Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘fariseos’

captura-de-pantalla-2016-10-29-a-las-7-46-57

 

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Vivía allí un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos y rico; y buscaba ver a Jesús –quién era- pero no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura, así que se echó a correr hasta ponerse adelante y subió a una morera para poder verlo, porque Jesús estaba a punto de pasar por allí… y al llegar a ese lugar, Jesús, levantando la mirada, le dijo: Zaqueo, date prisa en bajar, porque hoy tengo que ir a quedarme en tu casa. Zaqueo bajó a toda prisa y lo recibió alegremente.

 

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: Entró a hospedarse en casa de un hombre pecador. Pero Zaqueo, poniéndose de pie dijo al Señor: Mira, Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si en algo defraudé a alguno, le restituyo cuatro veces más. Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que había perecido» (Lc 19, 1-10).

 

Contemplación

Para Zaqueo el encuentro con Jesús debe haber sido como un solo instante. Así como lo que escribí, todo de corrido: desde el momento en que Jesús entré en Jericó y le avisaron hasta que se cruzaron sus miradas. Él allí en lo alto, subido a una morera y Jesús abajo que alzó la mirada y le habló a él, en medio de la gente, y le dijo que tenía que ir a alojarse en su casa.

La otra escena es un espejo de la primera, en el sentido de que también todo ocurre en un instante. A Zaqueo le basta con escuchar medio comentario de crítica a  Jesús porque ha ido a alojarse en su casa, para ponerse de pie y restituir de una vez lo que había ido acumulando y robando por años.

Es el efecto Zaqueo: el de decidirse en un instante por Jesús y hacer las cosas de corazón. Con Jesús esto sirve. Con otra gente uno puede decir “vamos a ver”, “lo pensaré tranquilo”. Con Jesús que pasa, las cosas se resuelven en un instante.

Por supuesto que detrás ha habido todo un proceso y que, después, cuando se ponga a devolver y a rebajar deudas, también se iniciará otro. Pero son procesos llenos de “saltos”, llenos de “momentos de discernimiento” que son como toda una eternidad de salvación, ya que si la vida de Zaqueo terminara en cualquiera de esos momentos, su vida estaría plena.

Una primera gracia, que vaya a saber desde cuando se venía preparando, le vino en el momento en que la avisaron que Jesús estaba entrando en la ciudad. Fue nada más escuchar y decirse “yo lo tengo que ver”. Aunque se diga en un instante, esa frase es algo complejo. Se puede ver tanto por lo que desencadena como por lo que podría haber abortado el encuentro. “Yo lo tengo que ver” es frase que esconde una gracia recibida, un deseo incontenible y un juicio claro que pone en acción a Zaqueo y lo lleva a meterse entre la gente, a adelantarse corriendo y a subirse a la morera. En cualquiera de esos pasos podría haber cambiado la historia. Zaqueo se podría haber conformado con verlo de lejos, dando algún saltito; podría haber sentido vergüenza de subirse a la higuera… Tantas cosas, pequeñas o grandes, pueden ser impedimento para realizar un deseo, para llevar a cabo una decisión.

Por supuesto que Zaqueo era un hombre de acción, que se arriesgaba a prestar y luego era implacable a la hora de cobrar. Sólo que aquí utiliza toda su viveza y resolución para conectarse con Jesús. Zaqueo no se avergüenza de ser él. No dice “para ver a Jesús primero tengo que cambiar y ser bueno”. Lo va a ver así como está y como es. Y Jesús le dice que quiere hospedarse en su casa, como diciendo que no solo lo acepta a él sino a él con todos sus amigos y su familia. Porque a veces también sucede que pensamos que, para ver a Jesús, tenemos que ir solos y de noche, sin que nadie se entere, como pensaba Nicodemo. A este también lo recibió el Señor, pero parece que era un hueso más duro de roer, como se puede deducir del hecho de que se manifestara públicamente como amigo de Jesús recién después de su muerte, cuando fue a pedirle el cuerpo a Pilato.

Zaqueo, el publicano, se le adelanta, cumpliendo eso que dice Jesús que los publicanos y las prostitutas (y todas las personas que cada sociedad discrimina por su condición sexual, religiosa, política, o por sus opiniones o acciones presentes y pasadas) se adelantan a todos y entran primero en su Reino de misericordia y alegría.

