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Posts Tagged ‘Imagen de Dios’

Jesús dijo a sus discípulos: «Si Ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y Yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con Ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque permanece a su lado y con Ustedes está. No los dejaré huérfanos, vuelvo a Ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero Ustedes sí me verán, porque Yo vivo y Ustedes vivirán. Aquel día (cuando venga el Espíritu) comprenderán que Yo estoy en mi Padre, y que Ustedes están en mí y Yo estoy en Ustedes. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado de mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.
Le dice Judas – no el Iscariote -: «Señor, ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?»
Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escuchan no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Les he dicho estas cosas estando entre Ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho» (Jn 14, 15-26).

Contemplación
Mi amiga misionera en Camerún, Victoria, me envía la exégesis que hacen con un amigo musulmán -Abdelmumin- partiendo de las raíces arameas del Evangelio. Hoy me resuena lo que dicen de los pronombres que usa el Señor. Son tantos en este pasaje de la Cena! Los pronombres le imprimen a cada palabra que Jesús dice y a cada gesto que Jesús realiza un sello enteramente personal.
Parto de su expresión «mis mandamientos». No son los mandamientos, sino mis mandamientos. Su lenguaje es imperativo, pero los pronombres personales le dan un tono especial. No manda en general, como cuando uno describe una situación y concluye «hay que…», «tienen que…». Tampoco ordena el Señor «ámenme», como cuando nos da el mandamiento de amarnos unos a otros. Ahí sí manda: «ámense… como Yo los he amado» (también aquí entra su modo personal de amar).
En este pasaje Jesús usa un condicional: «Si me aman, cumplirán mis mandamientos». Y cuando Judas Tadeo le pregunta por qué a «nosotros» y no a todo el mundo, le responde con el mismo esquema, ahora en singular: «Si alguna persona me ama, guardará mi Palabra». Más que dar un mandamiento lo que Jesús hace es conectar el amor con la capacidad o incapacidad de cumplir con lo que nos dice y de guardar sus palabras en el corazón. Constata lo que pasa: cuando amamos nos resulta natural hacer las cosas que el que queremos nos manda; ponemos cuidado en recordar y comprender bien lo que quiere y lo cumplimos con gusto. Los imperativos del amor son distintos de los imperativos categóricos. En estos últimos empuja el super yo, el deber ser con sus ecos familiares y sociales. En los imperativos del amor resuena el bien del otro, lo que nos mueve es la alegría de ver contenta a la persona que amamos y nos ama.
También es bueno al leer este pasaje agudizar nuestro oído para escuchar bien cómo suena la otra cara, la negativa: «El que no me ama no guarda mis palabras». No guarda en el sentido de que «no podrá guardar». Las palabras de Jesús no son difíciles, son «imposibles» de cumplir sin la presencia constante de su amor, sin el trabajo conjunto que realizan en nosotros Él, nuestro Padre y el otro Paráclito, el Espíritu Santo.
Detengámonos un momento nuevamente en lo personal: no es lo mismo guardar una frase linda dicha por alguien famoso pero que no conocemos, que guardar una sentencia dicha por nuestra madre o nuestro padre en algún momento especial de nuestra vida. Como dicen mis amigos exegetas: aquí los pronombres «no dejan el menor resquicio de duda sobre Quién es el que habla, a quién y de qué. En este precioso versículo Jesús hace un ovillo con los pronombres para atarse al Padre, para atarnos a Él y atarnos al Padre».
Me gusta esto del «ovillo» y de «atarnos» en el sentido de hacer alianza. La imagen primordial que resuena en estas palabras-lazos que teje Jesús es la imagen del tipo de relación que se da cuando entre un grupo de personas hay lazos familiares y de amistad. Cuando en una mesa familiar y con amigos, los papás llevan bien la conversación, van haciendo que todos participen y puedan decir lo suyo. Vale igual la anécdota graciosa del más pequeño, los monosílabos de los adolescentes, la sentencia paterna acerca de algún comportamiento que hay que modificar en cuanto a los horarios o al orden de la casa y lo que va mechando la mamá para hacer hablar al que le cuesta más… Y si hay un invitado, se lo suma como a uno más. Las palabras valen porque en ellas cada uno se comunica como la persona que es, en medio de todos igualmente queridos y valiosos.
Por eso no es casual que Juan ponga estos discursos íntimos de Jesús en la Cena. Solo en un ámbito así se podían revelar y comunicar las cosas que Jesús compartió. Nos quedamos solo con un detalle que, como decíamos, es propio de la mesa familiar: no se si se dieron cuenta de que todos aquellos que Jesús va mencionando y las cosas que hacen tienen la misma importancia. El modo como los va metiendo en la conversación -como el papá o la mamá que van haciendo hablar a todos y ponderando lo que se dice- hace que se pase del Padre a Judas Tadeo y por él a «alguno que me ame», como dice Jesús. El Señor va mechando las cosas de manera tal que resulta tan importante que el Padre «venga a habitar (!) en nosotros» como que el Espíritu «nos vaya recordando las cosas»; que nosotros «lo amemos y guardemos sus Palabras» (basta «alguno que lo ame») para que esto redunde en revelación para «todo el mundo».
El gesto de lavar los pies a cada pondrá el «sello» a este tipo de «importancia» en el que cada uno vale porque es amado y ama.
Para fijar estas cosas, que las debemos experimentar como se experimenta la armonía de una mesa familiar y que tenemos que conservar en el corazón y rumiarlas para que de ellas salgan frutos, las formulo aunque sea provisoriamente diciendo que: Jesús cambia de una vez y para siempre la imagen de nuestra relación con Dios. Sustituye todas las imágenes de una «jerarquía exterior, estática» -el Padre en lo más alto sobre un trono, el Espíritu bajando como Paloma, Jesús en medio y nosotros abajo- integrándolas en esa jerarquía del amor que se da en torno a la mesa y que es dinámica: el protagonismo se comparte y -sin confusión ni división- el mismo amor se comunica de unos a otros, sin necesidad de que nadie haga valer su rol con signos de autoridad exteriores -posición, vestidos, tiempo para hablar…-.
Jesús «desjerarquiza» la imagen de Dios (lava los pies) para que cada uno la «rejerarquice desde adentro». Sienta en torno a la misma mesa al Padre, al Espíritu, a sus amigos, a todo el mundo y va diciendo lo que hace y hará cada uno, como en una sencilla conversación de sobremesa.
Benditos pronombres personales que en boca de Jesús -La Palabra hecha carne- valen más que todos los verbos y todos los adjetivos calificativos.
Diego Fares sj

