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Posts Tagged ‘Jesús’

  Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?» Jesús le preguntó a su vez: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lo lees? (anaginoskeis)». El le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo.» «Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida.» Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver.» ¿Quién de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?» «El que tuvo compasión de él», le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: «Ve, y procede tú de la misma manera» (Lucas 10, 25-37).

Contemplación

   Comenzamos notando una frase particular de Jesús: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lo lees? (anaginoskeis)». La primera parte es objetiva “qué está escrito”; la segunda es postmoderna: cómo lo lees tú. Cómo lo interpretas. Lucas usa “anaginoskein” que significa “leer” de manera personal, reconociendo, interpretando, entendiendo porque uno discierne el fondo de lo que está escrito, el espíritu de la letra. 

A esto vamos, al discernimiento de espíritus. No basta con lo que está escrito, con el mandamiento, con la ley o la definición dogmática. Hay que ver con qué espíritu se leen y se proponen las cosas. Con la fórmula perfecta del amor a Dios y al prójimo se puede terminar pasando de largo frente a los dos, como les pasó a los personajes que no se compadecieron del herido y en vez de hacerse prójimos se hicieron lejanos.

Digamos que Jesús no le tiene miedo al discernimiento. No le tiene miedo a la lectura personal de la Biblia. En esto es muy “protestante”, podríamos decir. No dice: ojo! cuando lees anda y asegúrate que no se te ocurra una herejía! Sino que dice todo lo contrario: qué lees? Cómo lees tú? Cómo entiendes lo que dice ahí?

Es la pregunta que le hace Felipe al gobernador etíope de la reina Candaces que venía leyendo Isaías: “Entiendes lo que lees?”. Y el otro “entendió” que se podía bautizar ahí nomás! No fue cuestión de definiciones. Fue cuestión de vida. Recibió el Espíritu Santo en ese mismo momento y Felipe lo dejó seguir su camino, que fuera aprendiendo de a poco todo lo que el Espíritu tenía para enseñarle sobre el cristianismo al que ya pertenecía.

La misión que el Señor da a los que envía a trabajar en la mies -que es mucha- es la de anunciar el evangelio que despierta la fe y atrae al Espíritu Santo. Una vez que la persona recibe el Espíritu, es cristiana. Luego vendrá el camino de catequizar esa fe, de enseñarle a rezar y a cumplir todos los mandamientos. Pero esto segundo no es lo primero. Primero se derrama el Espíritu sin medida; luego se va enseñando la letra -de lo que hay que creer y de lo que hay que practicar- con medida, discretamente. 

De ahí la importancia de comprender quién es mi prójimo a la manera de Jesús, no con definiciones preconcebidas. Para poder aproximarnos bien a todos, de manera tal que sintamos que podemos comunicar el Espíritu del Padre y de Jesús, o, dado que el Espíritu ya habita en los corazones y en las culturas de cada pueblo, hacer que cada uno comience a interactuar personalmente con Él, mediante la fe que despierta el Evangelio, y se deje enseñar y conducir por Él.

Cuando el doctor de la ley le preguntó a Jesús “quién es mi prójimo”, Lucas dice que repreguntó para justificarse. Notemos que Jesús, que primero le había respondido con la letra de la ley y lo había invitado a interpretarla por sí mismo, ahora le responde no con una definición de prójimo sino con una narración: la parábola del buen samaritano. Y al final, le hace juzgar por sí mismo nuevamente: ¿Quién de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?».

Una cosa es el ámbito de la letra, otro el del Espíritu. Los dos requieren interpretación, pero de distinto modo. Digámoslo con dos imágenes: a nivel de definiciones, Jesús suele felicitar a los doctores de la ley. Los tipos saben. Y hablan bien. El Señor no tiene problemas con la doctrina. Es más, la cumple personalmente hasta la última coma o tilde. Y si por misericordia hace que alguno se salte un precepto para poder curarlo o para que empiece de nuevo después de haber pecado y pueda ir para adelante, el Señor lo paga de su bolsillo. Lo pagó con cada gota de su sangre en la pasión y pagará lo que falte a su vuelta.

Ahora, cuando se trata del Espíritu, los fariseos y letrados reciben muchos aplazos. Sin embargo, este respondió bien a la parábola. Se convirtió en prójimo el que tuvo compasión del herido. El que tuvo compasión! En otras parábolas, como la de los viñadores homicidas, este tipo de gente se retiraba enojada. Se daban cuenta de que el palo iba para ellos y no “leían” bien la parábola. Pero esta sobre la fraternidad la puede leer bien cualquiera que tenga buena voluntad. 

Hoy sin embargo, incluso esta parábola se ha vuelto contracultural. Al menos aquí en Europa los oídos se han endurecido. Los heridos al borde del camino, se dice, hay que distinguirlos bien. Si son verdaderos “refugiados” porque su país está en guerra, o si son “emigrantes económicos”. Y los que se les acercan con sus naves hay que ver bien quién los financia y si no son cómplices de los traficantes de personas. También están en discusión las hospederías, los puertos a los que se pueden llevar estas personas. Y si alguien predica que lo primero es salvar al herido, se le aplica, aquí sí, la parte de la parábola que dice que pagó de su bolsillo y prometió pagar a su regreso lo que se hubiera gastado de más. Al menos esta parte de la parábola la escuchan hasta los más reacios a mensajes “buonistas”. Buen samaritano suena ahora a “buonista”. A una bondad que no respeta la ley y que no es viable ni política ni económicamente.

Otra frase es “ayudémoslos ‘en su casa’”. Se ha logrado crear un clima en el que las personas sienten que si se ayuda a un emigrante se le está quitando ayuda a ella.

Lo que se percibe en conjunto es un endurecimiento de los corazones. Si no fuera así, no entrarían tan fácilmente los slogans “anti-prójimo”. Si nos situamos en el espacio de la parábola podemos decir que -socialmente- la discusión se ha desplazado. Hoy no solo no se discute a los que pasan de largo sino que estos tienen voceros que atacan duramente a los que se acercan a los heridos. Son criticados los extranjeros que hacen caridad fuera de su país y que pretenden utilizar hospederías nacionales para heridos extranjeros que no se sabe sin son heridos reales o terroristas enmascarados. Como se ve, se ha contaminado el espacio mismo de la parábola.

Lo que yo “leo” en esta situación es que no solo no hay remedio si se discute en el primer nivel, en el de las definiciones, sino que parece que tampoco basta con bajar sin más al nivel narrativo de la parábola para que toque el corazón de cada uno, porque los personajes mismos de la parábola están “ideologizados”. 

El caso de la capitana alemana de la “Sea-watch 3” -Carola Rackete- es el ejemplo más reciente. Es una “buena samaritana moderna” o es una niña bien, rica y privilegiada, que hace política con la piel de los migrantes y rompe las leyes de otros países que no son el suyo con el pretexto de hacer caridad?

Aquí surge una cuestión decisiva, y es la fe. La fe es a lo que apela siempre Jesús. Como le dice a Tomás: “no quieras ser incrédulo sino creyente, fiel”. Ese no quieras alude a que la fe es la fe que uno tiene. No importa si poca o mucha. No importa si ilustrada o menos. Jesús apela a la fe, a la gente que se juega por fe y no por cálculos, por fe en las personas y no por el propio interés. 

Hoy, hasta para leer la parte “simpática” de las parábolas, se nos exige una opción radical: de fe o no fe. Fe en las personas, porque los discursos están todos mezclados. Uno debe mirarles la cara a los protagonistas, ver cómo actúan y jugarse. Esa es la polarización básica, existencial. La única que impide caer en todas las falsas polarizaciones. Uno es un hombre o una mujer de fe o no. Uno que se mueve en último término por la fe en Cristo y en las personas o uno que se mueve por ideas o voluntarismos. 

Dicho más sencillamente: el que se mueve por fe es uno que actúa por “reconocimiento”. Actúa impulsado por la gratitud ante los que le demuestran su amor y devuelve amor con amor. Fundar nuestra acción en el reconocimiento y la gratitud, como dice Michel Rondet sj, sustrae nuestra acción al arbitrio de la voluntad de poder y de dominio, a las insidias del activismo y de la propaganda ideológica.

Actuar por “deber” no excluye la voluntad obsesiva de lograr las metas fijadas, sin tener en cuenta el contexto humano y espiritual de las acciones que uno emprende.

Actuar por “convicción” no nos garantiza siempre contra el fanatismo y sus aberraciones (la historia de la Iglesia nos proporciona ejemplos).

Actuar por reconocimiento sitúa de una vez nuestra acción en la gratuidad y liberalidad del amor. El que actúa por reconocimiento de tanto bien recibido escapa de las “pasiones tristes” como son la envidia, el resentimiento, la búsqueda de la propia fama.

Es curioso, pero Jesús, en el evangelio, liga la imagen del reconocimiento a otro Samaritano, el de los diez leprosos, que regresa a darle gracias. Si los “aproximamos” evangélicamente, podemos imaginar que es este mismo que fue curado el que se compadece del herido que está tirado al borde del camino y se acerca a ayudarlo. 

