repetimos las palabras del Señor. No hace falta agregar ni explicar nada. Cada uno debe leerlas y dejar que “fructifiquen” en su corazón y así se le aclare la vista y sienta que el Espíritu le muestra el camino:

“No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca”.

Diego Fares sj

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“Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.

Una gran multitud se reunió junto a él,

de manera que tuvo que subir a una barca y sentarse en ella,

mientras la multitud permanecía en la orilla.

Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas.

Les decía…:

El sembrador salió a sembrar.

Al esparcir las semillas,

algunas cayeron al borde del camino

y los pájaros se las comieron.

Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra,

y brotaron enseguida, porque la tierra era poco profunda;

pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.

Otras cayeron entre abrojos,

y estos, al crecer, las ahogaron.

Otras cayeron en una linda tierra

y dieron fruto:

unas cien,

otras sesenta,

otras treinta.

El que tenga oídos, que oiga.

Los discípulos se le acercaron y le dijeron:

– ‘Por qué les hablas por medio de parábolas?’.

Él les respondió:

– ‘A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: ‘Por más que oigan no comprenderán, por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan y yo no los sane’.

Felices, en cambio los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen…” (Mt 13, 1-23).

Contemplación

Las parábolas son siempre nuevas para el que tenga oídos y quiera oir, como dice el Señor.

Estos oídos y este oír son algo complejo. No es que cualquiera pueda oír lo que el Señor dice. Sus palabras están literalmente escritas en el Evangelio y en las palabras que la tradición de la Iglesia conserva en las oraciones, en los cantos, en la liturgia de los Sacramentos… Pero para que esas palabras “den fruto” hoy, en la tierra actual de nuestro corazón y de nuestra vida como pueblos, se requiere una mediación.

Jesús lo dejó claro: “El Espíritu de la Verdad, cuando venga, los guiará en toda la Verdad, porque no hablará por su cuenta, sino que, de lo que oiga, de eso hablará, y les anunciará lo que ha de venir” (Jn 16, 13).

Así, la totalidad de la Verdad –la Verdad íntegra- de la que habla Jesús, no está en los libros. Es una Verdad viva, una Palabra Viva que el Espíritu está escuchando con su Oído y nos la dice a nuestro oído. Esa Palabra Viva no es que Jesús la esté inventando ahora y diciendo cosas que se le ocurren. Jesús no es que “habla de cosas” o “desarrolla discursos” sino que lo que tenía para decirnos lo encarnó, es una Palabra hecha carne. Tiene por tanto los límites de la carne. Caminó por una geografía y vivió una historia, dialogó con su pueblo y sus discípulos, padeció en la Cruz y resucitó. La narración de los testigos de esta Palabra encarnada que tocaron con sus manos, contemplaron lo que hacía con sus ojos y escucharon con sus oídos, está contenida en los Evangelios. Contenida en una integridad apta para suscitar la fe: es decir, para suscitar la escucha de lo que dice el Espíritu acerca de esas palabras. Porque el Espíritu “toma de lo de Jesús”, es decir, “toma de su vida entre nosotros” y nos introduce en esa Verdad total encarnada, guiándonos paso a paso, anunciando el paso que viene.

Nada más lejos, pues, de una Verdad abstracta, enlatada en fórmulas, que interpretan sólo algunos que estudiaron filosofía de escuela y que discuten interminablemente usando términos ininteligibles que definen de manera distinta en cada escuela. Este envase formal de la Verdad tiene un gran valor a la hora de definir algo en torno a lo cual se suscita una discusión. La Iglesia, en los Concilios, escuchando todas las opiniones, a veces en directa confrontación, definió algunos dogmas de fe, con las mejores palabras con que contaba. Lo hizo “escuchando al Espíritu”. Al igual que lo hace cuando elige un Papa o cuando habla de las cosas de fe y costumbre en los distintos documentos –Encíclicas, exhortaciones apostólicas…- y en cada homilía. Pero cada una de estas palabras deben ser leídas y actualizadas en una nueva escucha del Espíritu. ¡Imagínese! Si el mismo Jesús dijo que muchas cosas que Él decía no las podían entender los suyos, sino que necesitarían de la ayuda del Espíritu, cuánto más todo el resto. Ni Jesús con sus más fieles encontraba la palabra justa para iluminarles la mente a los que tenía delante! Ni qué hablar de sus detractores y enemigos, que le pedían y exigían que definiera esto y aquello, si era lícito o no apedrear a la adúltera y pagar los impuestos al César (qué curioso, no, que ya en aquella época todo lo que más les interesaba a estos personajes eran cuestiones legales sobre sexo y dinero). El Señor les respondía con gestos (muéstrenme la moneda, a ver quién tira la primera piedra…), les contaba una parábola, les respondía con otra pregunta o directamente pegaba media vuelta y se iba.

