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Los diez grados de amor al prójimo

Después que Judas salió, Jesús dijo:
«Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado
y Dios ha sido glorificado en él.
Si Dios ha sido glorificado en él,
también lo glorificará en sí mismo,
y lo hará muy pronto.
Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.
Les doy un mandamiento nuevo:
ámense los unos a los otros.
Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.
En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos:
en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 31-35).

Contemplación
Dice un exegeta que la Pasión, en San Juan no es, como en los demás Evangelistas, pura acción, sino Palabra, Verbo: Jesús habla con sus discípulos largamente, y pone en Palabras de Vida el sentido de la redención. San Juan transforma todo en “Palabra” en “Logos”. Por eso la última cena no narra la institución de la Eucaristía como hecho sino que Jesús con Palabras nos dona su mandamiento nuevo: el mandamiento del amor. Las Palabras del Señor llenan de contenido la Eucaristía, las va diciendo mientras les lava los pies, mientras comparten el Pan y el Cáliz de salvación.
El Señor integra lo que sucede en esa Cena Eucarística. Como vemos que hace con Judas, a quien le ha lavado los pies como a los otros. Precisamente en el momento en que Judas sale para entregarlo Jesús expresa: “ahora se ve claro –glorioso- mi amor. Dice: “el Hijo del hombre ha sido glorificado”. Como diciendo, ahora queda bien manifiesta la magnitud de mi amor, que lava los pies al traidor y que se entrega libre y misericordiosamente mientras es entregado miserablemente.
En el peor momento de su vida Jesús hace que brille en todo su esplendor el amor que el Padre le ha encomendado comunicarnos. Y el Padre corrobora su predilección por Jesús, poniendo todo en sus manos, que lavan pies sucios y que serán traspasadas por los clavos. Es en el contexto de esta hora, la hora de la mayor traición, en la que el Señor nos deja el mandamiento de su amor:

Les doy un mandamiento nuevo:
ámense los unos a los otros.
Así como yo los he amado,
ámense también ustedes los unos a los otros.
En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos:
en el amor que se tengan los unos a los otros»

El amor no es algo estandar. El amor es a medida. Tiene infinitos grados y matices. Hay un amor distinto para cada bien. Si el Bien es nuestro Dios, el amor se expande a todo el corazón y a toda el alma y atrae todas nuestras fuerzas. Si el bien es el prójimo, el amor suscita sentimientos de ternura para con los niños, de unión profunda entre los esposos, nos mueve a compasión ante el que sufre, establece igualdad de ánimo entre los amigos, nos inclina a honrar a los mayores… y en lo social, el amor despierta la sed de justicia y de paz.
El amor tiene grados, intensidades distintas, y así como es pasión y sentimiento vivo, se hace también institución, gana territorios, se muestra en obras y crea costumbres que sanan y dan vida.

Leyendo a San Juan de la Cruz, en la Noche oscura tiene un precioso tratadito (que toma de San Bernardo y de Santo Tomás) en el que habla de “los grados de la escalera del amor, por donde el alma de uno en otro va subiendo a Dios”.
Esta escalera se refiere directamente al amor a Dios, pero pienso que podemos aplicar sus enseñanzas al amor al prójimo. A mí me sirvió para identificar sentimientos y grados de compromiso que experimentamos en nuestro trabajo apostólico de servicio al prójimo.

Tomamos pues el amor al prójimo como “mandato” o misión que nos da el Señor y examinamos los grados y escalones por los que subimos o bajamos en esta escala de compromiso y entrega a esta nuestra misión de amarnos entre nosotros como Él nos amó.

Dice San Juan de la Cruz:
“El primer grado de amor hace enfermar al alma provechosamente”
El primer grado de amor (que es un escalón donde uno siente que puso el pie y que es como una escalera mecánica, que comienza a llevarnos suavemente y sin pausas) es un estado de “enfermedad provechosa”. “Así como el enfermo pierde al apetito y el gusto por la comida”, en este primer grado de amor o de compromiso con un apostolado de servicio a los enfermos y a los más pobres, uno siente que muchas cosas que antes deseaba y le interesaban mucho y lo atraían (fiestas, lujos, placeres…) no le despiertan ya el gusto de antes. Esto se da en mayor o menor grado, pero, como decía un colaborador: las cosas que son un bien “sólo para uno” ya no tienen “el gusto de antes”.

El segundo grado de amor “hace al alma buscar su bien en todo momento” (uno se pone un poco monotemático)
El segundo grado o escalón del amor o compromiso con el apostolado “hace que uno se encuentre pensando y hablando todo el tiempo” del prójimo (de la Casa de la Bondad o de los casos del Hogar…”. Como que nos ponemos un poco (o muy) monotemáticos. Y esto es señal de amor porque: “De la abundancia del corazón habla la boca”.

