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       Se quedó María con Isabel como tres meses; después se volvió a su casa. Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre Isabel, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.

A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan.»

Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre.»

Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran.

Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan.»

Todos quedaron admirados.

Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.

Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel (Lc 1, 57-66. 80).

Contemplación

En el nombre “Juan” está la idea de que “Dios tiene misericordia”, Dios se ha apiadado, se ha mostrado benigno. La verdad es que quería conectar lo que captaron los vecinos de Zacarías e Isabel, “los santos de la puerta de al lado”, como dice el Papa, con el nombre de Juan y estuve buscando pero no encontré lo que buscaba, así que directamente lo rezo como me inspira el evangelio mismo, aunque siempre me gusta tener algún apoyo exegético para partir. En este caso me basta con que la gente del pueblo simple sentía y experimentaba ante el nacimiento de ese bebé. Lucas usa una palabra -“emegalunen“, engrandecer, incrementar, magnificar- para expresar que la gente del pueblo y sus padres veían en esto algo que es propio solo de Dios Padre: incrementar en modo desacostumbrado su Misericordia.

Que unos padres ancianos hubieran sido bendecidos con este hijo era algo grande. Y por eso el nombre que significa “Dios ha tenido misericordia” es el nombre que Isabel se apura a dar y que Zacarías ratifica escribiéndolo en la pizarra. Cuando escribió “misericordia” se le soltó la lengua. Esa experiencia es el centro del Evangelio del Nacimiento de Juan el Bautista: cómo se le ablandó la lengua a su padre, como si la hubiera tenido congelada y el calor del nombre de su hijo hubiera hecho que se le derritiera de amor.

Juan heredará de su madre, la alegría inmediata al ver a Jesús, su amor incondicional y su fe en el Cordero de Dios que es el que absuelve los pecados del mundo y tiene la Palabra verdadera y el tono justo para contar las parábolas que nos hacen experimentar la Misericordia infinita y sin peros de nuestro Padre del cielo. Esa Misericordia que cuando uno la experimenta, recupera su dignidad de hijo, como el hijo pródigo cuando recibió un abrazo en vez del reproche que esperaba (y que su hermano se encargó de hacerle sentir igual).

Juan también heredará esta resistencia a la fe de su padre, Zacarías, esa que le llevó a pedirle al ángel una prueba de que era verdad lo que le anunciaba y el ángel, con cierto enfado angélico, le dio la prueba, pero no “desde afuera” con algún signo, sino desde adentro, haciendo que se le endureciera la lengua con la que había expresado sus dudas, hasta que fuera capaz de usarla solo para escribir “Juan”, “Dios ha engrandecido su misericordia con nosotros”.

Esta palabra, magnificar, engrandecer, es la que Juan pone en los labios de María cuando canta las Misericordias de Dios para con sus pequeñitos y dice que esa Misericordia se extiende de generación en generación.

Decía que Juan heredó esas resistencias de su padre porque él también las experimentó cuando, estando en la cárcel,  mandó a sus discípulos a preguntarle a Jesús si era Él el Mesías o debían esperar a otro. Y Jesús le respondió con algo que tenía que ver con su nombre -Dios tiene misericordia-. Les dijo: “Vayan a contarle a Juan lo que oyen y ven: que los ciegos reciben la vista…. y los pobres son evangelizados (Mt 11, 2-6). Y le agregó la bienaventuranza para los que no se escandalizan de Él.

Juan acató el mensaje como acató la orden de Jesús de bautizarlo. Pero esta resistencia siempre estaba ahí y se ve que sus discípulos la pescaron porque duró mucho tiempo en la Iglesia primitiva: seguía habiendo discípulos de Juan, que bautizaban con el bautismo de Juan (siempre hay gente más papista que el papa). Tanto es así que en su evangelio, Juan evangelista, muchos años después, escribe todos los elogios que Jesús hacía de su primo, para que no quedaran dudas ni del amor de Jesús ni de la fidelidad de Juan, que superaba en la fe sus resistencias, hasta el punto de dar la vida con alegría por el Esposo y de aceptar con gozo que “El crezca y yo disminuya”.

Esta experiencia de “dejar que Dios engrandezca su Misericordia en nosotros y en nuestra vida” es el signo de que estamos en presencia de un Dios activo, que interviene en la vida de la gente. Es el “capolavoro” de Jesús: hacer experimentar esta misericordia creciente que nos toca en la herida y hace salir lo mejor de nosotros: nuestra dignidad de ser hijos y de querer actuar como tales.

San Ignacio lo expresaba de manera magnífica. Lo cito y con esto respondo a una oyente de Radio María que ayer, en la entrevista en la radio, planteaba una contradicción en su interior. Por un lado, decía, se sentía tan agradecida por todas las cosas buenas que Dios le daba en su vida. Por otra, sentía culpa por no ser más generosa con los pobres dado que tenía tanto. Yo le decía que estas “contradicciones” son justamente las cosas que requieren que le demos “tiempo de oración”. No se resuelven en la cabeza sino rezando, preguntando a Jesús “y con esto cómo se hace?” y dando tiempo al Espíritu para que, mientras contemplamos al Escritura, nos vaya aclarando todo.

Ignacio cuenta así su experiencia de cómo se “incrementa la Misericordia de Dios en su vida: “Mirando sus faltas y llorándolas, decía que deseaba que en castigo dellas Nuestro Señor le quitase alguna vez el regalo de su consuelo, para que con esta sofrenada anduviese más cuidadoso y más cauto en su servicio; pero que era tanta la misericordia del Señor y la muchedumbre de la suavidad y dulzura de su gracia para con él, que cuanto él más faltaba y más deseaba ser castigado desta manera, tanto el Señor era más benigno y con mayor abundancia derramaba sobre él los tesoros de su infinita liberalidad. Y así decía, que creía que no había hombre en el mundo en quien concurriesen estas dos cosas juntas tanto como en él. La primera, el faltar tanto a Dios, y la otra, el recibir tantas y tan continuas mercedes de su mano. Decía más, que esta misericordia usaba el Señor con él, por su flaqueza y miseria, y por la misma le había comunicado la gracia de la devoción, porque siendo ya viejo, enfermo y cansado, no estaba para ninguna cosa, sino para entregarse del todo a Dios, y darse al espíritu de la devoción”.

Sin palabras!

Diego Fares sj

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