Y las cosas que “ya se definieron según el Espíritu Santo”?

Es increíble que haya gente que siga buscando, en el cristianismo, palabras como “cosas” (definidas en una fórmula como si fuera que las enlataron) para arrojárselas en la cara a los demás. Amoris Laetitia lo dice: Algunos, en lugar de ofrecer la fuerza sanadora de la gracia y la luz del Evangelio, quieren «adoctrinarlo», convertirlo en «piedras muertas para lanzarlas contra los demás” (AL 49). Por eso el Papa a ciertas personas no les responde como ellos quieren, con “ulteriores definiciones”. Una porque “Recordando que el tiempo es superior al espacio, quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales. Naturalmente, en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la verdad completa (cf. Jn 16,13), es decir, cuando nos introduzca perfectamente en el misterio de Cristo y podamos ver todo con su mirada” (AL 3). Pero otra razón es porque mucha de esta gente, apenas logra “una definición”, la usa como una piedra!!!  Lo vemos todos los días en la red, cómo las personas se arrojan verdades y palabras evangélicas como piedras, con odio y furor, para herir y denigrar al otro.

Si las cosas de Jesús tenían la dinámica de la encarnación (qué es la encarnación de la Palabra sino un darle tiempo a que crezca, como la semilla), la dinámica del Espíritu, cuando enseña algo, es la misma. Es una tentación (una más pero muy sutil y escurridiza, porque tiene apariencia de bien) querer “enjaular” al Espíritu en jaulas abstractas. Es como decir: Jesús se encarnó, le dio otra oportunidad a los pecadores, hizo excepciones a la ley en un momento para permitir que las personas se convirtieran y reemprendieran su camino… pero ahora, una vez que el Espíritu definió toda la verdad (y citan encíclicas y documentos) en este tema, ya no hay nada más que tocar ni que decir. Todo el esfuerzo del Señor por poner su Palabra en contacto con la vida, toda su creatividad para inventar sacramentos concretos que tocaran a la gente –como el agua que moja, el aceite que unge y el pan que se saborea y la señal de la cruz que perdona todos los pecados- todo eso es ahora empaquetado y su uso reglamentado. En algunos puntos, la reglamentación es como la de esas aduanas, que te dicen que tu paquete llegó, pero es imposible sacarlo del depósito. Algunos tendrán cuenta de las absoluciones y comuniones con nombre y apellido que dejaron en suspenso, guardadas para que no se manchen, siendo que el Señor quería que llegaran a sus hijos en un momento determinado de su vida.

Escuchar, por tanto, es escuchar lo que escucha el Espíritu. Que con un oído escucha al Padre y al Hijo y con el otro a la humanidad, el llanto de cada bebé que nace y el canto de cada enamorado, el gemido de cada persona que sufre y el grito de todos los pueblos.

Así se escucha la Palabra de Jesús, así se escuchan las parábolas: con los Oídos del Espíritu, que son Oídos de Amor, atentos a lo que dice Jesús –a lo que ha dicho en el Evangelio-, y a las preguntas de los hombres. El Espíritu escucha de manera práctica, orientando su escucha a la concreción en la vida. Por eso es Maestro, porque baja una enseñanza a la capacidad de los alumnos que tiene delante.

Este escuchar lo que escucha otro es la esencia de toda enseñanza en la que, tanto el maestro como el alumno están con el oído atento a la Verdad.

“El que tenga oídos, que oiga” es la frase que resume la parábola.

El que tenga tierra buena que reciba la semilla. Si la semilla es una metáfora de la Palabra, la tierra buena es nuestro oído.

Prestemos atención que identifica Palabra con semilla. Oír una semilla requiere tiempo. Lo que se desarrolla en la semilla es algo preciso y concreto –cada planta es única en su especie- pero se va manifestando en formas distintas: raíz, tallo, ramas, hojas, flor, y fruto, que es nueva semilla. No compara el Señor su Palabra con un producto humano, con un grabador, en el que cada palabra queda registrada en una cinta o en un soporte digital y sintetizada en sus elementos principales (dejando de lado todos los matices reales) puede ser reproducida en otro aparato. Sabemos que los aparatos actuales “comprimen” el sonido y uno escucha sólo un pequeño porcentaje de lo que sonó en la realidad. El Espíritu en cambio es todo lo contrario. No sólo registra perfectamente todo lo que la Palabra del Señor dijo –dice- sino que lo transmite fielmente con todos sus matices y potencia nuestro oído para que oiga cada día mejor.

