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La imagen del Señor resucitado nos muestra una resurrección que se le sale por los dorados del mosaico: brilla en las llagas, en el vestido y el manto, en los cabellos y la barba, y más que nada, en el espacio que lo circunda y en la herida de su Costado abierto, en la llaga de su Corazón.

“Siendo tarde aquel día, el primero después del Sábado, Y estando las puertas cerradas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes». Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado.

Se alegraronentonces los discípulos viendo al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían:

  • «Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó:

  • «Si no veo en sus manos la señal de los clavosy no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Vino Jesús estando las puertas cerradas, y se presentó en medio de ellos y dijo:

  • «La paz con ustedes.» Luego dice a Tomás:
  • «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no quieras ser incrédulo sino fiel.»

Tomás le contestó:

  • «Señor mío y Dios mío. »

Le dice Jesús:

  • «Porque me has visto has creído. Felices los que no vieron y creyeron.»
  • Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20, 19-29).

 

Contemplación

 

El Anuncio de la Resurrección requiere discernimiento. Hemos visto cómo las discípulas tuvieron que discernir que ese miedo que se apoderaba de ellas y las hacía callar el Anuncio, era del mal espíritu. Hoy los discípulos tienen que discernir la Paz que el Señor les da repetidas veces y la alegría que sienten al ver al Señor resucitado..

En qué sentido digo discernir? En el sentido de que no toda paz y toda alegría son lo mismo. La Paz de Jesús es algo totalmente especial. El Señor ya les había dicho que su paz no era como la que da del mundo. Y lo mismo podemos decir de la alegría: el Señor les había prometido una alegría que nadie les podría quitar. Hay que discernir, por tanto, entre paz mundana y Paz de Jesús, entre alegría que nos pueden quitar y Alegría que nadie nos puede robar.

Este fue el primer discernimiento que hizo Ignacio, el que “hizo que se le abrieran los ojos” cuando discirnió que la Alegría que experimentaba al leer el Evangelio y la vida de Cristo “duraba” después que había cerrado el libro. En cambio la alegría que le daban los libros de aventuras se esfumaba al terminar de leer. Más aún, la Alegría del Evangelio le daba deseos de ir a Anunciar el Evangelio a todos. Era una alegría misionera. La otra en cambio era una experiencia sólo suya (aunque uno cuente que le gustó una serie o una película no es que ande empujando a todos a que la vean. Cada uno tiene sus gustos).

 

Discernir la Alegría, discernir la Paz.

Con la Alegría de ver al Señor Resucitado a los discípulos les pasará una cosa que parece extraña y sin embargo es muy común. Uno de los evangelistas dirá después que “de la alegría que sentían no podían creer”. A mucha gente le pasa en Ejercicios que cuando tienen una consolación grande y sienten algo que nunca habían sentido, primero gozan de esa experiencia única que los hace sentir amados por Dios y creer en Jesús, pero luego les vienen dudas. Será verdad algo tan especial? Y surgen los miedos: qué me irá a pedir Dios ahora?

Qué y cómo hay que discernir? Hay que discernir la Paz y la Alegría y hay que hacerlo volviendo a leer estos Evangelios de la Resurrección en los que se contienen todos los criterios de discernimiento que el Espíritu nos va revelando en la medida en que lo necesitamos cada vez.

Una clave que encontramos en este evangelio está en el hecho -significativo- de que Jesús les de la Paz tres veces. Es como si cada vez que se presenta y también durante su Visita, el Señor tuviera que darles de nuevo el don de su Paz.

Qué quiere decir esto? Entre otras cosas, significa que no tenemos que “dejarnos llevar” por el fluir de los sentimientos.

Nuestros sentimientos tienen su secuencia natural, distinta en cada uno, de acuerdo a su historia y a sus experiencias de vida. Recuerdo un comensal del Hogar al que la alegría que sintió cuando le dimos a soplar la velita en el festejo de los cumpleaños le trajo el recuerdo de que nunca le habían festejado uno. No tenía memoria de festejos de cumpleaños. Y la alegría presente se le mezclaba con la pena honda del pasado. Por eso digo que hay que discernir bien la Alegría del Señor Resucitado y separarla de las nuestras.

En los Ejercicios Ignacio hace pedir: “gracia para alegrarme y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor” (EE 241). Es decir: pedimos la gracia de alegrarnos y gozar “por Otro“.

Humanamente todos tenemos experiencia de estas alegrías gratuitas, enteramente centradas en la alegría del otro. Es la alegría de los padres que ven que se recibe o se casa su hijo, es la alegría del amigo que ve premiado a su amigo. Cuando uno se alegra por la alegría de alguien amado, si surge algún sentimiento de autorreferencia, de comparación, de celos o de tristeza, rápidamente se disciernen como del mal espíritu y uno vuelve a concentrarse en gozar con el gozo del otro y alimentar ese sentimiento nos confirma en el bien.

Cuando uno se concentra en la alegría del otro, esa alegría es pura. Por que? Por que  uno se alegra de que el corazón del otro se dilate por el bien que recibe y eso nos hace comprender dos cosas: una, que el bien es difusivo de sí, el amor se irradia como irradia su luz y su calor el sol; la otra, que la medida para gozar y recibir un bien es única en cada uno. No puedo gozar como goza el otro. Si quiero alegrarme me debo dejar inundar por el mismo bien que dilata el corazón del otro y dejar que dilate el mío y me de su medida teniendo en cuenta la mía.

Este es el discernimiento base con respecto a la alegría. Podríamos decir así: es tentación (mala y mentirosa) entristecerse por la alegría de otro. Es tentación ese pensamiento que puede surgir y que dice: por qué yo no puedo alegrarme como el otro, como se alegraba Ignacio o como se alegró María Magdalena o los discípulos al ver a Jesús? La tentación quiere hacerme “sacar la mirada” de la gloria y gozo del Señor resucitado, de la alegría que sienten los discípulos y los santos, para que, en vez de dejar que me contagien y me incluyan, me mire a mi mismo, mire mis límites y siga el curso acostumbrado de mis sentimientos.

La Alegría del Evangelio es contagiosa, se irradia, es esencialmente misionera, se transmite íntegra de corazón a corazón por el kerigma, por la fuerza con la que un santo expresa que Jesús ha resucitado y le ha cambiado la vida. Por eso el punto es “no sacar la mirada” de la Alegría del Otro.

Y aquí viene de nuevo lo de la Paz. El Señor, cuando ve que su presencia produce estos movimientos de autorreferencia, vuelve a darles la Paz.

Esta segunda Paz viene a decir: estate en paz con tu alegría.

La primera paz ahuyenta el miedo. La segunda paz nos reconcilia con la alegría.

Tan importante como vencer el miedo es, en un segundo momento, dejar que se establezca -que reine- la alegría. La alegría hay que dejarla que dure, que se expanda todo lo posible, inundando de luz todos los rincones del alma, sanando las heridas que produjeron las alegrías a medias, esas que la vida “nos dio y nos quitó” y que dejaron marcas de desilusión.

El Señor establece el Reino de su alegría asegurando que “nada ni nadie nos la pueda quitar”. Pero fijémonos que esta “inrobabilidad” de la alegría no es algo nuestro. Lo que no nos pueden robar es el hecho de que el Señor nos la vuelva a dar una y otra vez, incansablemente. El Señor no se cansa de darnos la paz.

Es decir: no se trata de una alegría que se nos de “en posesión”, como si fuera cosa nuestra. Esto no tiene sentido, porque se trata de Su Alegría, de la Alegría que Jesús experimenta en su Carne resucitada, amando al Padre no solo como Espíritu sino como Dios-hombre, como Palabra encarnada. Nadie nos puede robar esto que sentimos cuando Jesús se nos acerca lleno de Alegría, cuando se hace presente en medio nuestro, cuando nos parte el Pan o nos explica las Escrituras, cuando nos perdona los pecados y cuando nos sopla su Espíritu para que vayamos a dar la paz y el perdón a todos los pueblos y naciones. Esta es la alegría misionera que nadie nos puede quitar. Y tenemos que discernirla de las alegrías “nuestras”, esas que van y vienen de acuerdo a cómo es cada uno.

Ponernos en paz con su Alegría, ese es el oficio de Jesús resucitado. Ignacio lo llama “consolar como un amigo consuela a otro amigo”. Consolar es quitar el miedo y establecer la alegría, haciendo que reine, que juzgue sobre cada cosa, que legisle y que imprima el tono con que deben hacerse las cosas.

En este sentido podemos decir que todo el magisterio del Papa Francisco consiste en compartirnos los criterios de discernimiento que brotan de la Alegría.

En Evangelii gaudium, Francisco nos enseña que la alegría del Evangelio es una alegría misionera, que si no la dejamos salir, se nos convierte en algo extraño: la Iglesia que no sale a anunciar la alegría del evangelio y se dedica a querer custodiarla dentro de sí, se vuelve rígida, intemperante, se endurece en su verdad y se le agría el corazón. No tiene sentido querer “custodiar” y defender una alegría que el Señor nos dio y nos tiene que dar de nuevo, como la Eucaristía, cada día!