El efecto Zaqueo puede servirnos para discernir nuestros “momentos” cuando pasa Jesús.

Yo pongo como ejemplo las actitudes cuando pasa el Papa. Están los que dicen “Yo lo tengo que ver” y están los que, después que pasa o dice o hace algo, dicen “Vamos a ver”. Están los que corren y se adelantan y gritan y tratan de acercarse y los que consideran que no hay que “idolizar” al Papa. Por supuesto que el cariño y la emoción al ver pasar a Francisco se confirman luego en la vida diaria, si uno cultiva el mismo entusiasmo para acercarse a los pobres y mejorar en su relación con los demás. El segundo paso del efecto Zaqueo, luego de su emoción y cholulismo por ver a Jesús, es reparar sus pecados devolviendo dinero robado y perdonando deudas. Eso no quita que la actitud paralizante, fría y llena de peros, de los fariseos con respecto a Jesús sea equiparable a la de Zaqueo porque de última, todo “sentimiento y emoción” demuestran su autenticidad en la práctica. Yo diría que con Jesús la emoción y el sentimiento y el deseo de acercarse, de verlo y de tocarlo, son ya una “práctica”: la de la oración y adhesión a su Persona en la fe. De allí brota luego la fuerza para ser más justos con los demás y más misericordiosos. Por eso, la emoción de la gente ante el Papa, el deseo de acercarse y de entrar en contacto con su persona, no es un acto sentimentalero. Visto de afuera puede ser que parezca que es la misma euforia que se desata ante cualquier persona famosa. Pero es despreciar la inteligencia y el corazón de los demás rebajar los sentimientos hondos porque la expresión “carnal”, digamos, sea la misma, vista desde afuera. Es una manera sutil de negar la encarnación. Es pensar que toda lágrima es “lágrima de cocodrilo”, que todo entusiasmo es “pasajero”, que toda emoción es subjetiva y superficial, que toda adhesión a una persona es “personalismo” etc.

San Ignacio, en la espiritualidad encarnada de los Ejercicios, cuando entramos en oración, con el debido respeto que nos merece Dios nuestro Señor, nos hace ejercitar todo nuestro ser, poniendo en acción nuestras capacidades más espirituales –como la libertad y la capacidad de contemplar- junto con nuestros sentimientos –pidiendo lágrimas y vergüenza por los pecados y gozo y alegría por la resurrección del Señor- y teniendo en cuenta la posición para rezar, el lugar, las comidas, el sueño, los paseos… Todo sirve a la hora de alabar y buscar y hallar al Señor y de entrar en coloquio con él como un amigo con otro amigo o un servidor con su Señor.

El efecto Zaqueo consiste en dejarse movilizar íntegramente por la presencia y el paso del Señor. Dejar que movilice nuestros deseos más hondos, que ponga en acción nuestra capacidad de decidir en un momento, que agilice nuestros pies para correr y que nos devuelva la agilidad de niños para trepar a un árbol, que nos haga movilizar a todos los de nuestra casa y a nuestras amistades y que la gracia llegue a nuestro bolsillo y a la billetera y cambie la dirección de nuestros intereses convirtiéndonos en personas para los demás.

Diego Fares sj

Read Full Post »

Un sábado Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los invitados se elegían los primeros puestos, les propuso esta parábola:
«Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el puesto principal, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: ‘Déjale el sitio’, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al revés, cuando te inviten, ve a sentarte en el último puesto, de manera que cuando llegue el que te convocó, te diga: “Amigo, sube más arriba”, y así quedarás bien ante de todos los comensales. Porque todo el que enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»
Después dijo al que lo había invitado:
«Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, porque corresponderán invitándote y quedarás pagado. Al revés, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Dichoso tú, porque ellos no tienen cómo pagarte, te pagarán en la resurrección de los justos!» (Lc 14, 1. 7-14).