Hoy como ayer para “leer” bien la parábola, hay que “proceder” como el buen samaritano pero no solo para ayudar al herido sino para llegar a tener un corazón como el del samaritano. Un corazón en el que el actuar -lo que nos mueve e impulsa a hacer las cosas de determinada manera- sea por reconocimiento. 

Reconocimiento de los que son pares en humanidad: hermanos. Si uno reconoce en el otro a un hermano, brota espontáneamente el ayudarlo, sí o sí. La ley prohibía acercarse a un muerto salvo en el caso de que fuera pariente, hermano. El samaritano no tenía problemas, porque era extranjero, pero los otros habrían podido acercarse si lo hubieran considerado como hermano.

Reconocimiento para con Jesús, que se hizo “extranjero” para poder acercarse a ayudarnos. Cuando Jesús se identifica con los más pequeños, confiándonos el protocolo con el que serán juzgadas nuestras acciones en el juicio final, no lo hace “metafóricamente”. En sus encuentros con los discípulos, después de haber resucitado, el Señor les hace experimentar que ya no es “objeto de posesión” sino que se hace ver cuando quiere y en la forma que quiere. Se hace presente, está junto a Magdalena, camina al lado de los discípulos de Emaús, espera en la orilla del lago a los que han ido a pescar… Esta libertad del Señor con respecto a lo que nosotros podemos “poseer”, “objetivar” y “conceptualizar”, debe abrirnos la mente para aprender a “reconocer al Señor” en cualquier situación. Y Él nos revela que “es Él” cada vez que la situación es la de alguien que necesita un vaso de agua o que le venden las heridas, como el hombre de la parábola. 

El reconocimiento, en sentido de la gratitud, permite el reconocimiento, en el sentido de ver a Jesús en el prójimo.

El camino que va de Jerusalén a Jericó es el camino que va del sentirnos “propietarios” -de nuestro país, de nuestra cultura, de nuestro mundo- a sentirnos peregrinos, extranjeros de este sistema que a unos da carta de ciudadanía al precio de tener que excluir ellos mismos a otros.

Diego Fares sj

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            Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: “Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden cargar ahora. Cuando venga, el Espíritu de la verdad, El los encaminará a la Verdad total: porque no hablará desde sí mismo, sino que lo que oiga, eso hablará, y les anunciará lo por venir. El me glorificará a Mí porque tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes” (Jn 16, 12-15).

Contemplación

            La reflexión de hoy, sobre la Trinidad, nace del diálogo interior con un hermano musulmán. Para hablar de la Trinidad siento que para mí es mejor partir del diálogo con alguien fiel que cree en Dios y, por adorarlo como el Dios Único, tiene dificultad para aceptar nuestras fórmulas trinitarias, y no partir del diálogo de sordos con un mundo que ni siquiera se plantea que pueda existir una Trinidad, o del diálogo con gente que cree que con sus reflexiones teológicas ya lo sabe todo acerca de Ella.

            Charlamos con Sheer, un pakistaní musulmán que vive en San Saba, nuestro centro de acogida para “personas en situación de haber tenido que emigrar de su país” (cómo expresar la situación del que tiene su casa -en su país y en el de inmigración-, pero no tiene “papeles”?). A poco de escucharlo nombrar regiones y ciudades como Kashmir, Islamabad…, me doy cuenta de lo poco que sé de Pakistán. Son más de 200 millones de personas; su monte K2, el segundo más alto del mundo, domina el imaginario geográfico de mi amigo como el Aconcagua el mío… Sheer tiene hoy ganas de hablar y yo, que voy a San Saba para eso, lo sigo. Me pregunta mi edad. Cuando le digo 63 ahí nomás me pregunta cuántos hijos tengo. Yo me quedo medio cortado al ver lo raro que suena en su cultura que alguien no tenga hijos. 

            Este fue el encuentro más “fuerte” de esta semana. Y suelo partir de esas cosas significativas para confrontarme con el Evangelio del domingo. 

            En Europa, en cambio, no suena raro lo de no tener hijos. Pero por otros motivos, más raros todavía. Actualmente aquí la gente no tiene hijos o tiene uno, a lo sumo dos. Acá ni siquiera es raro no casarse. Solamente es raro no tener parej@. 

            En la siesta de este rinconcito romano multicultural que es San Saba, nuestra Basílica situada sobre el Aventino, en un barrio cuya historia se remonta al siglo VI (aquí vivió San Gregorio Magno y su madre Silvia), se da un fenómeno raro en la conversación: la inmediatez de la charla hace sentir la distancia cultural. 

            Basta ver qué está cocinando alguno de los huéspedes para caer en la cuenta de que no es fácil explicar vivencialmente lo que es un mate o comprender el tipo de fideos que come un nigeriano. Y lo mismo sucede al hablar de la familia entre un encargado del centro que es italiano y tiene una sola hermana y un senegalés que tiene más de veinte hermanos y medio hermanos de las cuatro esposas de su padre. 

            A lo que voy es a que “entrar en una cultura” no solo requiere tiempo, sino también “vivir en un lugar”. Por eso es que el hecho de estar todos “acercados” físicamente por el mundo mediático común y por la posibilidad de viajar, paradójicamente dificulta la inculturación. La dificulta porque uno cree que todos pensamos parecido, pero a poco de hablar surgen diferencias grandes, muchas veces milenarias. Manejamos los mismos aparatos, pero los afectos van por otros caminos. El celular es el mismo modelo, pero cada uno escucha la música de su tierra y habla con familiares que habitan mundos tan distintos como un campo de refugiados sirios en Turquía, un pequeño pueblo con plantaciones de plátanos en Gambia o una ciudad a cientos de kilómetros del K2, desde la que se lo ve en los días claros (la montaña sobresale más de medio km entre las de su entorno).

            Al experimentar lo difícil que es explicar por qué no tengo hijos me viene a la mente lo que supondría empezar a hablar de la Trinidad! 

            Después, en casa, investigo un poco y leo lo que dice el Corán en el Cap. 4 v 171: “Oh Gente de la Escritura, no se excedan en su religión y no digan sobre Allah otra cosa que la verdad. El Mesías Jesús, hijo de María no es otra cosa sino un mensajero de Allah, una Palabra suya que Él puso en María, un Espíritu proveniente de Él. Crean pues en Allah y en sus Mensajeros. No digan “Tres”, dejen (de decirlo). Será mejor para ustedes. La verdad es que Allah es un dios único. Tendría un hijo? Gloria a Él. A Él le pertenece todo lo que hay en los cielos y todo aquello que hay sobre la tierra. Allah es suficiente como protector“.

            Me impresionan las expresiones que usa el Corán: “no digan ‘Tres’; “dejen de decirlo”; “No se excedan en su religión”; “Allah basta como protector”. 

            Hay allí una manera de pensar, una lógica que entra en diálogo con la persona y le da indicaciones precisas sobre cómo actuar. No dice: “no existe la trinidad”, dice: “no digan “Tres”, “dejen de decirlo”, “no se excedan”, “basta Allah como protector…”. 

            Es un lenguaje que no discute usando definiciones abstractas, sino que matiza prescripciones y sugerencias de modo persuasivo. Se siente la fuerza del mandato concreto, la apelación a la fe que tiene la gente en un texto sagrado. Y esto va “moderado” por una argumentación basada en el “no se excedan” y “será mejor para ustedes”. Es un lenguaje difícil de resistir; tiene algo de fascinación quizás porque actúa directamente sobre los deseos más que sobre el intelecto.

            De lo poco que conozco del islam, una de las cosas que más me impresionan es cómo con pocas prescripciones, muy precisas, hacen sentir la misma pertenencia a todos por igual -ricos y pobres, de pueblos y culturas muy distintas-.

            Y entonces? Con respecto a la Trinidad, veo que si vamos por el camino de los conceptos metafísicos, la discusión podría ser infinita, lo cual lleva a ni siquiera querer comenzarla. Si ya partimos de que para nosotros el misterio de Dios es que es Uno y Trino y los musulmanes y hebreos piensan que sólo puede ser Uno y único, mejor ni hablar. 

            Sin embargo, nuestra fe en “Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un sólo Dios verdadero” no es cuestión de disquisiciones metafísicas sino de riqueza de Vida. Una riqueza de vida que nos permite relacionarnos con Jesús como hermanos, siguiéndolo de manera tal que Él se convierte en nuestro Señor, en nuestro Maestro de vida, en nuestro Salvador: el que nos perdona los pecados y nos alimenta con la Eucaristía. Nuestra fe en Jesús nos abre un camino a tratar con Dios como Padre, nuestro y de todos los hombres, nos sitúa en una cercanía familiar y a la vez llena de respeto y deseo de adoración. Nuestra fe en el Espíritu Santo nos hace escucharlo y gustarlo en nuestra vida cotidiana, sintiendo que es el mismo Dios el que nos mueve, el que nos enseña todas las cosas, nos fortalece y santifica. 