En Amoris Laetitia, Francisco nos enseña que la alegría del amor familiar es la de un amor que abraza toda la vida de las personas, un amor cuya lógica es la de “reintegrar” y no la de “marginar” (AL 294). En esta exhortación a las familias el Papa Francisco y los dos Sínodos hicieron entrar el discernimiento como trabajo del que ningún cristiano puede excusarse. Nadie puede sustituir mi conciencia y mi responsabilidad personal. Ese discernimiento toma a cada familia concreta -“no existen familias perfectas”- como está, y la acompaña en su camino hacia adelante: hacia el logro de un mayor abrazo de todos sus miembros, especialmente de los niños y ancianos. La iglesia saca la mirada de la lógica abstracta del “esto se puede, esto no se puede” e invita a las familias a poner la mirada en la lógica del amor: un amor que usa los criterios de la misericordia para con los pecados, los criterios de la esperanza para apuntar siempre a una mayor perfección y los criterios de la concretez, para el paso adelante que cada uno puede dar hoy para crecer en ese amor.

En la Encíclica Laudato sii, Francisco nos invita a hacer un discernimiento ampliado: nos hace ver que la alegría es personal, social y ecológica a la vez. No hay alegrías privatizadas: la alegría verdadera, hoy más que nunca, debe abrirse a abarcar todas las dimensiones del ser humano y del planeta.

Y ahora, como anunció hace dos días, Francisco nos compartirá una nueva exhortación apostólica sobre la santidad en el mundo actual. Se llama “Alégrense y exulten” y del título mismo se ve cómo se afianza este discernimiento de y por la alegría en el que Francisco insiste en este momento histórico de gracia que nos toca vivir.

 

Diego Fares sj

 

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Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea.

Allí anunciaba la Buena Noticia de Dios, diciendo:

«El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca.

Conviértanse y crean en la Buena Noticia.»

Caminando junto al mar de Galilea,

vio a Simón y a su hermano Andrés,

que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. Jesús les dijo:

«Vengan conmigo y haré que se conviertan en pescadores de hombres.»

Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron.

Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan,

que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó,

y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron” (Mc 1, 14-20).

 

Contemplación

Jesús hacía fundamentalmente dos cosas: anunciaba y llamaba. El anuncio lo hacía “por atracción”, el llamado, saliendo Él a buscar. La gente se sentía atraída por Jesús e iba hacia él. Se juntaban multitudes para escucharlo. El llamamiento lo hacía yendo a buscar y eligiendo Él personalmente a sus discípulos.

La predicación, el anuncio del evangelio, la buena noticia de que uno puede convertirse en una persona de fe, de que cualquiera es importante para el Reino y hoy mismo, donde esté, puede cambiar de mentalidad, puede salir de la anestesia con la que los medios le enchufan criterios venenosos sin que le duelan, y pasar a ser una persona libre, que piensa en la fe, que goza con la luz que le va dando el Espíritu Santo, el Espíritu que visita las mentes de los fieles y nos propone los criterios de Jesús, el Espíritu que hace arder los corazones de los discípulos desilusionados dándonos los mismos sentimientos de Cristo Jesús…, este “kerigma”, el Señor lo predicaba a toda la gente que se le acercaba, al pueblo de Dios en su conjunto. Y lo hacía al aire libre.

La otra tarea, la de llamar discípulos para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar el Evangelio, la hacía yendo Él personalmente a su encuentro.    Hoy vemos que llama a los cuatro hermanos, a Simón y a su hermano Andrés primero, y luego a Santiago y a su hermano menor, Juan.

Les dice una frase que nos hemos acostumbrado a oír hasta el punto de que nos parezcan casi normales estas palabras -pescadores de hombres- en labios de Jesús. Y sin embargo…

Jesús era un carpintero y venía de las montañas de Nazaret. Cuando los llama les está hablando a hombres del lago de Galilea. Son gente que está en medio de su trabajo. Simón y Andrés estaban echando las redes al agua; Santiago y Juan las estaban reparando. Y Jesús viene y les dice que se vayan con él, que Él hará que se conviertan en pescadores de hombres.

No solo les cambia el objeto de su trabajo -peces por hombres-, sino que este cambio de objeto los transformará a ellos mismos: pescadores de hombres es algo que tienen que “llegar a ser”, es algo que hará Jesús con ellos y para esto tienen que dejarlo todo y seguirlo.

Lo que quiero decir es que solo en apariencia les está diciendo algo fácil y entendible. En realidad los está cambiando enteros: en su mismo oficio, en lo que ya saben hacer, Jesús los cambiará radicalmente, como si los hiciera de nuevo.

Puede ayudar una consideración de lo que significa “pescar hombres”. Cuando le decimos a alguien “te pesqué”, significa que en alguna mirada o en alguna palabra que usó, le descubrimos una intención que estaba ocultando. Esto tanto para bien, como cuando alguien trata de escondernos que nos hará un regalo sorpresa, como para mal, cuando nos está mintiendo: “te pesqué”. Pescar hombres tiene que ver, con las intenciones y los criterios.

Por un lado, se trata de pescar nosotros las intenciones más hondas de los hombres, esas que están como un pez en el fondo de un lago.

Jesús es especialista en pescar los pensamientos del corazón de la gente. Pescaba los buenos deseos de la gente sencilla con que solo le tocaran el manto, como la pescó a la hemorroisa; pescó al vuelo el deseo de seguirlo de los primero discípulos, cuando se dio vuelta y les dijo “qué quieren”, aunque era obvio que ya lo sabía, que les había tirado el anzuelo o había hecho que su primo Juan el Bautista pescara la cosa y se los mandara; Jesús pescaba la mala intención de los fariseos, les leía el pensamiento torcido, sabía que estaban pensando mal y se los expresaba en la cara; sabía lo que quería hacer su Madre en Caná y lo hacía aunque protestara cariñosamente con que no era su hora… y así con todo. Podríamos reescribir el evangelio entero desde esta perspectiva de pesca. Todas las parábolas, por ejemplo, son fruto de la mirada de Jesús que “pesca” en la vida cotidiana de la gente, las semillas del reino, que sabe ver cómo el Padre le revela sus cosas a los pequeños. Jesús pesca y enseña a pescar “al vuelo” los deseos del Espíritu en el corazón de los hombres (como pescó el Papa Francisco el deseo de casarse a la pareja que casó ahí mismo, en el avión, durante el vuelo de Chile a Perú).

Hay otra expresión que usamos y es “me pescás? “pescaste lo que quería decir?”. Es cuando apelamos al conocimiento que el otro tiene de una cosa y de nuestro modo de pensar. Más allá de las palabras que usamos como podemos, cuando hablamos con alguien esperamos que “pesque” lo que queremos decir. Esta capacidad que filosóficamente se llama “analógica” y es lo propio del pensar humano. Deducimos cosas por comparación. Y comparamos no solo cosas, sino dinamismos, procesos, estilos y antes que nada, intenciones… Pensar es discernir. La inteligencia no consiste en entender las cosas una por una y luego ponerlas juntas en un razonamiento. Uno pesca primero “la cosa en su conjunto”, la “situación”, como le decía el Güero a su mujer en la novela de Pérez Reverte, La Reina del sur”: “En este negocio, había dicho el Güero, hay que saber reconocer La Situación. Eso es que alguien puede llegar y decirte buenos días. Tal vez lo conozcas y él te sonría. Suave. Con cremita. Pero notarás algo extraño: una sensación indefinida, como de que algo no está donde debe. Y un instante después estarás muerta”.

Saber pescar “la situación”, es una buena imagen de lo que es el discernimiento. Es saber pescar al demonio cuando te dice “buenos días”, porque como dice el Papa Francisco, el demonio es un señor muy educado, y te sonríe, suave y te habla como quien no quiere la cosa y un instante después, no que estás muerto, como cuando se trata de narcos, sino que te ensartó un criterio y ya estás pensando vos mismo como él, sin que te fuerce en nada. Es lo que nos pasa a todos cuando nos “enganchamos” con algo que dicen los medios: nos muestran una foto o nos repiten una frase y nosotros seguimos solitos repitiendo un discurso como si fuera el único. No les ha pasado tener como un dejavu: notar de repente, en medio de un argumento que están pensando interiormente, que se les ha metido en la cabeza un tonito y que están repitiendo una frase “tal cual” como la dice un periodista que opinó sobre un tema?

Pescar hombres para el reino tiene, pues, que ver con los criterios. Con pescar “la situación”, no un zapato aislado. Con pescar lo que siembra el Buen Espíritu y con lo que sobre siembra el malo.

Jesús compara el Reino con pescadores que disciernen: “El reino de los cielos es semejante a una red, que, echada en el mar, recoge de toda clase de peces; y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera” (Mt 13, 47-48).

Pescar hombres es discernir y enseñar a discernir, eso es lo que quería decir hoy, reflexionando sobre este evangelio. Es la tarea más importante en la que el Papa quiere que crezca la Iglesia en la actualidad.

Y quizás no hay mejor época que la nuestra. Hoy no se puede ocultar nada, todo el pescado está a la vista. Las cosas salen a la luz. No se pueden ocultar. Pero salen a la luz, no espontáneamente, salen ya “editadas”. Y exigen discernimiento personal y comunitario.

Pescar con Jesús y para Jesús es pescar la “intención de fondo” de las personas. Jesús, como ya se lo había profetizado Simeón a María, su Madre, cuando era un recién nacido, es y será uno que hace que salgan las intenciones de fondo de los corazones. Para eso vino a este mundo. Para eso nos visita y se nos acerca. No para imponernos nada. Visita para que salgan a la luz lo que tiene cada persona y cada pueblo en su corazón.

