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Posts Tagged ‘Laudato Si’

La imagen del Señor resucitado nos muestra una resurrección que se le sale por los dorados del mosaico: brilla en las llagas, en el vestido y el manto, en los cabellos y la barba, y más que nada, en el espacio que lo circunda y en la herida de su Costado abierto, en la llaga de su Corazón.

“Siendo tarde aquel día, el primero después del Sábado, Y estando las puertas cerradas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes». Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado.

Se alegraronentonces los discípulos viendo al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían:

  • «Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó:

  • «Si no veo en sus manos la señal de los clavosy no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Vino Jesús estando las puertas cerradas, y se presentó en medio de ellos y dijo:

  • «La paz con ustedes.» Luego dice a Tomás:
  • «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no quieras ser incrédulo sino fiel.»

Tomás le contestó:

  • «Señor mío y Dios mío. »

Le dice Jesús:

  • «Porque me has visto has creído. Felices los que no vieron y creyeron.»
  • Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20, 19-29).

 

Contemplación

 

El Anuncio de la Resurrección requiere discernimiento. Hemos visto cómo las discípulas tuvieron que discernir que ese miedo que se apoderaba de ellas y las hacía callar el Anuncio, era del mal espíritu. Hoy los discípulos tienen que discernir la Paz que el Señor les da repetidas veces y la alegría que sienten al ver al Señor resucitado..

En qué sentido digo discernir? En el sentido de que no toda paz y toda alegría son lo mismo. La Paz de Jesús es algo totalmente especial. El Señor ya les había dicho que su paz no era como la que da del mundo. Y lo mismo podemos decir de la alegría: el Señor les había prometido una alegría que nadie les podría quitar. Hay que discernir, por tanto, entre paz mundana y Paz de Jesús, entre alegría que nos pueden quitar y Alegría que nadie nos puede robar.

Este fue el primer discernimiento que hizo Ignacio, el que “hizo que se le abrieran los ojos” cuando discirnió que la Alegría que experimentaba al leer el Evangelio y la vida de Cristo “duraba” después que había cerrado el libro. En cambio la alegría que le daban los libros de aventuras se esfumaba al terminar de leer. Más aún, la Alegría del Evangelio le daba deseos de ir a Anunciar el Evangelio a todos. Era una alegría misionera. La otra en cambio era una experiencia sólo suya (aunque uno cuente que le gustó una serie o una película no es que ande empujando a todos a que la vean. Cada uno tiene sus gustos).

 

Discernir la Alegría, discernir la Paz.

Con la Alegría de ver al Señor Resucitado a los discípulos les pasará una cosa que parece extraña y sin embargo es muy común. Uno de los evangelistas dirá después que “de la alegría que sentían no podían creer”. A mucha gente le pasa en Ejercicios que cuando tienen una consolación grande y sienten algo que nunca habían sentido, primero gozan de esa experiencia única que los hace sentir amados por Dios y creer en Jesús, pero luego les vienen dudas. Será verdad algo tan especial? Y surgen los miedos: qué me irá a pedir Dios ahora?

Qué y cómo hay que discernir? Hay que discernir la Paz y la Alegría y hay que hacerlo volviendo a leer estos Evangelios de la Resurrección en los que se contienen todos los criterios de discernimiento que el Espíritu nos va revelando en la medida en que lo necesitamos cada vez.

Una clave que encontramos en este evangelio está en el hecho -significativo- de que Jesús les de la Paz tres veces. Es como si cada vez que se presenta y también durante su Visita, el Señor tuviera que darles de nuevo el don de su Paz.

Qué quiere decir esto? Entre otras cosas, significa que no tenemos que “dejarnos llevar” por el fluir de los sentimientos.