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Como un catalejo con forma de corazón…

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre acepta a los pecadores y come con ellos (tiene expectativas para con ellos).» Jesús les dijo entonces esta parábola:
«Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros gozoso, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré mi oveja perdida.”
Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que cambia su manera de pensar y sus propósitos, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.»
Y les dijo también:
«Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice:
“Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que había perdido.” Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que cambia su manera de pensar y sus propósitos.»
Jesús dijo también:
«Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte de herencia que me corresponde.”
Y el padre les repartió sus bienes.
Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces entrando en sí recapacitó y dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Entonces partió y volvió a la casa de su padre.
Cuando todavía estaba muy lejos lo vió su padre y se compadeció entrañablemente y corriendo hacia él se le echó al cuello y lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo:
“Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo.”
Pero el padre dijo a sus servidores:
“Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado.”
Y comenzó la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso.
El le respondió:
“Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo.”
El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió:
“Hace tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!”.
Pero el padre le dijo: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”» (Lc 15, 1-32).

Contemplación

El dibujito de Fano nos muestra al Padre en el preciso instante en que sale corriendo –volando, más bien- al encuentro de su hijo que vuelve.
Las palabras de Lucas no tienen desperdicio: cada una es camino real para entrar en el abismo de la Misericordia del Padre: “Cuando todavía estaba muy lejos, dice Lucas, lo vió su padre y se compadeció entrañablemente y corriendo hacia él se le echó al cuello y lo abrazó y lo besó”.
El dibujo tiene dos polos entre los cuales se tiende el puente de la misericordia dibujada como un catalejo con forma de corazón!
El dinamismo del Padre atrapa primero la mirada: es un Padre misericordioso y alegre, con los pies en el aire y la sonrisa radiante, que salta para ir al encuentro con su hijo. Le va dar un flor de abrazo, nos dice Lucas, y usa el verbo “epepesen”, que significa “caerle encima a alguien”. Es un tomar al otro como por asalto, pero asalto de bondad. Así dicen los Hechos que “caía el Espíritu Santo sobre los que escuchaban la Palabra” (Hc 10, 44 y 11, 15).
Eso es lo que ha pintado Fano: ha cambiado la imagen estática que tenemos del Padre –sentado en su trono, esperando- y lo ha convertido en un joven anciano que sale de sí y vuela hacia su hijo. El Padre en el aire expresa muy bien lo que quiere decir Lucas al utilizar la misma expresión para las acciones del Padre y para las del Espíritu. Si queremos percibir en la fe cómo viene a nosotros el Espíritu tenemos que orientar el corazón a sentir que viene como un abrazo de Padre; cae sobre nosotros como un padre que se nos echa al cuello y nos da un flor de abrazo!