Contemplación
Jesús inventa dos parábolas de mirar a la gente nomás, con solo ver un detalle, eso que se hace evidente cuando todo el mundo busca el mejor lugar en una fiesta. Es algo espontáneo: al entrar en un lugar donde hay puestos, miramos eligiendo. Están los que les gusta el primer lugar y los que prefieren algo más discreto, por el medio; los que van derecho a ubicarse apenas llegan y los que dejan pasar un rato… Pero son pocos los que eligen directamente el último puesto. El consejo del Señor es directo: al gesto de querer enaltecerse le opone el de abajarse.
Es lo que captó Ignacio en las meditaciones de los Ejercicios Espirituales que sirven para disponer el corazón a una reforma radical de la propia vida, las Dos Banderas, los Tres Binarios y las Tres maneras de humildad. Ignacio estructura toda lectura y contemplación del evangelio en el modo de un diálogo: nos hace charlar con la Virgen, con Jesús y con el Padre. Y el tema es este: el de humillarse. Va junto con la otra bienaventuranza, la que dice “dichosos los pobres”, que es de lo que trata la segunda parábola. Invitar a los que no pueden retribuirnos es una manera de empobrecernos, ya que uno da sin esperar recibir.
Dichoso el que se abaja, porque será enaltecido. Dichoso el que se empobrece para enriquecer a los más pobres, porque los más pobres le pagarán en la resurrección de los justos.
…..
Lo primero que me viene con estas dos parábolas es eso que hace el Papa Francisco de poner las palabras en acción, de cambiar sustantivos por verbos: misericordiar y ser misericordiados, por ejemplo. Aquí no se trata de “la pobreza” y de “la humildad”, ni menos aún de “ser humilde” y de “ser pobre”. Se trata más bien de dos gestos: uno improvisado –cuando todos eligen el mejor puesto agarrar para el otro lado e ir a sentarse al último-; el otro gesto, más trabajado: organizar una fiesta e invitar a los excluidos.
Una de las más grandes tentaciones del cristianismo, creo yo, es una operación –aparentemente mínima- que el mal espíritu ha llevado a cabo en la modalidad misma de las palabras importantes del Evangelio. No se trata de una operación que se pueda categorizar de modo general. Hay que motivar a que cada uno ponga en acción su capacidad de discernir y se vaya dando cuenta de todas las implicancias. Se trata de advertir pequeños cambios en las palabras que modifican el sentido. Podemos poner como ejemplo lo que sucede en la parábola del invitado que se enaltece por sí mismo. Esto es lo que hace el mal espíritu cuando logra que que algunas palabras del Evangelio “ocupen los primeros puestos”, se “enaltezcan” a sí mismas (o dejen que algunos Legalistas y Fariseos actuales las enaltezcan de más). La Humildad, por ejemplo. Si uno habla de ella como si fuera un Valor con mayúsculas y la sienta en un trono, termina convirtiéndola en una estatua, la vuelve admirable e inaccesible. Una humildad poco humilde, digamos.
Por eso Ignacio Prefiere hablar de “humillaciones”, que si uno acepta, va llegando a la humildad. Para ver si uno es verdaderamente humilde tiene que experimentarse a sí mismo viviendo alguna humillación concreta, como esta de que le digan que ha sido invitado otro más importante y tenga que ceder el puesto de honor (Ahí me quiero ver!!!).
Jesús predica parábolas en las que la humildad se describe en una acción cotidiana. No consagra Valores abstractos. Como hay palabras que son esenciales y que expresan valores últimos, como la humildad, la misericordia, la caridad…, el mal espíritu opera sobre ellas “enalteciéndolas tanto” que terminan por quedarnos lejos. Las vuelve abstractas. Todo lo contrario del Señor que narra parábolas simples y reales en las que esas virtudes se ven en acciones pequeñas y concretas, al alcance de la mano.
La operación del mal espíritu consiste en sustituir la flexibilidad de la humildad, que se concreta en un pequeño gesto como el del que decide, sin que nadie lo note, elegirse el último puesto, de sustituir digo, este carácter concreto, momentáneo, de abajarse en vez de enaltecerse, por la grandilocuencia de hacer de la humildad una especie de ídolo “bueno pero abstracto”. Nos dice el mal espíritu: ojo humanos, que Jesucristo les está predicando “La Humildad”. Entendieron bien? No pueden seguirlo si no son HUMILDES. Están seguros de que podrán caminar toooda su vida por este camino? En cada fiesta que vayan, van a tener que elegir siempre el último puesto, eh?”.
Y con discursos de este tipo nos desalienta
El mal espíritu convierte en estatuas palabras vivas, convierte en conceptos abstractos (eternos) palabras que Jesús narra simpáticamente para que uno por sí mismo dosifique lo que puede recibir y practicar dando un pasito adelante en su vida de cada día.
Jesús no está hablando de “La humildad”, sino de gozar de una fiesta sin dar codazos por una silla. Jesús no está hablando de “La Gratuidad del que regala todos sus bienes” sino de darse el gusto de hacer un regalo sin calcular qué te regalarán a cambio.
Jesús va a la raíz de algo tan humano como el invitar y el ser invitado y nos invita a discernir los dinamismos que se ponen en juego en nuestro interior: donde uno es invitado, aconseja dar lugar al dinamismo de esperar a que el que nos invitó nos ubique; donde somos nosotros los que invitamos, nos invita a dar lugar al dinamismo de preferir a los más pobres.
Lo que está diciendo es que invitar y ser invitados son gestos gratuitos por sí mismos y no los tenemos que contaminar con cálculos egoístas. Pero el Señor habla de estas cosas poniendo el acento en los gestos pequeños, espontáneos, improvisados en el momento. Gestos vivos, de esos que surgen cuando uno mira a los ojos a las personas. El Señor no intenta hacer un manual de comportamientos para fiestas, un Código de Derecho sobre Invitaciones. Volver abstractos los valores vivos del evangelio es propio del espíritu farisaico, y embalsamar las parábolas además de feo y triste es demoníaco, porque las parábolas son lo “anti-abstracto”, son palabra viva en acción, lista para practicar. Y hay una parábola para cada situación de la vida.
El papa decía a los jesuitas polacos, en su reciente viaje, que la gente sale muchas veces desilusionada del confesionario porque siente que le aplican un código abstracto. Y en cambio, la actitud correcta sería la de ver, antes que nada, qué parábola se aplica al penitente. No clasificar el tipo de pecado sino de ver qué parábola está en acción en ese momento: si se trata de un hijo pródigo al que hay que abrazar sin dejarle que diga nada o de un hijo mayor al que hay que hablarle con paciencia y explicarle todo de nuevo, detalladamente. O si es una oveja que uno mismo sale a buscar y perdona sin que la oveja lo pida…
Lo mismo en nuestras obras de misericordia, que son como una fiesta para los excluidos: en cuanto invitados (y aceptados) como colaboradores, el Señor nos invita a vivir nuestro servicio en la dinámica de elegir siempre el último puesto y no adueñarnos de espacios de poder (sean cargos o esos espacios que generamos con la lengua cuando todopoderosamente juzgamos de todos y de todo); y en cuanto somos los que invitan (en el ámbito de servicio que nos ha sido encomendado) el Señor nos invita a vivir en la dinámica de la gratuidad, sirviendo a los más excluidos sin esperar otra recompensa que la que ellos nos quieran dar con su cariño, en el presente, los que puedan, y los que no, el día de la resurrección¡, como dice el Señor.
Diego Fares sj

