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En aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.
Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:
«Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».
El los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas:
«¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Pero nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para saquear sus bienes si primero no lo ata; entonces podrá saquear la casa.
En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».
Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
La gente que tenía sentada alrededor le dice:
«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
Él les pregunta:
«Quiénes son mi madre y mis hermanos?».
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mc 3, 20-35).

Contemplación

Este evangelio de Marcos aparece pocas veces en la liturgia dominical ya que el tiempo ordinario suele comenzar por el domingo 11, 12 o 13. De hecho, nunca me ha tocado hacer esta contemplación (desde el 2001 en que comencé a enviar las contemplacciones a algunos amigos que participaban en el Taller de Ejercicios de Regina).

Es un evangelio importante para retomar el ciclo litúrgico ordinario, luego de la Pascua y las fiestas grandes -Pentecostés, Trinidad, Corpus y Sagrado Corazón-. Importante porque comienza directamente, como hace San Ignacio, planteando la lucha entre Jesús y Satanás.

Acerca de esta lucha, decía nuestro Maestro, el Padre Miguel Ángel Fiorito, allá por el año 1956, en un artículo que tituló “La opción personal de San Ignacio: Cristo o Satanás” y que marcó el comienzo de su misión de formar a los jesuitas argentinos (dos años después, en 1958, entraría Bergoglio al Noviciado):  “Yo por mi parte confieso que hace tiempo vengo pensando en la espiritualidad ignaciana. Por lo menos, desde que hice mis primeros Ejercicios espirituales en serio sintiendo en mí un vaivén de espíritus contrarios, que poco a poco se iban personalizandoen dos términos de una opción personal” entre el Buen espíritu y el mal espíritu, entre Jesús y el Maligno, del cual pedimos al Padre que nos libre, cada vez que rezamos el Padrenuestro.

Marcos presenta a Jesús en tres lugares:

* primero en torno al lagode Galilea. El lago es el lugar de la predicación y de la misericordia. En torno al lago el Señor ha curado a tantos enfermos (el primer milagro fue curar a un endemoniado, ya que para Marcos es esencial la lucha del Señor contra el Maligno y contra todo tipo de mal);

* luego la Montaña, donde llama e instituye a los doce para que “estuvieran con Él y para enviarlos a predicar”. La montaña es lugar de contemplación y de trato íntimo con el Señor en la oración-;

* y por fin la casa, el lugar de las elecciones y los problemas de la vida cotidiana.

Curiosamente, la lucha contra el Maligno se infiltra en la vida familiar. No se da sólo “en la calle”. Los “teólogos” del tiempo -los escribas- hacen campaña contra Jesús haciendo correr la voz -de modo que le llegue a sus parientes- de que Jesús está “sacado”. “Tranquilícenlo porque está fuera de sí”, “háganlo entrar en razón ustedes que son sus familiares”… Ese es el mensaje…

Al mismo tiempo, lanzan públicamente -en medio del pueblo de Dios- la acusación terrible de que está endemoniado. “Expulsa a los demonios con el poder del Jefe de los demonios!”

Esta acusación, violenta en una sociedad teocrática, revela de entrada lo que ya han concebido en su corazón: demonizar a Jesús es instalar la idea de que hay que matarlo, exterminarlo, no queda otra.

Reconocen su autoridad para expulsar demonios porque no pueden negar los hechos, pero tergiversan totalmente su significado. Tres años después, cuando muevan la cabeza frente al Señor crucificado, recordarán que ya lo habían dicho: uno que no puede salvarse a sí mismo es uno que todo lo que hacía lo hacía con el poder de Belzebú. Esa es su “teología”: la de un Dios que si no se salva a sí mismo, no es Dios”.

Cuando hablamos del Maligno, de Satanás, del Demonio o Diablo, tenemos que esta atentos a una “operación mediática” que el Padre de la Mentira, como también lo llama Jesús, realiza en cada época. La operación consiste en promover una imagen desactualizada de sí mismo, de modo que uno le pierda el miedo y eso lo lleve “a bajar la guardia, a descuidarnos y quedar expuestos” a sus engaños (EG 161), como bien nos advierte el Papa Francisco.

El mal es algo muy real en nuestra vida: la inseguridad, el que te puedan robar y matar, los bombardeos y los atentados terroristas que se cobran vidas inocentes, los millones de personas -tantos niños- que sufren hambre, que tiene que huir de su tierra. Y también el mal que se mete entre los que nos queremos: las peleas en familia, la infidelidad entre los que se prometieron amor…

Tanto mal no es algo “natural”. La naturaleza no odia ni miente. El mal que más nos destruye es el que tiene detrás una intención personal de hacer daño.  Esa intención sufre dos tentaciones: una la de que nadie se haga cargo. La otra, la de hacernos cargo nosotros o hacer cargo a otra persona de la totalidad del mal. Es verdad que somos “cómplices”. Pero no hay persona humana individual que sea culpable de todo el mal.

Aquí es donde podemos dejar la cuestión “entre paréntesis” o escuchar a Jesús que nos dice que hay un Maligno, uno que instiga y cosecha todo mal.

Al escuchar esto, tenemos que estar atentos a que no nos juegue en contra “la imagen desactualizada” de la que hablaba. Porque si pensamos a este autor del odio y la mentira con cuernos y fuego y describimos su accionar con posesiones diabólicas y gente que se retuerce y habla idiomas extraños, entonces nuestra mente lo pondrá “entre paréntesis”, se negará a creer que detrás de los males concretos esté alguien así.

El Papa interviene en este punto y expone las cosas de esta manera: “El Maligno no tiene necesidad de poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras reducimos las defensas (y nos negamos a ponerle nombre personal y a enfrentarlo como la persona que es y lo dejamos en el “anonimato”) él aprovecha para destruir nuestra vida, la de nuestras familias y la de nuestras comunidades, porque “como león rugiente ronda buscando a quien devorar” ” (1 Pe 5, 8)”.

En el capítulo V de su Exhortación apostólica Alégrense y exultenFrancisco nos da una clave muy útil y concreta para desenmascarar al Demonio y hacernos ver su rostro real, actualizado! Dice el Papa: “La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida” (GE 159).

Nos detenemos en la conexión entre “tentaciones del diablo” y “anuncio del Evangelio”.

Las tentaciones del Maligno van directamente contra la Alegría del Evangelio, contra el anuncio de las Bienaventuranzas, que son el corazón latiente del Evangelio y contra Mateo 25, que nos da el criterio para discernir si somos o no dignos del cielo y lo pone en las obras de misericordia -tuve hambre y me diste de comer…-.

Otras “tentaciones” y “acciones del Maligno”, no son hoy algo que él se tome el trabajo de realizar personalmente. Decía un periodista que en la Italia actual, alguno podía estar tentado a pensar que la mafia ya no existe dado que han disminuido tanto los asesinatos personales. Aunque esto sea un dato estadístico no significa que haya desaparecido la mafia. Lo que sucede es que hoy la droga le da tanto dinero que no necesitan matar gente. La pueden comprar! Esta imagen puede ayudarnos a no ser ingenuos pensando que el Demonio no “actúa personalmente” tentándonos. Lo que sucede es que su campo de acción contra Jesucristo (no olvidemos que el Demonio se muestra “como persona” en relación a la Persona de Jesús. Nosotros no le interesamos realmente sino en cuanto “somos de Jesús”) no es hoy el terreno de los vicios tradicionales, por decirlo de alguna manera. En ese terreno ya nos ha “comprado” y nos tentamos solos. En cambio sí se concentra en atacar “el anuncio del Evangelio” y a los que lo anuncian con alegría y dando testimonio con su vida.

En el pasaje de hoy vemos cómo la táctica de los secuaces del Maligno consiste en desacreditar a Jesús, publica y familiarmente, de modo tal que su Evangelio salvador, el que nos pone en contacto filial con el Padre de las Misericordias, pierda poder salvador al entrar en conflicto con estas dudas que siembran en la gente.