Un Padre que vuela y un Espíritu que da abrazos…: son metáforas que quitan rigidez a nuestra imagen de Dios. Es Jesús el que cuenta estas cosas y nos revela a un Dios que no espera sentado a que lo encontremos sino que sale volando a buscarnos y nos llena de abrazos y besos como a hijos queridos.

El otro polo del dibujo es la imagen del hijo: una sombra larga precede a sus pies cansados; viene encorvado y con la cabeza gacha, pero viene.

El telescopio con forma de corazón es una hermosa metáfora que nos recuerda a Menapace y “Los anteojos de Dios”. En ese instrumento para ver hondo y no sólo de lejos, está la clave para desentrañar lo que acontece en las entrañas de Dios. Si Dios es Alguien que inventa instrumentos así para mirarme –catalejos con forma de corazón-, entonces tengo que cambiar mi manera de pensar y mis propósitos, como dice Jesús cuando habla de “metanoia –conversión”.

¿Qué puede querer significar un catalejo con forma de corazón?
Nuestra mirada –la mirada humana- es un misterio maravilloso. No siempre caemos en la cuenta de todo lo que está en juego cuando miramos. En parte nos dejamos modificar por la luz y por las formas y colores de las cosas: mirar es hacer un esfuerzo para enfocar bien las imágenes y recibirlas en su forma precisa. Mirar es también un esfuerzo selectivo. Cada un mira desde su punto de vista y se acomoda para ver lo que quiere, a veces incluso forzando la realidad. Tiene además nuestra mirada una tercera cualidad o capacidad: es la de ser creativa. Cuando miramos podemos “despertar” en los otros sentimientos, cosas nuevas, ideas que el otro no veía. Y así como una mirada crítica hace que el otro tome conciencia de algún defecto, una mirada amorosa y complacida hace que el otro tome conciencia de su valor, de su belleza y bondad. ¡Qué hermoso es ser mirado con la mirada buena de quien nos quiere bien! Qué lindo encontrar en los ojos del otro una puerta abierta a su casa y a su corazón!
Eso es lo que expresa el catalejo de Fano: la mirada creativa del amor del Padre que ve con otros ojos (distintos de los del propio hijo pródigo y de los de su hermano) a su hijo. El Padre lo ve “volviendo”, lo ve “encontrado”, “convertido”. Aunque la conversión sea frágil y llena de remordimientos y confesiones de culpas, el Padre ve que pegó la vuelta. Con eso le basta.
La mirada misericordiosa es creativa pero de una manera muy especial. No crea de la nada, como creó el mundo. El Génesis nos dice que “vió Dios que las cosas eran buenas”. Es que estaban recién salidas de sus manos y coincidían perfectamente con cómo las había soñado y diseñado. La mirada misericordiosa crea a partir de una mirada nuestra. Necesita ese pasito líbremente dado en dirección a su misericordia y que deja atrás nuestros prejuicios y criterios propios. Le basta que, en una ojeada, percibamos su bondad –para el hijo pródigo es el recuerdo del “pan que comían los servidores de su Padre en abundancia”- y nos lancemos hacia ella. Entonces “se convierte” también el Padre y deja su posición “expectante” para pasar a la acción, para correr a buscarnos y echársenos al cuello con abrazos y besos y dando órdenes de que se prepare una gran fiesta.
Cuando pensamos en Dios Padre hay que dejar que nos “caiga” esta imagen: la de un Padre alegre de verdad de que volvamos.
Sea como sea que estemos,
sea donde sea que hayamos ido a parar,
sea lo que sea que tengamos mezclado en el campo del corazón –no le asusta al Padre que tengamos el corazón sembrado de trigo y cizaña-,
sea cual fuere la hora en que nos encuentre – a primera hora de la mañana o a última hora después del mediodía, hay trabajo en su viña para nosotros y una invitación con nuestro nombre para entrar en su fiesta.