Read Full Post »

 

El-circo-invade-el-Vaticano-y-el-Papa-acaricia-pequeño-tigre (1).jpg

Domingo 12 c 2016

Un día en que Jesús estaba orando a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó:

«¿Quién dice la gente que soy Yo?»

Ellos le respondieron:

«Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado.»

«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy Yo?»

Respondiendo, Pedro dijo:

«El Mesías de Dios.»

Y él con órdenes terminantes les mandó que a nadie comunicaran esto, diciendo:

«El Hijo del hombre tiene que padecer muchas cosas, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.»

Y decía a todos: «Si alguno quiere venir en mi seguimiento, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera poner a salvo su vida, la perderá pero el que pierda su vida por mí, ese la salvará» (Lc 9, 18-24).

Contemplación

¿Qué dice de mí la gente; qué dicen ustedes?

A Jesús le interesaba estar en boca de la gente y saber qué pensaban sus discípulos. Pero no para hacer encuestas de popularidad. Con estas preguntas, el Señor animaba a los suyos a hacer un discernimiento, a sentir lo que pensaba la opinión pública de entonces y a jugarse ellos personalmente.

Lucas menciona la opinión de la gente sencilla, del pueblo fiel, que sentía a Jesús como alguien a favor suyo, como un hombre de Dios, como uno que los defendía y ayudaba. Pero seguramente en el grupo de los discípulos también se hablaba de lo que decía los grupos de poder de aquel entonces.