            Esta fe rica y compleja no es para “discutir” ni para elaborar teorías que no nos convencen ni a nosotros mismos, sino que es una fe para ser vivida plenamente y explicada “sin excedernos” en nuestras teologías, como bien recomienda el Corán.

            La fe en el Dios Trino y Uno nos permite acercarnos a todos los hombres y comenzar a caminar con ellos sin necesidad de poner por delante una Doctrina en sí misma ya terminada y completa, como condición para comenzar a hacer algo.

            Decía el Cardenal Martini: “El Espíritu nos enseña a “observar” la Palabra, siendo Maestro de nuestra vida práctica. Lo que importa es que la “observemos” -la vivamos- y con nuestro modo de vivir enseñemos qué quiere decir observar. Aquí no se pone el acento sobre una recta doctrina en sí misma, sino sobre la capacidad de hacer vivir evangélicamente a la gente; por tanto, antes que nada se trata de empeñarnos nosotros en vivir una vida evangélica”.

            Nuestra fe en el Dios Trino y Uno, antes que algo para “razonar y explicar” es un espacio infinito para relacionarnos con los demás “entrando por cualquier puerta que tengan ellos abierta con su fe”. 

            Podemos dialogar con el que cree en que Allah es el único Dios y no ofendernos de que no acepte la formulación ya acabada de que Jesús es el Hijo Unigénito del Padre, de su misma naturaleza. A Jesús no le molestó presentarse como uno más, como un simple hijo del hombre, y por eso mismo es capaz de acompañar a uno que cree en el Dios Único sin exigirle que crea en Él, como hizo durante su vida terrena. Incluso a aquellos a quienes se reveló en toda su gloria y esplendor, les dijo que tenía muchas cosas para decirles pero que todavía no podían “cargar con ellas”. Jesús no se hizo problemas teológicos, por decirlo así. Confió y sigue confiando en que el Espíritu Santo que envía irá enseñando todas “sus cosas”, toda la verdad, sorbo a sorbo, no de un trago. En este sentido, un cristiano es uno que cree en que Jesús es el Hijo de Dios “en la medida en que el Espíritu se lo va enseñando y le va dando las fuerzas para cargar con esta verdad, haciéndola real en su vida”. Me animo a decir que en este sentido tenemos tanto para aprender de la Trinidad como un musulmán o un judío. Puede ser que gracias a muchos santos y padres y doctores de la Iglesia tengamos una elaboración teológica refinada y muy consistente de las verdades de la fe. Pero luego, a nivel personal, es bueno que cada uno se sienta como analfabeto, como mendigo de fe y de revelación,  como niño de escuela al que el Espíritu le tiene que enseñar todo sobre el Padre y el Hijo. En este punto, creerse que porque uno sabe un poco de teología, “tiene” la verdad revelada, es muy poco cristiano (y poco realista). 

            Por eso es bueno para la fe dialogar con los que tienen otra fe. No para discutir, sino para aprovecharnos de su modo distinto de creer y de las preguntas que nos hacen y las dificultades culturales que tienen para profundizar en lo nuestro, para ser “evangelizados” nuevamente por el Espíritu y tener esto como una actitud permanente: la de ser siempre discípulos.

            El Espíritu es nuestro maestro de vida y no solo nos “recuerda” y nos “enseña” la verdad de Jesús, sino que nos ayuda a “cargar” con la Palabra como el Señor cargó con la cruz (Jn 19, 17). 

            La Palabra es algo que se abraza y se carga como la Cruz, no es una espada o un dedo en alto que usamos para discutir. 

            La Palabra es algo que se recibe con la fe, que se contempla y se gusta en la oración,  y que se pone en práctica con la caridad y la misericordia. Haciendo todo esto, al mismo tiempo, se sale a anunciarla a los demás, a todos los pueblos y culturas. La Palabra no es algo que se usa solo para escribir libros ni -mucho menos- para proyectar esquemas de pensamiento de la propia cultura. 

            La palabra de Jesús -que “es La Palabra”- no es una palabra que Él pretenda decir entera! El se encarga de vivirla y deja que sea el Espíritu el que “cuando venga, el Espíritu de la verdad, Él los encaminará a la Verdad total”

            La Palabra con que nos “encamina” el Espíritu no son “ideas suyas”, no es una palabra autorreferencial: “Porque Él Espíritu no habla desde sí mismo, sino que lo que oye (de lo que se dicen el Padre y Jesús), de eso habla”

            La Palabra que dice el Espíritu no es tanto una explicación como un anuncio: “Les anunciará lo por venir”.

            Y mucho menos es una Palabra de autoelogio, es toda de elogio de Jesús: “El me glorificará a Mí porque tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes”. 

            Y este elogio que le hace el Espíritu, Jesús siente que no es algo suyo sino del Padre: Es que “Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes”.

            Como vemos, Jesús no da definiciones dogmáticas combinando números uno dos y tres, sino que nos revela un modo de actuar en comunión profunda entre el Padre el Espíritu y Él que la definición “Uno y Trino” no hace sino resguardar. Pero no es ni mucho menos el final sino el comienzo del amor que Dios nos quiere revelar.

Diego Fares sj

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          “El último día, el más solemne de las fiestas, Jesús, en pie, gritaba

—«El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva».

Decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado” (Jn 7, 37-39).

Contemplación

Sed del Espíritu, sed de Agua viva. Jesús es la fuente, el que dice: “el que tenga sed que venga a mí”. Lo dice a todos, y a nosotros nos toca anunciarlo. El que tenga sed, dice. No dice el católico, sino el que tenga sed. No dice la persona que esté en regla, dice el que tenga sed. No dice el que no esté en pecado ni, mucho menos el que no esté en “situación objetiva de pecado”, como se deleitan en precisar algunos, sino el que tenga sed…

Para san Francisco de Asís era el agua “la hermana agua”, la que es siempre humilde, pura, casta.

Nuestra hermana el agua es el signo más simple del Espíritu Santo. Decimos que es humilde porque el agua siempre baja, no asciende, busca el bajo para fecundar, para dar vida, para nutrir, para regar. 

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Uno de los problemas más acuciantes del planeta en la época actual es la desertificación. Será uno de los temas del sínodo de la Amazonia.  

Este fenómeno no se limita a la superficie de la tierra sino que se extiende también a nuestra vida, que corre el riesgo de desertificarse. La desertificación de la vida humana tiene una peculiaridad: no se da por vacío de espacios verdes sino por acumulación de espacios tecnologizados. La desertificación de la tecnología es la de las pantallas, que se iluminan y se beben con los ojos pero no calman la sed!

El Espíritu, en cambio, es como una pileta de agua limpian en la que uno se zambulle, es como el agua de un mate que se bebe a sorbos y calma la sed, sacia y alimenta.

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Se trata por tanto, ahora, en este Pentecostés, de suplicar al Padre, una vez más, que nos envíe su Espíritu, de pedirle al Señor que interceda, para que el Padre nos lo envíe en su Nombre.

Jesús es la Fuente Viva del Espíritu. El Padre nos lo manda desde el Corazón de su Hijo, no desde otro “cielo” como si fuera un lugar “físico”. Pedimos al Espíritu que baje a regar lo árido, a saciar nuestra sed, la sed de vida.

Se trata, por tanto, de abrir valles y canales al Espíritu. Los áridos valles de nuestras ciudades, los canales que llevan al corazón. Hay que construir fuentes, como en Roma (es lo más hermoso de Roma: sus fuentes y chorros de agua potable por doquier). Se trata de abrir surcos a la acequia, para que el agua irrigue toda la viña; y de hacer también riego por goteo, para que el agua de la Palabra llegue a cada uno en su medida, y sumerja la ciudad entera como un aguacero, que limpia el smog y deja el aire con olor a lluvia fresca; para que la Palabra moje los labios y refresque la lengua y el paladar de cada boca.

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Tenemos sed, y es necesario ponerle nombre porque son muchos los tipos de sed: sed de agua, sed de justicia, sed de Dios…

Todas estas imágenes apuntan a beber a tragos una sola: la de la humildad del agua que siempre busca el bajo, que va a la raíz. Como dice Menapace: “Achicate, hermano/ no busqués la altura/ andá por lo bajo/ buscá el trebolar…”

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La sed que despierta el Espíritu es la sed de Cristo, la sed del amor y la amistad con el Señor Jesús, nuestro buen Amigo, el que se sienta en el brocal de nuestro pozo y -como hizo con la Samaritana- nos pide de beber. 

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Es verdad que el Espíritu es el Agua viva que dinamiza todo lo vital y sacia toda sed, pero para la sed que fue enviado es para la que desea a Cristo, esa sed tan especial. 

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Se fijaron que sed no tiene plural? Es uno de esos sustantivos llamados “de singular inherente”, sea porque “sedes” suena mal, porque es también el plural de sede, o porque “cada sed es única y solo se sacia de modo singular”. Esto último me gusta más.

