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                                                            Trinidad de vida, Ana Graça Bessan

Jesús les habló de nuevo en parábolas diciendo: Lo que pasa con el reino de los cielos es semejante a lo que le pasó a un rey que preparó las bodas de su hijo; envió a sus servidores a llamar a los que habían sido invitados a las bodas y no quisieron venir. De nuevo envió otros servidores diciendo: ‘Digan a los invitados: mi banquete está preparado, mis toros y animales cebados han sido sacrificados y todo está a punto. Vengan a las bodas’. Pero ellos no haciendo caso se fueron, uno a su propio campo, otro a sus negocios y los demás, echando mano a los servidores los ultrajaron y los maltrataron. El rey se llenó de ira y enviando sus ejércitos, hizo perecer a aquellos homicidas e incendió su ciudad. Entonces dice a sus servidores: ‘Las bodas están listas, pero los invitados no eran dignos, vayan pues a los cruces de los caminos y a cuantos encuentren invítenlos a las bodas’. Y saliendo aquellos servidores a los caminos, reunieron a cuantos encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. Entrando el rey a ver a los que estaban a la mesa vio allí un hombre que no vestía el vestido de bodas y le dice: ‘Compañero,¿cómo entraste acá, no teniendo el vestido de bodas’? El no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: ‘Atenlo de pies y manos y arrójenlo a las tinieblas de allá afuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Porque muchos son los llamados pero pocos los elegidos” (Mt 22, 1-14).

Contemplación

En la parábola de hoy, lo que más me llama la atención es –no sé si esta es la palabra- la obstinación del rey con la celebración de las bodas de su hijo, con que todo salga bien.

Lo que depende de sólo de él y de sus servidores, sale impecable. Se puede ver en lo que manda a decir a los invitados: “Miren, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto”. Lo que depende de la libertad de los otros, se complica, y mucho.

Pero al contemplar hoy no siento deseo de poner el acento en los invitados, sino en el Rey al que por ahora llamo obstinado, aunque no sea la palabra justa.

Como en la parábola del Padre misericordioso, en la que las actitudes de los hijos sirven para comprender que debemos “ser perfectos en misericordia (y no en autorrealizarnos), como el Padre”, frente a todo endurecimiento del corazón, aquí me interesa más contemplar al Rey que a los invitados.

Los invitados representan todos los tipos de rechazo a la invitación a la fiesta, que es lo importante. Unos porque que están en otra cosa y no les interesa, otros porque, como bien lo demuestran sus actos de violencia, son malos y matan a los servidores, y el último, el que no se puso el vestido de fiesta y –lo que es más grave- ni siquiera se excusó ni dio muestras de arrepentimiento sino que se quedó callado, puede ser que represente a los que no se sabe por qué no se suman al esplendor de la fiesta, pero de hecho no se suman.

Los ejemplos sirven, pues, para ver la decisión del Rey, al que no lo detiene ni deprime ningún rechazo ni ningún obstáculo.

Él va adelante con la fiesta de bodas de su hijo y cuida que nada empañe la alegría de la celebración.

A los que mataron a sus servidores, los manda matar e incendia su ciudad. En el otro extremo, al que con su actitud puede poner una nota discordante en la fiesta, simplemente lo hecha sin dar muchas vueltas. Si nos parece excesivo, tengamos en cuenta que no se trata de una parábola de misericordia. Si fuera así, habría que compadecerse de este pobre tipo que se liga un reto que parece desmesurado (sin embargo, es común que, si entra un desubicado en una ceremonia, uno haga que lo saquen. En todo caso, se lo atiende en otra parte, pero no se puede permitir que arruine la entrada de los novios, por ejemplo). Aquí la cosa es más drástica, porque la fiesta es “la última” –son las bodas del Hijo con la humanidad-. Los pobres –buenos y malos- han sido invitados y vestidos de fiesta y no hay más tiempo ni lugares a dónde ir que no sean o en la Fiesta o afuera, donde hay llanto y rechinar de dientes.

