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Posts Tagged ‘Jesús’

Después que Judas salió, Jesús dijo: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconoceránque ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 31-35).

Contemplación

Así como Yo… les decía Jesús a sus discípulos. Así como Yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. Aquí ni Tomás se hubiera animado a preguntar “Señor: y cómo nos has amado”. Porque lo sabían bien. Si por algo lo seguían, si por algo habían dejado todo, sus barcas, sus casas, sus trabajos, sus familias, era por estar cerca de ese amor. Algo habían experimentado que los hacía querer recibir ese amor en cada momento del día. El de Jesús no era un amor para llevarse a casa sino para irse tras Él y quedarse con Él. Si el Señor llevaba su amor a la casa de ellos, como cuando le dijo a Mateo que lo siguiera y fue a su casa, iban por ese amor a su propia casa. Y si el Señor se llevaba su amor a otros pueblos, que eran de esos “otros rebaños” que Él decía que también eran suyos, iban a evangelizar a esos otros pueblos. Donde fuera Jesús con su amor, ellos iban. Porque lo que habían sentido de una manera inexplicable solo con palabras, les produjo una atracción infinita, era un imán que los tenía gravitando como planetas alrededor del Amor de Jesús de Nazaret. 

Pero nosotros tenemos que preguntar. No a Jesús sino a ellos, los testigos, los apostóles de ese amor. Juan es quien mejor lo expresa. Por algo lo llamaban “el discípulo que el Señor amaba”. 

Así que podemos hacer como si le preguntáramos: Cómo era el Amor de Jesús?

Y quizás, recordando cómo lo conocieron, lo primero que nos diría es que…: 

“Era un amor fácil de seguir. Cuando el otro Juan nos señaló a Jesús, nos dijo “Ese es el Cordero”, “Ese es el Siervo de Yave” (Cordero en nuestra lengua suena como Siervo), nosotros recordamos a Isaías que hablaba del Mesías como uncordero manso, como un hombre de dolores inocente, justo, fiel, que no se opone, ni combate, ni se enfrenta con sus carniceros. Pero aquella tarde en que lo seguimos, de lo que me di cuenta es de que Jesús era una Persona fácil de seguir. Se dio vuelta y al ver que lo seguíamos nos preguntó qué buscábamos y le dijimos “donde vives” y Él: vengan y vean. Eso fue todo. Nos quedamos toda la tarde y lo que experimentamos ahí es lo que cuento en mis cartas y en mi evangelio.

 Lo segundo que digo en mi carta es que su amor era vida. Vida en el sentido de vida, vida común, cotidiana, un amor vivible, quiero decir. Porque después vinieron muchos que hicieron del amor del Señor algo invivible. Una cosa tan sublime -les parecerá a ellos-, tan perfecta -si es que eso es perfección- que terminó siendo lo contrario del amor: algo para mirar de lejos pero no para vivir todos los días. 

No era para nada así. El amor de Jesús era un amor vivible y perfectamente comprensible para todos, como es la vida que la vivimos todos, no solo los cultos ni los perfectos. La vida la vive cada uno y a su manera, porque no hay “vida en general” sino la mía y la tuya y la nuestra. Por eso digo que “La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio” (1 Jn 1, 2). Eso experimentamos viviendo con Él: que su amor era vida y que se nos mostraba -vengan y vean-. La vimos, la oímos, la tocamos con nuestras manos. 

Aquí viene lo tercero que diría de su amor: El amor de Jesús era un amor que se podía tocar con las manos. Por eso no nos sorprendió cuando tomó el pan y nos dijo que era su Cuerpo. Lo mismo que cuando le dijo a Tomás que tocara sus manos y metiera su mano en la herida de su costado. El amor de Jesús era como un pan, que se puede tomar con las manos y partirlo y llevárselo a la boca; era como una herida que se lava y se tocan sus bordes y se venda para que sane. 

Un amor fácil de seguir, un amor como la vida cotidiana, que se puede ver y oír y tocar.

Estas características son bien de carne, y se pueden resumir diciendo que el amor de Jesús era un amor encarnado, era su amor a personas concretas que se cruzaban en su vida en medio de situaciones bien concretas, no era un amor de manual, como si pudiera haber algo así. 

En quinto lugar puedo decir que el amor de Jesús era un amor luminoso. Su modo de hablar, su modo de relacionarse con todos, tenía luz, iluminaba, te hacía comprender las cosas, era transparente. El amor es así, lo que el que te ama hace es lo que siente por dentro, hay armonía y eso se siente, se percibe, y en Jesús esto se daba siempre y abundantemente, por eso digo que era Luz. 

Pero la palabra que más me viene es la de “hermano”. Y esto sería lo último que diría (sabiendo que se podrían llenar todos los libros del mundo hablando del amor de Jesús, pero más que llenar libros, de lo que se trata es de que cada se contagie y escriba el suyo, contando -con su vida- cómo es el amor de Jesús para él!). 

En sexto lugar digo que el amor de Jesús era un amor de hermano. De hermano en el sentido de que “hermanaba”. Creaba como un puente directo al Padre y entre nosotros. Esa es la palabra. Lo mismo con nuestra Madre. El amor de Jesús nos regala a su Madre que -inmediatamente, con la frescura de su presencia, con su fragancia- nos hermana. Por eso si me preguntan qué elegiría de entre todo lo que puedo decir, que no tiene límite, para acercarles cómo era el amor de Jesús, digo que era un amor de hermano. Un amor que hermana con los demás y con todo. 

San Francisco fue después el que mejor comprendió esto. Y por eso la gente sentía que se les hermanaba. Y no solo la gente, sino todas las creaturas, los pájaros, las cosas, hasta los peces y el lobo. Jesús se nos hermanó, nos hizo sentir hijos del mismo Padre, nuestro Abba del Cielo y de la tierra, y hermanos entre nosotros. Por eso siempre que escribo cuento las cosas como uno se las cuenta a sus hermanos. Porque sabe que cuando un hermano vive algo lindo y lo comparte, los otros sienten un gozo completo, como digo: Les escribimos esto para que estén en comunión con nosotros y nuestro gozo sea completo. 

Amense entre ustedes como Yo los he amado. Yo los amé, diría Jesús, de muchas maneras, pero en todas ellas los amé como un hermano. En la vida familiar, la relación de “hermandad” viene al último, a partir de que nace el segundo hermanito. Primero están las otras: las relaciones de pareja, de maternidad/paternidad y de filiación. Pero cuando nace el segundo, como me dijo una mamá citando a otra (autora anónima): “El ‘segundo’ corrobora lo que ya sospechábamos (a pesar del inmenso miedo)… que es posible enamorarse de otro hijo, con la misma pasión e intensidad”. 

Nada mejor para poner en labios de Jesús y que nos explique cómo es que “su” Padre, el que lo llama “mi hijo amado, mi predilecto”, puede amarnos también a nosotros. Somos “el segundo y muchos más” y Él nos ama “con la misma pasión e intensidad” con que ama a Jesús. Como esa madre a su segundo hijito.

Ninguna otra expresión mejor para poner en labios de Jesús y que nos explique cómo es que pudo dejarnos a su Madre. Estaba Él en la cruz y el desgarro de Ella era inimaginable, y sin embargo, pudo amar a Juan (y en Juan a todos sus otros hijos) con el mismo amor y la misma intensidad como una madre ama a su segundo hijo. 

La relación de hermandad y de fraternidad completa las demás y las “saca afuera”, las expande, las potencia, sin que dejar que se vuelvan abstractas. Como dice el Papa Francisco: la hermandad permite que los iguales sean diversos: incluye totalmente respetando las diferencias. Dejarlo a Jesús que se me hermane, es dejarlo que sea como Él es. Esto solo lo puede hacer el Espíritu. Y cuando la hermandad nace del Espíritu, es un amor capaz de transformar todas las relaciones sociales. Por eso es que ayuda mucho rezar sintiendo y gustando el amor de Jesús como amor de Hermano.

Diego Fares sj

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            Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. En esto dijo Pedro: –Voy a pescar. Los otros dijeron: –Vamos contigo. Salieron juntos y subieron a una barca; pero aquella noche no lograron pescar nada. 

            Al hacerse claro el día Jesús estaba en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron […] El discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro: –¡Es el Señor!  Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua. […] Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan. […] Jesús les dijo: –Vengan a comer. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: «¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; y lo mismo hizo con los peces. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos.