Nuestros sentimientos tienen su secuencia natural, distinta en cada uno, de acuerdo a su historia y a sus experiencias de vida. Recuerdo un comensal del Hogar al que la alegría que sintió cuando le dimos a soplar la velita en el festejo de los cumpleaños le trajo el recuerdo de que nunca le habían festejado uno. No tenía memoria de festejos de cumpleaños. Y la alegría presente se le mezclaba con la pena honda del pasado. Por eso digo que hay que discernir bien la Alegría del Señor Resucitado y separarla de las nuestras.

En los Ejercicios Ignacio hace pedir: “gracia para alegrarme y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor” (EE 241). Es decir: pedimos la gracia de alegrarnos y gozar “por Otro“.

Humanamente todos tenemos experiencia de estas alegrías gratuitas, enteramente centradas en la alegría del otro. Es la alegría de los padres que ven que se recibe o se casa su hijo, es la alegría del amigo que ve premiado a su amigo. Cuando uno se alegra por la alegría de alguien amado, si surge algún sentimiento de autorreferencia, de comparación, de celos o de tristeza, rápidamente se disciernen como del mal espíritu y uno vuelve a concentrarse en gozar con el gozo del otro y alimentar ese sentimiento nos confirma en el bien.

Cuando uno se concentra en la alegría del otro, esa alegría es pura. Por que? Por que  uno se alegra de que el corazón del otro se dilate por el bien que recibe y eso nos hace comprender dos cosas: una, que el bien es difusivo de sí, el amor se irradia como irradia su luz y su calor el sol; la otra, que la medida para gozar y recibir un bien es única en cada uno. No puedo gozar como goza el otro. Si quiero alegrarme me debo dejar inundar por el mismo bien que dilata el corazón del otro y dejar que dilate el mío y me de su medida teniendo en cuenta la mía.

Este es el discernimiento base con respecto a la alegría. Podríamos decir así: es tentación (mala y mentirosa) entristecerse por la alegría de otro. Es tentación ese pensamiento que puede surgir y que dice: por qué yo no puedo alegrarme como el otro, como se alegraba Ignacio o como se alegró María Magdalena o los discípulos al ver a Jesús? La tentación quiere hacerme “sacar la mirada” de la gloria y gozo del Señor resucitado, de la alegría que sienten los discípulos y los santos, para que, en vez de dejar que me contagien y me incluyan, me mire a mi mismo, mire mis límites y siga el curso acostumbrado de mis sentimientos.

La Alegría del Evangelio es contagiosa, se irradia, es esencialmente misionera, se transmite íntegra de corazón a corazón por el kerigma, por la fuerza con la que un santo expresa que Jesús ha resucitado y le ha cambiado la vida. Por eso el punto es “no sacar la mirada” de la Alegría del Otro.

Y aquí viene de nuevo lo de la Paz. El Señor, cuando ve que su presencia produce estos movimientos de autorreferencia, vuelve a darles la Paz.

Esta segunda Paz viene a decir: estate en paz con tu alegría.

La primera paz ahuyenta el miedo. La segunda paz nos reconcilia con la alegría.

Tan importante como vencer el miedo es, en un segundo momento, dejar que se establezca -que reine- la alegría. La alegría hay que dejarla que dure, que se expanda todo lo posible, inundando de luz todos los rincones del alma, sanando las heridas que produjeron las alegrías a medias, esas que la vida “nos dio y nos quitó” y que dejaron marcas de desilusión.

El Señor establece el Reino de su alegría asegurando que “nada ni nadie nos la pueda quitar”. Pero fijémonos que esta “inrobabilidad” de la alegría no es algo nuestro. Lo que no nos pueden robar es el hecho de que el Señor nos la vuelva a dar una y otra vez, incansablemente. El Señor no se cansa de darnos la paz.

Es decir: no se trata de una alegría que se nos de “en posesión”, como si fuera cosa nuestra. Esto no tiene sentido, porque se trata de Su Alegría, de la Alegría que Jesús experimenta en su Carne resucitada, amando al Padre no solo como Espíritu sino como Dios-hombre, como Palabra encarnada. Nadie nos puede robar esto que sentimos cuando Jesús se nos acerca lleno de Alegría, cuando se hace presente en medio nuestro, cuando nos parte el Pan o nos explica las Escrituras, cuando nos perdona los pecados y cuando nos sopla su Espíritu para que vayamos a dar la paz y el perdón a todos los pueblos y naciones. Esta es la alegría misionera que nadie nos puede quitar. Y tenemos que discernirla de las alegrías “nuestras”, esas que van y vienen de acuerdo a cómo es cada uno.

Ponernos en paz con su Alegría, ese es el oficio de Jesús resucitado. Ignacio lo llama “consolar como un amigo consuela a otro amigo”. Consolar es quitar el miedo y establecer la alegría, haciendo que reine, que juzgue sobre cada cosa, que legisle y que imprima el tono con que deben hacerse las cosas.

En este sentido podemos decir que todo el magisterio del Papa Francisco consiste en compartirnos los criterios de discernimiento que brotan de la Alegría.

En Evangelii gaudium, Francisco nos enseña que la alegría del Evangelio es una alegría misionera, que si no la dejamos salir, se nos convierte en algo extraño: la Iglesia que no sale a anunciar la alegría del evangelio y se dedica a querer custodiarla dentro de sí, se vuelve rígida, intemperante, se endurece en su verdad y se le agría el corazón. No tiene sentido querer “custodiar” y defender una alegría que el Señor nos dio y nos tiene que dar de nuevo, como la Eucaristía, cada día!

En Amoris Laetitia, Francisco nos enseña que la alegría del amor familiar es la de un amor que abraza toda la vida de las personas, un amor cuya lógica es la de “reintegrar” y no la de “marginar” (AL 294). En esta exhortación a las familias el Papa Francisco y los dos Sínodos hicieron entrar el discernimiento como trabajo del que ningún cristiano puede excusarse. Nadie puede sustituir mi conciencia y mi responsabilidad personal. Ese discernimiento toma a cada familia concreta -“no existen familias perfectas”- como está, y la acompaña en su camino hacia adelante: hacia el logro de un mayor abrazo de todos sus miembros, especialmente de los niños y ancianos. La iglesia saca la mirada de la lógica abstracta del “esto se puede, esto no se puede” e invita a las familias a poner la mirada en la lógica del amor: un amor que usa los criterios de la misericordia para con los pecados, los criterios de la esperanza para apuntar siempre a una mayor perfección y los criterios de la concretez, para el paso adelante que cada uno puede dar hoy para crecer en ese amor.

En la Encíclica Laudato sii, Francisco nos invita a hacer un discernimiento ampliado: nos hace ver que la alegría es personal, social y ecológica a la vez. No hay alegrías privatizadas: la alegría verdadera, hoy más que nunca, debe abrirse a abarcar todas las dimensiones del ser humano y del planeta.

Y ahora, como anunció hace dos días, Francisco nos compartirá una nueva exhortación apostólica sobre la santidad en el mundo actual. Se llama “Alégrense y exulten” y del título mismo se ve cómo se afianza este discernimiento de y por la alegría en el que Francisco insiste en este momento histórico de gracia que nos toca vivir.

 

Diego Fares sj

 

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Moscatel-Alejandria

Jesús dijo a los ancianos y sumos sacerdotes…

Escuchen otra parábola:

Había un hombre, padre de familias, que plantó una viña y la cercó, cavó en ella un lagar y edificó una torre, la alquiló a unos viñadores y se marchó a un país lejano.

Cuando se aproximaba el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los viñadores para recibir sus frutos.

Y los viñadores, agarrándolos, a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo apedrearon.

De nuevo envió otros siervos, en mayor número e hicieron con ellos otro tanto.

Por último, envió a su propio hijo, diciendo: Respetarán a mi hijo.

Pero los viñadores, viendo al Hijo se dijeron entre sí: Este es el heredero, matémoslo y quedémonos con su herencia.

Y agarrándolo lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

Cuando venga el dueño de la viña ¿qué hará con aquellos viñadores?

Le respondieron: A los malvados los hará perecer malamente y arrendará la viña a otros viñadores que le pagarán los frutos a su tiempo.

Les dijo Jesús: ¿No han leído en la Escritura el pasaje que dice:

La piedra que rechazaron los constructores ha venido a ser la piedra angular.

Esto ha sido obra del Señor y es algo maravilloso a nuestros ojos?

Por eso les digo que a ustedes les será quitado el reino de Dios

y se le dará a gente que le haga dar frutos.

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, se dieron cuenta que las decía por ellos. Y buscaban el modo de detenerlo, pero tenían miedo de la multitud, que lo consideraba un profeta (Mt 21, 33-46).

 

Contemplación

El título tradicional de esta parábola es “los viñadores homicidas”. Y creo que la vuelve un poco lejana. La imagen del buen pastor ha quedado grabada en el imaginario de nuestra cultura, quizás porque se la relaciona a las ovejitas y trae a la mente las relaciones familiares de paternidad para con los pequeños. Por contraste, la imagen del mal pastor, del mercenario que trabaja por dinero y no defiende a las ovejas de los lobos, también se impone por sí misma. La contraposición buen pastor vs mercenario impacta en lo eclesial porque toca algo personal. Me hace examinar si pastoreo mi rebañito de corazón o no me comprometo del todo y busco más mi interés que el de las ovejas.

En cambio, esta parábola de la viña toca relaciones más lejanas.

De hecho, la imagen del Viñatero que planta su viña –y le pone todo lo que tiene que poner-, se la alquila a unos contratistas y se va a un país lejano, nos habla tiempos largos y de relaciones laborales y comerciales.

A mí se me hace que el Señor les refleja a los encargados del Templo y del Pueblo su mentalidad. La imagen que tienen de Dios es la de un Empresario que les alquiló la Viña, es verdad, pero después se fue a un país lejano. Detrás está la imagen ancestral de un Dios que plantó el jardín en el Edén y se lo encargó a Adán para que lo cultivara.

Hoy en día también tenemos la imagen de que “debe haber un Creador”, pero en todo caso se trata de alguien “lejano”. El misterio de la creación de esta “viña hermosa” que es nuestro planeta se remite a un pasado de millones de años luz.

Sin embargo, hay dos detalles que nos dicen que esta imagen de lejanía, la del Empresario que se fue a un país lejano, no es la que tiene Dios en su corazón. Se ve en el cariño que le puso a la plantación de su viña, cómo la dotó con todo lo que tenía que tener: la cerca, el lagar para pisar la uva y la torre para vigilar. El otro detalle es íntimo: Jesús revela que el Viñador pensó que “respetarían a su hijo”. Es decir que estos contratistas eran gente que él consideraba amiga.

Estos detalles acentúan el hecho de cómo estos tipos fueron endureciendo su corazón al punto de llegar a asesinar al heredero.

El pensamiento maligno que se fue apoderando de su corazón fue “quedarnos con la herencia”. La palabra es “tomamos” -tomamos la herencia- en el sentido de ganamos posesión, nos apoderamos…

La reacción de los oyentes fue espontánea. Se ve que la narración del Señor les hizo sentir indignación ante la actitud miserable de los contratistas. Por eso a la pregunta de Jesús, de qué hará con esta gente el Dueño de la viña cuando vuelva, es: “A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores que le paguen los frutos a su tiempo”.

Llama la atención un juicio tan claro por parte de los oyentes. Es como si se hubieran dejado llevar por la narración y recién después hubieran caído en la cuenta de que “se refería a ellos”. Dice Mateo: “Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, se dieron cuenta que las decía por ellos. Y buscaban el modo de detenerlo, pero tenían miedo de la multitud, que lo consideraba un profeta”.

Lo que pasa es que el Señor ha tocado un punto sensible para la ética de su tiempo: la cuestión de la tierra.

Mientras duró la costumbre, el pueblo de Israel tenía una medida muy concreta que encarnaba la doctrina de que “el único Dueño de la tierra es Dios y los hombres la tenemos en usufructo”. Esta medida era la que se llevaba a cabo en el Jubileo, cada 50 años. Consistía en todo hombre volvía a su posesión hereditaria (la de la distribución por tribus que se había hecho a partir de la entrada de Israel en Canaán, la Tierra Prometida) y recuperaba las tierras que su familia había ido vendiendo por necesidad. También tenía derecho a recomprar sus tierras cuando quisiera al precio de mercado, diríamos. Que era un precio que disminuía a medida que se acercaba el jubileo, porque las tierras tenían el valor de las cosechas que podían producir (¡!). En la bienaventuranza de los “humildes y mansos” (praus) que “heredarán la tierra” (Mt 5, 5), el Señor tiene en cuenta esta imagen de un jubileo cercano y real, cosa que para nosotros es algo impensable dada nuestra concepción de que, si uno tiene un título de propiedad, es dueño absoluto de su tierra, sin importar mucho cómo lo haya obtenido.

Hago un paréntesis: hoy en nuestra patria –debido a la desaparición de Santiago Maldonado, hecho que no debe dejar de considerarse como inaceptable, se ha vuelto visible el que muchos pueblos originarios estén reclamando parcelas de sus tierras. Lo hacen desde esta mentalidad “antigua” que, por otra parte, es la de nuestra Constitución (art. 75) y la de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) de la cual somos miembros (El convenio 169 que habla del “derecho – de los pueblos originarios- de regresar a sus tierras tradicionales en cuanto dejen de existir la causas que motivaron su traslado”.

cfr. http://www.lanacion.com.ar/2068906-dos-de-cada-diez-comunidades-indigenas-reclaman-tierras-en-la-provincia-de-buenos-aires).

Estas consideraciones no deben ser un “paréntesis” de cuestiones políticas en medio de un discurso evangélico. Lo que es necesario reflexionar, a propósito de esta parábola de los “contratistas homicidas”, es que para entenderla hace falta entrar en la mentalidad de la época del Señor (que unía lo religioso y algo tan concreto como el derecho a la posesión de la tierra) y establecer la relación con nuestra mentalidad (que tiende a separar el discurso espiritual de lo social y político).

La parábola indigna a los oyentes del tiempo de Jesús porque el simple hecho de querer “apoderarse de la herencia” es algo inaudito. De hecho, esas tierras deberían volver de todas maneras al dueño al llegar el jubileo. Por lo cual, mataron al hijo nada más que por “el precio de algunas cosechas”, que es lo que significaba “apoderarse de la herencia”.

Hoy en día, el estado del planeta, con todos los riesgos de desastres ecológicos en los que nos vemos envueltos, vuelve a poner sobre la mesa la realidad de que no somos dueños de la tierra sino que se nos ha dado en usufructo.

Es aquí donde la mentalidad de “las pequeñas culturas”, como les llamó el Papa en México, tiene una sabiduría en su relación con nuestra Madre Tierra, que debemos escuchar y apoyar. Esos pueblos, que muchos ni consideran, ya que numéricamente son pocas personas, tienen un valor agregado, que es el de una identidad ancestral que les da pertenencia.

Una pertenencia a los suyos, que los hace más solidarios,

una pertenencia a la tierra, que los hace más respetuosos,

y una pertenencia política más antigua que la del Estado actual, que los hace más humildes y pacientes a la hora de reivindicar derechos de posesión (decía uno que sus derechos están atrasados 200 años. Y siguen pacientemente reclamando).

 

La clave de la parábola está en los frutos. Todos –Jesús y los sumos sacerdotes y los fariseos- concuerdan en ello: en que la viña se debe dar a los que paguen los frutos a su tiempo.

Este pagar habla de dinero repartido justa y equitativamente, a cada uno lo suyo y en el tiempo justo.

