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Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: «Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar “mi maestro” por la gente.

En cuanto a ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino un Padre, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco “doctores”, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado» (Mt 23, 1-12).

 

Contemplación

Las filacterias… Me inquietó un poco lo de “las filacterias” porque no sabía lo que eran y no quería ponerme a buscar. Pero no me las pude sacar de la cabeza así que… comenzamos por las filacterias y los flecos.

Resulta conmovedor saber que la hemorroisa, cuando tocó el borde del manto del Señor, tocó uno de estos flecos. Los flecos azules (color difícil de lograr para teñir la lana) se tejían en cada uno de los cuatro bordes del manto blanco o talit, con el que los judíos se cubren la cabeza para rezar en intimidad con Dios. Cada borla o fleco representaba una letra del nombre de Yahveh y los nudos, los mandamientos. Los muchos nudos indicaban todos los preceptos.

Las filacterias eran pequeñas cajitas de cuero en las que se guardaban pasajes de la Escritura. Se ataban con lazos, en la cabeza o en los brazos, como señal de que uno amaba la Palabra y la llevaba incorporada a su vestimenta.

Eran (y son) costumbres, como las nuestras, de llevar el rosario en el cuello o una pulsera con iconos de santos… El Señor critica que el uso sea para hacerse ver y no por devoción interior o, como lo usaba él, para que una persona humilde y tímida como la mujer que sufría esta enfermedad de las hemorragias pudiera tocarlo sin ser notada (eso pensaba ella) y recibir una gracia de sanación.

La hemorroisa es la imagen contraria de los fariseos: su deseo grande y su fe era tocar a Jesús tan levemente que Él ni se diera cuenta de que la curaba.

Qué linda imagen de la fe! De una fe que incide en la vida con tanta más fuerza cuanto menos se hace ver.

Este es el punto de la enseñanza de hoy: el que quiera ser grande que se haga servidor de los otros. La autoridad y el poder como servicio.

Pero esta frase no como un slogan que se convierte en un deber.

El servicio es la manera real de incidir en la vida común. Todos los seres creados, las plantas, los animales, las estrellas, los planetas…, cada creatura, incide en la vida común del universo cumpliendo su misión al servicio de los demás. Jesús nos saca del ensueño de la vanidad y del poder y nos abre los ojos para que cada uno encuentre su carisma personal y único, su puesto de servicio, ese donde puede dar lo mejor de sí a los demás, para bien de su familia, de su pueblo y de la humanidad.

Encontrar el propio lugar de servicio es encontrar la propia identidad, saber quién es uno y para qué ha sido creado en este mundo, encontrar lo que uno puede dar a los demás. A este lugar somos “llamados”, nos atrae a él una “vocación a la alegría del amor” (Documento para el Sínodo de los Jóvenes). De un amor por el que uno se siente amado y elegido y con el que puede dar fruto.

Por eso es que no hay que “agrandar las filacterias”, no hay que meter muchas palabras de Dios en la cajita que llevamos en la cabeza y en los brazos, no hay que pensar muchas palabras ni querer hacerlo todo.

Se trata de llevar la filacteria con la palabra justa, con la que dice nuestro nombre y nuestro carisma. Los otros llevarán cada uno la suya y será lindo dialogar sin tener más que “nuestra palabra” y necesitar que digan la suya los demás.

Esta palabra única en la filacteria (cajita) de la cabeza, se hará dos en los brazos y en las manos (los fariseos llevaban las filacterias en la mano). En una mano será la que dice: “Amarás a Dios, Diego Javier…”; en la otra mano será la que dice: “Amarás a tu prójimo…” (y tendrá espacio en blanco para que pongan sus nombres todos los prójimos a los que me querré acercar).

La cajita de la cabeza tendrá una palabra secreta.

No será un verbo en imperativo. Los mandamientos los escribe la cabeza en las manos.

Será más bien un adjetivo de esos que dan la clave en una parábola.

Algo así como “misericordioso”, que califica cómo es el Padre; o “bueno y hermoso” que califica cómo es Jesús Pastor; o paráclito, que revela cómo está siempre a nuestro lado el Espíritu como buen amigo.

 

Al mismo tiempo que desea Jesús que cada uno descubra y ponga su palabra carismática en la cajita-filacteria, desea también que, al achicarla, saquemos tantas palabras inútiles, que tenemos fijadas en la cabeza y que agitan febrilmente nuestras manos. Esas palabras fijas son “poder” y “vanidad” (el papa dice “mundanidad espiritual, que quiere decir “buscar la propia gloria y no la de Jesús).

Estas palabras, poder y mundanidad espiritual, se fijan en la mente y se convierten en slogans, a veces inconscientes.

El Señor las desenmascara.

Detrás de la compulsión a opinar de todo, a hablar y hablar sin mirar lo que uno en realidad hace, está la palabra “falso”. “Dicen pero no hacen: son unos falsos”.

Detrás de la pretensión de que otros cumplan la ley mientras que uno no mueve un dedo está la palabra “vivo”. Los que cargan con pesadas cargas a los demás, son unos unos vivos.

Detrás del hacer todo para que los vean está la palabra “careta”. Son unos caretas.

Detrás del buscar siempre el primer puesto, está la palabra “trepador”. Son unos trepadores.

Detrás del hacerse llamar maestro y de buscar ser saludados está la palabra “creído”. Los que viven de títulos y para los titulares se la creen.

Los conceptos son claros, pero en nuestro mundo la cosa no es tan simple como en los tiempos de Jesús. En ese entonces no existían “los medios”. El que se la creía, tenía que salir a la plaza con sus filacterias y exponerse al contacto directo con la gente. Hoy es más difícil ver en vivo y en directo a un poderoso o a un famoso. No suelen salir a la plaza ni darle la mano a la gente uno por uno. No se arriesgan a que cualquiera les diga cualquier cosa o les saque un cartel para la foto. Los vemos “mediados”. Y por medios que ellos han aprendido a manipular. Por tanto, hace falta discernimiento.

Algunas reflexiones, por si ayudan. Son reflexiones que me hago para mí mismo, sin intención de “dar clase” ya que el Señor nos dice que no hace falta que seamos maestros ni doctores porque cada uno del pueblo de Dios tiene su Maestro interior, el Espíritu Santo.

A mí me parece que los “falsos” de hoy no son los que “dicen pero no hacen”. No es tan directa la cosa. Hoy la falsedad trabaja con estadísticas científicas. Se estudia lo que piensa la gente y se elabora una especie de “Indice de Incoherencia Tolerable” para el común de la sociedad (INDIT), y con eso se crean slogans que a la gente le gusta o le cae bien escuchar, dando por supuesto que nadie pretenderá exigir “que se realice todo lo que se dice”.  Así la falsedad entra en un terreno común, aceptado por todos…

Ahora bien, cada uno tiene que discernir por sí mismo, con la ayuda del Espíritu, cómo está este índice de incoherencia en su vida personal. Para ello, uno tiene que dejarse conducir humildemente y exponerse a las exigencias de esta escuela del Espíritu.

Por eso no daré yo mi opinión ni acerca de quiénes confeccionan el INDIT

(quiénes son los jefes de campaña y los voceros),

ni de qué criterios utilizan para medir el grado de incoherencia tolerado

(y amado) por la mayoría de la sociedad (o por cada partido),

ni acerca de quiénes son los mejores divulgadores

(qué programas periodísticos crean opinión usando los datos científicos del INDIT).

Sí denuncio que este índice de incoherencia tolerable no es algo privado, que cada uno se las arregla con su conciencia y que no influye en los demás. Es algo “medido científicamente” y utilizado para el mal común.

Nosotros no llevamos cajitas atadas en la frente con nuestras palabras preferidas, pero se nos leen como si fueran un cartel luminoso. Se puede adivinar lo que pensamos midiendo el rating de los programas de TV, las palabras que buscamos en internet, lo que opinamos en las encuestas… Cruzando multitud de datos se establece un “índice de incoherencia tolerable para la sociedad”- y cada uno lo ve reflejado, con satisfacción, cada vez que alguien se mueve en el límite aceptado y, como quien no quiere la cosa, da un pasito más.

Hace poco veía un programa de TV en el que el animador –maestro de retórica- se movía como pez en el agua en esa frontera entre lo tolerable y lo no tolerable, mezclando malas palabras con verdades científicas y tejiendo silogismos falaces de manera tal que yo mismo sentía cierto gusto morboso en escucharlo. Uno puede seguir una noticia a lo largo de varios meses y ver cómo se van “instalando” frases para que uno “saque sus conclusiones”. No hace falta que alguien mienta directamente.