            Después de comer, Jesús preguntó a Pedro: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Pedro le contestó: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis corderos. Jesús volvió a preguntarle: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro respondió: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: –Pastorea mis ovejas. Por tercera vez insistió Jesús: –Simón, hijo de Juan, ¿me quieres como Amigo? Pedro se entristeció, porque Jesús le había preguntado por tercera vez si lo quería, y le respondió: –Señor, Tú todo lo sabes, Tú conoces que te quiero. Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis ovejas. […] Después añadió: –Sígueme” (Jn 21,1-19).

Contemplación

            Tres escenas de amistad para que queden en nuestras pupilas y les acerquemos otras nuestras, de amistad en el Señor. 

            La primera imagen es la de los apóstoles que salen juntos a pescar: “Vamos contigo”. Para mí, hoy, es la frase de Gabriel Longueville le dice a su compañero más joven, Carlos Murias, en la casa de las monjas, cuando el grupo que se identificó como de la policía dijo que lo buscaban sólo a él: “Voy con vos. No te dejo solo”.

            La segunda imagen es la de Jesús a la orilla del lago haciéndoles “de cocinero”. Esta expresión es de un gran amigo, el padre Alfonso Villalba sj. Lo conocimos en Ecuador, cuando fuimos “de misioneros” a trabajar en el Colegio Javier, como maestrillos, allá por el año 1982. Villalba había sido un hombre de gobierno en la Compañía -provincial y superior-, pero ya estaba medio jubilado, en un Ecuador con pocas vocaciones. Se ocupaba de las cuentas del Colegio y tenía algunas clases de sicología. El decía que era como que ya había “cerrado” con la vida y con la llegada de los jóvenes argentinos revivió. Estaba encantado con nuestros cuentos de la Argentina y de lo que hacía Bergoglio con la formación. Cómo se le había ocurrido mandarnos a Ecuador, a Japón… Recuerdo que las clases terminaban tipo a la una de la tarde y llegábamos a comer casi a las dos. Los otros padres ya se habían ido a dormir una siestita antes de retomar la tarea, pero él nos esperaba. Mientras comíamos, se fumaba su cigarrillo… y nos hacía charlar del día. Nos hacía “de cocinero”, como diría después en los Ejercicios que Bergoglio le invitó a dar a nuestra Provincia Argentina en 1985, (y en medio de los cuales se fue para Alemania, ya que terminaba como Rector del Máximo e iniciaba ese camino por el que el Señor lo trajo a Roma). Recordando esos tiempos veía que fue el último “gesto” de Bergoglio, traernos a Villalba a dar los Ejercicios Espirituales. Y él al darnos esta meditación al finalizar los Ejercicios, usó esa imagen, la de un Jesús que nos hace de cocineros a sus amigos cada vez que nos prepara la Eucaristía. Siempre me quedó eso a la hora de ir a Misa: la de sentir que Jesús nos espera en la orilla del día, con el fuego prendido y el pan calentito de la Eucaristía

            La tercera imagen es la del diálogo entre Jesús y Pedro. La comenta así nuestro Papa Francisco en su exhortación apostólica: “En el diálogo del Señor resucitado con su amigo Simón Pedro la gran pregunta era: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn21,16). Es decir: ¿Me quieres como amigo? La misión que recibe Pedro de cuidar a sus ovejas y corderos estará siempre en conexión con este amor gratuito, con este amor de amistad”. “Lo fundamental (en nuestra vida) -dice el Papa- es discernir y descubrir que lo que quiere Jesús de cada joven (de cada persona) es ante todo su amistad. Ese es el discernimiento fundamental”.  Y agrega: “Y si fuera necesario un ejemplo contrario, recordemos el encuentro-desencuentro del Señor con el joven rico, que nos dice claramente que lo que este joven no percibió fue la mirada amorosa del Señor. Se fue entristecido, después de haber seguido un buen impulso, porque no pudo sacar la vista de las muchas cosas que poseía (cf. Mt19,22). Él se perdió la oportunidad de lo que seguramente podría haber sido una gran amistad. Y nosotros nos quedamos sin saber lo que podría haber sido para nosotros, lo que podría haber hecho para la humanidad, ese joven único al que Jesús miró con amor y le tendió la mano” (CV 250-251).

Porque la amistad con Jesús es apostólica, inclusiva, abierta, convocante: “Con el mismo amor que Él derrama en nosotros podemos amarlo, llevando su amor a los demás, con la esperanza de que también ellos encontrarán su puesto en la comunidad de amistad fundada por Jesucristo” (CV 153). 

La amistad es “voy con vos”, “Vamos juntos”.

La amistad es “hacernos de cocineros”.

La amistad es “apacentar a los corderos del Señor”, a sus pequeñitos; cuidar los hijos de los amigos, recibir a los amigos de los amigos… 

Compañía, comunión, pastoreo. Son cosas de amistad, que Jesús vivió con los suyos y que nos invita a que las hagamos extensivas a todos. 

Sin la amistad las bienaventuranzas se convierten en otra cosa, no se entiende qué quiere decir “felices los pobres” si no son “pobres con los que somos amigos y que son amigos entre sí”. Sin la amistad pasan a ser “los pobres que están allá, a los que vamos con alguna obra de misericordia, con algún paquete de yerba o arroz y un pullover o los visitamos en el hospital. Personas a las que no terminamos de conocer bien ni su nombre ni su apellido, y con quienes no encontramos tema para charlar. En cambio, qué distinto cuando nos hacemos amigos! Entonces sí, felices ellos y felices nosotros. 

Y lo mismo con las otras bienaventuranzas. No se llora de verdad si uno no es amigo. Y si uno es amigo, es feliz cuando llora con un amigo que perdió a un ser querido. Somos felices cuando nuestros amigos lloran con nosotros, sin necesidad de hablar.

O la bienaventuranza de los perseguidos. Qué sentido tiene tiene ser perseguido por practicar la justicia o por hacer las cosas en Nombre de Jesús, si uno no tiene amigos con quien compartirlo? 

Los que discuten si los mártires son mártires o no basándose en si murieron por un accidente o por un garrotazo en la cabeza, o en si murieron o no por odio a la fe (como si fuera distinguible del odio a la caridad para con los más injustamente tratados!), no ven que el martirio no se define por el odio del enemigo sino por el amor de los amigos. El martirio es testimonio de amistad con Jesús y con los hombres. Por eso el mártir muere perdonando, como se perdona a un amigo que, si nos hiere o nos traiciona, uno piensa que “no sabe lo que hace”, y si fue verdadero amigo, uno ya está esperando el día en que se le abrirán los ojos y nos pedirá perdón, aunque sea en el interior de su corazón. 

Si no es en clave de amistad, no se entiende el cristianismo. Peor aún, si se lo vive en otra clave, termina siendo hasta contraproducente. Una especie de monstruosidad en la que algunos terminan insultando a otros cristianos por internet por “defender” la verdadera fe!!! Puede haber algo más alejado del cristianismo -del dar la vida al descampado yendo a cuidar a otros por amor- que teclear con bronca cuestionamientos abstractos frente a una pantallita de celular? Pero ya lo profetizaba el Señor:”viene la hora cuando cualquiera que los mate pensará que así rinde un servicio a Dios” (Jn 16, 2). Si uno toma en serio esas palabras del Señor debe estar muy pero muy atento cada vez que “mata a otro”, aunque sea sólo con odio virtual, sólo con pensamientos y palabras. Porque por ahí está haciendo un servicio a Dios que nadie -y menos Dios- le pide.


Sin la amistad las mismas obras de misericordia se endurecen. Qué sentido tiene “dar de comer al hambriento” si uno no se hace amigo de esa persona? Digo amigo en las mil formas y grados que asume la amistad, en cuanto actitud abierta y ofrecida al otro en el tiempo con que se cuenta y en el modo posible que da la realidad. Hay gestos de amistad que duran un instante, que son solo un gesto de saludo a lo lejos, un cruce de mirada agradecida que reconoce al otro, una sonrisa dada amablemente al pasar… Y hay amistades que duran toda la vida y se cultivan y edifican como si fueran una casa y hasta una ciudad. 

Si uno no se hace amigo, si no condimenta el gesto de misericordia con algo de amistad, puede que la misma misericordia hiera la dignidad del misericordiado.