Hoy en día corre una tendencia vitalista, que insiste en que el Espíritu debe revitalizar todo lo humano. Y está bien, porque el Espíritu es así: Vivificante. Es Espíritu Creador, dio vida a todo y es capaz de renovar la faz de la tierra, de insuflar vida a nuestras comunidades y reanimar nuestras liturgias. Todas las dinámicas que sirven a dar vida sean bienvenidas!

Pero en cierto punto es necesario discernir dos detalles: uno, si al saciar toda sed no pasa que nos “equilibramos” tanto que se nos aplaca la sed ardiente de salir en busca de Cristo crucificado y resucitado; la otra, si el embeleso de los dinamismos bien bailados y organizados no nos encierra en nuestros mundos a medida y se disminuye el volumen del clamor de los que están afuera. Me vienen a la mente los ojos de Zacarías, un chico del Mali, cuya selección nos ganó por penales los octavos del sub-veinte. Vino a Italia hace seis años (tiene 19 ahora) y apenas le dan algunas changas en nuestros centros de acogida. El quiere trabajar y en los ojos se ve la desesperación del joven que no ve futuro, del que siente que no le dicen nada, pero que las puertas del trabajo están muy pero muy limitadas para los extranjeros pobres. Para los extranjeros ricos el hotel De la Ville, que tengo enfrente, ofrece suites que pueden llegar a costar 13.000 euros (más IVA) por noche.

A lo que voy es que puede suceder que la sed de justicia, si uno se ocupa mucho de cultivar dinámicas, se calme; deje de quemar. No por una cuestión de calidad, sino de cantidad. 

Es necesario, sin dudas, mejorar la calidad de nuestra vida comunitaria, de nuestras relaciones interpersonales, de nuestras liturgias y celebraciones, de nuestros estudios y publicaciones…, pero hay un desequilibrio cuantitativo con el que nos tenemos que confrontar más crudamente, pienso yo. No me extiendo aquí en que hay gente que se muere de sed o que tiene que caminar kilómetros para encontrar una canilla de agua no contaminada y gente que toma agua de Evián, que cuesta 32 euros (y un agua japonesa, el agua kona nigari, que sacan del fondo del océano y venden a 380 euros la botella). De lo que quiero hablar es de la Palabra, del Agua viva del Evangelio. 

Hay un mundo al que no le llega la Palabra! Y hay tanta gente a la que le haría tanto bien escuchar las palabras de Jesús. No podemos tratar la Palabra como si fuera el agua de Evián o de kona nigari. El Papa usó la imagen para hablar de la unción del Espíritu: no somos repartidores de aceite en botella!, dijo. El agua del Espíritu es para todos o no es el Agua del Espíritu.

Comencemos por aquellas palabras del Evangelio que se pueden beber como agua fresca. Propongo tres que indican tres modos de beber. 

La primera, principal e imprescindible, es “misericordia”. Misericordia es la palabra que se bebe a canilla libre: todos podemos beber todo lo que queramos y necesitemos, a boca de jarro o por gotas, según sea la sed, la enfermedad o la cantidad de gente de la que seamos responsables y hagan que debamos estar nosotros misericordiados para poder servirlos con misericordia. 

La segunda es “fraternidad”. Fraternidad es la palabra que se puede beber con todos: con los hermanos de sangre y de cultura, con los hermanos de otras razas y religiones y, también, con los que piensan y sienten y actúan tan distinto, que lo único común es nuestro origen y en todo lo demás disentimos. 

 La tercera que propongo es “justicia”. Es la palabra que se tiene que beber por turnos y emparejando desde abajo, para que cada uno tenga lo suyo. 

La sed tiene este aspecto cuantitativo, que le quita límite y la hace ser compartible de manera igualitaria y justa. Por expresarlo con una imagen: si uno ha saciado su sed, no se enoja si ve que otro toma más agua.

Del Espíritu tenemos sed como de Agua. Necesitamos que sea ilimitado y simple: necesitamos ser bautizados en el Espíritu, que nos sumerja en sí -río de agua viva- y, a la vez, que nos de a beber, sorbo a sorbo, el evangelio entero de Jesús. Necesitamos la sencillez cristalina de una Palabra que se nos de sin discusiones ni complicaciones. Como decía Teresita: “Para almas pequeñitas, nada de métodos muy, muy complicados. Les dejo un caminito de confianza y amor”.

Por eso, la señal de que algo es del Espíritu -y no del maligno que se disfraza de ángel de luz- se puede discernir tomando el agua como clave. Si algo es del Espíritu la pueden recibir, compartir, beber y asimilar todos, como el agua. 

Si tiene que ver con la misericordia, que es la sed básica e imprescindible para la vida, toda persona la puede beber en la cantidad que necesite y desee, todos los días, sin límites, sin condiciones. Por eso, como insiste el Papa, el bautismo no se le niega a nadie. 

Si es algo que tiene que ver con la fraternidad, que es la sed compartible, uno se puede sentar a la mesa a beber con todos: toda persona es hermana. 

Si es algo que tiene que ver con la justicia, que es la sed diversa, como el Espíritu le da a cada uno lo suyo en el momento oportuno, todos debemos estar atentos a no suprimir esta diversidad, a respetarla, a respetar los tiempos y modos de cada uno. 

…..

Están los que invierten la lógica del agua, la lógica bautismal y alimenticia o sediticia: ponen tantas condiciones, que hacen que la persona al ver lo que tendrá que cumplir apenas “salga del agua bautismal”, no se anime a tirarse a la pileta. Los que exigen así es porque no confían en que el gusto del agua fresca y pura, la limpieza que brinda y la plenitud de recibir la Gracia y la vida del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, irán haciendo que la persona misma vaya “convirtiendo” su futuro y sus aspectos más egoístas, por decirlo así. Pero para ello tiene que poder experimentar primero la dicha sobreabundante del perdón y de la gracia santificante! 

Algunos siguen la lógica de no regalar nada que el otro no pueda luego pagar, la lógica de limpiar solo a los limpios, la de alimentar solo a los puros, la lógica de “te perdono el pasado si me asegurás que no pecarás más en el futuro”. Convierten en condición previa lo que el Señor da como consejo para adelante: el “de ahora en adelante no peques más” lo convierten en condición previa. Dan vuelta todo. En definitiva: te niegan el agua! Convierten el Agua del Espíritu en agua de Evián o de kona nigari.

Una formulación que usan es decir, por ejemplo, que la Iglesia no tiene que hablar de política sino de teología. Entienden que hablar de agua común es política y cuando dicen teología están pensando en el agua de kona nigari, como si el Espíritu fuera embotellable y estuviera al alcance solo de los ricos de espíritu.

No es así: el Espíritu es Agua común, agua viva para todos los que tienen sed de Jesús y de su Evangelio. 

Diego Fares sj

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Después que Judas salió, Jesús dijo: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconoceránque ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 31-35).

Contemplación

Así como Yo… les decía Jesús a sus discípulos. Así como Yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. Aquí ni Tomás se hubiera animado a preguntar “Señor: y cómo nos has amado”. Porque lo sabían bien. Si por algo lo seguían, si por algo habían dejado todo, sus barcas, sus casas, sus trabajos, sus familias, era por estar cerca de ese amor. Algo habían experimentado que los hacía querer recibir ese amor en cada momento del día. El de Jesús no era un amor para llevarse a casa sino para irse tras Él y quedarse con Él. Si el Señor llevaba su amor a la casa de ellos, como cuando le dijo a Mateo que lo siguiera y fue a su casa, iban por ese amor a su propia casa. Y si el Señor se llevaba su amor a otros pueblos, que eran de esos “otros rebaños” que Él decía que también eran suyos, iban a evangelizar a esos otros pueblos. Donde fuera Jesús con su amor, ellos iban. Porque lo que habían sentido de una manera inexplicable solo con palabras, les produjo una atracción infinita, era un imán que los tenía gravitando como planetas alrededor del Amor de Jesús de Nazaret. 

Pero nosotros tenemos que preguntar. No a Jesús sino a ellos, los testigos, los apostóles de ese amor. Juan es quien mejor lo expresa. Por algo lo llamaban “el discípulo que el Señor amaba”. 

Así que podemos hacer como si le preguntáramos: Cómo era el Amor de Jesús?

Y quizás, recordando cómo lo conocieron, lo primero que nos diría es que…: 

“Era un amor fácil de seguir. Cuando el otro Juan nos señaló a Jesús, nos dijo “Ese es el Cordero”, “Ese es el Siervo de Yave” (Cordero en nuestra lengua suena como Siervo), nosotros recordamos a Isaías que hablaba del Mesías como uncordero manso, como un hombre de dolores inocente, justo, fiel, que no se opone, ni combate, ni se enfrenta con sus carniceros. Pero aquella tarde en que lo seguimos, de lo que me di cuenta es de que Jesús era una Persona fácil de seguir. Se dio vuelta y al ver que lo seguíamos nos preguntó qué buscábamos y le dijimos “donde vives” y Él: vengan y vean. Eso fue todo. Nos quedamos toda la tarde y lo que experimentamos ahí es lo que cuento en mis cartas y en mi evangelio.