Ahora bien, esta retórica sofística, esta ciencia de manipular el “índice de incoherencia tolerable común”, ya la desenmascaró Sócrates 400 años antes de Cristo. Según Gorgias, el mejor orador debe ser un artista perfecto, cumpliendo su objetivo cuando consiga hacer creer a toda persona que le oiga lo que desee, cuando le haga creer que es fuerte lo débil y viceversa, que quema lo frío y congela lo caliente…

Sin embargo, actualmente, esta ciencia transversal, que influye –agregando lo suyo propio- en todos los demás temas: judiciales, políticos, religiosos, culturales…, adquiere cada vez más poder.

El punto es que esta ciencia trabaja con lo que nosotros pensamos y sentimos! No es que nos “metan cosas”. El problema es más hondo que el que haya alguien que se aproveche y nos engañe. El problema es que pensamos incoherentemente porque vivimos incoherentemente y esto se mide.

Cambiar ese índice de incoherencias, es algo que cada uno debe hacer personalmente.

Cada uno debe trabajar, día a día, por “tolerar menos incoherencia en su propia vida”. No es cuestión de agrandar las filacterias, sino de encontrar nuestra palabra justa, esa que el Señor nos regala para incidir de verdad en la vida de nuestros hermanos mediante el servicio humilde.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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La pequeña condición

 En aquel tiempo, Jesús dijo:

«Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen.

Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás

y nadie las arrebatará de mis manos.

Mi Padre, que me las ha dado, es mayor que todos

y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre.

El Padre y yo somos uno» (Jn 10, 27-30).

 Contemplación

“Las ovejas, que están custodiadas en esta unidad entre Padre e Hijo, poseen la vida eterna; ningún poder terreno puede hacerles mal”, dice Balthasar. Y la pequeña condición para un Bien tan grande como la Vida eterna consiste en “escuchar la voz de Jesús, dejarse conocer por El y seguirlo”. Porque así: “Yo les doy vida eterna y nadie las arrebatará de mis manos”.

 Escuchar su voz

La imagen del Buen Pastor con la ovejita en sus hombros despierta confianza.

Nos acercamos, entonces, con los miedos propios de las ovejas, es verdad, pero atraídos irresistiblemente por la voz de nuestro Pastor hermoso. Si nos sentimos un  poco ariscos como las ovejas que no tienen pastor, su voz es el remedio que necesitamos. Queremos estar “custodiados en esta unidad” en la que viven Jesús y el Padre: “El Padre y Yo somos uno”. Queremos ser uno con Jesús.

 ¿Por qué la imagen de las ovejas? Ayer, haciendo contemplación con un pequeño grupo de espiritualidad del Hogar de San José, hablábamos del amor natural, de ese que brota instintivamente ante el bien, y salió el ejemplo de los animalitos. Son incondicionales, dijo Rita. El amor de nuestro perro, que criamos de cachorrito, es incondicional. El amor de las ovejas por su pastor es incondicional. Si escuchan la voz de su pastor la reconocen entre miles y se sienten confiadas, atraídas irresistiblemente. Han nacido en ese rebaño y han seguido a sus madres que seguían la voz del pastor; no conocen otra cosa que las confunda: la voz de su pastor es clara y única, un bien que moviliza instantáneamente los afectos de su corazón al unísono con el del rebaño entero. En las ovejas, la atracción ante la voz del Pastor tiene el plus del rebaño: cada una escucha y el rebaño entero escucha. Si alguna ovejita se retrasa un poco o no reconoce rápido al pastor, al ver que todo el rebaño reacciona, también la díscola se pliega fácilmente.

La verdad es que está bien elegida la imagen de las ovejas que utiliza el Señor para hacernos entender cómo funcionan las cosas entre nosotros y Él.

Me imagino que es una imagen que el Señor debe haber sacado de sus madrugadas de oración, en las que contemplaría atentamente a los pastorcitos de su pueblo cuando sacaban las ovejas a pastar…

A Jesús y a nosotros nos conmueve el amor natural de los animalitos. Desearíamos amar así: sin dudas, incondicionalmente, sin los peros de la razón. Pero hemos escuchado tantas voces! Nos hemos entusiasmado con tantas otras voces que prometían pastos mejores…! Tenemos tantas voces dentro nuestro! Hemos pactado con tantos pastores mercenarios que nos han desilusionado!