Y ni qué decir de los que sirviendo en obras de misericordia a los pobres pelean entre sí, entre colaboradores!!! Pelean por los puestos en la organización, por las funciones y roles, por el manejo del dinero, por espacios de poder, por ideas -dicen- más sensatas o más prácticas o más ortodoxas… La realidad es que es gente que no se hizo amiga entre sí, que se metió a servir para llenar alguna carencia, por lavar alguna culpa o para sentirse bueno y útil y, al olvidarse de cultivar la amistad, termina amargada y amargando la vida a todos. 

Sin la amistad, en qué se convierte la oración? En un deber que, como nadie exige externamente, termina siendo solo objeto de una culpa interna: me siento culpable de rezar poco… Acaso dice eso uno de su relación con un amigo -me siento en culpa por hablarle poco- sin agarrar inmediatamente el teléfono y llamarlo? La amistad es lo único más rápido que la culpa. Apenas uno siente que le faltó a un amigo ya está pensando creativamente cómo subsanar la falta. 

Si falta la amistad, la oración se enreda en círculos viciosos de todo tipo -autorreferenciales culposos o deberosos-.  Y si se recupera la amistad, la oración entra en círculos virtuosos de todo tipo, y fácilmente uno encuentra siempre tiempo y modo para rezar.

Termino con una frase de Francisco, que nos habla de esta vida que nuestro Amigo nos ofrece: “Porque la vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. Esa vida no es una salvación colgada “en la nube” esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que aprender la última novedad. La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse» (CV 252). Dejemos que arraigue en nosotros esta su Amistad!

 Diego Fares sj

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Jesús se fue al monte de los Olivos. Por la mañana temprano volvió al templo y toda la gente se reunió en torno a él. Se sentó y les enseñaba. En esto, los maestros de la ley y los fariseos se presentaron con una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La pusieron en medio de todos y preguntaron a Jesús:

– Maestro, esta mujer ha sido sorprendida cometiendo adulterio. En la ley de Moisés se manda que tales mujeres sean apedreadas. ¿Tú qué dices?

Esto lo decían tentándolo, para tener de qué acusarlo.

Pero Jesús inclinándose hacia el suelo escribía con el dedo en la tierra. 

Y como ellos persistían con la pregunta, se levantó y les dijo:

– El que esté sin pecado de ustedes, que sea el primero en tirarle a ella una piedra.

 E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.

Al oír esto uno por uno empezaron a retirarse, comenzando por los más viejos, y permaneció sólo, con la mujer allí en medio, parada.

Levantando la cabeza Jesús le dijo:

– Mujer ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?

Ella dijo:

– Ninguno, Señor.

 Dijo entonces Jesús:

– Yo tampoco te condeno. 

Anda y de ahora en adelante ya no peques más (Jn 8, 1-11).

Contemplación 

“A partir de ahora” (apo to nun) es una de las frases más hermosas pronunciadas por los labios de Jesús. De ahora en adelante, de ahora en más… Es lo que les dice a Simón Pedro y a sus compañeros luego de la pesca milagrosa, cuando Pedro le había dicho, cayendo de rodillas, “alejate de mí Señor, que soy un pecador”. No temas, le dijo Jesús, “a partir de ahora serás pescador de hombres” (Lc 5, 10). Es una de esas frases que cuando solo las pronunciamos nosotros muchas veces es solo una expresión de deseos, como cuando uno dice “a partir de ahora no fumo más” o hace alguna promesa. En la vida de algunas personas, de gran convicción y con la fuerza de voluntad que da una causa grande, es posible visualizar el momento a partir del cual cambió su vida”, el momento de su conversión. Todos sentimos agitarse dentro nuestro este deseo de un tiempo nuevo, esta esperanza de que todo sea distinto a partir de un hecho significativo en nuestra vida. Pero la realidad suele mostrarnos que las cosas no son tan así, que en nuestro camino damos pasos adelante pero también hay retrocesos. Y si bien miramos siempre para adelante, al mismo tiempo miramos también las circunstancias presentes y, a medida que pasan los años, tiene más peso la mirada atrás, a lo que en realidad fuimos.

No hace falta abundar en ejemplos. Cada uno puede hacer sus propias cuentas y ver cuántas veces dijo “a partir de ahora” haré, seré, dejaré, comenzaré… y qué frutos dio ese deseo de cambio.

Pero hay algo más en torno a esta frase, lo interesante es escucharla en labios de Jesús y dejar que adquiera su verdadera dimensión. El Señor no es un iluso, conoce nuestras idas y venidas, nuestros entusiasmos y nuestras traiciones. Y sin embargo, pronuncia esa frase con mucha seguridad. Se la dice a la mujer sorprendida en adulterio, se la dice a los pescadores… 

  En Cristo Vive, el Papa Francisco toca este tema hablando a los que acompañan a otros en un camino espiritual cuando se trata de discernir y elegir la propia vocación. Él hace notar que para acompañar a otro se requiere una sensibilidad especial. O más bien “tres tipos de atención”. Y una de ellas es la sensibilidad para captar “los impulsos que el otro experimenta “hacia adelante”. Es la escucha profunda de “hacia dónde quiere ir verdaderamente el otro” (CV 294). Y agrega Francisco: “es la atención a la intención última, que es la que en definitiva decide la vida, porque existe Alguien como Jesús que entiende y valora esta intención última del corazón” (Ibíd.).

Me “pega” (en italiano se dice “mi colpisce” que el Papa diga: “porque existe Alguien como Jesús”. Es decir: los deseos “hacia adelante”, los deseos “a partir de ahora” arraigan y adquieren consistencia no en nosotros sino en otra tierra: en la tierra del Corazón del Señor. Si no existe Alguien como Él, estos deseos son para poner entre paréntesis. Pero si “Cristo Vive”, si existe -y gracias a Dios que nos lo envió y nos lo resucitó y junto con Él nos envió el Espíritu que da testimonio de que Jesús es el Señor de nuestra vida práctica, la real, la de hoy y “a partir de hoy”- este deseo es lo más valioso y concreto que cada uno de nosotros tiene en sus manos cada día. El punto es “enraizarlo” en Otro: es un deseo para ofrecérselo a Jesús y pedirle que Él lo cuide. Es decir: en el momento en que uno siente esta novedad dentro suyo, en el momento en que surge el pensamiento “y si a partir de ahora cambio… (tal cosa)”, antes de que venga el “desilusionador”, el mal espíritu, y diga “ni lo pienses, que ya sabés cómo terminan estas fantasías tuyas”, antes de eso, digo, hay que presentárselo inmediatamente a Jesús. El es el custodio de nuestros “a partir de ahora”, de nuestros “a partir de mañana” como cantaba el querido Alberto Cortez que falleció en estos días, en esa canción tan linda, tan de buen espíritu. 

Jesús “está siempre dispuesto a ayudar a cada uno para que reconozca (la real posibilidad de este anhelo último del corazón) y para ello le basta que alguien le diga: “¡Señor, sálvame! ¡Ten misericordia de mí!” (Ibíd.).

 Paradójicamente, los que mejor perciben y aferran como algo real esta posibilidad de ser distintos “a partir de un momento” son los que más han “fracasado” -digamos así- en su pasado, no los que van llevando la vida con sus más y sus menos. En términos absolutos es lo que quiere decir el Señor cuando dice que no traga a los tibios, que prefiere a los fríos o a los calientes. La capacidad de jugarse todo en un momento tiene que ver con el habérselo jugado, con el no tener nada que perder y con el tener todo por ganar.

Nadie mejor que la mujer, del evangelio, que ha sido salvada de una condena a muerte (y de la condena de su propia conciencia, porque el adulterio es pecado de traición a la propia promesa, no solo al otro), puede comprender mejor lo que significa la oportunidad de poder “mirar para adelante”. 

Atrás todo es degradación, culpa, tristeza… Pero gracias a que existe Alguien como Jesús, es posible dejar atrás el pasado y correr hacia adelante, vivir de otra manera. Este es el regalo más grande del perdón: no lo que obra “hacia atrás” sino que permite vivir de nuevo “hacia adelante”. Y el Papa dice que para poder vivir bien el momento presente, lo pequeño de hoy, para poder caminar dando pasos adelante, es necesario estar reconciliados con nuestro pasado. 

San Ignacio nos proporciona un instrumento precioso para poder vivir de manera real y cotidiana nuestra conexión con este “a partir de ahora confiado a Jesús”: el examen de conciencia, le llama él. Es algo que recomienda mucho Francisco, tanto en Gaudete et exsultate como en la última exhortación a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios –Cristo Vive-. Se pueden encontrar fácilmente los textos y lo que destaco es que se trata de un examen “para adelante” no “para atrás”. Lo que hay que contemplar y discernir cada día (o cada medio día, como recomendaba Ignacio, alzando la mente por unos minutos para mirar cómo está mi corazón) es este “impulso hacia adelante”. Qué gracias, qué deseos me dio el Espíritu para descubrir y seguir la novedad que Dios tiene para mí en este día? Por ahí va la pregunta que uno se puede hacer en esta reflexión sobre su día. Es una reflexión sobre la novedad que Jesús me propone: de ahora en adelante… serás pescador de hombres, de ahora en adelante no busques más tus intereses sino los de los demás, los de Cristo…

Diego Fares sj

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Tentación.jpeg

Jesús lleno del Espíritu Santo volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto, adonde estuvo cuarenta días, y era tentado por el diablo. En todos esos días no comió nada, y acabados ellos sintió hambre.

Le dijo entonces el diablo: –Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.

Jesús le respondió: –Está escrito: No sólo de pan vivirá el hombre.

Y lo elevó a un lugar alto y le mostró en un instante de tiempo todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: – A ti te daré el poder de esta totalidad (de reinos) y la gloria de ellos, porque a mí me lo han dado y se lo doy a quien quiero. Si tú te postras en adoración ante mí, será tuyo todo.

Jesús respondió: – Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él servirás dándole culto.

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en el pináculo del templo y le dijo: –Si eres Hijo de Dios, tírate abajo desde aquí; porque está escrito: ‘Dará órdenes a sus ángeles para que te guarden’; y también: ‘te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna’.

Jesús respondiéndole le dijo: –Está escrito: No tentarás al Señor tu Dios.

Y habiendo llevado hasta lo último todo género de tentación, el diablo se retiró de él hasta otro tiempo oportuno (Lc 4, 1-13).

Contemplación

La tentación del mal espíritu siempre tiene una trampa, alguna falacia o “verdad falsa”. Y el Señor nos enseña a discernirla, es decir a rechazarla, a no caer en ella.

Jesús habla con la Escritura, este es un primer detalle. Nos enseña a responder al mal espíritu no con palabras nuestras, sino con la doctrina, con la Palabra de Dios. Porque el diablo es astuto para enredarnos con las palabras cuando entramos en diálgo con él, es experto en confundir: en mentir, acusar, seducir y dividir. Lo vemos en el proceso de las tentaciones al Señor, vemos cómo aprende y en la última, en la que lo quiere seducir para se tire de la altura del Templo, usa la misma Escritura, el pasaje que dice que Dios “dará órdenes a sus ángeles para que te guarden”, y la refuerza con otro pasje que dice: “te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna”. Pero vayamos por orden.

En la primera tentación, nos fijamos no tanto en los objetos -la piedra y el pan- sino en que el demonio le quiere “hacer decir algo” a Jesús: “dile a esta piedra que se convierta en pan”. El maligno -que no ve nuestro interior pero sí lo deduce por la cara que tenemos y los gestos que hacemos- ha visto que Jesús tiene hambre, que está débil y demacrado por tantos días de ayuno. Se le acerca como dando por supuesto que sabe lo que siente, aunque no lo sepa en realidad, y se le mete en la fuente de las palabras, allí donde la necesidad o el deseo nos hacen “decir cosas”. Si nos fijamos, el Centurión le dirá luego la misma frase al Señor: “Dí una palabra y mi servidor se sanará” (Lc 7,7). Pero la dice con otra intención, humildemente, como nosotros antes de comulgar: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero dí una sola palabra y mi alma quedará sana”.

El Señor no dice lo que el mal espíritu le sugiere, no le habla a la piedra, sino que le responde a él, y  elige una palabra más amplia de la Escritura, una que enmarca mejor su deseo de alimento. Es verdad lo que el maligno da por supuesto, que Jesús tiene hambre. Es verdad también que su Palabra tiene poder para transformar la realidad, pero el Señor elige una frase que dice: “No solo de pan vivirá el hombre” -y que continúa afirmando- “sino de toda Palabra que sale de la boca del Señor”. La Palabra es alimento, no solo es instrumento para lograr lo que queremos.

Podemos sacar provecho para discernir entre palabras y Palabras. Hay un lenguaje que está al servicio de los deseos ocultos del que habla (de nosotros mismos y de los demás) y otro lenguaje que es distinto, es una Palabra alimento, una Palabra que se nos regala para sentir y gustar, como dice Ignacio, en Ella el amor y la Persona misma de quien nos habla. Una Palabra que es Pan de vida, que es Lámpara para nuestros pasos, Palabra viva, que calma la sed y alimenta el alma.

Hoy en día, el enemigo de la gente, nos distrae haciendo parecer que nos tienta con cosas, con objetos de consumo, con imágenes placenteras, con riquezas y vanidades…, pero esto es lo de afuera. En el fondo nos tienta en “lo que decimos”, tienta la Palabra en nuestra boca. Nos hace decir cosas siguiendo nuestros impulsos más primarios, lo que se nos ocurre, lo primero que nos viene. Las redes sociales están llenas de estas palabras fruto de impulsos y sabemos que, como dice el proverbio chino: “cuando estás airado, mejor no escribas cartas (y menos mandes un twett)”. Contra esta tentación de “decir” cosas, como si diciéndolas la realidad cambiara, el Señor nos enseña la mansedumbre de callar y de alimentar nuestra alma con la Palabra verdadera en nuestra oración de cada día. No solo de decir cualquier cosa vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.

En la segunda tentación, el diablo apunta no a las palabras sino a los gestos. Todo el despliegue de mostrarle en un instante de tiempo todos los reinos de este mundo en su esplendor y gloria -imaginemos los desfiles militares y los fuegos artificiales de fin de año de las grandes ciudades que le habrá mostrado como en un video clipo de dos minutos- apunta a un pequeño gesto: hacer que el Señor se arrodille, que se postre en adoración ante él.

El demonio, como dijimos, no tiene acceso a nuestro interior, por eso actúa sobre lo externo: nos quiere hacer decir cosas, nos quiere hacer hacer cosas. Aquí lo que pretende es que Jesús hinque una rodilla en tierra, que haga una genuflexión.

A veces basta un gesto y no hace falta arrodillarse. Una agachada a veces es cerrar la boca, asentir bajando la cabeza, dejar pasar una frase, agarrar un sobre, levantar la mano para votar (o abstenerse), dar un click. Uno sabe cuando “le hicieron hacer algo y lo hizo”. Arrodillarse es arrodillar el alma, someter la voluntad, consentir. Y uno sabe cuando consintió, cuando no se dejó comprar. Hoy hay muchas maneras de hacer socialmente aceptable estas agachadas ante el poder. Muchas veces con la excusa de tener poder para hacer el bien. Y aquí es donde está la tentación. El gesto lo dice todo: agacharse para tener poder. Detrás siempre está Satanás. Que es mal pagador. En el momento paga, pero después te lo cobra todo, y con intereses.

El Señor nos enseña que hay gestos que solo se hacen ante Dios nuestro Señor: “Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él servirás dándole culto”. No importa si nadie lo ve. El gesto de agacharse -de asentir-  implica reconocimiento personal e incide profundamente en nuestro ser. Es un gesto que nos totaliza y nos agarra enteros y nos pone en manos de otra voluntad. Por eso es tan grave, aunque no se vea. Esta tentación es de otro orden que la de convertir las piedras en pan. Seguir nuestros deseos es un amor egoísta, pero amor al fin. Es un amor que busca el propio bien de manera instintiva y superficial Pero como es deseo de un bien, cuando el pecador se encuentra con su Bien verdadero, lo sigue fácilmente, como lo seguían los pecadores y las pecadoras a Jesús. En cambio esto de “arrodillarse ante el demonio para tener poder” es otra cosa. Es vender la dignidad, es someterse a la voluntad de otro que hará con ella lo que quiera y habrá contado con nuestro asentimiento total. No se puede dar el propio voto para que otro decida lo que él quiera. Si lo decide, que lo haga, pero no con mi voto.

