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Jesús lleno del Espíritu Santo volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto, adonde estuvo cuarenta días, y era tentado por el diablo. En todos esos días no comió nada, y acabados ellos sintió hambre.

Le dijo entonces el diablo: –Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.

Jesús le respondió: –Está escrito: No sólo de pan vivirá el hombre.

Y lo elevó a un lugar alto y le mostró en un instante de tiempo todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: – A ti te daré el poder de esta totalidad (de reinos) y la gloria de ellos, porque a mí me lo han dado y se lo doy a quien quiero. Si tú te postras en adoración ante mí, será tuyo todo.

Jesús respondió: – Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él servirás dándole culto.

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en el pináculo del templo y le dijo: –Si eres Hijo de Dios, tírate abajo desde aquí; porque está escrito: ‘Dará órdenes a sus ángeles para que te guarden’; y también: ‘te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna’.

Jesús respondiéndole le dijo: –Está escrito: No tentarás al Señor tu Dios.

Y habiendo llevado hasta lo último todo género de tentación, el diablo se retiró de él hasta otro tiempo oportuno (Lc 4, 1-13).

Contemplación

La tentación del mal espíritu siempre tiene una trampa, alguna falacia o “verdad falsa”. Y el Señor nos enseña a discernirla, es decir a rechazarla, a no caer en ella.

Jesús habla con la Escritura, este es un primer detalle. Nos enseña a responder al mal espíritu no con palabras nuestras, sino con la doctrina, con la Palabra de Dios. Porque el diablo es astuto para enredarnos con las palabras cuando entramos en diálgo con él, es experto en confundir: en mentir, acusar, seducir y dividir. Lo vemos en el proceso de las tentaciones al Señor, vemos cómo aprende y en la última, en la que lo quiere seducir para se tire de la altura del Templo, usa la misma Escritura, el pasaje que dice que Dios “dará órdenes a sus ángeles para que te guarden”, y la refuerza con otro pasje que dice: “te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna”. Pero vayamos por orden.

En la primera tentación, nos fijamos no tanto en los objetos -la piedra y el pan- sino en que el demonio le quiere “hacer decir algo” a Jesús: “dile a esta piedra que se convierta en pan”. El maligno -que no ve nuestro interior pero sí lo deduce por la cara que tenemos y los gestos que hacemos- ha visto que Jesús tiene hambre, que está débil y demacrado por tantos días de ayuno. Se le acerca como dando por supuesto que sabe lo que siente, aunque no lo sepa en realidad, y se le mete en la fuente de las palabras, allí donde la necesidad o el deseo nos hacen “decir cosas”. Si nos fijamos, el Centurión le dirá luego la misma frase al Señor: “Dí una palabra y mi servidor se sanará” (Lc 7,7). Pero la dice con otra intención, humildemente, como nosotros antes de comulgar: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero dí una sola palabra y mi alma quedará sana”.

El Señor no dice lo que el mal espíritu le sugiere, no le habla a la piedra, sino que le responde a él, y  elige una palabra más amplia de la Escritura, una que enmarca mejor su deseo de alimento. Es verdad lo que el maligno da por supuesto, que Jesús tiene hambre. Es verdad también que su Palabra tiene poder para transformar la realidad, pero el Señor elige una frase que dice: “No solo de pan vivirá el hombre” -y que continúa afirmando- “sino de toda Palabra que sale de la boca del Señor”. La Palabra es alimento, no solo es instrumento para lograr lo que queremos.

Podemos sacar provecho para discernir entre palabras y Palabras. Hay un lenguaje que está al servicio de los deseos ocultos del que habla (de nosotros mismos y de los demás) y otro lenguaje que es distinto, es una Palabra alimento, una Palabra que se nos regala para sentir y gustar, como dice Ignacio, en Ella el amor y la Persona misma de quien nos habla. Una Palabra que es Pan de vida, que es Lámpara para nuestros pasos, Palabra viva, que calma la sed y alimenta el alma.

Hoy en día, el enemigo de la gente, nos distrae haciendo parecer que nos tienta con cosas, con objetos de consumo, con imágenes placenteras, con riquezas y vanidades…, pero esto es lo de afuera. En el fondo nos tienta en “lo que decimos”, tienta la Palabra en nuestra boca. Nos hace decir cosas siguiendo nuestros impulsos más primarios, lo que se nos ocurre, lo primero que nos viene. Las redes sociales están llenas de estas palabras fruto de impulsos y sabemos que, como dice el proverbio chino: “cuando estás airado, mejor no escribas cartas (y menos mandes un twett)”. Contra esta tentación de “decir” cosas, como si diciéndolas la realidad cambiara, el Señor nos enseña la mansedumbre de callar y de alimentar nuestra alma con la Palabra verdadera en nuestra oración de cada día. No solo de decir cualquier cosa vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.

En la segunda tentación, el diablo apunta no a las palabras sino a los gestos. Todo el despliegue de mostrarle en un instante de tiempo todos los reinos de este mundo en su esplendor y gloria -imaginemos los desfiles militares y los fuegos artificiales de fin de año de las grandes ciudades que le habrá mostrado como en un video clipo de dos minutos- apunta a un pequeño gesto: hacer que el Señor se arrodille, que se postre en adoración ante él.

El demonio, como dijimos, no tiene acceso a nuestro interior, por eso actúa sobre lo externo: nos quiere hacer decir cosas, nos quiere hacer hacer cosas. Aquí lo que pretende es que Jesús hinque una rodilla en tierra, que haga una genuflexión.

A veces basta un gesto y no hace falta arrodillarse. Una agachada a veces es cerrar la boca, asentir bajando la cabeza, dejar pasar una frase, agarrar un sobre, levantar la mano para votar (o abstenerse), dar un click. Uno sabe cuando “le hicieron hacer algo y lo hizo”. Arrodillarse es arrodillar el alma, someter la voluntad, consentir. Y uno sabe cuando consintió, cuando no se dejó comprar. Hoy hay muchas maneras de hacer socialmente aceptable estas agachadas ante el poder. Muchas veces con la excusa de tener poder para hacer el bien. Y aquí es donde está la tentación. El gesto lo dice todo: agacharse para tener poder. Detrás siempre está Satanás. Que es mal pagador. En el momento paga, pero después te lo cobra todo, y con intereses.

El Señor nos enseña que hay gestos que solo se hacen ante Dios nuestro Señor: “Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él servirás dándole culto”. No importa si nadie lo ve. El gesto de agacharse -de asentir-  implica reconocimiento personal e incide profundamente en nuestro ser. Es un gesto que nos totaliza y nos agarra enteros y nos pone en manos de otra voluntad. Por eso es tan grave, aunque no se vea. Esta tentación es de otro orden que la de convertir las piedras en pan. Seguir nuestros deseos es un amor egoísta, pero amor al fin. Es un amor que busca el propio bien de manera instintiva y superficial Pero como es deseo de un bien, cuando el pecador se encuentra con su Bien verdadero, lo sigue fácilmente, como lo seguían los pecadores y las pecadoras a Jesús. En cambio esto de “arrodillarse ante el demonio para tener poder” es otra cosa. Es vender la dignidad, es someterse a la voluntad de otro que hará con ella lo que quiera y habrá contado con nuestro asentimiento total. No se puede dar el propio voto para que otro decida lo que él quiera. Si lo decide, que lo haga, pero no con mi voto.

Para sacar provecho de esta enseñanza del Señor, encarnándola en nuestra situación actual, diría que además de la tentación obvia de “vender el alma al diablo por lograr poder”, hay una tentación más sutil todavía que es la de “no arrodillarse ante Dios para adorar ni ante el próimo para servir”. El demonio también nos tienta de no arrodillarnos explícitamente ante el Señor, nos tienta de no adorar. Adorar es tan básico y vital al espíritu como el aire al cuerpo. Y no adorar enferma el alma, crea un vacío existencial, un malestar y una angustia que debería ser fácil de diagnosticar. Tantas veces nos haría bien que alguien nos dijera, por qué no vas y te postrás un rato, con la frente en el suelo, y adorás a tu creador diciendo que no sos nada, que sos tierra, que no sabés nada ni podés nada ni poseés nada y que agradecés y reconocés que Él es todo, sabe todo y puede todo y te ponés en sus manos porque sos su hijo, su creatura y Él es tu Padre y tu creador. La adoración cura esa enfermedad del espíritu, ese el vacío existencial que nadie sino Dios puede llenar.

En la tercera tentación, como decíamos, nos fijamos en cómo el demonio aprendió (él aprende a ser más sutil y nosotros también podemos aprender de sus tentaciones si usamos las reglas de discernimiento y nos confrontamos con nuestro padre o nuestra madre espiritual (o director/a o compañera/o). El mal espíritu aprende y usa la misma Escritura (y doble) para tentar al Señor.