Los principales formadores de opinión eran los saduceos, los zelotes y los fariseos.

Los Saduceos eran los que negociaban con los romanos con tal de conservar su poder. Eran gente rica y poderosa, dueños de la tierra, con poder político.

Los discípulos le podrían haber dicho a Jesús algo así: estos piensan que sos un iluminado más pero que no tenés idea de la política. Te ven peligroso por cómo te ganás a la gente. De última, son capaces de sacrificarte si los molestás en su relación con el imperio. De hecho, esto fue lo que hizo Caifás, el jefe de los saduceos, cuando pronunció aquella frase de que era bueno que uno muriera por la nación y condenó a Jesús a muerte.

Los Zelotes, estaban en el otro extremo del abanico político, eran militantes anti-romanos. Un rasgo que los definía era la anticorrupción: acusaban a los Saduceos de amar el dinero. Fueron Zelotes los que combatieron hasta dar la vida en Masada (73 dC), después que los Romanos tomaron Jerusalén. Jesús tenía en su grupo a Simón el Zelote (ningún Saduceo se hizo discípulo suyo). Este le podría haber dicho a Jesús: algunos pensamos que vos sos el Mesías, pero otros te ven demasiado contemporizador, con eso de “dar al César lo que es del César…”.

De última, el sentimiento popular zelote prefirió a Barrabás y no a Jesús.

Los Fariseos, ya sabemos lo que pensaban. Nicodemo le podría haber dicho a Jesús: mis hermanos piensan que les ponés a la gente en contra, que aflojás le Ley, que les das muchos palos con lo de que son hipócritas y vanidosos…

Esta contemplación de lo que podría ser una charla extendida entre Jesús y sus discípulos la hacemos “actualizándola” con sentimientos del presente. El Señor nos da pie con sus preguntas. El quiere que le contemos lo que opina la gente, lo que dicen los diarios. Porque sabe que estas cosas nos movilizan, nos provocan sentimientos encontrados. Y esto es necesario sentirlo y clarificarlo en la oración para tener nuestra propia idea formada de quién es Él para nosotros.

….

Pensaba que nuestro Papa Francisco ha puesto nuevamente en movimiento estas preguntas.

Lo ha hecho poniendo el cuerpo, saliendo a la calle, charlando con todos y de todo. Exponiéndose.

Y creo que es inteligente que, antes de considerar esta opinión o aquella, cada uno reflexione sobre el hecho mismo de que el Papa esté en boca de todos.

El mismo lo ha provocado acercándose.

Acercándose de manera despojada de toda distancia.

Este es el punto.

Porque todos los papas se han acercado y lo han hecho de manera cada vez más sencilla y explícita. Desde que Juan XXIII comenzó a bajarse de la silla gestatoria (que de hecho era como el papamóvil, para que la gente pudiera verlo, pero daba aires de realeza) hasta las arrodilladas de Juan Pablo II que besaba el suelo de cada país que visitaba.

Pero Francisco ha terminado de acercarse definitivamente, si se puede decir así.

Partamos de un extremo. Hace unos días en el espectáculo que dio un circo, escuchamos a uno que le dice al santo Padre si se quiere acercar a acariciar a un cachorro de tigre. Se le ve la cara al papa como diciendo yo hago lo que me digan, si a ustedes les parece… Y cuando se levanta y va caminando ya se lo nota confiado. El tigre le pegó un sustito, pero luego lo acarició tranquilamente.

Francisco tiene incorporado el gesto de ir y acercarse.

En el encuentro con los sacerdotes, después de la misa, también hizo el mismo gesto de ir al encuentro. Constaté que desarmó todo el protocolo porque los guardias, como no sabían para donde iba a agarrar, cerraron por una hora todas las salidas del altar. Francisco decía después que al meterse entre los curas los abrazos eran verdaderos golpes (estos te pegan!).

El mismo deseo de mayor cercanía se ve cuando toca con la frente la cabeza de un enfermo o se deja abrazar por los niños.

Hay una cercanía física que ha borrado todas las distancias y ha llevado lo sagrado a otro lugar.