 Lo segundo que digo en mi carta es que su amor era vida. Vida en el sentido de vida, vida común, cotidiana, un amor vivible, quiero decir. Porque después vinieron muchos que hicieron del amor del Señor algo invivible. Una cosa tan sublime -les parecerá a ellos-, tan perfecta -si es que eso es perfección- que terminó siendo lo contrario del amor: algo para mirar de lejos pero no para vivir todos los días. 

No era para nada así. El amor de Jesús era un amor vivible y perfectamente comprensible para todos, como es la vida que la vivimos todos, no solo los cultos ni los perfectos. La vida la vive cada uno y a su manera, porque no hay “vida en general” sino la mía y la tuya y la nuestra. Por eso digo que “La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio” (1 Jn 1, 2). Eso experimentamos viviendo con Él: que su amor era vida y que se nos mostraba -vengan y vean-. La vimos, la oímos, la tocamos con nuestras manos. 

Aquí viene lo tercero que diría de su amor: El amor de Jesús era un amor que se podía tocar con las manos. Por eso no nos sorprendió cuando tomó el pan y nos dijo que era su Cuerpo. Lo mismo que cuando le dijo a Tomás que tocara sus manos y metiera su mano en la herida de su costado. El amor de Jesús era como un pan, que se puede tomar con las manos y partirlo y llevárselo a la boca; era como una herida que se lava y se tocan sus bordes y se venda para que sane. 

Un amor fácil de seguir, un amor como la vida cotidiana, que se puede ver y oír y tocar.

Estas características son bien de carne, y se pueden resumir diciendo que el amor de Jesús era un amor encarnado, era su amor a personas concretas que se cruzaban en su vida en medio de situaciones bien concretas, no era un amor de manual, como si pudiera haber algo así. 

En quinto lugar puedo decir que el amor de Jesús era un amor luminoso. Su modo de hablar, su modo de relacionarse con todos, tenía luz, iluminaba, te hacía comprender las cosas, era transparente. El amor es así, lo que el que te ama hace es lo que siente por dentro, hay armonía y eso se siente, se percibe, y en Jesús esto se daba siempre y abundantemente, por eso digo que era Luz. 

Pero la palabra que más me viene es la de “hermano”. Y esto sería lo último que diría (sabiendo que se podrían llenar todos los libros del mundo hablando del amor de Jesús, pero más que llenar libros, de lo que se trata es de que cada se contagie y escriba el suyo, contando -con su vida- cómo es el amor de Jesús para él!). 

En sexto lugar digo que el amor de Jesús era un amor de hermano. De hermano en el sentido de que “hermanaba”. Creaba como un puente directo al Padre y entre nosotros. Esa es la palabra. Lo mismo con nuestra Madre. El amor de Jesús nos regala a su Madre que -inmediatamente, con la frescura de su presencia, con su fragancia- nos hermana. Por eso si me preguntan qué elegiría de entre todo lo que puedo decir, que no tiene límite, para acercarles cómo era el amor de Jesús, digo que era un amor de hermano. Un amor que hermana con los demás y con todo. 

San Francisco fue después el que mejor comprendió esto. Y por eso la gente sentía que se les hermanaba. Y no solo la gente, sino todas las creaturas, los pájaros, las cosas, hasta los peces y el lobo. Jesús se nos hermanó, nos hizo sentir hijos del mismo Padre, nuestro Abba del Cielo y de la tierra, y hermanos entre nosotros. Por eso siempre que escribo cuento las cosas como uno se las cuenta a sus hermanos. Porque sabe que cuando un hermano vive algo lindo y lo comparte, los otros sienten un gozo completo, como digo: Les escribimos esto para que estén en comunión con nosotros y nuestro gozo sea completo. 

Amense entre ustedes como Yo los he amado. Yo los amé, diría Jesús, de muchas maneras, pero en todas ellas los amé como un hermano. En la vida familiar, la relación de “hermandad” viene al último, a partir de que nace el segundo hermanito. Primero están las otras: las relaciones de pareja, de maternidad/paternidad y de filiación. Pero cuando nace el segundo, como me dijo una mamá citando a otra (autora anónima): “El ‘segundo’ corrobora lo que ya sospechábamos (a pesar del inmenso miedo)… que es posible enamorarse de otro hijo, con la misma pasión e intensidad”. 

Nada mejor para poner en labios de Jesús y que nos explique cómo es que “su” Padre, el que lo llama “mi hijo amado, mi predilecto”, puede amarnos también a nosotros. Somos “el segundo y muchos más” y Él nos ama “con la misma pasión e intensidad” con que ama a Jesús. Como esa madre a su segundo hijito.

Ninguna otra expresión mejor para poner en labios de Jesús y que nos explique cómo es que pudo dejarnos a su Madre. Estaba Él en la cruz y el desgarro de Ella era inimaginable, y sin embargo, pudo amar a Juan (y en Juan a todos sus otros hijos) con el mismo amor y la misma intensidad como una madre ama a su segundo hijo. 

La relación de hermandad y de fraternidad completa las demás y las “saca afuera”, las expande, las potencia, sin que dejar que se vuelvan abstractas. Como dice el Papa Francisco: la hermandad permite que los iguales sean diversos: incluye totalmente respetando las diferencias. Dejarlo a Jesús que se me hermane, es dejarlo que sea como Él es. Esto solo lo puede hacer el Espíritu. Y cuando la hermandad nace del Espíritu, es un amor capaz de transformar todas las relaciones sociales. Por eso es que ayuda mucho rezar sintiendo y gustando el amor de Jesús como amor de Hermano.

Diego Fares sj

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            Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. En esto dijo Pedro: –Voy a pescar. Los otros dijeron: –Vamos contigo. Salieron juntos y subieron a una barca; pero aquella noche no lograron pescar nada. 

            Al hacerse claro el día Jesús estaba en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron […] El discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro: –¡Es el Señor!  Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua. […] Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan. […] Jesús les dijo: –Vengan a comer. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: «¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; y lo mismo hizo con los peces. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos.

            Después de comer, Jesús preguntó a Pedro: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Pedro le contestó: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis corderos. Jesús volvió a preguntarle: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro respondió: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: –Pastorea mis ovejas. Por tercera vez insistió Jesús: –Simón, hijo de Juan, ¿me quieres como Amigo? Pedro se entristeció, porque Jesús le había preguntado por tercera vez si lo quería, y le respondió: –Señor, Tú todo lo sabes, Tú conoces que te quiero. Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis ovejas. […] Después añadió: –Sígueme” (Jn 21,1-19).

Contemplación

            Tres escenas de amistad para que queden en nuestras pupilas y les acerquemos otras nuestras, de amistad en el Señor. 

            La primera imagen es la de los apóstoles que salen juntos a pescar: “Vamos contigo”. Para mí, hoy, es la frase de Gabriel Longueville le dice a su compañero más joven, Carlos Murias, en la casa de las monjas, cuando el grupo que se identificó como de la policía dijo que lo buscaban sólo a él: “Voy con vos. No te dejo solo”.

            La segunda imagen es la de Jesús a la orilla del lago haciéndoles “de cocinero”. Esta expresión es de un gran amigo, el padre Alfonso Villalba sj. Lo conocimos en Ecuador, cuando fuimos “de misioneros” a trabajar en el Colegio Javier, como maestrillos, allá por el año 1982. Villalba había sido un hombre de gobierno en la Compañía -provincial y superior-, pero ya estaba medio jubilado, en un Ecuador con pocas vocaciones. Se ocupaba de las cuentas del Colegio y tenía algunas clases de sicología. El decía que era como que ya había “cerrado” con la vida y con la llegada de los jóvenes argentinos revivió. Estaba encantado con nuestros cuentos de la Argentina y de lo que hacía Bergoglio con la formación. Cómo se le había ocurrido mandarnos a Ecuador, a Japón… Recuerdo que las clases terminaban tipo a la una de la tarde y llegábamos a comer casi a las dos. Los otros padres ya se habían ido a dormir una siestita antes de retomar la tarea, pero él nos esperaba. Mientras comíamos, se fumaba su cigarrillo… y nos hacía charlar del día. Nos hacía “de cocinero”, como diría después en los Ejercicios que Bergoglio le invitó a dar a nuestra Provincia Argentina en 1985, (y en medio de los cuales se fue para Alemania, ya que terminaba como Rector del Máximo e iniciaba ese camino por el que el Señor lo trajo a Roma). Recordando esos tiempos veía que fue el último “gesto” de Bergoglio, traernos a Villalba a dar los Ejercicios Espirituales. Y él al darnos esta meditación al finalizar los Ejercicios, usó esa imagen, la de un Jesús que nos hace de cocineros a sus amigos cada vez que nos prepara la Eucaristía. Siempre me quedó eso a la hora de ir a Misa: la de sentir que Jesús nos espera en la orilla del día, con el fuego prendido y el pan calentito de la Eucaristía