Para sacar provecho de esta enseñanza del Señor, encarnándola en nuestra situación actual, diría que además de la tentación obvia de “vender el alma al diablo por lograr poder”, hay una tentación más sutil todavía que es la de “no arrodillarse ante Dios para adorar ni ante el próimo para servir”. El demonio también nos tienta de no arrodillarnos explícitamente ante el Señor, nos tienta de no adorar. Adorar es tan básico y vital al espíritu como el aire al cuerpo. Y no adorar enferma el alma, crea un vacío existencial, un malestar y una angustia que debería ser fácil de diagnosticar. Tantas veces nos haría bien que alguien nos dijera, por qué no vas y te postrás un rato, con la frente en el suelo, y adorás a tu creador diciendo que no sos nada, que sos tierra, que no sabés nada ni podés nada ni poseés nada y que agradecés y reconocés que Él es todo, sabe todo y puede todo y te ponés en sus manos porque sos su hijo, su creatura y Él es tu Padre y tu creador. La adoración cura esa enfermedad del espíritu, ese el vacío existencial que nadie sino Dios puede llenar.

En la tercera tentación, como decíamos, nos fijamos en cómo el demonio aprendió (él aprende a ser más sutil y nosotros también podemos aprender de sus tentaciones si usamos las reglas de discernimiento y nos confrontamos con nuestro padre o nuestra madre espiritual (o director/a o compañera/o). El mal espíritu aprende y usa la misma Escritura (y doble) para tentar al Señor.

No hay que menospreciar esta tentación “bajo especie de bien” que usa palabras de la Biblia y la tradición. Si el Señor, que es el mismísimo Verbo en Persona, padeció esta tentación no podemos pretender que a nosotros no nos pasará.

Tiene algo de “ingenuamente maligno” esta tentación. Todas tienen algo burdo, pero esta más. Tentar a Jesús con el hambre, es muy humano y quizás poco sutil. Tentarlo con el poder y pedirle que se arrodille ante el demonio, pareciera algo totalmente desubicado. Y esto de retorcerle las palabras de la Escritura para realizar un acto inconsciente de arrojo por pura vanidad, también tiene algo que no encaja. Sin embargo, el Señor también experimentó este género de tentación y nos enseña a vencerla.

Una lección que podemos sacar es que, vista desde afuera o en otro, la tentación es reconocible y siempre tiene algo de patético, pero en el momento en que la sufre uno, la cosa cambia, y muchas veces parece irresistible en el contexto en que se da. Por eso es bueno tenerlas discernidas y tipificadas tal como el evangelio nos narra que las enfrentó el Señor. Para que cuando se nos presenten a nosotros podamos oler de entrada de cual se trata. Si es que el demonio nos está queriendo “hacer decir” algo, o está queriendo que “hagamos algún gesto” que signifique someter nuestra dignidad… O si, en las mismas palabras de la Escritura que alguien dice, se esconde alguna intención dañada.

Una cosa me llamó la atención hoy al rezar con esta tentación: el lugar a donde el diablo lleva al Señor para decirle estas lindas frases de la Escritura: el techo del Templo. Me hacía pensar que quizás no hay que fijarse tanto en la sugestión de tirarse al vacío, como si fuera una mera tentación de espectacularidad.

Aunque no lo parezca, esta tentación es la más dañina de todas, porque usa mal la Palabra De Dios. Fijémonos que el demonio que no logró hacer arrodillar el Señor, ahora lo sube a lo alto del Templo. Y allí usa la palabra de Dios esperando, quizás, que el Señor entre a dialogar con Él. Pero Jesús no dialoga con el mal espíritu, sino que le responde lacónicamente: “No tentarás al Señor tu Dios”, y lo obliga a retirarse.

La tentación, más que tirarse es quedarse charlando de teología con el demonio en el techo del Templo.

El Templo es para adorar a Dios adentro, en medio de la asamblea, presidida por los ministros, en comunión con la Iglesia. No para subirse al techo y desde allí querer dar cátedra, como hace el demonio.

Para sacar provecho, diría simplemente que se trata de una tentación intraeclesial, no se da ni en el desierto ni en el monte, sino en el Templo.

Es además una tentación de elite, no trata de panes ni de poder sino de teología: es acerca de la interpretación de la doctrina.

Opongo solamente dos imágenes. Una, la de los falsos pastores que hablan como si estuvieran por encima de todo -sobre el techo del Templo, más aún: en el pináculo-; la otra, la de los verdaderos pastores, los que hablan dentro del templo, en medio de la asamblea sinodal, junto con todo el pueblo de Dios.

Esta tentación es de los pastores. Pero el pueblo de Dios debe saber discernir.

Diego Fares sj

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A ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, oren por los que los calumnian. Al que te pega en una mejilla, ofrécele también la otra; y a quien te quite el manto, no le niegues la túnica. Da a quien te pida, y a quien te quita lo tuyo no se lo reclames.Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. Si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a quienes los aman. Si hacen el bien a quien se los hace a ustedes, ¿qué gracia tienen? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué gracia tienen? También los pecadores se prestan entre ellos para recibir lo equivalente.Ustedes amen a sus enemigos, hagan bien y presten sin esperar nada a cambio; así su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo. Porque él es bueno para con los ingratos y malos. 

Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso.

No juzguen, y Dios no los juzgará; no condenen, y Dios no los condenará; perdonen, y Dios los perdonará. Den, y Dios les dará. Les verterán una buena medida, apretada, rellena, rebosante; porque con la medida con que midan, Dios los medirá a ustedes (Lc 6, 27-38).

Contemplación

            Lucas no había puesto la bienaventuranza de los misericordiosos y la desarrolla ahora de un modo particular, no tanto como un “comportamiento” sino más bien como un modo de ser. “Sean misericordiosos como el Padre vuestro es Misericordioso”.

            Cuando entendemos la misericordia como un mandamiento, como un deber, por una parte suena como algo muy difícil de cumplir y por otra parte, intuimos que por ahí va la felicidad y la única solución a los males que nos asedian. No es dificil “sentir misericordia y compasión” por alguien que está herido o ha sufrido una desgracia. Si es un niño o un pobre inocente, la compasión brota espontaneamente y a uno se le enternecen las entrañas. Si se trata de un enemigo, en el doble sentido de la palabra (extrós), es como antinatural. Pasivamente, enemigo significa “odioso”, es alguien que nos causa rechazo; activamente, significa la persona hostil, que busca hacernos daño. La misericordia no parece la actitud apropiada, sobre todo para el que se muestra  activamente hostil. Por eso el Señor baja a los detalles: bendigana los que los maldicen, orenpor los que los calumnian. Al que te pega en una mejilla, ofrécele también la otra; y a quien te quite el manto, no le niegues la túnicaDaa quien te pida, y a quien te quita lo tuyo no se lo reclames.

Son actitudes muy concretas que especifican con precisión qué significa misericordia ante una actitud hostil. Pero si prestamos atención tienen algo que rompe la lógica del deber y de la mera acción. Van más hondo, van a una manera de ser de la cual la hostilidad nos quiere sacar, haciéndonos reactivos y miméticos. Devolver mal por mal, ojo por ojo, insulto por insulto, puede ser justo, pero practicando esa justicia nos perdemos algo propio de nuestro ser. Somos creados a imagen de un Ser Misericordioso, nuestro Padre. Y a Él tenemos que dirigir nuestra mirada para descubrir quiénes somos, cómo podemos ser más “nosotros mismos”, que es la única manera de ser felices. Por eso el Señor usa la comparación: si aman al que los ama, qué gracia tienen?

Dice “gracia” (Jaris, como en Eujaristía) no “mérito”. 

Si leemos en clave legalista, esto de saludar al que no nos saluda es ir más allá del mandamiento justo y hacer un acto “extra” para ganarse un mérito. Sin embargo lo que el Señor quiere hacer notar es otra cosa: si prestas dinero solo al que te lo puede devolver te estás moviendo en un plano de paridad en el que se mueven también los que no conocen a su Creador (y por tanto no saben que ellos mismos “son algo más”). Al hacer un bien al que nos es hostil, damos cauce a un modo de ser nuestro que es propio de los que “son hijos del Altísimo”, del Misericordioso, que esbueno con ingratos y malos. 