Esta tarea de pesca es la tarea principal del Señor: nos pesca para el reino, para llevarnos al Padre. Nos pesca en este lago que se escurre por el resumidero del tiempo, a las aguas del cielo, que no se escurren sino que son para siempre.

Para pescar con Él primero hay que dejarlo que discierna nuestro corazón y saque a flote nuestro verdadero rostro y nos libre de todo lo que es máscara y sentimientos menos dignos. Así, dejando que nos pesque el buen deseo que nos constituye y dignifica como las buenas personas que querríamos ser, y que nos discierna los deseos mezclados de todos los días, podremos ayudar también a los demás.

Jesús es el Pescador invisible, el Cristo de la mano rota de la Iglesia de San Bernardo en flores, que tironea desde arriba, como dice el Adán buenosayres de Leopoldo Marechal: “¡Es absurdo! Uno está navegando en ciertas aguas oscuras, y de repente se da cuenta que ha mordido un anzuelo invisible. ¿Comprenden? Y uno se resiste, forcejea, trata de agarrarse al fondo! Es inútil: ¡el Pescador invisible tironea desde arriba!”.

Discernir…

Morder el anzuelo invisible del Pescador que tironea para arriba! Gustar este anzuelo, gustar que vaya para arriba. Interpretar las cosas “hacia arriba”, aunque uno abajo patalee…

Ayudar a discernir.

Ayudar a “pescar la situación”, no solo las cosas sueltas, los títulos editados cada día, las noticias que son pescado viejo y podrido que nos sirven refritas como si fueran frescas de hoy.

No hay mejor época que la nuestra si es que uno quiere entrenarse en el discernimiento. Cada día tenemos ante los ojos “todo el pescado: buenos y malos”. Es tarea de cada uno ver qué elige, elegir qué come.

Diego Fares sj

 

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Principio del Evangelio de Jesús, Cristo, Hijo de Dios.

Como está escrito en el libro del profeta Isaías:

‘Mira, envío a mi mensajero delante de ti para que prepare tu camino…,

(lo envío como la) voz de uno que grita en el desierto:

‘preparen el camino del Señor, rectifiquen sus senderos’,

(así) se presentó Juan el Bautista en el desierto,

predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.

Y acudía a él toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén

y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Juan andaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero,

y se alimentaba con langostas y miel silvestre.

Y predicaba, diciendo:

‘El que es más fuerte que yo viene detrás de mí,

Uno ante quien yo no soy digno ni de desatar, arrodillado,

la correa de sus sandalias.

Yo los he bautizado a ustedes con agua,

pero él los bautizará en Espíritu Santo’ (Mc 1, 1-8). 

Contemplación

La contemplación de “los caminos que hay que preparar y rectificar” nos habla de trabajo. Tiene que ver con esa semilla del “amor-trabajo” de la Contemplación para crecer en el amor que invita a: “Considerar como Dios trabaja y labora por mí en todas las cosas – (…) y reflexionar en mí mismo”. Reflexionar cómo tengo que trabajar y en qué tarea para que mi trabajo edifique y colabore con el del Padre, que “siempre trabaja”.

Juan Bautista, retoman la voz antigua del profeta Isaías y nos anima: Trabajen preparándole caminos al Señor que viene a bautizar en Espíritu Santo.

Estos caminos a preparar y a rectificar no son otros que los del amor.

Jesús camina dejando la huella de las plantas de sus pies cuando el camino es de amor. No importa si es de tierra, si hay barro, si está asentado o asfaltado. Lo que cuenta es que sea un camino-puente, tendido entre dos amores: entre el amor de uno que viene porque tiene hambre y el amor de otro que va porque quiere darle de comer, entre el amor de uno que viene porque desea aprender a rezar y el amor de otro que sale a predicar el Evangelio.

El Señor no transita los caminos en los que sólo el amor propio está al comienzo y al final: el camino del dinero, el camino de la fama y el camino de la soberbia que da el poder. Son caminos circulares, aunque parezca que van derechos y que salen hacia los demás, los pasan de largo: la meta no eran las personas sino los trofeos -productos, aplausos, pleitesías- con los que el que parecía que salía, vuelve cargado a la covacha de su propio ego.

Vamos a compartir seis caminos y puentes que ha creado y que recorre Francisco y que nos invita a transitar junto con él, colaborando para mantenerlos transitables.

 

El camino de los sínodos. Sínodo significa “camino juntos”. Es un camino que circula entre Roma y todos los obispos del mundo con sus diócesis y su porción del pueblo fiel de Dios. El Papa Francisco tendió este puente sinodal a las familias y a los jóvenes. El de la familia, el Papa hizo que los obispos lo caminaran dos veces. La primera con la convocación de una “Asamblea extraordinaria” en el 2014, para escuchar los aportes que venían de todas las familias del mundo. Bruno Forte, secretario especial de la asamblea, trazó una relación entre este sínodo extraordinario y el Concilio Vaticano II, por cuanto el enfoque para abordar los desafíos de la vida familiar en la actualidad sería el mismo que Juan XXIII anotaba en su diario poco antes de la apertura del concilio: «Mirar todo a la luz del ministerio pastoral, es decir: almas que salvar y que reconstruir». La segunda recorrida se hizo en la Asamblea ordinaria del 2015 y allí se dieron las directivas pastorales para hacer crecer “la alegría del amor” en las familias. El Papa reparó un camino que estaba roto y tendió un puente que estaba cortado a las familias que estaban criando a sus hijos desconectadas de la esperanza de la gracia. Bajó el puente levadizo de una Iglesia encerrada dentro de los muros de una autodefensa imaginaria -ya que nadie la ataca hoy discutiendo las verdades abstractas escritas en los códices – y la hizo salir a plantar tiendas de hospitales de campaña, allí donde el enemigo sí ataca a las familias reales, que necesitan el remedio del evangelio de la misericordia. El otro sínodo que el Papa quiere caminar junto con los jóvenes es el que se celebrará en octubre de 2018. Tomando pie en los jóvenes, la reflexión sobre la fe y la vocación común a la alegría del amor, nos hará transitar a todos este camino que se abre al futuro.

 

El camino a las periferias, a todos los tipos de pobreza. Este camino que no partió, sino que llegó a Roma con los pedidos de Obispos de todo el mundo de que la Iglesia “fuera pobre y para los pobres” y que encontró un eco formidable en el corazón de Juan XXIII, es un camino que Francisco no deja de recorrer. Dio el primer paso cuando estableció un puente con la isla de Lampedusa, a donde llegan los refugiados que cruzan el Mediterráneo, dos semanas antes de iniciar su primer viaje, ya programado por Papa Benedicto, a Río. Pero la primera opción por la periferia fue intra-vaticana. A los dos días de ser elegido el Papa visitó el Palacio apostólico, con sus diez habitaciones, cocina, comedores y estudio médico, y al ver que “aquí pueden vivir 300 personas”, hizo el viaje de regreso a Santa Marta, donde se quedó a vivir. Los veintiún viajes que ha realizado Francisco  fuera de Italia y los 17 dentro de ella han estado marcados por este impulso del Espíritu a salir a las periferias geográficas y existenciales. En todas las visitas son lugares claves las cárceles, los hospitales, los hogares… y la calle, donde Francisco goza encontrándose con el pueblo fiel de Dios, ese que en Ecuador le cubrió el auto y la carretera de flores y que en Myanmar viajó desde todos los puntos del país para asistir a una misa con 150.000 personas en un país en el que los católicos superan con poco el medio millón. La puerta de la misericordia abierta en Bangui, en el corazón del África pobre, fue otro hecho emblemático de la prédica con gestos evangélicos que hace el Papa. En Roma, sus lavatorios de pies a los más pobres, enfermos y detenidos, de todas las religiones y condiciones sociales unge cada Jueves Santo con este sello del amor a los más pobres. Los ejemplos son constantes e innumerables. Estos apuntan solamente a motivar la reflexión acerca de este camino directo que el Papa tiende a los más pobres.

El puente tendido a los medios de comunicación. Desde el primer momento, el Papa revolucionó la forma de comunicar y los periodistas fueron los primeros en comprenderlo y en valorarlo. El Papa está siempre comunicando, buscando “que el mensaje llegue”, como dijo hace unos días en el viaje de regreso del Asia. Comunica con palabras sencillas – Buona sera y Buon pranzo-, y con “cuentecitos” que eso eran las narraciones de Jesús, y que nosotros – como dice Martín Descalzo- llamamos “parábolas” para distinguirlas. El Papa comunica con gestos que hacen a sus hábitos personales, como seguir con sus zapatos negros, comer en el comedor común en Santa Marta, elegir un auto sencillo como papamóvil…  Y comunica también con gestos pastorales, como salir a recorrer la plaza, celebrar misa diaria con la gente en Santa Marta, recibir a los que le piden encontrarlo, pero elegir él, después de discernir y no por seguir un protocolo, a quienes visita. El Papa comunica concediendo entrevistas y dialogando con los periodistas sin tener antes las preguntas. Aceptando el riesgo de responder como el Espíritu lo inspira en ese momento, mirando a los ojos al que le pregunta. El Papa comunica con sus sonrisas, sus selfies, sus llamados telefónicos, cartas, mails y hasta WhatsApp personales. Y comunica haciendo dialogar a los obispos libremente, mientras él escucha y toma nota en silencio. Este puente directo a los medios ha sido una “salida al campo” como dicen los italianos, un entrar en la cancha. Antes, el lenguaje oficial iba por un lado, manteniéndose impecable en su lógica eclesiástica, y a la gente le llegaban las cosas en lenguaje periodístico. Hoy esto sigue pasando. Pero sólo para el que no quiere tomarse el trabajo de escuchar al Papa mismo hablando con los periodistas, titulando, pidiendo que se interprete bien lo que dice… Es uno de los grandes puentes de Francisco que ha sacado el Evangelio a los caminos del mundo y lo ha liberado de la prisión del lenguaje abstracto en el que estaba enjaulado el Espíritu.