El sentimiento de adoración y de reverencia ante nuestro Creador nos lleva naturalmente a formas de expresión que tienen que ver con la distancia. Es el “aléjate de mí que soy un hombre pecador” de Pedro al ver la pesca milagrosa. Pero en Jesús, estas distancias no tienen sentido. En el evangelio de la mujer pecadora que lo unge se nota que el Señor no pone distancias de ningún tipo sino todo lo contrario: sus gestos invitan a la confianza familiar.

En la cercanía física la misma persona se contiene.

La otra imagen es la de Jesús en medio de la multitud, camino a casa de Jairo: lo aprietan por todos lados pero él siente a la mujer que toca su manto y se cura y se detiene a conversar con ella cara a cara. Esta total cercanía es la que, a su manera, hace sentir Francisco. Es un modo de testimoniar la cercanía del Reino que trajo el Señor.

Esta cercanía y projimidad del Dios con nosotros no sólo es física sino también espiritual.

El Papa la expresa al hablar siempre de una misericordia que no se cansa de perdonar.

Al quitar las condenas y las aristas bien definidas de las definiciones abstractas, su lenguaje pone en contacto los corazones: es un lenguaje cercano en el sentido de que invita a dialogar, a expresarse.

Es esto antes que nada lo que posibilita que hable cualquiera. Y que algunas palabras a las que los medios les ponen micrófono, se amplifiquen. Pero por cada opinión desencajada hay cientos de miles de frases que la gente pronuncia en su corazón y que son bendiciones.

Siempre recuerdo lo que para mí, como jesuita, fue la mejor opinión “de la gente” sobre el Papa. En nuestra revista América, en los Estados Unidos, hicieron una encuesta antes de la visita del Papa y le preguntaban a la gente “qué le diría Ud. al Papa Francisco si tuviera cinco minutos a solas con él”. El jesuita James Keenan escribió: “Le diría que estos dos últimos años han sido los más felices de mis 33 años como sacerdote (…) Y tengo que decirle que a pesar de los comentarios de algunos obispos influyentes y periodistas de renombre, la mayoría de los católicos en los Estados Unidos da gracias a Dios cada día por su elección. Por último, pido a Dios por su salud, su consuelo y su sabiduría; y espero que esté entre nosotros más de lo que usted piensa. Que usted sea un jesuita es, poniéndolo en sus propias palabras, «la frutilla de la torta»”.

Por tanto, el hecho de escuchar que cualquiera dice cosas del Papa no es para indignarse sino para caer en la cuenta de que si su cercanía en unos provoca estos sentimientos en mí puede provocar otros. El movimiento tiene que ser: cuando escucho algo que me provoca sentimientos e ideas encontradas, tengo que acercarme yo de alguna manera directamente al papa. Ir a leer lo que él dijo, sus palabras textuales en el sitio del vaticano, buscar el video donde se ven sus expresiones (no solo la foto que me dan los diarios).

Allí donde los medios me quieren alejar haciéndome sentir disgusto por un punto particular, por algo que “dijo” el Papa, allí me tengo que “acercar”, buscando formar mi opinión personal.

No importa que después mi opinión no salga en los diarios. Importa que yo me examine y discierna lo que siento yo, lo que el Espíritu dice en mi corazón.

En lo disonante de algunos titulares se puede discernir un intento desesperado de evitar que se descubra que alguien les ha quitado poder. El modo de comunicar del Papa Francisco es directo. No solo se trata de que gracias a los medios actuales cualquiera pueda leer y ver en directo lo que dice y hace. Su modo de plantear los temas invita a dialogar, a que uno se ponga junto con él a la escucha del Espíritu. Titular sus frases como si fueran dogmas, siendo que la Iglesia misma hace tiempo que no habla dogmáticamente, es una cortina de humo. Si uno escucha y lee bien, el Papa está hablando un lenguaje humilde y abierto al diálogo y a la corrección de los puntos de vista. Hacer de cada gesto suyo una definición de partido político es una táctica que tiene patas cortas. Y aunque las tuviera largas, la provocación no deja de ser buena para que cada uno se juegue y opte por la cercanía cordial contra los diversos tipos de distancia: tanto la distancia saducea que sólo se mueve en espacios de su conveniencia política, como la distancia farisaica, que aleja al pueblo de las fuentes de vida con la excusa de la ley.

Diego Fares

 

 

 

 

 

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: