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Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos,

subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.

Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron:

«Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?»

Jesús les respondió:

«En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque hayan visto signos, sino porque han comido de los panes y se han saciado.

Obren, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre,

porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello »

Ellos le dijeron:

«¿Qué tenemos que hacer para obrar las obras de Dios? »

Jesús les respondió: «La obra de Dios es que crean en quien él ha enviado.»

Ellos entonces le dijeron:

«¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: les dio a comer Pan del cielo.»

Jesús les respondió:

«En verdad, en verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»

Entonces le dijeron:

«Señor, danos siempre de ese pan.»

Les dijo Jesús:

«Yo soy el pan de la vida.

El que venga a mí, no tendrá hambre,

y el que crea en mí, no tendrá nunca sed (Jn 6, 24-35).

Contemplación

Señor, danos siempre de ese pan!

La petición de la gente del pueblo que buscaba a Jesús es verdadero deseo que se transmite de generación en generación entre los que tienen fe.

Si existe ese pan, pienso yo en mi interior, deseo recibirlo, comerlo y compartirlo. Dame siempre de tu pan es la petición cotidiana para ir a comulgar y nos muestra con qué actitud debemos entrar en relación con Jesús.

 Cuando vemos cómo se presenta una persona podemos darnos cuenta de la manera como quiere ser tratada. De las palabras de Jesús podemos pensar que quiere ser tratado como pan del cielo.

Al igual que un pan que se ofrece sencillamente, el Señor quiere ser tratado sencillamente. Aunque hoy hay panes de muchos tipos, el pan expuesto en la panadería o en el supermercado siempre se presenta fundamentalmente como pan. Su mismo envoltorio, más simple que otros, lo muestra en esa propiedad suya de tener que ser “pan del día”. Puede que haya pero yo no he visto panes en envases herméticos como la leche “larga vida”. Creo que iría contra su esencia y aunque el envase asegurara que lo conserva fresco, yo si compro pan, prefiero que sea un pancito recién horneado a cualquier otra propuesta más sofisticada. Hasta el pan dulce bien envasado y conservado, fuera de su tiempo propio, no sabe igual.

Jesús, por tanto, al presentarse como pan, quiere ser tratado como pan: El es pan fresco del día y quiere un hambre también fresco y del día.

Entre muchas otras cualidades del pan, todas simples y esenciales -rico, calentito, blando, tierno, con miga, compañero, bueno como el pan- me quedo con esta de ser pan del día.

Con esta parábola acerca de quién es Él, Jesús nos ubica las expectativas. Uno tiene muchas expectativas y ante Jesús-Pan, las que debe privilegiar son las más simples, las del día.

Por ejemplo: si ponemos esto en clave intelectual, de “respuestas”, el Señor-Pan nos responderá a la pregunta de hoy y lo hará a la manera del pan: acompañando.

Aquí entra la segunda parte de lo que nos revela Jesús acerca de cómo quiere ser tratado: Él se nos ofrece como Pan del cielo. Esto nos modifica el hoy de nuestro deseo y de nuestra ansia de respuestas. Las saca del nivel superficial y va al fondo: a las preguntas y deseos  de hoy pero no a cualquiera sino a las que no se sacian con otro pan que no sea del cielo. La Eucaristía es alimento para esa dimensión del ser humano que no se sacia con nada que no sea espiritual.

Del cielo quiere decir “espiritual”. Y espiritual quiere decir “persona”, alguien -no algo- que es por sí mismo, que no depende de otros, que se nos puede ofrecer libremente si quiere, pero no podemos manipular ni consumir.

            Nuestra actitud para con este Jesús Pan del cielo debe ser algo solo mío, la actitud que tengo allí donde yo soy mi yo más yo, allí donde tengo ese hambre espiritual de ser más yo mismo, más auténtico y donde solo deseo lo más auténtico del otro.