No hay que menospreciar esta tentación “bajo especie de bien” que usa palabras de la Biblia y la tradición. Si el Señor, que es el mismísimo Verbo en Persona, padeció esta tentación no podemos pretender que a nosotros no nos pasará.

Tiene algo de “ingenuamente maligno” esta tentación. Todas tienen algo burdo, pero esta más. Tentar a Jesús con el hambre, es muy humano y quizás poco sutil. Tentarlo con el poder y pedirle que se arrodille ante el demonio, pareciera algo totalmente desubicado. Y esto de retorcerle las palabras de la Escritura para realizar un acto inconsciente de arrojo por pura vanidad, también tiene algo que no encaja. Sin embargo, el Señor también experimentó este género de tentación y nos enseña a vencerla.

Una lección que podemos sacar es que, vista desde afuera o en otro, la tentación es reconocible y siempre tiene algo de patético, pero en el momento en que la sufre uno, la cosa cambia, y muchas veces parece irresistible en el contexto en que se da. Por eso es bueno tenerlas discernidas y tipificadas tal como el evangelio nos narra que las enfrentó el Señor. Para que cuando se nos presenten a nosotros podamos oler de entrada de cual se trata. Si es que el demonio nos está queriendo “hacer decir” algo, o está queriendo que “hagamos algún gesto” que signifique someter nuestra dignidad… O si, en las mismas palabras de la Escritura que alguien dice, se esconde alguna intención dañada.

Una cosa me llamó la atención hoy al rezar con esta tentación: el lugar a donde el diablo lleva al Señor para decirle estas lindas frases de la Escritura: el techo del Templo. Me hacía pensar que quizás no hay que fijarse tanto en la sugestión de tirarse al vacío, como si fuera una mera tentación de espectacularidad.

Aunque no lo parezca, esta tentación es la más dañina de todas, porque usa mal la Palabra De Dios. Fijémonos que el demonio que no logró hacer arrodillar el Señor, ahora lo sube a lo alto del Templo. Y allí usa la palabra de Dios esperando, quizás, que el Señor entre a dialogar con Él. Pero Jesús no dialoga con el mal espíritu, sino que le responde lacónicamente: “No tentarás al Señor tu Dios”, y lo obliga a retirarse.

La tentación, más que tirarse es quedarse charlando de teología con el demonio en el techo del Templo.

El Templo es para adorar a Dios adentro, en medio de la asamblea, presidida por los ministros, en comunión con la Iglesia. No para subirse al techo y desde allí querer dar cátedra, como hace el demonio.

Para sacar provecho, diría simplemente que se trata de una tentación intraeclesial, no se da ni en el desierto ni en el monte, sino en el Templo.

Es además una tentación de elite, no trata de panes ni de poder sino de teología: es acerca de la interpretación de la doctrina.

Opongo solamente dos imágenes. Una, la de los falsos pastores que hablan como si estuvieran por encima de todo -sobre el techo del Templo, más aún: en el pináculo-; la otra, la de los verdaderos pastores, los que hablan dentro del templo, en medio de la asamblea sinodal, junto con todo el pueblo de Dios.

Esta tentación es de los pastores. Pero el pueblo de Dios debe saber discernir.

Diego Fares sj

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A ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, oren por los que los calumnian. Al que te pega en una mejilla, ofrécele también la otra; y a quien te quite el manto, no le niegues la túnica. Da a quien te pida, y a quien te quita lo tuyo no se lo reclames.Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. Si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a quienes los aman. Si hacen el bien a quien se los hace a ustedes, ¿qué gracia tienen? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué gracia tienen? También los pecadores se prestan entre ellos para recibir lo equivalente.Ustedes amen a sus enemigos, hagan bien y presten sin esperar nada a cambio; así su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo. Porque él es bueno para con los ingratos y malos. 

Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso.

No juzguen, y Dios no los juzgará; no condenen, y Dios no los condenará; perdonen, y Dios los perdonará. Den, y Dios les dará. Les verterán una buena medida, apretada, rellena, rebosante; porque con la medida con que midan, Dios los medirá a ustedes (Lc 6, 27-38).

Contemplación

            Lucas no había puesto la bienaventuranza de los misericordiosos y la desarrolla ahora de un modo particular, no tanto como un “comportamiento” sino más bien como un modo de ser. “Sean misericordiosos como el Padre vuestro es Misericordioso”.

            Cuando entendemos la misericordia como un mandamiento, como un deber, por una parte suena como algo muy difícil de cumplir y por otra parte, intuimos que por ahí va la felicidad y la única solución a los males que nos asedian. No es dificil “sentir misericordia y compasión” por alguien que está herido o ha sufrido una desgracia. Si es un niño o un pobre inocente, la compasión brota espontaneamente y a uno se le enternecen las entrañas. Si se trata de un enemigo, en el doble sentido de la palabra (extrós), es como antinatural. Pasivamente, enemigo significa “odioso”, es alguien que nos causa rechazo; activamente, significa la persona hostil, que busca hacernos daño. La misericordia no parece la actitud apropiada, sobre todo para el que se muestra  activamente hostil. Por eso el Señor baja a los detalles: bendigana los que los maldicen, orenpor los que los calumnian. Al que te pega en una mejilla, ofrécele también la otra; y a quien te quite el manto, no le niegues la túnicaDaa quien te pida, y a quien te quita lo tuyo no se lo reclames.

Son actitudes muy concretas que especifican con precisión qué significa misericordia ante una actitud hostil. Pero si prestamos atención tienen algo que rompe la lógica del deber y de la mera acción. Van más hondo, van a una manera de ser de la cual la hostilidad nos quiere sacar, haciéndonos reactivos y miméticos. Devolver mal por mal, ojo por ojo, insulto por insulto, puede ser justo, pero practicando esa justicia nos perdemos algo propio de nuestro ser. Somos creados a imagen de un Ser Misericordioso, nuestro Padre. Y a Él tenemos que dirigir nuestra mirada para descubrir quiénes somos, cómo podemos ser más “nosotros mismos”, que es la única manera de ser felices. Por eso el Señor usa la comparación: si aman al que los ama, qué gracia tienen?

Dice “gracia” (Jaris, como en Eujaristía) no “mérito”. 

Si leemos en clave legalista, esto de saludar al que no nos saluda es ir más allá del mandamiento justo y hacer un acto “extra” para ganarse un mérito. Sin embargo lo que el Señor quiere hacer notar es otra cosa: si prestas dinero solo al que te lo puede devolver te estás moviendo en un plano de paridad en el que se mueven también los que no conocen a su Creador (y por tanto no saben que ellos mismos “son algo más”). Al hacer un bien al que nos es hostil, damos cauce a un modo de ser nuestro que es propio de los que “son hijos del Altísimo”, del Misericordioso, que esbueno con ingratos y malos. 

Luego de este “crescendo” de acciones de misericordia bien concretas, que van más allá de lo “equivalente”, el Señor pone la máxima más fuerte de todo el Evangelio: “Sean misericordiosos como el Padre vuestro es misericordioso”. Dios es misericordioso. No es un modo de actuar condescendiente que guarde algo detrás. Detrás de la Misericordia no hay nada más porque la Misericordia es todo lo que Dios es. Simplemente. El es así. Ama a todos los que creó, más allá de cómo se comporten. 

En el fondo, esto es un discernimiento que podemos formular así: cuando una creatura actúa mal, cuando siente odio y realiza acciones hostiles que dañan a los demás, no “es ella misma”, no actúa de acuerdo con su ser, con aquello que se le regaló por gracia y que es la vida. La vida no odia, la vida es movimiento de amor, de unión, de cordialidad, de integración. Odiar es actuar contra la vida, contra el propio ser. 

Al no dejarse arrastrar miméticamente por el mal y por el odio, nos mantenemos en nuestro propio ser. Somos hijos del Altísimo y del Misericordioso. 

Esto es como decirle al otro con actitudes prácticas -saludar, rezar, ofrecer la otra mejilla, prestar, no reclamar- yo te trato así porque “estoy hecho así”, soy y quiero ser así. No quiero terminar siendo otra cosa por reaccionar mal al mal que me haces. Mi modelo para saber y gustar quién soy, como puedo ser más auténticamente ser humano, es nuestro Padre. Y Él es, fundamentalmente, incondicionalmente, Misericordioso. Y en su modo de actuar, en todas sus acciones que tienen un más y un menos, se guía por esta Misericordia que es su actitud última. Cuando siembra, por ejemplo, siembra semilla buena. Y lo hace en todos los terrenos. No siembra una de menos calidad en el terreno menos bueno. Y cuando ve que hay cizaña, Él cuida la semilla buena por sobre todo. Por eso no corta inmediatamente la mala semilla, para no arruinar ninguna buena. Estas actitudes que ponen la Misericordia como criterio absoluto e innegociable, tienen consecuencias. Algunos no se bancan lo concreto de la misercordia, la sienten como injusta. Al hijo mayor le resulta intolerable que su padre haya hecho matar al ternero alimentado a grano! Es demasiado. Le brota toda la hiel comparativa: a mí nunca me diste ni un ternerito para comer con mis amigos y a este hijo tuyo que se gastó la herencia en mala vida lo festejas con un asado con el ternero alimentado a grano! El Padre responde en la línea de lo que todos son, no de lo que hicieron. “Vos estás siempre conmigo. Sos mi hijo. Todo lo mío es tuyo. Y este es tu hermano, que estaba muerto y ha revivido”. 