Nouwen lo expresa tan lindo en “El regreso del hijo pródigo”: “¿No sería maravilloso hacer sonreír a Dios dándole la oportunidad de encontrarme y amarme generosamente? Preguntas como ésta me llevan al punto clave –dice: el concepto que tengo de mí mismo. ¿Puedo aceptar que merece la pena que se me busque? ¿Creo realmente que Dios desea estar conmigo? Aquí está el núcleo de mi lucha espiritual: la lucha contra el auto rechazo, el desprecio de mí mismo y la auto condena. Es una batalla muy difícil de librar porque el mundo y sus demonios conspiran para hacerme pensar en mí mismo como en alguien que no merece la pena, que no sirve, alguien despreciable…”
Es interesante lo que sigue. Nouwen conecta esta imagen “de baja autoestima” con la economía (y se puede conectar con la política también). Nos hace ver que “muchas economías (y poderes políticos) se mantienen a flote manipulando la baja autoestima de sus consumidores y creando expectativas espirituales con medios materiales”.
Es que si siento que valgo tantísimo a los ojos de Dios no voy a andar buscando comprar y consumir cosas que llenen mi vacío. No hay peor cliente para el mundo del consumo que un cristiano alegre, lleno del amor de Dios y con ganas no de consumir sino de trabajar por los demás. No hay peor “cliente político” que el que no quiere que le den dádivas sino que exige que le den trabajo para el bien común de la patria.

Nos quedamos contemplando gozosos esa imagen del Padre que nos regala Fano: Un Padre lleno de Espíritu Santo. El Espíritu de ese Padre –que vuela a nuestro encuentro, con los pies en el aire y la sonrisa ancha- es un Espíritu de libertad. ¡La libertad de los hijos de Dios!

Unir al Padre y al Espíritu es una gracia que sólo Jesús da.

Ver al Padre como Padre espiritual (libremente adoptado, diríamos) es la gracia que nos permite liberarnos de la letra de la ley y apropiarnos de su espíritu, que nos hace cumplir gozosamente y por amor todos los mandamientos de este Padre.

Ver al Espíritu como Espíritu paternal (afectivamente sentido) es la gracia que nos permite vivir a Dios encarnado, de manera cercana, familiar, comprometida con la comunidad.

Démosle gracias a Jesús, nuestro Hermano y Señor, que nos ha revelado estas cosas a nosotros, sus amigos pequeños y pecadores, porque la noticia de que tenemos un Padre que sale a buscarnos y que nos tiene preparada una fiesta cada vez que volvemos, es la noticia más hermosa que nos pueden haber dado.
Cultivar esta imagen verdadera del Padre –rechazando todas las imágenes idolátricas, tanto las que lo ponen en un lugar estático, de autoritario legalismo, como las que lo niegan como padre ausente, que no se interesa por nosotros, cultivar en el corazón esta imagen linda del Padre, digo, es “adorar y dar Gloria a Dios”. Y Dios ama a los que quieren ser sus “adoradores en espíritu y en verdad”, como le dijo Jesús a la Samaritana.

¿Cómo se cultiva esta imagen de un Padre que sale de sí; de un Padre rico en recursos para ganar el corazón de sus hijos?
Yo diría que tenemos que apuntar por el lado de “reconocerlo en sus instrumentos” y de “aceptarle sus mediaciones”. Si sus instrumentos son “miradas de catalejos con forma de corazón” no podemos pretender miradas frías y que marquen las distancias. Si sus mediaciones son abrazos, besos y fiestas, no podemos negarnos a vestir el traje de fiesta ni excusarnos de acudir a las bodas.
Y así, cada uno puede ir reflexionando con cuales instrumentos y con qué mediaciones viene el Padre a su encuentro, de manera tal que nadie se pierda su abrazo por andar atajándose de un reproche.

Diego Fares sj

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