Lo que quiero expresar no es posible hacerlo mejor de lo que lo hizo Jesús al definirse a sí mismo como pan. Se pueden dar algunos rodeos, pero solo para hacer sentir que nada mejor que lo que dijo Jesús. Como si uno para mostrarnos lo que es el pan nos hiciera elegir y gustar primero lo que quisiéramos de todos los demás alimentos del mundo, con su infinita variedad de consistencias y sabores, y luego esperara que una mañana nos despertáramos con hambre y nos ofreciera para comer solo un pan, un rico pan junto con el mate o el café.

Es lo que expresa el dicho popular: para el hambre no hay pan duro.

No hay Jesús para el que no tiene hambre del pan del cielo. Aquí quería llegar. Y no es que existan personas que no tengan este hambre. Pero en muchos está tapado. No tanto por comidas malas, si no por comidas rápidas. Por eso me detuve en esa cualidad del pan de gozar siendo “pan del cielo del día”. Este es el punto donde quiere situar Jesús su pan, como si quisiera poner un producto en el mercado, lograr instalarlo. Su lugar es precisamente allí donde los que no son Él, nos dicen que “no pude ser que exista algo así como un pan del cielo del día. Si es pan, es pan -y entonces hay ofertas mejores- y si es del cielo no es del día, debe ser eterno y solo se podrá expender en puestos de venta eclesiásticos con misas largas y aburridas.

Sin embargo, uno puede probar y ver por sí mismo que esto es real. Que Jesús Pan del cielo del día se encuentra en puntos de venta cotidianos. No digo gratuitos, porque este tipo de Pan tiene un precio alto. Cuesta caro. Y el precio no es plata ni cosas. El precio es nuestra hambre. Para olerlo en medio de la ciudad, así como desde la terraza de La Civiltà Cattolica en Roma se huelen las medialunas (los cornetti) que hace Adela en el Bar Lembo de Via Crispi, cuya chimenea da varias vueltas hasta poder salir al cielo abierto por el patio de la casa de al lado, hay que tener las narices con el hambre de la oración que se hace tempranito. Después se mezclan olores y sonidos y cambia el hambre y un pan calentito deja de ser algo único y se convierte en algo más, hasta la mañana siguiente.

Algo de esto quiere decirnos el Señor al presentarse como Pan del Cielo del día. Algo así como que sólo lo podremos saborear tal cual es en el horario preciso en que nuestro hambre de Dios tiene la panza vacía de la oración de la mañana. Y si no te acostumbrás a rezar de mañana, cuando se te despierta cada día el hambre del pan calentito y fresco, no podrás saborear a Jesús. Después tu hambre ya medio saciado no identificará a Jesús entre los otros panes.

El otro momento del pan es el atardecer. El pedazo de pan que uno come con hambre mientras llega la cena. Aquí puede ayudar la imagen de un hambre distinto como precio a pagar. Se trata del hambre de descanso y compañía. Es el hambre del que llega del trabajo y solo quiere tirarse a descansar un momento y luego compartir lo que vivió durante el día con sus seres queridos. Aquí Jesús se muestra como uno que comparte nuestro pan, si lo invitamos a entrar en nuestra casa. Lo reconocemos al partir el pan, el pan nuestro, el que le ofrecemos a Él, porque nosotros también somos pan. Pan de la tierra que se comparte con el Pan del cielo.

            El pan de la tierra del atardecer es pan para otro hambre básico, el de compartir lo que hubo, lo que se logró ganar con el trabajo. Este pan Jesús lo comparte. Aquí no entra lo de “pan con pan comida de sonso”, porque son dos panes que se esposan bien: el pan del cielo que trae Jesús y el pan de la tierra que ponemos nosotros. Hay que probar. El de la mañana es puro Pan del cielo para el hambre personal y exclusivo de cada uno. El del atardecer es pan familiar, compartida del pan que cada uno trajo con el de Jesús, que es uno más. Hay que estar atentos más que a los panes, al modo de partirlos que tiene él, a su modo de hace comunidad, dando a cada uno lo suyo y apreciando lo que cada uno trajo.

Diego Fares SJ

 

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Reconocer el hambre de nuestro corazón

Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados.
Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron:
«Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto.»
El les respondió:
«Denles de comer ustedes mismos.»
Pero ellos dijeron:
«No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.»
Porque eran alrededor de cinco mil hombres.
Entonces Jesús les dijo a sus discípulos:
«Háganlos sentar en grupos de cincuenta.»
Y ellos hicieron sentar a todos.
Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas (Lc 9, 11b-17).

Contemplación

Este dibujo de Patxi, en el que Jesús aparece en una actitud servicial tan linda y nuestro corazón aparece tan corazón, me encantó porque me recordó las épocas del Cottolengo, en que servíamos la comida a nuestros hermanitos en unos platos como el de la imagen. El hambre y las ganas con que almorzaban está pintado en esa servilleta a cuadros, en ese tenedor inofensivo y en ese corazón que es todo boca. El dibujo hace sentir nuestro hambre de Dios, con todas sus ansias y desorden, y a un Jesús que acude a saciarlo “litúrgicamente” –diría-, con mansedumbre y prontitud de madre.
Resuena el denles ustedes de comer: ayúdenme a repartirme para saciar el hambre de la gente, Yo soy Pan de Vida y deseo darme como alimento. La gente tiene hambre de este Pan y le dan cualquier cosa. Ayúdenme a darles de comer lo que les alegrará el corazón y saciará todas sus ansias.
La alegría de ese corazón al recibir el Pan en el plato no tiene desperdicio. Quizás nos haga bien reconocer allí nuestro propio corazón, tan hambriento, tan impulsivo, tan corriendo de aquí para allá en busca de su bien, tan tironeado por tantos bienes que sacian por un ratito y tan necesitado de un alimento sólido, rico y verdadero, que lo tranquilice y lo serene, que lo sacie y lo centre en sí, para poder dejar de reclamar desde sus carencias y comenzar a latir al ritmo de los deseos más hondos que, saciados por la plenitud del Don, se ensanchan serenamente multiplicándose para los demás, y ya sin necesidad de devorar, inclinan más bien todo el peso del corazón a la alegría de poder darse a los demás.
Contemplar nuestro hambre, contemplar nuestro corazón de Cottolengo, es tan sano! Y es la contrapartida para poder contemplar el Corazón de Jesús, tan simple y tan sin maldad como el de los Cottolenguinos, pero con toda su lucidez y libertad. En el Cottolengo uno aprende a ver lo que es el ser humano sin pecado, lo que es el corazón sin maldad (porque el mal como que ha salido todo afuera y se muestra en la enfermedad y en la discapacidad). Uno se da cuenta de que el pecado sale de nuestra mente, que piensa mal, que se equivoca, que se emperra en su error y no se deja iluminar por Jesús. Y comprende que, para iluminar nuestra mente obcecada Jesús tiene primero que alimentar nuestro corazón. Recién cuando estamos bien saciados podemos pensar con sus palabras y dejarnos iluminar por sus criterios. Por eso Jesús se hizo Pan y no luz. El que es la Luz y la Palabra, se hizo Pan. Para que primero lo comamos y luego, llenitos de Dios, lo podamos comprender. El Corpus es Jesús saliendo a la calle como Pan, hablándole directo a nuestro corazón, más allá de las ideas, más allá de los conceptos, el Pan del Corpus nos habla directo al corazón. Pero hay que mostrarle un corazón como el de la imagen, angurriento como uno de los pequeñitos del Cottolengo a la hora de almorzar. Un corazón con plato de lata, servilleta a cuadros y tenedor. Un corazón todo boca, con hambre de Dios. Si reconocemos bien nuestra hambre, si tenemos al humildad de pintar así, ese hambre básico que está debajo de todas nuestras hambres sofisticadas, entonces se dibujarán bien claritos, con esa magia con que el Espíritu dibuja las facciones de Jesús de manera tal que las podemos visualizar con claridad, los rasgos de Jesús: por qué es tan bueno, por qué es tan manso, por qué tiene tanta paciencia, por qué se parte y se reparte como Pan. La Eucaristía es el sacramento de su Amor. Jesús, Pan de Vida para nuestro hambre, es Don del Padre. Nos lo da el Padre, que es la fuente. Lo santifica el Espíritu, que hace que se multiplique. Nos lo sirve Jesús mismo, de las manos de sus amigos sacerdotes, por los que elevamos una oración conclusiva y fervorosa en este fin del año sacerdotal.
Diego Fares sj

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Pan del cielo 3La dinámica del Pan del Cielo

Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos,
subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.
Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron:
«Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?»
Jesús les respondió:
«En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque hayan visto signos, sino porque han comido de los panes y se han saciado.
Obren, no por el alimento perecedero,
sino por el alimento que permanece para vida eterna,
el que les dará el Hijo del hombre,
porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello »
Ellos le dijeron:
«¿Qué tenemos que hacer para obrar las obras de Dios? »
Jesús les respondió: «La obra de Dios es que crean en quien él ha enviado.»
Ellos entonces le dijeron:
«¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: les dio a comer Pan del cielo.»
Jesús les respondió:
«En verdad, en verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»
Entonces le dijeron:
«Señor, danos siempre de ese pan.»
Les dijo Jesús:
«Yo soy el pan de la vida.
El que venga a mí, no tendrá hambre,
y el que crea en mí, no tendrá nunca sed (Jn 6, 24-35).

Contemplación

Pan del Cielo.
Sabe linda la frase de Jesús.
Digo que “sabe” porque no es una mera imagen que Jesús imaginó.
Nosotros saboreamos ese Pan del Cielo, en la Eucaristía, cotidianamente.

Aquellas primeras reflexiones del Señor con la gente en torno al pan, que San Juan convirtió en su contemplación del Pan de Vida, han pasado no solo por la mente de todos los que leen la Palabra sino también por la boca de todos los que hemos recibido la comunión en cada misa.

El Pan del Cielo es el que comieron nuestros padres:
nuestra Señora, los Apóstoles, los primeros cristianos y todos “los que vivieron en tu amistad a través de los tiempos, Señor”, como rezamos en la plegaria eucarística: los mártires, los santos, las santas…

Centramos la mirada en Jesús y escuchamos con atención el diálgo que tiene con la gente. Creo que Jesús aclaró de entrada un posible malentendido. Un malentendido o un “pocoentendido” que se repite a lo largo de las generaciones de cristianos.
La gente probó su pan y le gustó.
Se dieron cuenta de que era un pan distinto.
Pero, como nos pasa a todos cuando encontramos algo valioso,
querían manipularlo rápidamente, aún sin entender del todo de qué se trataba.

Y por eso Jesús tiene que ir explicando poco a poco y con muchas imágenes qué tipo de alimento es su Pan. A qué hambre y cuál sed va dirigido.

Se ve que no es algo fácil de digerir y de procesar, porque mucha gente no siente hambre de este Pan del Cielo. Y aún los que comulgamos diariamente, muchas veces no conectamos bien el alimento que se nos entrega y los hambres que tenemos. Sabemos que es algo bueno, sí. Pero puede ser que muchas veces nos quede grande: como un regalo demasiado hermoso que no sabemos dónde poner o cuando usar.

Sin embargo, la grandeza de la Eucaristía es en sencillez, no en complicación.

El Pan del Cielo es de una gran sencillez.
Es como si nos regalaran agua, aire, luz y pan, en el preciso momento en que comienzan a escasear y sentimos la necesidad.

Al decir necesidad se vuelve más claro dónde puede ser que esté el malentendido.
El Pan del Cielo no es un alimento perecedero, dice Jesús.
No es un alimento que viene a llenar una carencia, a cubrir una necesidad.
Los alimentos primarios, como el pan y el agua, sólo los valoramos mucho cuando tenemos gran necesidad. No es lo mismo decir pan en la Argentina que en África. Quizás recuerde alguno la película “Ser digno de ser” (“Vete, vive y hazte digno de ser”, le dice la madre a su hijo al desprenderse de él en el campo de refugiados de Sudán, para que vaya a Jerusalen con los judíos etíopes que Israel aceptó como ciudadanos en los años 60). Hay una escena en que están bañando a los refugiados y de pronto el niño, que tiene los ojos cerrados por el jabón, los abre y ve cómo se escurre el agua por la rejilla. Ahí se desespera y comienza a manotear tratando de tapar la rejilla, de retener el agua. Lo tienen que calmar entre varios y sacudirlo para que reaccione: “En Israel abunda el agua” le repiten; “hay agua, sobra el agua!”.

En la fiesta del Corpus, el padre Rossi contaba aquella experiencia tan fuerte del Padre Arrupe en Hiroshima, que le reveló: “el valor que tiene el Santísimo Sacramento cuando se ha estado en contacto familiar y prolongado con él durante la vida y sentimos la falta de él cuando no podemos recibirlo…
Recuerdo a una muchacha japonesa de unos 18 años. La había bautizado yo tres o cuatro años antes y era cristiana fervorosa: comulgaba diariamente en la Misa de 6,30 de la mañana, a la que venía puntualmente todos los días. Después de la explosión de la bomba atómica, recorría yo un día las calles destrozadas, entre montones de ruinas de toda clase. Donde estaba antes su casa, descubrí como una especie de choza, sostenida por unos palos y cubierta con hojas de lata: me acerqué y quise entrar, pero un hedor insoportable me echó hacia atrás. La joven cristiana -se llamaba Nakamura- estaba tendida sobre una tabla un poco levantada del suelo, con los brazos y piernas extendidos, cubierta con unos harapos chamuscados. Las cuatro extremidades estaban convertidas en una llaga, de la que emanaba pus. La carne requemada apenas dejaba ver más que el hueso y las llagas. Así llevaba 15 días sin que la pudieran atender y limpiar, comiendo sólo un poco de arroz que le traía su padre también mal herido (…) Anonadado ante tan terrible visión no sabía qué decir. Al poco tiempo Nakamura abrió los ojos y, al ver que era yo quien estaba allí sonriéndole, mirándome con dos lágrimas en sus ojos y en un tono que nunca olvidaré, me dijo, tratando de darme la mano: ‘Padre, ¿me ha traído la comunión?’. Que comunión fue aquella, tan diversa de la que por tantos años le había dado cada día! Olvidando toda pena, todo deseo de alivio corporal, Nakamura me pidió lo que había estado deseando durante dos semanas, desde el día en que explotó la bomba atómica: la Eucaristía, Jesucristo, su gran consolador, al que ya hacía meses se había ofrecido en cuerpo y alma para trabajar por los pobres como religiosa. ¿Qué no hubiera yo dado por obtener una explicación de aquella experiencia de la falta de la Eucaristía y de la alegría de recibirla después de tantos dolores? Nunca había tenido la experiencia directa de una petición semejante ni de una comunión recibida con tanto deseo. Nakamura murió poco después”.

Deseo es la palabra que lo ilumina todo. Deseo, no necesidad.

La Eucaristía es alimento para esa dimensión del ser humano que no se sacia con nada que no sea espiritual.
Todos los hombres y mujeres del mundo somos seres sedientos de este Agua, más que el niño africano de la película, pero no nos damos cuenta.

O más bien, no sabemos ponerle nombre a esa sed y a ese hambre. Erramos al vivir hambreados y probar todo tipo de sustitutos para calmar ese hambre que solo sacia el Pan del Cielo. La muchacha japonesa, Nakamura, sabía bien el nombre del alimento que podía calmar su hambre: “Padre, ¿me trajo la comunión?”.

