Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Joven Rico’

Cristo Misericordioso -Museo de Berlín – Mosaico

      Cuando salía Jesús al camino, uno lo corrió y arrodillándose ante él le rogaba: Maestro bueno, dime: ¿qué he de hacer para tener derecho a heredar la Vida eterna? Jesús le dijo:¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Conoces los mandamientos: No mates, no adulteres, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre. El, respondiendo dijo: Maestro, todas estas cosas las he practicado y guardado desde chico. Jesús mirándolo a los ojos, lo amó, y le dijo: Te falta una cosa, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme.  El se quedó frunciendo el ceño a estas palabras y se marchó malhumorado, porque era una persona que tenía muchas posesiones. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: ¡Qué difícil será para los que posean riquezas entrar en el  Reino de Dios! Los discípulos se asombraban al oírle decir estas palabras. Pero Jesús, tomando de nuevo la palabra, insistió: ¡Hijos, qué difícil es que los que tienen puesta su confianza en las riquezas entren en el  Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de Dios. Los discípulos se pasmaban más  y más y se decían unos a otros: Entonces ¿quién podrá salvarse? Jesús, mirándolos a los ojos, les dice: Para los hombres, es imposible; pero no para Dios. Todas las cosas son posibles  para Dios. Pedro se puso a decirle: Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Jesús dijo: Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros (Mc 10, 17-31).  

Contemplación         

El Señor dice que el Reino de Dios “es” de los pobres. Y de los ricos dice que les será muy difícil “entrar”. Lo dice no por nada sino a raíz de este jóven rico que lo fue a buscar y que se ve que tenía buena voluntad… hasta ahí. Porque el Señor “lo miró y lo amó”. Pero él no lo registró. No vió la mirada del Señor! Y eso que era buena gente. Había cumplido todos los mandamientos desde que era chico y tenía ganas de dar un paso más. Pero el Señor le planteó un paso definitivo, radical: Te falta una cosa, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme. Ante esto él “le puso cara”. Frunció el ceño. No preguntó nada más. No dijo algo así como: Señor, no se puede… Como le dijeron luego, en casa, los discípulos. No. Este se quedó mudo. Quizás porque no entendió. O porque entendió perfectamente y no estaba dispuesto a tanto. Él hablaba de la vida eterna y Jesús le decía que se viniera con él ahora. Será que le dió miedo regalar sus bienes… o habrá sido lo de “seguir a Jesús” lo que lo trabó.  La cuestión es que se fue triste, dice el evangelio. No entró. Los pobres en cambio parece que ya están dentro. El Reino es de ellos. Es importante este posesivo. Después el Señor lo explicará de modo bien explícito: los que dejen todo “recibirán” el ciento por uno. Poseeran el Reino. La palabra aparece varias veces: del jóven rico se dice que poseía muchos bienes. Y Jesús afirma que es dificil entrar en el Reino a los que poseen riquezas. En Radio María me preguntaban el viernes pasado “por qué Jesús prefería a los pobres”. Y yo decía que me parecía que ese es uno de los «defectos» de Dios. Uno de esos defectos que hacen tan amable a Jesús. El obispo Van Thuan decía que lo que más le gustaba de Jesús eran sus defectos: que no supiera matemáticas (una oveja  para él valía lo mismo que 99); que no supiera de finanzas ni de economía: su Padre contrataba gente a toda hora y les pagaba a todos lo mismo, comenzando por los últimos! Por eso decía que esto de preferir a los pobres era como el defecto básico, el que explicaba todos los demás. Yo creo que el Jesús prefiere a los pobres y pequeños, por un lado, porque lo entienden (y el Padre también: que por eso se siente cómodo revelándoles a su Hijo amado a los pobres y pequeñitos y no a los letrados). Con los pobres Jesús no tenía necesidad de muchas explicaciones. En cambio los ricos -sobre todo los ricos de espíritu, los autosuficientes- lo impacientaban: siempre pidiendo razones, que por qué curaba en sábado, que con qué autoridad perdonaba los pecados… Los pobres en cambio entendían perfectamente de qué se trataba. Por eso con los pobres el Señor puede hacer maravillas, como dice nuestra Señora en el Magnificat. Por otro lado, yo creo que Jesús, que Dios, prefiere a los pobres porque Él es uno que viene a dar. Es «don Dios». Y los pobres entienden enseguida cuando es que uno les quiere dar o cuando es que empieza a explicar muchas variables económicas porque no les va a dar nada. Los ricos en cambio siempre creen que Dios les viene a pedir. Y por eso son tan desconfiados. No entienden que Dios es puro don, que es tan Rico en misericordia que lo único que quiere es dar. Que no necesita nada de ellos. En todo caso, sí que les den sus riquezas a los pobres. Pero Él no pide nada. Aunque esto, para los ricos, es lo mismo. No les pedirá para Él pero les pide que den sus cosas a los más pobres! Y bueno, esta diferencia -entre uno que no te pide nada para sí y que te da todo y que te mira con amor, si no la pesca uno por sí mismo, no hay quién se la explique. Alguna anécdota…? me preguntó Javier Cámara. Siempre hay alguna anécdota del Hogar (mis alumnos dicen que yo doy clases para tener una excusa para contar cosas del Hogar)! Me acuerdo un año que decidí ir a agradecer personalmente a las panaderías que nos regalaban el pan y las facturas al Hogar. Todas las mañanas iban nuestros huéspedes, con una notita firmada, a pedir el pan del día anterior que nos habían guardado. Esta vez, en vez de la nota, llevaba la tarjeta de Navidad. Entro a la primera panadería, sobre la calle Entre Ríos, y la dueña que estaba en la caja, sin dejarme explicar nada, me mira la tarjeta y me dice que ya han dado. Le digo que soy el padre del Hogar y que les quiero dejar una tarjeta… pero antes de que siga me dice que No, que gracias, pero que no hace falta (!). Recién a la tercera y antes que me corte  de nuevo le digo: Hey! escúcheme. No le vengo a pedir nada. Es una tarjeta de agradecimiento. Le quiero agradecer lo que nos dan. No me tiene que dar nada! Tiene que recibir! Ahí la agarró y cuando vio el pesebrito y el Feliz Navidad, sonrió. Se dió cuenta. Los pobres, en cambio, primero agarran la moneda y después miran a ver cuánto les diste. Pero primero reciben. Saben recibir! Por eso creo que Dios los prefiere. Pero el problema no es discutir quién es rico o con cuánto comienzo uno a ser rico. El punto es mirar cómo anda mi capacidad de recibir. Porque con tanta posesión y  consumo uno va perdiendo la capacidad de recibir!  Y Dios -Jesús, el Espíritu, nuestro Padre- es solo don. Puro Don. Se nos da todos los días. Como el Padre Misericordios que se da entero en ese abrazo -cuando se le echó al cuello a su hijo, como dice Lucas-, sin reproches por que no se dejó abrazar antes y sin condiciones sobre lo que tendría que hacer después, en el futuro. Y nuestra vida, como la de Jesús, es girar en torno al Padre como nuestro centro de gravedad, que atrae el peso del amor que late en nuestro corazón. En la cercanía del abrazo, el Amor rico en Misericordia del Padre, nos atrae como a un planeta el Sol, y si entramos en su órbita ya nada nos podrá separar de él. Jesús se nos da todos los día. Él es totalmente Eucaristía, porque es Don al Padre -acción de gracias en el Gozo del Espíritu Santo-, y Don a cada uno de los que lo recibimos en nuestras manos y en nuestra boca al comulgar. El demonio es cambio es “ausencia de Eucaristía”, posesión de sí mismo siempre insatisfecha, buscando a quién tentar con posesiones vanas, que lo alejan de mendigar, cada día, el don de la Eucaristía, haciéndonos ilusionar con que somos ricos y no necesitamos comulgar tan seguido (como la cajera de la panadería, le decimos al Señor: No, muchas gracias. No me hace tanta falta). El Espíritu Santo es puro Don. El Don del Padre y de Jesús para nosotros. Es Don que se multiplica en siete dones -Sabiduría, Entendimiento, Fortaleza, Ciencia, Consejo, Piedad y Temor de Dios- y en nueve frutos, con respecto a los cuales San Pablo dice “que no hay ley”, ellos mismos son “ley interior que hace actuar bajo la guía del Espíritu”: amor (agape), gozo (jará), paz (eirene), paciencia (macrotimía), amabilidad (jrestotes), bondad (agatosyne), fidelidad (pistis), dulzura-mansedumbre (prautes), señorío de sí (enkrateia). Dios es puro don. Y con Él la cuestión central de la vida gira en torno a aprender a recibir. No cosas sino personas. Saber recibir -hospedar, acoger, hacer sentir bien, comprender, dar tiempo, escuchar…- personas.  

Diego Fares s.j.

Read Full Post »

Joven ricoAmigos de Jesús, el Bien y los bienes

Y cuando salía Jesús al camino, uno lo corrió y arrodillándose ante él le rogaba: Maestro bueno, dime: ¿qué debo hacer para poseer en herencia la Vida eterna?
Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno es bueno sino el único Dios.