La Misericordia nos sitúa en el ámbito de lo que somos. Desde allí se resetea todo y se parte de nuevo, desde nuestro “progama” original. 

Misericordia significa amor incondicional allí donde el amor se partió en dos y quedó dividido en amores egoistas que luchan uno contra otro. Es como decirle a uno que lucha contra alguien: tanta pasión, tanto odio, implica un gran amor, un amor que diriges mal, porque amas lo tuyo -tus cosas, tus ideas, tu vida- como si quitándoselas al otro las pudieras aumentar o conservar. Y esta lógica no funciona, es contradictoria. Para vivir más, para gozar más y crecer más, tienes que hacerlo en vos mismo, no contra nadie. Más bien favoreciendo gratuitamente a los demás como un modo de “pagar tu deuda con El que les dio gratuitamente la vida a los dos”.

La misericordia es un modo de ser que se apoya sobre el plus, eso “de más” que a uno se le regala poder libremente dar. 

Si nos comparamos con los animales, vemos que ellos no pueden ir contra su naturaleza. Solemos fijarnos en que no pueden “excederse” en el mal: un toro no puede convertirse en un tigre. No tiene dientes para encarnizarse con su presa, a la que, a lo sumo, puede dar un topetazo. Mortal, quizás, pero nunca encarnizado porque no es carnívoro. Pero el animal tampoco puede excederse en el bien. Al hacer de modo constante el bien debido, muchas veces nosotros interpretamos como compasiva alguna actitud suya. Y lleva el sello, ciertamente, porque todo amor actúa misericordiosamente. También los animalitos son a imagen de su creador. 

Pero a nosotros se nos da la gracia de poder redoblar este amor que está en nuestro ser natural y elegir ser misericordiosos allí donde podríamos ser solo justos. Al actuar así, dice Jesús, tomas conciencia de que sos hijo del Altísimo, tomas conciencia de que puedes recrear tu vida y hacerla libremente más a imagen del que te creo. Puedes ser bueno con buenos y malos. Puedes sembrar semilla buena en todos los terrenos. Puedes recibir en tu casa como iguales a todos los hombres como hermanos. Puedes buscar hacer lo que “más le agrada” a tu Padre y a los demás, sin medir de acuerdo a tus propias conveniencias. 

Este “actuar superando las oposiciones” despierta posibilidades nuevas, te permite ser plenamente lo que sos y desarrollar todo lo que hay en tu interior sin quedar trabado por “lo que te hicieron o te hacen los otros”. O por lo que tú mismo hiciste en el pasado y estás habituado a hacer.

* A imitación de Jesús, la conciencia de “ser misericordioso como lo es un hijo del Altísimo”, te vuelve más sensible y más atento a discernir “lo que más le agrada al Padre” (cfr. Rm 12, 2), no contentándote con la mediocridad o con solo lo justo y necesario.

* La palabra del Evangelio se convierte así, para tí (cuando tu deseo es ser como nuestro Padre) en “lámpara para mis pasos” como dice el Salmo 119).

* Y sientes que crece tu deseo de ser más auténtico, dejandote guiar no por la espontaneidad instintiva y psicológica, sino por la espontaneidad evangélica, que más allá de lo que sientes y haces por instinto o por hábito, te estimula a acciones nuevas, hechas en la pura gratuidad de la fe, por el puro gusto de alegrar a nuestro Dios y al prójimo.

* Cierta búsqueda adolescente de gratificaciones humanas va dejando más lugar a la satisfacción que te da la gratuidad del verdadero amor, ese que desciende de lo Alto y se nos dona como gracia.

* Cuando te dejas guiar por este “instinto espiritual de la misericordia” experimentas siempre más y más la sensación de estar caminando en su Presencia, como “a la sombra de sus alas”. Y que Él, cada vez que “bajas de nivel”, te pone sobre sus plumas y te reconduce a las alturas, como hace el águila con sus pichones.

* La misericordia hace crecer en tu interior el deseo de gustar el sabor profundo de la Palabra, de la oración y de la vida interior. No se trata de usar técnicas o de saber más cosas, sino de profundizar en esa misericordia, es decir: es sentir y gustar internamente la riqueza, la profundidad y la textura concreta que la Misericordia adquiere en contacto con la realidad de cada situación en la que están involucradas las personas.

* De la infelicidad de hacer todo lo que se debe hacer (con las acostumbradas escapadas y transgresiones de los pecados de cada uno) se pasa a la felicidad que uno siente al respirar la libertad que da moverse en el Cielo de la misericordia.

Diego Fares sj

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            Estaba Jesús en cierta ocasión junto al lago de Genesaret y la gente se agolpaba para oír la palabra de Dios. Vio entonces dos barcas a la orilla del lago; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separase un poco de tierra. Se sentó y estuvo enseñando a la gente desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón:
–Navega mar adentro y echen sus redes para pescar.
Simón respondió:
–Maestro, hemos estado toda la noche trabajando sin pescar nada, pero en tu palabra, echaré las redes.
Lo hicieron y capturaron una gran cantidad de peces. Como las redes se rompían, hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al verlo, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús diciendo:
–Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
Pues tanto él como sus hombres estaban sobrecogidos de estupor ante la cantidad de peces que habían capturado; e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús dijo a Simón:
–No temas, a partir de ahora serás pescador de hombres.
Y después de llevar las barcas a tierra, dejado todo, lo siguieron (Lc 5, 1-11).

Contemplación 

“En tu palabra echaré las redes”. En boca de Simón la palabra “palabra” (ῤῆμα), no es algo abstracto: es algo que dijo Jesús, un “dicho” con un significado preciso, algo que se dice en un momento concreto a viva voz e indica y manda algo que hay que hacer enseguida. Cuando Pedro responde “en tu palabra echaré las redes” está diciendo: nos ponemos en marcha mar adentro y lanzamos de nuevo las redes “porque Tú lo dices” (solo porque Tú lo dices), “ahora que lo dices” y “como Tú lo dices”. Así lo hicieron y pescaron una gran cantidad de peces. Tanto que las redes se rompían y tuvieron que pedir a ayuda a los compañeros de las otras barcas.

Rezar es pescar. Contemplar es pescar. Como quien se va mar adentro -el mar del Evangelio, el mar de la realida, el de su corazón y su mente- y echa las redes allí donde le dice Jesús, en la escena y en la frase de Jesús en la que el Espíritu le hace sentir y gustar las cosas un poco más.

La pesca tiene mucho de limosna, de aventura, de “a ver qué me dará hoy ese mar”. No es algo que se pueda planificar totalmente. Aún con los medios tecnológicos de hoy, los grandes barcos pesqueros tienen que ir detrás de los peces… Ni qué decir en aquella época. 

En tu palabra echaré las redes fue toda una confesión de fe por parte de un pescador experimentado como Simón que se fió -aunque no pudiera formular bien por qué- de la orden precisa que le dió aquel Jesús de quien sabían que era carpintero y que venía de las montañas de Nazaret. 

El diálogo podría haber terminado ahí, como tantas veces en que algún desubicado pretende enseñarnos cómo hacer nuestro trabajo y le decimos sí, cómo no; ahora mismo nos embarcamos de nuevo, navegamos mar adentro y nos ponemos a pescar como si no hubiéramos estado haciendo eso toda la noche. 

Sin embargo, Simón se fió. Él mismo habrá contado tantas veces la escena… Podemos imaginar la satisfacción con que la contaría. Él, un pescador que no había pescado nada en toda la noche, haciéndole caso a un nazareno, a un Rabbí… 

Jesús le enseñó después a reconocer en esas frases suyas, que le salían espontáneamente cuando hablaba Jesús, la voz del Padre. El Maestro le enseñaría a discernir que poner en práctica inmediatamente un dicho de Jesús era una gracia del Padre, no cuestión de su carne ni de su sangre, no un esquema mental suyo o algo cultural. 

Aquella mañana, en la barca, empezó a ser Pedro, la roca firme de la fe en la que el Señor fundaría su comunidad, su Iglesia. 