Esa es la gracia que nos tiene que “explicar” Jesús.
Mientras se nos da en la Eucaristía, una y otra vez, tiene que enseñarnos a conectar nuestros hambres con su Pan.

Y para eso no hay otra pedagogía que la de despertar e incrementar el deseo.

Lo cual no es fácil en un mundo que pendula entre los extremos de la saciedad y el hambre, el hiperconsumo y la miseria total.

El deseo no puede sobrevivir cuando es tironeado por estos extremos.

A nuestros oídos la palabra “deseo” suena muy unida a necesidad, a satisfacción inmediata, a exacerbación…
Allí es donde Jesús nos tiene que educar mostrándonos que hay en nosotros un deseo que no es de objetos.
Es deseo de que unos Ojos nos miren,
deseo de que la Persona que nos dio la vida
y nos sostiene en ella nos hable con amor.
Es deseo de ser alimentados con una Palabra buena y sabrosa como un Pan.
Pero un Pan del Cielo: un Pan que se queda, un Pan que permanece, un Pan Compañero.

El Pan del Cielo es una Persona, la Persona de Jesús,
y despierta en nosotros “hambre de más Jesús”.

Es un hambre no sólo de recibir “algo”, sin de entrar en comunión con Alguien.

No es un Pan para estar fuertes para hacer cosas.
Má bien es un Pan que se come para estar juntos,
para celebrar una cena,
para compartir vida de familia.

No se trata de “para qué me sirve comulgar” o de “cuantas veces hay que comulgar”. Se trata de pensar al revés: para que sirve todo lo demás si no es para entrar en comunión.
Lo que no puedo convertir en Eucaristía es desecho.
Lo que se puede convertir en ofrenda agradable para que el Señor la convierta en Eucaristía, eso sí vale.
¿Para qué sirve comulgar?
Para que crezca mi deseo de comulgar con Jesucristo, Pan de Vida,
por quien tenemos acceso al Padre, en quien somos todos hermanos.

Comenzamos diciendo que la imagen “Pan del Cielo” tiene un sabor lindo.
Jesús junta allí dos realidades que parecen opuestas: el pan parece cosa de la tierra, del trabajo del hombre, necesario para ser consumido y transformado en energía vital… El Cielo, en cambio, parece cosa espiritual, ausencia de necesidad, paz eterna…
Sin embargo Jesús nos hace ver estas dos realidades juntas, unidas.
Él es un Pan Espiritual, que da vida eterna. Y esa Vida del Cielo requiere un alimento cotidiano como el Pan, no es vida automática ni estática. Es vida compartida, es alimento y comunión no de cosas sino entre personas.

La dinámica del Pan del Cielo es la que, con su enérgica sencillez, pone en movimiento todo el universo y lo centra en Jesucristo.
Pero esta dinámica nos la tiene que explicar Él, Jesús.
Sólo Él, puede hacernos arder de deseo el corazón mientras nos acompaña por el camino.
Sólo Él es capaz de despertar, con su ademán de irse, de pasar de largo, el deseo de que se quede.
Sólo Él es capaz de hacer surgir de nuestros labios esa frase feliz, apenas susurrada: “quedate con nosotros, Señor, que ya es tarde y anochece”.
Sólo Él es capaz de partir el pan de tal manera que el gesto simple haga que se nos abran los ojos, como a los de Emaús.
Sólo Él es capaz de desaparecer de nuestra vista y de ponernos en movimiento hacia la Comunidad: la Comunidad del Pan del Cielo.
Esa Comunidad en la que las personas se alimentan de lo más personal como si fuera un Pan.
Esa Comunidad en la que lo cotidiano se vuelve mágico, como dice la canción.
Esa Comunidad en la que lo fragmentario es absoluto y lo fugaz puede ser amado como eterno.
Esa comunidad en la que los servicios más terrenos son reflejo de lo más celestial.
La Comunidad del Pan del Cielo, que cuanto más saciado tiene su hambre con más amor suplica diciendo: “Señor, danos siempre de ese pan”.
Diego Fares sj

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