Despejamos, pues, la cuestión de los invitados: de los que están en la suya, de los que están en contra y de los que son “ni”. Y tomamos nota de los que aceptaron la invitación y “llenaron la sala de bodas como comensales”. Estos se suman al deseo del Rey, que quiere que las bodas de su hijo sean algo especial y contribuyen con su presencia. Saben que son invitados “de tercera” (ni siquiera de segunda) y aceptan ponerse el vestido que les dan y que los “hace dignos” de estar en una fiesta real, en una fiesta así. Los otros mostraron, con sus actitudes, “que no eran dignos”. Ese fue el juicio categórico del Rey para calificar su rechazo. Estos, buenos y malos (Lucas agrega “pobres, lisiados, ciegos y tullidos”) son dignos, no porque tengan méritos propios, sino porque aceptan la invitación y el vestido y lo hacen de corazón. Es como cuando uno se da cuenta de que está en un lugar más alto del que le corresponde y trata de no desentonar para ayudar al dueño de casa a que su fiesta salga bien. No sabría describir bien un ejemplo, pero hay situaciones en las que se da cierta complicidad entre alguien muy poderoso y rico y alguien muy humilde y pobre. Quizás este tipo de situaciones sólo se de en una fiesta de bodas, en las que un detalle (como el que estaba mal vestido) puede amargar la fiesta y, por el contrario, hay muchos pequeños detalles de gente atentam que “salvan la fiesta”, que solucionan un problema como el de que “no haya lugares vacíos”, por ejemplo. Digo esto porque pienso que tampoco es que los invitados que se excusan fueran tan tan importantes. Seguro que en una fiesta así había muchos más invitados. Los de la propia familia, por comenzar. Y otros de otros reinos, ya que se trata de un rey. Estos más bien parecen los del propio reino y vienen a “llenar” la sala. Son un poco de relleno, digamos. Como para no darles mucha importancia… Y con esto llego por fin a lo que quería hacer, que era no darles mucha importancia, para poner la atención en el rey “obstinado”.             Esta “obstinación” en que todo salga perfecto, revela la actitud del rey frente a los obstáculos. Pero, una vez salvados y mejor aún relativizados, todos los rechazos y problemas, vemos que surge otra cosa: surge el hijo y su fiesta de bodas.

La Fiesta del Banquete de Bodas se hizo –se está celebrando- y salió -está saliendo- perfecta, gracias a muchos y pese a algunos. El rey entra en ella para ver cómo va todo y cuida de que nada arruine la alegría de la Fiesta (en Lucas le dicen que “todavía hay sitio” y él manda que “obliguen a entrar gente hasta que se llene la casa”). Lo importante es la Fiesta de bodas, lo importante es el hijo y su esposa, que seguramente será como dice el Salmo: “Toda espléndida, la hija del rey, va adentro, con vestidos recamados en oro; con sus brocados es lleva ante el rey” y “prendado estará el rey de su belleza” (Sal 45, 11-14).

La Fiesta es la Fiesta de Bodas del Cordero –que simboliza el establecimiento definitivo del Reino de los Cielos ya en nuestra historia- y por eso, como dice el libro del Apocalipsis: son “Bienaventurados los que están invitados a las Bodas del Cordero” (Ap 19, 9).

Es esta una Bienaventuranza muy especial. Porque están otras en las que la condición es algo en lo que está implicada la vulnerabilidad humana. Hago un paréntesis para recordar que el Papa afirmó que esta vulnerabilidad nos es “esencial”. En Cartagena, una niña discapacitada intelectual –Leda María- le dijo al Papa algo que lo emocionó mucho. Y el Papa le pidió que lo leyera de nuevo porque era importantísimo. Ella leyó pronunciando cuidadosamente cada palabra y levantando varias veces los ojos para conectarse con Francisco: “Queremos un mundo en el que la vulnerabilidad sea reconocida como esencial en lo humano. Que lejos de debilitarnos nos fortalece y dignifica. Un lugar de encuentro común que nos humaniza”. Pues bien, hay bienaventuranzas que bendicen nuestra vulnerabilidad: nuestra pobreza, nuestro llanto, nuestra paciencia, las persecuciones… Ésta en cambio es una bienaventuranza final y bendice nuestra capacidad de ser invitados por el Padre a la fiesta de bodas de su Hijo con la humanidad.

Uno tiene muchas cosas que trabajar y mejorar en su vida, pero es fundamental trabajar esta: la capacidad de ser invitado. Y hay que tener “el aceite en la lámpara” y “aceptar que a uno le pongan el vestido”. El Padre, como el Rey de la parábola, es –al igual que Jesús- fundamentalmente un “invitador”. Es decir: alguien que prepara y realiza cosas muy lindas y que invita a participar. Ni las hace para él solo ni obliga a nadie: invita. Pero invita insistentemente –con obstinación, diría- y no acepta que ningún rechazo arruine su fiesta. De última uno puede optar por quedarse o ser echado fuera. Aunque el “afuera” sea tenebroso y lleno de llantos, hay un afuera. Eso sí, no se puede pedir que el “afuera del amor” sea lindo o neutro.

Con esto hemos caracterizado al rey como una Persona que invita, como un Rey que recibe en su casa, que sienta invitados a su mesa y los atiende cuidadosamente. La palabra es buen anfitrión. Los sinónimos no dan –hospitalario, invitante, acogedor, hospedador-. Quizás es porque no hay tantos “reyes” y la actitud tenga que ver con alguien cuya condición sea real, en el sentido de que esté por encima de sus huéspedes y se note que recibirlos bien y atenderlos magníficamente se debe a su magnanimidad y no a los derechos de los otros. Algo de esta experiencia se da hoy cuando el Papa recibe a alguna persona humilde y la hace sentir especial. Me lo decía por whatsapp la mamá de un adolescente que salió de un coma profundo y que tuvo una invitación para ir a la audiencia de los miércoles: “No puedo creer estar aquí”. Y después, viendo las fotos, me decía que, en el momento, por la emoción, no se había dado cuenta de que Francisco había tenido todo el tiempo la mano sobre el hombro de su hijo…

………….

Y hablando de manos de padre, paso a Manos Abiertas, que este fin de semana festeja en el Encuentro Nacional, sus 25 años de vida. Estos encuentros, que en algún momento por el trabajo que implica organizarlos (y que siempre recae en los mismos animosos que no saben decir que no) alguno planteó espaciarlos de un modo más funcional y que otros insistimos en que, si se había dado como una gracia de esas que surgen por la acción espontánea y carismática que tanto le agrada al Espíritu Santo, lo mejor era alimentar la gracia y no restringirla, estos Encuentros, digo, gozan de esa bienaventuranza de la Fiesta: “Bienaventurados los que están invitados a las Fiestas de Manos Abiertas”, podemos bien decir.

Son encuentros en los que se dan todas las gracias y los frutos que el evangelio describe para el banquete que será el cielo: uno se reencuentra con gente amiga y descubre amigos que no sabía que tenía y que están en lo mismo; hay alegría, comida compartida, testimonios de vida, eucaristías lindas, proyectos y sueños, obras nuevas…

Todo gira en torno a los otros invitados –a los patroncitos y a las patroncitas- que en cada obra participan de este mismo espíritu. La condición de todos, eso que se le ha regalado a cada uno de los que formamos parte de Manos Abiertas, es la de “invitados”.

E “invitados de tercera”. Invitados para “invitar a otros” –pobres, lisiados, ciegos y tullidos, buenos y malos-, es decir “invitados servidores”.

Este espíritu de “sentirse invitado indigno” y “hecho digno”, vestido de fiesta, hace brillar que el único “Dueño de casa” es el Padre y que la Fiesta es para Jesús con su Esposa –la Iglesia pueblo de Dios que reúne a todos los pequeños de la tierra-.

Esta gracia de sentirse “invitado” –y no dueño- se cultiva con la memoria agradecida de quién era uno antes de que lo invitaran, en qué andaba y qué le faltaba y qué recibió participando en Manos.

Esta gracia de sentirse invitado se mantiene y se cuida con dos actitudes más, una positiva y otra de resistencia. Positivamente, uno cuida el ser invitado sirviendo. No acomodándose ni exigiendo, sino sirviendo a los demás.

Negativamente, se ve si uno realmente no se la cree y sigue sintiéndose invitado, si en la práctica rechaza toda actitud de patrón y de funcionario. Si uno no se enoja de que le paguen a los últimos igual que a los primeros, si uno perdona deudas chicas y no se indigna por cualquiera que le debe cinco pesos siendo que le han perdonado un millón, si uno entra a la fiesta cuando el Padre le festeja a algún hermano pródigo que regresa…

La gracia de ser buen anfitrión, como el Rey de la parábola, es una gracia linda que nuestro amigo el padre Rossi ha recibido y a la que, con ayuda de muchos, hace dar fruto como el buen servidor de la parábola de los talentos. Somos siempre más los que gozamos de este carisma suyo de hacernos sentir a todos bien recibidos. Es una gracia que tiene un ida y vuelta muy especial: se nota, paradójicamente, en la manera que tiene Rossi de ser buen huésped, de hacer sentir cómo se siente a gusto cuando es invitado a visitar a otros por todo el país. Es una gracia grande. No es solo simpatía y bondad natural. Es una gracia de Paternidad, de brazos amplios para abrazar a muchos. Y de obstinación para superar todos los conflictos, rechazos y complicaciones que salgan, cosa que lleva sus buenos disgustos y angustias. Es gracia de fe. Rossi es una persona que cree – y nos ha embarcado a muchos en esta misma fe- con fe inquebrantable en que nuestro Padre tiene preparado un lugar para cada uno –esto se hace realidad en cada casa de Manos Abiertas- y de verdad desea que su salón de Fiesta se llene de comensales. Y por eso es que sale tanto a invitar gente para fiestas nuevas. Damos gracias por eso y como invitados servidores pedimos al Espíritu que bendiga la capacidad de los pobres de sentirse invitados del Padre al banquete de Jesús.

Diego Fares sj

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