Todo por una frase. Por una respuesta suya que dijo sin pensar, porque ya se había puesto a dar órdenes a los otros que lo miraban sin poder creer que le estaban haciendo caso.

Es que las cosas de Jesús, eso que Él llama “su reino”, son así: cuestión de palabra. 

Le preguntaban a un teólogo por qué la Iglesia tenía necesidad de un estado como el Vaticano y el respondió que, según su opinión, no tenía necesidad. Y entoces por qué lo tiene, le retrucaron. Y él dijo que era una herencia histórica. Pero que la Iglesia tiene “personería jurídica” reconocida internacionalmente (la santa sede) sin necesidad de tener un estado. Conserva algo mínimo, pero podría prescindir. Porque de hecho en lo que se funda es en un “codigo lingüístico común”. Es decir en una Palabra recordada en común y puesta en práctica en común. Como hizo Simón Pedro y sus compañeros cuando aquella primera vez le hicieron caso al Maestro que les había pedido permiso para subir a su barca y predicar desde allí a la gente. Allí comenzó la pesca milagrosa que es la Iglesia, institución, sí, pero pescada cada día y que pesca con la sola red de la Palabra. Palabra testimoniada con estilo y obras, se entiende.

Decía que la Palabra de Jesús, sus dichos, sus indicaciones y mandatos, no son palabras abstractas. Son como las redes de esos pescadores, con su cuerdas anudadas y fuertes, que hay que limpiar y desenredar. La palabra de Jesús pesca, recolecta realidades vivas como los peces del lago de Genesaret. 

Hoy en día hay redes más amplias, redes virtuales, que abarcan toda la realidad pero cuando la sacás no te pescaron nada concreto. Las de los amigos de Jesús son más modestas, pero pescan peces reales. Pescan hombres y cada uno que pescan se convierte en pescador. 

Hay que poner en práctica la eficacia de esta “red echada en los dichos de Jesús”. Cada mañana, hay que salir mar adentro a pescar en su Nombre, que está bendito.

Cada tanto, cuando uno siente que no pesca nada, que trabaja en vano, hay que extender las manos como una red, implorando al Señor que “en su Nombre”, lo que estamos haciendo de fruto, pidiendo ánimo y eficacia apostólica, pidiendo ayuda contra el cansancio de la esperanza.

La red echada en la palabra de Jesús supone una pesca personal y otra comunitaria. Hay que pescar solos y hay que saber pedir ayuda y pescar en red. Es así. Tirar la red -la redecita en el lago pequeño de la propia vida- y pescar la palabra concreta para el momento en que se está. Luego, con esos dos peces y esos pancitos que el mismo Señor nos cocina a las brasas de su Eucaristía cotidiana, se cobra ánimo para las pescas más grandes, las que hay que hacer en común.

Así como el Señor nos hace pescadores de hombres, la metáfora dinamiza otras y podemos decir que hay palabras-peces que se convierten en palabras-red. Palabras que pescamos como un pescadito en el lago de nuestra contemplación personal, que se convierten en palabras-red que pescan a muchos otros y ayudan a comprender la realidad.

Hay redes que ya están consolidadas para el uso. Si bien la pesca de cada día es siempre una aventura nueva, no hay que inventar redes si ya tenemos unas bien trajinadas y expertas ,que han pasado por las manos de Pedro y de sus compañeros. Son redes llenas de pescas milagrosas, curtidas por los vientos de tantas noches de pesca, redes que “pescan solas” si se puede decir así. 

Lo que quiero decir es que la Palabra de Jesús no son palabras aisladas, son palabras con historia, entretejidas con otras, que han sido pasadas y repasadas por muchos corazones. Comenzando por nuestra Señora, que las guardaba todas en su corazón, siguiendo por la gente, que se bebía las palabras de Jesús y lo escuchaba con gusto, continuando por los apóstoles, que le preguntaban luego en privado al Maestro lo que significaba cada cosa que había dicho en sus parábolas y consejos, hasta llegar a nuestra época, en la que cada palabra del Señor se ha convertido en un carisma gracias a los santos y en una obra de misericordia concreta gracias a tantos colaboradores que abrazan en sus manos-red a tantos necesitados y pobres de este mundo.

Contemplar es echar estas redes de nuevo -cada vez, muchas veces, las más que podamos- en el nombre de Jesús. Y pescar, pescar. Cada día. Personas, gente, creando cercanía, projimidad, encuentro, como dice y hace Francisco, el Pescador. Con esta manera tan especial de pedir como limosna lo que nos ganamos con nuestro trabajo. Que eso es la pesca, una limosna ganada con trabajo. Limosna, porque no está dicho que si echamos la red el mar nos dará sus peces. Trabajo, porque el Señor quiere servirse de nuestra barca y de nuestras redes para hacer sus milagros. Siempre requieren colaboración los milagros de Jesús: manos que llenen de agua las tinajas, manos que repartan los panes y los peces multiplicados, manos que siembren semillas buenas, manos que echen en su Nombre, una vez más, las redes. Contemplar es pescar.

Diego Fares sj

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            Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la Madre de Jesús estaba allí. También Jesús fue invitado con sus discípulos a las bodas. Y faltando vino, la madre de Jesús le dice: «No tienen vino». Y Jesús le dice a ella: «¿Y qué a mí y a ti, mujer? Aún no ha llegado la hora mía.» Su madre le dice a los servidores: «Lo que les diga, ustedes háganlo.» 

Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían entre 80 y 120 litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y llévenle al organizador de la fiesta.» Así lo hicieron. El organizador probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el mejor vino para este momento.» Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 1-11).

Contemplación

            Los milagros indirectos. Esa fue la palabra que me vino al contemplar la escena en el momento en el que el weeding planner lo llama al esposo y, al mismo tiempo que alaba ese vino tan especial, al decirle que habitualmente las cosas se hacen al revés, le da a entender elegantemente que le hubiera gustado que le avisara. Pero el otro estaba menos enterado que él de este milagro que había ocurrido en su propia cocina. Juan no nos cuenta cómo siguió el diálogo y lo que queda de toda la escena es que los verdaderos protagonistas, los que saben que ese vino es fruto de un milagro hecho con agua -la Madre, Jesús, los servidores y los discípulos- permanecen anónimos.

            Por supuesto que la voz habrá corrido como corrió el vino y seguramente los esposos y su familia le habrán agradecido a María y a su Hijo este milagro con que fueron bendecidos. El sabor de ese vino, aunque no lo hayamos probado físicamente, se imprimió y quedó grabado en la escena evangélica que recordamos como las Bodas de Caná. Algo similar al perfume de nardo puro con que la hermana de Lázaro, María, ungió a Jesús, que llenó con su fragancia toda la casa (Jn 12, 3). Como pasa en las fiestas, hay cosas que se gozan después. Y hace bien agradecerlas y saborearlas recordando detalles, porque en el momento son cosas que se viven intensamente pero sin tiempo para detenerse en cada una. Las registramos, nuestros ojos fijan miradas y sonrisas, y nuestro corazón, al ir recorriendo las mesas y saludando a la gente, siente presencias, se dilata y atesora todo, pero sin poder hacer sacar provecho de todo. Y es un deber de justicia dar luego a cada detalle su justo valor. Por eso, 2000 años después, seguimos recordando gozosamente Caná. Seguimos gustando ese vino mejor en cada fiesta, en cada Eucaristía. 

            Jesús tiene esas cosas: sus gestos se nos quedan para siempre. Tienen, cada uno, la consistencia de un sacramento, signo visible de su amor, presencia suya que se toca con las manos. 

            Un amigo suele contarme cada tanto de nuevo, que en los casamientos de sus hijos y de los hijos de sus amigos, reza haciendo memoria del suyo, pidiendo para los nuevos esposos las gracias que agradece de su matrimonio. Aunque no se lo digo a él, porque ya lo sabe, como los sirvientes que sabían de dónde venía ese vino, la reflexión que hago yo para sacar provecho, como dice Ignacio, es que esa es propiamente la gracia de Caná. Es el modo de contemplar las escenas evangélicas que -todas- transforman nuestra agua en vino y hacen que nuestras experiencias humanas den frutos de fe.

            Vuelvo a los milagros indirectos, que hay que descubrir después. Recordar los detalles es parte de lo que llamamos técnicamente “oración contemplativa”. Yo digo que todos somos contemplativos, lo que sucede es que a veces no nos damos cuenta, como  el joven esposo que no tenía idea de lo que había pasado con el vino. Pero cuando uno como el wedding planner nos aviva (tampoco él se había dado cuenta de todo, pero registró algo que se ve que le picó, porque afectaba su trabajo), tenemos que aprovechar y saber sacar partido de los milagros indirectos. 

            Recordar los detalles de nuestra vida, de nuestro día, es desenterrar el tesoro escondido en el campo. 

            Recordar los detalles de los milagros que el Señor y nuestra Señora han estado realizando para nosotros, en la cocina, junto con los que nos sirven, es una de las gracias más lindas que forman parte de la oración. Es una gracia linda porque brota espontaneamente y se convierte en agradecimiento y en fe, y estimula a seguir rezando. 

            El Evangelio está sembrado de detalles así, de pequeños signos que despiertan nuestros sentidos e iluminan nuestra mente para que sepa reconocer en cada uno la acción benéfica del Señor, que llena de milagros “indirectos” nuestra vida. Se trata de gestos del Señor que nos hacen sentir “predilectos”, como esos jóvenes esposos a los que Jesús les regaló una fiesta inolvidable, no solo para ellos y su familia, sino memorable para todas las generaciones. 

            Recordar los detalles es aprender a saborear la predilección del Señor. Esa es la alegría que “falta” en el mundo actual, la alegría de sentirnos especiales, bendecidos a los ojos de quien mucho nos ama. 

            La alegría se confiar en que María anda por nuestras cocinas, notando lo que falta y supliendo todo con ese modo de interceder que tiene Ella y que pone en marcha el corazón de Jesús, siempre deseoso de sernos útil en todo lo que pueda.

            Recordar detalles es como llenar las tinajas de los recuerdos hasta el borde, sumergirse en el lago de nuestra memoria y mirar de nuevo lo que pasó, constatando que cada sorbo de imaginación sabe distinto contemplado con los ojos de la fe y pidiendo al Espíritu que nos “encienda de luz los sentidos” y que “infunda amor en nuestros corazones”. 

            Eso es Caná: transformación del agua en vino, de las ideas abstractas en fe, que convierte lo que toca en realidad; transformación de los deseos cambiantes en sólida caridad y amor de amistad que dura para siempre; transformación de los sueños fugaces en esperanza cierta y a toda vela. Agua en vino, y vino del bueno. 

Tres detalles de Caná

            Uno lo encontramos cuando María advierte a los mozos -que serían chicos y chicas jóvenes-: hagan lo que Él diga. Cualquier cosa que les diga, ustedes háganla. Les dice porque sabe que Jesús va a salir con algo inesperado, como fue lo de llenar las tinajas de agua. El detalle es que nuestra Señora no se pone a discutir con su Hijo, que con la respuesta daba pie a alguna réplica, sino que lo deja en su discurso interior, el que seguramente Jesús tenía con su Padre acerca de la hora para comenzar su misión, y se dirige directamente a los chicos que están queriendo ayudar, que son los que van y vienen sirviendo las mesas. 

            Es un detalle que hace al “modo Mariano” de hacer las cosas. El Evangelio nos dice que “María guardaba las cosas en su corazón, meditándolas”. Esta oración suya, contemplativa, que recuerda los detalles pequeños y los “engrandece” hasta que toman la altura de “las maravillas que el Señor hizo en su vida”, tiene como contrapartida su saber  “adelantarse”. 

            Es un adelantarse a lo que va a pasar, observando también los detalles. Si nos fijamos bien, recordar los detalles y prever en los detalles son partes de una única oración. Esto es algo propio del Espíritu Santo. Lo expresa la oración del Ven Creador,   cuando nos invita a expresarle nuestro deseo: “Que repelas lejos al enemigo y nos dones tu paz con prontitud, de modo tal que así, conduciendo Tú previamente, evitemos todo lo nocivo”. Ese “previamente” nos hace pensar de cuántos peligros nos habrá salvado sin que lo sepamos. La imagen linda de nuestra niñez es la del Ángel de la guarda que se adelanta a quitar un peligro de la vida del niño a cuyo cuidado ha sido consagrado por el Padre. 

            Otro detalle es que los servidores “llenaron las tinajas hasta el borde”. El “hagan lo que Él les diga” no lo usaron para medir “hasta donde debo” y “a qué no estoy obligado”. Lo de llenar hasta el borde es un detalle de esos en los que se ve a una persona: la persona que hace solo lo justo y la que se da entera. 

            Se ve que estos no eran mozos contratados, sino verdaderos diáconos -servidores de alma-, de esos que le ponen toda la honda para que la cena salga linda. Está el mozo que trabaja eficazmente y el que sabe poner -con discreción- un gesto atento en el momento justo y, sin hacerse notar de más, contribuye a que la fiesta salga perfecta. 

            Un tercer detalle es que Jesús también parece que se entusiasmó, porque el vino que produjo fue de alta calidad (en la multiplicación de los panes no dice que el pan fuera “especial” ni que los peces fueran caviar…). Sin saber mucho de milagros creo que podemos decir este tuvo dos tiempos: convertir el agua en vino y añejarlo. Los servidores pusieron su entusiasmo como podemos hacerlo los seres humanos: cuantitativamente. El Señor puso en acto el suyo como sólo puede hacerlo Dios: cualitativamente. No solo convirtió el agua en vino sino que maduró el vino y lo añejó en pocos segundos. Es una gracia linda para pedirle al Señor: que nos madure alguna gracia que ya nos ha dado. Que la termine de añejar, para que sepa mejor. Que nos madure el matrimonio y la consagración, que nos madure la paternidad y la maternidad, que nos madure la amistad… Que nos madure la oración, en especial esta, de recordar y prever los detalles en los que Él gesta sus milagros indirectos.

Diego Fares sj

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      Como el pueblo estaba expectante y todos se preguntaban en su corazón acerca de Juan, si no sería el Mesías -el Cristo-, él respondió diciendo a todos: «Yo los bautizo en agua; pero viene el que es más fuerte que yo, al cual yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego».

Y aconteció que, cuando el pueblo se hacía bautizar, habiendo sido bautizado también Jesús, y estando en oración, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió en figura corporal, a manera de paloma, sobre Él. Y una voz vino del cielo: «Tú eres el Hijo mío, el Predilecto, en Ti me he complacido»   (Lc 3, 15-16. 21-22).

Contemplación

     La Palabra que me afecta hoy es ese “estando Jesús en oración”. Luego de la experiencia de ser bautizado, Jesús se pone en oración. Es oración de súplica. Jesús pide, suplica, con actitud de reverencia, de adoración (todo esto significa “proseuchomai” en griego). Y en esa oración acontece lo nuevo: se abre el cielo -que la tradición dice que había estado cerrado desde que Adán y Eva fueron echados del paraíso, al que Dios bajaba todos los días desde un cielo abierto. Se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre Jesús, como bajan y se posan las palomas, con cierta paz y mansedumbre de movimientos, y vino también del cielo la voz del Padre (aunque no lo dice, aunque dice “una voz” no puede ser otra que la del Padre porque habla de su Hijo amado): Tú eres el Hijo mío, el Predilecto -agapethos-. En ti me he complacido”.

Tomadas estas palabras en ese preciso momento, lo que le ha complacido al Padre es que Jesús esté rezando luego de haberse hecho bautizar, junto con toda la gente del pueblo, como uno más, insertándose en la historia al sumarse a lo que le había sido mandado a Juan el Bautista. 

Mateo dice que Juan se resistió al comienzo, pero Jesús lo frenó y le dijo que “en ese momento” lo dejara hacer las cosas así. Es que no se trataba de una cuestión personal, de quién era más digno de bautizar, sino que Jesús lo que estaba haciendo era “vivir” un momento de ruptura y de cambio total en la historia. 

Allí, en medio de la gente, siguiendo los ritos y las costumbres comunes, lo que aconteció fue que el cielo se abrió de nuevo y se restableció una corriente de comunicación y de gracia entre ese hombre Jesús, el Espíritu Santo y el Padre. 

Esto es lo nuevo y acontece en el espacio de la Oración de Jesús. Es una oración de súplica, el Señor suplica: es “una limosna de oración”. 

Limosnear es una actitud en la que lo que se pide coincide con lo que el otro quiere dar. Uno no se enoja (aunque a veces pasa, si damos muy poco) al ver lo que el otro nos da. Porque precisamente pedíamos eso, una limosnita. Los mendigos eligen a veces pedir la moneda más chiquita, diez centavos, -dicen-, y achican más: cinco centavitos… Como diciendo, denme lo mínimo, lo que ni siquiera usarán, eso es valioso para nosotros, los mendigos. 

Esa es la actitud de Jesús, la de ponerse a suplicar. Luego de haber hecho la fila como todos y de haberse hecho bautizar por Juan como uno más, encima inclina la cabeza y con actitud de reverencia y de adoración, se pone a suplicar. 