A esto apunta lo que dice el Deuteronomio cuando habla del Jubileo y de perdonar las deudas cada siete años: “Y no habrá indigentes entre ustedes, ya que el Señor te bendecirá de verdad en la tierra que el Señor tu Dios te da por heredad para poseerla” (Dt 15, 4-5).

Con estas reflexiones que remueven un poco la tierra de nuestro corazón, puede caer en tierra buena todo lo que dice Laudato Si acerca de la crisis actual. Leamos a manera de “sacar fruto de la contemplación”:

Convengamos todos en que la crisis es una sola: ecológica, cultural, social y personal.

“No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cui- dar la naturaleza” (LS 139). Por tanto: “Si la crisis ecológica es una eclosión o una manifestación externa de la crisis ética, cultural y espiritual de la modernidad, no podemos pretender sanar nuestra relación con la naturaleza y el ambiente sin sanar todas las relaciones básicas del ser humano” (LS 119).

Reafirmemos interiormente que hacen falta las “pequeñas culturas” y la “espiritualidad de cada persona”. No solo es cuestión de soluciones Macro que dependen de los grandes estados.

“Si tenemos en cuenta la complejidad de la crisis ecológica y sus múltiples causas, deberíamos reconocer que las soluciones no pueden llegar desde un único modo de interpretar y transformar la realidad. También es necesario acudir a las diversas riquezas culturales de los pueblos, al arte y a la poesía, a la vida interior y a la espiritualidad” (LS 63).

Esta espiritualidad ecológica-social ayuda a alimentar la pasión por el cuidado del mundo y tiene algunas características distintivas:

Es una espiritualidad en la que “Menos es más”. Una espiritualidad de crecimiento con sobriedad y capacidad de gozar con poco

“La convicción de que «menos es más». La constante acumulación de posibilidades para consumir distrae el corazón e impide valorar cada cosa y cada momento. En cambio, el hacerse presente serenamente ante cada realidad, por pequeña que sea, nos abre muchas más posibilidades de comprensión y de realización personal” (LS 222).

Es una espiritualidad que hace sentir la fraternidad universal: podemos sentirnos hermanos de toda persona

“Hace falta volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo, que vale la pena ser buenos y honestos” (LS 229).

Es una espiritualidad que se compromete en alguna de “las innumerables asociaciones que intervienen a favor del bien común” (LS 232) y practican la “cultura del cuidado”

“El amor a la sociedad y el compromiso por el bien común son una forma excelente de la caridad, que no sólo afecta a las relaciones entre los individuos, sino a «las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas»” (LS 231).

Hoy no pareciera viable pensar en un Jubileo en el que se fijaran, de una manera más equitativa, los límites de países que fueron establecidos luego de guerras, arbitrariamente, por las potencias vencedoras, muchas veces de modo muy artificial y contribuyendo a fomentar las guerras internas entre etnias y tribus para mantenerlas dominadas (pensaba en la salida al mar de Bolivia, por ejemplo).

Sí en cambio es viable una mejor distribución de las tierras y del dinero en cada país, favoreciendo al que da frutos (al que crea trabajo, por ejemplo) y no al que utiliza bienes comunes como si fueran solo propios. Tampoco, creo,  es bueno flexibilizar leyes que permiten que las tierras que dan frutos sean propiedad de grupos inversores con mayoría de acciones en manos de extranjeros (en argentina, por ej. de 31 millones de hectáreas cultivables, 7,5 millones pertenecen a estos grupos. Cfr. http://www.radiografica.org.ar/2017/02/12/informe-la-verdadera-proporcion-de-tierra-argentina-en-manos-extranjeras/).

Y más viable aún es que cada familia y cada persona se comprometa en alguna obra solidaria y en ella ponga su trabajo, su corazón y su creatividad y tenga un lugar concreto donde compartir el dinero que considere que es equitativo que reparta, ya que es “un fruto” de un planeta y de una situación social que han permitido y favorecido su trabajo.

Diego Fares sj

 

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