La mejor imagen del Maligno para nuestra actualidad es una aparentemente inofensiva: la que el Señor pone al comienzo de la parábola del Sembrador, cuando habla de una parte de la semilla que “cayó a lo largo del camino (y) vinieron las aves y se la comieron”. El Señor explica así la parábola: “Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos” (Mc 4, 4-15). No por nada la parábola del Sembrador viene inmediatamente después de la parábola de Satanás que leemos en el evangelio de hoy.

La imagen parece inofensiva, porque pinta a Satanás como esas “aves del cielo” que se comen las semillitas que caen de la bolsa del Sembrador mientras va de camino. Sin embargo, este “robo” de las semillas antes de que tengan tiempo de ser ni siquiera sembradas, es la acción personal más destructiva y decidida del Demonio en el mundo actual. Nos roba la Palabra antes de que nos demos cuenta de que era una Palabra del Señor para nosotros. Este es el nombre y el rostro que le tenemos que poner a Satanás, al Maligno, al Mentiroso, en la actualidad: es el rostro de uno que está detrás de todo aquel o aquello que nos roba la Palabra de Jesús. La roba o la ensucia o la tergiversa o la reduce o desacredita al que nos la predica… Si algo se tira contra la humildad, la lindura, la transparencia y la ternura de toda Palabra de Jesús, es Alguien que tiene nombre propio: el Maligno.

Me impresiona que en la explicación el Señor habla de “la Palabra sembrada en ellos”. Es decir: la Palabra tiene fuerza como para crecer en cualquier terreno, también en el camino. Si en otros terrenos hay que protegerla contra las piedras y los yuyos, aquí hay que protegerla directamente del Maligno.

Puede ser una imagen de estar atentos a una acción personal que el Maligno desempeña en la vida pública, en los medios, allí donde hoy se juega casi la totalidad de nuestra vida que casi no tiene “terrenos protegidos” donde pueda crecer en paz una semilla, sino que todo es hoy “camino”.

Qué nos dicen estas dos parábolas de Jesús, que anteceden a la del Sembrador y vienen a ser “las primeras parábolas del evangelio de Marcos” (esto lo digo sin ninguna autoridad “exegética”, tomando pie solamente a que Marcos dice que Jesús: “llamándolos junto a sí (a estos escribas o “comentadores”) les decía en parábolas…”).

Son dos parábolas muy difíciles de comprender si no les pescamos el punto justo. A mí me ayuda pensarlas al modo de San Ignacio que, cuando habla del mal espíritu, lo hace humildemente, sin pontificar ni hacer definiciones dogmáticas sino describiendo un modo de actuar que “comúnmente” tiene el enemigo de nuestra naturaleza humana.

Si pensamos así estas parábolas, lo que Jesús les responde a los escribas es que sería muy raro que el demonio actuara así, haciendo un bien para lograr un mal. No es lo que acostumbra: el demonio si te da un placer para que hagas el mal también te escupe el placer y te lo arruina, tarde o temprano. No es bueno ni siquiera con los otros demonios! mucho menos con sus cómplices humanos.    El demonio es autodestructivo y malo hasta consigo mismo, cuánto más con los demás!

Jesús les dice que si el demonio sigue la lógica que ellos proponen, entonces está perdido. Si usa su poder contra sí mismo y el Jefe se la agarra contras los demonios menores, entonces es que ha llegado su fin.

La lógica de los escribas es aparentemente sutil y entradora: ellos tratan de hacer pensar a la gente que Jesús sigue el camino de los estafadores, que te regalan algo para robarte o la lógica del enemigo que te salva de un peligro menor para hacerte un mal mayor. Es la táctica más usada por el demonio que, cuando nos propone un placer agranda el beneficio y desestima el peligro que conlleva. Esta lógica no funciona para los casos de las personas concretas que el Señor ayuda. Para aquel que es liberado de un demonio o curado de una enfermedad concreta que lo atormenta, el bien que le hace Jesús es tan real y concreto que es blasfemo decirle que el Señor lo cura con la intención de hacerle luego un mal mayor! Este discurso de los escribas no va destinado a la persona curada (que como el ciego del evangelio de Juan, defenderá a Jesús contra todos los que opinan diciendo “lo que yo se es que era ciego y ahora veo”). Es un discurso que va “al público en general”, tratando de dañar a otros y usando, ellos sí, al que Jesús sanó, para hacer un mal y sembrar la duda en los demás.

El Señor propone otra lógica más simple: si hay personas que realmente son libradas del mal y curadas, es señal de que “vino uno más fuerte” que el demonio.

Así de claro y simple.

Y luego contra ataca con la condena más fuerte de todo el Evangelio: decir que el bien concreto es “un medio para hacer un mal” es un pecado contra el Espíritu Santo, un pecado que no tiene perdón porque es como un ataque terrorista que destruye y se autodestruye. Si alguien me ataca en mi capacidad de reconocer el bien y el mal, ese es mi peor enemigo. Y a ese padre de la Mentira, a ese que ha destruido en sí mismo su capacidad de reconocer el bien y por eso se ha convertido en El Maligno, le digo: En Nombre de Jesucristo, aléjate de mí -de nosotros-. Y al Padre le ruego -le rogamos- líbranos del Maligno, que nos quiere robar la Palabra y pretende hacernos sentir separados  del Amor de Cristo

Diego Fares sj

 

 

 

 

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“Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea,

al monte que Jesús les había indicado.

Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron.

Jesús se acercó a ellos y les habló así:

‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.

Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes

bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,

y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado.

Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días

hasta la consumación de los siglos’” (Mt 28, 16-20).

Contemplación

  1. La contemplación de la Trinidad la comencé por el lado de la alabanza y de la bendición. Mi manera práctica de dirigirme a la Santísima Trinidad es glorificarla y pedirle bendición.

…………..

Es en la Iglesia donde resuena el ¡Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu santo!, que aprendimos de “aquel momento en que se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: « Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Lc 10 21).

Ese momento, del que habla Lucas, fue el del regreso de los 72 discípulos misioneros. El Señor los había enviado de dos en dos a anunciar el evangelio, la buena noticia: “el Reino de Dios está cerca de ustedes”. Ellos “regresaron alegres” y al verlos retornar contentos de la misión, el Señor se llenó de gozo en el Espíritu Santo y bendijo al Padre, Señor del Cielo que comenzaba a reinar también en esta Tierra.

Nosotros, en la fiesta de la Santísima Trinidad, le pedimos al Espíritu con intenso deseo (y si no sentimos intenso deseo le pedimos también que nos de deseo de desear más, con más fuerza y alegría), que nos llene de gozo para Alegrarnos y exultar como Jesús y poder bendecir con Él al Padre que se revela a los pequeños.

Agradecemos a la Iglesia, nuestra Madre y nuestro Pueblo, porque es en Ella -en su espacio comunitario en torno a la Eucaristía y a todas las celebraciones-, donde podemos entonar juntos esta alabanza a nuestro Dios verdadero.

 

2. Luego me inquietó pensar en un mundo sin Alabanza ni bendición y eso me llevó a pedir al Espíritu que tocara y abriera mi corazón.

…………..

Imaginemos, dice un autor, un mundo de fábricas, clubs, shoppings, reuniones políticas, universidades utilitarias, artes y recreaciones utilitarias, en el que no pudiéramos oír ni una sola voz aclamando: “Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo“; ninguna voz bendiciéndonos: “En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo“. Un mundo que transcurre al sol y sus relaciones se dan en el plano del utilitarismo, del industrialismo, de la tecnología…,un mundo en el que todo es biología, sicología y sociología, sin puerta alguna ni ventana al Reino de Dios. Un mundo sin Espíritu Santo que es Quien nos hace entrar en contacto con la Trinidad

Al Espíritu Santo se le llama “Dedo de la Diestra del Padre”. Al pensar en su forma de relacionarse con nosotros podemos pensar en ese leve contacto espiritual que hoy ejercitamos para encender nuestros celulares y tabletas y que a veces contrasta tanto con el modo brusco de relacionarnos con otros seres humanos.