Y allí se desencadena todo: en un instante sucede todo lo nuevo, que el Espíritu desciende sobre Jesús, lo unge y lo inviste con la misión, que será la de anunciar el Evangelio a los pobres y de liberar a su pueblo, y el Padre lo acaricia con su mirada de Amor como la de un Padre por su Hijo predilecto, un Padre que se siente orgulloso de su Hijo y le complace todo lo que hace, cómo comienza a actuar en medio de su pueblo, en medio de la historia que se vuelve, ahora sí, plenamente, historia de salvación para todo el que se adhiera con la fe a este Jesús que todo lo hace nuevo.

El Bautismo del Señor en el humilde río Jordán, limosneado también a Juan, que no se lo quería dar porque le parecía poco, es espejo de su Bautismo en el río del cielo, en el torrente de Agua viva del Espíritu que desciende sobre Él. 

En esta actitud del Señor tenemos que fijar la mirada y el corazón, para que se nos adhiera con todo su afecto. Contemplá la humildad de Jesús que reza y te abre una manera nueva para que puedas aprender a rezar. Suplicale a Dios que te de una limosna de oración. Suplicale una limosna de tarea. La tarea que Él desea que hagas, pero no se la pidas como si fuera “La misión entera” sino solo “diez centavitos de tu misión”. Para que luego de un tiempo -de unos días, unos años o un ratito nomás- le puedas pedir de nuevo “otros diez centavos” y así irás viviendo del pan de la misión de cada día. Pedile una limosna de alegría, de la alegría perpetua, esa que nadie te va a poder quitar ni arruinar, pero recibida en gotas homeopáticas, recibida en una jarra de agua fresca, recibida, la alegría, como el momento de festejo en medio de la partida, porque, como dice el Papa, es parte del protocolo del buen combate espiritual, que te pares un momento a festejar cada punto de victoria, cada vez que el Evangelio dio un paso adelante en tu vida. Rogale que te de una limosna de sacrificio también, por qué no. Cuando le pedís la gracia de ser más fuertes, solés arruinarla pidiendo un espíritu de sacrificio que te queda como un vestido cuatro talles más grandes, en vez de pedir cinco centavos de espíritu de mortificación que te alcance para renunciar solo en este momento a un pequeño bien para compartirlo con otro que necesita más. Suplicale una limosna de fidelidad, la que te alcance para ser fiel aquí y ahora, y te quede un vuelto para volver a pedir otra limosna de la misma fidelidad.

Esta oración de Jesús recién bautizado es “la gracia”. Fue un momento nomás, porque la respuesta tan inmediata y exuberante de las otras dos Personas de la Trinidad fue tal, que dejó atrás el gesto del Señor. Pero Lucas lo notó y lo anotó: “estando en oración”, dice, y en ese gesto cabe todo. 

Lafrance tiene una “fórmula” para hacer esta oración de súplica. Es importante pedir bien. Yo a veces, cuando escucho pedir a algunos pobres, especialmente a las mujeres con un bebé en brazos que gimen y alzan la voz lastimeramente en el subte, con un tono de voz y unos argumentos que violentan mi decisión porque me remueven todos los sentimientos más básicos, siento que desearía “enseñarles a pedir de otra manera”. Pero veo que eso que en la mayoría que ya las sintió causa rechazo, en otros turistas que recién llegan, los lleva a dar. Se ve que los mendigos tienen estudiada la cosa y hacen el promedio y este sistema les resulta. 

Bueno, lo mismo, pero al revés. Si a Jesús le resulta “ponerse en oración de súplica” al Espíritu y al Padre, no hay por qué pensar que no sea eso lo mejor y aquello en lo primero que lo tenemos que imitar. En vez de querer imitarlo en su Pasión, o en su capacidad de conmoverse con los pobres y enfermos, o en su dominio de sí y en su radicalidad para vivir las cosas sin mirar atrás ni dejarse desviar de su misión, todas cosas que nos resultan imposibles no solo de vivir, sino que hasta nos da miedo pedir, podemos comenzar por imitar al Señor en esta actitud suya de súplica y aprender de Él cómo pedir.

 Lafrance, decía, toma del evangelio esta súplica, esta “limosna de oración”:

 Padre, en nombre de Jesús, tu Hijo predilecto, danos tu Espíritu Santo. Una limosna de tu Espíritu, agrego yo, humildemente, como si se pudiera pedirlo así. Creo que el mismo Espíritu nos da señales de que podemos pedirlo de esta manera, como en cuotas, de a moneditas. Digo que nos da señales al dársenos repartido en siete dones y muchos tipos de “frutos”: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (Gal.5:22,23).

El Espíritu se comunica a cada uno dándole un carisma particular, para el bien común. Dar a cada uno un carisma es como decir que se da “por partecitas”, de a gotitas, haciéndose a la medida de nuestra mano, a lo que cabe en nuestros cortos deseos y en nuestras pequeñas expectativas humanas. 

Les comparto mi traducción de la oración al Paráclito -que vendría a ser “El que siempre pasa por el lugar existencial donde le estamos mendigando algo a la vida”- , hecha con este espíritu de mendigo, de uno que desde los 17 años siempre que ve a un mendigo se acerca y mientras le da una monedita e intercambia algunas palabras de respetuoso cariño, intenta aprender algo de ese que es uno de los predilectos del Padre.

Ven, Creador Espíritu Santo, visita el alma de los tuyos y llena con las gracias de lo alto el pecho de los que Tú creaste. Tú, llamado el Paráclito (el que siempre está al lado, para darnos una mano). Tú, Don del Dios Altísimo, Fuente viva, Fuego, Caridad, Unción espiritual. Tú, que te nos das de siete maneras, Dedo Índice de la Mano del Paterna, a Ti, solemnemente prometido por el Padre…, que conviertes en Palabra nuestros gemidos: enciende de Luz los sentidos, infunde Amor en los corazones y fortalece nuestra debilidad corporal con una Virtud perpetua. Lo que más deseamos es: que repelas lejos al enemigo, de modo tal que, con tu paz y tus dones, siendo Tu nuestro Conductor en adelante, podamos evitar previamente todo lo nocivo. Que por Ti sintamos al Padre y también conozcamos al Hijo y En Ti, que de uno y otro eres el Espíritu, creamos con fe en todo momento.

Pd. El cuadro del Greco capta justo el momento: el Espíritu desciende como un rayo desde el Padre y se vierte en las gotas de Agua que Juan derrama sobre la cabeza de un Jesús que reza con las manos juntas.

Diego Fares sj

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El Niño crecía y se robustecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre él. Sus padres iban todos los años a Jerusalén en los días de la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que se dieran cuenta sus padres. Pero creyendo ellos que él andaría en la caravana, caminaron una jornada, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándolos y preguntándoles; todos los que le oían estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron atónitos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos hiciste esto a nosotros? Aquí estamos tu padre y yo que, angustiados, te andábamos buscando». El les dijo: «Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó en su compañía y fue a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre guardaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc  2, 40-52). 

Contemplación

Un año termina y otro comienza y la liturgia nos pone en clima de familia. Con la palabra “clima de familia” quiero señalarte algo muy preciso. Nuestra familia es el ámbito de los que somos nacidos y criados juntos y que nos elegimos -de nuevo, cada vez- para seguir juntos. Cada año, nuestra vida se concentra en las cenas y los almuerzos de las fiestas. Allí, en nuestra familia, resuena la vida del mundo entero de modo particular: con un tono distinto. Todo lo que estamos viviendo en el país – en el trabajo, en la sociedad, en la economía y la política, en lo religioso…- todo resuena, pero con los filtros que elegimos poner. Cuando nos juntamos hacemos de modo tal que los acontecimientos externos no invadan lo esencial: el amor que nos queremos expresar celebrando la vida con nuestros ritos familiares. Nunca faltan los ritos del recuerdo de los que no están, los ritos de los regalos, que gozan de modo especial los más chicos, y nosotros con ellos; los ritos de mirarnos a los ojos y expresar nuestros mejores deseos al brindar…

La liturgia nos regala algunas escenas -pocas, pero sumamente significativas, a través de la cuales podemos entrar de lleno en el clima de familia que vivieron José, María y Jesús. 

Los hemos visto en la noche de navidad, contemplando al Niño que han apenas recostado en el pesebre. 

Los veremos el primer día del año, entrando con el Niño en brazos para presentarlo en el Templo y ponerle el Nombre: Jesús. 

Hoy, en la Fiesta de la Sagrada Familia, los vemos en el momento en que abren la puerta del aula y se encuentran con la imagen de su Hijo, en medio de los maestros y doctores de la ley: les está haciendo una pregunta y ellos lo miran estupefactos.

Doce años les pasaron por su mente en un segundo y nosotros podemos adivinar lo que sintieron. Fueron doce años vertiginosos y los pocos datos que tenemos bastan para desestabilizar cualquier imagen de una vida familiar de estampita navideña.

Todo comenzó con una anunciación sorprendente, que los hizo entrar en el centro mismo de la Historia. De allí en más, acontecimientos que les caen encima y decisiones con las que cambian su vida de manera radical. El nacimiento en Belén -en un pesebre!-, por culpa de un censo nacional decretado desde alguna oficina pública. Las visitas de gente de todo tipo, incluso reyes extranjeros, que acuden a su casa y les hacen saber que se habla de ellos en Jerusalén. La profecía de Simeón. El poder del Rey Herodes que desata su furia militarizada sobre la fragilidad del Niño, que ellos cuidan con su misma vida. José con todos sus sentidos de padre despiertos y activos. María, haciendo simple y tierna la vida cotidiana. La decisión providencial de irse en el momento justo, de emigrar. Los años de destierro, viviendo de prestado -podemos imaginar la precariedad, el idioma, los trabajos más humildes y duros-. El regreso -precavido- a empezar de nuevo, sin hacerse notar… 

Y ya estamos doce años después. Cuando la vida parecía encaminada y el gozo de peregrinar un nuevo año al Templo con Jesús de la mano los hacía disfrutar de la normalidad, resulta que su Hijo se les pierde. Comienzan los problemas de la preadolescencia, pensaríamos nosotros.

Jesús a los doce sorprende! Y los lanza de lleno a lo que será el futuro. El Señor hace su entrada en sociedad dejando a todos estupefactos y atónitos. A los maestros, por su inteligencia y sus respuestas. A sus padres por haber actuado autónomamente, siendo que siempre había sido un chico “sujeto a ellos”, como volverá a serlo al regresar a Nazaret, hasta que llegue su hora. Así como en un instante se les hizo presente todo lo vivido, así también, al abrir esa puerta, vieron de golpe lo que les haría vivir su Jesús. Y a partir de allí, el estar “sujeto a ellos” de su Hijo se volvió distinto: su presente se llenó de futuro, se volvió consciente en ellos el Reino. La Casa del Padre -en la que Jesús siempre “está”- se aposentó sobre su casa de Nazaret -o se abrió desde adentro, como se abre una flor- y el hogar de san José se volvió condivisible para todas las familias y comunidades que quieran recibir e incorporar sus lecciones de vida doméstica: la lección del silencio, la lección del trabajo, la lección del amor.

Se ve que esta ida al Templo provocó o despertó algo nuevo y poderoso en Jesús, algo que lo llevó a olvidar todo lo demás y quedarse allí sin decir nada a sus padres. 

Me imagino que la cosa habrá empezado al acercarse él -curioso- a un grupo de maestros de la ley que discutían un punto o estaban dando la lección a los chicos… Alguno habrá hecho una pregunta y Jesús habrá respondido espontáneamente en voz alta, de modo tal que el doctor de la ley habrá levantado la mirada y, viéndolo allí parado, seguro de sí como solo los niños están, lo habrá hecho pasar al frente…

Lucas nos narra cómo terminó el asunto… tres días después! 

Sus padres entran en un aula de catecismo (alguno les habrá dicho que podía estar allí el chico que buscaban, o habrán sentido su voz al pasar…) lo cierto es que se quedan atónitos viéndolo “sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.” 

El Evangelio dice que lo encontraron al cabo de tres días. Es decir que Jesús fue hospedado en el Templo dos noches. Quizás la primera tarde se quedó rezando y al darse cuenta de la hora pidió hospedaje, esperando que vinieran sus padres. Al otro día lo hicieron ir a clase junto con los demás, y terminó con todos en la sala donde lo encontraron por fin José y María. El punto es que no fue cosa de un momento, sino todo un acontecimiento: hasta que quedó “sentado en medio de los doctores”, dando clase, una de esas en las que la gente se olvida del tiempo y se queda, escuchando y preguntando.

Preguntando… Esta es la palabra que nos hace entrar en la novedad absoluta de la escena. Suele pasar que haya niños prodigios que responden a todas las preguntas con agudeza y que dan una lección que han fijado en su memoria de manera sorprendente. Pero Lucas dice que el Niño no solo escuchaba, comprendía todo y respondía bien, sino que pasó a “hacerles preguntas”. 

Inaugura así este Jesús preadolescente lo que será su estilo de enseñanza basado en el diálogo, con esas preguntas suyas constantes que hacen replantearse las cosas a su interlocutor. 

“Por qué piensan mal en su corazón? Qué es más fácil decir al paralítico, tus pecados te son perdonados o levántate y camina?” Esta será la primera pregunta de Jesús a los fariseos en Lucas 5, 22. 

Pero antes esta la pregunta a sus propios padres: “Por qué me buscaban (angustiados)? Acaso no sabían que yo debía estar en la Casa de mi Padre?” Casa que se llevó consigo a Nazaret, como decíamos. 

Serán constante pedagógica las preguntas a sus amigos: “Qué buscan?” -a los dos primeros discípulos que lo siguen; “Por qué dudaste?” a Simón, cuando se hunde en el mar luego de haberle pedido que lo hiciera ir a Él caminando sobre las aguas; “De que discutían por el camino?” (ellos se avergonzaron porque habían estado discutiendo acerca de quién era el que mandaba); “Me amas como amigo?” a Simón, luego de la resurrección y junto con el encargo de apacentar a sus ovejas…

Toda la pedagogía de Jesús consistirá en un diálogo que enseña a la gente a discernir por sí misma, a repensar las cosas asumiéndolas, a plantearse de nuevo cuál es su punto de vista y confrontarlo con el de la Escritura. “Qué les parece? Un hombre tenía cien ovejas…”: las preguntas que son toda una parábola y no preguntas puntuales… “Quién de ellos se hizo prójimo del hombre herido al borde del camino?”

El que no entra en esta dinámica, que hace que apenas uno lee por curiosidad se encuentre con una pregunta que lo interpela, se queda afuera del Evangelio. 

Jesús es el Maestro que nos educa a la pregunta. Y no a la pregunta que consiste en opinar cosas abstractas sobre temas de actualidad, sino a la pregunta por la situación presente de tu corazón: 

Sos feliz ahora? 

Estás viviendo un presente pleno, amando con todo tu corazón?

O tenés el corazón en pausa, a media máquina, dudando a quién darte entero?  

La pregunta evangélica sería: “¿Sos el servidor fiel y discreto (como José) a quien puedo encontrar sirviendo su ración (de cariño, de tiempo, de escucha, de aliento…) a tu familia a su tiempo?”

Te sentís agradecido esta noche?

Te has puesto a agradecer tu vida, aceptando todo lo que pasó, tal como pasó, de modo tal de poder interpretar que “fue necesario” todo lo que pasaste y padeciste para que Dios hiciera todo lo bueno que ha hecho con vos?

O estas quizás como un disco rayado, repitiendo algo que te pasó y que no podés digerir? 

La pregunta evangélica sería: “¿De dónde a mí que me venga a visitar La que sabe cantar las maravillas que Dios ha hecho en la historia de su pueblo y me incluya en su magníficat de acción de gracias?

No has dejado de soñar con una entrega más bella para este año que viene? 

Estás buscando centrarte sin que te distraigan cosas secundarias en el punto decisivo en el que soñás con mejorar?

O estás desilusionado por un futuro que ya desde el vamos te has planteado de manera tal que sabés que será imposible de alcanzar?

La pregunta evangélica sería: “¿Comprenden lo que he hecho (al lavarles los pies Yo, que soy el Maestro)?” Si sabiendo esto lo practican serán felices” (Jn 13, 12 y 17).

Así, la última pregunta se toca con la primera y nos pone a caminar, alegres, sabiendo que el tiempo del amor es el presente. 

Diego Fares sj

Oración por la familia que rezó el Papa Francisco en Irlanda

Dios, Padre nuestro,
Somos hermanos y hermanas en Jesús, tu Hijo,
Una familia, en el Espíritu de tu amor.
Bendícenos con la alegría del amor.
Haznos pacientes y bondadosos,
Amables y generosos,
Acogedores de aquellos que tienen necesidad.
Ayúdanos a vivir tu perdón y tu paz.
Protege a todas las familias con tu cuidado amoroso,
Especialmente a aquellos por los que ahora te pedimos:
(“Pensemos especialmente en las familias que nos son más queridas”, pidió el Papa)
Incrementa nuestra fe,
Fortalece nuestra esperanza,
Protégenos con tu amor,
Haz que seamos siempre agradecidos por el regalo de la vida que compartimos.
Te lo pedimos, por Jesucristo nuestro Señor,
Amén.
María, madre y guía, ruega por nosotros.
San José, padre y protector, ruega por nosotros.
San Joaquín y Santa Ana, rueguen por nosotros.
San Luis y Santa Celia Martin (papás de Santa Teresita del Niño Jesús), rueguen por nosotros.