El puente a todos los cristianos. En esto, lo del camino no es una metáfora. El Papa ha salido a caminar junto con los cristianos de todas las confesiones y tradiciones poniéndose a su lado, como se hace cuando uno camina con otro, sin más pretensiones. Baste citar el encuentro “privado” con los pentecostales de Caserta y la única visita a una casa de familia, la de su amigo el pastor Traetino, y el encuentro en Cuba con el patriarca ortodoxo, haciendo una etapa especial en su viaje a México, para encontrarse con él en un lugar especial, aprovechando una providencial coincidencia de agenda. El pastor Luterano en Roma, que tiene su Iglesia a dos cuadras de La Civiltà Cattolica, siempre que podía decía “nuestro Papa”. Y si sus hermanos de Alemania le objetaban algo decía que era el Obispo de Roma y que su iglesia estaba en Roma. Un amigo musulmán que vivía en el Centro de acogida de nuestra Iglesia de San Saba, decía, luego de un encuentro del Papa con los refugiados, que se notaba que apreciaba de corazón a los musulmanes y quería de veras a los pobres. Con su teología del “martirio de la sangre” que une a todos los cristianos en un testimonio supremo que los enemigos reconocen sin hacer diferencia de confesiones, el Papa transita siempre que puede, este camino ecuménico, al que la teología llega después de que se ha caminado juntos, en la oración, el servicio a los pobres y el testimonio de vida.

El puente al planeta. Este es un puente nuevo, no transitado antes. Más que un puente espacial es un puente temporal: se tiende entre el planeta actual y el planeta futuro. Nos hace tomar conciencia de que, queramos o no, estamos transitando sobre un abismo temporal: corremos el riesgo de que la cabeza de puente del futuro no tenga donde apoyarse y nos dirijamos hacia nuestra perdición, hacia un planeta invivible o vivible solo para pocos. La encíclica Laudato sí nos brinda el mapa de los pasos sociales, ecológicos y personales que podemos dar para que el camino del planeta tenga como destino un planeta mejor y para todos: para que siga siendo la madre tierra de muchos hijos y no un asteroide contaminado y sin vida que sigue girando indefinidamente por el espacio.

El camino de Jesús y a Jesús. Todos estos puentes y caminos son en realidad el camino de Jesús y hacia Jesús. Tomo aquí las palabras proféticas de Benedicto XVI en el aniversario de su ordenación sacerdotal, el 28 de junio de 2016, cuando le dijo a Francisco: “Esperamos que usted pueda seguir adelante con todos nosotros por este camino de la misericordia divina, mostrando el camino de Jesús, hacia Jesús, hacia Dios”. Hay gente que menosprecia los puentes y caminos de Francisco como si fueran meras cuestiones sociales (incluso sesgadas partidariamente), cuestiones meramente diplomáticas y no cuestiones de verdadera fe. Se distingue la valoración de Benedicto XVI, acerca de que estos caminos de la misericordia, en los que Francisco va adelante y nos invita a seguirlo, son los verdaderos caminos de Jesús y que llevan a Jesús, y por Él a Dios.

Trabajar junto con el Papa en tender, reparar y transitar estos caminos es una tarea en la que cada uno tiene algo suyo para aportar. En el camino largo que recorre la historia de salvación, vivimos nosotros nuestra etapa. El Señor viene en este tiempo intermedio. Viene con la potencia del Espíritu Santo que se posa en todos los que le abren el corazón y le dan velas a su soplo. El Espíritu viene a los que lo invocan y lo desean y se trasfunde en afectos de ternura y amistad, en costumbres que crean hábitos buenos y se convierten en instituciones duraderas en las que el amor puede crecer y dar fruto.

Diego Fares sj

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            Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos,

se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la ley le preguntó con ánimo de probarlo:

‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?’

Jesús le respondió:

‘Amarás al Señor, tu Dios, con amor de gratuidad

con todo tu corazón (kardía)

con toda tu alma (psiché)

y con toda tu razón (dianoia).

Este es el más grande y el primer mandamiento.

El segundo es semejante al primero:

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

De estos dos mandamientos penden la ley entera y los Profetas’” (Mt 22, 34-40).

 

Contemplación

Al que ama así –con todo-, el Espíritu Santo le da una alegría que nada ni nadie le puede quitar (aunque en algunos períodos haya cosas que la ensombrezcan la mirada y atribulen el corazón). Uniendo amor y alegría no me puedo resistir a poner una paginita de un periodista muy querido que dice así de sus alegrías:

“Otra alegría más: el Papa. Qué méritos ha hecho nuestro siglo para que al frente de nuestra Iglesia haya puesto Dios a este anciano tan transparentemente evangélico, tan infantilmente cristiano, tan jubilosamente constructivo, tan amigo del mundo, tan de corazón abierto, tan serenamente vivo, tan vivamente sereno, tan hermano de todos, tan naturalmente sobrenatural? Un Papa de transición! Qué despistados estuvimos todos hace cuatro años! Qué divertido este Dios que lleva a los cristianos casi humorísticamente hacia lo que precisan en cada momento! El Papa, sí digámoslo: uno de los más sólidos motivos de esperanza en esta hora. Precisamente porque es tan sencillo, precisamente porque no es el “divino inspirado” ni la “clarísima mente” ni el “omnipotente faraón”. Dios es así: comenzó llamando a los pastores en Belén y termina dirigiéndonos a través de un Pastor con mayúscula que es tierno y humano como un pastor con minúscula”.

Mientras tecleo cada una de estas palabras siento mis dedos hermanos de los de José Luis Martín Descalzo que, otro octubre, hace 55 años, tecleaban en su Remington portátil estas mismas letras, contándonos como solo sabe contar él estas “razones de su alegría” ante el Papa Juan XXIII que había dado inicio al Concilio Vaticano II.

El día antes, mientras acompañaba al Papa en el trencito con que salió del Vaticano (por primera vez en cien años, luego de haber “perdido” la Iglesia los estados pontificios) para ir a Loreto y a Asís a rezar por el Concilio, el Papa les había dicho a los periodistas:

“Conservad bien esos blocs de notas. Veréis lo que os gusta revisarlos cuando tengáis ochenta años”.

Martín Descalzo tendría ahora 87 y no es que crea solamente sino que estoy cierto, tanto como lo estaba él de que “Morir sólo es morir. Morir se acaba. Morir es cruzar una puerta a la deriva/ y encontrar lo que tanto se buscaba”, de que releerá conmigo con alegría desde su cielo, donde sigue siendo el periodista de alma que fue en la tierra, estas notas que escribió mirando como yo desde su ventana la cúpula de San Pedro iluminada, el aquella noche y yo esta madrugada.

La cuestión es que buscaba alguna cita sobre el mandamiento del amor del evangelio de hoy -que sí sé por qué lo tengo ligado a Descalzo- y me encontré con que nuestra biblioteca tiene en castellano sus cuatro tomos de: “Un periodista en el Concilio”. Los mismos cuatro tomos que papá tenía en el estante de abajo de la biblioteca del comedor de casa y que alguna vez hojeé de adolescente sin animarme a leerlos todos. Dije que sí sabía por qué tengo unido estos dos mandamientos a la figura de Martín Descalzo. Él tiene esa paginita que se llama “Mis diez mandamientos” que comienza así:

“Amarás a Dios, José Luis. Le amarás sin retóricas, como a tu padre, como a tu amigo. No tengas nunca una fe que no se traduzca en amor. Recuerda siempre que tu Dios no es una entelequia, una abstracción, la conclusión de un silogismo, sino Alguien que te ama y a quien tienes que amar. Sabe que un Dios a quien no se puede amar no merece existir. Le amarás como tú sabes: pobremente. Y te sentirás feliz de tener un solo corazón y de amar con el mismo a Dios, a tus hermanos, a Mozart y a tu gata”.

Y seguía luego, más adelante:

“No olvides que naciste carnívoro y agresivo y que, por tanto, te es más fácil matar que amar. Vive despierto para no hacer daño a nadie. Sabes que se puede matar hasta con negar una sonrisa y que tendrás que dedicarte apasionadamente a ayudar a los demás para estar seguro de no haber matado a nadie”.

 

Descalzo escribió “Mis diez mandamientos” por pedido de una emisora que lo había llamado para entrevistarlo acerca de “su decálogo”. Estaban llamando gente importante para que dijeran cuáles serían los mandamientos que impondrían al mundo para que funcionase bien y a Descalzo le chocó la cosa. Respondió a los de la emisora que para él el decálogo de la Biblia estaba “bastante bien hecho” y que no se sentía con fuerzas para intentar “mejorarlo”. Que bastante trabajo tenía ya con intentar cumplirlo. Pero que ciertamente tenía su visión personal de los mandamientos de siempre y para no desilusionarlos les compartía los que intentaba cumplir él mismo.

A mí me dio más alegría releerlo a él que tratar de rezar por mí mismo (esto de rezar con otro es uno de los mejores modos de oración, especialmente si uno se distrae o encuentra que más que rezar le da vueltas a sus propios pensamientos) así es que esta contemplación salió con sus cosas.

Confieso que me encanta ese “Amarás a Dios José Luis”. No me sale tan natural a mí decirme: “Amarás a Dios Diego”. Y sí en cambio imaginar cómo Descalzo se dice a sí mismo: “Amarás a tu Dios José Luis”.

Aquí cada uno puede detenerse y sentir qué resonancias tiene escuchar de otro este mandamiento y mandárselo a sí mismo.

Yo siento que Descalzo se habla a sí mismo con bondad (no con fastidio ni exigencia). Se habla a sí mismo con el realismo de quien se manda también: “te sentirás feliz de tener un solo corazón y de amar con el mismo a Dios, a tus hermanos, a Mozart y a tu gata”. Y reflexiono que el “todo” del mandamiento – amarás a Dios con todo tu corazón, toda tu alma y toda tu mente- no es un “todo” que signifique reproche, como si uno pudiera “tener partes de corazón que no aman a Dios”. Descalzo agarra por el lado de la aceptación: “te sentirás feliz de tener un solo corazón”, se manda. Y creo que da en la tecla, porque “todo” su corazón significa “el único real”, el que tiene, con el que “ama como sabe: pobremente!”.

Es mejor amar como a uno le sale, que no amar por no estar conforme con la idea que uno tiene del amor, de cómo “debería” amar.

 

Lo del amor al prójimo también me gusta por su realismo. Eso de “dedicarse apasionadamente a ayudar para estar seguro de no haber matado a nadie”.

Es poner la pasión en la actitud totalmente contraria a la actitud de acusarnos mediáticamente unos a otros de matar (y de robar y de mentir y de codiciar los bienes ajenos…). Si uno se fija bien, en la pasión con que nos atacamos y discutimos subyace un “estar seguros de que nosotros no hemos matado a nadie”. Si uno no estuviera tan seguro, no discutiría tan abiertamente.

En el tono de nuestras acusaciones mutuas –con muertos reales en el medio, muertos con balas en la cabeza, con agua en los pulmones y destrozados con bombas- se nota que habla esta “certeza” de que somos puros. Por supuesto que nadie se cree así de puro personalmente. Pero hemos construido una especie de “yo mediático” que se pretende no puro pero sí neutro. Un “nosotros” mediático en el que, el que habla –son muchos y van por turno-, se permite hablar como representando una voz común. Y la característica de esta “voz común” es que tiene no solo el derecho sino el deber de “tirar la primera piedra”.

Usando la imagen evangélica, podemos decir que luego de dos mil años hemos logrado un “ámbito” en el que todos podemos tirar la primera piedra sin peligro de ser acusados de pecado. Es una piedra virtual, por supuesto. Pero los efectos de sus golpes son físicos, morales, causan daño real.

Descalzo habla de todo lo contrario: de estar apasionadamente tratando de ayudar a los demás para poder estar seguros de no haber hecho daño a nadie. Es decir: no hay lugar neutro. Dado que hay gente tirando piedras apasionadamente, si uno no está ayudando apasionadamente, las piedras que lastiman personas lo convierten en cómplice.

Así, “todo el corazón, toda el alma y toda la razón” quiere decir “apasionadamente”. Es una traducción temporal, no espacial. Cuando uno se apasiona, en un momento pone todo, da todo.

Termino con algunas apreciaciones de Descalzo sobre el Concilio que iniciaba con respecto al cual, además de sus alegrías, compartía también sus temores. Un temor era el de “creer demasiado en el Espíritu Santo” y lo expresaba así: “Partir del supuesto de que el Concilio no puede fracasar”. Y agregaba esta frase tremenda y profética: “Dios sólo ha prometido que no permitirá el error, no que no pueda permitir la mediocridad”. Transcribo:

“Dios no ha prometido librarnos del palabrerío, del pietismo barato (de los cara de estampita), de las visiones personales (de las teologías de una sola escuela), del despiste en nuestra visión del mundo, del lenguaje celeste e inútil (abstracto), del “encaje de bolillos” teológico (de las trenzas eclesiásticas al hacer documentos). Dios no ha prometido librarnos de la ineficacia. El Concilio tiene garantizada la infalibilidad doctrinal, no una infalibilidad pastoral y, sobre todo, no una máxima eficacia pastoral. Esto dependerá de la oración de toda la Iglesia”.

Cincuenta y cinco años después, en algunas reacciones contra el simple revivir del Espíritu del Concilio, hace bien releer la descripción de estas tentaciones de las que hablaba Descalzo. Porque se ve que son las mismas de siempre. Para combatirlas, nada mejor que las “Razones para el amor” que nos daba el entonces joven curita-periodista, al que me complazco en dedicar esta página como un modo mío de hacer que se cumpla lo que le dijo Juan XXIII, acerca de que ochenta años después le gustaría revisar sus blocs de notas. Era el comienzo del Concilio, y el Papa soñaba con una Iglesia que prefiriese “usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad”. Quería una iglesia que al alzar la antorcha de la verdad supiera “mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella” (Discurso inicial del Concilio Vaticano II, octubre de 1962).

Diego Fares sj

 

 

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Después de esto, Jesús ordenó a los discípulos: «Suban a la barca y vayan a la otra orilla del lago. Yo me quedaré aquí para despedir a la gente, y los alcanzaré más tarde.» Cuando toda la gente se había ido, Jesús subió solo a un cerro para orar. Allí estuvo orando hasta que anocheció. Mientras tanto, la barca ya se había alejado bastante de la orilla; navegaba contra el viento y las olas la golpeaban con mucha fuerza. Todavía estaba oscuro cuando Jesús se acercó a la barca. Iba caminando sobre el agua. 26 Los discípulos lo vieron, pero no lo reconocieron. Llenos de miedo, gritaron: —¡Un fantasma! ¡Un fantasma!

Enseguida Jesús les dijo: —¡Cálmense! ¡Soy yo! ¡No tengan miedo!

Entonces Pedro le respondió: —Señor, si eres tú, mándame ir a Ti sobre las aguas.

Y Jesús le dijo: —¡Ven! 

De inmediato Pedro bajó de la barca. Caminó sobre el agua y fue hacia Jesús. Pero cuando sintió la fuerza del viento, tuvo miedo. Allí mismo empezó a hundirse, y gritó: —¡Señor, sálvame! Entonces Jesús extendió su brazo, agarró a Pedro y le dijo: —Pedro, tú confías muy poco en mí. ¿Por qué dudaste?

En cuanto los dos subieron a la barca, el viento dejó de soplar. Todos los que estaban en la barca se arrodillaron ante Jesús y le dijeron: —¡Es verdad, tú eres el Hijo de Dios!

Contemplación

Señor, si eres Tú, mándame ir a Ti sobre las aguas.

La frase de Simón Pedro nos enseña algo que él ha aprendido del Señor: para discernir a Jesús de los fantasmas hay que jugarse.

Lo mismo vale para “las cosas de Jesús”: si uno quiere saber si una misión es del Señor, si una obra es de Iglesia, hay que tirarse al agua; ponerse en camino, comenzar a trabajar como voluntario, involucrarse con los otros en un proyecto… Son cosas que, si uno las mira desde la seguridad de su barca, pueden dar miedo. Y el mal espíritu aprovecha el temor para causar confusión, suscitar dudas y robarnos la alegría y la esperanza.

Así fue la tentación que tuvieron los discípulos: al ver a Jesús venir a su encuentro caminando sobre las aguas en medio de la tormenta, el demonio aprovechó su miedo y les hizo ver como un fantasma al que era su mejor Amigo y Salvador. En vez de dar lugar a la gracia más grande de sus vidas, como era la de contar con Alguien como Jesús, y saltar de alegría dejándose llenar del Espíritu Santo, dieron lugar a la tentación, que se sirvió de sus miedos para hacerles proyectar fantasmas. Pedro, sin embargo, al escuchar la voz de su Maestro, mantuvo la cordura y sobreponiéndose al griterío de sus compañeros, centró su corazón en Jesús.

Con la ayuda de Simón Pedro podemos reflexionar y sacar provecho de la escena.

Es una lección sobre los fantasmas y los miedos. Una lección para crecer en el discernimiento, que afirma  lo siguiente: No siempre que uno ve fantasmas y se asusta por la fuerza de vientos en contra y de un mar agitado, se trata de algo negativo. Puede que sea todo lo contrario. Que uno esté viviendo un tiempo de gracia espectacular y que por eso mismo se desaten las tormentas y el mal espíritu quiera aprovechar para tentarnos y meternos miedo.

Pedro resuelve la cosa dirigiéndose directamente al Señor-fantasma (no lo tiene claro del todo y por eso dice: “si eres Tu”) y pronunciando una de esas frases que Jesús le enseñó a discernir como “la voz del Padre” (esto no son ideas tuyas sino que esto te lo ha revelado mi Padre).

Sabemos cómo siguió la cosa: el Señor le dijo “ven”, Pedro se tiró al agua y allí experimentó de nuevo la tentación del miedo y se le apocó la fe. Pero ya tenía la clave y en el mismo vértigo de estar hundiéndose, gritó “Señor, sálvame”, y Jesús, que estaba bien atento a todo el proceso, ahí nomás le extendió su mano salvadora y lo confirmó en su fe inicial, la que le había hecho sentir el Padre: “Se te apocó la fe” -le reprochó cariñosamente-. Por qué dudaste”.

Pedro aprendió a fiarse de esa voz interior que invita a dar un pasito hacia Jesús en todas las circunstancias de la vida.

Podemos formular así la lección: en toda situación -de tormenta o de paz, de certezas o de confusión-

la voz interior que te dice “jugate por Jesús”, siempre es del Padre,

y el paso concreto que se te ocurre dar para acercarte a Jesús, es del Espíritu Santo.

Eso sí, tenes que saber que estos dos discernimientos son personales. Ni siquiera en el grupo de los doce se tiraron al agua todos. Solo Pedro se animó y luego todos gozaron de los beneficios de que el Señor subiera a la Barca y calmara la tormenta. Allí también ellos se arrodillaron y lo adoraron diciendo “Es verdad, Tu eres el Hijo de Dios”. Tuvieron que hacer su acto de fe y discernir su miedo anterior como tentación y corregir su juicio acerca del fantasma.

El Evangelio nos dirá que esta experiencia de sentir que  “a uno le vienen dudas” y que hay cosas que no entiende, se mantendrá incluso ante Jesús resucitado. No hay que extrañarse: Es el Señor mismo el que produce este movimiento de espíritus. Su venir a nuestro encuentro suscita movimiento de espíritus. Su presencia no es para que nos sentemos a mirarla como quien mira la vida por tv. Ante las cosas de Jesús todos sentimos la provocación a dar un paso de conversión en nuestra vida. Ahí sentimos -instintivamente- que se nos mueve el piso y el demonio aprovecha para meter todo tipo de frases e interpretaciones como la de que es un fantasma.

Hagamos un replay y contemplemos de nuevo la escena: los discípulos se encuentran en medio de una tormenta. Hay vientos contrarios, olas y peligro de hundirse. Interiormente sienten que Jesús los dejó solos. Los apuró para que se fueran y le obedecieron, aunque como gente de mar, sabían que se venía una tormenta. La realidad, como se supo después, es que el Señor se había quedado solo rezando por ellos y que, atento al momento justo, había decidido ir a su encuentro caminando sobre las aguas en medio de la tormenta. Algo totalmente impensable. Sin embargo, ahí donde todos actúan de manera lógica juzgando que si alguien viene sobre las aguas no puede ser sino un fantasma, Pedro juzga de otra manera. Intuye que esta locura viene de su Maestro, le hace caso a la voz interior del Padre y se deja conducir por el Espíritu que lo lleva a jugársela para poder discernir: pide a Jesús que, si es él, le mande acercarse caminando sobre las aguas.

Pedro sabe que se discierne caminando, que se discierne experimentando el movimiento de espíritus contrarios, que se discierne metiéndose en una situación de fragilidad que solo Jesús puede resolver, se discierne dando uno un paso adelante. Por eso no se puso a tratar de convencer a sus compañeros de que podía tratarse de Jesús… Pedro se tiró al agua. No le fue de todo bien, porque se pegó un remojón y se llevó un flor de susto. Pero el  Señor lo bendijo.

Hay algunas situaciones que se viven en la Iglesia que se pueden interpretar amplificando los momentos de esta escena evangélica. Me gusta imagina, por ejemplo, algunos momentos (que a veces duran mucho tiempo) en los que Jesús no está en la Barca de la Iglesia. Para meterse en una situación así hay que dejar de lado, por un rato, la idea de que Dios está en todas partes.  En esta escena contemplamos a un Jesús que no se sube a la Barca, que deja que navegue sin Él. El se queda con la gente a la que había dado de comer los panes y peces y a la que quiso despedir personalmente.

Es un Jesús sin su Iglesia, un Jesús que se dedica personalmente a esos “otros rebaños”  que también son suyos.

Un Jesús que se dedica a la gente directamente sin intermediación de los discípulos.

Primero sí, les hizo distribuir los cinco pancitos multiplicados. Pero después los mandó a que lo dejaran solo y se despidió de la gente sin ellos. Y por si fuera poco, subió a la montaña a rezar a solas con su Padre. Aunque desde allí los veía, dejó que se alejaran sin él y que quedaran a merced del viento en contra.

La imagen de la Iglesia como una Barca sin Jesús y en medio de la tormenta. Pienso que algo así fue lo que vivimos en ese espacio de tiempo que medió entre la renuncia del Papa Benedicto y la elección de Francisco.

Cuando es elegido (antes, en realidad, porque eso fue lo que dijo y por eso lo eligieron) Bergoglio discierne que la Iglesia tiene que salir. Discierne que Jesús viene a la Iglesia desde afuera y que hay que salir a su encuentro.

En el evangelio, para los otros discípulos al igual que para  muchos en la Iglesia actual, un Jesús que viene de afuera, de un afuera tormentoso y líquido, como la cultura moderna, es un fantasma. Para Pedro no. Y como prueba, pide que le mande salir de la Barca y caminar sobre las aguas.

Para mí esto es lo que ha hecho y está haciendo el Papa Francisco: ha discernido que Jesús no estaba en la Barca y se ha largado al agua. Le ha pedido al Señor que le mande ir a Él poniéndose en su misma situación: la de uno que camina sobre las aguas. La de uno que no se refugia en definiciones sino que se larga al encuentro con la gente. Y el Señor se lo ha concedido. Y si de vez en cuando se pega un remojón el Señor le tiende la mano, lo ayuda y lo bendice.

Muchos de los que se quedan en la Barca, ahora igual que entonces, no están todavía en el momento en que el Señor y Pedro se suben de vuelta a ella y les permiten tener una misa de acción de gracias y adoración. Muchos están paralizados por sus miedos a dar un paso adelante también ellos y desde la barca piensan: encima que no sabe si es el Señor o un fantasma, este le pide que le mande caminar sobre las aguas y se tira nomás! Veremos…

Este “veremos como sigue la cosa” está detrás de todas las opiniones sobre Francisco, cada vez que se tira al agua, cada vez que “se mete”, cada vez que sale al encuentro de un Jesús que ciertamente no está en nuestra barca sino dando de comer y charlando con la gente, rezando al Padre a solas en la montaña, y que viene a nosotros caminando sobre la liquidez de la cultura actual, en la que se han perdido fundamentos y caminos.

El punto para mi y para vos es si nos tiramos al agua con Pedro y Francisco para ir al encuentro de este Jesús, o nos quedamos en la barca a ver programas de periodismo y gritamos y nos lamentamos por los fantasmas en vez de dar el pasito adelante al que nos invita el Señor diciendo “Ven!”.

Diego Fares sj

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“Jesús propuso a la gente esta parábola:

El reino de los cielos se parece a

un hombre que sembró buena semilla en su campo;

pero mientras todos dormían vino su enemigo,

sembró cizaña en medio del trigo y se fue.

Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña.

Los siervos fueron a ver entonces al padre de familia y le dijeron:

‘Señor, ¿no era que habías sembrado semilla buena en tu campo?

¿Cómo es que ahora hay cizaña?’

El les respondió: ‘Un hombre enemigo hizo esto’.

Los siervos replicaron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’

No –les dijo- porque al arrancar la cizaña

corren el peligro de arrancar también el trigo.

Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha,

y entonces diré a los cosechadores:

arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla,

y luego recojan el trigo en mi granero.

También les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.»

Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas…(Mt 13, 24 ss.).

 

Contemplación

 

En el Ángelus del domingo pasado, el Papa Francisco, hizo una reflexión sobre el lenguaje de Jesús: “Jesús, cuando hablaba, usaba un lenguaje simple y usaba también imágenes, que eran ejemplos tomados de la vida cotidiana (como la parábola del Sembrador y la del enemigo que siembra cizaña), para poder ser comprendidos fácilmente por todos. Por esto la gente lo escuchaba encantada y apreciaba su mensaje que llegaba directo a su corazón; y no era ese lenguaje complicado de entender, el que usaban los doctores de la ley de la época, que no se entendía bien pero que estaba lleno de rigidez y alejaba a la gente. Y con este lenguaje Jesús hacía entender el misterio del Reino de Dios; no era una teología complicada”.

El discernimiento de los dos lenguajes es claro: el lenguaje que me acerca directamente al amor de Jesús, es del buen espíritu; y el lenguaje que me aleja del amor de Jesús, es del malo.            Pero podemos preguntarnos: ¿Y qué sucede con el lenguaje de algunos medios? También es simple y ciertamente entra directo al corazón, no para sembrar semilla buena, esto lo intuimos, pero la cizaña se nos mete y se propaga por el todo el terreno, especialmente allí donde estaba removido y abonado para el trigo.

Cada tanto, como ha sucedido en estas semanas, surge una andanada de artículos con ataques a la Iglesia y al Papa (convengamos que es un único ataque, aunque algunos digan que atacan al Papa para defender la doctrina de la Iglesia y otros digan que defienden al Papa y atacan a la Iglesia).

El lenguaje que usan muchos medios, no parece complicado; es más, los titulares que hablan de intrigas de poder, venenos, luchas internas, errores clamorosos, ataques a la doctrina, casos de pederastía…, son bien directos.

Sin embargo, a veces es un lenguaje simplista, no simple. No hay que confundir trigo con cizaña, aunque se parezcan exteriormente. El trigo alimenta, la cizaña envenena (y si es nuestro “chamico”, hace alucinar. Y lo que de ninguna manera hay que confundir (aunque no sea simple discernir las trampas) es si el que habla es amigo o enemigo.

El hombre de la parábola lo discierne al primer golpe de vista: el que sembró la cizaña es un enemigo. El que sembró semilla buena es contundente en su juicio y firme en su decisión de no intentar arrancar la plaga antes de tiempo. El cuida el trigo y no quiere correr el riesgo de arrancar también alguna plantita buena.

La cizaña es contagiosa. Los mismos servidores ya estaban dudando si no la habría sembrado su patrón –queriendo o sin quererlo- y le proponían arrancarla inmediatamente. Pero el que sembró semilla buena no duda de lo que sembró y no se apura solucionar la cosa de cualquier manera. Es coherente: sembró el bien, sufrió un ataque, se bancará la cizaña y la separará al final.

Eso no quita que, cuando en algún sitio del campo se ve que el exceso de cizaña sofoca a algunas plantitas tiernas de trigo, se pueda cortar con sumo cuidado algunos yuyos más evidentes, para darle aire a las plantas.

Cortarla con eso de justificar el lenguaje escandaloso

Algunos justifican el uso de un lenguaje escandaloso diciendo que cuentan “hechos escandalosos”. Si se tratara solo de hechos, serían los mismos que el Papa señala cuando afirma que hay corrupción en el Vaticano o condena un escándalo.

Pero la verdad no solo consiste en hechos que cualquiera dice y muestra de cualquier manera sin importar quién esté escuchando o leyendo ni a quién use para mostrar su mensaje o cuántos se vean afectados. Por ello, parafraseando algún comentario, podríamos decir que el verdadero ataque de cierto tipo de lenguaje es al Esplendor de la Verdad.

Cuidar entre todos el lenguaje, es tan vital como cuidar el aire del planeta. Cuidar el sentido del lenguaje que no está, en primer lugar, en los conceptos e imágenes que se utilizan para armar un discurso racional, sino en el consenso respetuoso que se dan entre sí los que dialogan y buscan juntos la verdad. El lenguaje público se sostiene gracias al consenso tácito que todos nos prestamos, y debe ser custodiado. No como el espacio público, que ante la amenaza de actos terroristas se vigila con el ejército en las calles. El lenguaje público se custodia hablando bien, corrigiendo de buena manera y denunciando el mal uso (que si termina en la justicia puede ser que tarde una sentencia). En el día a día toca a cada persona –a cada uno de nosotros-la decisión de no contaminarse ni contaminar el lenguaje común.

Para ello, el único camino es crecer en el discernimiento.

No es fácil, dado el grado de sofisticación del lenguaje actual, discernir con nitidez cuándo está en acto un discurso tramposo. Los hay de todo tipo. Desde el lenguaje liviano, propio de las revistas de chismes, que se usa para instalar algún concepto o imagen pesada, hasta el lenguaje serio que, utilizando conceptos teológicos (como el demonio usaba la biblia para tentar al Señor en el desierto), razona de manera falaz y quiere torcer la verdad encarnada que es Cristo. En el caso del niño al que filmó el programa Periodismo para todos, el lenguaje audiovisual se discierne por el vómito. Cuando el niño le dice al periodista: “Eh, ustedes qué me están preguntando, si yo maté a alguno?”. El periodista responde con firmeza: “Sí”. El niño agrega con las manos en la nuca: “¿Para qué…?”. Y el periodista musita afinando la voz: “Para saber”. Si uno hace caso al estómago de su oído, vomita. Hay cosas que no son “para saber” allí, de ese modo.

Menapace, en su cuento “Los anteojos de Dios” narra la escena del usurero que fue al cielo y (hay que leer todo el cuento) se puso los anteojos de Dios para ver lo que pasaba en el mundo. Vio una injusticia de un exsocio suyo y con certera puntería le revoleó por la cabeza el banquito donde Dios apoya sus pies. Cuando Dios regresa le dice que estaba todo bien, que viera las cosas con sus anteojos, pero, agrega: Hay que tener mucho cuidado con ponerse mis anteojos, si no se está bien seguro de tener también mi corazón. Sólo tiene derecho a juzgar, el que tiene el poder de salvar”. Y el que no tiene el poder de salvar, debe discernir para que lo que dice y muestra pueda ser usado bien por El que sí lo tiene.

Decir la verdad con el Espíritu de la verdad

Puede ayudaremos en este camino de crecer en el discernimiento del lenguaje usar algunos criterios de San Pedro Fabro, el jesuita compañero de Ignacio y de Francisco Javier. Fabro, según el juicio de Ignacio, era quien mejor daba los Ejercicios Espirituales y tenía el carisma del discernimiento y de la conversación espiritual. Sabía dialogar con todos y tenía un modo especialmente respetuoso y convincente con sus adversarios.

Su primer criterio dice así:

“Durante la misa me nació otro deseo: y fue que todo el bien que pueda realizar en adelante, la pueda hacer con la mediación del Espíritu bueno y santo. Y me vino la idea de que a Dios no le debía complacer la manera con que algunos herejes (partidistas) quieren hacer ciertas reformas en la Iglesia. Si bien de hecho dicen algunas cosas verdaderas, lo cual también hacen los demonios, no lo hacen con aquel espíritu de verdad que es el Espíritu Santo”.

Distingue Fabro, en la práctica, tres “verdades”: las cosas verdaderas, el espíritu de verdad, en cuanto disposición con que se dicen las cosas verdaderas, y el Espíritu de la Verdad como Persona. Entre la verdad de los hechos y el Espíritu de la Verdad, está situado ese “espíritu de verdad” o “buen espíritu”, como le llamamos en Ejercicios. Es bueno porque permite que se vinculen los hechos de la vida –no solo los buenos, también el pecado- con la Gracia. Así uno habla “con buen espíritu” cuando lo que dice puede ser usado por el Espíritu para el bien común.

Este es el primer discernimiento para juzgar si algo es verdad o mentira en este sentido ampliado. Hay que preguntar(se): Esto que se dice ¿puede ser usado por el Buen Espíritu o, por el contrario, lo aprovechará el malo?

Recuerdo un criterio del padre Fiorito, nuestro maestro espiritual durante la etapa de formación que, cuando le contaba algún hecho y utilizaba para calificar a otro una palabra insultante – “es un tal por cual”-, preguntaba sonriendo: “Y esa palabra, dónde se encuentra en la Escritura?” Como siempre venía a la mente el pasaje de Mateo 5, 22, en el que los insultos o descalificaciones a un hermano son duramente condenados por el Señor, yo mismo me daba cuenta de que “estaba tentado” por el mal espíritu. En una palabra destemplada se podía discernir el mal espíritu que animaba toda una argumentación. Y era una argumentación que utilizaba hechos objetivos y razonamientos innegables… pero para alimentar el enojo con un hermano y justificar una división.

También uno puede seguir el camino inverso: partir de la realidad e ir a ver qué discurso la alimentó. Cuando uno nota, como le sucede a tanta gente al escuchar el lenguaje simple de Francisco que llega al corazón, que le nace dentro una atracción al bien y visualiza la posibilidad de corregir algo que anda mal en su vida, de tal manera que queda al alcance de la mano dar un pasito adelante, quizás pequeño, pero decididamente bien orientado, es señal clara de que el discurso que suscitó todo esto es verdadero. El Espíritu Santo bendijo este lenguaje –aún con sus límites- y lo utilizó para conducir la vida de la Iglesia y/o de una persona en un momento dado.

Si, por el contrario, uno nota, como sucede al leer algún artículo, que se le bloquea el deseo de hacer algún bien que tenía pensado, le sobreviene oscuridad a la mente y se le instala la desesperanza de que alguna vez se solucione algo en concreto, es señal de que está en acto un discurso tramposo. De esos que entristecen al Espíritu Santo porque algo obstaculiza su accionar benéfico.

Más allá de que se pueda desmontar la trampa, se discierne en conjunto.

Así como hay trampas que no se pueden desmontar porque explotan (hay gente que no teme decir cualquier cosa aunque parezca que “se suicida” mediáticamente, pero es porque saben que pueden “resucitar” en otro formato), así hay discursos que no se pueden desmontar porque sólo son vehículo para que algo malo pase y se incorpore al modo de pensar del otro.            Hay un lenguaje que envenena el alma. El asunto es alejarse y no tragarse el veneno.

Así, lo que puede parecer una diferencia pequeña –la de decir bien una verdad o la de decirla con burlas, ira o desprecio- en algún punto origina un gran cambio. Una verdad dicha con mansedumbre y respeto es una mano tendida que crea puentes. En cambio, una verdad dicha con acritud y falta de respeto es una bofetada que rompe posibilidades de entendimiento.

Este espíritu con que se dicen las verdades influye también en la manera de ver las cosas del mismo que habla. El hablar mal lleva a pensar mal y a ver mal, lleva a la ceguera. Utilizar un lenguaje ofensivo termina por ofuscar la propia visión de la realidad.

Concluimos reafirmando que la verdad no consiste solo en “hechos” que se “muestran” por televisión o se definen en “definiciones abstractas”. La Verdad incluye como algo esencial el modo respetuoso y amoroso con que se expresan las cosas, de modo tal que atraigan con su esplendor y hagan bien y nunca mal. Todos hemos experimentado alguna vez cómo un tono o una mirada intencionadamente sarcástica es capaz de subvertir totalmente la verdad más inocente o amigable, introduciendo en ella un veneno mortal que muchas veces ni deja rastro. Las cosas verdaderas se dicen con ese espíritu de verdad que es el Espíritu Santo.