            La tercera imagen es la del diálogo entre Jesús y Pedro. La comenta así nuestro Papa Francisco en su exhortación apostólica: “En el diálogo del Señor resucitado con su amigo Simón Pedro la gran pregunta era: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn21,16). Es decir: ¿Me quieres como amigo? La misión que recibe Pedro de cuidar a sus ovejas y corderos estará siempre en conexión con este amor gratuito, con este amor de amistad”. “Lo fundamental (en nuestra vida) -dice el Papa- es discernir y descubrir que lo que quiere Jesús de cada joven (de cada persona) es ante todo su amistad. Ese es el discernimiento fundamental”.  Y agrega: “Y si fuera necesario un ejemplo contrario, recordemos el encuentro-desencuentro del Señor con el joven rico, que nos dice claramente que lo que este joven no percibió fue la mirada amorosa del Señor. Se fue entristecido, después de haber seguido un buen impulso, porque no pudo sacar la vista de las muchas cosas que poseía (cf. Mt19,22). Él se perdió la oportunidad de lo que seguramente podría haber sido una gran amistad. Y nosotros nos quedamos sin saber lo que podría haber sido para nosotros, lo que podría haber hecho para la humanidad, ese joven único al que Jesús miró con amor y le tendió la mano” (CV 250-251).

Porque la amistad con Jesús es apostólica, inclusiva, abierta, convocante: “Con el mismo amor que Él derrama en nosotros podemos amarlo, llevando su amor a los demás, con la esperanza de que también ellos encontrarán su puesto en la comunidad de amistad fundada por Jesucristo” (CV 153). 

La amistad es “voy con vos”, “Vamos juntos”.

La amistad es “hacernos de cocineros”.

La amistad es “apacentar a los corderos del Señor”, a sus pequeñitos; cuidar los hijos de los amigos, recibir a los amigos de los amigos… 

Compañía, comunión, pastoreo. Son cosas de amistad, que Jesús vivió con los suyos y que nos invita a que las hagamos extensivas a todos. 

Sin la amistad las bienaventuranzas se convierten en otra cosa, no se entiende qué quiere decir “felices los pobres” si no son “pobres con los que somos amigos y que son amigos entre sí”. Sin la amistad pasan a ser “los pobres que están allá, a los que vamos con alguna obra de misericordia, con algún paquete de yerba o arroz y un pullover o los visitamos en el hospital. Personas a las que no terminamos de conocer bien ni su nombre ni su apellido, y con quienes no encontramos tema para charlar. En cambio, qué distinto cuando nos hacemos amigos! Entonces sí, felices ellos y felices nosotros. 

Y lo mismo con las otras bienaventuranzas. No se llora de verdad si uno no es amigo. Y si uno es amigo, es feliz cuando llora con un amigo que perdió a un ser querido. Somos felices cuando nuestros amigos lloran con nosotros, sin necesidad de hablar.

O la bienaventuranza de los perseguidos. Qué sentido tiene tiene ser perseguido por practicar la justicia o por hacer las cosas en Nombre de Jesús, si uno no tiene amigos con quien compartirlo? 

Los que discuten si los mártires son mártires o no basándose en si murieron por un accidente o por un garrotazo en la cabeza, o en si murieron o no por odio a la fe (como si fuera distinguible del odio a la caridad para con los más injustamente tratados!), no ven que el martirio no se define por el odio del enemigo sino por el amor de los amigos. El martirio es testimonio de amistad con Jesús y con los hombres. Por eso el mártir muere perdonando, como se perdona a un amigo que, si nos hiere o nos traiciona, uno piensa que “no sabe lo que hace”, y si fue verdadero amigo, uno ya está esperando el día en que se le abrirán los ojos y nos pedirá perdón, aunque sea en el interior de su corazón. 

Si no es en clave de amistad, no se entiende el cristianismo. Peor aún, si se lo vive en otra clave, termina siendo hasta contraproducente. Una especie de monstruosidad en la que algunos terminan insultando a otros cristianos por internet por “defender” la verdadera fe!!! Puede haber algo más alejado del cristianismo -del dar la vida al descampado yendo a cuidar a otros por amor- que teclear con bronca cuestionamientos abstractos frente a una pantallita de celular? Pero ya lo profetizaba el Señor:”viene la hora cuando cualquiera que los mate pensará que así rinde un servicio a Dios” (Jn 16, 2). Si uno toma en serio esas palabras del Señor debe estar muy pero muy atento cada vez que “mata a otro”, aunque sea sólo con odio virtual, sólo con pensamientos y palabras. Porque por ahí está haciendo un servicio a Dios que nadie -y menos Dios- le pide.


Sin la amistad las mismas obras de misericordia se endurecen. Qué sentido tiene “dar de comer al hambriento” si uno no se hace amigo de esa persona? Digo amigo en las mil formas y grados que asume la amistad, en cuanto actitud abierta y ofrecida al otro en el tiempo con que se cuenta y en el modo posible que da la realidad. Hay gestos de amistad que duran un instante, que son solo un gesto de saludo a lo lejos, un cruce de mirada agradecida que reconoce al otro, una sonrisa dada amablemente al pasar… Y hay amistades que duran toda la vida y se cultivan y edifican como si fueran una casa y hasta una ciudad. 

Si uno no se hace amigo, si no condimenta el gesto de misericordia con algo de amistad, puede que la misma misericordia hiera la dignidad del misericordiado.

Y ni qué decir de los que sirviendo en obras de misericordia a los pobres pelean entre sí, entre colaboradores!!! Pelean por los puestos en la organización, por las funciones y roles, por el manejo del dinero, por espacios de poder, por ideas -dicen- más sensatas o más prácticas o más ortodoxas… La realidad es que es gente que no se hizo amiga entre sí, que se metió a servir para llenar alguna carencia, por lavar alguna culpa o para sentirse bueno y útil y, al olvidarse de cultivar la amistad, termina amargada y amargando la vida a todos. 

Sin la amistad, en qué se convierte la oración? En un deber que, como nadie exige externamente, termina siendo solo objeto de una culpa interna: me siento culpable de rezar poco… Acaso dice eso uno de su relación con un amigo -me siento en culpa por hablarle poco- sin agarrar inmediatamente el teléfono y llamarlo? La amistad es lo único más rápido que la culpa. Apenas uno siente que le faltó a un amigo ya está pensando creativamente cómo subsanar la falta. 

Si falta la amistad, la oración se enreda en círculos viciosos de todo tipo -autorreferenciales culposos o deberosos-.  Y si se recupera la amistad, la oración entra en círculos virtuosos de todo tipo, y fácilmente uno encuentra siempre tiempo y modo para rezar.

Termino con una frase de Francisco, que nos habla de esta vida que nuestro Amigo nos ofrece: “Porque la vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. Esa vida no es una salvación colgada “en la nube” esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que aprender la última novedad. La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse» (CV 252). Dejemos que arraigue en nosotros esta su Amistad!

 Diego Fares sj

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Jesús se fue al monte de los Olivos. Por la mañana temprano volvió al templo y toda la gente se reunió en torno a él. Se sentó y les enseñaba. En esto, los maestros de la ley y los fariseos se presentaron con una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La pusieron en medio de todos y preguntaron a Jesús:

– Maestro, esta mujer ha sido sorprendida cometiendo adulterio. En la ley de Moisés se manda que tales mujeres sean apedreadas. ¿Tú qué dices?

Esto lo decían tentándolo, para tener de qué acusarlo.

Pero Jesús inclinándose hacia el suelo escribía con el dedo en la tierra. 

Y como ellos persistían con la pregunta, se levantó y les dijo:

– El que esté sin pecado de ustedes, que sea el primero en tirarle a ella una piedra.

 E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.

Al oír esto uno por uno empezaron a retirarse, comenzando por los más viejos, y permaneció sólo, con la mujer allí en medio, parada.

Levantando la cabeza Jesús le dijo:

– Mujer ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?

Ella dijo:

– Ninguno, Señor.

 Dijo entonces Jesús:

– Yo tampoco te condeno. 

Anda y de ahora en adelante ya no peques más (Jn 8, 1-11).