Luego de este “crescendo” de acciones de misericordia bien concretas, que van más allá de lo “equivalente”, el Señor pone la máxima más fuerte de todo el Evangelio: “Sean misericordiosos como el Padre vuestro es misericordioso”. Dios es misericordioso. No es un modo de actuar condescendiente que guarde algo detrás. Detrás de la Misericordia no hay nada más porque la Misericordia es todo lo que Dios es. Simplemente. El es así. Ama a todos los que creó, más allá de cómo se comporten. 

En el fondo, esto es un discernimiento que podemos formular así: cuando una creatura actúa mal, cuando siente odio y realiza acciones hostiles que dañan a los demás, no “es ella misma”, no actúa de acuerdo con su ser, con aquello que se le regaló por gracia y que es la vida. La vida no odia, la vida es movimiento de amor, de unión, de cordialidad, de integración. Odiar es actuar contra la vida, contra el propio ser. 

Al no dejarse arrastrar miméticamente por el mal y por el odio, nos mantenemos en nuestro propio ser. Somos hijos del Altísimo y del Misericordioso. 

Esto es como decirle al otro con actitudes prácticas -saludar, rezar, ofrecer la otra mejilla, prestar, no reclamar- yo te trato así porque “estoy hecho así”, soy y quiero ser así. No quiero terminar siendo otra cosa por reaccionar mal al mal que me haces. Mi modelo para saber y gustar quién soy, como puedo ser más auténticamente ser humano, es nuestro Padre. Y Él es, fundamentalmente, incondicionalmente, Misericordioso. Y en su modo de actuar, en todas sus acciones que tienen un más y un menos, se guía por esta Misericordia que es su actitud última. Cuando siembra, por ejemplo, siembra semilla buena. Y lo hace en todos los terrenos. No siembra una de menos calidad en el terreno menos bueno. Y cuando ve que hay cizaña, Él cuida la semilla buena por sobre todo. Por eso no corta inmediatamente la mala semilla, para no arruinar ninguna buena. Estas actitudes que ponen la Misericordia como criterio absoluto e innegociable, tienen consecuencias. Algunos no se bancan lo concreto de la misercordia, la sienten como injusta. Al hijo mayor le resulta intolerable que su padre haya hecho matar al ternero alimentado a grano! Es demasiado. Le brota toda la hiel comparativa: a mí nunca me diste ni un ternerito para comer con mis amigos y a este hijo tuyo que se gastó la herencia en mala vida lo festejas con un asado con el ternero alimentado a grano! El Padre responde en la línea de lo que todos son, no de lo que hicieron. “Vos estás siempre conmigo. Sos mi hijo. Todo lo mío es tuyo. Y este es tu hermano, que estaba muerto y ha revivido”. 

La Misericordia nos sitúa en el ámbito de lo que somos. Desde allí se resetea todo y se parte de nuevo, desde nuestro “progama” original. 

Misericordia significa amor incondicional allí donde el amor se partió en dos y quedó dividido en amores egoistas que luchan uno contra otro. Es como decirle a uno que lucha contra alguien: tanta pasión, tanto odio, implica un gran amor, un amor que diriges mal, porque amas lo tuyo -tus cosas, tus ideas, tu vida- como si quitándoselas al otro las pudieras aumentar o conservar. Y esta lógica no funciona, es contradictoria. Para vivir más, para gozar más y crecer más, tienes que hacerlo en vos mismo, no contra nadie. Más bien favoreciendo gratuitamente a los demás como un modo de “pagar tu deuda con El que les dio gratuitamente la vida a los dos”.

La misericordia es un modo de ser que se apoya sobre el plus, eso “de más” que a uno se le regala poder libremente dar. 

Si nos comparamos con los animales, vemos que ellos no pueden ir contra su naturaleza. Solemos fijarnos en que no pueden “excederse” en el mal: un toro no puede convertirse en un tigre. No tiene dientes para encarnizarse con su presa, a la que, a lo sumo, puede dar un topetazo. Mortal, quizás, pero nunca encarnizado porque no es carnívoro. Pero el animal tampoco puede excederse en el bien. Al hacer de modo constante el bien debido, muchas veces nosotros interpretamos como compasiva alguna actitud suya. Y lleva el sello, ciertamente, porque todo amor actúa misericordiosamente. También los animalitos son a imagen de su creador. 

Pero a nosotros se nos da la gracia de poder redoblar este amor que está en nuestro ser natural y elegir ser misericordiosos allí donde podríamos ser solo justos. Al actuar así, dice Jesús, tomas conciencia de que sos hijo del Altísimo, tomas conciencia de que puedes recrear tu vida y hacerla libremente más a imagen del que te creo. Puedes ser bueno con buenos y malos. Puedes sembrar semilla buena en todos los terrenos. Puedes recibir en tu casa como iguales a todos los hombres como hermanos. Puedes buscar hacer lo que “más le agrada” a tu Padre y a los demás, sin medir de acuerdo a tus propias conveniencias. 

Este “actuar superando las oposiciones” despierta posibilidades nuevas, te permite ser plenamente lo que sos y desarrollar todo lo que hay en tu interior sin quedar trabado por “lo que te hicieron o te hacen los otros”. O por lo que tú mismo hiciste en el pasado y estás habituado a hacer.

* A imitación de Jesús, la conciencia de “ser misericordioso como lo es un hijo del Altísimo”, te vuelve más sensible y más atento a discernir “lo que más le agrada al Padre” (cfr. Rm 12, 2), no contentándote con la mediocridad o con solo lo justo y necesario.

* La palabra del Evangelio se convierte así, para tí (cuando tu deseo es ser como nuestro Padre) en “lámpara para mis pasos” como dice el Salmo 119).

* Y sientes que crece tu deseo de ser más auténtico, dejandote guiar no por la espontaneidad instintiva y psicológica, sino por la espontaneidad evangélica, que más allá de lo que sientes y haces por instinto o por hábito, te estimula a acciones nuevas, hechas en la pura gratuidad de la fe, por el puro gusto de alegrar a nuestro Dios y al prójimo.

* Cierta búsqueda adolescente de gratificaciones humanas va dejando más lugar a la satisfacción que te da la gratuidad del verdadero amor, ese que desciende de lo Alto y se nos dona como gracia.

* Cuando te dejas guiar por este “instinto espiritual de la misericordia” experimentas siempre más y más la sensación de estar caminando en su Presencia, como “a la sombra de sus alas”. Y que Él, cada vez que “bajas de nivel”, te pone sobre sus plumas y te reconduce a las alturas, como hace el águila con sus pichones.

* La misericordia hace crecer en tu interior el deseo de gustar el sabor profundo de la Palabra, de la oración y de la vida interior. No se trata de usar técnicas o de saber más cosas, sino de profundizar en esa misericordia, es decir: es sentir y gustar internamente la riqueza, la profundidad y la textura concreta que la Misericordia adquiere en contacto con la realidad de cada situación en la que están involucradas las personas.

* De la infelicidad de hacer todo lo que se debe hacer (con las acostumbradas escapadas y transgresiones de los pecados de cada uno) se pasa a la felicidad que uno siente al respirar la libertad que da moverse en el Cielo de la misericordia.

Diego Fares sj

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            Estaba Jesús en cierta ocasión junto al lago de Genesaret y la gente se agolpaba para oír la palabra de Dios. Vio entonces dos barcas a la orilla del lago; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separase un poco de tierra. Se sentó y estuvo enseñando a la gente desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón:
–Navega mar adentro y echen sus redes para pescar.
Simón respondió:
–Maestro, hemos estado toda la noche trabajando sin pescar nada, pero en tu palabra, echaré las redes.
Lo hicieron y capturaron una gran cantidad de peces. Como las redes se rompían, hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al verlo, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús diciendo:
–Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
Pues tanto él como sus hombres estaban sobrecogidos de estupor ante la cantidad de peces que habían capturado; e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús dijo a Simón:
–No temas, a partir de ahora serás pescador de hombres.
Y después de llevar las barcas a tierra, dejado todo, lo siguieron (Lc 5, 1-11).