Cuando Jeremías profetizaba que Dios escribiría su ley en nuestros corazones (Jr. 31, 33) me gusta imaginar al Señor escribiendo suavemente en el teclado digital de nuestro corazón, que se enciende y se ilumina con sus palabras. Así también en la lucha, cuando el Señor dice que expulsa los demonios “con el dedo de Dios”, me gusta pensar que los mueve con un dedo, los expulsa como quien pasa página y mira más allá. Si con un dedo le basta al Señor para hacer callar al Acusador, para comunicar su Espíritu Santo lo hace imponiendo sus manos con todo su corazón.

La imagen trinitaria del “dedo de la mano derecha (Jesús) del Padre” es una imagen táctil que puede ayudarnos en una relación con la Trinidad en la que la imágenes de tres personas iguales y distintas -como los tres ángeles de Rublev- y las expresiones numéricas del “Uno y Trino”- se nos mezclan con tantas imágenes y números que tenemos en la cabeza.

En el leve toque del Dedo de la Mano del Padre podemos sentir la potencia operativa del Espíritu que nos pone en contacto con la Carne del Señor y le permite al Padre abrazarnos como cuando corrió a abrazar a su hijo pródigo que volvía y se le echó al cuello y lo besó y lo hizo entrar en la casa.

Basta un toque suave -como a una tecla- del Espíritu para desencadenar esta fuerza arrolladora del Padre que se sale de sí para darnos todo, como a hijos muy queridos.

Basta un toque del Espíritu para que nos demos cuenta solos, sin necesidad de que nadie nos explique, de toda la Verdad Personal de Quién es Jesús para nosotros: el Señor de la vida de cada uno, el único capaz de hacer de todos los pueblos un solo pueblo de Dios que camina hacia la salvación.

Basta un toque del Espíritu para hacernos discernir -con clara lucidez y determinación- lo que tenemos que hacer en este momento preciso para agradar a Dios y hacerle contra -por no darle el gusto- al mal espíritu.

 

3. Por fin, encontré la imagen de la Mano de Jesús crucificado y sentí que allí hay una imagen de la Trinidad que no confunde y que quita el miedo

………..

Está todo allí: en la imagen de la Mano de Jesús crucificado; en la punta del Dedo de esa Mano totalmente abierta, entregada, de un Jesús que se ha abandonado en las Manos de su Padre y nos invita a dejarnos tocar por su Gracia que mana de la Cruz y nos comunica la Fortaleza del Espíritu que nos hace adorar diciendo “Abba” -Padrenuestro-, y confesar que “Jesús es nuestro Señor”, a quien seguimos sirviendo a nuestros hermanos.

Dice Francisco:

“Hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida (GE 175).

El Espíritu viene en Persona a nuestra vida. Y nos hace entrar en la esfera de acción y de presencia de la Persona del Padre y de la Persona de Jesús.

Una vez que le perdemos el miedo, como uno le pierde el miedo a un buen médico o a un buen maestro, el Espíritu supera cualquier tipo de distancia que tengamos con el Padre, sea la distancia de la avidez que nos hizo alejarnos de la Casa paterna con nuestra parte de la herencia, sea la distancia de la culpa que no nos deja regresar a pedir perdón.

El Espíritu facilita y vuelve agradable el hecho de vivir y caminar en la presencia del Padre y convierte en algo deseable que el Padre (que ve en lo secreto) examine nuestro corazón para ver si va por el camino correcto.

El Espíritu hace que conozcamos la voluntad del Padre, lo que le agrada, la misericordia perfecta y hace que nos confiemos a sus manos que nos podan como las manos del Viñador y nos moldean como las manos del Alfarero (cfr. GE 51).

            El Espíritu hace que confesemos que Jesús es nuestro Señor, nuestro guía y conductor, nuestro consejero y jefe en la vida cotidiana. Un Jefe cuyos mandamientos no son “órdenes militares ni funcionales” sino más bien exhortaciones apostólicas, que nos instan a desinstalarnos de la comodidad y nos permiten distinguir rostros que nos alientan y nos solicitan.

Como dice el Papa: “Jesús abre una brecha en medio de la selva de mandamientos y preceptos de la vida actual: una brecha que permite distinguir dos rostros: el del Padre y el del hermano. Jesús no nos da dos fórmulas o dos preceptos más. Nos entrega dos rostros, o mejor uno solo: el de Dios que se refleja en muchos hermanos” (GE 61).

El Espíritu Santo nos da “la libertad de Jesucristo y nos llama a examinar

lo que hay dentro de nosotros ―deseos, angustias, temores, búsquedas―

y lo que sucede fuera de nosotros  —los «signos de los tiempos»—

para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,21). (GE 168)

 

En la fiesta de la Santísima Trinidad pedimos la gracia de perder el miedo a dejanos tocar por el Dedo de la Mano del Padre.

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Estatua de Matteo Ricci y Xu Guangqi (laico chino convertido).

Durante la Cena, Jesús dijo a sus discípulos:  «Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que la alegría que yo tengo esté en ustedes y el gozo que ustedes tienen se plenifique. Este es mi mandamiento: Ámense mutuamente, como yo los he amado. Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hicieren lo que yo les mando. Ya no les digo siervos, porque el siervo ignora qué es lo que hace su señor; yo los he llamado amigos, porque todas las cosas que oí junto a mi Padre se las he dado a conocer. No me eligieron ustedes a mí, sino que Yo los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y lleven fruto, y ese fruto permanezca, para que todo lo que pidan al Padre en mi Nombre se los dé. Esto les mando, que se amen los unos a los otros» (Jn 15, 9-17).

Contemplación

“Yo los he llamado amigos” dice Jesús en la última Cena.

Nos quedamos con esa frase y le dedicamos este rato de contemplación a dejar que se asiente en nuestra  alma este nombre de amigos con que nos llama el Señor.

Sabemos que esto de “dar un nombre” a alguien, es para Jesús algo especial. El hecho de que remarque que “nos ha llamado amigos” y que lo fundamente -“les he dado a conocer todas las cosas que oí junto al Padre”- es una invitación a apreciar este gesto suyo como algo decisivo para nuestra vida.

Estas contemplaciones hace un tiempo ya que una amiga -Shu Qin Xiao-, religiosa de la Compañía de María, las traduce en chino. Como los chinos aunque no lo parezca, tienen menos paciencia que los argentinos (al menos para leer estas contemplaciones en sus celulares), la primera sugerencia que me hicieron, luego de una encuesta que mandamos, fue acortarlas bastante. Sus educadas respuestas fueron mayoritariamente: “Muy lindo. Pero mejor más cortito y más ejemplos de la vida cotidiana”. Así que comencé a hacer una síntesis de media paginita. Pero después, como para que se publicara en una página abierta del whatsapp chino tenía que estar antes, terminé por escribirla durante la semana, de modo que en general salen contemplaciones muy distintas.

Hoy comienzo con la china, ya que para escribirles a ellos me inspiró el libro Sobre la amistad del padre Ricci. Aunque en vez de sintetizar más la otra, aquí me extiendo, dejándome llevar por el gusto de hacer “coloquio”, como un amigo hace con sus amigos.

….

El misionero jesuita Mateo Ricci, cuando se estableció en Nanchang en el año 1595, se hizo amigo de dos funcionarios que tenían título de “rey”, aunque no tenían reino (como nos pasa a los curas que estamos en Roma y no tenemos parroquia). A uno de ellos, el rey de Jian’an, que se llamaba Zhu Duojie, Ricci le regaló dos libros: uno era un mapamundi con muchas descripciones en chino hechas por él mismo. El otro libro fue su tratado Sobre la amistad. Consta de 100 sentencias y está escrito como respuesta a una inquietud que tenía el rey acerca de “qué sentíamos de la amistad en occidente”. El libro se hizo muy famoso, tanto que  Ricci o Xitai (“Maestro del gran Occidente”, como le dieron en llamar sus amigos chinos) afirmaba que con ese libro habían logrado más que con todos los otros trabajos apostólicos juntos. Es que a los hombres nos interesan muchas cosas -como los mapamundi-, pero la amistad nos interesa más.