Por eso el Señor quiso que su palabra quedara registrada en corazones –que tienen memoria imborrable y reconocen una voz a través de los años- y no escribió usando las palabras de su lengua. Sus Palabras escritas por Él hubieran corrido el riesgo de ser usadas como “objetos”. En cambio, cuando uno escucha a Alguien en vivo, lo primero que escucha no es cada palabra sino la fuerza y el tono de la voz que modula las emociones y los afectos e imprime en la inteligencia la contundencia unitaria de un mensaje. Uno siente que el otro anuncia un kerigma de conversión. Después vienen las palabras, una por una, y cada frase… Por eso es que los evangelios que canoniza la Iglesia son cuatro y tienen sus diferencias de palabras: porque el registro de La Palabra necesita de esta multiplicidad de registros para situarnos como en medio de varias voces que nos cantan lo mismo en distintos tonos.

“El que tenga oídos como tierra buena” se contrasta con otros tipos de oído, duros como el camino, pedregosos y superficiales o en los que resuenan otras voces, como yuyos que distorsionan la Palabra. Son las dificultades que no permiten que la Palabra eche raíz suficiente y crezca con fuerza y ganando altura para no ser sofocada.

“Que oiga”. Esta frase apunta al otro momento de la Palabra. Estamos ya en un oído fiel que es tierra buena, en la que la Palabra puede crecer. Pero ese “que oiga” revela que se puede oír más y mejor. Que algunos “oyen a medias”. La Palabra da fruto con distinta fuerza. Es la misma semilla, pero en algunos oídos da fruto en un ciento por uno, en otros en un sesenta y en otros en un treinta. Nuestra Señora es la que, lo sabemos porque lo sentimos al gozar de esos frutos, da fruto en un ciento por uno. También los santos, dan mucho fruto. Este “que oiga” tiene relación con el Espíritu, que es el que hace oír con fruto la Palabra. Y el fruto es a medias, es fruto de dos libertades: lo que el Espíritu libremente nos quiere dar y lo que nosotros libremente queremos dar.

Dar fruto tiene un sentido doble: dar en el sentido de producir y dar en el sentido de compartir. Dar en el sentido de producir, dependemos más de nuestra naturaleza y de lo que el Espíritu nos quiera hacer producir para bien común, como hace con todo lo suyo. Dar en el sentido de compartir, depende más de nosotros, del trabajo previo que cada uno haya hecho y de la generosidad que tenga. Qué pena no haberme preparado mejor para poder dar más! Siempre queda la alegría de ser fundamentalmente un pobre al que el Espíritu hace dar frutos ricos para los demás de su misma pobreza.

Diego Fares sj

 

 

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Rostro de JesúsLa franqueza de Jesús, señal de confianza en nosotros

Y saliendo de allí, atravesaban sin detenerse la Galilea
Y Jesús no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba a sus discípulos y les decía:
─ ‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y, tres días después de muerto, resucitará’.
Pero los discípulos no comprendían tales palabras y tenían miedo de preguntarle.
Llegan a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntaba:
─ ‘¿De qué dialogaban discutiendo en el camino?’
Ellos callaban porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.
Entonces, habiendo tomado asiento, llamó a los Doce y les dijo:
─ ‘Si alguno quiere ser el primero, tiene que ser el último de todos y el servidor (diakono) de todos’.
Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo:
─ ‘Quien reciba a uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado’ (Mc 9, 30-37).

Contemplación

Les enseñaba…
El pasaje de hoy hace dos alusiones a la enseñanza: una explícita, “Jesús les enseñaba por el camino, sin detenerse…”, y la otra implícita, al decir “habiéndose sentado” muestra a Jesús en la actitud típica de los “rabinos”, de los maestros, que impartían su enseñanza tomando asiento rodeados de sus discípulos.

De este Jesús Maestro me llama la atención hoy la franqueza con que enseña. Franqueza doble: tanto para hablar de lo que le preocupa a Él, de su Cruz y su Resurrección, como para preguntar a sus amigos de qué andan “hablando por atrás”, esas discusiones por los roles y los espacios de poder que no se hacen de frente.
Me impresiona la flexibilidad que tiene Jesús para cambiar su tema e involucrarse en el de los discípulos con la misma actitud pedagógica. Allí se nota su vocación grande de Maestro. El es Camino, decíamos hace poco. No solo Palabra a la que uno le tiene que sacar el jugo por sus propios medios sino Palabra que enseña activamente, Palabra viva y maestra, que tiene contenido y pedagogía incluidos.