El tercer grado de amor es el que “hace al alma trabajar y poner fervor para no faltar” (uno se sorprende trabajando generosamente, sin cálculos mezquinos)
El tercer grado de la escala amorosa o compromiso con la misión consiste en” ponerse a trabajar sin reparar en el esfuerzo”. Se sienten como dos cosas: una que uno no puede dejar al prójimo sin ayudar –Jesusito me necesita…- y al mismo tiempo uno experimenta el propio límite: que nada alcanza. Se deja de condenar a los demás y uno siente que es muy poco lo que puede hacer comparado con lo que desearía! Trata entonces de hacer lo que puede bien hecho.

El cuarto grado de amor es que “por razón del Amado, se causa en el alma un ordinario sufrir sin fatigarse” (Como que lo difícil se hace fácil, lo pesado se siente liviano).
El cuarto grado de esta escala de amor y de compromiso con el prójimo, dice bellamente San Juan de la Cruz, consiste en que el alma siente un “ordinario sufrir sin fatigarse”. San Ignacio dice que cuando uno está consolado las cosas más pesadas le parecen livianas. Muchas veces vemos en medio de un trabajo duro cómo algún colaborador pareciera que no se cansa. Uno le ofrece ayuda y el otro nos mira como diciendo “gracias, pero estoy bien”. Se da como un cansancio físico con una fuerza espiritual que lo compensa y sobrepasa.

Valga aquí una aclaración. Por estos grados se va y se viene. No es que uno siempre vaya para arriba, pero una vez experimentado uno de estos grados como que se tiende a subir y a desear que el Señor nos mantenga la intensidad de amor que nos hizo experimentar. Uno discierne con facilidad, por sensación, cuando está en un grado o en otro y puede pedir a Dios la gracia de subir por su escala.

El quinto grado “hace al alma apetecer y codiciar a Dios impacientemente” (Nos viene una cierta impaciencia por hacer las cosas bien, con intensidad).
El quinto escalón del amor a Dios y al prójimo es una especie de impaciencia (San Juan habla de codicia) por estar sirviendo al prójimo. Toda dilación por mínima que sea, se hace muy larga, molesta y pesada, y uno no puede estar sino está con el prójimo necesitado. Vemos a los que llegan temprano y se van tarde y están siempre en movimiento. Lo cual no deja de causar cierta contrariedad en el que no ama igual.

El sexto grado “hace correr ligeramente a Dios con alegría” (Se siente a veces que uno puede trabajar como quien juega).
El sexto grado de la escala del amor es muy lindo. Uno siente que “corre ligeramente hacia los que tiene que servir” y nota “en el trato con los demás cómo se dan muchos toques de alegría y de agradecimiento y de cariño”. Como dice el Salmo: Así como el ciervo desea las aguas, así mi alma te desea a ti, Dios mío.

El séptimo grado “hace atrevida al alma” (Nos viene una cierta caradurez).
El séptimo grado en esta escala consiste en un atrevimiento y caradurez para hacer cosas novedosas y buenas y para decirlas sin respeto humano ni cobardía. Uno siente que se vuelve atrevido en el bien, vehemente, sin vergüenza ni prudencias humanas. Esto también trae sus contrariedades: “Pero si siempre se hizo así, para qué cambiar ahora”.

El octavo grado de amor “hace al alma agarrar y apretar sin soltar el Bien” (No se afloja ni “abajo del agua”).
El octavo grado de la escala de este amor que es fidelidad a la misión encomendada y elegida es cuando uno no suelta ni afloja por nada del mundo la tarea que ha asumido con amor. Uno se siente unido a los que ama y partícipe de sus sentimientos, padeceres y alegrías. Visto el bien del prójimo y puesto en marcha no se retrocede ni un tranco de pollo.

El noveno grado de amor “hace arder al alma con suavidad”.
El noveno grado, dice San Juan “ Hace arder al alma con suavidad”. Se trata de esa alegría mansa que brilla en los ojos de los que sirven con amor a sus hermanos. Por ahí uno ve un brillito en los ojos del otro que ha estado sirviendo platos, charlando largo con uno, contemplando en silencio al que agoniza…

El décimo grado ya es sólo para con Dios y no pertenece a esta vida sino al Cielo: Hace asimilarse totalmente a Dios, por la clara visión de Dios. Aunque como dice San Juan, esto pertenece al Cielo, cuando Madre Teresa hablaba de “las almas preciosas y bellas de sus pobres” uno siente que algo de esta visión se da a veces también en esta vida y al ver un destello de la presencia de Jesús en los ojos agradecidos de un pobre el corazón se nos inunda de amor.

Estas diez intensidades distintas del amor espero que nos sirvan para andar atentos a toda la riqueza y a todos los matices que tiene el mandamiento que el Señor nos dejó, para que nos ejercitemos, cada uno según la gracia que el Señor le de, en cultivar y acrecentar estos grados del amor comprometido.
Diego Fares sj

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Caná: el lugar donde comienza la fe

Tres días después (del llamamiento a los primeros discípulos) se celebraron unas bodas en Caná de Galilea y estaba allí la Madre de Jesús. También Jesús fue invitado con sus discípulos a las bodas. Y como faltase el vino, la Madre de Jesús le dice a él: «No tienen vino».
Y Jesús le dice a ella: «¿Y qué a mí y a ti, mujer? Aún no ha llegado mi hora.»
Le dice su madre a los sirvientes:
«Hagan todo lo que El les diga.»
Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas.» Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete.» Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento.»
Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 1-11).

Contemplación
La vida del Señor tiene sus lugares privilegiados. La casa de Caná, en Galilea, es uno de ellos.
Nos podemos quedar un rato tratando de imaginar la casa de Caná.
Está vestida de fiesta: se celebran las bodas de dos jóvenes que son amigos de María y de Jesús. Está toda la familia y mucha gente del pueblo. Reina la alegría, hay música y danzas. María ayuda con la comida. Los novios conversan con Jesús…

San Ignacio nos dice que para contemplar hace bien “imaginar el lugar” donde se desarrolla la escena evangélica. Es lo que llama “la composición de (cómo era) el lugar”.

Jesús es la Palabra hecha carne y para “visualizarlo” tenemos que verlo situado en su lugar: en su casa, en su paisaje, con su gente.
Por eso, si queremos “contemplar a Jesús” nuestra contemplación tiene que ir por el lado de su humanidad, como le gustaba decir a Santa Teresa.
Resalto esta tendencia hacia lo concreto y situado (tan propia de la mística popular) porque hoy en día se presenta como muy moderna una tendencia contraria: con el pretexto de “ver” a un Jesús así llamado “histórico”, se siguen métodos que le van quitando pieza a pieza todo lo concreto -poniendo en duda lugares, hechos, palabras…-, hasta dejarnos a un Jesús sin carne ni paisaje, en una especie de milagro de Caná al revés: en vez del vino bueno nos ofrecen a beber un agua destilada, que no es precisamente el Agua Viva de la fe.
Por eso, cuando uno escucha que le hablan de Jesús como si fuera un personaje histórico cualquiera, sujeto a la investigación periodística, hay que calzarse el casco de la fe y poner entre paréntesis “el contenido” que nos proponen, mientras nos informamos un poco más acerca del “lente” (del método) por el cual nos invitan a mirar las cosas. Porque muchos le aplican al evangelio métodos que, como dice el Papa, son “una red con agujeros de cierto tamaño, que pescan cierto tipo de peces y dejan pasar otros”. Son métodos que “ven lo que proyectan” e, iluminando con mucha luz algún aspecto particular del Evangelio, ponen un manto de sombra sobre el Evangelio entero. Nos permiten ser poseedores de una verdad abstracta, que informa pero no da vida, y nos privan de recibir el Don de la Fe (el vino nuevo).

Nuestra Madre la Iglesia, en cambio, nos deposita en la fe un Jesús que viene siempre entero:
en el pesebre con burro y buey,
en la Cruz con los dos ladrones
y en Caná, tomando buen vino.

Este excurso viene al caso para abrir el tema de los “lugares de la fe” que iremos viendo a lo largo de este año en los talleres de ejercicios de los primero miércoles. La idea es de la Hna Marta y nos ayudará a rezar contemplando a un Jesús situado,
que elige lugares y sitios para darse
y para manifestarse en toda su bondad y hermosura:
para nacer, el Pesebre de Belén;
para morir, la cruz del Calvario, en las afueras de la Ciudad Santa;
para entrar en la vida religiosa y civil de su pueblo, el Agua del río Jordán;
… y para la primera manifestación de su gloria: la casa de familia de Caná de Galilea, el día de la fiesta de bodas de sus amigos.
Nunca debemos dar por gustado este misterio de Caná: que la Gloria de Jesús se manifieste primero que todo en el seno de la familia, en un casamiento, con el don del Vino rico que pone el broche de oro en la fiesta.
Caná siempre tiene gusto a lindo.
Caná es luminosa, ilumina con la luz mansa de la gloria de Jesús.