En la meditación para mis amigos chinos me centré en un punto: que en Jesús podemos ser amigos de todos los hombres.

Tomé pie en la importancia que tiene para la sabiduría popular china la “amistad social” (de la que siempre nos habla el Papa Francisco y creo yo que es una gracia contra la cual el Maligno, enemigo de la naturaleza humana que es amigable, lucha con ensañamiento sembrando odio, mentira y guerra).

En china se considera la amista como la quinta relación social. Lo expresan así: “Entre soberano y súbdito no puede faltar la justicia, entre padre e hijo, no puede faltar el afecto, entre marido y mujer, no puede faltar la diferencia; entre hermano mayor y hermanos menores, no puede faltar la jerarquía: cómo podrá faltar la amistad?”

También tomé un proverbio chino que habla de los amigos lejanos: “Los amigos estarán cerca como simples vecinos aunque se encuentren en los confines más remotos“. Me encanta este modo de decirlo. Nosotros lo expresamos temporalmente, diciendo que “es como si nos hubiéramos visto ayer“. Ellos lo expresan diciendo que es como encontrarse con el vecino de al lado.

La verdad es que da gusto cómo cada pueblo -y cada grupo o par de amigos- nos complacemos en encontrar imágenes antiguas y nuevas para expresar algo inefable de mil maneras distintas y que todos entendemos.

El punto es, por supuesto, la evangelización. Se trata de meditar y contemplar cómo Jesús, que multiplica y mejora todas las cosas humanas -los cinco panes y los peces y el agua convertida en vino en Caná-, multiplica y mejora la amistad humana, que ya en sí misma es de lo mejor que tenemos los hombres.          Pongo especial atención en lo de que la multiplica, porque por ahí es un lugar común decir que los amigos son pocos y que es dificil encontrar un amigo o una amiga de confianza.

La reflexión que hice teniendo en cuenta todas estas cosas, es que no existe “la amistad”, así en general, como si fuera un valor absoluto en lo alto del reino de las ideas al que todos tendríamos que mirar. No existe “la amistad” en abstracto. Existen los amigos. Y cada relación entre amigos es única y aporta algo especial a la amistad de los demás.

Si esto es así, entonces cuando Aristóteles dice que a uno no le da la vida para tener muchos amigos, está haciendo una reflexión cuantitativa que le viene de la razón, es cierto, pero de una razón limitada a su experiencia cultural particular. Es razonable porque es veredad que los amigos – especialmente los “amigos incómodos”, que vienen a cualquier hora y se quedan hasta tarde-, a veces demandan mucho tiempo. Pero Aristóteles no contaba con un Amigo como Jesús, que si es capaz de multiplicar peces y panes, con mayor razón es capaz de multiplicar amigos (y hacer que se multiplique el tiempo que uno le dedica a los amigos.

En el Reino, el tiempo para los amigos, en vez de perderse se duplica y quintuplica. Lo vemos en el Papa, por ejemplo, que la gente dice “no sé de dónde saca tiempo para escribir personalmente sus saludos y para llamar a tantos”. Es que eso de que “lo saca” contiene una gran verdad, porque no lo saca de su cítizen, sino del reloj pulsera que usaría Jesús, para quien, como afirma Pedro, que estaba atento al modo de vivir el tiempo que tenía el Señor: “un día es como mil años y mil años como un día” (2 Pe 3, 8).

Otra frase común es que la amistad es una “rara avis” -un “cisne negro” decía Kant-. Pero esta reflexión, al igual que todas las que hacemos sobre la amistad, tiene un “sí, es verdad” y un “pero también”. Es verdad que la amistad es especial. Pero si es verdad que no existe la amistad sino los amigos, la imagen del “cisne negro” nos habla de cómo era Kant, que era un tipo bastante particular, y por tanto, sus amigos deberían ser también “particulares”. Pero también hay otra gente que por ahí es muy simple y tiene muchos “mejores amigos”, como mi amigo Iñaki, por ejemplo, que no tiene ningún empacho en llamar “mi mejor amigo” a varios de nosotros.

Jesús es así, se hacía y se hace amigos entre gente muy distinta. Amigos que lo seguían (y lo siguen) en su tarea misionera, como los apóstoles, amigos que lo recibían (y lo reciben) en su casa, como Lázaro, Marta y María, amigas como la Samaritana o Zaqueo, a los que se encontró (y se sigue encontrando) en el campo y por la calle, amigos de otras culturas y religiones, como el Centurión, la Sirofenicia y el leproso Samaritano que volvió a darle gracias. Y era (y es) también amigo de pueblos enteros, como los de Caná, Cafarnaún y el pueblo de la Samaritana… El Señor pensaba en “todos los pueblos”, en las ovejas de esos “otros rebaños” que sus apóstoles-amigos saldrían a buscar.

Íntima y comunicable, especial y común, son rasgos que aporta a los amigos Alguien como Jesús y que todos podemos incorporar y aprovechar a nuestro modo. Digo a nuestro modo porque con las cosas entre amigos pasa algo curioso: si uno quiere copiar lo de otros, no tiene sentido. No solo no se puede sino que se logra el efecto contrario. Pero si uno pesca algún dinamismo de los otros y lo sintoniza con el propio, su amistad crece y se potencia. No siempre sirve contar los chistes de un grupo de amigos a otro, por ejemplo, pero sí contagiarse del espíritu del buen humor.

Termino con esta reflexión: el hecho de que el Señor los llamara amigos significa que entre ellos reinaba mucho el buen humor, esa alegría y esos comentarios que condimentan las charlas y reuniones entre amigos. En Alégrense y regocíjense, el Papa habla del buen humor como una de las “cinco notas” de la santidad que espera que “resuenen de manera especial” en nuestra vida.

La alegría y el buen humor es una de esas características “indispensables para comprender el estilo de vida al cual el Señor nos llama” (GE 110).

La santidad -como la amistad- no puede ser ni “triste, ni ácida, ni melancólica, ni tener un perfil bajo y sin energía” (GE 122).

Un proverbio chino dice que “La fuerza con que los amigos se hacen el bien es menor de aquella con que los enemigos se odian“. Es terrible esto. A mí me lleva a examinarme seriamente acerca de cuánta energía positiva y cuánta creatividad le pongo a cultivar mi relación con mis amigos. No para ponerme triste o melancólico por lo que he pecado de omisión en esto, sino para ponerme con renovada energía a imaginar gestos que puedan acercarles alegría y buen humor. Mis amigos son gasoleros y con poco andan un trecho largo.

La última nota de buen humor del Papa va por el lado de “no complicarla”: “El Señor nos quiere positivos, agradecidos y no demasiado complicados” (GE 127), dice el Papa. Y cita al Cohelet: “En tiempo de prosperidad, disfruta (…) Dios ha creado a los seres humanos rectos, pero ellos van a la búsqueda de infinitas complicaciones” (Qo 7, 14-15).

Es propio entre amigos de gozar con el bien del otro sin envidias ni mezquindades. Por eso es que caminan, codo a codo, la amistad y la santidad, o mejor, los amigos y los santos.

Diego Fares sj

 

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“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el Viñador.

Todo sarmiento que en mí no porta fruto, lo corta,

y a todo el que da fruto, lo limpia, para que porte frutos más copiosos.

Ustedes están ya limpios gracias a la Palabra que les he anunciado.

Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.

Lo mismo que el sarmiento no puede cargar fruto por sí mismo,

si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése porta mucho fruto;

porque separados de mí no pueden hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;

luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

Contemplación

         La imagen de Jesús como “la vid verdadera” es una imagen que me suena tan familiar como la de “el buen pastor”, aunque está menos desarrollada. Al poner atención hoy en la imagen del agricultor (ge-orgós, “el que trabaja la tierra” – Jorge –), caí en la cuenta de lo poco “trabajada” que tengo esta imagen. Es paradójico, porque se trata precisamente de la imagen del Padre como un trabajador al que el tipo de tierra que cultiva -la viña- le da el nombre: Viñador.

La imagen es grande y humilde a la vez. Yo diría que lo que pasa es que me he quedado con la imagen de “el Padre del cielo”. Y esta otra “del Padre que trabaja la tierra” ha quedado más oculta. En este caso, Jesús se compara a sí mismo con la Vid, pero en otra parábola se comparará con el viñador que intercede ante el dueño de la viña para que no corte una higuera que no está dando fruto (Lc 13, 7). Es decir, podemos ver la unión entre el Padre y el Hijo bajo estas imágenes relacionadas con los que trabajan las plantas, uno que Poda y el otro que Intercede.

Me preguntaba por qué no resuena más profundamente en mis contemplaciones del Evangelio esta imagen de nuestro Padre como “el que trabaja la tierra”. Lo que Juan nos dice es que “el Padre es el que custodia y cultiva la unidad entre Jesús y los hombres “. Eso quiere decir que poda los sarmientos de la vid. Creo que no quiere decir, como se suele entender, que “corta personas” y las mande al fuego del infierno como sarmientos secos y estériles y cosecha para el cielo racimos de santos. Aquí la alegorización se va para el lado de la escatología que es verdadera pero no nos toca a nosotros. Si tenemos en cuenta que el Padre no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos y que Jesús va a buscar la oveja perdida, comparar las ramas secas con personas no me parece que deba acaparar todo el sentido de la parábola. Como pasa también con la del trigo y la cizaña. Es verdad que en la explicación el Señor dice que “la cizaña son los hijos del maligno”. Pero me parece que identificar muy rápido esta tarea final que solo hará Dios y dividir desde ya la historia en buenos y malos no es a lo que apunta el Señor con sus parábolas.

El Padre que trabaja la tierra, este Padre agricultor y viñador, apasionado por su viña, que despedrega el terreno, planta cada cepa, edifica una torre y un lagar, este viñador enamorado de su viña que invita a sus hijos a trabajar en ella y en tiempos de cosecha sale a buscar cosecheros a todas horas y les paga bien, este Paisano que poda las cepas con sus manos, no está preocupado por mandar ramas secas al fuego sino por que crezcan abundantes y bien ordenados todos sus racimos. La Vid es un solo  organismo, y todo lo que fructifica en Ella forma una unidad viviente, un solo cuerpo, en el que lo que se poda es, justamente, las partes que se han secado. Pero son aspectos, partes, no personas. Imagínense! Si estamos hablando de un Padre que se conmueve cuando se muere un pajarito! Como vamos a andar sacudiendo a otros con que el Padre los mandará al infierno. Si Jesús usa estas imágenes es para que cada uno se las aplique a sí mismo y esté atento y no para que haga sociología y vaya eligiendo desde ahora a los que irán para allá abajo.

Este problema de “alegorizar todo” (en este caso los sarmientos secos) ha sido detectado como algo que afecta a las parábolas y les quita su jugo y su vitalidad esencial. Pero así como la tendencia a alegorizar cada palabra puede terminar por desplazar el acento al destino final de las ramas secas, también está la tendencia a quitar todo valor a la alegoría y pensar que el Señor compara demasiado rápido al Padre con el Viñador y a sí mismo con la Vid. Por eso es que a la de la Vid no se le suele llamar parábola sino alegoría cosa que en mi mentalidad de uno que no es biblista suena a algo menor.

Sin embargo, insisto en que la imagen del Padre Agricultor es una imagen potente si uno mira su accionar. El Señor que en otros pasajes nos ha revelado que su Padre trabaja, que siempre está trabajando, no se anda con vueltas a la hora de compararlo con un simple campesino para que la parábola vaya directamente a revelar “cuál es su trabajo específico”.

En qué trabaja el Padre? Solo “creando”, como solemos pensar? Aquí nos hace ver que también trabaja “podando”. Lo decimos de nuevo: el Padre, que es el Terrateniente, el que plantó la viña y el que la alquila (y le va mal con unos que no le quieren pagar los frutos), el que contrata e invita a todos a trabajar en ella, es aquí el Podador. Es el que con su poda, ordena la planta para que de mas fruto y lo dé de modo armónico.

Se trata de una tarea muy precisa y que se hace a mano. Hace unos días me decía un amigo que tiene unas hectáreas de viña en Bríndisi, que las máquinas cosechadoras son hoy en día increíbles. Sin dañarlos logran cosechar todos los racimos de manera rápida y eficaz. Pero la poda, hay que hacerla a mano. Hay que saber elegir dónde están las yemas mejores, las más cercanas al tronco de la cepa, para que reciban la savia con más fuerza; hay que cuidar los sarmientos que se van para arriba o que se mezclan con los de la parra vecina y ordenar cada una de las dos ramas que se dejan para que carguen igual cantidad de racimos. Estas y muchas otras cosas más son las que realiza el viñador.

Es decir, aquí, el Señor nos regala una imagen poco desarrollada de un Padre trabajador, que con sus manos expertas y sus tijeras va podando… aspectos de su mismo Hijo y de los que estamos adheridos a Él. El trabajo es cuidar la unidad de su Hijo con los hombres. Von Balthasar dice que esta unidad es el acontecimiento central del mundo y de la historia. Si estamos adheridos a Cristo, si “permanecemos en Él, por la fe y por nuestras obras de misericordia concretas que nos tienen unidos a los más pobres, colaboramos a la historia de la salvación. Si no, desparramamos, como dice Jesús en otra parte.

El Padre mismo se ocupa de cuidarnos en esta misión, de hacer que la Vida que proviene de su Hijo, brote con fuerza y crezca ordenada en la vid de modo que los otros puedan cosechar los frutos.

Esto es como decir que el Padre mismo se ocupa de que al salir a la misión a la que nos manda Jesús, nuestra relación con Él sea solida, limpia, bien ordenada.

Esto nos da un punto concreto donde focalizar la mirada cuando rezamos el Padre nuestro. Un punto que no es en lo indefinido del Cielo, a donde solemos apuntar cuando rezamos y que hace que nos quedemos en babia como los discípulos cuando se quedaron mirando al Cielo después que la nube tapó al Señor en la Ascensión. Nada de eso, a nuestro Padre agricultor hay que verlo con las manos en la maraña de hojas y ramas entremezcladas de nuestra vida, podando y limpiando, en orden a la misión. Misión que consiste en dar frutos pero no de cualquier manera o como si uno llevara productos a supermercados extranjeros. El Padre cuida que demos frutos unidos a Jesús.

Una imagen panorámica de la tierra lo primero que nos dice es que la viña está “desordenada”. Que hay lugares donde hay exceso de racimos (y una maraña de ramas secas que tuvieron vida en un tiempo y que hoy son esas basílicas-museos que abundan en Europa, por ejemplo) y en otros la vid no se ha extendido lo suficiente.

Cuando el Papa nos habla de una Iglesia en salida, está hablando de una Iglesia que se deja guiar, ordenar y podar por las Manos del Padre, que la orienta a dar fruto en toda la tierra de manera bien distribuida y cosechable. Es la Iglesia misionera en todos sus miembros y no solo en algunos.

Lo que quiero decir es que no se trata de una simple alegoría sino de una parábola dramática. Sólo que no se trata aquí de una imagen tomada de la vida cotidiana para ilustrar las cosas del cielo, sino de una rápida subida al cielo, conectando la imagen del Viñador con el Padre, para bajar ahí nomás a las cosas de la tierra – a la poda – y mostrarnos en qué consisten esas “cosas del Padre” en las que Jesús trabaja codo a codo con Él.

Jesús nos unió consigo para siempre. Unió su destino al nuestro, al pasar por la pasión y la muerte en Cruz; se quedó con la marca de las llagas como signo de que su unión con nosotros es bien carnal, sin alegoría alguna. Nos alimenta con su mismo Cuerpo y Sangre y nos restaura con el sacramento de la reconciliación cada vez que nos apartamos de él. Nos dio su Espíritu que nos hace “alegrarnos y exultar de gozo” en esta unión con Jesús resucitado. Pero el Padre se reserva para trabajar con sus propias manos el que toda esta gracia “se ordene” para bien de todos sus hijos.

En concreto, esto se discierne ahí donde hay que meter tijera, en la poda, en el corazón de los conflictos, donde hay que podar sin asco (no arrancar cizaña de un trigal sino podar una rama seca en una vid) y elegir el mejor lugar para que crezca el racimo y de buen fruto. Ahí, en las decisiones que hacen a la “circulación” de la vida de la Iglesia de modo que alcance a todos, especialmente a los más alejados y necesitados, ahí está el Padre, el Antiburócrata!, el que le corta la carrera a todos los trepadores, que usan sus “zarcillos” para trepar ellos solos y no para adherirse a la Vid de modo que se extienda.

Y el discernimiento es entre un modo de obrar “paternal” y un modo de obrar “no paternal”. Hay un solo modo de ser padre y mil modos de no serlo. Y esto no se puede explicar con palabras. Todo hijo “sabe” (aunque a veces patalee y tarde en darse cuenta) lo que es una  decisión amorosa por parte de su padre. Las actitudes no paternales para podar conflictos las conocemos. Van desde las excusas técnicas de los que hacen recortes en los sueldos y subas de tarifas hasta aquellos para los que despenalización significa desresponsabilización, porque solo conciben la actitud legislativa de un Padre bajo la forma de “si no te castigo, hacé lo que quieras y arreglate”.

La paternidad – que es también maternidad – es el criterio de discernimiento para saber “de qué lado está Dios”. En el Concilio un obispo africano decía que para ellos no era importante “definir” a Dios sino saber “de qué lado está”. Pues bien, en las podas de la historia, el Padre está del lado de lo que une vitalmente a sus hijos con su Hijo. Si poda algo es porque está seco, no poda nada vivo porque le moleste: su Gloria es que el hombre viva. Todos los hombres, todo el hombre, sin mirar su condición, situación o grado de desarrollo.

Si nos conmueve mirar a Jesús apasionado (envuelto por los golpes de la pasión), más puede conmovernos imaginar a nuestro Padre con la rodilla en tierra, metido entre sus cepas, podando sarmientos y eligiendo racimos.

Pedimos al Santo Espíritu que nos haga sentir en nuestras manos, cuando nos arremangamos y las metemos en la masa y nos embarramos, las manos paternales de nuestro Padre, que trabaja en la tierra como en el cielo. Trabaja para que venga su reino y nos poda para que el reino llegue a todos y no lo enterremos en nuestros territorios privados y en nuestros salones de invierno, esta es su voluntad. Trabaja para que tengamos pan y nos poda  no tanto los pecados (esos los perdona) sino nuestras “tendencias”, especialmente las que impiden que el fruto llegue a los otros y no tanto los que nos molestan a nuestro perfeccionismo vanidoso. Trabaja para que no caigamos en la tentación, no solo de la carne sino en la tentación del espíritu Maligno, que nos divide entre nosotros y quiere dividirnos (por algo es “diablo”) del Amor de Jesús.

El Señor nos dice que si dejamos que el Padre meta mano así en nuestras fibras más hondas, si nos dejamos “expropiar” para “pertenecerle a Él” podemos pedir lo que queramos que nos los concederá. No es poca cosa esta promesa para un corazón misionero que siente cuánto hay que pedir para los demás!

Diego Fares sj.

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5 B Cuaresma 2018

             Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta,

había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús.»

Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús.

El les respondió:

(1) «Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado.

Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere,

queda solo; pero si muere, da mucho fruto.

El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.

El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.

(2) Mi alma está ahora turbada.

(3) ¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora”? ¡Si para eso he llegado a esta hora!

(4) ¡Padre, glorifica tu Nombre!»

Entonces se oyó una voz del cielo:

(5) «Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar.»

La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían:  «Le ha hablado un ángel.»

Jesús respondió:

(6) «Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes.

(7) Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 20-33).

Contemplación

En el evangelio de hoy podemos encontrar una de las fuentes de lo que en Ejercicios se llama un “proceso de discernimiento”. El Señor nos enseña a estar atentos a los acontecimientos, a dejarnos tocar por ellos, sintiendo también los movimientos de la tentación. Jesús nos enseña a razonar con criterios evangélicos, a “elegir de corazón lo que amamos”, a estar atentos a la confirmación del Padre, a su consolación. Y a hacernos cargo de que amar de veras implica resistir al maligno, lo cual siempre nos pone en alguna Cruz.

Podemos aprender de Jesús, Maestro de oración: cómo “discernía” la voluntad del Padre en su corazón.

Lo que me conmueve es que Jesús “discierne”. No es que “la tenía clara, como superficialmente tendemos a dar por supuesto. El discernimiento no consiste en “tener ideas claras”. Como dice el Papa: las ideas se discuten, lo que se discierne es la situación”; el momento en que me encuentro y los sentimientos que van y vienen… y tengo que optar en un momento que si  no, se pasa.

Jesús discernía. Sus parábola, por ejemplo, son fruto de un discernimiento, son la respuesta a un problema humano en un momento preciso en el que los personajes tienen que optar: arrancar la cizaña o esperar, cuidando el trigo?; retar al hijo pródigo o correr a abrazarlo? salir a dialogar con el mayor o dejar que se desenoje solo? Salir a buscar la ovejita perdida o quedarse con las 99? Acercarse al herido o pasar de largo? Cada gesto del Señor, cada momento de su vida, es un discernimiento que une -en ese preciso momento- lo que le agrada al Padre y lo mejor para alguna persona concreta. Discernir y ser protagonista de mi vida o vivir una vida “en general”, una vida estándar, haciendo y pensando “lo que piensan todos” -o al menos, los de mi partido. Esa es la opción: discernir o ser espectador.

Los mini-discernimientos introducen “cortes dramáticos” en la trama de mi vida haciendo que me adueñe de lo que me pasa, que decida y abrace y lleve adelante algo mío, que deje mi huella y no cargue simplemente con lo que me ponen encima y me obligan a hacer.

Pasos del discernimiento de Jesús

El primer paso: “Ha llegado la hora”, dice Jesús, y responde al aviso de que “lo quieren ver” con una serie de reflexiones que se ve que venía haciendo en su corazón. Lo importante es que el discernimiento es estar atentos a la hora, al momento que se vive. Esto es normal allí donde uno tiene una misión. La misión de llevar adelante una familia hace que los padres estén siempre “atentos a la hora”. Es hora de ir al colegio, es hora de ir a trabajar, hay que salir corriendo al médico porque uno se enfermó, hay que decidir el colegio al que irá un hijo el año próximo…

El Señor tiene la misión de salvar a la humanidad y se ve que el hecho de que unos paganos quisieran verlo fue para Él la señal de que su mensaje, puesto en palabras, había alcanzado su meta. Ahora comenzaba otra etapa: la de dar testimonio con su vida. Por eso las reflexiones del grano de trigo, de perder la vida y seguirlo a la cruz.

Así sucede en nuestra vida. La vida está tejida con dos hilos, uno de textura ordinaria, que corre unido a todos los demás  hilos y se reconstituye cada vez que se anuda o se corta ─ la vida sigue ─; el otro  hilo es totalmente personal y único: es el hilo primordial, que tensiona todo el tejido de la vida común, y cuyos “tironcitos” provienen de las manos bondadosas de nuestro Padre. (Lo del Hilo primordial es del cuento de Menapace que el que no se acuerde puede buscar en internet ya que ayuda a ver que para discernir “las cosas comunes de la vida” cada uno tiene que conectarse con ese hilo primordial que lo une con Dios y con la misión y el carisma único para el que nos creó).

Pues bien, en este hecho que para Felipe tal vez fuera una cosa más -tantas personas le decían que “querían una entrada para poder saludar personalmente al Maestro-, para Jesús fue un hecho especial. Sintió el tironcito hacia lo Alto de su Hilo primordial, el que le marcaba la hora del Padre, la hora de la salvación.

Segundo paso: “Mi alma esta ahora turbada”. El anuncio de que se acaba el tiempo normal, de que se viene la pasión, le causa turbación al Señor. Se conmueve. Como decíamos, puede ser que el Señor tuviera más claras las cosas que el común de la gente. Las tenía claras porque rezaba. Pero con claridad y todo, las tuvo que vivir, las tuvo que “pasar”.

En el lenguaje de los ejercicios esta agitación interior o turbación se llama “movimiento de espíritus”. Es algo bueno. Buenísimo! Al punto de que si no se da, si uno no siente ese vaivén de alegrías y miedos, de esperanzas y negatividad…, es que no está  “rezando realmente”, no está haciendo bien sus ejercicios, dice San Ignacio.

La turbación, la ansiedad y el ponerse en movimiento las ideas, las previsiones, los afectos, surge cuando uno tiene que tomar -sí o sí- una decisión. Tener que decidir genera lucha espiritual. Animarse a sentir, darle tiempo a cada sentimiento contrario, ponerle nombre y confrontarlo…, son parte esencial de un proceso de discernimiento.

Jesús expresa su aguda agitación espiritual: “Mi alma ahora está turbada”.

Viene entonces un tercer paso que consiste en juzgar (deliberando) esos sentimientos y mociones contrarias.

Gandhi decía que “cuando uno se encuentra en el dilema de elegir, la cobardía dice ¿será esto seguro?.

La política dice: ¿será rentable?.

La vanidad dice: ¿quedará bien mi imagen?

Y la conciencia moral dice: ¿es lo correcto?”.

Cristianamente podemos agregar otra pregunta, muy personal: le agrada a mi Padre?

Jesús expresa este proceso del juicio mediante un diálogo interior, preguntándose a sí mismo: ─ “¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora”?”

A lo cual se responde con claridad de juicio: ─ “¡Si para eso he llegado a esta hora!

“Padre glorifica tu nombre”. Es el cuarto paso del discernimiento. Hay que verlo bien porque es muy inmediato al anterior pero es distinto. “Para esto he venido” es una conclusión lógica, un juicio que se realiza en la mente; “Glorifica tu nombre” es una decisión, un deseo y un pedido que brotan del corazón.

Una cosa es pensar con lógica, otra es elegir llevar adelante el deseo que nace de una verdad clara.

Glorifica tu Nombre quiere decir “hágase tu voluntad (y no la mía que en este momento siente temor a la cruz).

Glorifica tu Nombre es lo que uno dice cuando manifiesta pública y expresamente la decisión tomada como compromiso – consentimiento matrimonial, votos religiosos-.

Viene entonces el quinto paso del discernimiento, que es la confirmación. El Padre suele confirmar inmediatamente a sus hijos cada vez que formulan un deseo de que se haga su voluntad como el que expresó Jesús. Aquí se oye la voz del cielo que dice: ─ “Lo he glorificado y lo volveré a glorificar”. No siempre habla el Padre con estos “truenos”, pero siempre “habla en el corazón” del que se siente atraído por Jesús y decide seguirlo. “Mi Padre ama a los que me aman”. Y los honra! -agrega Jesús.

El sexto paso es la confirmación en medio del pueblo de Dios, de los pequeños que ven que el Padre ama a Jesús. El Padre revela las cosas de Jesús a los pequeños que se alegran de él, lo escuchan y lo siguen. Por eso Jesús aclara que la voz del Padre confirmándolo a Él como predilecto es “para nosotros”.

Un séptimo paso consiste en “derrocar” al maligno, resistirlo y echarlo de nuestra vida. Rechazar el mal es la otra cara de elegir el bien.

Lo que trae paz a la hora de elegir es esta adhesión íntegra como la de Jesús a querer lo que Dios más quiera, del modo que quiera y en el momento en que quiera y sea cuales fueren las consecuencias que tenga.

Terminamos recordando lo que cuenta Ribadeneyra acerca del modo de rezar de Ignacio cuando tenía que discernir para tomar alguna decisión importante.

“Siempre la consultaba primero en la oración con nuestro Señor,

y la manera de consultarla era esta:

Se despojaba (se desnudaba, dice Ribadeneyra) primero de cualquier pasión y afecto, de esas cosas que suelen ofuscar el juicio y oscurecerlo, de manera que no pueda tan fácilmente descubrir el rayo y luz de la verdad.

Para despojarse, Ignacio se ponía como una materia prima en las manos de Dios nuestro Señor, como algo que no tiene ni inclinación ni forma alguna.

Después, con gran vehemencia, le pedía gracia para conocer y para abrazar lo mejor.

Luego (de este ejercicio afectivo, que puede ser de “deseo de deseo”, de desear ser como una materia prima y de desear desear lo que sea mejor) Ignacio consideraba muy atentamente, y pesaba las razones que se le ofrecían por una parte y por otra; y la fuerza de cada una de ellas, y las cotejaba entre sí.

Al cabo volvía a Nuestro Señor con lo que había pensado y hallado

y lo ponía todo delante de su divino acatamiento,

suplicándole que le diese luz para escoger lo que le había de resultar más agradable a El”.

Muchas veces esta oración de discernimiento la hacía Ignacio junto con la misa (digo esto porque a veces alguno dice “que se aburre en misa”, para que vea que no tiene por qué ir como espectador. Puede llevar sus decisiones a la Eucaristía y allí rezar con estas ayudas, que no son pocas ni fáciles, pero que uno puede “desear tener deseos de seguirlas”).

Diego Fares sj

 

 

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Jesús dijo a Nicodemo:

«De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto,

también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,

para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único

para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo,

sino para que el mundo se salve por Él.

El que cree en Él, no es condenado;

el que no cree, ya está condenado,

porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo,

y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz,

porque sus obras eran malas.

Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella,

por temor de que sus obras sean descubiertas.

En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz,

para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios»  (Juan 3, 14-21).

 

Contemplación

Jesús le habla a Nicodemo de “practicar la verdad”. Qué significa “practicar la verdad”?.

Cuando tenemos la gracia de que el Espíritu Santo nos de a conocer una verdad, sobre Jesús, sobre nuestro corazón o sobre algo que mejora nuestra relación con el prójimo, tenemos que poner en práctica esa verdad inmediatamente, con la prontitud de los que recibieron sus talentos y los pusieron a trabajar, con la decisión del que encontró la perla fina y vendió todo para comprarla.

Solo en la tierra buena de “ponerla en juego” puede hacer el Espíritu que una verdad crezca y de frutos. Si se queda en el terreno abstracto de nuestra mente, junto con todas las ideas de todo tipo que nos dan vueltas en la cabeza, a la pobre verdad del evangelio le pasa como a las semillas que cayeron, una en la calle, otra en un pedregal y la tercera entre malezas: la verdad-de-moda, pasa y cambia (el diablo nos fascina con las verdades de moda y nos mantiene como eternos espectadores); la verdad-que-no-hecha-raíz -la verdad no reflexionada-, promete pero no cumple (el diablo nos hace olvidar lo que un día creímos), y a la verdad-que-no-combate, las medio verdades y las verdades políticamente correctas, la sofocan (el mentiroso nos acosa con sus suasiones y falacias, como dicen los Ejercicios).

Hay muchos modos de “poner en práctica” la verdad, pero dos son como los movimientos de las manos: uno el que las junta o las alza para rezar; el otro, el que dinamiza los mil gestos que hacemos para dar y para servir al prójimo.