Contemplación 

“En tu palabra echaré las redes”. En boca de Simón la palabra “palabra” (ῤῆμα), no es algo abstracto: es algo que dijo Jesús, un “dicho” con un significado preciso, algo que se dice en un momento concreto a viva voz e indica y manda algo que hay que hacer enseguida. Cuando Pedro responde “en tu palabra echaré las redes” está diciendo: nos ponemos en marcha mar adentro y lanzamos de nuevo las redes “porque Tú lo dices” (solo porque Tú lo dices), “ahora que lo dices” y “como Tú lo dices”. Así lo hicieron y pescaron una gran cantidad de peces. Tanto que las redes se rompían y tuvieron que pedir a ayuda a los compañeros de las otras barcas.

Rezar es pescar. Contemplar es pescar. Como quien se va mar adentro -el mar del Evangelio, el mar de la realida, el de su corazón y su mente- y echa las redes allí donde le dice Jesús, en la escena y en la frase de Jesús en la que el Espíritu le hace sentir y gustar las cosas un poco más.

La pesca tiene mucho de limosna, de aventura, de “a ver qué me dará hoy ese mar”. No es algo que se pueda planificar totalmente. Aún con los medios tecnológicos de hoy, los grandes barcos pesqueros tienen que ir detrás de los peces… Ni qué decir en aquella época. 

En tu palabra echaré las redes fue toda una confesión de fe por parte de un pescador experimentado como Simón que se fió -aunque no pudiera formular bien por qué- de la orden precisa que le dió aquel Jesús de quien sabían que era carpintero y que venía de las montañas de Nazaret. 

El diálogo podría haber terminado ahí, como tantas veces en que algún desubicado pretende enseñarnos cómo hacer nuestro trabajo y le decimos sí, cómo no; ahora mismo nos embarcamos de nuevo, navegamos mar adentro y nos ponemos a pescar como si no hubiéramos estado haciendo eso toda la noche. 

Sin embargo, Simón se fió. Él mismo habrá contado tantas veces la escena… Podemos imaginar la satisfacción con que la contaría. Él, un pescador que no había pescado nada en toda la noche, haciéndole caso a un nazareno, a un Rabbí… 

Jesús le enseñó después a reconocer en esas frases suyas, que le salían espontáneamente cuando hablaba Jesús, la voz del Padre. El Maestro le enseñaría a discernir que poner en práctica inmediatamente un dicho de Jesús era una gracia del Padre, no cuestión de su carne ni de su sangre, no un esquema mental suyo o algo cultural. 

Aquella mañana, en la barca, empezó a ser Pedro, la roca firme de la fe en la que el Señor fundaría su comunidad, su Iglesia. 

Todo por una frase. Por una respuesta suya que dijo sin pensar, porque ya se había puesto a dar órdenes a los otros que lo miraban sin poder creer que le estaban haciendo caso.

Es que las cosas de Jesús, eso que Él llama “su reino”, son así: cuestión de palabra. 

Le preguntaban a un teólogo por qué la Iglesia tenía necesidad de un estado como el Vaticano y el respondió que, según su opinión, no tenía necesidad. Y entoces por qué lo tiene, le retrucaron. Y él dijo que era una herencia histórica. Pero que la Iglesia tiene “personería jurídica” reconocida internacionalmente (la santa sede) sin necesidad de tener un estado. Conserva algo mínimo, pero podría prescindir. Porque de hecho en lo que se funda es en un “codigo lingüístico común”. Es decir en una Palabra recordada en común y puesta en práctica en común. Como hizo Simón Pedro y sus compañeros cuando aquella primera vez le hicieron caso al Maestro que les había pedido permiso para subir a su barca y predicar desde allí a la gente. Allí comenzó la pesca milagrosa que es la Iglesia, institución, sí, pero pescada cada día y que pesca con la sola red de la Palabra. Palabra testimoniada con estilo y obras, se entiende.

Decía que la Palabra de Jesús, sus dichos, sus indicaciones y mandatos, no son palabras abstractas. Son como las redes de esos pescadores, con su cuerdas anudadas y fuertes, que hay que limpiar y desenredar. La palabra de Jesús pesca, recolecta realidades vivas como los peces del lago de Genesaret. 

Hoy en día hay redes más amplias, redes virtuales, que abarcan toda la realidad pero cuando la sacás no te pescaron nada concreto. Las de los amigos de Jesús son más modestas, pero pescan peces reales. Pescan hombres y cada uno que pescan se convierte en pescador. 

Hay que poner en práctica la eficacia de esta “red echada en los dichos de Jesús”. Cada mañana, hay que salir mar adentro a pescar en su Nombre, que está bendito.

Cada tanto, cuando uno siente que no pesca nada, que trabaja en vano, hay que extender las manos como una red, implorando al Señor que “en su Nombre”, lo que estamos haciendo de fruto, pidiendo ánimo y eficacia apostólica, pidiendo ayuda contra el cansancio de la esperanza.

La red echada en la palabra de Jesús supone una pesca personal y otra comunitaria. Hay que pescar solos y hay que saber pedir ayuda y pescar en red. Es así. Tirar la red -la redecita en el lago pequeño de la propia vida- y pescar la palabra concreta para el momento en que se está. Luego, con esos dos peces y esos pancitos que el mismo Señor nos cocina a las brasas de su Eucaristía cotidiana, se cobra ánimo para las pescas más grandes, las que hay que hacer en común.

Así como el Señor nos hace pescadores de hombres, la metáfora dinamiza otras y podemos decir que hay palabras-peces que se convierten en palabras-red. Palabras que pescamos como un pescadito en el lago de nuestra contemplación personal, que se convierten en palabras-red que pescan a muchos otros y ayudan a comprender la realidad.

Hay redes que ya están consolidadas para el uso. Si bien la pesca de cada día es siempre una aventura nueva, no hay que inventar redes si ya tenemos unas bien trajinadas y expertas ,que han pasado por las manos de Pedro y de sus compañeros. Son redes llenas de pescas milagrosas, curtidas por los vientos de tantas noches de pesca, redes que “pescan solas” si se puede decir así. 

Lo que quiero decir es que la Palabra de Jesús no son palabras aisladas, son palabras con historia, entretejidas con otras, que han sido pasadas y repasadas por muchos corazones. Comenzando por nuestra Señora, que las guardaba todas en su corazón, siguiendo por la gente, que se bebía las palabras de Jesús y lo escuchaba con gusto, continuando por los apóstoles, que le preguntaban luego en privado al Maestro lo que significaba cada cosa que había dicho en sus parábolas y consejos, hasta llegar a nuestra época, en la que cada palabra del Señor se ha convertido en un carisma gracias a los santos y en una obra de misericordia concreta gracias a tantos colaboradores que abrazan en sus manos-red a tantos necesitados y pobres de este mundo.

Contemplar es echar estas redes de nuevo -cada vez, muchas veces, las más que podamos- en el nombre de Jesús. Y pescar, pescar. Cada día. Personas, gente, creando cercanía, projimidad, encuentro, como dice y hace Francisco, el Pescador. Con esta manera tan especial de pedir como limosna lo que nos ganamos con nuestro trabajo. Que eso es la pesca, una limosna ganada con trabajo. Limosna, porque no está dicho que si echamos la red el mar nos dará sus peces. Trabajo, porque el Señor quiere servirse de nuestra barca y de nuestras redes para hacer sus milagros. Siempre requieren colaboración los milagros de Jesús: manos que llenen de agua las tinajas, manos que repartan los panes y los peces multiplicados, manos que siembren semillas buenas, manos que echen en su Nombre, una vez más, las redes. Contemplar es pescar.

Diego Fares sj

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            Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la Madre de Jesús estaba allí. También Jesús fue invitado con sus discípulos a las bodas. Y faltando vino, la madre de Jesús le dice: «No tienen vino». Y Jesús le dice a ella: «¿Y qué a mí y a ti, mujer? Aún no ha llegado la hora mía.» Su madre le dice a los servidores: «Lo que les diga, ustedes háganlo.» 

Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían entre 80 y 120 litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y llévenle al organizador de la fiesta.» Así lo hicieron. El organizador probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el mejor vino para este momento.» Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 1-11).