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Cristo Misericordioso -Museo de Berlín – Mosaico

      Cuando salía Jesús al camino, uno lo corrió y arrodillándose ante él le rogaba: Maestro bueno, dime: ¿qué he de hacer para tener derecho a heredar la Vida eterna? Jesús le dijo:¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Conoces los mandamientos: No mates, no adulteres, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre. El, respondiendo dijo: Maestro, todas estas cosas las he practicado y guardado desde chico. Jesús mirándolo a los ojos, lo amó, y le dijo: Te falta una cosa, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme.  El se quedó frunciendo el ceño a estas palabras y se marchó malhumorado, porque era una persona que tenía muchas posesiones. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: ¡Qué difícil será para los que posean riquezas entrar en el  Reino de Dios! Los discípulos se asombraban al oírle decir estas palabras. Pero Jesús, tomando de nuevo la palabra, insistió: ¡Hijos, qué difícil es que los que tienen puesta su confianza en las riquezas entren en el  Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de Dios. Los discípulos se pasmaban más  y más y se decían unos a otros: Entonces ¿quién podrá salvarse? Jesús, mirándolos a los ojos, les dice: Para los hombres, es imposible; pero no para Dios. Todas las cosas son posibles  para Dios. Pedro se puso a decirle: Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Jesús dijo: Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros (Mc 10, 17-31).  

Contemplación         

El Señor dice que el Reino de Dios “es” de los pobres. Y de los ricos dice que les será muy difícil “entrar”. Lo dice no por nada sino a raíz de este jóven rico que lo fue a buscar y que se ve que tenía buena voluntad… hasta ahí. Porque el Señor “lo miró y lo amó”. Pero él no lo registró. No vió la mirada del Señor! Y eso que era buena gente. Había cumplido todos los mandamientos desde que era chico y tenía ganas de dar un paso más. Pero el Señor le planteó un paso definitivo, radical: Te falta una cosa, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme. Ante esto él “le puso cara”. Frunció el ceño. No preguntó nada más. No dijo algo así como: Señor, no se puede… Como le dijeron luego, en casa, los discípulos. No. Este se quedó mudo. Quizás porque no entendió. O porque entendió perfectamente y no estaba dispuesto a tanto. Él hablaba de la vida eterna y Jesús le decía que se viniera con él ahora. Será que le dió miedo regalar sus bienes… o habrá sido lo de “seguir a Jesús” lo que lo trabó.  La cuestión es que se fue triste, dice el evangelio. No entró. Los pobres en cambio parece que ya están dentro. El Reino es de ellos. Es importante este posesivo. Después el Señor lo explicará de modo bien explícito: los que dejen todo “recibirán” el ciento por uno. Poseeran el Reino. La palabra aparece varias veces: del jóven rico se dice que poseía muchos bienes. Y Jesús afirma que es dificil entrar en el Reino a los que poseen riquezas. En Radio María me preguntaban el viernes pasado “por qué Jesús prefería a los pobres”. Y yo decía que me parecía que ese es uno de los «defectos» de Dios. Uno de esos defectos que hacen tan amable a Jesús. El obispo Van Thuan decía que lo que más le gustaba de Jesús eran sus defectos: que no supiera matemáticas (una oveja  para él valía lo mismo que 99); que no supiera de finanzas ni de economía: su Padre contrataba gente a toda hora y les pagaba a todos lo mismo, comenzando por los últimos! Por eso decía que esto de preferir a los pobres era como el defecto básico, el que explicaba todos los demás. Yo creo que el Jesús prefiere a los pobres y pequeños, por un lado, porque lo entienden (y el Padre también: que por eso se siente cómodo revelándoles a su Hijo amado a los pobres y pequeñitos y no a los letrados). Con los pobres Jesús no tenía necesidad de muchas explicaciones. En cambio los ricos -sobre todo los ricos de espíritu, los autosuficientes- lo impacientaban: siempre pidiendo razones, que por qué curaba en sábado, que con qué autoridad perdonaba los pecados… Los pobres en cambio entendían perfectamente de qué se trataba. Por eso con los pobres el Señor puede hacer maravillas, como dice nuestra Señora en el Magnificat. Por otro lado, yo creo que Jesús, que Dios, prefiere a los pobres porque Él es uno que viene a dar. Es «don Dios». Y los pobres entienden enseguida cuando es que uno les quiere dar o cuando es que empieza a explicar muchas variables económicas porque no les va a dar nada. Los ricos en cambio siempre creen que Dios les viene a pedir. Y por eso son tan desconfiados. No entienden que Dios es puro don, que es tan Rico en misericordia que lo único que quiere es dar. Que no necesita nada de ellos. En todo caso, sí que les den sus riquezas a los pobres. Pero Él no pide nada. Aunque esto, para los ricos, es lo mismo. No les pedirá para Él pero les pide que den sus cosas a los más pobres! Y bueno, esta diferencia -entre uno que no te pide nada para sí y que te da todo y que te mira con amor, si no la pesca uno por sí mismo, no hay quién se la explique. Alguna anécdota…? me preguntó Javier Cámara. Siempre hay alguna anécdota del Hogar (mis alumnos dicen que yo doy clases para tener una excusa para contar cosas del Hogar)! Me acuerdo un año que decidí ir a agradecer personalmente a las panaderías que nos regalaban el pan y las facturas al Hogar. Todas las mañanas iban nuestros huéspedes, con una notita firmada, a pedir el pan del día anterior que nos habían guardado. Esta vez, en vez de la nota, llevaba la tarjeta de Navidad. Entro a la primera panadería, sobre la calle Entre Ríos, y la dueña que estaba en la caja, sin dejarme explicar nada, me mira la tarjeta y me dice que ya han dado. Le digo que soy el padre del Hogar y que les quiero dejar una tarjeta… pero antes de que siga me dice que No, que gracias, pero que no hace falta (!). Recién a la tercera y antes que me corte  de nuevo le digo: Hey! escúcheme. No le vengo a pedir nada. Es una tarjeta de agradecimiento. Le quiero agradecer lo que nos dan. No me tiene que dar nada! Tiene que recibir! Ahí la agarró y cuando vio el pesebrito y el Feliz Navidad, sonrió. Se dió cuenta. Los pobres, en cambio, primero agarran la moneda y después miran a ver cuánto les diste. Pero primero reciben. Saben recibir! Por eso creo que Dios los prefiere. Pero el problema no es discutir quién es rico o con cuánto comienzo uno a ser rico. El punto es mirar cómo anda mi capacidad de recibir. Porque con tanta posesión y  consumo uno va perdiendo la capacidad de recibir!  Y Dios -Jesús, el Espíritu, nuestro Padre- es solo don. Puro Don. Se nos da todos los días. Como el Padre Misericordios que se da entero en ese abrazo -cuando se le echó al cuello a su hijo, como dice Lucas-, sin reproches por que no se dejó abrazar antes y sin condiciones sobre lo que tendría que hacer después, en el futuro. Y nuestra vida, como la de Jesús, es girar en torno al Padre como nuestro centro de gravedad, que atrae el peso del amor que late en nuestro corazón. En la cercanía del abrazo, el Amor rico en Misericordia del Padre, nos atrae como a un planeta el Sol, y si entramos en su órbita ya nada nos podrá separar de él. Jesús se nos da todos los día. Él es totalmente Eucaristía, porque es Don al Padre -acción de gracias en el Gozo del Espíritu Santo-, y Don a cada uno de los que lo recibimos en nuestras manos y en nuestra boca al comulgar. El demonio es cambio es “ausencia de Eucaristía”, posesión de sí mismo siempre insatisfecha, buscando a quién tentar con posesiones vanas, que lo alejan de mendigar, cada día, el don de la Eucaristía, haciéndonos ilusionar con que somos ricos y no necesitamos comulgar tan seguido (como la cajera de la panadería, le decimos al Señor: No, muchas gracias. No me hace tanta falta). El Espíritu Santo es puro Don. El Don del Padre y de Jesús para nosotros. Es Don que se multiplica en siete dones -Sabiduría, Entendimiento, Fortaleza, Ciencia, Consejo, Piedad y Temor de Dios- y en nueve frutos, con respecto a los cuales San Pablo dice “que no hay ley”, ellos mismos son “ley interior que hace actuar bajo la guía del Espíritu”: amor (agape), gozo (jará), paz (eirene), paciencia (macrotimía), amabilidad (jrestotes), bondad (agatosyne), fidelidad (pistis), dulzura-mansedumbre (prautes), señorío de sí (enkrateia). Dios es puro don. Y con Él la cuestión central de la vida gira en torno a aprender a recibir. No cosas sino personas. Saber recibir -hospedar, acoger, hacer sentir bien, comprender, dar tiempo, escuchar…- personas.  

Diego Fares s.j.

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