Contemplación 

“A partir de ahora” (apo to nun) es una de las frases más hermosas pronunciadas por los labios de Jesús. De ahora en adelante, de ahora en más… Es lo que les dice a Simón Pedro y a sus compañeros luego de la pesca milagrosa, cuando Pedro le había dicho, cayendo de rodillas, “alejate de mí Señor, que soy un pecador”. No temas, le dijo Jesús, “a partir de ahora serás pescador de hombres” (Lc 5, 10). Es una de esas frases que cuando solo las pronunciamos nosotros muchas veces es solo una expresión de deseos, como cuando uno dice “a partir de ahora no fumo más” o hace alguna promesa. En la vida de algunas personas, de gran convicción y con la fuerza de voluntad que da una causa grande, es posible visualizar el momento a partir del cual cambió su vida”, el momento de su conversión. Todos sentimos agitarse dentro nuestro este deseo de un tiempo nuevo, esta esperanza de que todo sea distinto a partir de un hecho significativo en nuestra vida. Pero la realidad suele mostrarnos que las cosas no son tan así, que en nuestro camino damos pasos adelante pero también hay retrocesos. Y si bien miramos siempre para adelante, al mismo tiempo miramos también las circunstancias presentes y, a medida que pasan los años, tiene más peso la mirada atrás, a lo que en realidad fuimos.

No hace falta abundar en ejemplos. Cada uno puede hacer sus propias cuentas y ver cuántas veces dijo “a partir de ahora” haré, seré, dejaré, comenzaré… y qué frutos dio ese deseo de cambio.

Pero hay algo más en torno a esta frase, lo interesante es escucharla en labios de Jesús y dejar que adquiera su verdadera dimensión. El Señor no es un iluso, conoce nuestras idas y venidas, nuestros entusiasmos y nuestras traiciones. Y sin embargo, pronuncia esa frase con mucha seguridad. Se la dice a la mujer sorprendida en adulterio, se la dice a los pescadores… 

  En Cristo Vive, el Papa Francisco toca este tema hablando a los que acompañan a otros en un camino espiritual cuando se trata de discernir y elegir la propia vocación. Él hace notar que para acompañar a otro se requiere una sensibilidad especial. O más bien “tres tipos de atención”. Y una de ellas es la sensibilidad para captar “los impulsos que el otro experimenta “hacia adelante”. Es la escucha profunda de “hacia dónde quiere ir verdaderamente el otro” (CV 294). Y agrega Francisco: “es la atención a la intención última, que es la que en definitiva decide la vida, porque existe Alguien como Jesús que entiende y valora esta intención última del corazón” (Ibíd.).

Me “pega” (en italiano se dice “mi colpisce” que el Papa diga: “porque existe Alguien como Jesús”. Es decir: los deseos “hacia adelante”, los deseos “a partir de ahora” arraigan y adquieren consistencia no en nosotros sino en otra tierra: en la tierra del Corazón del Señor. Si no existe Alguien como Él, estos deseos son para poner entre paréntesis. Pero si “Cristo Vive”, si existe -y gracias a Dios que nos lo envió y nos lo resucitó y junto con Él nos envió el Espíritu que da testimonio de que Jesús es el Señor de nuestra vida práctica, la real, la de hoy y “a partir de hoy”- este deseo es lo más valioso y concreto que cada uno de nosotros tiene en sus manos cada día. El punto es “enraizarlo” en Otro: es un deseo para ofrecérselo a Jesús y pedirle que Él lo cuide. Es decir: en el momento en que uno siente esta novedad dentro suyo, en el momento en que surge el pensamiento “y si a partir de ahora cambio… (tal cosa)”, antes de que venga el “desilusionador”, el mal espíritu, y diga “ni lo pienses, que ya sabés cómo terminan estas fantasías tuyas”, antes de eso, digo, hay que presentárselo inmediatamente a Jesús. El es el custodio de nuestros “a partir de ahora”, de nuestros “a partir de mañana” como cantaba el querido Alberto Cortez que falleció en estos días, en esa canción tan linda, tan de buen espíritu. 

Jesús “está siempre dispuesto a ayudar a cada uno para que reconozca (la real posibilidad de este anhelo último del corazón) y para ello le basta que alguien le diga: “¡Señor, sálvame! ¡Ten misericordia de mí!” (Ibíd.).

 Paradójicamente, los que mejor perciben y aferran como algo real esta posibilidad de ser distintos “a partir de un momento” son los que más han “fracasado” -digamos así- en su pasado, no los que van llevando la vida con sus más y sus menos. En términos absolutos es lo que quiere decir el Señor cuando dice que no traga a los tibios, que prefiere a los fríos o a los calientes. La capacidad de jugarse todo en un momento tiene que ver con el habérselo jugado, con el no tener nada que perder y con el tener todo por ganar.

Nadie mejor que la mujer, del evangelio, que ha sido salvada de una condena a muerte (y de la condena de su propia conciencia, porque el adulterio es pecado de traición a la propia promesa, no solo al otro), puede comprender mejor lo que significa la oportunidad de poder “mirar para adelante”. 

Atrás todo es degradación, culpa, tristeza… Pero gracias a que existe Alguien como Jesús, es posible dejar atrás el pasado y correr hacia adelante, vivir de otra manera. Este es el regalo más grande del perdón: no lo que obra “hacia atrás” sino que permite vivir de nuevo “hacia adelante”. Y el Papa dice que para poder vivir bien el momento presente, lo pequeño de hoy, para poder caminar dando pasos adelante, es necesario estar reconciliados con nuestro pasado. 

San Ignacio nos proporciona un instrumento precioso para poder vivir de manera real y cotidiana nuestra conexión con este “a partir de ahora confiado a Jesús”: el examen de conciencia, le llama él. Es algo que recomienda mucho Francisco, tanto en Gaudete et exsultate como en la última exhortación a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios –Cristo Vive-. Se pueden encontrar fácilmente los textos y lo que destaco es que se trata de un examen “para adelante” no “para atrás”. Lo que hay que contemplar y discernir cada día (o cada medio día, como recomendaba Ignacio, alzando la mente por unos minutos para mirar cómo está mi corazón) es este “impulso hacia adelante”. Qué gracias, qué deseos me dio el Espíritu para descubrir y seguir la novedad que Dios tiene para mí en este día? Por ahí va la pregunta que uno se puede hacer en esta reflexión sobre su día. Es una reflexión sobre la novedad que Jesús me propone: de ahora en adelante… serás pescador de hombres, de ahora en adelante no busques más tus intereses sino los de los demás, los de Cristo…

Diego Fares sj

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Jesús lleno del Espíritu Santo volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto, adonde estuvo cuarenta días, y era tentado por el diablo. En todos esos días no comió nada, y acabados ellos sintió hambre.

Le dijo entonces el diablo: –Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.

Jesús le respondió: –Está escrito: No sólo de pan vivirá el hombre.

Y lo elevó a un lugar alto y le mostró en un instante de tiempo todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: – A ti te daré el poder de esta totalidad (de reinos) y la gloria de ellos, porque a mí me lo han dado y se lo doy a quien quiero. Si tú te postras en adoración ante mí, será tuyo todo.

Jesús respondió: – Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él servirás dándole culto.

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en el pináculo del templo y le dijo: –Si eres Hijo de Dios, tírate abajo desde aquí; porque está escrito: ‘Dará órdenes a sus ángeles para que te guarden’; y también: ‘te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna’.

Jesús respondiéndole le dijo: –Está escrito: No tentarás al Señor tu Dios.

Y habiendo llevado hasta lo último todo género de tentación, el diablo se retiró de él hasta otro tiempo oportuno (Lc 4, 1-13).

Contemplación

La tentación del mal espíritu siempre tiene una trampa, alguna falacia o “verdad falsa”. Y el Señor nos enseña a discernirla, es decir a rechazarla, a no caer en ella.

Jesús habla con la Escritura, este es un primer detalle. Nos enseña a responder al mal espíritu no con palabras nuestras, sino con la doctrina, con la Palabra de Dios. Porque el diablo es astuto para enredarnos con las palabras cuando entramos en diálgo con él, es experto en confundir: en mentir, acusar, seducir y dividir. Lo vemos en el proceso de las tentaciones al Señor, vemos cómo aprende y en la última, en la que lo quiere seducir para se tire de la altura del Templo, usa la misma Escritura, el pasaje que dice que Dios “dará órdenes a sus ángeles para que te guarden”, y la refuerza con otro pasje que dice: “te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna”. Pero vayamos por orden.

En la primera tentación, nos fijamos no tanto en los objetos -la piedra y el pan- sino en que el demonio le quiere “hacer decir algo” a Jesús: “dile a esta piedra que se convierta en pan”. El maligno -que no ve nuestro interior pero sí lo deduce por la cara que tenemos y los gestos que hacemos- ha visto que Jesús tiene hambre, que está débil y demacrado por tantos días de ayuno. Se le acerca como dando por supuesto que sabe lo que siente, aunque no lo sepa en realidad, y se le mete en la fuente de las palabras, allí donde la necesidad o el deseo nos hacen “decir cosas”. Si nos fijamos, el Centurión le dirá luego la misma frase al Señor: “Dí una palabra y mi servidor se sanará” (Lc 7,7). Pero la dice con otra intención, humildemente, como nosotros antes de comulgar: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero dí una sola palabra y mi alma quedará sana”.

El Señor no dice lo que el mal espíritu le sugiere, no le habla a la piedra, sino que le responde a él, y  elige una palabra más amplia de la Escritura, una que enmarca mejor su deseo de alimento. Es verdad lo que el maligno da por supuesto, que Jesús tiene hambre. Es verdad también que su Palabra tiene poder para transformar la realidad, pero el Señor elige una frase que dice: “No solo de pan vivirá el hombre” -y que continúa afirmando- “sino de toda Palabra que sale de la boca del Señor”. La Palabra es alimento, no solo es instrumento para lograr lo que queremos.

Podemos sacar provecho para discernir entre palabras y Palabras. Hay un lenguaje que está al servicio de los deseos ocultos del que habla (de nosotros mismos y de los demás) y otro lenguaje que es distinto, es una Palabra alimento, una Palabra que se nos regala para sentir y gustar, como dice Ignacio, en Ella el amor y la Persona misma de quien nos habla. Una Palabra que es Pan de vida, que es Lámpara para nuestros pasos, Palabra viva, que calma la sed y alimenta el alma.

Hoy en día, el enemigo de la gente, nos distrae haciendo parecer que nos tienta con cosas, con objetos de consumo, con imágenes placenteras, con riquezas y vanidades…, pero esto es lo de afuera. En el fondo nos tienta en “lo que decimos”, tienta la Palabra en nuestra boca. Nos hace decir cosas siguiendo nuestros impulsos más primarios, lo que se nos ocurre, lo primero que nos viene. Las redes sociales están llenas de estas palabras fruto de impulsos y sabemos que, como dice el proverbio chino: “cuando estás airado, mejor no escribas cartas (y menos mandes un twett)”. Contra esta tentación de “decir” cosas, como si diciéndolas la realidad cambiara, el Señor nos enseña la mansedumbre de callar y de alimentar nuestra alma con la Palabra verdadera en nuestra oración de cada día. No solo de decir cualquier cosa vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.

En la segunda tentación, el diablo apunta no a las palabras sino a los gestos. Todo el despliegue de mostrarle en un instante de tiempo todos los reinos de este mundo en su esplendor y gloria -imaginemos los desfiles militares y los fuegos artificiales de fin de año de las grandes ciudades que le habrá mostrado como en un video clipo de dos minutos- apunta a un pequeño gesto: hacer que el Señor se arrodille, que se postre en adoración ante él.

El demonio, como dijimos, no tiene acceso a nuestro interior, por eso actúa sobre lo externo: nos quiere hacer decir cosas, nos quiere hacer hacer cosas. Aquí lo que pretende es que Jesús hinque una rodilla en tierra, que haga una genuflexión.

A veces basta un gesto y no hace falta arrodillarse. Una agachada a veces es cerrar la boca, asentir bajando la cabeza, dejar pasar una frase, agarrar un sobre, levantar la mano para votar (o abstenerse), dar un click. Uno sabe cuando “le hicieron hacer algo y lo hizo”. Arrodillarse es arrodillar el alma, someter la voluntad, consentir. Y uno sabe cuando consintió, cuando no se dejó comprar. Hoy hay muchas maneras de hacer socialmente aceptable estas agachadas ante el poder. Muchas veces con la excusa de tener poder para hacer el bien. Y aquí es donde está la tentación. El gesto lo dice todo: agacharse para tener poder. Detrás siempre está Satanás. Que es mal pagador. En el momento paga, pero después te lo cobra todo, y con intereses.

El Señor nos enseña que hay gestos que solo se hacen ante Dios nuestro Señor: “Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él servirás dándole culto”. No importa si nadie lo ve. El gesto de agacharse -de asentir-  implica reconocimiento personal e incide profundamente en nuestro ser. Es un gesto que nos totaliza y nos agarra enteros y nos pone en manos de otra voluntad. Por eso es tan grave, aunque no se vea. Esta tentación es de otro orden que la de convertir las piedras en pan. Seguir nuestros deseos es un amor egoísta, pero amor al fin. Es un amor que busca el propio bien de manera instintiva y superficial Pero como es deseo de un bien, cuando el pecador se encuentra con su Bien verdadero, lo sigue fácilmente, como lo seguían los pecadores y las pecadoras a Jesús. En cambio esto de “arrodillarse ante el demonio para tener poder” es otra cosa. Es vender la dignidad, es someterse a la voluntad de otro que hará con ella lo que quiera y habrá contado con nuestro asentimiento total. No se puede dar el propio voto para que otro decida lo que él quiera. Si lo decide, que lo haga, pero no con mi voto.

Para sacar provecho de esta enseñanza del Señor, encarnándola en nuestra situación actual, diría que además de la tentación obvia de “vender el alma al diablo por lograr poder”, hay una tentación más sutil todavía que es la de “no arrodillarse ante Dios para adorar ni ante el próimo para servir”. El demonio también nos tienta de no arrodillarnos explícitamente ante el Señor, nos tienta de no adorar. Adorar es tan básico y vital al espíritu como el aire al cuerpo. Y no adorar enferma el alma, crea un vacío existencial, un malestar y una angustia que debería ser fácil de diagnosticar. Tantas veces nos haría bien que alguien nos dijera, por qué no vas y te postrás un rato, con la frente en el suelo, y adorás a tu creador diciendo que no sos nada, que sos tierra, que no sabés nada ni podés nada ni poseés nada y que agradecés y reconocés que Él es todo, sabe todo y puede todo y te ponés en sus manos porque sos su hijo, su creatura y Él es tu Padre y tu creador. La adoración cura esa enfermedad del espíritu, ese el vacío existencial que nadie sino Dios puede llenar.

En la tercera tentación, como decíamos, nos fijamos en cómo el demonio aprendió (él aprende a ser más sutil y nosotros también podemos aprender de sus tentaciones si usamos las reglas de discernimiento y nos confrontamos con nuestro padre o nuestra madre espiritual (o director/a o compañera/o). El mal espíritu aprende y usa la misma Escritura (y doble) para tentar al Señor.

No hay que menospreciar esta tentación “bajo especie de bien” que usa palabras de la Biblia y la tradición. Si el Señor, que es el mismísimo Verbo en Persona, padeció esta tentación no podemos pretender que a nosotros no nos pasará.

Tiene algo de “ingenuamente maligno” esta tentación. Todas tienen algo burdo, pero esta más. Tentar a Jesús con el hambre, es muy humano y quizás poco sutil. Tentarlo con el poder y pedirle que se arrodille ante el demonio, pareciera algo totalmente desubicado. Y esto de retorcerle las palabras de la Escritura para realizar un acto inconsciente de arrojo por pura vanidad, también tiene algo que no encaja. Sin embargo, el Señor también experimentó este género de tentación y nos enseña a vencerla.

Una lección que podemos sacar es que, vista desde afuera o en otro, la tentación es reconocible y siempre tiene algo de patético, pero en el momento en que la sufre uno, la cosa cambia, y muchas veces parece irresistible en el contexto en que se da. Por eso es bueno tenerlas discernidas y tipificadas tal como el evangelio nos narra que las enfrentó el Señor. Para que cuando se nos presenten a nosotros podamos oler de entrada de cual se trata. Si es que el demonio nos está queriendo “hacer decir” algo, o está queriendo que “hagamos algún gesto” que signifique someter nuestra dignidad… O si, en las mismas palabras de la Escritura que alguien dice, se esconde alguna intención dañada.

Una cosa me llamó la atención hoy al rezar con esta tentación: el lugar a donde el diablo lleva al Señor para decirle estas lindas frases de la Escritura: el techo del Templo. Me hacía pensar que quizás no hay que fijarse tanto en la sugestión de tirarse al vacío, como si fuera una mera tentación de espectacularidad.

Aunque no lo parezca, esta tentación es la más dañina de todas, porque usa mal la Palabra De Dios. Fijémonos que el demonio que no logró hacer arrodillar el Señor, ahora lo sube a lo alto del Templo. Y allí usa la palabra de Dios esperando, quizás, que el Señor entre a dialogar con Él. Pero Jesús no dialoga con el mal espíritu, sino que le responde lacónicamente: “No tentarás al Señor tu Dios”, y lo obliga a retirarse.

La tentación, más que tirarse es quedarse charlando de teología con el demonio en el techo del Templo.

El Templo es para adorar a Dios adentro, en medio de la asamblea, presidida por los ministros, en comunión con la Iglesia. No para subirse al techo y desde allí querer dar cátedra, como hace el demonio.

Para sacar provecho, diría simplemente que se trata de una tentación intraeclesial, no se da ni en el desierto ni en el monte, sino en el Templo.

Es además una tentación de elite, no trata de panes ni de poder sino de teología: es acerca de la interpretación de la doctrina.

Opongo solamente dos imágenes. Una, la de los falsos pastores que hablan como si estuvieran por encima de todo -sobre el techo del Templo, más aún: en el pináculo-; la otra, la de los verdaderos pastores, los que hablan dentro del templo, en medio de la asamblea sinodal, junto con todo el pueblo de Dios.

Esta tentación es de los pastores. Pero el pueblo de Dios debe saber discernir.

Diego Fares sj

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