A nuestra oración le puede ayudar el nombre que los griegos daban a la verdad: “aletheia”, que quiere decir “des-olvidar”. Al hacer oración de contemplación leemos serenamente el evangelio, dejamos que nuestra imaginación se empape con las escenas evangélicas y sentimos cómo “arde” en nuestro corazón la Palabra del Señor. Una experiencia común es que a nuestra mente se le vuelve claro algo que siempre supimos, pero se vuelve claro con una intensidad especial, que hace sentir que es el Señor el que está imprimiendo en nosotros esa claridad, esa evidencia de la verdad. Es como si algo estuviera velado y de golpe se abre el telón.

Y luego se vuelve a velar… Aquí es donde viene el segundo modo de “poner en práctica” la verdad, que es el servicio. Las verdades del Evangelio no son como las verdades matemáticas, que una vez que uno aprendió la tabla del 5 no se la olvida más. Las verdades del Evangelio, se conservan en la memoria activa solo en la medida en que las practicamos. Si no, se van al fondo de nuestro ser, a la espera de un mejor momento.           Aquí puede ayudar el nombre hebreo de la verdad que es “emeth” y significa fidelidad. La verdad que encarnamos en algún servicio concreto (también el breviario y la misa son “servicio sacerdotal” que hace todo el pueblo de Dios con sus ministros), requiere que ese servicio sea fiel, constante. Retomado una y otra vez, volviendo a empezar si nos damos cuenta de que nos olvidamos o flaqueamos.

Ahora bien, en el evangelio hay muchas verdades, infinitas verdades de vida, una para cada persona, para cada situación… Hay frases del evangelio que definieron de una vez para siempre todo un carisma, y legiones de mujeres y hombres practican esa palabra “especial” a lo largo del tiempo.

Al padre Hurtado se le reveló la verdad de que “el pobre es Cristo”. De allí nació el deseo incontenible de hacer de todo para hospedarlo.

A la madre Teresa le bastó sentirle decir al Señor “Tengo sed”, sed de que conozcan mi amor los mas pobres. De esa verdad de lo que siente el Señor nació todo su cariño por aliviar la sed de amor de los pobres.

El cura Brochero y la Mama Antula, experimentaron que los Ejercicios Espirituales ayudan de verdad cuando uno desea servir a Dios y no sabe cómo. De allí nació su entusiasmo para llevar a todos a hacer Ejercicios.

En el evangelio vemos a la gente que se acerca con fe sincera a Jesús, cómo el Señor le revela alguna verdad que queda ligada a esa persona. El evangelio está lleno de estas “verdades-persona”. Verdades no solo puestas en práctica como quien hace un trabajo externo sino verdades encarnadas y vividas de manera personal y que se pueden compartir.

A María se le revela la verdad de que “para Dios nada es imposible” y de allí brota su “Sí” a Dios, para que la Palabra -y todas sus palabras- se hagan carne en ella, la servidora. Se le revela también que Dios mira con bondad su pequeñez y todas las maravillas que hace con sus pequeños en la historia.

A San José se le revela que él tiene que ponerle el Nombre a Jesús y comprende que esa Verdad se custodia con el silencio y el trabajo paterno de toda una vida.

A Simón Pedro se le revela la verdad de que a Jesús le interesa si lo ama como amigo. Y la verdad de esa amistad hace que Pedro acepte todo lo demás: ser pecador perdonado, ser roca sostenida de la mano, ser cabeza abierta al discernimiento del Espíritu…

A Juan Bautista se le revela la verdad de que él tiene que disminuir y Jesús crecer. De allí brota su alegría interior y su aceptación del martirio.

A María Magdalena se le revela la verdad de su nombre -María- que pronunciado por su Maestro le lleva a reconocerlo resucitado y convertirse en anunciadora de la resurrección.

Y junto con estas grandes “verdades-personalizadas”, junto con estas “verdades en las que la misión y el carisma es la persona misma”, está la muchedumbre incontable de los pequeños, que viven y encarnan como un solo pueblo y personalmente “pequeñas verdades” que contienen toda la Revelación (porque el Padre se complace en hacer brillar toda la verdad en pequeñas verdades).

El pueblo fiel, en el evangelio, encarna las grandes verdades: la que dice que hay que acercar a Jesús a los niños para que los bendiga, a los enfermos para que los sane y a los adictos a algún actitud o sustancia demoníaca para que el Señor los libere. Encarna también el pueblo fiel la verdad que dice que hay que “marchar” siguiendo a Jesús, como lo seguían las multitudes; y que hay que “escuchar largamente a Jesús” y “recibir su pan y sus peces“; también encarna el pueblo fiel la verdad que dice que hay que alegrarse de que Jesús obre con autoridad y expresarlo con sonrisas y carteles y comentándolo en familia.     Dentro del pueblo fiel, hay personajes representativos que encarnan los deseos de toda la gente.

Zaqueo encarna esa verdad que dice que “la conversión verdadera llega al bolsillo“: vemos cómo suelta y reparte la plata que antes había amarrocado.

El samaritano leproso encarna la verdad que dice que “la relación con Dios tiene que ser personal y no formal“: vemos cómo deja la formalidad de ir a los sacerdotes y vuelve para dar gracias a Jesús, cosa que el Señor aprecia.

El paralítico al que sus amigos bajan por el techo encarna la verdad de que “nada ni nadie nos puede impedir que nos la ingeniemos para salir de nuestras parálisis y acercarnos a la vida que nos da Jesús”.

La hemorroisa encarna la verdad que dice que “a Jesús le basta con que le toquemos la punta del manto con un deseo hondo del corazón” en medio de la multitud y de las cosas del día. El se da cuenta de todo, conoce todo.

La viuda de las dos moneditas encarna la verdad que dice felices los pobres porque “cuanto más pobre es uno más fácil es ser generoso”. Esta es una verdad “intraevangélica”, no es una verdad sociológica. Es, pienso yo, lo qe habrá pensado Zaqueo cuando leyó en el evangelio del domingo que la joven mujer viuda había dado todo lo que tenía para vivir ese día mientras que la buena noticia suya decía que él había dado la mitad. Claro, para él era más difícil porque había acumulado tanto y tenía tantos compromisos que resolver.

Y así, todos: cada uno encarna una verdad y yo puedo encontrar la mía, para que esa “verdad-misión” me forje la personalidad. Y en vez de que la gente diga “qué personaje”, puedan decir: la vida de esta familia o de esta persona nos ayuda a comprender una verdad del evangelio.

Me quedó Bartimeo. Qué verdad encarna nuestro ciego de nacimiento, el hijo de don Timeo? Ahora veo que Bartimeo es el ícono de todo este evangelio: el ícono de la verdad puesta en práctica. Lucas nos hace ver cómo puede ver la verdad un ciego. Bartimeo encarna la verdad de que “ver (la verdad) es primero un deseo interior y antes que una evidencia que viene de afuera“. Él, que no veía, sintió que pasaba Jesús y cuando éste le preguntó que quería que hiciera por él, le dijo: “Señor, que vea!”. Deseaba tanto que sus ojos pudieran adecuarse a las cosas gracias a la luz! Y ahí nomas, nos dice Lucas, se puso a seguir a Jesús por el camino. Puso en práctica la Verdad básica, que es la luz de Jesús que sirve para ver las cosas de Jesús, antes que ponerse a ver (aunque también las veía), no se… la cara de sus familiares, el color del cielo y las plantas del camino…

La verdad más grande que existe es que Dios ha amado tanto al mundo -a cada uno de nosotros- que nos dio a Jesús, su Hijo amado. Y Bartimeo nos enseña a usar toda la luz de todas las verdades para seguir a Jesús por el camino, confrontando todo con su Palabra.

Ante cada situación, ponemos en práctica el criterio de ir a mirar “que verdad” – que pasaje, qué parábola, qué personaje del evangelio-, ilumina lo que vivo.

Así, la verdad que alguien en el evangelio supo poner en práctica, nos ilumina nuestra práctica de hoy. Esa práctica que consiste en hacer sentir a los demás como “amados por Dios”. De modo tal que nadie se sienta excluido ni lejos del Amor de Dios que Jesús trajo al mundo.

Padre Diego

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