Salvar la proposición ajena

A ponerse en esta actitud de buen espíritu, de pronunciar palabras y argumentar discursos a los que el Espíritu Santo pueda dar la eficacia de la Verdad, ayuda una cosa. Lo que San Ignacio llama “salvar la proposición ajena”. En tres frases Ignacio da todo un tratado para dialogar con buen espíritu con cualquiera (arte en el que el Papa Francisco siempre se ha destacado).

Dice Ignacio: “se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, pregunte cómo la entiende (qué quiso decir), y, si mal la entiende (si el otro está equivocado), corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve” (EE 22). Por supuesto que se trata de un diálogo entre personas que desean entenderse. En el caso de los que escriben utilizando un lenguaje tramposo, uno tendería a pensar que ya tienen posturas tomadas y por tanto es inútil tratar de dialogar.

Sin embargo, no ha sido esta la actitud del Papa Francisco para enfrentar este tipo de críticas. El Papa ha tenido muchos gestos de respeto y de apertura al diálogo con muchos de sus críticos. En sus acercamientos por teléfono, por mail o mediante cartas manuscritas, el estilo de Francisco sigue estos pasos:

Agradecer cuando siente que el otro tiene voluntad de comunicarse frontalmente y de expresar las disidencias con paz, sin agresiones ni expresiones altisonantes.

Alguna vez que ha corregido alguna imprecisión informativa, ha tenido la deferencia de hacerlo privadamente al interesado.

Y en ocasiones en que la crítica ha sido directamente ofensiva, ha tenido la grandeza de salvar la crítica misma, en cuanto que puede ayudar a caminar por la recta vía del Señor.

Eso sí, siempre destaca el Santo Padre que la mansedumbre es lo que debe primar en el modo de hablar y de dar noticias.

Las actitudes del Papa, aunque no siempre logren cambiar las ideas y las estrategias comunicativas de algunas de estas personas, a todas les tocan el corazón. Esto muestra la estatura moral de alguien que en el mano a mano desarma –aunque solo sea por un momento- la hostilidad de sus adversarios. Por eso, al escribir sobre el lenguaje tramposo, no hace falta atacar a los que lo usan sino tratar de discernir las tentaciones. Y lo primero es “ponerse uno de buen espíritu”.  Entonces sí, se pueden aportar algunas reflexiones que ayuden al que se ve afectado por este lenguaje, a que pueda examinarlo con mirada crítica y serena, y aprenda a no dejarse empantanar en las falacias de los lenguajes tramposos y, sobre todo, a no dejar que le roben o disminuyan su amor a la Iglesia y al Papa. También puede ayudar a los periodistas a conectarse con su pasión más honda: la de anunciar bien la buena noticia. Aunque se trate del peor mal, si se anuncia bien, se ayuda a corregirlo o al menos a neutralizarlo. Condenar bien las cosas malas, cuando lo hace unanimente la gran mayoría de un pueblo consolida su corazón común. Por eso es que no hay que condenar cualquier cosa ni todo todo el tiempo ni usando un lenguaje negativo.

Diego Fares sj

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En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea,

a la montaña donde Jesús los había citado.

Al verlo, se postraron delante de El;

sin embargo, algunos todavía dudaron.

Acercándose, Jesús les dijo:

«Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra.

Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos,

bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,

y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado.

Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo…» (Mateo 28, 16-20).

 

Contemplación

Hoy es la fiesta de la Ascensión del Señor al Cielo, donde está sentado a la derecha del Padre, para interceder siempre por nosotros. Jesús nos prometió que estará con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Para sentir y gustar esta compañía de Jesús en medio de nuestra vida cotidiana es necesario comprender de qué tipo de presencia se trata, para poder mirar en la dirección correcta, valorar los signos concretos y discernir los sentimientos precisos.

Comprender de qué presencia se trata. No toda presencia es igual. La presencia de las personas desconocidas, con las que viajamos codo a codo en un medio de transporte, es el tipo de presencia en la que la mayor cercanía física hace más patente la distancia. No nos conocemos, no sabemos nada del otro y olvidamos su rostro apenas nos separamos. En el otro extremo, dentro de ese mismo medio de transporte, la presencia de un hijo que quedó en casa para su madre que va al trabajo, es más real que la de todas las otras personas que tiene al lado. La madre lo imagina, le habla interiormente, le aconseja como si lo tuviera delante, sonríe interiormente recordando algún gesto, se apena advirtiendo algún problema…

La presencia del Señor va por este lado: Él está presente como Alguien muy amado. Por eso es que se presentaba en medio de sus amigos reunidos o ante los que lo conocían y le querían. Para otros, aunque lo hayan visto caminando con los de Emaús o a la orilla del lago, encendiendo el fuego, su figura y su presencia física habrá sido como la de las personas con las que nos cruzamos por la calle.

El principio básico de este modo de presencia humano –el de un hijo y el de Jesús- es espiritual: cuanto más amada una persona más presente está.

El amor es adhesión al bien y nuestro corazón se adhiere a quien ama movilizando todo nuestro ser. Si la persona está físicamente presente, el corazón moviliza los sentidos físicos y se expresa a través de ellos, escuchando, mirando, tocando, gustando y oliendo. Si la persona amada está físicamente alejada, el corazón moviliza los sentidos espirituales: tiende hacia atrás los puentes del recuerdo y hacia el futuro, los del deseo. Hace memoria de lo que sintió y gustó y se proyecta hacia el encuentro venidero.

Hay que notar que estos sentidos espirituales tienen la preeminencia también en el presente. Así como uno se aleja espiritualmente de la persona desconocida con la que viaja y pone distancia sensible -no la mira a los ojos ni se interesa demasiado en lo que charla con otro-, también se acerca espiritualmente a la persona amada haciendo que los sentidos físicos se muevan en el medio espiritual. Mediante el recuerdo del pasado y la proyección del deseo, la presencia física adquiere una realidad de mucha mayor significación.

Así, vemos que la presencia de alguien no depende solo ni en primer lugar de su estar enfrente o al lado físicamente. La adhesión libremente elegida y cultivada de un corazón hace más densa y más real la presencia de la persona amada.

La otra persona, cuya presencia experimentamos en mayor o menor medida de acuerdo a nuestra capacidad de adherirnos y de gustar su existencia, no solo está ahí pasivamente sino que es también presencia activa.

Hay personas que hacen “sentir su presencia”. Algunos, por fuerza de atracción: irradiando y gravitando, siendo ellos mismos, sin necesidad de imponerse ni llamar la atención. Otros la hacen sentir a empujones, como Trump que el otro díacuando percibió que el primer ministro de Montenegro se le había adelantado, lo hizo a un lado groseramente con un empujón.

El Señor es de los que hacen sentir su presencia humildemente. Poniéndose al lado como uno más, escuchando e interesándose por lo de uno antes de hablar de sí, brindando algún servicio humilde o recibiéndolo en la persona de un necesitado… Estas dos últimas son sus formas preferidas de “hacerse presente”.

Como decíamos, el corazón tiene la capacidad de “hacer presente” a la persona amada movilizando todos nuestros sentidos –físicos y espirituales-. Los sentidos físicos se mueven por sí solos ante un estímulo exterior. Los espirituales son más libres. En una relación asimétrica, como la que se da entre el Creador y la creatura, la presencia del Creador no puede darse de otra manera que haciendo crecer en libertad a su creatura. Por eso la pedagogía del Señor es la de la Encarnación, la del abajamiento, la del ocultar su divinidad y la de ir mostrándose poco a poco en la medida en que vamos deseando su presencia y haciéndonos capaces de sostener su compañía.

El punto de inflexión –porque hay un punto en el que todo cambia- es saber interpretar –de una vez y para siempre- que toda aparente ausencia suya es un clamoroso signo de una presencia amorosa y real “un escalón más abajo” o “a un costado” de la dirección en la que nos parece no encontrarlo.

Si no nos dejamos engañar por las apariencias a las que nos tiene acostumbrado el mundo de publicidad compulsiva en que nos toca vivir, sabremos encontrar y descubrir a Jesús presente en nuestra vida, todos los días hasta el fin del mundo, en cada situación en la que alguien, aparentemente insignificante, nos esté brindando un servicio humilde o requiera de nosotros poner en movimiento los sentido espirituales para ver a Jesús, que son el sentido de la misericordia y el sentido de la amistad gratuita.

PD.

Ya había terminado la contemplación y antes de mandarla abro el correo y me encuentro con los mails de dos amigos, uno a quien no veo hace años y otro de una mamá a quien conozco por mail. Ambos me cuentan de sus hijos, Jimmy, de su hija que ha entrado a la vida religiosa, y que “al ver su cara serena”, se le pasó la urgencia que tenía por contactar conmigo para hablarme de ella y pasó a compartirme un mail lleno de esa misma serenidad;  Xime me cuenta de su hijo pequeño que ha sufrido un calvario de operaciones a lo largo de su vida y que, sin conocerme, reza por mí a Santa Jacinta (y yo acabo de caer en la cuenta de donde me vino “de golpe” la devoción por Jacinta, a la que nunca había prestado mucha atención. Revisando mails veo que Fran le rezaba a Jacinta por mí desde hacía tiempo). No hay palabras que alcancen para contar todo lo que cada historia tiene, por eso mejor unas pocas como testimonio de esa presencia de Jesús “un escalón más abajo” o en el mail de al lado.

Padre Diego

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