Contemplación

            Los milagros indirectos. Esa fue la palabra que me vino al contemplar la escena en el momento en el que el weeding planner lo llama al esposo y, al mismo tiempo que alaba ese vino tan especial, al decirle que habitualmente las cosas se hacen al revés, le da a entender elegantemente que le hubiera gustado que le avisara. Pero el otro estaba menos enterado que él de este milagro que había ocurrido en su propia cocina. Juan no nos cuenta cómo siguió el diálogo y lo que queda de toda la escena es que los verdaderos protagonistas, los que saben que ese vino es fruto de un milagro hecho con agua -la Madre, Jesús, los servidores y los discípulos- permanecen anónimos.

            Por supuesto que la voz habrá corrido como corrió el vino y seguramente los esposos y su familia le habrán agradecido a María y a su Hijo este milagro con que fueron bendecidos. El sabor de ese vino, aunque no lo hayamos probado físicamente, se imprimió y quedó grabado en la escena evangélica que recordamos como las Bodas de Caná. Algo similar al perfume de nardo puro con que la hermana de Lázaro, María, ungió a Jesús, que llenó con su fragancia toda la casa (Jn 12, 3). Como pasa en las fiestas, hay cosas que se gozan después. Y hace bien agradecerlas y saborearlas recordando detalles, porque en el momento son cosas que se viven intensamente pero sin tiempo para detenerse en cada una. Las registramos, nuestros ojos fijan miradas y sonrisas, y nuestro corazón, al ir recorriendo las mesas y saludando a la gente, siente presencias, se dilata y atesora todo, pero sin poder hacer sacar provecho de todo. Y es un deber de justicia dar luego a cada detalle su justo valor. Por eso, 2000 años después, seguimos recordando gozosamente Caná. Seguimos gustando ese vino mejor en cada fiesta, en cada Eucaristía. 

            Jesús tiene esas cosas: sus gestos se nos quedan para siempre. Tienen, cada uno, la consistencia de un sacramento, signo visible de su amor, presencia suya que se toca con las manos. 

            Un amigo suele contarme cada tanto de nuevo, que en los casamientos de sus hijos y de los hijos de sus amigos, reza haciendo memoria del suyo, pidiendo para los nuevos esposos las gracias que agradece de su matrimonio. Aunque no se lo digo a él, porque ya lo sabe, como los sirvientes que sabían de dónde venía ese vino, la reflexión que hago yo para sacar provecho, como dice Ignacio, es que esa es propiamente la gracia de Caná. Es el modo de contemplar las escenas evangélicas que -todas- transforman nuestra agua en vino y hacen que nuestras experiencias humanas den frutos de fe.

            Vuelvo a los milagros indirectos, que hay que descubrir después. Recordar los detalles es parte de lo que llamamos técnicamente “oración contemplativa”. Yo digo que todos somos contemplativos, lo que sucede es que a veces no nos damos cuenta, como  el joven esposo que no tenía idea de lo que había pasado con el vino. Pero cuando uno como el wedding planner nos aviva (tampoco él se había dado cuenta de todo, pero registró algo que se ve que le picó, porque afectaba su trabajo), tenemos que aprovechar y saber sacar partido de los milagros indirectos. 

            Recordar los detalles de nuestra vida, de nuestro día, es desenterrar el tesoro escondido en el campo. 

            Recordar los detalles de los milagros que el Señor y nuestra Señora han estado realizando para nosotros, en la cocina, junto con los que nos sirven, es una de las gracias más lindas que forman parte de la oración. Es una gracia linda porque brota espontaneamente y se convierte en agradecimiento y en fe, y estimula a seguir rezando. 

            El Evangelio está sembrado de detalles así, de pequeños signos que despiertan nuestros sentidos e iluminan nuestra mente para que sepa reconocer en cada uno la acción benéfica del Señor, que llena de milagros “indirectos” nuestra vida. Se trata de gestos del Señor que nos hacen sentir “predilectos”, como esos jóvenes esposos a los que Jesús les regaló una fiesta inolvidable, no solo para ellos y su familia, sino memorable para todas las generaciones. 

            Recordar los detalles es aprender a saborear la predilección del Señor. Esa es la alegría que “falta” en el mundo actual, la alegría de sentirnos especiales, bendecidos a los ojos de quien mucho nos ama. 

            La alegría se confiar en que María anda por nuestras cocinas, notando lo que falta y supliendo todo con ese modo de interceder que tiene Ella y que pone en marcha el corazón de Jesús, siempre deseoso de sernos útil en todo lo que pueda.

            Recordar detalles es como llenar las tinajas de los recuerdos hasta el borde, sumergirse en el lago de nuestra memoria y mirar de nuevo lo que pasó, constatando que cada sorbo de imaginación sabe distinto contemplado con los ojos de la fe y pidiendo al Espíritu que nos “encienda de luz los sentidos” y que “infunda amor en nuestros corazones”. 

            Eso es Caná: transformación del agua en vino, de las ideas abstractas en fe, que convierte lo que toca en realidad; transformación de los deseos cambiantes en sólida caridad y amor de amistad que dura para siempre; transformación de los sueños fugaces en esperanza cierta y a toda vela. Agua en vino, y vino del bueno. 

Tres detalles de Caná

            Uno lo encontramos cuando María advierte a los mozos -que serían chicos y chicas jóvenes-: hagan lo que Él diga. Cualquier cosa que les diga, ustedes háganla. Les dice porque sabe que Jesús va a salir con algo inesperado, como fue lo de llenar las tinajas de agua. El detalle es que nuestra Señora no se pone a discutir con su Hijo, que con la respuesta daba pie a alguna réplica, sino que lo deja en su discurso interior, el que seguramente Jesús tenía con su Padre acerca de la hora para comenzar su misión, y se dirige directamente a los chicos que están queriendo ayudar, que son los que van y vienen sirviendo las mesas. 

            Es un detalle que hace al “modo Mariano” de hacer las cosas. El Evangelio nos dice que “María guardaba las cosas en su corazón, meditándolas”. Esta oración suya, contemplativa, que recuerda los detalles pequeños y los “engrandece” hasta que toman la altura de “las maravillas que el Señor hizo en su vida”, tiene como contrapartida su saber  “adelantarse”. 

            Es un adelantarse a lo que va a pasar, observando también los detalles. Si nos fijamos bien, recordar los detalles y prever en los detalles son partes de una única oración. Esto es algo propio del Espíritu Santo. Lo expresa la oración del Ven Creador,   cuando nos invita a expresarle nuestro deseo: “Que repelas lejos al enemigo y nos dones tu paz con prontitud, de modo tal que así, conduciendo Tú previamente, evitemos todo lo nocivo”. Ese “previamente” nos hace pensar de cuántos peligros nos habrá salvado sin que lo sepamos. La imagen linda de nuestra niñez es la del Ángel de la guarda que se adelanta a quitar un peligro de la vida del niño a cuyo cuidado ha sido consagrado por el Padre. 

            Otro detalle es que los servidores “llenaron las tinajas hasta el borde”. El “hagan lo que Él les diga” no lo usaron para medir “hasta donde debo” y “a qué no estoy obligado”. Lo de llenar hasta el borde es un detalle de esos en los que se ve a una persona: la persona que hace solo lo justo y la que se da entera. 

            Se ve que estos no eran mozos contratados, sino verdaderos diáconos -servidores de alma-, de esos que le ponen toda la honda para que la cena salga linda. Está el mozo que trabaja eficazmente y el que sabe poner -con discreción- un gesto atento en el momento justo y, sin hacerse notar de más, contribuye a que la fiesta salga perfecta. 

            Un tercer detalle es que Jesús también parece que se entusiasmó, porque el vino que produjo fue de alta calidad (en la multiplicación de los panes no dice que el pan fuera “especial” ni que los peces fueran caviar…). Sin saber mucho de milagros creo que podemos decir este tuvo dos tiempos: convertir el agua en vino y añejarlo. Los servidores pusieron su entusiasmo como podemos hacerlo los seres humanos: cuantitativamente. El Señor puso en acto el suyo como sólo puede hacerlo Dios: cualitativamente. No solo convirtió el agua en vino sino que maduró el vino y lo añejó en pocos segundos. Es una gracia linda para pedirle al Señor: que nos madure alguna gracia que ya nos ha dado. Que la termine de añejar, para que sepa mejor. Que nos madure el matrimonio y la consagración, que nos madure la paternidad y la maternidad, que nos madure la amistad… Que nos madure la oración, en especial esta, de recordar y prever los detalles en los que Él gesta sus milagros indirectos.

Diego Fares sj

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