En Jesús todo es Don. El Señor se da a sí mismo entero y en cada ocasión. Se da en lo grande y en lo pequeño. Y su ser Maestro se ve en cómo encuentra el modo de darse de manera tal que su don sea comprendido, valorado e incorporado por los discípulos y por la gente de fe sencilla. Su pedagogía es, por tanto, parte de su don, y es sobremanera valiosa. Por eso merece que la admiremos – “la gente se admiraba de su enseñanza porque les enseñaba como quien tiene autoridad” -. No solo los contenidos son Verdad y Vida sino también el Camino que el Señor elige para comunicarse.

¿Y qué valoro de su pedagogía? La franqueza.

En el pasaje de hoy –el segundo anuncio de la pasión- me atrae, como decía, la franqueza de Jesús. Les enseña abiertamente, con familiaridad y coraje (parresía) para decir las cosas como son, tanto las lecciones de su Pascua como las lecciones acerca del poder y del servicio. Derecho viejo, nomás. Sin pelos en la lengua. Destapando la olla. Preguntando de frente. Aclarando con paciencia y buen humor. Sin enojarse, sin dejar pasar, sin sacar provecho. Franqueza para aclarar lo que está bien y lo que es tentación.

Y lo admirable es que la franqueza del Señor nos revela no solo una cualidad suya sino también una cualidad nuestra. No solo la genialidad del Maestro sino también la capacidad de sintonizar y de ponernos a la altura que tenemos como discípulos.
¡Qué confianza que tenía el Señor en la capacidad del corazón humano para recibir sus enseñanzas!
Su hablar tan simple y tan profundo implica una lectura de cómo son sus oyentes.
El Señor sabe que para ser comprendido a fondo, no bastarán sus palabras, sabe que va a tener que caer en tierra y morir, por eso su Enseñanza fundamental será la parábola del Sembrador que salió a sembrar buena semilla. Pero al mismo tiempo que es conciente de la dificultad y del precio que tendrá que pagar para ser “digno de fe” (sólo el amor es creíble), también es conciente Jesús de lo buenos discípulos que podemos llegar a ser los seres humanos comunes y corrientes.
La confianza y el cariño por sus alumnos es de las cosas más lindas que puede tener un maestro, y Jesús las tiene a raudales. Hurtado decía:
“El educador que no está convencido de las posibilidades para el bien, latentes en el más despreciable de sus alumnos, debiera dejar de educar”. Y agrega: “Cuántos hombres habrían sido diferentes si hubieran encontrado en su vida alguien que hubiese tenido fe en ellos, alguien que hubiese sabido penetrar la corteza de indolencia y apatía que cubre los grandes valores del alma como el carbón cubre el diamante; pero se necesita un experto y sobre todo un hombre que tenga fe en el hombre y en la gracia de Dios, siempre dispuesta a ayudar a la más noble de sus obras!
Fiarse de los otros es algo aparentemente muy simple, y en realidad muy difícil. Fiarse es entregarle sus obras, sus proyectos, sus ideales, entregarse uno mismo en sus manos. Fiarse de los obreros, fiarse de los jóvenes, fiarse de los niños es una virtud profundamente formadora. Aquellos que nunca han tenido alguien que se fíe de ellos, no han visto brillar la más bella estrella de su vida. Podrán después decir a sus padres y educadores con razón: hubiera sido diferente si alguien hubiese tenido fe en mí”.
Eso es lo que me maravilla de Jesús. Su franqueza es índice de cuánto se fía en la capacidad de reaccionar bien de sus discípulos.

En estos días me consoló mucho escuchar por Radio María a un maestro, el Hno Genaro, que alentaba a los docentes a tener esperanza:
“La cultura estalló ─ decía ─, y tenemos que educar con fragmentos. Pero en los fragmentos culturales se expresa la persona entera. Debemos recibir a los alumnos tal como son. Confiando en que su persona entera está en los fragmentos, como Jesús entero está en los fragmentos de la Eucaristía”.

A veces puede parecer que era más fácil educar antes, cuando la cultura se transmitía íntegra, cuando los mismos valores latían en toda la sociedad. Es que “para educar a un niño se necesita una aldea” como dice el proverbio africano. Pero también es verdad que a veces una cultura muy unificada y fuerte puede volverse autosuficiente y terminar rechazando el evangelio, como les sucedió a los griegos que se burlaban de la resurrección que les quería anunciar Pablo, o como sucede en muchas culturas sofisticadas del primer mundo actual. En la cultura fragmentada hay una pobreza y una angustia que incentiva la sed de una Palabra entera, íntegra, viva. Para el evangelio, de última, no hay personas o culturas mejores que otras, cada persona, cada cultura y cada paradigma representa un don y un desafío.

En el evangelio de hoy Jesús nos da una lección de cómo su pedagogía responde al desafío que le presentan sus discípulos, preocupados por valores que no son los del Reino de Dios.

Una primera característica de la pedagogía de Jesús es la de saber unir lo esencial con las cosas circunstanciales que aparecen en lo cotidiano desordenadamente. Sin dejar de enseñar su tema de fondo – el de la pasión y resurrección – entra en diálogo con los temas de sus discípulos y unifica la lección grande con la pequeña. Al fin y al cabo, lo de hacerse el último de todos y lo de servir a los pequeños es la manera concreta de vivir la Pascua en lo cotidiano.

Otro aspecto de la pedagogía de Jesús se puede ver en cómo enfrenta el miedo de los discípulos. Ellos “tenían miedo de preguntarle”, dice Marcos. En cambio Él no tiene miedo de preguntarle a ellos, qué les pasa. No desestima sus discusiones políticas, sus “internas”. ¿No es en el fondo la lucha por el poder un miedo a la Cruz? Y la contrapropuesta del poder como servicio ¿no es acaso una apuesta a la resurrección?
Allí donde algunos se escandalizan viendo ambición el Señor discierne “miedo”. Un miedo doble: les daba miedo preguntarle sobre su muerte y resurrección. No entendían y les daba miedo que les aclarara las cosas. Y por otro lado, les daba miedo contarle a Jesús sus preocupaciones, sus discusiones acerca de quién era el más grande.
Son los dos miedos opuestos a la valentía de Jesús, a su franqueza para hablar de los temas divinos y de los más humanos.
El Señor aprovecha la discusión de los discípulos. Podría haberse escandalizado de que hubiera internas, podría haberse desilusionado… Nada de eso. El Maestro recoge el guante y mete la cruz y la resurrección en el espacio de las discusiones cotidianas. El Señor se mete en política, diríamos hoy, clarificando que el verdadero poder es el servicio. Es más, estimula la sana ambición: el que quiera ser de verdad el más grande, que se haga el servidor de todos. Desenmascara que el problema de la política no es la ambición sino el chiquitaje y la mezquindad. Ojalá tuviéramos políticos ambiciosos de verdad, que quisieran con todo su corazón todo el poder, ese que sólo da todo un pueblo a quien le entrega toda su vida. Tendrían también riqueza y gloria, ya que los pueblos son generosos con los gobernantes que los aman y les dan con gusto lo mejor de sus bienes y de sus elogios.

Los tres últimos rasgos de la pedagogía del Maestro son el uso de la paradoja, que se grava en la memoria: ‘Si alguno quiere ser el primero, tiene que ser el último de todos y el servidor de todos’;
el ejemplo que toca la afectividad: “Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo…”;
y la revelación del Misterio pleno: “Quien reciba a uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado”.
El Señor les abre la mente con una de esas paradojas tan suyas que rompen todos los esquemas.
Luego les abre el corazón abrazando a ese pequeñito en medio de todos.
Y ahí les revela el Misterio de un Dios “comunicable”,
de un Padre que puede ser recibido al recibir a Jesús,
un Padre que “ama a los que aman a Jesús, su Hijo”,
y de un Jesús al alcance de la mano, un Jesús a quien le agrada que lo recibamos en la persona de los más pequeños,
un Jesús que ama a los que aman a sus pobres.

Se trata pues de un Dios cercano. No hay que agrandarse en estructuras que requieren rígidas relaciones de poder para sentir la cercanía del Todopoderoso.
Basta con recibir a los pequeñitos,
basta con ser servicial,
basta con pensar “quién requiere hoy un pequeño servicio de mi parte” y brindárselo como si fuera Jesús en persona,
basta con aprender siempre, sin claudicar a pesar de nuestros errores, de Jesús, el Maestro.
Para dar testimonio de esta cercanía y de esta accesibilidad del Padre, el Señor anuncia que está dispuesto a dar la vida, a morir y a ser resucitado. Para mostrar de esta manera su verdadero poder: el poder de dar la vida y de recobrarla, que en nosotros se traduce en el poder de dar nuestra vida –mediante el servicio- para recibirla, resucitada, de manos de nuestro Señor.
Diego Fares sj

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