La gloria de Jesús es lo que despierta el sentido de la Fe:
“Este fue el primero de los signos de Jesús,
y lo hizo en Caná de Galilea.
Así manifestó su gloria
y sus discípulos creyeron en Él”.
El primero de los signos no es uno más dentro de una serie: se trata de un signo paradigmático, primordial: un signo que marca con su sello a todos los demás.
Todos los signos de Jesús –sus palabras y milagros, sus gestos de amor y cercanía, sus caminatas, entradas y salidas…- se orientan a suscitar la fe en el corazón de sus discípulos y del pueblo fiel de Dios. De ahí la importancia del signo que elige como primero para manifestar su gloria y del lugar donde lo realiza.
el signo es una “transformación”.
El momento o “la hora”: la celebración de una fiesta de bodas, un momento especialmente comunitario en la vida de una familia.
El lugar: un pueblo pequeño y una casa común.
Y dentro de la casa, el lugar es la cocina y el patio, donde están las tinajas de agua para los ritos de purificación.
Allí los testigos “presencian” y prueban la transformación del agua en vino.
Allí en el patio de Caná siembra el Sembrador la semilla de la fe.

La fe es una transformación: transformación de la manera de pensar y de ver suscitada por el resplandor de un hecho inusitado que despierta la capacidad de maravillarnos y creer.
Transformación de la manera de sentir y de obrar que se suscita al “probar” una transformación como la del agua en vino.

Y Jesús elige a María para que haga de maestra de ceremonias de este Milagro que hizo brotar la fe en el corazón de sus discípulos y los unió para siempre como comunidad de discípulos misioneros.
“Nosotros hemos visto su gloria, dirá ochenta años más tarde san Juan recordando esta hora, que apenas comprenden cuando la están viviendo. María, desde el gran silencio en que acaba de entrar, ha comenzado a rumiar todo esto en su corazón” (Martín Descalzo).

“Hagan todo lo que Él les diga”, es la doctrina de la fe.
Hagan todo lo que Él les diga” es la frase feliz de la que es feliz porque ha creído.
“Cualquier cosa que Él les diga, ustedes háganla”, es la consigna clara de María que firme y sin vacilaciones, precede y encamina la fe.
“Crean en lo que dice Jesús. No duden. No vacilen. Pónganlo en práctica enseguida y verán. Háganle caso. Obedézcanle. Hagan un acto de fe poniendo manos a la obra. Crean en Él”.

La misma voz que viene del Cielo Altísimo de la intimidad del Padre
es la que brota de lo más tierno del Corazón de Madre de María: “escuchen al Hijo amado, hagan todo lo que Él les diga”.

De allí en más esta transformación en la que consiste la Fe será el ingrediente esencial de todos los signos y milagros de Jesús.
Con fe, lo podrá todo. Porque nada es imposible para Dios.
Sin fe no podrá hacer nada.

Por eso el demonio ataca la fe.
Nosotros creemos muchas veces que ataca la moral, que nos tienta con placeres o nos mete miedo con padeceres. Pero esas cosas son sólo el envase de la tentación. Lo que el demonio ataca es nuestra fe. Nos quiere hacer desconfiar de lo que dice Jesús.
“No hagás lo que Él te dice. Para qué, si total no va a cambiar nada”.
Ese es el contenido de toda tentación. Y va contra la transformación que se inició en Caná y que transformó todo.

Por eso contra toda tentación del enemigo, de no hacer lo que Jesús dice, la gracia es “hacer actos de fe”.
Creo en Jesucristo, nuestro Señor.
Creo que Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios Bendito.
Creo que Jesús es mi Salvador.
Creo que Jesús es el Cordero de Dios.
Creo que Jesús transforma el agua en vino, la desolación en consuelo y alegría.
Creo que Jesús es nuestra Paz.
Creo. Quiero Creer. Creo y espero.

E lugar donde la fe de María comenzó a ser bebida para los demás fue Caná. Allí los discípulos, los servidores y los novios comenzaron a beber de la fuente de la fe.
María es “lugar de la fe”, ámbito materno, espacio receptivo y de crecimiento de la fe de los hijos de Dios.

Juan habla sólo dos veces de María.
Y la sitúa en la hora primera, en Caná – “estaba allí la Madre de Jesús”-
y en la hora definitiva, al pie de la Cruz – “estaban junto a la Cruz de Jesús, su Madre…”.
En ambas ocasiones María está y hace de mediadora entre los signos de Jesús y la fe de los discípulos, esa fe la que nos transforma en hijos de Dios: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu Madre”.
María, la carne de María –y por extensión todo lo que tocan sus manos, todo lo que ven sus ojos y escuchan sus oídos, todos los caminos que recorren sus pies- es lugar de venida y de morada del Dios hecho carne. De ahí la importancia de los lugares donde la fe brota y se consolida, que son siempre lugares marianos. Lugares de gozo y de fiesta, como Caná. Lugares de dolor y compasión, como el Calvario.
El que confiesa a Cristo venido en carne, es de Dios.
El que desencarna la Palabra, el que la saca de contexto, el que la vuelve abstracta, sin rostro ni paisaje ni tono de voz, ese está contra Jesús.
Diego Fares sj

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