Conoces los mandamientos: No mates, no adulteres, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre.
El, respondiendo dijo: Maestro, todas estas cosas las he practicado y guardado desde chico.
Jesús mirándolo a los ojos, lo amó (con amor gratuito, de caridad), y le dijo: Te falta una cosa, andá, vendé todo lo que tenés y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego volvé acá y seguime.
El, quedó frunciendo el ceño a estas palabras, se marchó malhumorado, porque era una persona que poseía muchos bienes.
Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos:
¡Cuán difícilmente los que posean bienes y riquezas entrarán en el Reino de Dios!
Los discípulos se asombraban al oírle decir estas palabras.
Pero Jesús, tomando de nuevo la palabra, insistió:
¡Hijos, cuán difícil es que los que tienen puesta su confianza en sus bienes entren en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de Dios.
Los discípulos se pasmaban más y más y se decían unos a otros: Entonces ¿quién podrá salvarse?
Jesús, mirándolos a los ojos, les dice:
Para los hombres, imposible; pero no para Dios, pues todas las cosas son posibles para Dios.
Pedro se puso a decirle: Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
Jesús dijo: Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna.
Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros (Mc 10, 17-31).

Contemplación
“Ninguno es Bueno sino el único Dios”.
Jesús pesca la palabra justa en torno a la cual giran los deseos del corazón del joven rico: Maestro “Bueno”.
Salía Jesús para ponerse de nuevo en camino y esto joven lo corrió y lo llamó “Maestro bueno” (agathon).
El oído atento del Señor escucha las resonancias de fondo que tienen nuestras palabras. En las expresiones que usamos escucha nuestros anhelos más íntimos, los gemidos del Espíritu que habla en el corazón de las creaturas, deseando crecer y ser más.

¿Por qué me llamás Bueno?, le dice y no lo deja contestar sino que le revela Él mismo el por qué. Le dice: “Ninguno es Bueno sino el único Dios”, como diciendo: si te salió espontáneamente llamarme Maestro Bueno, sabé que eso no procede de la carne sino del Padre que te hace venir corriendo hacia mí.
Jesús le valora al joven las palabras que ha utilizado, se las resignifica como una declaración de amor: intuiste bien, me percibiste como Bueno, me viste como lo que realmente Soy: el único Bueno, el único Valioso, el Bien en Persona.

Jesús no lo deja responder sino que le responde Él mismo, como para que esa expresión feliz no pase inadvertida, e inmediatamente lo vuelve a confrontar con su mentalidad. El joven al decir “bueno”, visualiza al Maestro como un “medio” para lograr un bien para él: la vida eterna como herencia que se puede poseer. La mentalidad del joven es que los bienes se consiguen “haciendo cosas”. ¿Qué debo hacer para poseer este bien?.
Jesús lo remite a la Ley: “Feliz el hombre que cumple la Ley de Dios”. Los mandamientos ensanchan el corazón y cumpliéndolos la vida se vuelve plena, se expande y se consolida.
El joven desea más. Todo eso ya lo vivo desde niño; el bien que se dona a un corazón que cumple los mandamientos, él ya lo recibe y lo pone en práctica desde siempre.
Jesús da un nuevo paso en este diálogo de amor.
Marcos dice que fijó en él su mirada -lo miró a los ojos- y lo amó.
Lo amó con amor gratuito de agape, de caridad.
Tendríamos que decir mejor que “se lo amigó”, ya que no hay un verbo para caridad.
El amor de amistad puede utilizar el verbo “amigar”, que no se utiliza en abstracto sino que tira para el lado reflexivo y personal: “amigarse”.
Amar puede ser una necesidad, un impulso (eros) o un acto gratuito (agape); amigar solo puede ser un amigarse que se ofrece líbremente y que requiere la libertad del otro que responde.
Quiero decir: uno puede amar sin ser amado, pero no puede amigarse sin que otro corresponda.
Jesús se sintió amado por esto joven y lo miró con amor.
Se sintió amado como Bueno, pero no quiso ser confundido con uno de los muchos bienes que el joven poseía. Por eso lo amó (como nos ama a todos), no tanto con misericordia, porque el joven era sano y santo, no necesitaba ser curado ni perdonado de algo especial; lo amó con amor de caridad, con amor que Dios regala gratuitamente y que, para ser plenamente eficaz requiere la contrapartida de nuestro amor gratuito. Cuando estos dos amores gratuitos se dan la mano, nace la Amistad. La amistad son dos o más amores, gratuitos, líbremente recibidos y donados.

Este amor de amistad necesita idas y vueltas.
Tiene que reafirmarse como gratuito en cada ocasión. Para lo cual es necesario ir y volver, ir a vender bienes y volver al único Bien.

Esta es la propuesta del Maestro: sólo una cosa te falta, andá, vendé todos los bienes que tenés, dáselos a los pobres y poseerás un tesoro en el cielo (hasta acá seguimos en el terreno de los bienes, en una operación comercial entre bienes de la tierra y bienes del cielo), después volvé acá (a este punto en el que te estoy mirando con amor de amistad) y seguime como amigo.

Jesús se revela al joven como el único Bien, como el sólo Dios, y le propone Amistad; ser amigos…
Le propone el Bien sumo e inimaginable: ser amigo de Dios, ser amigo con Jesús.
Entendámoslo bien: no “cosas”, sino “ser amigos”.

En la mente del joven debe haber resonado el Sirácida:
“El amigo fiel no tiene precio,
no hay peso que mida su valor
El amigo fiel es seguro refugio,
el que le encuentra, ha encontrado un tesoro” (Ecl 6, 14…).
“No cambies un amigo por dinero,
ni un hermano de veras por el oro de Ofir” (Ecl 7, 18).

Imagínense que Jesús públicamente nos llame, o si nos hemos acercado nosotros con alguna petición, la responda como al joven y nos proponga ser sus amigos.
No “uno más”, sino amigos. Amigos de verdad. Con todos los “derechos que un amigo tiene” ya que el Amigo le da derechos a su amigo líbremente y con gusto porque “La dulzura del amigo consuela el alma”.

Amigos con derecho a importunar a Jesús (como el amigo que llama a la puerta de su amigo de noche, cuando éste ya está acostado y le pide un pan para otro amigo que llegó tarde…), porque “El amigo ama en toda ocasión” (Prov 17, 17).

Amigos con derecho a conocer todo lo que pasa por el corazón de Jesús (“Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que piensa su Amo. Yo los llamo amigos porque les he dado a conocer todo lo que he oído del Padre”).

Amigos con derecho a hablar cara a cara con Jesús, con “descaro”, con familiaridad, como Moisés y Yahvéh (“Yahveh hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo”).

Amigos con derecho a recibir las promesas de Jesús, como Abraham, el amigo de Dios, nuestro padre en la fe en que Dios cumple lo que promete.

Amigos con derecho a una amistad incondicional con Jesús y sus amigos, como la que tenían entre sí los Macabeos, leales a muerte para defenderse de los enemigos.

Amigos con derecho a ser mimados por Jesús. Como dice el Salmo 4: “Sepan que el Señor mima a su amigo, Yahveh me escucha cuando yo le invoco”.
A ser mimados y a mimarlo, como las amigas del Señor que lo ungían con sus perfumes; como las familias amigas que lo recibían en sus casas, como Lázaro y sus hermanas, como Simón el leproso, como Zaqueo y, Mateo, los publicanos (Jesús era conocido como “amigo de publicanos y pecadores”). El Señor hizo y hace amigos de todas clases, entre los que saben apreciar su Amistad como el Bien de los bienes.

Amigos con derecho a nunca ser abandonados por Jesús: “Porque el Señor no abandona a sus amigos” (Sal 37, 28).

Amigos con derecho a ser siempre protegidos por Jesús, como Él protegió a sus amigos en la Pasión, evitando que sufrieran daño: “Él guarda el camino de sus amigos” (Prov 2, 8).

Amigos con derecho a exultar de alegría y a compartir la gloria de Jesús: “Exulten de gloria sus amigos, desde su lecho griten de alegría, porque es un honor para todos sus amigos que se cumplan sus decretos” (Sal 149).

Amigos con derecho a ser siempre justificados, como Jesús justifica siempre a Simón Pedro, su amigo, porque “Las heridas del amigo despiertan lealtad” (Prov 27, 6).

Amigos con derecho a ser formados por la Sabiduría de Jesús que, “entrando en las almas santas, forma en ellas amigos de Dios y profetas, porque Dios no ama sino a quien vive con la Sabiduría” (Sab 7, 28).

Amigos con derecho a alegrarse con la alegría de su Amigo, como Juan Bautista se alegraba (desde el seno de su madre y durante toda su vida) de las alegrías de Jesús su amigo.
Amigos con derecho a reclinar la cabeza sobre el Corazón del Señor, como Juan en la Cena.
Amigos con los derechos de la Esposa del Cantar de los Cantares:
“- Hermosa eres, amiga mía,
– Yo soy para mi amado y mi amado es para mí:
él, que pastorea entre los lirios” (Cant 6, 3…).

La amistad del Señor con María y Juan abre un ámbito de amistad eclesial en el que se nos regala ese ciento por uno del que el Señor habla y promete a los que dejan todos los bienes por el Bien de su Amistad.
Diego Fares sj

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: