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Sin nada para dar o “Sus almas son bellas y preciosas…”

Y bajando con ellos y con una multitud de sus discípulos y una muchedumbre copiosa del pueblo, que había venido de toda Judea y de Jerusalem, y de la región marina de Tiro y de Sidón, para oírlo a El y para que los sanara de sus enfermedades, Jesús se detuvo en un llano.
Y Jesús, alzando los ojos hacia sus discípulos, dijo:
Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.
Dichosos ustedes que ahora tienen hambre, porque serán saciados.
Dichosos ustedes, que ahora lloran, porque reirán.
Dichosos serán ustedes cuando los hombres los odien, y cuando los excluyan, los injurien y proscriban su nombre como malo por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, que su recompensa será grande en el cielo; porque de esta misma manera trataron a los profetas sus antepasados.
En cambio,
¡Desdichados ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consolación!
¡Desdichados ustedes, los que ahora están hartos, porque padecerán hambre!
¡Desdichados los que ríen ahora, porque tendrán aflicción y llorarán!
Ay, cuando hablen bien de ustedes todos los hombres,
porque así fue como sus padres trataron a los falsos profetas! (Lc 6, 17.20-26).

Contemplación

¿Dichosos los pobres?
¿Bienaventurados los que tienen hambre, los que lloran?
¿Felices nosotros cuando nos odian, nos excluyen, nos injurian, nos persiguen por seguir a Jesús?

En estos meses de calor, cuando muchos comedores cierran, la gente que acude al segundo turno de almuerzo en El Hogar de San José excede el número de raciones que podemos brindar (168). Y cuando vemos que la cola supera los 84 queentran en las mesas, salimos a la puerta a hablar con las personas.
Salimos a atender a las personas sin un recurso material para dar,
salimos a explicar nuestros límites,
a pedir disculpas por no poder atender a todos,
a expresarles que necesitamos que nos ayuden con su comprensión,
salimos a agradecer su paciencia…
Y conmueve y emociona sentir en las miradas lo que se produce cuando hablamos desde la propia pobreza.
Cuando nos miramos a los ojos, compartiendo la pobreza de tener hambre de un plato de comida y la pobreza de no tener un plato de comida más para dar, brota una especie de llanto común, mezcla de bronca y de cariño, de impotencia y de comprensión. Brota esa compasión que sale de las entrañas y se ve en los ojos, brota eso que Jesús llama Misericordia –juntar miseria y corazón- y que Él nos ha revelado que es el Nombre propio de su Padre.

A veces no son muchos los que exceden el número y pueden entrar. Siempre aclaramos que es una excepción, porque si no al otro día se dobla el número y ya nos pasó un año que la cola tenía más de una cuadra… Por eso el mensaje tiene que ser claro: hasta acá podemos dar bien y de manera constante. Así, cuando se puede hacer un lugar más, se expande por el Hogar un airecito de alegría evangélica y se siente el aroma de la multiplicación de los panes. Pero cuando no se puede –y esto me lo terminó de iluminar una frase de Madre Teresa-, cuando no hay “cosas” para dar, brota algo también muy profundo: se establece una comunicación entre las almas, se da un contacto personal hondo que sale de la pobreza y el llanto compartido.
La Madre Teresa dice en una de sus cartas: “La india es tan abrasadora como el infierno –pero sus almas son bellas y preciosas porque la Sangre de Cristo las ha rociado”. Eso de “las almas son bellas y preciosas” me iluminó. Ese era el paisaje que ella veía: el cariño de la gente, su agradecimiento infinito al sentirse reconocidos y queridos por ellas. El otro paisaje, abrasador y de desoladora miseria, es real, pero este otro, de ojos vivos y hermosos en su dolor, es más real todavía. A veces en medio de la riqueza y de la “normalidad” de la vida cotidiana, este paisaje está velado y nos lo perdemos. Ella lo veía a raudales.

De esto habla Jesús cuando dice: “dichosos los pobres…”. Esto es lo que él ve en la gente. Jesús ve lo que Él despierta en la gente humilde, en la gente que sufre. Y eso que la fe en Él despierta es tan hermoso que le lleva a bendecir la pobreza y el llanto que lo hace posible.
El nos ve así. Y verlo a Él pobre y doliente, sin nada para dar, necesitado de sus amigos, como en el Huerto, sediento como en la Cruz, con verdadera necesidad de la compañía de su Madre…, verlo perseguido e injuriado, nos pone en contacto con Él a partir de lo más propio nuestro. Tenerlo a Él pobre y excluido entre nosotros es fuente de la dicha de lo propiamente humano, eso que no se sacia con ninguna abundancia de cosas, eso que es pobreza agradecida, dignidad de no ser nada y de saber reconocer el don y obrar en consecuencia.

¿Qué es, entonces, la bienaventuranza? La bienaventuranza es Jesús pobre entre nosotros pobres. La bienaventuranza es Jesús de igual a igual con nosotros en pobreza y llanto, en hambre y exclusión. Desde estas situaciones de despojo de lo exterior nos comunicamos en lo más interior, en lo propiamente humano.

La felicidad que todos deseamos es sinónimo de vida, de paz, de alegría y de consolación; bienaventuranza es descanso, bendición, salud, amor…
Y sólo en Jesús, en torno a Jesús pobre, con Él y en Él, gracias al Don de su Espíritu y a su amistad que nos hace entrar en relación de Familiaridad con el Padre y con todos sus amigos los santos, sólo en Jesús sin nada que dar sino a sí mismo, encontramos la fuente y la plenitud de estas dichas.

Jesús pobre es nuestra Vida, Vida eterna metida en una vida cortita, amada y vivida en plenitud en sus circunstancias más comunes y corrientes. Su amor por nuestra vida común y corriente es la dicha porque metiéndose en nuestra vida común y corriente Él hace que tenga sabor de eternidad cada instante y cada encuentro.

En Jesús sin nada para dar lo encontramos como el que todo lo puede compartir.

Como puede compartir nuestras limitaciones su presencia se vuelve cercanísima, ya que limitaciones las tenemos todas. Si Él solo estuviera más allá, lo sentiríamos cerca sólo en situaciones especiales. Al ser pobre y limitado, está siempre al alcance de la mano. Por eso nos reveló el secreto de que al dar de comer al hambriento le estamos dando de comer a Él. Para que nos avivemos. Para que no nos perdamos el paisaje de las almas bellas y preciosas.

Vuelvo a releer el evangelio y caigo en la cuenta de que lo que conté al comienzo, lo de salir a hablar con los que están en la cola, es la experiencia de Jesús con esa multitud “copiosa” que hacía fila para pasar ante él y que les sanara las enfermedades.
Aunque el Señor se quedaba largamente con la gente y bendecía a muchos y multiplicaba panes, tampoco Él alcanzaba a curar y alimentar a todos.
Es en esta situación de pobreza cuando el Señor “alza la mirada a sus discípulos” y saca de su corazón las bienaventuranzas.
Jesús saca las bienaventuranzas de su pobreza e impotencia.
Allí se para y se sitúa poniéndose de igual a igual, como par en humanidad con todos, y desde allí se comunica como Dios plenamente humano –pobre y limitado- y nos da lo mejor de sí: su corazón, su mirada, su trato de hermano, su amigable compañía.
Bienaventurados nosotros si tenemos la grandeza que tienen los pobres de saber recibir el Don de su Persona que el Señor nos hace al no poder darnos nada más.
Diego Fares sj

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