 Dejarse conocer por El

Sin embargo Jesús lo hace simple: “mis ovejas escuchan mi voz”.

Fijate que Jesús nos dice “mis ovejas”. Si somos suyos no hay que dudar.

A esto apunta la pequeña condición del medio: cuando Jesús dice “Yo las conozco” esta afirmación tiene como contrapartida un “dejarnos conocer por El”. Dejarnos mirar por El, en eso consiste la oración. Más que en tratar de imaginarlo, confiar en que nos mira. Hacer actos de fe hasta que sintamos que somos suyos, que estamos en sus manos.

Si dudamos miremos el rebaño de los santos, de las personas que más queremos y que sentimos que ellos sí son de Jesús. Sentiremos que somos suyos nosotros también. No porque lo hayamos elegido nosotros a Él sino porque Él nos hizo nacer en su rebaño y somos suyos.

No porque no lo hayamos abandonado nunca sino porque Él en persona nos vino a buscar y nos rescató ¡y a qué precio!

Date cuenta de que somos valiosos y valiosas para Él desde antes que lo supiéramos. ¡Es tan consolador saber que somos suyos! Podemos hacernos el test del ADN sin temores: somos hijos suyos, aunque nos hayan dicho otra cosa: “Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos;  y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros” (1 Cor 8, 6).

 Cuando se trata de la Vida, el problema de la horfandad es el primero. La vida humana no es plena si nos sentimos huérfanos. Por eso el Señor afirma primero nuestra pertenencia. Pertenecer a su familia –la de su ser uno con el Padre y la familia de su Iglesia- hace a nuestra identidad. Es que a nadie le interesa vivir sino está seguro de su identidad, si no sabe quiénes son sus padres, su pueblo y sus hermanos. La vida humana es vida personal, no simples experiencias pasajeras. Vivir es poder decir “soy tuyo”, “soy de ustedes”. Vivir es tener quien nos diga “sos mío”, “sos de nuestra familia”, “sos de nuestro pueblo”.

 Por eso es tan injusta y terrible la exclusión. Es peor que la agresión, que al menos nos reconoce como sujetos con quiénes pelear. La exclusión, el dejar a la gente en la calle, el dejarlos morir solos en un hospital, el dejar que los chicos estén durmiendo drogados en las estaciones, es decirles “no son nuestros”, no sos mío, no sos de esta sociedad. Y ese negar la pertenencia y desconocer la identidad es peor que la muerte física. Es como la pena del destierro que los pueblos antiguos practicaban como castigo más severo que la muerte.

 ¡Somos de Jesús! A anunciar este evangelio, esta buena noticia, somos enviados nosotros y tratamos de testimoniar esta filiación no solo con palabras sino con obras. Las Casas de la Bondad y los Hoages de San José, cada una de nuestras obras, son en primer lugar obras de inclusión. Apuntan a decirle a la gente “ustedes son nuestros y nosotros somos suyos”. Esta es su casa. Luego vienen las tareas, los cuidados… Pero lo primero es la pertenencia. Hacer sentir al otro que es una ovejita de Jesús y que tiene su casa abierta.

Es por esto que el Señor, al decirnos que El nos da Vida eterna, Vida plena, habla de unidad. La Vida Plenamente humana es plenitud de relaciones y esto implica pertenencia, estar custodiados en sus manos, ser suyos y del Padre, estar incluidos en su amor. Y esta inclusión es un don –porque somos suyos- que debemos recibir con agradecimiento y cultivar activamente: escuchando su voz y siguiéndolo. Somos sus ovejas, ovejas de su rebaño y nos hacemos sus ovejas siguiendo su voz.

Escuchar la voz del buen pastor que resuena en toda palabra buena del evangelio y seguirlo poniendo en práctica “todo lo que El nos dice” es ser sus hijos eligiendo líbremente ser lo que somos por don.

 Se trata, como vemos, de una pequeña condición para un Bien tan grande como la Vida Plena. Ser suyos, escuchar con agrado su voz, seguirlo a El, donde quiera que vaya, y como nos recomienda nuestra Señora y Madre: “hacer todo tal cual El nos lo diga”.

Diego Fares sj

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